lunes, 7 de noviembre de 2011

¿Decrecimiento o apuntalando el capitalismo?

Por Alexis Rodríguez
cnt nº 360, p. 24

En los últimos años ha ido tomando fuerza entre los economistas y los ecologistas, un nuevo concepto, el decrecimiento, como respuesta a la tremenda crisis económica, medioambiental y social que está sufriendo el planeta Tierra, producto del rampante Capitalismo globalizado.



Asistimos, una vez más, a un supuesto callejón sin salida del Capitalismo (y decimos supuesto pues en más de una ocasión, en los últimos 100 años, se ha señalado el inmediato fin del Capitalismo, sin que hasta el momento hayamos podido asistir a sus exequias), y ante esta realidad, se ha articulado una nueva teoría económica que se basa en cambiar la tendencia hacia el crecimiento infinito del Capitalismo por una simplicidad voluntaria; esta teoría se le conoce bajo el término de decrecimiento, siendo uno de sus principales baluartes el economista Serge Latouche (se puede consultar sus libros, La apuesta por el decrecimiento o en una versión resumida, Pequeño tratado del decrecimiento sereno.)

Los partidos políticos, sindicatos y movimientos sociales de izquierdas, han dejado de lado la emancipación del proletariado como bandera de lucha, a favor de enarbolar un nuevo estandarte, el ecológico, como ariete contra el Capitalismo. De esta manera, el obrero ha sido sustituido por la naturaleza; se ha pasado de la revolución proletaria a la lucha ecológica, seguramente motivado este cambio por el propio desarrollo del mundo occidental en donde la explotación humana por el capital, ha quedado difuminada bajo unas supuestas mejoras en las condiciones de trabajo y un Estado del bienestar. Sin embargo, ¿eso significa que haya desaparecido la base del Capitalismo: la explotación, la apropiación de los bienes, el egoísmo particular expresado en el lucro privado? Ni mucho menos pues todo esto estará vigente en tanto exista el propio Capitalismo, de ahí que conceptos que pretenden criticar al Capitalismo sólo desde una óptica ecológica, están condenados al fracaso, como ocurrió con la idea tan “revolucionaria” como fue el desarrollo sostenible, convertido durante años en la panacea de todos los males del Capitalismo y que finalmente ha sido asimilado por los economistas más conservadores y las grandes corporaciones, existiendo incluso una World Business Council for Sustainable Development (Consejo Mundial de Empresas para un Desarrollo Sostenible), al cual pertenecen en España, entre otras compañías respetuosas con el medio, Repsol YPF, Acciona o Telefónica (a nivel mundial, destacan DuPont, Bayer, Ford, Coca Cola, SINOPEC, BP, Sony o la Kuwait Petroleum Corporation). Esto demuestra bien a las claras que, mientras no se ataque la raíz del problema sino se intente atenuar algunas de sus consecuencias, el Capitalismo mantendrá su vigencia, reforzándose incluso pues los grandes depredadores mundiales pueden mostrar una cara amable, ecológicamente responsables.

Esta misma situación se dará con el decrecimiento, que pretende poner coto al Capitalismo, reduciendo el consumo (¿o tendríamos que decir consumismo?) aunque manteniendo sus fundamentos. Reducir el consumo, reducir la producción pero, ¿con qué objetivo? Con el fin de permitir un desarrollo homogéneo del Capitalismo a lo largo del globo, acabar con la depredación occidental de los recursos naturales del resto del planeta y posibilitar un desarrollo armónico de esos países del Tercer Mundo, como si estos, en su proceso de industrialización, caminaran por sí mismo por otra senda distinta a la que transitó Inglaterra, Francia o Alemania, por sólo citar unos casos, en los siglos XIX y XX. La falacia de este planteamiento lo hallamos en China, en donde su tránsito hacia el Capitalismo está repitiendo la misma terrible explotación del ser humano y degradación del medio ambiente que en la denominada Revolución Industrial, hecho que no puede ser explicado, como han querido hacer los ideólogos del Capitalismo, por la existencia de un régimen político dictatorial que no respeta los derechos humanos (sólo habría que ver los distintos regímenes políticos existentes en Europa y Norteamérica en el momento de su desarrollo industrial para percatarnos que la explotación es consustancial al Capitalismo, independientemente del sistema político en el cual se desarrolle.) Copiemos un párrafo de Serge Latouche en referencia al desarrollo económico de China, que refleja perfectamente los planteamientos que subyacen tras el concepto de decrecimiento:

“En cualquier caso, el destino del mundo y de la humanidad reposa principalmente sobre las decisiones de los dirigentes chinos. Ante el hecho de que sean conscientes de los desastres ecológicos actuales y de las amenazas muy reales que pesan sobre su futuro (y el nuestro), ante el hecho de que sepan que los costes ecológicos de su crecimiento anulan o sobrepasan los propios beneficios en una contabilidad ecológica (pero quienes perciben los dividendos no son los mismos que pagan los costes), ante todo esto, combinado con una tradición milenaria de sabiduría bien distanciada de la racionalidad y de la voluntad de poder occidentales, cabe esperar que China no vaya hasta el final del callejón sin salida del crecimiento que nosotros estamos a punto de alcanzar.” (Pequeño tratado de decrecimiento sereno, p. 84 El destacado es nuestro)

Obviamente, si el futuro de la humanidad y el fin de la depredación del medio, depende del misticismo y no de la acción racional contra los verdaderos males que causan esta situación, asistiremos a muy pocos cambios hacia la verdadera libertad del ser humano. Como si fuera una cuestión de creencias y no de pruebas fehacientes, los defensores del decrecimiento mantienen que este atacará la acumulación y, por lo tanto, acabará con el Capitalismo. Sin embargo, ¿en algún momento se pone en tela de juicio la propiedad privada y su injusto reparto? No hemos visto ninguna crítica a la apropiación individual ni se plantea una colectivización de los bienes; sólo se cuestiona la sobreproducción, generalmente especulativa, que esquilma los recursos con mayor velocidad de lo que es capaz de reprocesar la naturaleza. ¿Se cuestiona el sistema político basado en la jerarquía y privilegios personales? Simplemente no; al contrario, se asume que este cambio hacia el decrecimiento se puede realizar desde las mismas estructuras del poder, reiterando el viejo principio esgrimido por los partidos obreros que decían que entrar en el terreno del reformismo político no suponía degenerar los principios de transformación social revolucionaria (¿Hace falta poner ejemplos de lo falso de esta afirmación? Véase todos los partidos socialistas y comunistas y su acción política a lo largo del siglo XX). ¿El dogma de fe del beneficio es socavado? No; parece que este, el lucro, es aceptado sin más, como algo natural y no como una construcción social, y por lo tanto, si es un elemento intrínseco al ser humano, se transforma en incuestionable. Si el lucro personal se mantiene, si permanece la propiedad privada, nada impide que, buscando satisfacer ese mismo lucro, por muy local que sea el desarrollo económico (parece que esta es la panacea a todos los males, la piedra angular sobre la que se sustenta el decrecimiento), se potencien estructuras jerárquicas y que unos tengan todo y otros nada. A lo sumo, el programa de decrecimiento sólo plantea una política tributaria que internalice los verdaderos costes económicos de la producción y el consumo. ¿Se acaba con la explotación del ser humano por el ser humano? Nada de eso; al contrario, parece una cuestión secundaria en sus análisis, máxime cuando se acepta la existencia de jerarquías y privilegios personales.

“Esta reconquista del tiempo libre es condición necesaria de la descolonización del imaginario: concierne a los obreros y a los asalariados tanto como a los ejecutivos estresados, a los patrones acosados por la competencia, y a los profesionales independientes que se ven acorralados por la compulsión al crecimiento. De adversarios pueden pasar a ser aliados en la construcción de una sociedad de decrecimiento.” (Pequeño tratado…, p. 112 El destacado es nuestro)

Todo pasa, simple y llanamente, por un cambio en la forma de pensar, como si esto conllevara el fin de la explotación, el lucro personal o el egoísmo individual. De esta manera, por no se sabe qué principios, ser más respetuoso con el medio conllevará el fin de la explotación del ser humano. Como se puede apreciar, aunque como análisis de la realidad los defensores del decrecimiento llevan a cabo un certero diagnóstico de la situación del Capitalismo, al no querer cuestionar las bases del mismo, están incapacitados para plantear una verdadera alternativa social y menos llevarla a la práctica, resolviendo esta contradicción simplemente haciendo depender los cambios en transformaciones en el modo de pensar.

