domingo, 13 de julio de 2014

«El Estado Islámico y otros grupos vinculados con Al Qaeda trabajan para la CIA»

 

Todas las fuerzas afiliadas a Al Qaeda, incluido el Estado Islámico, trabajan para la CIA, según afirmó un ex alto dirigente de Al Qaeda, el jeque Nabil Naím.

«Todos los países islámicos, tanto los sunitas como los chiítas, deben unir fuerzas para arrancar estos grupos que no son más que las garras del colonialismo en la región», dijo Naím en una entrevista concedida a la cadena árabe Al-Mayadeen y citada por el portal Infowars.

Según el fundador del Yihad Islámico Egipcio, el Estado Islámico es parte del plan de los neoconservadores estadounidenses y de Israel para balcanizar Oriente Medio.

La aparición del movimiento islamista ha sido diseñada «para agotar los recursos y fondos sauditas e iraníes», mientras que el conflicto se expande hacia Arabia Saudita y otras monarquías del Golfo para el 2016, según auguró Naím.

El Estado Islámico, que ha invadido varias partes de Siria e Irak, en junio pasado prometió atacar a Arabia Saudita.

«Si es la voluntad de Alá, mataremos a aquellos que adoran piedras en La Meca y destruiremos la Kaaba. La gente no va a La Meca por Alá, sino a tocar piedras», tuiteó un miembro del Estado Islámico , Abu Turab Al Mugaddasi, el pasado 30 de junio.

La Kaaba, localizada en la ciudad de La Meca, es una construcción con forma de cubo de gran importancia para la cultura musulmana, ya que demarca el centro del peregrinaje y la adoración de Alá para todo el mundo musulmán.

Según, Naím, no es apropiado considerar al Estado Islámico y otros grupos vinculados con Al Qaeda como musulmanes. Les describió como «no creyentes».

En 2013, cuando el grupo yihadista Frente al-Nusra declaró su lealtad al líder de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri, Naím acusó al grupo de trabajar para la CIA.

«Personalmente creo que el líder de Al Nusra, Abu Mohamad Al-Golani, quien anunció su apoyo a Al Zawahiri, es un agente de la CIA», dio Naím.

Describió a Al Zawahiri como un agente doble, «quien recibe órdenes de los estadounidenses». 

martes, 8 de julio de 2014

Boicot grupo El Corte Inglés: Las dos semanas del mORrO


Sección en IECISA | jueves 3 de julio del 2014

En estos meses se han ido sucediendo los despropósitos por parte de la empresa con tal de reprimir los derechos de los trabajadores y trabajadoras desde la presentación demanda por parte de nuestro compañero que trabajaba en Informática El Corte Inglés S.A. cedido ilegalmente por una empresa de «consultoría», y la comunicación de la sección sindical en su centro de trabajo.

Desde entonces, con su despido como pistoletazo de salida, otros cuatro trabajadores del departamento han sido enviados a sus casas para cortar la plaga de raíz. Al fin y al cabo en la empresa cedente de nuestro portavoz ya le advirtieron que «aquí no hay sindicatos». «No es nada personal» fue la frase de despedida en su segundo despido en cuatro días.

Por estos motivos queremos llamar al boicot contra el grupo El Corte Inglés en una campaña que hemos titulado las dos semanas del mORrO. Con esta campaña queremos mostrar nuestro total rechazo ante la represión sufrida y denunciar públicamente la situación de totalmente irregular y precaria en la que se encuentra gran parte de la plantilla en la consultora del grupo: Informática El Corte Inglés S.A. que «subcontrata» mano de obra a otras empresas para poder despedirles impunemente en cuanto protestan.

