miércoles, 24 de mayo de 2017

Cuando mueren los imperios

 

Por MUMIA ABU-JAMAL

La revista Foreign Affairs publicó recientemente un extraordinario artículo por el conservador historiador británico Niall Ferguson, de las Universidades de Harvard y Oxford, en el que estudia las razones que causaron la caída de diez grandes imperios.

Su tesis básica es que grandes y poderosos imperios pueden caer con una rapidez sorprendente, generalmente en el espacio de un ciclo de vida —y a veces en menos tiempo.

Citando obras de historiadores e intelectuales, Ferguson escribe sobre los Imperios Romano, Británico, Francés, Otomano, Ming, Qing, y sobre el Imperio Ruso, entre otros. Muchos imperios duraron varios siglos y tuvieron un poder casi global.

¿Cómo cayeron? Algunos debido a crisis económica, generalmente causada por aventuras militares, como es el caso francés. Los franceses dieron tropas y dinero a los revolucionarios norteamericanos que buscaban terminar con la ocupación de Gran Bretaña, enemiga histórica de Francia.

En dos decenios los franceses estuvieron virtualmente en quiebra y el pueblo salió a las calles en rebelión contra la nobleza. En pocos años, una revolución envolvió toda Francia y un rey, Luis XVI, perdió su noble cabeza.

Roma, la gloria de Europa, cayó víctima de fuerzas internas y externas. En 50 años, la población romana cayó un 75%. Los vándalos destruyeron sus fronteras, y al mismo tiempo sus antiguos soldados se volvieron bandoleros. La división Este-Oeste, Roma y Constantinopla, debilitó la unidad imperial. Según Ferguson, la gran caída de Roma duró menos de diez años.

Ferguson no sólo estaba dando una lección de historia. Su artículo era para el imperio de los Estados Unidos —uno de los imperios más poderosos y ricos de la historia.

¿Cuál era su propósito? Que sepamos que los imperios —incluso los que parecen más indestructibles— pueden sufrir por la convergencia de problemas financieros, militares, del medio ambiente y de tantos otros; y quebrarse como se quiebra un huevo.

Esta es la lección de la historia: ningún Imperio dura para siempre.

16-04-2010

jueves, 18 de mayo de 2017

Competir para el mercado laboral


Por FREDY PERLMAN

A fin de localizar el origen de la plusvalía, hay que averiguar por qué el valor del trabajo es inferior al valor de las mercancías que produce. La actividad alienada de los trabajadores transforma materiales con la ayuda de instrumentos y produce una determinada cantidad de mercancías. Sin embargo, cuando estas mercancías se venden y los materiales consumidos y los instrumentos utilizados se han pagado, a los trabajadores no se les entrega el remanente del valor de sus productos como el salario, sino menos. En otras palabras, durante cada jornada de trabajo, los trabajadores realizan cierta cantidad de trabajo no pagado, de trabajo forzado, por la que no reciben equivalente alguno.

La realización de este trabajo no pagado, de este trabajo forzado, es otra «condición de supervivencia» de la sociedad capitalista. Sin embargo, y al igual que la alienación, no se trata de una condición impuesta por la naturaleza, sino por la práctica colectiva de las personas, por sus actividades cotidianas. Antes de que existieran los sindicatos, el trabajador individual aceptaba cualquier trabajo forzado disponible, ya que rechazarlo suponía que otros trabajadores aceptasen las condiciones de intercambio ofrecidas y que ese trabajador individual no recibiera salario alguno. Los obreros competían entre sí por los salarios que ofrecían los capitalistas, y si un trabajador dejaba su empleo porque el salario era inaceptablemente bajo, siempre había un obrero en paro dispuesto a sustituirle, ya que para un parado un salario reducido es más alto que ninguno. Los capitalistas llamaban «trabajo libre» a esta competencia entre trabajadores, y se desvivían por mantener la libertad de los trabajadores, ya que era precisamente esa libertad la que conservaba la plusvalía del capitalismo y le permitía acumular Capital. Ningún trabajador tenía como objetivo producir más bienes de lo que se le pagaba por fabricar, sino obtener el mayor salario posible. No obstante, la existencia de trabajadores que no recibían salario alguno, y cuya noción de un salario elevado era, por tanto, más modesta que la de un trabajador empleado, permitía al capitalista contratar trabajadores por un salario inferior. De hecho, la existencia de trabajadores parados permitía al capitalista pagar el salario más bajo por el que los trabajadores estuvieran dispuestos a trabajar. Así, el resultado de la actividad cotidiana colectiva de los trabajadores, cada uno de los cuales se esforzaba por obtener el máximo salario posible, era reducir los salarios de todos. El efecto de la competencia de todos contras todos recibían el salario más bajo posible y que el capitalista obtenía la mayor cantidad de plusvalía posible.

La práctica cotidiana de todos anula el objetivo de cada cual. Ahora bien, los obreros no sabían que su situación era el producto de su propia conducta cotidiana, ya que sus propias actividades no eran transparentes para ellos. A los trabajadores les parecía que los salarios bajos eran simplemente una faceta natural de la vida, como la enfermedad y la muerte, y que el descenso de los salarios era una catástrofe natural, como una inundación o un invierno inhóspito. Las críticas de los socialistas y los análisis de Marx, así como un mayor grado de desarrollo industrial, que les dio más tiempo para reflexionar, arrancaron algunos de estos velos y permitieron hasta cierto punto a los trabajadores ver sus propias actividades con más claridad. No obstante, en Europa occidental y en los Estados Unidos, los trabajadores no se deshicieron de la forma capitalista de la vida cotidiana: formaron sindicatos. Y en las condiciones materiales diferentes de la Unión Soviética y de Europa oriental, los trabajadores (y campesinos) reemplazaron a la clase capitalista por una burocracia estatal que compra trabajo alienado y acumula Capital en nombre de Marx.