Otra vez asistimos a un nuevo parche del Capitalismo, un parche que redunda en los mismos errores cometidos en el pasado, como es llevar la crítica al nivel ecológico dejando de lado la sociedad. En tanto en cuanto no se ataque a la explotación y se articule una nueva sociedad basada en la igualdad y el reparto de los bienes, el Capitalismo no sólo mantendrá su vigencia sino que incluso, con planteamientos como el decrecimiento, verá fortalecidos los pilares sobre los que se sustenta al hacer recaer el problema sobre la conciencia individual y no sobre la estructura económico y social en la que nos vemos obligados a vivir.

jueves, 3 de noviembre de 2011

En tiempo de elecciones

Por Errico Malatesta




Luis.- ¡Buen vino es éste, amigo!

Carlos.- Psch, no es malo ... pero sí es caro.

Luis.- ¿Caro? ¡Seguramente! Con tanto impuesto y con tantas contribuciones como se pagan al gobierno y al municipio, el litro viene a costar el doble de lo debido. ¡Y si fuese tan solo el vino! El pan, la carne, la casa todo cuesta un ojo de la cara; y si el trabajo falta no se puede pagar ni aún lo más necesario. En fin, que no hay modo de poder vivir.

Sin embargo todo el mal viene de nosotros mismos. Si nosotros quisiéramos, todo se podría remediar. Precisamente, ahora es la ocasión para poner manos a la obra.

Carlos.- ¿Sí? Veamos, veamos cómo.

Luis.- Es una cosa muy sencilla. ¿Eres elector?

Carlos.- Sí lo soy; pero como si no lo fuera, porque no he de votar.

Luis.- He ahí el mal. ¡Y después nos lamentamos! ¿No comprendes que tú mismo eres tu propio asesino y el de tu familia? Tú eres uno de tantos que por su indolencia y su rebajamiento merecen la miseria en que yacen. Y todavia es poco. Tú ...

Carlos.- Bueno, bueno, no te sobresaltes. A mí me gusta razonar y no quiero más que ser convencido. ¿Pero qué conseguiría si fuese a votar?

Luis.- ¡Cómo! ¿Qué necesidad hay de razonar tanto? ¿Quiénes hacen las leyes? ¿No son los diputados y los ministros? Así pues, si eligiéramos buenos diputados y buenos concejales, habría buenos ministros y buenos municipios y, en consecuencia, serían mejores las leyes, se rebajarían las contríbuciones, se suprimirían impuestos tan odiosos como el de consumo, sería protegido el trabajo y, por ende, la miseria en que vivimos no sería tan espantosa.

Carlos.- ¡Buenos diputados, buenos ministros y buenos concejales! ¡Bonito canto de sirena! Se necesita estar sordo y ciego para no comprender que todos son lo mismo. Como tú, hablan todos los que tienen necesidad de ser elegidos. Todos buenos, todos democráticos; nos pasan la mano por el lomo, llaman a nuestras compañeras para saludarlas, a nuestros niños para besarlos; nos prometen ferrocarriles, puentes, agua potable, trabajo, pan a buen precio, protección del Estado ... todo lo que se quiera. Y después, si te he visto no me acuerdo. Una vez elegidos, adiós promesas. Nuestras compañeras y nuestros hijos pueden morirse de hambre; nuestro país puede verse asolado por las fiebres y toda clase de calamidades; el trabajo se paraliza y pan falta para la mayor parte, y el hambre, la miseria, hacen estragos por doquier. ¡Pero qué! El diputado no se ocupa para nada de nuestros desastres. Para estas cosas está la policía. Para otro año se reanudará la burla. Por el momento, pasada la fiesta, engañado el santo. ¿Y sabes? El partido político, el color político, nada importa; todos. todos son iguales. La única diferencia es que los unos se nos presentan cínicamente como son, mientras que los otros nos llevan con su charla adonde quieren, haciéndose pagar banquetes y otras zarandajas.

Luis.- Perfectamente; mas. ¿por qué elegir a los burgueses? ¿No sabes que los burgueses viven del trabajo de los demás? ¿Y cómo quieres que piensen en hacer el bien del pueblo? Si el pueblo fuera libre, se habria concluido la cucaña política para esos caballeros del bien vivir. Verdad es que si quisieran trabajar estarían aún mejor, pero esto no lo entienden; no piensan más que en sacar cuanto pueden la sangre del pobre pueblo.

Carlos.- ¡Oh! Ahora sí que empiezas a hablar bien. Solamente los burgueses o los que quieren ser diputados para llegar a ser burgueses, se ocupan de los burgueses.

Luis.- Pues bien, evitemos esto. Nombremos diputados a los amigos probados, consecuentes, diputados populares, y así estaremos seguros de no ser engañados.

Carlos.- ¡Eh. alto! No hay tantos de esos amigos probados. Pero ya que eres curioso nombremos, nombremos esos diputados ¡como si tú y yo pudiéramos nombrar a quien mejor nos pareciera!

Luis.- ¿Tú y yo? No se trata únicamente de nosotros dos. Es cierto, ciertísimo, que nosotros dos nada podemos hacer; pero si cualquiera de nosotros se esforzase por convertir a los demás, y éstos procedieran como nosotros, pronto contaríamos con la mayoría de los electores y podríamos elegir el diputado que mejor nos pareciera. Y si lo que nosotros hiciéramos aquí lo hicieran en los demás colegios electorales, llegaríamos a tener de nuestra parte la mayoría del parlamento y entonces ...

Carlos.- Y entonces vuelta a la cucaña política para los que fueran al parlamento ... ¿no es verdad?

Luis.- Pero...

Carlos.- ¿Pero me tomas como cosa de juego? ¡Qué mal vas! No parece sino que ya cuentas con la mayoría y todo lo arreglas a tu antojo.

La mayoría, amigo, la tienen los que mandan, la tienen siempre los ricos. Ahí tienes un pobre diablo, un labrador con su mujer enferma y cinco hijos chiquitillos; anda y persuádele de que debe sufrir los rigores de la miseria, de que debe consentir en verse en medio de la vía pública como un perro vagabundo, no sólo él sino también los suyos, por el placer de dar el voto a quien no sea del gusto del burgués. Anda y convence a todos los que el burgués puede hacer morir de hambre cuando le plazca.

Desengáñate: el pobre nunca es libre; y por tanto no sabría por quien votar. Y si supiera y pudiera, aún tendría necesidad de votar a sus señores. Así tendrían éstos lo que desean, y buenas noches.

Lo mismo en el campo que en la ciudad, el trabajador es esclavo del que manda o del que más tiene. En nuestros villorrios, en nuestras aldeas, en los más reducidos lugares, el cacique es dueño y señor de todos los electores. Un simple alcalde de barrio tiene más poder en una aldea que un banquero en la ciudad. La sola presencia de un representante de la tiranía, se lleva por delante a todos los electores habidos y por haber.

Por desgracia, nuestros compañeros del campo se ven obligados a votar por quien manda el cacique, o el alcalde, o el que les presta a un interés usurario algún dinero.

En las poblaciones grandes o pequeñas, el obrero industrial está totalmente supeditado al fabricante, al maestro; y cuando no al médico, o al abogado, al notario, al casero, hasta al tendero de aceite y vinagre. Ve y diles que voten, y contestarán que desgraciadamente han de votar, quieran o no, por quien les manden.

¡Pobre del que se atreve a tener opiniones propias!

Luis.- Sin duda la cosa no es fácil. Se necesita trabajar, propagar para hacer comprender al pueblo cuáles son sus derechos y animarle a afrontar la ira de los burgueses. Necesitamos unirnos, organizarnos para impedir a los burgueses que coarten la libertad de los trabajadores, arrojándoles a la calle cuando no siguen sus consejos.

Carlos.- ¿Y todo esto para votar por don Fulano o don Mengano? ¡Qué simple eres! Sí, todo lo que dices debemos hacerlo, pero de un modo distinto: debemos hacerlo para que el pueblo comprenda que cuanto hay en el mundo es suyo y se le roba; y que por tanto tiene el derecho, y si se quiere hasta la fuerza, de arrebatarlo, y de arrebatarlo o recuperarlo por sí mismo, sin esperar gracias de nadie.

