sábado, 9 de agosto de 2014

'El patriotismo' (Extracto)


Por MIJAIL BAKUNIN

«En el fondo de toda guerra no hay más que un interés: la apropiación de trabajo ajeno»


¿Los hombres están condenados, por su naturaleza, a devorarse entre sí para vivir, como lo hacen los animales de otras especies?

Desgraciadamente encontramos en la cuna de la civilización humana la antropofagia, al mismo tiempo y en seguida las guerras de exterminio, la guerra de razas y de pueblos; guerras de conquista, guerras de equilibrio, guerras políticas y guerras religiosas; guerras por las grandes ideas como las que hace Francia dirigida por su actual emperador, y guerras patrióticas para la gran unidad nacional, como las que meditan, por una parte, el ministro pangermanista de Berlín y, por otra, el zar paneslavista de San Petersburgo.

Y en el fondo de todo esto, a través de todas las frases hipócritas de que se hace uso para darse una apariencia de humanidad, y de derecho, ¿qué encontramos?

Siempre la misma cuestión económica, la tendencia de los unos a vivir y prosperar a expensas de los otros.

Todo lo demás es una bola. Los ignorantes, los tontos se dejan coger en ellar; pero los hombres fuertes que dirigen los destinos de los Estados saben muy bien que en el fondo de todas las guerras no hay más que un sólo interés: el pillaje, la conquista de las riquezas del otro y la apropiación de trabajo ajeno.

Tal es la realidad a la vez cruel y brutal que los dioses de todas las religiones, los dioses de las batallas, no han dejado nunca de bendecir. Empezando por Jehová, el Dios de los judíos, el Padre Eterno de Nuestro Señor Jesucristo, que mandó a su pueblo escogido a asesinar a todos los habitantes de la Tierra prometida, y concluyendo por el Dios católico, representado por los papas, que en recompensa del asesinato de los paganos, de los mahometanos y de los herejes, dieron la tierra de esos desgraciados a sus asesinos llenos de sangre. A las víctimas, el infierno; a los verdugos, suos despojos, los bienes de la tierra.

Ese es, no otro, el objeto de las guerras más santas, de las guerras religiosas.

Es evidente que, hasta la fecha al menos, la humanidad no ha procurado excepción a la ley general de la animalidad que condena a todos los seres vivos a devorarse unos a otros para subsistir.

El socialismo, poniendo en lugar de la justicia política, jurídica y divina, la justicia humana, reemplazando el patriotismo por la solidaridad universal de los hombres, y la competencia económica por la organización internacional de una sociedad fundada en el trabajo, será el único que pueda acabar con estas manifestaciones brutales de la animalidad humana, con la guerra.

Pero hasta que haya triunfado en el mundo, todos los congresos burgueses por la paz y por la libertad protestarán en vano, y todos los Víctor Hugo del universo los presidirán en balde; los hombres continuarán devorándose unos a otros como las fieras.

Está bien demostrado que la historia humana, como la de todas las otras especies animales, comenzó por la guerra.

Esa guerra, que no tuvo ni tiene más objeto que conquistar los medios de vida, ha pasado por diferentes fases de desarrollo, paralelas a las distintas fases de la civilización, es decir, del desarrollo de las necesidades del hombre y de los medios de satisfacerlas.

Así, animal omnívoro, el hombre ha vivido primero como todos los otros animales, de frutas y de plantas, de caza y de pesca. Durante muchos siglos, sin duda, el hombre cazó y pescó cual hoy aún lo hacen los animales, sin ayuda de más instrumentos que los que la naturaleza le había dado.

La primera vez que se sirvió del arma más grosera, de una estaca o de una piedra, hizo acto de reflexión, se afirmó, sin sospecharlo indudablemente, como un animal pensante, como hombre; porque la más primitiva de las armas debiendo necesariamente adaptarse al fin que el hombre se propone alcanzar, supone cierto cálculo, cálculo que distingue esencialmente al animal hombre de todos los animales de la Tierra. Gracias a esa facultad de reflexionar, de pensar, de inventar, el hombre perfeccionó sus armas, muy lentamente, es cierto, a través de muchos siglos, y se transformó por ello mismo en cazador o en bestia feroz armada.

Llegados a este primer grado de civilización, los pequeños grupos humanos tuvieron naturalmente más facilidad para alimentarse matando a los seres vivos, sin exceptuar a los hombres, que habían servirles de alimento, que las bestias privadas de estos elementos de caza o de guerra; y como la multiplicación de todas las especies animales está siempre en proporción directa con los medios de subsistencia, es evidente que el número de hombres debía aumentar en una proporción más fuerte que el de los animales de las otras especies, y que, por último, debía llegar a un momento en que la naturaleza inculta no podría ya bastar para alimentar a todo el mundo.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de septiembre de 1869).

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