Con sindicatos, la vida cotidiana es parecida a como era antes de que hubiera sindicatos. De hecho, es casi igual. La vida cotidiana sigue consistiendo en trabajo, en actividad alienada y en trabajo no pagado o forzado. El trabajador sindicalizado ya no negocia las condiciones de su alienación; lo hacen los funcionarios sindicales en su lugar. Las condiciones en las que se aliena la actividad del trabajador ya no las dicta la necesidad del trabajador individual de aceptar el trabajo disponible, sino la necesidad del burócrata sindical de mantener su posición de proxeneta entre vendedores y compradores de trabajo…

«La reproducción de la vida cotidiana»
(1969)

jueves, 11 de mayo de 2017

Berneri y la revolución en España


Por CLAUDIO STRAMBI

El 19 de julio de hace ochenta y un años, los obreros y los campesinos españoles, con las armas en la mano, y después de haber salvado la República del golpe militar franquista, se lanzaron decididos a la realización de un mundo nuevo sin explotadores ni explotados. En Cataluña, Aragón y Levante, orientados por las organizaciones anarquistas, se apoderaron de los medios de producción y distribución, tejiendo la urdimbre de una posible sociedad comunista libertaria.

Los trabajadores, organizados en milicias populares por los sindicatos CNT (libertario) y UGT (socialista), combatieron contra un ejército mucho mejor armado y apoyado por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. Ninguna ayuda llegó a las fuerzas progresistas por parte de las democracias francesa o británica, mientras la Rusia de Stalin enviaba ayuda con cuentagotas, retardada, haciéndola pagar a precio de oro, y solo a las fuerzas que defendían la propiedad capitalista y la democracia burguesa. El sueño de una sociedad liberada fue triturado entre las garras de acero de la guerra.

Muy pronto llegaron los compromisos: para conseguir las armas que faltaban, las organizaciones libertarias se vieron empujadas a entrar en el gobierno regional de Cataluña primero, y después en el nacional español. La partida resultó cada vez más complicada, las organizaciones libertarias parecían haber olvidado su razón de ser, mientras que la arrogancia totalitaria de los «consejeros» soviéticos se imponía cada vez más. Mucho antes que por el fascismo, el 'corto verano de la anarquía' fue suprimido por la coalición democrático-estalinista que tuvo en el PSUC (el partido comunista catalán) su Noske español (1).

Durante las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, cuando las fuerzas de la contrarrevolución estalinista desataron el ataque a la revolución libertaria, se entabló en las barricadas la batalla decisiva: CNT, FAI y POUM (comunistas de izquierda) por un lado, y estalinistas, republicanos y catalanistas por otro. Los segundos vencieron por el amplio apoyo de la URSS, pero también por las incertidumbres y los evidentes límites políticos del movimiento libertario español. Así, en la noche del 5 al 6 de mayo, Camillo Berneri y su amigo Francesco Barbieri fueron asesinados a sangre fría por sicarios estalinistas, añadiéndose así a las quinientas víctimas de esas jornadas.

La Revolución española representó un punto y aparte en la historia mundial: una vez derrotada la guerra social en España, el nazi-fascismo desencadenó la Segunda Guerra Mundial, mientras que para el anarquismo internacional nada fue como antes tras esa derrota: solo con el Mayo del 68 primero y, después, con los recientes movimientos internacionales, la hipótesis libertaria ha recomenzado una nueva andadura.

La figura de Berneri en este contexto es decisiva y, al mismo tiempo, simbólica: decisiva por el papel crítico que representa en esos tormentosos y dramáticos sucesos españoles; simbólica porque la supresión física de su límpida inteligencia ha coincidido con el declive temporal de una historia larga y gloriosa.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la figura de Berneri en general y su específico pensamiento y acción en España fueron remodelados en función de una neo-ortodoxia libertaria carente de horizontes políticos. La personalidad de Berneri fue cicateramente manipulada trazando líneas rectas donde en realidad había curvas y contracurvas, contradicciones relevantes y no pocos puntos controvertidos.

Tras la caída del Muro de Berlín, cuando el anarquismo llamó otra vez la atención del gran público, también la figura de Berneri saltó a un primer plano y fue objeto de un renovado interés historiográfico. Con los años se ha ido afirmando un variado sustrato intelectual, que ha intentado de alguna forma redibujar la figura de Berneri, conduciéndolo poco a poco desde su militancia anarquista revolucionaria hasta los límites de un hombre «fuera de lugar», de un «intelectual fronterizo», de una inteligencia atormentada que se agitaba entre un anarquismo liberal, un liberal-socialismo y algo indefinido, tendenciosamente fuera de una rígida lógica de pertenencia, o en busca de un partido que nunca ha llegado a nacer.

No cabe la menor duda de que el recorrido intelectual de Camillo Berneri ha sido muy rico, fascinante, contradictorio, retorcido y controvertido: fue un hombre que llegó a sufrir las sugerencias del marxista Angelo y del reformista Prampolini, de los clásicos Malatesta y Kropotkin, pero también de Salvemini, Gobetti, De Viti de Marco, de toda la escuela liberal italiana (de la que procede su discutible convergencia hasta cierto punto teorizada entre colectivismo y liberalismo).

Un hombre, el «nuestro», en el que encontramos al mejor Bakunin, al mejor Marx y, a contraluz, a Gramsci; pero en el que encontramos también al Proudhon más arcaico, de donde deriva, en parte, la horrenda postura berneriana sobre la cuestión femenina. Por otro lado, posee la considerable fuerza «risorgimentale» de Mazzini, de Cattaneo, de Ferrari y, si continuamos, encontraremos el sólido anarquismo septentrional de Rudolf Rocker, el marxismo antideterminista del sindicalista revolucionario Enrico Leone. Si seguimos profundizando, encontramos su pasión por la democracia radical de los revolucionarios franceses de 1789 y por la tolerancia liberal de Voltaire. Encontramos también una viva simpatía política por el consejismo obrero y por Rosa Luxemburgo (2), pero también el más absoluto rechazo al determinismo marxista del que estaba empapada la comunista germano-polaca. En filosofía, encontramos sin duda a Kant, al matemático-filósofo convencionalista Poincaré e incluso a Einstein y al excura Ardigò. Por no hablar de cierta simpatías evangélicas ¡y muchas más!