Luis.- Pero, en fin, ¿cómo hacerlo? Alguno ha de dirigir al pueblo, organizar las fuerzas sociales, administrar justicia y garantizar la seguridad pública.

Carlos.- No, no. Nada de eso.

Luis.- ¿Y cómo entonces? ¡El pueblo es tan ignorante!

Carlos.- ¿Ignorante? El pueblo lo es, en verdad, porque si no lo fuera, pronto enviaría a paseo toda la jerigonza gubernamental. Pero yo creo que tus propios intereses te lo harán pronto comprender. Si dejáramos al pueblo obrar por su cuenta, arreglaría sus cosas mejor que todos los ganapanes que, con el pretexto de gobernarlo, lo explotan y tratan como a una bestia.

Es curioso lo que te ocurre con esta historieta de la ignorancia popular. Cuando se trata de dejar al pueblo que haga lo mejor que le parezca, dices que no tiene capacidad ninguna; cuando, por el contrario, se trata de hacerle nombrar diputados, entonces se le reconoce ya una cierta capacidad ... y si nombra alguno de los nuestros, entonces se le atribuye una sapiencia estupenda ...

¿No es cien veces más fácil administrar cada uno por sí mismo lo que le pertenezca, que encontrar uno que sea capaz de hacerlo por otro? No sólo, en este último caso, se necesita conocer cómo había de hacerse todo para juzgar la idea del que se escogiese, sino también saber discernir la sinceridad, el talento y las demás cualidades del que solicitare nuestros votos. ¿Y si el diputado quisiera servir sinceramente nuestros intereses, no debería preguntar por nuestra opinión, indagar nuestros deseos, acatar nuestras decisiones? Y entonces, ¿por qué dar a nadie el derecho de obrar a su antojo y de engañarnos y traicionarnos si bien lo juzga?

Luis.- Pero como los hombres no pueden hacerlo todo por sí mismos, como no sirven para todo, de aquí la necesidad de que alguno cuide de la cosa pública y arregle los asuntos de la política.

Carlos.- Yo no sé qué es lo que tú entiendes por política. Si entiendes que es el arte de engañar al pueblo y robarle haciéndole gritar lo menos posible, persuádete de que haríamos nosotros mismos otra cosa. Si por política entiendes el interés general, y el modo de hacerlo todo de acuerdo con la mayor ventaja para cada uno, entonces es una cosa de la que debemos ocuparnos y entender todos, como todos, por ejemplo, sabemos acudir a la mesa de un café sin incomodarnos los unos con los otros, divirtiéndonos sin molestia para nadie. ¡Qué diantre! No parece sino que hasta para sonarnos habríamos de necesitar un especialista y darle por añadidura el derecho de arrancarnos la nariz, si no nos sonábamos a su gusto.

Por lo demás, se comprende que el zapato debe hacerlo el zapatero y la casa el albañil. Pero nadie sueña en dar al zapatero y al albañil el derecho de gobernarse, administrarse ... Pero volvamos al asunto.

¿Qué han hecho a favor del pueblo los que han ido y van al parlamento y al municipio para hacer el bien general? ¿Y, aún los mismos socialistas, se han mostrado mejores que los demás? Nada, lo que te he dicho, todos son iguales.

Luis.- ¿También la emprendes con los socialistas? ¿Qué quieres que hagamos, si verdaderamente no podemos hacer nada? Somos pocos, y aunque en algún municipio tengamos mayoría, estamos completamente sitiados por las leyes y la influencia de la burguesía que nos ata de pies y manos.

Carlos.- ¿Y por qué vais entonces a votar? ¿Por qué insistís, si no podéis hacer nada? Será porque los elegidos podrán hacer algo para sí mismos, en su provecho propio.

Luis.- Dispensa un momento: ¿Eres anarquista?

Carlos.- ¿Qué te importa lo que soy? Escucha lo que digo, que si ves que mis argumentos son buenos, apruébalos, si no, combátelos y trata de convencerme. Sí, soy anarquista, ¿y qué?

Luis.- ¡Oh, nada! Yo tengo mucho gusto en discutir contigo. También yo soy socialista, pero no anarquista, porque me parece que tus ideas son demasiado avanzadas. Mas, comprendo que en muchas cosas tienes razón. Si hubiera sabido que eras anarquista, no te hubiera dicho que por medio de las elecciones y del parlamento puede obtenerse el bien deseado, porque mientras seamos pobres, serán siempre los ricos los que confeccionen las leyes, y las harán siempre en provecho propio.

Carlos.- ¡Pero tú eres, entonces, un embaucador! ¡Cómo! ¿Sabes la verdad y predicas la mentira? Cuando no sabías que yo era anarquista, decías que eligiendo buenos diputados y buenos concejales se convertiría la Tierra en un verdadero paraíso; ahora que ya sabes lo que soy y que no puede engañárseme en un dos por tres, dices que con el parlamentarismo nada se puede conseguir. ¿Por qué entonces, quebrarme la cabeza con la propaganda de las elecciones? ¿O es que te pagan para engañar a los infelices trabajadores? Sin embargo, yo sé que eres un buen obrero, que eres de los que viven a fuerza de mucho esfuerzo. ¿Por qué, entonces, engañas a tus compañeros haciéndoles que favorezcan los intereses de cualquier renegado, que con la excusa del socialismo lo que busca es darse tono de señor, de gran señor, de gran burgués?




Luis.- No, no, amigo mío. No me juzgues tan mal. Si yo procuro que lo obreros voten, es en interés de la propaganda solamente. ¿No comprendes cuántas ventajas tiene para nosotros el que haya alguno de los nuestros en el parlamento? Puede hacer la propaganda mejor que cualquier otro, porque viaja como le parece y sin que la policía le estorbe mucho; además, cuando habla en la Cámara, todo el mundo se ocupa de las ideas socialistas y las discute. ¿No es eso propaganda? ¿No vamos ganando siempre algo?

Carlos.- ¡Y para propagar te conviertes en agente electoral! ¡Bella propaganda la tuya! Anda, ve y dile a las gentes que todo han de esperarlo del parlamento, que la revolución no conduce a nada, que el obrero no tiene otra cosa que hacer más que depositar un pedazo de papel en la urna y esperar con la boca abierta a que caiga el maná del cielo. ¡Bonita, magnífica, sublime propaganda!

Luis.- Tienes razón, pero ¡qué hacer! ¿Cómo decir a los trabajadores que no se puede esperar nada del parlamento, que los diputados para nada sirven, y propagarles luego que deben votar? Dirían que los tomamos como juguetes.

Carlos.- Bien sé que se necesita algo para decidir a la gente a que vote y elija diputados. Y no sólo se necesita hacer algo, sino también prometer mucho que no se ha de poder cumplir; se necesita hacer la corte a los señores, ser benévolo con el gobierno, encender una vela a San Miguel y otra al diablo, y burlarse de todos. Si no, no se es elegido. ¿Y a qué me vienes a hablar de propaganda, si todo lo que hacéis es contrario completamente a ella?

Luis.- No digo que no tengas razón; mas, en fin, convén conmigo que es siempre ventaja tener alguno de los nuestros que pueda levantar la voz en la Cámara, y defender las ideas de emancipación del proletariado.

Carlos.- ¿Una ventaja? Para ellos y aún para alguno de sus amigos, no digo que no. Mas para la masa general del pueblo, de ningún modo. ¡Si por lo menos no fuese esto ya evidente hasta la saciedad! Allá va un año tras otro en que hemos sido bastante necios para mandar al parlamento diputados socialistas. Los hay en la Cámara francesa, los hay en la italiana, los hay en la alemana, en la española y en la argentina, en número bastante crecido y ¿qué hemos obtenido? Que los unos se hagan monárquicos, los otros se alíen con los republicanos, y nadie se ocupe de los intereses populares. ¡Pobres obreros republicanos! Creen hacer un gran bien y no reparan en que son miserablemente engañados. Volviendo a nuestro primer asunto, esto es, a lo que hemos obtenido con el nombramiento de diputados socialistas, resulta que éstos eran perseguidos y tratados como malhechores cuando decían la verdad, y hoy son muy estimados de los grandes señores, y el ministro y el consejero les tienden la mano. Y si son condenados es por cuestiones puramente burguesas que nada tienen que ver con la causa del obrero y, por tanto, no tienen excusa. Todos son perros de una misma raza, o como suele decirse, los mismos perros con distintos collares, que acaban siempre por ponerse de acuerdo para roer el hueso popular, para acabar con la sangre del pueblo. ¡No tengas cuidado, que semejantes personajes expongan sus pechos en un movimiento revolucionario!

