domingo, 19 de enero de 2014

La Iglesia y la escuela


Por ALEXANDER BERKMAN

Sí, amigo mío, siempre ha sido así. Es decir, la ley y el gobierno han estado siempre del lado de los amos. El rico y el poderoso siempre te han engañado mediante «la voluntad de Dios», con la ayuda de la Iglesia y la escuela.

¿Pero tiene esto que permanecer siempre así? En los antiguos tiempos, cuando la gente era esclava de algún tirano, de un zar o de otro autócrata, la Iglesia (de cualquier religión o denominación) enseñaba que la esclavitud existía por «la voluntad de Dios», que era buena y necesaria, que no podía ser de otra manera y que cualquiera que estuviera contra ella estaría contra la voluntad de Dios y era un hombre descreído, un hereje, un blasfemo y un pecador.

La escuela enseñaba que esto era bueno y justo, que el tirano gobernaba «por la gracia de Dios», que su autoridad no podía ser cuestionada, y que había que servirle y obedecerle.

El pueblo lo creía y permanecía esclavo. Pero poco a poco surgieron algunos hombres que llegaron a ver que la esclavitud era mala, que no era justo que un hombre estuviera sometido a todo un pueblo y fuera señor y amo de sus vidas y de sus trabajos. Y fueron al pueblo y le dijeron lo que pensaban.

Entonces el gobierno del tirano se lanzó sobre esos hombres. Se les acusó de quebrantar la ley del país, se les llamó alborotadores de la paz pública, criminales y enemigos del pueblo. Los mataron y la Iglesia y la escuela dijeron que era correcto, que merecían la muerte como rebeldes contra las leyes de Dios y del hombre. Y los esclavos lo creyeron.

Pero no se puede suprimir la verdad para siempre. Gradualmente cada vez vinieron más personas a descubrir que los «agitadores» que habían matado llevaban razón. Llegaron a comprender que la esclavitud era injusta y mala para ellos y su número creció continuamente. El tirano dio leyes severas para suprimirlos; su gobierno hizo todo lo posible para detenerlos y para detener sus «designios malvados». La Iglesia y la escuela denunciaron a esos hombres. Fueron perseguidos y acosados y ejecutados a la manera de aquellos días.

Algunas veces los ponían en una gran cruz y los clavaban a ella, o les cortaban sus cabezas con un hacha. Otras veces eran estrangulados, quemados en un poste, descuartizados o atados a caballos y desgarrados lentamente.

Esto lo hizo la Iglesia y la escuela y la ley; con frecuencia incluso la multitud engañada, en diversos países, y en los museos actuales puedes ver todavía los instrumentos de tortura y de muerte que usaban para castigar a los que intentaban decir la verdad al pueblo.

Pero, a pesar de la tortura y de la muerte, a pesar de la ley y el gobierno, a pesar de la Iglesia y la escuela y la prensa, se abolió finalmente la esclavitud, aunque la gente había insistido en que «siempre fue así y que tiene que permanecer así».

Posteriormente, en los días de la servidumbre, cuando los nobles gobernaban sobre el pueblo ordinario, la Iglesia y la escuela estaban de nuevo de parte de los gobernantes y de los ricos. De nuevo amenazaban al pueblo con la ira divina si se atrevían a hacerse rebeldes y rehusaban obedecer a sus señores y gobernantes. De nuevo lanzaron sus maldiciones sobre las cabezas de los «perturbadores» y los herejes que se atrevían a desafiar la ley y que predicaban el evangelio de una mayor libertad y bienestar. De nuevo esos «enemigos del pueblo» fueron perseguidos, acosados y asesinados. Pero llegó el día en que la servidumbre fue abolida.

La servidumbre cedió su lugar al capitalismo con su esclavitud asalariada y de nuevo encuentras a la Iglesia y a la escuela al lado del amo y del gobernante. De nuevo truenan contra los «herejes», los descreídos que desean que el pueblo sea libre y feliz. De nuevo la Iglesia y la escuela te predicen «la voluntad de Dios»; el capitalismo es bueno y necesario, te dicen; tienes que ser obediente a tus amos, pues «es la voluntad de Dios» que haya ricos y pobres, y cualquiera que se opone a ello es un pecador, un inconformista, un anarquista.

Así, ves que la Iglesia y la escuela están todavía con los amos contra sus esclavos, exactamente igual que en el pasado. Como el leopardo, pueden cambiar sus manchas, pero nunca su naturaleza. Todavía se alinea la Iglesia y la escuela con el rico contra el pobre, con el poderoso contra sus víctimas, con «la ley y el orden» contra la libertad y justicia.

Ahora como antes, enseñan al pueblo a respetar y obedecer a sus amos. Cuando el tirano era un rey; la Iglesia y la escuela enseñaban el respeto por y la obediencia a «la ley y el orden» del rey. Cuando se abolió la realeza y se instituyó la república, la Iglesia y la escuela enseñan el respeto y la obediencia a «la ley y el orden» republicanos. ¡OBEDECER! Ese es el grito eterno de la Iglesia y de la escuela, sin importarle lo vil que sea el tirano, sin importarle lo opresivos e injustos que sea «la ley y el orden».

¡OBEDECER! Pues si tú dejaras de obedecer a la autoridad, podrías comenzar a pensar por ti mismo. Eso sería lo más peligroso para «la ley y el orden», la mayor desgracia para la Iglesia y la escuela. Pues entonces tú descubrirías que todo lo que ellos te han enseñado era mentira, y que solo lo hacían con el objetivo de mantenerte esclavizado, en la mente y en el cuerpo, de modo que tú continuaras trabajando y sufriendo y estando tranquilo.

Un despertar así por tu parte sería ciertamente la mayor calamidad para la Iglesia y para la escuela, para el Amo y el Gobernante.

Pero si has llegado así de lejos conmigo, si has comenzado ahora a pensar por ti mismo, si comprendes que el capitalismo te roba y que el gobierno con su «ley y orden» se encuentra ahí para ayudar a que te hagan eso, si te das cuenta que todas las agencias de la religión y de la educación institucionalizadas sirven tan sólo para engañarte y para mantenerte en la esclavitud, entonces te puedes sentir con razón ofendido y gritar: «¿No hay justicia en el mundo?».

El ABC del comunismo libertario
(1937) 
 

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