miércoles, 28 de mayo de 2014

Bakunin y Blanqui: El «Elitismo»


Por VÍCTOR GARCÍA

Bakunin arremetió despiadadamente contra Blanqui al referirse al papel interpretado por éste en las jornadas revolucionarias de 1848. De todo el andamiaje blanquista no quiso dejar nada en pie, calificando de infantil el revolucionismo de Blanqui, absurdo su culto a la violencia, ingenua su seguridad en que bastarían cuatro cañonazos para hacer la revolución.

Esto condujo, por el contrario, al advenimiento de Luis Bonaparte, el genio representante de la burguesía derrotada pero vuelta al poder a través del gobierno provisional.

Si cotejáramos las tácticas revolucionarias de Bakunin y de Blanqui veríamos bastantes puntos coincidentes por el predominio en ambos de un sentimiento conspirativo muy desarrollado. Estos puntos coincidentes, sin embargo, terminan desde el mismo momento en que se declara la revolución, ya que mientras Blanqui la quiere llevar a cabo sólo y exclusivamente con la intervención de la élite; Bakunin insiste en que sólo la amplia participación de las masas en el levantamiento revolucionario puede permitir el afianzamiento de la revolución. Bakunin no admite que la organización o sociedad secreta, por sí sola, como es axiomático en Blanqui, consolidar la gesta revolucionaria. Basarse sólo en ella es suicida y de allí arranca su crítica tan agresiva a los planteamientos de Blanqui.

El planteamiento de Blanqui es escalonado: la élite hace la revolución, luego hace que el pueblo tenga acceso a la cultura y a la instrucción y, una vez éste instruido, se pasa al comunismo que no tiene que ser, necesariamente, estatal. Hasta se permite programar la transición en el sentido que se dejarán muchos puestos claves de la sociedad capitalista y burguesa en función a fin de evitar el caos, tanto económico como social. Es decir, la revolución entrañará una toma del poder por parte de la élite, la remoción de aquellos cargos innecesarios, pero el mantenimiento de los que la sociedad precisa a fin de no quedar estancada. Una vez afianzada la revolución, siempre según el pensar blanquista, se impartirá la educación a las masas, fase definitiva del blanquismo, ya que para Blanqui educación es sinónimo de sociedad justa e igualitaria.

El anarquismo ha desechado, como iluso, este planteamiento. La biología nos enseña que ningún organismo se autodestruye a sí mismo y que el Estado, si queda en pie, en lugar de autodestruirse tenderá a fortalecerse cada día más.

En el siglo pasado tales afirmaciones no gozaban de ninguna experiencia y cuando Bakunin y los anarquistas en general advertían a los revolucionarios del peligro que entrañaba toda presencia de un Estado, fuera éste a título provisional, en la acción revolucionaria, aquellos se basaban en el conocimiento de los hombres y en el estudio de todo ser vivo. En base a ello afirmaban que ningún órgano se destruye a sí mismo.

En la actualidad los revolucionarios disponemos, por desgracia, de múltiples experiencias. El globo terráqueo está salpicado de países que han hecho su revolución en base al derrocamiento de un Estado que ha sido suplantado por otro. Aquel Estado incipiente creado en el comienzo y necesitando del apoyo de lo más florido de las fuerzas revolucionarias generadoras de la revolución fue fortaleciéndose, solidificándose para convertirse, finalmente, en el único rector de los destinos de todos los habitantes del país.

Esta parte, pues, de la estrategia revolucionaria de Blanqui se ha evidenciado como falsa sin que se pueda citar un solo caso que, a título de excepción, permitiera pensar que la dictadura revolucionaria es posible como vehículo para alcanzar la abolición del Estado.