Luis.- Eres demasiado severo. Los hombres son hombres y, necesariamente, hay que disculpar sus debilidades. Por lo demás, ¿qué se puede decir si los que hemos nombrado hasta ahora, no han sabido cumplir con su deber, o no han tenido valor suficiente para cumplirlo? ¿Quién dijo que elijamos siempre los mismos? Nombremos, pues, otros mejores.

Carlos.- ¡Ya! Y así el partido socialista vendrá a convertirse en una fábrica de embaucadores. ¿Crees tú que no hemos tenido ya bastantes traidores? ¿O es que hay que colocar a los demás en situación de que lo sean? En fin, ¿crees o no crees que el que al molino va, en la harina se le conoce? El que se mezcla con los burgueses, le toma gusto a vivir sin trabajar. Cuanta más gente pase por el poder, tanta más se corromperá. Aunque pasase alguno que tuviera bastante buen temple para no corromperse, sería lo mismo, porque amando la causa popular, no podría oponerse a la propaganda con la esperanza de ser útil más tarde.

Yo creo firmemente en la sinceridad del que, diciéndose socialista, corre todos los riesgos, se expone a perder su jornal, a ser perseguido y encarcelado. En cambio, me inspiran poca confianza los que hacen del socialismo un oficio, que nada hacen que pueda comprometerles, que buscan la popularidad huyendo del peligro, esto es, que saben nadar y guardar la ropa, como suele decirse gráficamente. Me parece que son como los curas, que predican para su santo negocio.

Luis.- Traspasas el límite de lo racional, amigo mío, porque entre los que has insultado, están los que han trabajado y sufrido por la causa común, están los que tienen un pasado ...

Carlos.- No vengas ahora a romperme la cabeza con el pasado. El mismo Crispi ha sido en otros tiempos revolucionario, ha expuesto la piel y ha sufrido como tantos otros. ¿Vamos por esto a respetarlo ahora que se ha convertido en un reaccionario, en un tiranuelo de los más repugnantes?

Esos individuos de quienes hablas son los mismos que deshonran y mancillan su propio pasado, y en nombre de ese mismo pasado podemos condenarlos porque han renegado de él. En todas partes hay ejemplos de lo que digo: la mayor parte de los prohombres republicanos de la republicana Francia han sido más o menos revolucionarios en otros tiempos, y hoy son unos doctrinarios de la peor estofa. Hay en el partido conservador inglés quien ha llegado en otras épocas hasta a aceptar el programa de la Internacional. En España, no sólo Castelar y Salmerón, sino también Sagasta y Cánovas, entre muchos republicanos y monárquicos, fueron, quien más quien menos, revolucionarios decididos, y hoy todos se avienen con las ideas y procedimientos más retrógrados, explotando al pueblo desde el poder unos, engañándole desde la oposición otros.

Luis.- Bueno, hombre, no sé como he de convencerte. Vaya enhoramala el parlamentarismo, pero has de convenir que en cuanto al municipio ya es otra cosa. Aquí es más fácil obtener mayoría y hacer el bien del pueblo.

Carlos.- ¡Pero si tú mismo has dicho que los concejales están atados de pies y manos y que al fin y a la postre, tanto en la Cámara como en el municipio, son siempre los ricos los que mandan! Por lo demás, ya hemos visto bastantes ejemplos. En la vecina ciudad lo mismo que en cualquiera, han ido los socialistas al ayuntamiento y, ¿sabes lo que han hecho? Habían prometido suprimir el impuesto de consumos y facilitar los medios para que los niños pudieran ir cómodamente a la escuela desde el pueblo a la ciudad, y nada han hecho. Y después, cuando el pueblo murmura, aquellos señores socialistas hablan en sus mismos periódicos del eterno descontento, como pudieran hacerlo los mismos representantes de la autoridad y de la burguesía. Además, cuando van al municipio, no tienen dónde caerse muertos, y luego se procuran buenas colocaciones para sí y sus parientes, de modo que puedan vivir sin trabajar, y luego dicen que quieren hacer el bien del pueblo.

Luis.- ¡Pero esas son calumnias!

Carlos.- Admitamos que hay algo de calumnioso, ¿y lo que yo he visto con mis propios ojos? Dicen que cuando el río suena agua lleva, y en esta ocasión no puede ser más cierto; lo cual perjudica en gran modo al partido socialista. El socialismo, que debiera ser la esperanza y el consuelo del pueblo, de la clase trabajadora, se hace objeto de sus maldiciones cuando se halla en el poder, en el parlamento o en el municipio. ¿Aún dirás que ésta es propaganda propiamente dicha?

Luis.- ¡No seas así! Si no estás satisfecho de los que nos representan, nombremos otros; la culpa la tienen siempre los electores, porque son los burgueses los que nombran a los que quieren.

Carlos.- ¡Y dale! ¿Hablo con una piedra o con quién hablo? Si, señor, la culpa la tienen los electores y los no electores, porque debieran prescindir de los parlamentos y de los municipios, como cosa completamente inútil para el bien del pueblo. Farsa por farsa, debemos quedarnos sin ninguna. El parlamento, las diputaciones y los municipios, son farsas que nos cuestan muy caras y que para nada sirven. Y tú, que no ignoras que aquellos de los nuestros que van al parlamento, a la diputación o al municipio, conviértanse o no en embaucadores, nada pueden hacer por la clase trabajadora, salvo echarle tierra en los ojos para mayor tranquilidad de los señores; tú debes esforzarte para destruír esa estúpida fe en el sufragío.

La causa fundamental de la miseria y de todos los males sociales es la propiedad individual (a causa de la cual el hombre no puede producir sino aceptando las condiciones que le imponga el que monopoliza la tierra y los instrumentos de trabajo) y el gobierno, el cual defiende a los explotadores y explota por su propia cuenta.

Y los burgueses, antes que dejen que se ponga la mano sobre estas dos instituciones: la propiedad y el gobierno, las defenderán a todo trance. Engañan, mistifican y pervierten todo, y cuando esto no basta, a la prisión, al destierro y hasta al cadalso apelan contra nosotros. ¡Si quieres mejor elección!

Nosotros queremos la revolución; una revolución completa que no deje la menor memoria de la infamia actual. Se necesita declararlo todo, tierra e instrumentos de trabajo, propiedad común; se necesita, es preciso que todos tengamos pan, casa y vestidos; es indispensable que los campesinos supriman al burgués y cultiven la tierra por su propia cuenta y la de sus compañeros de trabajo; que el obrero industrial prescinda también del burgués que le explota, y organice la producción en beneficio general; y, además, es muy necesario no volverse a acordar del gobierno, no dar poder a nadie y hacer cada uno todas las cosas por sí mismo. Cada cual se entenderá dentro de un municipio o pueblo con sus compañeros de oficio y con todos los que tengan necesidad de entenderse en los pueblos más cercanos. Los municipios se entenderán unos con otros; las comarcas con las comarcas, las regiones con las regiones también. Los de un mismo oficio en diferentes localidades se entenderán entre sí, y así se llegará al acuerdo general, y se llegará ciertamente porque en ello va el interés de todos. Entonces, no nos veremos como el perro y el gato, no estaremos en guerra permanente, no pereceremos en manos de una concurrencia infame. Las máquinas ya no serán de utilidad exclusiva de los burgueses ni servirán para dejar sin trabajo y sin pan a la mayor parte de los nuestros, de los que producen y están siempre condenados a la esclavitud y a la miseria; pero servirán en cambio, para hacer el trabajo menos pesado, más útil y más ventajoso para todos. No habrá ya tierras incultas, ni sucederá que el que las cultive no produzca más que la décima parte de lo que debe producir, porque se aplicarán todos los medios ya conocidos para aumentar y mejorar la producción de la tierra y de la industria, de tal modo que el hombre podrá satisfacer siempre sus necesidades espléndidamente.

Luis.- Todo lo que dices es muy bello y verlo quisiera. Yo también encuentro muy buenas vuestras aspiraciones, pero ¿cómo realizarlas? Ya sé que el único medio es la revolución, y que por muchas vueltas que se le dé, por la revolución se acabará. Mas, como por el momento la revolución no podemos hacerla, hacemos en tanto lo que podemos y no pudiendo hacer otra cosa mejor, agitamos la opinión por medio de las elecciones. Así nos movemos siempre, y siempre se hace propaganda.