Son propiedad del grupo El Corte Inglés:

● Tiendas El Corte Inglés
● Hipercor
● OpenCor
● SuperCor/SuperCor express
● Optica 2000
● Sfera
● Inves/Investrónica
● Informática El Corte Inglés
● Viajes El Corte Inglés
● TeleCor
● Bricor
● Seguros El Corte Inglés

¡NO COMPRES EN NINGUNA TIENDA DEL GRUPO NI SUS PRODUCTOS!
SOMOS NOSOTROS Y NOSOTRAS QUIENES LES MANTENEMOS


 

domingo, 6 de julio de 2014

Reconstrucción del Museo Kropotkin

 

(Julio 2014)

Hace ya casi 25 años de intentos de reactivar el Museo Kropotkin en Dmítrov (ciudad próxima a Moscú), situado en la casa en la que vivió sus últimos años y murió en 1921. Esta casa fue declarada museo en 1992, pero años más tarde fue demolida por «vieja» para construir en su lugar una copia nueva, idéntica a la antigua, proceso que se alargó en el tiempo. Fueron insuficientes los esfuerzos de algunos historiadores locales y los llamamientos de los anarquistas pidiendo la reapertura del museo, sobre todo por la inercia burocrática y la falta de interés de la Administración local y del museo histórico de la ciudad por perpetuar esta parte importante de la historia, el legado de Piotr Kropotkin.

Pero en las últimas semanas se aceleró la reconstrucción de la casa: se finalizó la reforma del suelo, se instaló la red eléctrica y comenzó la preparación del material expositivo del futuro museo. Según los organizadores del museo, algunos muebles tendrán carácter memorial y una de las salas estará dedicada a la historia del anarquismo y al anarquismo contemporáneo (inclusive se plantea el uso de Internet). Formalmente, el Museo Kropotkin pertenece al museo histórico local, pero sus organizadores se interesan por la personalidad de Kropotkin y por sus ideas. Por tanto, esperamos que a pesar de la creciente represión en Rusia, el Museo Kropotkin, así como Priamújino (localidad de nacimiento de Bakunin), sea una llama viva del reconocimiento de las teorías y de las prácticas anarquistas.

A.N.A.

sábado, 5 de julio de 2014

La guerra, ¿naturaleza o cultura?


Por AUGUSTO GAYUBAS

«… si esta mirada pudiese abarcar el amontonamiento de los cadáveres mutilados y la sangre
que baña la tierra, sin una lágrima de pena, sin un remordimiento, se preguntaría si toda
aquella carnicería es acaso obra de un destino ciego, inexorable, que condena a los hombres
desde su origen a un común matadero, o una gran locura que sojuzga al género humano…»

Pietro Gori, Guerra a la guerra (1903)

En abril de 1918, días antes de ser encarcelado por las autoridades británicas a raíz de su activismo pacifista, el filósofo y matemático Bertrand Russell concluyó la escritura de un pequeño libro sobre las doctrinas y movimientos revolucionarios del cambio de siglo, que llevó por título Proposed Roads to Freedom (en castellano, Los caminos de la libertad). Allí, al tiempo que reconocía la viabilidad de construir «caminos de libertad» que desafiaran al orden social imperante, recuperando algunos de los principios esgrimidos por anarquistas y sindicalistas revolucionarios, criticaba la postura (atribuida de manera simplista a algunos de aquéllos) según la cual la guerra sería un mero producto de la dominación estatal y de la explotación capitalista, por lo cual bastaría con eliminar tanto la una como la otra para garantizar un mundo de paz.

De acuerdo con Russell, la guerra precedía tanto al capitalismo como a la opresión estatal. En este punto, acaso los estudios antropológicos del siglo XX, las indagaciones arqueológicas más actuales e incluso los relatos de viajeros de las centurias pasadas que anotaron sus observaciones sobre sociedades que estaban más o menos sustraídas a la influencia de la dominación occidental, darían la razón al filósofo. Sin embargo, el argumento de Russell daba un paso en falso al fundamentar su apreciación en la idea de que la guerra estaba inscrita en «los instintos fundamentales de la naturaleza humana». En efecto, para Russell no sólo «hubo guerras antes de que el capitalismo existiera», sino que la violencia bélica característica de los seres humanos sería en un punto equiparable a los comportamientos animales, lo cual lo llevó a considerar atinado, en una reflexión sobre la guerra, señalar que «la lucha es habitual entre los animales». En suma, para Russell «el hombre es por naturaleza un competidor, un ser adquisitivo y más o menos belicoso».