De todo esto, sin embargo, este intelectual genial y controvertido, ecléctico y problemático, entusiasmante y censurable, concreto y soñador, fue esencialmente y sobre todo un militante anarquista de primera línea. Alguien que cuando pensaba que era necesario atentar contra la vida de los hombres del fascismo no ejercía de intelectual, lo intentaba él directamente, eso sí, con resultados nada brillantes (3). Berneri fue el anarquista más expulsado de Europa, no porque fuera un intelectual, sino porque era un organizador incansable, preparado para el sacrificio extremo.

Berneri consiguió el dificilísimo logro de interrelacionar el disperso anarquismo italiano del exilio y reunirlo en el importantísimo convenio de Sartrouville en octubre de 1935. También él dirigió a los anarquistas hacia una ponderada alianza con Giustizia e Libertà, hasta la formación, en agosto de 1936, de la Primera Columna Italiana de combatientes antifascistas en España.

Era sordo y enfermizo, pero quiso combatir en el frente de Aragón, participando con valor en la gloriosa batalla de Monte Pelado. Hasta que sus compañeros, amorosamente, lo «echaron» enviándolo a Barcelona, donde sería más útil con su obra de dirección política. Él fue quien denunció, sin temor a la muerte, los crímenes de Stalin que se estaban cometiendo en ese momento: se asesinaba a los mismos jerarcas bolcheviques que a su vez tenían las manos manchadas con la sangre de otros revolucionarios. Y fue él quien defendió, sin peros, al pequeño partido comunista de izquierda (POUM) de los acerados ataques moscovitas, reivindicando la alianza de los anarquistas con ese partido.

En este punto, casi un siglo después, sobre lo que habría hecho Berneri si no hubiera sido asesinado en España, se puede decir o dejar entender cuanto queramos, ya que los muertos no resucitan y el tiempo no vuelve atrás. Pero, como no se puede preguntar a la vida más que a la muerte, es evidente que la aventura española quedará para siempre como la última película sobre la vida de Camillo Berneri, una película en la que se concentran no pocas ambigüedades y descuidos.


En la estela de la oleada cultural que siguió a la caída del régimen «feudal-comunista» del Este europeo, a muchos gusta contar a Berneri entre las víctimas del comunismo. En efecto, los hechos lo confirman: materialmente lo asesinaron hombres que se declaraban comunistas a las órdenes de un partido que se consideraba comunista. Pero, por otra parte, él en España no fue adversario del comunismo, si por comunismo se entiende un sistema igualitario de reorganización de la vida económica y social. La realidad es exactamente lo contrario.

Los estalinistas en España, es decir, los asesinos de Berneri, estaban aliados con los republicanos y con los catalanistas, y eran violentamente contrarios a la colectivización de fábricas, tierras y servicios. Así, cuando tras los sucesos de mayo del 37 se impusieron a los anarquistas y al POUM, rápidamente se apresuraron a restituir a los antiguos propietarios muchas de las tierras aragonesas que habían sido expropiadas y colectivizadas por los campesinos. Berneri, como los demás anarquistas, era partidario decidido de la colectivización de fábricas, tierras y servicios.

No obstante, es cierto que él era un táctico y recomendaba cautela hacia la pequeña propiedad, en relación siempre con las exigencias de la guerra, de las que no se podía prescindir.

Pero la hoja de ruta que proponía era inequívoca. «Para nosotros, la lucha está entablada entre el fascismo y el comunismo libertario», dice en una entrevista. Y en un artículo publicado en Guerra di Classe denunciaba: «El Comité Ejecutivo del Partido Comunista de España ha declarado recientemente que en la lucha actual está por la defensa de la democracia y la salvaguardia de la propiedad privada. Se nota en el aire hedor a Noske». No pasaron ni cinco meses desde ese momento para que los Noske españoles entraran en acción e hicieran de Camillo Berneri el Rosa Luxemburgo de la Revolución española.

Pero para quien tenga dudas sobre cómo Berneri prefiguró el progreso social de España, reproducimos un fragmento de su artículo «La masacre de los intelectuales»: «En un país en el que el analfabetismo representa el sesenta por ciento del proletariado rural, solo el socialismo puede fundar escuelas en los pueblos (…). En un país en el que la industrialización está dando los primeros pasos, la cultura técnica no se puede desarrollar rápidamente más que con una condición: que toda la vida económica adquiera un ritmo acelerado, amplias miras, una modernización de los planes y de las unidades de desarrollo, condiciones estas que solo una economía colectivista puede lograr». ¡Qué extraño liberal!

Estrechamente ligada a la cuestión del comunismo está la del humanismo y el análisis de clase en el anarquismo. Desde hace décadas, hay quien intenta describir a Berneri como alguien que habría intentado extrapolar el anarquismo del recinto del movimiento obrero y socialista, hacia un terreno aclasista, interclasista y abstractamente universalista. Sobre esta vía, la componente neo-berneriana «de derechas» está constreñida a enfrentarse súbitamente con una cuestión conceptual: Berneri en España, es decir, en el último capítulo de su vida, dirige un periódico que se llamaba precisamente Guerra di Classe. Alguno, sin despeinarse, ha llegado a escribir que este es un hecho irrelevante, puramente formal, porque Berneri siempre se orientaba en sus ideas hacia otra dirección. Leamos el editorial que redactó para el primer número de Guerra di Classe en Barcelona, el 9 de octubre de 1936: «Guerra di Classe es un título de actualidad desde hace milenios, y lo seguirá siendo por muchos siglos todavía. Es una guerra de clases en la que estamos inmersos, y en ella 'vivimos' y la reconocemos y afirmamos como tal. Guerra civil y revolución social no son en España sino los dos aspectos de una realidad única: un país en marcha hacia un nuevo orden político y económico, sin dictadura y contra el espíritu dictatorial, constituirá la premisa y las condiciones de desarrollo del colectivismo libertario» (4).