Carlos.- ¡Cómo! ¿Hablas ahora de propaganda? ¿No sabes qué clase de propaganda has hecho con las elecciones? Vosotros habéis dejado a un lado el programa socialista y os mezcláis con todos esos charlatanes demócratas, que no se ocupan más que de conquistar el poder y hacer luego lo que han hecho todos sus compañeros en democracia, ocuparse ante todo de sí mismos. Vosotros habéis introducido la división y la guerra personal entre los socialistas. Vosotros habéis abandonado la propaganda de los principios por la propaganda a favor de Zutano o de Mengano.

Ya no habláis de revolución, y aunque habléis no pensáis, ni por asomo, en hacerla, en provocarla; y esto es natural, porque el camino del parlamento no es el de las barricadas. Habéis corrompido a un cierto número de compañeros que sin la tentación a que los sometisteis hubieran permanecido honrados. Habéis fomentado ciertas ilusiones que hicieron olvidar la revolución, y cuando se desvanecieron, nos hicieron desconfiar de todo y de todos. Habéis desacreditado al socialismo entre las masas que empezaron a considerarse como un partido de gobierno, y han sospechado de vosotros y os han despreciado, como hace siempre el pueblo con todos los que llegan o pretenden llegar al poder.

Luis.- Dime, entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? ¿Qué hacéis vosotros? ¿Por qué en vez de hacernos la guerra no tratáis de hacernos mejores?

Carlos.- Yo no te he dicho que nosotros hayamos hecho y hagamos todo lo que se puede y debe hacer. Aún de esto mismo tenéis vosotros mucha culpa, porque con vuestras mistificaciones y deserciones habéis paralizado por muchos años nuestra acción, y nos habéis obligado a emplear grandes esfuerzos para combatir vuestra tendencia, que si hubiera prevalecido, no hubiera quedado del socialismo más que el nombre. Pero esto creemos que no se repetirá. Por una parte, nosotros hemos aprendido mucho y estamos en situación de aprovechar la experiencia obtenida y corregir los errores del pasado. Por otra, entre vosotros mismos la gente empieza a ver con malos ojos las malditas elecciones. La experiencia es de tantos años y vuestros representantes se han significado tan poco, que hoy todos los que aman sinceramente la causa y tienen espíritu revolucionario, tienen forzosamente que abrir los ojos.

Luis.- Y bien, haced la revolución, y estad seguros que nosotros nos encontraremos a vuestro lado, cuando hagáis las barricadas. ¿Nos tomáis acaso por cobardes?

Carlos.- Es una cosa muy cómoda, ¿no es verdad? ¡Haced la revolución, y luego, cuando esté hecha, nos veremos! Pero si vosotros sois revolucionarios, ¿por qué no ayudáis a prepararla?

Luis.- Escucha: por mi parte, te aseguro que si viera un medio práctico para poder ser útil a la revolución, enviaría al diablo elecciones y candidatos, porque, a decir verdad, comienzo a tener yo también la cabeza llena de política, y confieso también que lo que me has dicho hoy me ha hecho un poco de impresión; no te puedo decir que no tengas razón.

Carlos.- ¿No sabes lo que se puede hacer? ¡Pero si yo te digo que la práctica de la lucha electoral hace perder hasta el criterio de la buena propaganda socialista y revolucionaria! Y, sin embargo, basta saber lo que se quiere y quererlo firmemente para encontrar mil cosas útiles para hacer. Ante todo, propaguemos los verdaderos principios socialistas, y en lugar de contar mentiras y dar falsas esperanzas a los electores y a los no electores, incitemos en esas mentes el espíritu de rebelión y el desprecio al parlamentarismo. Hagamos de modo que los trabajadores no voten, y que las elecciones se las hagan ellos, gobierno y capitalistas, en medio de la indiferencia y del desprecio del pueblo; porque cuando se ha destruido la fe en las urnas, nace lógicamente la necesidad de hacer la revolución. Vayamos a los grupos y a las reuniones electorales, pero para desbaratar los planes y las mentiras de los candidatos, y para explicar siempre los principios socialistas-anárquicos, es decir, la necesidad de quitar el gobierno y desposeer a los propietarios. Entremos en todos los sindicatos obreros, hagamos otros nuevos, y siempre para hacer la propaganda y hablar de todo aquello que debemos hacer para emanciparnos. Pongámonos en la primera fila en las huelgas, provoquémoslas siempre para ahondar el abismo entre patronos y obreros y empujemos siempre las cosas cuanto más adelante mejor. Hagamos comprender a todos aquellos que mueren de hambre y de frío, que todas las mercancías que llenan los almacenes les pertenecen a ellos, porque ellos fueron los únicos constructores, e incitémosles y ayudémosles para que las tomen. Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones. Organicemos, por ejemplo, un movimiento para no pagar los alquileres; persuadamos a los trabajadores del campo de que se lleven las cosechas para sus casas, y si podemos, ayudémoslos a llevárselas y a luchar contra dueños y guardias que no quieran permitirlo. Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas formas legales nunca le serían concedidas.

En resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos. Y en medio de toda esta actividad, vayamos eligiendo aquellos elementos que poco a poco van comprendiendo y aceptando con entusiasmo nuestras ideas; juntémonos en pacto mutuo, y preparemos así las fuerzas para una acción decisiva y general.

Ved, dentro de poco, por ejemplo, viene el asunto del Primero de Mayo. En todo el mundo los obreros se preparan a efectuar una grandiosa manifestación para ese día, no trabajando. Hay muchos que lo hacen simplemente para obtener la jornada de ocho horas de trabajo, pero hay también aquellos que no se conforman con esto. Y piensan quitarse de encima, de una manera radical, todas esas sanguijuelas que con el nombre de capitalistas o patronos, chupan la sangre a los trabajadores. Y bien, nosotros debemos aceptar este práctico terreno de acción que nos ofrecen las masas mismas. Trabajemos entonces desde ahora e incansablemente, para que el próximo Primero de Mayo nadie trabaje y nadie vuelva a hacerlo sino como trabajador libre, asociado a compañeros libres y en talleres de propiedad de todos. Y cuando venga ese Primero de Mayo, salgamos a la calle con la muchedumbre y hagamos aquello que la disposición del pueblo nos aconseje. No será quizás la revolución, porque los gobiemos están muy prevenidos y el pueblo aún no sabe luchar; pero, ¡quién sabe! ... si pudiéramos dar al movimiento una gran extensión, los gobiernos se verían impotentes para reprimirlo. De cualquier modo, el pueblo tendrá ocasión de ver y sentir su fuerza, y una vez que se haya dado cuenta de su fuerza y la haya visto desplegada, no tardará en servirse de ella.

Luis.- ¡Muy bien; me gusta! ¡Al diablo las elecciones y pongámonos manos a la obra! Venga esa mano. ¡Viva la anarquía y la revolución social!

Carlos.- ¡Viva!


miércoles, 2 de noviembre de 2011

La contrarrevolución mexicana

Por Edgar González Ruiz

Católica, conservadora y acaudalada, la contrarrevolución mexicana se opuso a Francisco I. Madero, apoyó a Victoriano Huerta y organizó las llamadas guerras cristeras: la primera, de 1926 a 1929, y la segunda, de 1934 a 1940, contra el gobierno de Lázaro Cárdenas, para, finalmente, hallar cierta afinidad con la política de Manuel Ávila Camacho, quien comienza a dar marcha atrás a las conquistas revolucionarias.


Tanto el Partido Acción Nacional (PAN) —creado en 1939 como expresión de la derecha anticardenista y profranquista— como los grupos político religiosos que lo han nutrido, como la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), la Unión Nacional de Padres de Familia, los Caballeros de Colón, y muchos otros, sin olvidar la Unión Nacional Sinarquista, nacen de esa tradición que se opone al Estado laico y al bienestar de la mayoría, en aras de los grandes intereses económicos.

Cronista acucioso de la gesta revolucionaria, el periodista Alfonso Taracena hizo una crónica día por día de la Revolución y la contrarrevolución mexicana, que abarca hasta 1940 y de la cual vale la pena recordar algunos pasajes, ahora que vivimos bajo un gobierno nacido de la contrarrevolución.

