sábado, 25 de julio de 2026

Desbrozar los montes no es la solución pero puede agravar el problema de los incendios

Un bosque bien formado no necesita «limpiarse», pues la progresiva desaparición del sotobosque es un fenómeno natural dependiente de la opacidad del ecosistema

Por JULIO FERNÁNDEZ

Con la herida puesta en los grandes incendios de los últimos años, especialmente en el verano de 2025, una tesis se expande como la pólvora provocando el alivio de las instituciones al encontrar, por fin, un culpable claro y fácilmente atacable en relación al origen de los fuegos. Sí, estamos hablando, cómo no, de la maleza, el sotobosque y todo aquello que impide que los bosques estén «limpios» o que el campo sea un campo domesticado y transitable.

Resulta muy cansado rebatir desde la biología más elemental esta idea, sin duda propagada desde intereses políticos e industriales que se niegan a ver el monte como lo que es: algo muy distinto a una explotación ganadera o forestal. Y es que la biología es clara: amputar un órgano vital no es la mejor manera de proteger ese órgano, pero tampoco al resto de órganos que dependen de él. El monte bajo y el sotobosque no son sistemas carentes de biodiversidad sino todo lo contrario: además de servir, en algunos casos, como transición a ecosistemas superiores, albergan una rica biodiversidad que tenemos la obligación de proteger como seres que se han auto-erigido en administradores únicos del mundo.

También, salvando excepciones, bomberos e ingenieros forestales defienden esta idea con mayor o menor énfasis. La lógica es sencilla: cuanto más fácil sea acceder a un lugar, más rápido se puede trabajar en la extinción y cuanto menos materia combustible menos intensidad tendrá el fuego.

Aunque en los alrededores de las viviendas y en cascos urbanos esta teoría resulta plausible a primera vista, tiene serios problemas de aplicación en toda la amplitud de los territorios susceptibles de arder y, lo que es más grave: resulta falaz en la mayoría de los casos a campo abierto.

En primer lugar tenemos que apuntar que los grandes incendios del 2025 que afectaron a varias provincias de Castilla y León, como también ocurrió en 2022, tuvieron lugar, sobre todo, en áreas de montaña ocupadas por matorral, zonas adehesadas con arbolado disperso y plantaciones densas de coníferas, pero en muy pequeña medida en bosques. Los bosques, donde en Castilla y León las especies predominantes son la encina y el roble melojo, han quedado indemnes y, es más, ofrecieron una valiosa resistencia al avance de las llamas como se demostró —se quiera admitir o no— en los incendios de la Culebra donde las formaciones de frondosas cercanas a los pueblos impidieron que llegaran las llamas a los núcleos urbanos. Esto último gracias a varios factores: la gran capacidad de mantener una humedad constante y temperaturas moderadas, la mayor dificultad del fuego para alimentarse con maderas densas, la ausencia de materiales pirófilos y un efecto barrera sobre el viento, principal transmisor de las llamas en incendios considerados falsamente «inextinguibles».

Es bien conocido, por otra parte, que un bosque bien formado no necesita «limpiarse», pues la progresiva desaparición del sotobosque es un fenómeno natural dependiente de la opacidad del ecosistema, de la misma forma que en sentido contrario, y por diversas causas, el bosque permite la aparición periódica de claros, de forma que el ecosistema se regula por sí solo sin la intervención humana.

De esta forma, es obvio que deberíamos descartar la infeliz idea de «limpiar» los bosques, pues al limpiarlos restamos resiliencia, ¿pero qué sucede con aquellos territorios donde predomina el monte bajo?

También aquí una reflexión tranquila y no mediatizada nos obliga a repensar la tesis de «cuanto menos mejor».

Por una parte tenemos que, en efecto, el monte bajo aporta combustible que arde con facilidad y rapidez; sin embargo, lo que queda tras un desbroce también es materia combustible y también arde con igual o mayor rapidez. Y teniendo en cuenta que los desbroces, por cuestiones de seguridad y de protección natural, se deben hacer como muy tarde a principios de la primavera, lo que tenemos no es la anulación del monte bajo sino su «rasuración». En consecuencia, al actuar sobre la capa vegetal esta no desaparece pero se resta protección al suelo donde se encuentra, provocando un aumento de la evaporación y favoreciendo un rápido secado de la flora que nace tras los desbroces.

La evidencia de los casi permanentes fuegos en la sabana africana o en zonas semiáridas demuestra que la velocidad de propagación de los incendios aumenta en suelos donde la vegetación pierde su capacidad de hidratarse y donde, por contra, no existe freno al viento que faculta la rápida absorción de oxígeno.

Cualquier ganadero honesto y que viva bajo los rigores de un clima continental te contará que en verano la hierba útil para pasto es la que sobrevive en bosques o en zonas de monte bajo donde el suelo queda resguardado de las temperaturas extremas. Es decir, desbrozar masivamente no solo contribuye a la desertificación y la consiguiente pérdida de biodiversidad sino que reduce sensiblemente los pastos y hace inviables muchas explotaciones salvo que se recurra a medidas exógenas como son los piensos.

No hace falta apelar, en consecuencia, a conocimientos en evapotranspiración para apuntar que los desbroces no siempre son tan beneficiosos como los pintan. Si bien, en áreas muy localizadas, pueden ayudar a la regeneración de la capa vegetal —si se realizan en invierno—, de forma extensiva y en primavera o verano pueden tener consecuencias indeseables no solo para el medio sino también para la propagación de los fuegos, los cuales se ven favorecidos por una mayor facilidad de transmisión de las llamas y un aumento artificial de las temperaturas capaz de añadir varios grados más al ya insoportable infierno que está provocando la crisis climática.

Por desgracia, en la actualidad estamos viendo cómo desde distintas instituciones, autonómicas, provinciales y locales, se viene estableciendo la ejecución de unos planes de desbroces, en especial alrededor de los pueblos —esos anillos que prometen protegernos en tiempos de precariedad en servicios de extinción— que no solo podrían resultar inútiles sino también contraproducentes. Y no estamos hablando de limpieza de cunetas y zonas ajardinadas, donde los desbroces son clara alternativa al cancerígeno glifosato.

El populismo y la falta de información científica, pero sobre todo la ausencia de sensibilidad, están consiguiendo desviar el foco de la gran problemática de los incendios hacia lemas fáciles y falseados. Un tiempo y unos recursos valiosos que se necesitarían para afrontar el problema en su justa medida. La auténtica alternativa, de hecho, está ahí desde hace mucho tiempo y sigue unas pautas simples: favorecer la regeneración de bosques autóctonos resistentes a la crisis climática, creación de islas de estos bosques a modo de cortafuegos, concienciar mediante programas culturales y educativos, y apostar por servicios públicos de extinción modernos y apropiados, capaces de actuar con emergencia y rapidez desde el primer momento que se produce un foco.

ENFOQUE - DIARIO DE ZAMORA
(21 junio 2026)