Berneri no contrapone nunca la dimensión humanista a la clasista del anarquismo; al contrario, da a cada una el lugar que le corresponde. En una polémica con los bordiguistas, Berneri escribe que «el anarquismo es clasista por contingencia histórica y humanista por esencia filosófica». En una de sus obras clásicas escribe después: «El revolucionario humanista es consciente de la función evolutiva del proletariado, está con el proletariado porque es una clase oprimida, explotada, desposeída, pero no cae en la ingenuidad populista de atribuir al proletariado todas las virtudes y a la burguesía todos los vicios, e incluye a la misma burguesía en su sueño de emancipación humana. Piotr Kropotkin decía: "Trabajando para abolir la división entre amos y esclavos, trabajamos por la felicidad de unos y otros, por la felicidad de la humanidad (…) el anarquismo se ha afirmado neta y constantemente en todas partes como corriente socialista y como movimiento proletario. Pero el humanismo se ha afirmado en el anarquismo como preocupación individualista de garantizar el desarrollo de la personalidad y como comprensión, en el anhelo de emancipación social de todas las clases, de todas las categorías, es decir, de toda la humanidad. Todos los hombres necesitan ser redimidos por otros y por sí mismos. El proletariado ha sido, es y será más que nunca el factor histórico de esta emancipación universal"».

Por mucho que la prosa berneriana sea agradabilísima de leer, estamos prácticamente «descubriendo el agua caliente» del anarquismo: distinción y conexión entre aspiración ética y necesidad histórica. Evidentemente, el «agua caliente» ya estaba descubierta y para muchos todavía es un concepto difícil de comprender. Cuando se intenta diseñar un Berneri que gira hacia la dimensión universalista del anarquismo, habría que recordar que si hay un punto firme en la personalidad de Berneri, es precisamente estar imbuido constantemente de un anarquismo que sea «un gran factor de historia».

Pero en lo relativo al Berneri español, hay otro aspecto político extremadamente significativo que, no por casualidad, se tiende a olvidar. Nos referimos a la indicación de Berneri sobre la ampliación del conflicto español hacia el mundo árabe de las colonias francesas, inglesas y españolas. Con esas indicaciones apuntaba explícitamente a aflojar el dogal opresivo que fascismos, democracias y estalinismo apretaban al cuello de la revolución española. Berneri era muy consciente de que el triunfo de la revolución, de ser posible, se produciría gracias a la victoria en el plano internacional; pero, por otro lado, tenía poca confianza en la capacidad insurreccional del proletariado francés, sobre el que algunos cifraban sus esperanzas. Entonces, ¿qué hacer?

Ya el 24 de octubre de 1936 escribía: «La base de operaciones del ejército fascista es Marruecos. Es preciso intensificar la propaganda a favor de la autonomía marroquí, sobre todo en el sector de influencia panislámica. Es necesario imponer al Gobierno de Madrid declaraciones de su voluntad de abandonar Marruecos, así como proteger la autonomía marroquí. Francia ve con preocupación la posibilidad de repercusiones insurreccionales en África septentrional y en Siria, e Inglaterra ve reforzada la agitación autonómica egipcia y de los árabes de Palestina. Hay que aprovechar tales preocupaciones, con una política que amenace con desencadenar la revuelta del mundo islámico. Para tal política es necesario invertir dinero y urge enviar emisarios, agitadores y organizadores a todos los centros de la emigración árabe». Estas cosas continuó diciéndolas hasta el día en que fue asesinado.

Sí, de alguna manera se puede decir que Berneri había intuido, con mucha anticipación, el emerger de la cuestión árabe, y en particular de una cuestión palestina. Ese mismo intelectual anarquista que escribió bellísimas páginas contra el antisemitismo en «El judío antisemita» fue el mismo que, en un pionero y olvidado artículo de noviembre de 1929, «La Palestina ensangrentada», escribe sin ambages: «¿De parte de quién está la razón? De la parte de los árabes». El artículo comenta los gravísimos y sanguinarios enfrentamientos que se estaban produciendo en aquel momento entre los colonos judíos y la población palestina. Berneri denuncia los efectos desastrosos de la famosa Declaración de Balfour para una patria judía en Palestina (5) y la colonización financiada por el capital inglés, desarrollada tras la partición de Oriente Medio llevada a cabo por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial. Esta colonización hebrea de Palestina, financiada por el capitalismo británico, se había superpuesto e incluso había sustituido a la inocua emigración de prófugos judíos en Palestina que pacíficamente se dio durante décadas, sin dar lugar al más mínimo conflicto.

Por lo demás, Berneri desde 1921 había tenido una atención particular por las luchas anticoloniales, y había estudiado sus posibles conexiones con las luchas revolucionarias del proletariado. Por ello no fue casualidad que en España identificara enseguida en las agitaciones del mundo árabe una de las palancas sobre las que se podría apoyar la revolución española.

Más que «intelectual fronterizo», Camillo Berneri fue sobre todo un combatiente revolucionario. Fue un hombre atormentado y contradictorio, pero que sabía siempre dónde estaba su lugar en la batalla. Fue un blasfemo, un hereje de la anarquía y a veces fue incluso sabihondo, presuntuoso y antipático. Pero fue un hombre que, cuando el destino lo llamó, supo usar tanto «la pluma» como «la pistola» para defender la España revolucionaria, el comunismo libertario, el futuro de anarquía. Lo conmemoraremos en Florencia, en Via Volta 13, donde vivió en su juventud.