El 19 de enero de 1913, Taracena comentaba que, como parte de los preparativos del cuartelazo contra Madero, en el templo de La Profesa se reunía el embajador estadunidense Henry Lane Wilson con varios políticos y militares mexicanos, incluidos Victoriano Huerta y el arzobispo José Mora y del Río, «para buscar la forma de acabar con el gobierno de Madero».

En aquellos turbulentos días, Huerta solía sacar de su pecho un escapulario y besarlo como prueba de su fidelidad a la palabra dada. Luego del asesinato de Madero y Pino Suárez, el chacal tomaría posesión invocando a dios, y se calificaría a sí mismo como «extraordinariamente religioso», por lo que el día de su muerte, ocurrida el 13 de enero de 1916 en El Paso, Texas, se diría «en paz con dios» y hasta pretendería «perdonar» a quienes se opusieron a él.

Desde luego, Huerta contó con el apoyo de la jerarquía católica y de grupos políticos afines a ella, en una situación que no volvería a repetirse sino hasta la llegada del PAN al poder, en 2000, que tuvo como preludio el amasiato del clero y la derecha con Salinas (1988-1994).

La institución del divorcio, aprobada por Venustiano Carranza en 1914, así como la Constitución de 1917, que establecía límites precisos a la injerencia política del clero y a su acumulación de bienes, desataron la ira de la jerarquía católica, que con el apoyo de sectores fanatizados, sobre todo en regiones como los Altos de Jalisco, se dedicaron a perpetrar masacres, al pillaje, incluyendo el asalto y quema de trenes de pasajeros, a las mutilaciones y asesinatos de agraristas y maestros rurales, a incendiar escuelas, etcétera.

Entre otros episodios que relata Taracena acerca de la barbarie cristera, se cuenta el asalto de 34 turistas en las Grutas de Cacahuamilpa, el 5 de agosto de 1928; al día siguiente, «a las tres de la mañana bajan de la sierra los cristeros con sus víctimas. Una señora, ante los horrores cometidos con sus tres hijas, se vuelve loca».

A esas bandas de asesinos rinden homenaje la jerarquía católica y gobiernos panistas como el de Jalisco, encabezado por Emilio González Márquez, que hace un año desató un escándalo al hacer una donación millonaria, con recursos del erario, a fin de que la Archidiócesis de Jalisco construyera un santuario dedicado a esos personajes.

Misa cristera

El 23 de septiembre de 1927, Taracena detallaba las actividades de Concepción Acevedo de la Llata, la famosa madre Conchita, quien sería acusada de inspirar en José de León Toral el proyecto de asesinar a Obregón, que llevaría a cabo el 17 de julio de 1928. En su convento ubicado en Zaragoza 68, Conchita catequizó a un militar exzapatista, convirtiéndolo en cristero, auspició la formación de bandas armadas de militantes de la ACJM, apoyaba las actividades de Miguel Agustín Pro, y de otros personajes vinculados al movimiento cristero.

Taracena se refirió también a varios jerarcas católicos, como el obispo Manríquez y Zárate, quienes hacían colectas para comprar armas y proyectiles «destinados a matar al prójimo».

Si bien la guerra cristera terminó en 1929 con un statu quo, entre el gobierno y el clero, la derecha católica siguió organizando grupos políticos y militares como reacción contra el gobierno cardenista, quien implantó la educación socialista (y como parte de ella la educación mixta, de niños y niñas) e intensificó el reparto agrario y otras políticas sociales. En el contexto del ascenso de corrientes derechistas totalitarias, como el nazismo, el fascismo y el franquismo, surgieron grupos como Los Tecos en Guadalajara, hacia 1934, con signos profascistas, así como la Unión Nacional Sinarquista, en León, Guanajuato, en 1937, y el PAN, en la ciudad de México, dos años después.

Sinarquistas, por Diego Rivera

Por su parte, aunque sin el apoyo formal de la jerarquía católica, durante el sexenio de Lázaro Cárdenas surgieron nuevos grupos cristeros, que se identificaban ideológicamente con el bando franquista de la guerra civil española, y que ahora combatían con saña la educación socialista y en particular la educación mixta, motivo por el que fueron quemados vivos o mutilados o asesinados, decenas de maestros y maestras rurales en poblados de Jalisco, Aguascalientes, Zacatecas, Veracruz y otros estados.

Los afanes contrarrevolucionarios de Ávila Camacho fueron capaces de apaciguar, hasta cierto punto, la agresividad contrarrevolucionaria, pero la derecha católica seguiría organizándose en las décadas siguientes, en grupos públicos y secretos, hasta tomar el poder en 2000.

martes, 1 de noviembre de 2011

La clase trabajadora no vota, ¡se organiza y lucha!


20-N ABSTENCIÓN ACTIVA

L@s trabajador@s somos de nuevo llamados a las urnas el próximo 20 de noviembre. En medio de la inmensa crisis en que nos encontramos, los partidos se afanan en convencernos de que un cambio de gobierno va a poder «cambiar» la situación. A pesar del paro, que se ha vuelto crónico —toda vez que no se espera una recuperación económica en varios años—, de la penosa situación de los bancos y del mantenimiento de la especulación como base del sistema, una vez más unos y otros vuelven a hablarnos de soluciones «para salir de la crisis».

Pero las eventuales salidas a la coyuntura económica en la que nos encontramos no dependerán del gobierno que se instale en Madrid el próximo 21 de noviembre. En el entorno globalizado en que nos encontramos, los gobiernos nacionales no cuentan con margen de maniobra para poder emprender acciones individuales frente a la crisis. Más aún, dentro de la Unión Europea, vemos como las decisiones que nos afectan directamente, se cuecen en el auténtico centro de poder del continente, que es Alemania y en menor medida, Francia. Unas decisiones, además, que carecen de contenido social, en las que las necesidades de la población —de los votantes, por tanto—, no son consideradas ni siquiera en último lugar. La prioridad, con carácter absoluto, es evitar una quiebra bancaria masiva ante la imposibilidad manifiesta de los estados europeos de hacer frente a la deuda contraída. Como hemos podido ver con la gestión hecha por Zapatero, los socialistas han tenido que plegarse totalmente a los designios impuestos por el Banco Central Europeo y el eje franco-alemán, llegando incluso a promover una reforma «express» de la constitución para garantizar a los prestamistas extranjeros que el pago de la deuda será una prioridad para España por encima de cualquier otro gasto. Un reconocimiento, expreso, de que los intereses de los poderes financieros estarán situados muy por encima de las necesidades de las personas, vengan como vengan las cosas en el futuro. Este hecho, por si solo, revela la posición en la que se encuentra la soberanía nacional respecto al poder del mundo financiero y da cuenta, de forma explicita, de la capacidad de movimientos con los que cuentan los gobiernos de cada país.

El dinero absorbido —y el que absorberán— los bancos va cayendo a un pozo negro del que no saldrá jamás. El dinero público que está sufragando los inmensos agujeros en el balance de las entidades financieras, no tiene visos de que sirva, ni para reactivar el crédito a personas y empresas, ni para asegurar la propia existencia de los bancos, muchos de los cuales terminarán nacionalizados o fusionados con otros. No obstante, no está en manos de ningún gobierno nacional recortar o eliminar este gigantesco trasvase de capital. La paradoja del liberalismo, por la cual se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas, está puesta sobre la mesa en toda su crudeza. Y ningún gobierno puede soslayar esta «obligación» de socorrer a los bancos, puesto que la baza con la que éstos juegan, es el dinero depositados por los clientes. Manos atadas de nuevo.

Los dos candidatos en liza (PSOE y PP) manifiestan que pueden emprender el gobierno sin realizar nuevos recortes sociales; de nuevo nos movemos en el terreno de la demagogia y de la falta de escrúpulos ante un electorado que necesita escuchar ese tipo de mensajes aunque sepa —a poco que reflexione sobre ello— que son completamente falsos. El PP aboga por realizar una nueva reforma laboral; sería la primera que no trajera nuevos recortes sobre los derechos de los trabajadores. También por realizar una «reestructuración» de la administración pública; dicho en plata, lo que eso significa son despidos en el sector público, los consiguientes recortes en el servicio prestado y más privatizaciones. El PSOE manifiesta que sí tiene las propuestas para salir de la crisis; es absurdo que las tenga ahora y no las tuviera hace unos meses, cuando el candidato formaba parte del gobierno que ha gestionado la situación. «Cada momento tiene su actuación», viene a decir Rubalcaba, para hacernos ver que lo que no se podía hacer hace cuatro meses, se podrá hacer dentro de dos. Pero la situación es esencialmente la misma, si no peor, por lo que ese mensaje solo puede complacer a aquellos que estén dispuestos a no hacer un examen, levemente riguroso, de lo que ha sucedido en estos tres últimos años. El resto de formaciones políticas de la izquierda institucional, parlamentaria y extraparlamentaria, aún siendo improbable que puedan acceder y alcanzar una cuota de poder en el parlamento, tampoco podrían acometer ninguna de sus propuestas político-económicas, porque ahora más que nunca, es de manifiesta nitidez lo que la CNT venimos denunciando desde décadas: la clase política y sus partidos están al dictado de los mercados, la banca y los intereses económicos.