Este tipo de aproximación, que leída en el marco de la antigua discusión entre hobbesianos («el hombre es un lobo para el hombre») y russonianos («el hombre es bueno por naturaleza») estaría añadiendo un fundamento animal a la imagen de la guerra de todos contra todos elaborada por Hobbes, sería en algún punto rebatido —aunque no en un diálogo directo— por los trabajos de Piotr Kropotkin. En una obra publicada póstumamente, este pensador anarquista referiría como «falsos» los principios esgrimidos tanto por las miradas hobbesianas como por las russonianas y afirmaría, tomando como ejemplos las observaciones que circulaban en su época, que el «hombre primitivo no es, en modo alguno, ni un ideal de virtud ni un tigre»[1]. Por otro lado, insistiría sobre su tesis de que entre las especies animales, la lucha por la existencia enunciada por Darwin no apuntaba al exterminio de los menos adaptados en el seno de una especie (como, según Kropotkin, habían malinterpretado los darwinistas sociales en su aplicación del evolucionismo darwiniano al estudio de las sociedades humanas), sino a «la lucha contra los elementos hostiles de la naturaleza o bien contra las demás especies animales, la cual se efectúa en grupos unidos y mediante la ayuda mutua»[2]. En este sentido, ni siquiera una lectura evolucionista que apuntara al fundamento animal del ser humano debía conducir necesariamente a la proposición de un instinto agresivo que explicara en última instancia la guerra.

Llamativamente, en los años sesenta las impresiones de Russell hallarían su versión científica en la obra de autores como el etólogo Konrad Lorenz y los antropólogos Lionel Tiger y André Leroi-Gourhan. La hipótesis preponderante de este tipo de teorías partía de homologar la guerra con la cacería, no solamente en el sentido de destacar ciertas similitudes en los procedimientos característicos de ambas prácticas, sino en suponer una motivación común nacida de una presunta agresividad innata del Homo sapiens y de sus ancestros.

El antecedente inmediato de estas hipótesis se halla en las reflexiones, por un lado, del anatomista Raymond Dart (quien interpretó los primeros fósiles descubiertos del género Australopithecus —uno de los ancestros del Homo sapiens, extinto hace unos dos millones de años— como correspondientes a una especie de cazadores asesinos y caníbales que empleaban armas para cazar individuos de otras especies y de la suya propia, y cuya temprana presencia debía probar la existencia de un «impulso homicida» característico de los homínidos), y por el otro, del ensayista Robert Ardrey (quien popularizó desde principios de la década del sesenta una suerte de renacimiento del «mito del primate asesino» —que a principios del siglo XX proponía un origen de la guerra previo a la aparición del Homo sapiens— postulando, en la línea de Dart, la existencia de un supuesto instinto homicida común al hombre y a sus ancestros).

Entre tantas críticas que se hicieron a estas reflexiones, que en definitiva veían en la agresión el motor de la evolución, se destaca una serie de constataciones en el orden de la evidencia, en particular: a) la imposibilidad de sostener con testimonios que el Australopithecus pudo haber construido armas o herramientas; b) la conclusión —tras un minucioso examen— de que las heridas presentes en algunos de los fósiles de este género no se debían a un patrón de «agresión» intraespecífica (entre individuos de la misma especie) ni de canibalismo sino a mordeduras de hienas y leopardos —redundando, por lo tanto, en la percepción de estos homínidos como presa y no como predadores—; y c) la consideración según la cual, dado que el Homo erectus habría sido carroñero, difícilmente el Australopithecus, ancestro de aquél, hubiera practicado la cacería.