Nº 346 – mayo 2017


NOTAS:
 (1) Gustav Noske (1868-1946). Tras haber formado parte del movimiento sindical, se inscribe en el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y en 1906 es elegido diputado para el Parlamento. Después de la revolución democrática-socialista de noviembre de 1918, con la que termina la Primera Guerra Mundial, Noske se convierte en ministro de Defensa del gobierno socialdemócrata y no se contiene a la hora de alabar la acción de los grupos paramilitares ultranacionalistas (en particular los Freikorps) para frenar la difusión de las tendencias revolucionarias y consejistas de la República de Weimar. Noske será el responsable directo de la sangrienta represión de los sucesos espartaquistas de enero de 1919 y del salvaje asesinato de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Gustav Landauer y tantos otros.
 (2) Véase el artículo de Berneri, «El sovietismo en la Revolución alemana», publicado en Tiempos Nuevos de Barcelona, septiembre de 1934.
 (3) En 1929, Berneri atravesó la frontera entre Francia y Bélgica con la intención de ir a Bruselas, a la Sociedad de Naciones, y atentar contra Alfredo Rocco, ministro fascista, impulsor del famoso código que lleva su nombre, todavía en vigor. En realidad, apenas pasada la frontera fue detenido por la traición de un infiltrado llamado Menapace.
 (4) Se puede leer el editorial completo en castellano en el libro Guerra de clases en España, 1936-1937 (Barcelona 1977) junto a una amplia selección de escritos de Berneri.
 (5) Inglaterra ocupa Palestina en 1917 e impone su protectorado. Con la Declaración de Balfour, ministro británico de Asuntos Exteriores, Inglaterra comienza a apoyar y a financiar la colonización sionista, que se venía produciendo desde los años ochenta del siglo XIX. Emigración espontánea y pacífica de millares de judíos desesperados que huían de los pogromos de Rusia y Polonia, y se transforma, gracias al imperialismo británico, en una tragedia que todavía hoy está lejos de finalizar.

domingo, 7 de mayo de 2017

Robots obreros de la construcción


Agencia SINC
27 abril 2014

Un equipo de ingenieros del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, en EEUU) pretende revolucionar la industria arquitectónica a través de la robótica. Mediante una máquina de construcción digital diseñada por ellos, han 'imprimido' una estructura de 4,7 metros de largo y 3,7 metros de alto en menos de 14 horas.

La máquina, que funciona con baterías y energía solar, está equipada con un brazo robótico cuya precisión supera a la de los sistemas de construcción tradicionales. La estructura se construyó con espuma aislante, pero el robot es capaz de usar otros materiales como cemento, escombros o incluso hielo, si se encuentra en su entorno.

Según los autores del estudio, publicado esta semana en Science Robotics, este es uno de los mayores trabajos de impresión en 3D realizado por un sistema automatizado, y se ha hecho a la mayor velocidad registrada hasta ahora.

lunes, 1 de mayo de 2017

1917-2017: La revolución no es una quimera

 


Este año no es un año de celebraciones. No es tiempo de folclore onanista y reaccionario, sea con los mitos que sean.

No es un año de celebraciones, pero si un buen momento para la memoria. La memoria de 1917 y de la mayor ofensiva que nuestra clase ha lanzado contra el capitalismo en su corta historia. El 1917 ruso inauguró una ofensiva contra el corazón del capitalismo que puso en pie durante años al proletariado organizado. Pero así como hay que ver los aciertos en las luchas que ganamos, como la caída del capitalismo en Rusia o las conquistas laborales en las Españas, hay que ver los fracasos. Hay que ver que el fracaso de la tentativa revolucionaria del Rurh de los años 18 y 19 abonó el terreno para que el proletariado abrazara la barbarie de Hitler. Lo mismo en Italia: el decepcionante final del bienio rojo puso las esperanzas en otro mesias, Mussolini.

La memoria es importante por lo que nos enseña, y es que como dijo Saint Just durante la revolución francesa de 1789: «Quién hace revoluciones a medias no hace sino cavar su propia tumba». Y esto lo estamos viendo con crudeza. Cómo tras los estallidos de 2011 y la oleada de insurrecciones, huelgas y movimientos por todo el planeta ahora viene la marea baja y la respuesta de la internacional del autoritarismo: Putin, Trump, Erdogan, Le Pen, Macri, el Califato… La decepción en nuestra gente está aupando a nuestros enemigos o allanándoles el camino.

No podemos ser tan ingenuas. Tenemos una responsabilidad con la Historia y quienes tenemos que hacer la revolución tenemos que tomárnosla en serio.

Para ello tenemos que tener claro el proyecto, que hoy no puede ser otro que PONER LA VIDA EN EL CENTRO. Necesitamos plantearnos en común el buen vivir, cómo es la vida que queremos. A partir de ahí, hay que sumar nuestros esfuerzos en una dirección: ganar este planeta para quienes lo habitamos y quitárselo a una clase dominante que explota a la mayoría de la humanidad y que está eliminando las posibilidades de que sigamos sobreviviendo en él.

La revolución hoy no es una quimera. La elección no está entre hacer la transformación social o seguir igual; la civilización en la que hemos vivido está quebrándose. La dictadura de los mercados financieros ha sido un tiempo muerto de un capitalismo que no tiene más planeta donde expandirse, que no puede hacer crecer sus beneficios al mismo ritmo. Se huele el miedo y en diez años hemos pasado del discurso machacón sobre el Progreso y el crecimiento económico a la «crisis permanente». Todo es una gran «crisis»: económica, geopolítica, militar, política, moral La crisis en los telediarios, en los consejos de ministros y en la manera en que pensamos nuestra vida: 

- Ya no hay opresión por tener una orientación sexual no heterosexual: se dice que hay una crisis de identidad. 
- Ya no hay un conflicto laboral, sino, se dice, una crisis de la negociación.
- Ya no cumplimos años, sino que vamos superando las llamadas crisis de los 30 o los 40…

Esta es una nueva forma de gobierno con la que nos mantienen en una tensión permanente mientras la barbarie en todo el planeta se recrudece.

Por eso tenemos que plantear la revolución, no como un horizonte de utopia, allí lejos, sino como una elección determinante de nuestra época, no ya para vivir mejor, sino ya sólo para sobrevivir.

Por eso no podemos caer en su trampa, en la estafa de la crisis. No queremos gestionar las crisis con las que nos chantajean. Ni mejor ni peor, no vamos a gestionar su mundo. Si la economía está en crisis, que reviente.

Queremos un planeta donde quepan muchos mundos, mucha gente diversa y mucha naturaleza viva. Queremos vivir bien, sin miedo ni explotación. Queremos saber que mañana todo esto que merece la pena defender va a a seguir existiendo: la fiesta, la alegría, el humor, el compañerismo, el aire, el sol y el agua limpia.

