viernes, 14 de febrero de 2014

Represión y resistencia


 Liberty Cravan

Desde el poder se analizan al detalle las estrategias represivas para parar los pies a los movimientos sociales. En consecuencia, los modelos represivos no son estáticos, van variando con el tiempo, se prueban nuevas tácticas, varían los objetivos… Desde abajo, sin embargo, carecemos de análisis sobre las hostias que nos van cayendo cada vez con mayor frecuencia y somos prácticamente incapaces de adaptar nuestras estrategias antirrepresivas. Repetimos esquemas que son bien conocidos por el poder y acabamos tirando más de corazón que de cabeza para responder a los golpes, con los consiguientes problemas que eso supone: acabamos con más detenidos, perdemos apoyos y nos aislamos. Debemos recuperar un análisis y un debate sobre la represión: Sobre quién se está volcando esta, cómo nos afecta, cómo podemos responder, en qué fallamos… Sirva este texto como unas pinceladas básicas que puedan llevar a un debate colectivo referente a cómo enfrentar la represión.

La represión es una estrategia en contra de los movimientos sociales con un triple objetivo: Amedrentar, desgastar y aislar.

La represión extiende el miedo

Es la relación más directa y que tenemos mejor analizada. Es lo que lleva al poder a endurecer el código penal o generalizar las multas. Las condenas son ejemplarizantes. Los antecedentes caen como losas sobre personas movilizadas, que de repente sienten reparos incluso para acercarse a una manifestación. Las multas, una forma de represión casi invisible, nos ahogan económicamente.

Frente a esto solo podemos oponer una fuerte solidaridad y una conciencia de obtención de resultados con nuestras acciones. Hay que conseguir que las personas reprimidas no se sientan solas. Eso, unido a que consideren que su acción sirve realmente de algo, es la mejor forma de evitar la desmovilización. Una persona que se gana una multa por algo que cree que no ha merecido la pena, o que luego se demuestra como inútil, tiene más posibilidades de acabar desmovilizada que una persona que, incluso siendo reprimida con mayor dureza, acaba viendo su actuar como algo que ha tenido trascendencia, algo que ha merecido la pena. Ahí juega un papel importante nuestra capacidad, nuestra inteligencia, nuestra constancia en las luchas. Se trata de combatir el cansancio y la sensación de derrota que quieren transmitirnos desde el poder y cambiarla por otra, de fuerza y capacidad.

También hay que evitar, en las acciones solidarias, que la represión se extienda, que haya nuevos detenidos o más multas. Las acciones de solidaridad no tienen que ser desesperadas, tienen que ser reflexionadas, inteligentes y estar bien dirigidas.

Hay otro vector más a considerar en el miedo que produce la represión: la paranoia. El miedo a ser reprimidos desata una visión paranoica sobre la seguridad, realizamos gestos fetiche que creemos que refuerzan nuestra seguridad pero no aplicamos protocolos de manera sensata. Hay que aplicar distintos niveles de seguridad en función de lo que tengamos entre manos. No tiene sentido encriptar un correo con un comunicado que se va firmar y a hacer público, menos si estamos comunicando a gente que es incapaz de manejarse a nivel tecnológico. La seguridad no puede estar reñida con la lógica y la necesidad de sacar adelante el trabajo. Un nivel de seguridad mayor implica mayores inconvenientes (para comunicarnos, para operar) por eso debemos saber adecuar, de manera inteligente, el nivel de seguridad requerido en cada caso. No tiene sentido ponernos trabas de manera paranoica o sin sentido a nosotros mismos. Por supuesto, el nivel de seguridad escogido, sea el que sea, debe mantenerse en contextos informales o en las redes sociales.

La represión nos desgasta

Nos dejamos tiempo y esfuerzo en apoyar a las personas que han sido reprimidas. Desde el poder pretenden que ese tiempo y esfuerzo lo perdamos para enfrentar otras luchas. Desde su punto de vista: Si están volcados apoyando a sus detenidos y sacando dinero para multas no podrán organizar más protestas, que además les supondrán más multas y detenidos. Hay que romper con ese ciclo. El apoyo a los represaliados es esencial y no podemos abandonarlo, pero debe afrontarse de tal modo que esa solidaridad refuerce el movimiento social, no que lo debilite.

Me explico mejor con un ejemplo: Si dos personas participantes de una movilización contra los desahucios son detenidas, no podemos abandonar el trabajo en el tema de vivienda para realizar únicamente acciones de apoyo a los compañeros (conciertos recaudatorios, concentraciones de apoyo…). Debemos encontrar el modo de hacer que el apoyo a los detenidos fortalezca al mismo tiempo la visibilización de las luchas que estas personas estaban desarrollando en el momento de ser detenidas.

El desgaste también se extiende con la frustración. Hay que celebrar las acciones que salen bien. Aunque en medio de una situación de derrota generalizada nos parezca ridículo, hay que saber encontrar lo positivo, lo que hemos hecho bien. Está bien tener objetivos elevados, pero también hay que ser conscientes de la dificultad de alcanzarlos y hay que saber lidiar con la sensación de frustración que nos genera esa dificultad. Poner objetivos secundarios alcanzables y felicitarnos cuando cumplimos con lo que se esperaba de nosotros.

El desgaste tiene una última vertiente y es la que se traduce en enfrentamientos internos. Hay que evitar que los represaliados se sientan como una carga para los colectivos, del mismo modo que hay que tratar de evitar posturas paternalistas.

La represión nos aísla

Cargarnos de multas, de palos, de detenciones es un intento de aislarnos de la gente, de colocarnos en un rol de seres extraños, antisociales a los que es mejor no acercarse. Hay que tener claro y dejar claro que no somos nada de eso, que nos vemos abocados a esas situaciones o incluso a estar presos no porque seamos despreciables, sino porque aspiramos a un mundo mejor para la mayoría y este sistema nos lo impide.

A veces somos incapaces de transmitir esto, ni siquiera a las personas que podrían constituir nuestro apoyo, nuestra base social. Las muestras de odio y de amor por el disturbio tampoco ayudan. No somos violentos antitodo. No nos divierte que nos peguen, que nos detengan, que nos multen o que nos metan en la cárcel (y si a alguien le parece divertido, que se lo haga mirar) pero tampoco podemos mantenernos impasibles con la situación que vivimos: explotación, falta de libertad, injusticia, destrucción del medio… Por eso nos manifestamos y nos rebelamos. Hay que saber demostrar esto, que nuestros actos no están faltos de sentido.

Hay que comunicar que no somos los terroristas y violentos que muestran en los medios de comunicación. Muchas veces estamos en las manifestaciones y los disturbios, sí, pero también realizamos cientos de acciones solidarias a lo largo del año, somos los que apoyamos a las familias que van a echar de sus casas, los que defendemos la libertad de abortar y de cada uno y cada una a decidir sobre su cuerpo, los que construimos espacios de autogestión en los barrios, los que estamos defendiendo servicios sociales esenciales como la sanidad, la educación, las pensiones… Y todo, en conjunto, forma parte de nuestro compromiso revolucionario por mejorar las condiciones de vida de la mayoría.

No estamos sabiendo comunicar a quienes pudiesen apoyarnos toda esa otra dimensión creativa de nuestra lucha… y eso nos aísla de todo apoyo social y nos condena a estar solos frente a los golpes represivos, que somos incapaces de encajar.

(4 enero 2014)

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