Otro de los errores de Blanqui es el de considerar el saber como base de la igualdad —«el comunismo es la única organización posible de una sociedad extremadamente culta y, por ello, violentamente igualitaria»— y si este parecer era permisible en 1830, en 1848 y en 1870 hoy ya resulta descartado, y ello siempre en base a las experiencias que el siglo actual arroja en no importa qué régimen, del mosaico de ellos, que existen en el mundo. El segundo conducirá a una dictadura de la inteligencia en la acepción más plausible que pueda plantearse, pero puede conducirnos, posiblemente, a la destrucción de la humanidad, con lo que se alcanzaría, por la parte más inesperada: la muerte, la igualdad proclamada por Blanqui.

El saber, la instrucción, es una necesidad del ser humano y el hombre alcanza mayor plenitud cuantos más conocimientos domina. Pero el saber no es, intrínsecamente en sí, más que un instrumento que los hombres pueden usar indistintamente para el bien y para el mal. El cuchillo es un instrumento magnífico para la cocinera, pero es un arma mortal para el asesino. Mil codos más arriba tenemos la fisión del átomo que si tomo por el camino del progreso del hombre, pero que, si por el contrario, se le desvía por la pendiente negativa puede sellar el fin de todos y de todo.

Esto tampoco podía verlo Blanqui, porque él vivió en el comienzo de la era industrial, cuando, parafraseando a Oppenheimer, el 90 por ciento de los sabios y científicos de todas las edades de la humanidad, reagrupados y vivos en esta década, todavía no se había manifestado.

El blanquismo se ha hecho presente en toda índole de organización revolucionaria. En el seno del anarquismo también se han destacado atisbos blanquistas, siendo uno de los más connotados el de la Plataforma que los anarquistas rusos, especialmente los ucranianos, propusieron, al resto de los movimientos libertarios del mundo. En España, donde el anarquismo químicamente puro no resultaba fácil de hallar por la arrolladora influencia del movimiento anarcosindicalista de la Confederación Nacional del Trabajo, también han existido partidarios del blanquismo, y la teoría de la toma del poder fue polémica obligada entre los libertarios encarcelados, en las conferencias de los ateneos y en las redacciones de los periódicos ácratas. También en Corea, terminada, en 1945, la guerra Mundial, se planteó, en el seno del movimiento anarquista coreano, reputado como fuerte y cuantioso, la cuestión del plataformismo y de la toma del poder.

Sabemos que hay mucha osadía en esta comparación, forzada, es cierto, que hacemos de blanquismo y plataformismo pero es innegable que la idea del elitismo conduce al acercamiento y acoplamiento de los dos ismos, y hay que otorgarle a Blanqui, a pesar de sus enfoques discutibles, la paternidad, dentro del revolucionarismo moderno, de la élite-ariete que, según su estrategia, debe permitir la penetración en el seno de la fortaleza enemiga del Instrumento de la revolución que la hará posible.

En este aspecto hay más honestidad en Blanqui que en el marxismo, ya que éste, todo y utilizando de hecho sus élites, siempre se pertrecha detrás de la demagógica expresión del partido de masas significando algo que es totalmente incierto: la participación del pueblo.

Blanqui no tenía ningún interés, de su lado, es ser mascarón de proa del marxismo ni del anarquismo y hasta llegó a exteriorizarlo muy gráficamente:

«El comunismo y el proudhonianismo se empeñan en permanecer en la orilla de un río discutiendo si lo que se cultiva del otro lado del mismo es maíz o trigo. Basta con atravesar el río y cerciorarse».

Confucio dice que en el justo medio está la virtud, y esto lo ratifica Aristóteles. Blanqui pareciera, con las reservas del caso, hallarse equidistante del anarquismo y del marxismo, ya que con el anarquismo comparte la tesis de que sólo el pueblo puede crear una sociedad justa al margen del Estado y del partido, mientras que con el marxismo va del brazo cuando afirma que el primer paso de la revolución es la instauración de una dictadura.

Con todo, cuando el historiador y el sociólogo habrán terminado la vivisección de las teorías blanquistas, para ensalzarlas o para desecharlas, todavía quedará en pie, para admiración de todos, una vida de integridad revolucionaria, de un luchador nato, huésped de todas las cárceles francesas y soldado de todas las barricadas de la insurrección.

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