Pero, ¿cómo no tener miedo a que el capitalismo reviente? ¿Cómo no tener miedo de que el salario deje de llegar, de que las pensiones desaparezcan, de que los supermercados se vacíen y el caos tome nuestros barrios? Sabiendo que detrás del espejismo de que somos dependientes de un Estado y unas empresas, está la realidad: el Estado y las empresas dependen de nosotras, y no al revés.

Quién somos: somos quienes movemos el mundo. Somos quienes hacemos que el mundo sea así. Por eso somos quienes podemos cambiar las cosas, porque somos quienes hacemos que todo siga existiendo, produciendo y cuidando.

Nuestra fuerza es nuestro trabajo, somos nuestro trabajo: nuestra capacidad de hacer.

Por desgracia, hoy nuestro trabajo es también nuestra condena, obligados a ponerlo a disposición de un sistema que nos destruye. Así nuestra capacidad de hacer una nuevo mundo se vuelve contra nosotras, nos enfrenta a unos contra otros, llena sus bolsillos de beneficios y nos destroza la salud.

Pero esta no es una condena bíblica y legendaria, la vida no es un valle de lágrimas de la que tengamos que esperar una redención si nos portamos bien y somos coherentes con nuestro credo. El trabajo es una condena que debemos resistir y que podemos recuperar. Se puede luchar hoy. Se pueden mejorar nuestras condiciones. Se pueden reducir sus beneficios y mejorar nuestras vidas. Para eso está el sindicato.

Esta es la propuesta del anarcosindicalismo. Una propuesta de la libertad. Una propuesta para enfocar las luchas en lo que tenemos en común, que no es tal o cual identidad, tal o cual idea política, tal o cual opción vital. Lo que tenemos en común es una realidad material: somos explotadas.

Esto no va de priorizar unas luchas sobre otras, sino de darle a todas el enfoque correcto:

- No vamos a construir un país digno con castillos en el aire, con sólo declararnos de tal o cual identidad, emocionarnos con tal o cual bandera. Se construye país digno luchando en el territorio, en Villar de Cañas, en Retortillo, en el Lavapiés gentrificado, en Garoña.
- No vamos a dejar de ser machistas por decir «oiga que yo no lo soy», sino destruyendo los roles para llegar a formas más igualitarias de convivencia.
- No vamos a terminar con la desigualdad en los hogares si tenemos la conciliación en el convenio, pero luego no cogemos los permisos por miedo.
- No vamos a acabar con la fragmentación y el sectarismo en el movimiento popular con un comunicado para consumo de quienes ya están convencidos.

Especialmente por esto último, tendemos la mano, abrimos nuestras puertas y queremos recordar lo mejor de nuestra historia. Queremos recordar la Unidad y la Hermandad proletaria. Queremos que suene alto: hoy como ayer,

 Uníos, Hermanos Proletarios – UHP

29 ABRIL 2017


  *  Este texto recoge los contenidos de la intervención de CNT en el acto social y político de la carpa de CNT en Villalar 2017.

miércoles, 26 de abril de 2017

Los crímenes del militarismo cubano


TIERRA Y LIBERTAD
Nº 345 - abril 2017

Fidel Castro murió el 25 de noviembre de 2016 a los noventa años. Las necrológicas a su favor se desarrollaron en el seno de una izquierda y de unos círculos marxistas que no eran demasiado partidarios de enfrentarse a los crímenes del militarismo cubano.

No se trata aquí de negar la abnegación de Fidel Castro en su lucha a muerte contra la sociedad capitalista de mercado y el imperialismo estadounidense. La crítica antimilitarista que sigue a continuación se apoya en el rechazo inexorable de las tentativas de invasión de Estados Unidos a Cuba, así como en el embargo contra este país. Pero una alternativa atractiva al capitalismo de mercado deberá evitar la empresa estatista y militarista de la sociedad. Eso nos muestra de nuevo la agonía contemporánea del sistema construido por Hugo Chávez en Venezuela, gran avatar del castrismo en el continente sudamericano.

Los boat people, versión cubana

Los que se indignan hoy día ante los fugitivos de África y del Oriente Medio que se ahogan en el Mediterráneo, deberían también acordarse de los boat people cubanos. El régimen de Castro seguía la política de dejar huir a los opositores y adversarios del régimen en barcos y barcas hacia Florida o México. Esos boat people simbolizaban el fracaso del sistema, incluso aunque siguiera en el poder. Pero, ¿se puede hablar de emancipación y entusiasmo revolucionario en un sistema en el que gran parte de la población está muerta de miedo? Al día siguiente de la caída de la dictadura de Batista, el 1 de enero de 1959, cerca de ciento veinticinco mil emigrantes hombres y mujeres, vivían en Estados Unidos; de ellos ochenta y cinco mil regresaron a Cuba llenos de esperanza, y sólo se marcharon setenta mil, en su mayor parte de clases altas o esbirros del antiguo régimen. No obstante, y hasta 1962, huirán ciento noventa y seis mil personas tras la primera oleada de represión, entre ellos los anarquistas cubanos.

La primera huida en masa de ciudadanos empobrecidos, desesperados y sin responsabilidades políticas tiene lugar en 1965. En pequeños barcos o incluso en neumáticos, los refugiados trataron de atravesar el mar y encontraron la muerte en muchas ocasiones. Castro anunció entonces que quienes no quisieran participar voluntariamente en la revolución podrían embarcarse en el puerto de Camarioca. La avalancha a que dio esto resultado terminó con la firma de un tratado con el presidente Johnson de Estados Unidos, que permitía a su país acoger a los refugiados, también a los llegados en avión. Poco después, y hacia 1971, doscientas sesenta mil personas alzaron el vuelo, entre ellas muchos trabajadores especializados, que se echarían en falta en la reconstrucción posterior de Cuba. Castro tiene la costumbre de emplear criminales presos en esas operaciones.