Los años de bonanza económica del ciclo que terminó en 2007, se debieron en buena parte al uso indiscriminado del crédito por parte de todo el mundo. Individuos, familias, empresas y estados veían afluir el dinero a sus cuentas como por arte de magia, generándose una espiral de consumo —como aquella propaganda bancaria que rezaba «lo quieres, lo tienes»— que hipotecó las vidas de tantos, pensando que esa situación se iba a mantener por siempre. Ahora, que no se puede recurrir a más endeudamiento, ni tampoco fomentar el consumo, porque el dinero se ha evaporado —como números en una cuenta que eran, y no riqueza creada por el trabajo—, nuestros gobernantes tendrán que volver la vista la economía real. Pero cuando miran esa economía lo que ven son empresas mal gestionadas, que defraudan miles de millones al fisco, que quieren beneficios sin inversión —acostumbrados también al anterior escenario, era la época del pelotazo— y cuyo valor está mucho más que sobredimensionado, fruto de los tiempos felices en que la cuentas no se hacían sobre el valor real del producto, sino sobre lo que «podría valer» el producto. Y tampoco aquí tienen margen de actuación.

Con las perspectivas económicas que tenemos, el gobierno que salga elegido tendrá que imponer duros recortes en materia laboral y social, para «ajustar», como dicen ellos, las condiciones de trabajo, las pensiones, los salarios o las prestaciones públicas al nuevo nivel de «riqueza», una vez que todos los balances se han desinflado. Pero ya nadie se acuerda, o no parece acordarse, de que esta crisis la creó el mundo financiero, no la economía productiva; que no fueron esos salarios ni esas condiciones de trabajo que teníamos hace tres o cuatro años los que nos llevaron a la crisis, puesto que venían ya siendo «reajustados» por continuas y contundentes reformas laborales, y que en absoluto esas condiciones de trabajo eran ninguna maravilla; no parece recordarse ya que el paro disminuyó gracias a la introducción masiva de la precariedad laboral y eliminando costes sociales a las empresas. Así que como esto ya está olvidado, las empresas habrá que reflotarlas, de nuevo, abaratando el trabajo; más horas de trabajo, meno sueldo, despido y contratación libres, convenios colectivos que no se aplican, temporalidad total y desregulación. Esas son las exigencias de la patronal y sus secuaces, puestas ya sobre el tapete. Y el gobierno que viene no podrá ignorarlas, no por su más que segura sintonía con los empresarios, sino porque es la única manera del capitalismo de reflotarse; distribuir la pobreza entre todos los miembros de sociedad y concentrar la riqueza en aquellos que más tienen. Porque, también habría que recordarlo, los bancos siguen repartiendo dividendos mientras que son «rescatados» por el Estado, y en las bolsas, siguen haciéndose inmensas fortunas de la noche a la mañana. Ahí, siguen estando, y lo estarán con cualquier gobierno, los paraísos fiscales o la tributación infima de los grandes capitales, y al mismo tiempo, los abusivos impuestos indirectos o los que se cargan a las rentas del trabajo.

De manera que, como es seguro que el gobierno que salga de las próximas elecciones no va a abandonar el capitalismo, no hay que especular demasiado para darse cuenta de que el camino que siga vendrá dado por lo que determine el capital, en sus distintas versiones y ámbitos.

Por tanto, de nuevo nos encontramos ante unas elecciones en las que los programas vuelven a ser papel mojado, ya que menos que nunca, los que aspiran al gobierno están en condiciones de saber que van a poder hacer mañana.

Como en todas las campañas electorales, las palabras envuelven el mensaje, los lemas fagocitan a las ideas y el escenario se construye como si se pudiera partir de cero, como si se pudieran poner en marcha proyectos e iniciativas que, todo el mundo sabe que forman parte del proceso electoral, pero no de la vida real. Otra cosa es que cada uno quiera asumirlo.

Desde el inicio de la democracia, las campañas y procesos electorales han ido transformando su carácter ideológico en imagen, de manera que a estas alturas, el voto al que apelan los candidatos es plenamente emocional y subjetivo. Paralelamente, los electores han venido reclamando cada vez menos responsabilidad a sus gobernantes, entrando en un círculo vicioso que ha deteriorado la política hasta convertirla en lo que es hoy. Muchos irán a las urnas para que no gane el PP, otros para que no pierda el PSOE, otros porque necesitan creer lo que les dicen unos y otros.

En estas elecciones, el voto de la derecha se concentrará en intentar que el PP gane por mayoría absoluta. Impera la revancha, convertida en el mayor argumento electoral para cualquiera de los dos grandes partidos en liza. Se trata de desbancar al contrario y aposentarse en los dominios del enemigo a cualquier precio. El mensaje se banaliza, reduciéndose a culpabilizar al PSOE de todas las catástrofes habidas y por haber, para lo cual los socialistas han hecho suficientes méritos. Asi este mensaje cala sin tener que profundizar mucho más. No hacen falta siquiera propuestas, porque la gestión del partido en el poder ha hecho el trabajo a sus adversarios. Así, el PP puede esconder bajo el ala sus verdaderas intenciones y su conservadurismo ultramontano.

Los que abogan por votar al PP, sin ser de derechas, manejan el argumento de la necesidad de un cambio de gobierno para cortar el derroche del que han hecho gala los socialistas. Pero el gasto inútil y superfluo del estado no variará porque sea un partido u otro el que esté en el gobierno, como ha podido verse con los gastos militares, los fondos entregados a la iglesia, las rebajas de impuestos a los ricos, las obras faraónicas e inútiles o el dinero que se gasta para poner a la administración pública al servicio del gobierno de turno, sea cual sea el color del partido dominante. Las camarillas de asesores, empleados y demás corte que emplea cada partido cuando llega al gobierno sustituye a la del anterior. Sólo cambian el «amo del cortijo» y sus seguidores. Porque para que en realidad cambiara el concepto de la ética y la decencia de los políticos, sería necesario que cambiara la ética de la propia sociedad, y eso no se conseguirá por el mero hecho de sustituir un partido por otro.

Los partidarios del votar al PSOE, defienden su opción planteando que no participar en las elecciones favorece a la derecha. Es el argumento que llevamos oyendo desde los albores democráticos. Ya no se recuerda —o no se quiere recordar—, que el voto de «izquierdas», entregado a Felipe González o al mismo Zapatero, ha llevado al poder a un partido que ha ido ejecutando las más duras políticas contra l@s trabajador@s favoreciendo, en cambio, a bancos y multinacionales por encima de cualquier interés social. Para esto ha servido el voto «útil» de la izquierda.

Los que reclaman, en cambio, votar a los partidos a la «izquierda» del PSOE, defienden que ese voto servirá para «presionar», para que se realicen «auténticas» políticas de izquierdas. Pero cuando estos partidos han tenido opciones de gobierno, junto al PSOE o en solitario, desde las alcaldías a los gobiernos autonómicos, nada ha cambiado. Porque en las «tareas de gobierno», de nada sirven los brillantes programas electorales, sino la realidad de las múltiples conexiones económicas con los poderes reales establecidas en cada uno de esos ámbitos. Y llegados ahí, los colores y las banderas palidecen y los partidos entran en el «juego» con las reglas fijadas por los que de verdad lo controlan y no con las suyas propias, contando con que éstas fueran diferentes.

Después de las elecciones, por tanto, nos encontraremos en el mismo punto en el que estamos ahora. Por eso decimos que si quieres que todo siga igual, puedes votar. Pero si quieres que las cosas cambien, tendrás que luchar. Ahora se trata de acordar entre todos unas nuevas reglas de juego para que juguemos todos. De recuperar nuestra conciencia de clase, de mirar el mundo no con los ojos del individuo, sino de la colectividad; de conectar nuestros problemas y también las soluciones, mucho más allá de las siglas, los partidos y los bandos que pugnan por representarnos; estamos aquí para representarnos a nosotros mismos.