De todos modos, lo cierto es que el enunciado central de este tipo de miradas (la proposición de un instinto agresivo del hombre expresado tanto en la cacería como en la guerra) fue retomado y recubierto de un barniz científico a lo largo de la década del sesenta.

A finales de aquella década y durante la siguiente, diversos estudiosos se ocuparon de apuntar las falencias de este tipo de hipótesis, tanto en su versión silvestre (Dart, Ardrey) como en su versión científica (Lorenz, Tiger, Leroi-Gourhan). Los argumentos fueron contundentes.

Por un lado, se advirtió que no cualquier forma de lucha —y mucho menos cualquier forma de agresión— supone una práctica de guerra («la lucha entre dos hombres no es guerra» —escribe el antropólogo Keith Otterbein— salvo cuando expresa el enfrentamiento entre comunidades políticas autónomas), con lo cual la especificidad de la guerra no puede comprenderse con arreglo a una mera capacidad para la agresión[3].

Por otro lado, se señaló que la inferencia de un instinto agresivo a partir de la equiparación de la guerra con la cacería supondría pensar en la existencia de un impulso adquisitivo que haría de la guerra una cacería de hombres (según la clásica formulación de Leroi-Gourhan), escenario que sólo se podría sostener si las guerras tuvieran el único objetivo de obtener carne humana u otros insumos para la subsistencia. Esta situación no sólo es inexistente en los contextos mayoritarios de guerra sin prácticas de canibalismo, sino también entre sociedades que practican la antropofagia, en la medida en que esta última tiene un sentido estrictamente ritual.

Y por último, se remarcó el sencillo hecho de que «no hay evidencia fisiológica de que los humanos posean un instinto agresivo»[4].

De un modo similar se ha discutido la hipótesis del primatólogo Richard Wrangham y el escritor Dale Peterson, cuyo punto de partida consiste en considerar que las similitudes perceptibles entre el hombre y el chimpancé en la actualidad tendrían su origen en un ancestro común[5]. Este ancestro es pensado por los autores a imagen del chimpancé moderno, lo cual los conduce a aventurar que los comportamientos típicos de este último (entre ellos, comportamientos definidos como violentos) serían característicos de aquél. En consecuencia, la hipótesis de los autores es que la violencia intergrupal y el asesinato intraespecífico son tan antiguos como el chimpancé ancestral, y que, por lo tanto, la agresión es una herencia biológica. En última instancia, el asesinato intraespecífico, así como el desarrollo de la habilidad para cazar, serían el resultado de un «deseo de matar» inherente a humanos y chimpancés.

Más allá de la dificultad que supone postular una equivalencia absoluta entre los chimpancés ancestrales y los modernos (pues median entre ellos millones de años de evolución), los fundamentos biológicos de los comportamientos considerados «agresivos» de los chimpancés han sido puestos en duda: por un lado, porque se han registrado relativamente pocas situaciones de asesinato entre chimpancés, y por el otro, porque allí donde éstas fueron testimoniadas se ha constatado un importante impacto de la actividad humana sobre el hábitat, lo cual disminuye la posibilidad de pensar en una motivación heredada[6].

En suma, como sostiene Richard Sipes, «ciertamente los Homo sapiens tienen una aptitud para la agresión violenta y el asesinato intraespecíficos [del mismo modo, diremos, que para la cooperación y las relaciones pacíficas], dado que en ocasiones se involucran en ellos», pero la tendencia a la violencia y a la guerra por parte de un grupo de personas no parece poder explicarse en función de «los genes de los hombres individuales» sino más bien de las disposiciones culturales de la sociedad[7]. Si nos concentramos en el problema de la guerra, parece acertado señalar que tanto las dificultades inherentes a las lecturas biológicas apuntadas en los párrafos precedentes como la constatación histórica y etnográfica de que «la intensidad y la frecuencia de la guerra son muy variables» en distintos contextos sociales[8], son material suficiente para proponer que la guerra (en términos del antropólogo Pierre Clastres) «señala hacia la cultura, no hacia la naturaleza»[9].