Los hombres válidos para el Ejército no están autorizados a expatriarse. Los que abandonan el país pierden la nacionalidad cubana y todas sus posesiones. Quien se inscribe en las listas de espera pierde su trabajo, está obligado a abandonar su casa y se le moviliza a la fuerza para trabajos de agricultura. Según la correspondencia de la embajada de La Habana en Berlín oriental, en 1966 un cubano de cada cinco quería abandonar el país.

Exiliados cubanos en un barco durante 1980.

En 1980, el año de los boat people en Vietnam, tiene lugar una nueva huida en masa en Cuba: en La Habana, diez mil personas ocuparon la embajada de Perú. Finalmente, se abrió el puerto de Mariel para acoger a los barcos procedentes de Florida. Castro vio en ello la oportunidad de librarse de los opositores, a los que llamaba «gusanos», especialmente los adversarios del régimen que habían sido confinados en los centros psiquiátricos de la Isla. En este caso, podemos hablar casi de éxodo: de abril a septiembre de 1980, ciento veinticinco mil personas abandonaron la Isla, entre ellos muchos negros. A ello siguió un nuevo tratado con el enemigo jurado, esta vez bajo la égida del presidente Carter. Por otra parte, Estados Unidos tiene interés en no acoger a demasiados refugiados, aunque este fenómeno estuviera en perfecta consonancia con su propaganda ideológica durante la Guerra Fría. Las siguientes oleadas tuvieron lugar en 1990, con numerosas ocupaciones de embajadas; después, en 1994, durante la mayor crisis económica que atravesó al país tras la pérdida del apoyo de la Unión Soviética: entre julio y septiembre de 1994 tuvo lugar una nueva oleada migratoria, esta vez treinta y cinco mil personas trataron de atravesar el mar con barcos y balsas.

Se producen frecuentes incidentes: el barco «13 de Marzo» parte el 13 de julio de 1994, con setenta refugiados. Un guardacostas cubano lo detiene y lo hunde. Mueren cuarenta y una personas, el resto son conducidas a la cárcel. Las estimaciones varían, pero desde 1959 hasta el cambio de siglo se calcula en más de un millón el número de personas que abandonaron Cuba, lo que en el año 2000 suponía un diez o quince por ciento de la población total.

El aparato represivo y la redada en los montes Escambray

Desde el día siguiente a la revolución de 1959, Castro levantó un ejército regular que le obedecería únicamente a él, y no a la guerrilla, denominada «Movimiento del 26 de Julio» Funda los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), encargados de la vigilancia de los barrios. Los opositores al régimen son vigilados en cada casa; los CDR se ocupan también de renovar los sellos durante las épocas de racionamiento de los alimentos, un auténtico instrumento de control social. Además, Castro moviliza a las milicias, subordinadas a sus órdenes personales. Se añaden a ello los servicios secretos, como la Dirección General de Operaciones Especiales (DGOE) o los G2, que lograron infiltrarse entre los militantes de derecha en el exilio de Miami, lo que permitió a Castro estar al corriente de los planes de preparación de la invasión de la CIA y de los cubanos en el exilio de la bahía de Cochinos en abril de 1961.

Con esas estructuras militares, Castro perseguía a sus enemigos interiores. Desde el otoño de 1960, su blanco es su antiguo aliado en la lucha contra Batista, el Directorio Revolucionario (DR), a partir de ahora en guerrilla contra él en los montes Escambray. Los invasores de la bahía de Cochinos querían establecer lazos con esta guerrilla contrarrevolucionaria. Por tanto, Castro tenía motivos para combatir al DR, que se había hecho reaccionario. Pero la manera en que Castro y sus tropas combatieron al DR merece que nos detengamos en ello: Castro llamaba a los combatientes del DR «los bandidos»; sus tropas ejecutaron, en unos meses desde el otoño de 1960, a setecientos guerrilleros, y la mayor parte de las veces sin ninguna legalidad, como «ejecuciones extrajudiciales», igual que se diría hoy en el entorno de un tal François Hollande.

Algunos días antes de la invasión de la bahía de Cochinos, las tropas de Castro procedieron a una redada contra la guerrilla de Escambray. El objetivo oficial era separar a la guerrilla de su base local, lo que nos dice que existía una base local… De un solo golpe, siguiendo estimaciones recientes, doscientas mil personas fueron detenidas (en esa misma época, Carlos Franqui habla de cien mil detenciones en el periódico de Castro, Revolución). Muchos de ellos fueron internados en estadios, escuelas, cines y campos construidos a toda velocidad. Poco después ingresaron en cárceles recién construidas, o bien fueron expulsados por mar. El biógrafo Serge Raffy, de Le Nouvel Observateur, habla de ello como de la mayor redada de Estado en toda la historia de América Latina. Los intelectuales de izquierdas que acudieron por aquella época a rendir homenaje a la «Cuba revolucionaria» no se interesaron en absoluto por esos presos ni por las condiciones de su detención.

Los procesos espectáculo de Castro: el ejemplo de Cienfuegos y Huber Matos

La represión contra las corrientes de oposición en el seno del régimen seguía la misma mecánica que la de los bolcheviques, sobre todo con procesos espectáculo retransmitidos en la televisión cubana. Entre ellos, los más importantes fueron el proceso contra Huber Matos Benítez en 1959, y el del comandante en jefe de las tropas cubanas en Angola, y antiguo jefe militar de Castro, el general Arnaldo Ochoa, en junio de 1989.

Cuando Castro moviliza a sus nuevas milicias, pide al mismo tiempo a su amigo, el guerrillero Camilo Cienfuegos, antiguo anarquista, procedente de una familia de refugiados de la Guerra Civil española, que era muy popular, que disuelva el ejército rebelde del «Movimiento del 26 de Julio» todavía bajo el mando de Cienfuegos, porque lo sentía como rival.

Huber Matos junto a Camilo Cienfuegos.

Poco tiempo después, Cienfuegos y su piloto Luciano Farinas mueren en un pequeño bimotor, un Cessna, durante un vuelo que había partido de la base militar de Camagüey hacia La Habana, tras haber ido a visitar a Huber Matos, ya por entonces encarcelado por Castro.

Castro en persona dirige la investigación durante semanas sin resultado. Hoy se dice, con el testimonio de un pescador que vio un combate aéreo en la bahía de Masio, que el Cessna fue abatido por un interceptor «Sea Fury 530» del ejército cubano, pilotado por el capitán Torres (cercano a Raúl Castro) y Osvaldo Sánchez, número dos de los G2. La constatación es la siguiente: Cienfuegos fue eliminado por el clan Castro.

Justo después, Huber Matos sufrió su proceso espectáculo. Era cabezota e inteligente, y se le apodaba «el profesor». Sin embargo, fue acusado de traición y de conspiración con el imperialismo estadounidense.

El proceso comenzó el 11 de diciembre de 1959. Huber Matos no era de los que se quiebran por pasar tiempo en chirona, como había ocurrido a otros muchos adversarios de Castro. Al contrario, ataca abiertamente al régimen de Castro durante su proceso:

«¿Qué hemos prometido a los cubanos? Que la libertad sea un derecho absoluto, que nadie pueda ser perseguido por sus ideas, que los campesinos reciban la tierra en propiedad…»

Castro tiene la costumbre de inspeccionar los procesos espectáculo in situ, en una habitación interior con vistas a la sala de audiencia. Lanza sus testimonios y discute con los jueces durante las pausa. Primero envía a su hermano Raúl al ring. Pero Huber Matos le lanza una rápida invectiva: «¿Sabe usted cómo lo llama el pueblo cubano? ¡Pues le llama 'Señor Odio'!»

Finalmente, es el propio Fidel Castro el que acude a la sala de audiencia. Coge el micrófono y comienza uno de sus discursos célebres que suelen durar varias horas. Castro habla sin ofrecer ninguna prueba. Pero Huber Matos le corta la palabra, le corrige cuando oculta el papel desempeñado por Matos y Cienfuegos durante la revolución. Cortar la palabra al Líder Máximo es ya una alta traición en sí misma. Al final, Huber Matos obtiene veinte años de cárcel. Se le autoriza a partir al extranjero en 1979 y muere en Florida en 2014.

En los posteriores procesos espectáculo contra los intelectuales en los años sesenta y setenta, también se pone de manifiesto la homofobia de Castro. Allen Ginsberg, el beatnik que se burla de ello, sólo será expulsado. Pero el poeta oficial de Cuba, Heberto Padilla, sufrió un proceso indigno. En la cárcel, se le despertaba violentamente cada treinta minutos; encerrado en régimen de aislamiento, no distinguía entre el día y la noche, y se hundió completamente en su proceso, drogado para la ocasión, acusándose a sí mismo de crímenes contrarrevolucionarios.

Del mismo modo se desarrolló un proceso espectáculo contra el escritor disidente Reinaldo Arenas. Se lo acusó públicamente de asesinato y violación de una anciana y una joven con el fin de obtener información sobre la población. Pide «regresar» a la cárcel «Villa Marista»: entre el pueblo se llama a los agentes del servicio secreto de Castro los «maristas», según una congregación católica, y no «marxistas». En el proceso, Arenas promete no volver a escribir libros críticos, niega su homosexualidad y pide que le transfieran a los UMAP, que eran unidades militares para la producción, donde había grupos de reeducación para los homosexuales. Finalmente, Arenas pide trabajar como soplón para Castro.

En esos procesos, Castro combinaba su hostilidad contra los intelectuales con su homofobia. Hoy la situación de los homosexuales ha mejorado gracias a Mariela, la hija de Raúl Castro. Pero la prohibición de la prensa sigue siendo prácticamente total, y el último informe de Amnistía Internacional para 2015-2016 afirma que «ocho mil seiscientos militantes y opositores al régimen fueron detenidos por motivos políticos durante 2015». Recordemos que la población actual se eleva a once millones, de los que se ha detenido a cerca de sesenta mil. Amnistía Internacional coloca a Cuba en el sexto lugar… empezando por la cola.

Lou Marin

viernes, 21 de abril de 2017

El Caso Scala


Nº 1, marzo 2009

El 15 de enero de 1978 en Barcelona, con la discoteca Scala, también se quemaron las esperanzas de resurgimiento del movimiento libertario español, que había vuelto a prender tras la muerte de Franco, sobre todo en Cataluña, su feudo histórico hasta 1939. José Luis García Rúa es de los que está convencido de que aquella operación, organizada con éxito desde el Ministerio de Interior de Rodolfo Martín Villa, logró frenar el ascenso de CNT, que no volvió a levantar cabeza. Martín Villa había hecho poco antes unas declaraciones reveladoras: «No me preocupa ETA, quienes de verdad me preocupan son la CNT y el Movimiento Libertario».

La sala «Scala» ardió tras una manifestación contra los Pactos de la Moncloa en la que CNT logró reunir a miles de manifestantes. Unos jóvenes anarquistas, instigados por un confidente policial de 49 años infiltrado en el sindicato libertario, llamado Joaquín Gambín Hernández («El Grillo»), arrojaron varios cócteles molotov que oficialmente provocaron el incendio. Murieron cuatro trabajadores de la discoteca, dos de ellos afiliados a CNT. Hubo testimonios que indicaron que el origen del fuego fue el estallido previamente de dos bombas en el local, colocadas por cuatro individuos trajeados que nunca fueron identificados. Un testigo que los vio apareció muerto con dos tiros en la cabeza a los tres días.

La operación policial montada por el Ministerio del Interior afectó a muchos militantes cenetistas. Cinco de ellos fueron encausados y condenados y su sindicato criminalizado. La afiliación a CNT en Cataluña, más de cien mil trabajadores, cayó en picado a partir de entonces, al igual que su actividad sindical. Luego llegarían divisiones y escisiones.

Para García Rúa, «la operación del Estado no estaba montada contra personas concretas, sino contra la CNT, en especial, y contra el Movimiento Libertario en general». «Se trataba de acabar con la CNT y el golpe tenía que ser público y sonado», recuerda treinta y un años después quien, al frente de la secretaría general del sindicato, podría comprobar más tarde la eficacia de aquella operación jamás aclarada.

Xuan Cándano
(Entrevista a José Luis García Rúa)