(Nº 294 - Enero 2014)


NOTAS:
[1] Piotr Kropotkin, Origen y evolución de la moral, Biblioteca Virtual Antorcha, 2003 [1924], p.59.
[2] Ibídem, p.199.
[3] Keith F. Otterbein, How War Began, Texas A&M University Press, College Station 2004, p. 27.
[4] Ibídem.
[5] Richard W. Wrangham y Dale Peterson, Machos demoníacos. Sobre los orígenes de la violencia humana, Ada Korn, Buenos Aires 1998 [1996].
[6] Al respecto, véase Robert W. Sussman, «Why the Legend of the Killer Ape Never Dies. The Enduring Power of Cultural Beliefs to Distort Our View of Human Nature», en D. P. Fry (ed.), War, Peace, and Human Nature. The Convergence of Evolutionary and Cultural Views, Oxford University Press, Nueva York 2013, p.97-111.
[7] Richard G. Sipes, «War, Sports and Aggression: An Empirical Test of Two Rival Theories», American Anthropologist 73, 1973, p.79-80.
[8] Marvin Harris, Caníbales y reyes. Los orígenes de la cultura, Salvat, Barcelona 1986 [1977], p.43.
[9] Pierre Clastres, Arqueología de la violencia: la guerra en las sociedades primitivas, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2004 [1977], p.23.

miércoles, 2 de julio de 2014

Cinco mitos falsos sobre la tortura

26 junio 2014

1. La tortura se usa sobre todo
contra presuntos terroristas y en la guerra

Las investigaciones de Amnistía Internacional muestran que la tortura y otros malos tratos siguen siendo un problema en muchos países que sufren amenazas para la seguridad nacional, reales o percibidas, incluido el terrorismo.

Sin embargo, el enfoque sobre la tortura y otros malos tratos en lo que las autoridades estadounidenses denominaron la «guerra contra el terrorismo» a principios de siglo podría haber distorsionado la perspectiva general. Lo que nuestras investigaciones también muestran claramente es que la mayoría de las víctimas de la tortura y otros malos tratos en todo el mundo no son terroristas peligrosos, sino presuntos delincuentes pobres, marginados y desposeídos que lamentablemente apenas atraen la atención de los medios y de la opinión pública, ni en el ámbito nacional ni en el internacional.

Los «enemigos» políticos, reales o supuestos, del gobierno que nunca han llevado una bomba ni ninguna otra arma, incluidos defensores y defensoras de derechos humanos, políticos de la oposición y periodistas, son también víctimas frecuentes de la tortura.

Esto significa que sí, que sigue habiendo torturas en contextos antiterroristas, pero que incluso en estos casos esta práctica se emplea sobre todo como medio para deshumanizar al enemigo; la vida real no es como la serie 24 horas o la película Zero Dark Thirty («La noche más oscura»).

Y globalmente, a la mayoría de las víctimas se las tortura no porque sean terroristas, sino porque son pobres o diferentes o se atreven a discrepar con el gobierno. Sea cual sea el motivo, la tortura y los malos tratos están totalmente prohibidos y nunca están justificados, no importa quién sea o qué haya hecho la víctima.

2. La tortura es la única forma de obtener
información con rapidez

La tortura es un instrumento primitivo y contundente para obtener información. Los Estados cuentan con una enorme diversidad de formas de recabar información sobre delitos —tanto cometidos como planeados— sin perder su humanidad. En concreto, las técnicas humanas de interrogatorio han demostrado ser eficaces para obtener información sobre delitos sin las devastadoras consecuencias personales, sociales y legales de la tortura.

3. Algunas formas de tortura no son tan malas

No hay niveles de tortura.

Su definición legal es un acto por el que se inflige intencionadamente dolor o sufrimiento severos, sean físicos o mentales, a una persona para castigarla o para obtener información. Ninguna tortura es «baja en calorías».

Todas las formas de tortura son abyectas e ilegales, desde las descargas eléctricas, las palizas, las violaciones, las humillaciones y los simulacros de ejecución hasta las quemaduras, la privación de sueño, los simulacros de ahogamiento y el uso de posturas forzadas, pasando por el empleo de tenazas, drogas y perros. Lamentablemente, todos estos métodos se usan ampliamente en países de todo el mundo.

4. En ciertas circunstancias sirve a un bien superior

No. La tortura nunca es legal ni aceptable. Los países que actualmente no la penalizan en la ley están violando unas normas acordadas internacionalmente.

Desde el punto de vista legal, la prohibición absoluta de la tortura y otros malos tratos no admite excepciones; es decir, no se puede suavizar ni siquiera en situaciones de emergencia. La prohibición ha alcanzado tal consenso global que es vinculante incluso para los Estados que no se han adherido a los tratados de derechos humanos pertinentes.

No obstante, muchos gobiernos continúan hoy torturando por multitud de razones, principalmente porque los gobiernos se benefician de la tortura —o así lo creen— y porque los responsables rara vez se enfrentan a la justicia. Hace falta hacer mucho más para poner fin a esta práctica abyecta.

5. Sólo un reducido grupo de los peores gobiernos
usan la tortura

En los últimos cinco años Amnistía Internacional ha denunciado torturas y otros malos tratos en 141 países de todas y cada una de las regiones del mundo.

Aunque puede que en algunos de estos países la tortura sea la excepción, en otros es sistémica, e incluso un solo caso de tortura u otros malos tratos es inaceptable.

Los datos con los que cuenta y las investigaciones que hace Amnistía Internacional, junto con más de cinco decenios de documentación y campañas contra este abuso, revelan que la tortura sigue floreciendo. 

martes, 1 de julio de 2014

El EIIL [ISIS] revela qué zonas del planeta quiere conquistar en un plazo de 5 años


30 junio 2014

El grupo terrorista iraquí EIIL [o ISIS] muestra en un mapa las zonas que son su objetivo para la expansión de un Estado islámico.

Tras anunciar la 'restauración del califato', el grupo yihadista Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) ha publicado un mapa que muestra qué países quiere conquistar para expandir el Estado islámico, informa Daily Mail. Según los datos del mapa, los objetivos son España, los Estados de la península de los Balcanes, Oriente Medio, África del Norte y grandes zonas de Asia.

Con la idea de recrear el Estado islámico que gobernó Oriente Medio, África del Norte y otras regiones del planeta a lo largo de los 1.400 años de historia del Islam, los extremistas del EIIL lograron en Siria e Irak algo que Al-Qaeda no fue capaz de conseguir: borrar la frontera entre los dos países árabes y fundar una base para su Estado.

No queda claro qué impacto tendrá esta declaración sobre el terreno en lo referente al territorio de Siria e Irak, aunque los expertos predicen que se podrían agudizar los conflictos internos entre los militantes sunnitas que han unido fuerzas con el EIIL en su lucha contra el Gobierno chiíta del primer ministro iraquí Nuri al Maliki.

Aymenn al Tamimi, especialista en grupos militantes islamistas de Irak y Siria, declara: «Ahora los insurgentes en Irak no tienen excusa para trabajar con el EIIL si tenían la esperanza de compartir el poder con él».

Sin embargo el mayor impacto podría sufrirlo el movimiento yihadista internacional, en particular Al-Qaeda.

«Este anuncio representa una enorme amenaza para Al-Qaeda y para su liderazgo en la causa yihadista internacional», informa Charles Lister, investigador visitante del Centro Brookings de Doha (Qatar).

La semana pasada el EIIL ya publicó un mapa que revelaba su plan de controlar el petróleo de Oriente Medio. El mapa muestra una franja de países marcados en color negro que se extiende desde el Atlántico hasta el Pacífico, e incluye todo el norte de África, Nigeria y Camerún, en África occidental, y el Chad, Sudán, Etiopía y Somalia en la costa este del continente.