Esta lucha de la que hablamos, se desarrollará en muchos ámbitos, en el trabajo, en la calle, en los barrios; creando y tejiendo las redes de solidaridad y apoyo mutuo que siempre han caracterizado a la clase obrera y que perdimos con la modernidad y el progreso. Una solidaridad que tendremos que demostrar con nuestros compañeros de trabajo, oponiéndonos a los despidos y a la pérdida de derechos con todos los medios a nuestro alcance y no dando nunca la batalla por perdida; contra los recortes sociales, implicándonos en las distintas luchas existentes y las que se vayan creando; como consumidores, buscando formas de consumo apoyadas en la colectividad y no en las multinacionales, ejerciéndolas de forma responsable y solidaria; como personas, en fin, que nos negamos a ser espectadores del derrumbe del capitalismo y que queremos ser protagonistas de la construcción de una nueva economía y una nueva forma de relacionarnos y de gestionar nuestra vida.

Para la CNT la abstención no es sólo el mero hecho de no votar. La abstención que defendemos empieza con esa negativa a mantener el sistema, pero no termina ahí. La abstención activa es una acción continua que se construye cada día, en todos esos frentes que hemos señalado. Si no delegamos nuestras responsabilidades, es para ejercerlas y no para abandonarlas. La abstención representa, desde este punto de vista, una rebelión contra la colosal mentira de llamar al pueblo «soberano» por el mero hecho de poder designar representantes cada cuatro años; una rebelión contra un sistema político construido para garantizar los privilegios de la clase privilegiada y dominante frente a la masa de los «gobernados»; si el sistema económico que hay detrás de las urnas está basado en la desigualdad y la rapiña, ¿como pueden ser las elecciones algo distinto a eso?

Esa es la abstención que defiende la CNT. Y la promovemos, también frente al voto en blanco o el voto nulo, porque creemos que es la única opción que no legitima el sistema «democrático». El voto en blanco o nulo muestran una disconformidad que se podría resumir en la idea de que no hay ningún candidato que se merezca ser votado, pero el simple hecho de participar en las elecciones otorga un reconocimiento y una legitimación del sistema representativo. Y es precisamente contra ese sistema político contra el que se posiciona la CNT. Sean quienes sean los candidatos o los partidos, nos oponemos a la farsa de considerar que un gobierno cualesquiera pueda representar la voluntad del pueblo; que el derecho de cada persona a participar en la gestión de los intereses comunes no puede delegarse en unos cuantos, que además, nos llegan ya seleccionados previamente por los que en realidad detentan el poder real. El carácter de protesta del voto nulo o en blanco, sea éste el que sea, queda diluido en la aceptación implícita del sistema democrático que constituye el voto mismo.

El reto que tenemos por delante, no es escoger una papeleta el próximo día 20, sino el de crear una estructura social que nos permita liberarnos del sistema capitalista y éste es un trabajo que no puede afrontar ninguna clase de gobierno. Para esa tarea, la unión es nuestra única defensa y también nuestro único método de ataque. Nuestras aspiraciones no caben en sus urnas.

lunes, 31 de octubre de 2011

El anarquismo en los consejos de fábrica italianos

Por Daniel Guérin
Capítulo III, parte III de Anarquismo


Siguiendo el ejemplo de lo sucedido en Rusia, inmediatamente después de la primera guerra mundial, los anarquistas italianos caminaron por un tiempo del brazo con los partidarios del poder de los soviets. La revolución soviética había tenido profunda repercusión entre los trabajadores italianos, especialmente entre los metalúrgicos del Norte de la península, que estaban a la vanguardia del movimiento obrero. El 20 de febrero de 1919, la Federación Italiana de Obreros Metalúrgicos (FIOM) obtuvo la firma de un acuerdo por el cual se establecía que en las empresas se designaran comisiones internas efectivas. Luego, mediante una serie de huelgas con ocupación de los establecimientos, la federación intentó transformar dichos organismos de representación obrera en consejos de fábrica que propenderían a dirigir las empresas.

La última de esas huelgas, producida a fines de agosto de 1920, tuvo por origen un cierre patronal. Los metalúrgicos decidieron unánimemente continuar la producción por sus propios medios. Prácticamente inútiles fueron sus intentos de obtener, mediante la persuasión, primero, y la fuerza, después, la colaboración de los ingenieros y del personal superior. Así librados a su suerte, tuvieron que crear comités obreros, técnicos y administrativos, que tomaron la dirección de las empresas. De esta manera se avanzó bastante en el proceso de autogestión. En los primeros tiempos, las fábricas autoadministradas contaron con el apoyo de los bancos. Y cuando éstos se lo retiraron, los obreros emitieron su propia moneda para pagar los salarios. Se estableció una autodisciplina muy estricta, se prohibió el consumo de bebidas alcohólicas y se organizó la autodefensa con patrullas armadas. Las empresas áutoadministradas anudaron fuertes vínculos solidarios. Los metales y la hulla pasaron a ser propiedad común y repartíanse equitativamente.

Pero una vez alcanzada esta etapa era preciso ampliar ei movimiento o batirse en retirada. El ala reformista de los sindicatos optó por un compromiso con la parte patronal. Después de ocupar y administrar las fábricas durante algo más de tres semanas, los trabajadores tuvieron que evacuarlas tras recibir la promesa -no cumplida- de que se pondría un control obrero. En vano clamó el ala revolucionaria -socialistas de izquierda y anarquistas- que aquel paso significaba una traición.

Antonio Gramsci

Dicha ala izquierda poseía una teoría, un órgano y un portavoz. El primer número del semanario L'Ordine Nuovo apareció en Turín el 19 de mayo de 1919. Su director era el socialista de izquierda Antonio Gramsci, a quien secundaban un profesor de filosofía de la Universidad de Turín, de ideas anarquistas, que firmaba con el seudónimo de Carlo Petri, y todo un núcleo de libertaríos turineses. En las fábricas, el grupo de L'Ordine Nuovo contaba principalmente con el apoyo de dos anarcosindicalistas militantes del gremio metalúrgico: Pietro Ferrero y Maurizio Garino. Socialistas y libertaríos firmaron conjuntamente el manifiesto de L'Ordine Nuovo, acordando que los consejos de fábrica debían considerarse como órganos adaptados para la futura dirección comunista de las fábricas y de la sociedad.

L'Ordine Nuovo tendía, en efecto, a sustituir la estructura del sindicalismo tradicional por la de los consejos de fábrica. Ello no significa que fuera absolutamente hostil a los sindicatos, en los cuales veía las sólidas vértebras del gran cuerpo proletario, Simplemente criticaba, a la manera del Malatesta de 1907, la decadencia de aquel movimiento sindical burocrático y reformista que se había hecho parte integrante de la sociedad capitalista; además, señalaba la incapacidad orgánica de los sindicatos para cumplir el papel de instrumentos de la revolución proletaria.

En cambio, L'Ordine Nuovo estimaba que el consejo de fábrica reunía todas las virtudes. Era el órgano destinado a unificar a la clase obrera, el único capaz de elevar a los trabajadores por encima del estrecho círculo de cada gremio, de ligar a los no organizados con los organizados. Incluía en el activo de los consejos la formación de una psicología del productor, la preparación del trabajador para la autogestión. Gracias a ellos, hasta el más modesto de los obreros podía descubrir que la conquista de la fábrica no era un imposible, que estaba al alcance de su mano. Los consejos eran considerados como una prefiguración de la sociedad socialista.

Los anarquistas italianos, más realistas y menos verbosos que Antonio Gramsci, ironizaban a veces sobre los excesos taumatúrgicos de la predicación en favor de los consejos de fábrica. Aunque reconocían los méritos de éstos, no los exageraban. Asi como Gramsci, no sin razón, denunciaba el reformismo de los sindicatos, los anarcosindicalistas hacían notar que, en un período no revolucionario. también los consejos de fábrica corrían el riesgo de degenerar en organismos de colaboración con las clases dirigentes. Los libertarios más apegados al sindicalismo encontraban asimismo injusto que L'Ordine Nuovo condenara por igual el sindicalismo reformista y el revolucionario practicado por su central, la Unión Sindical Italiana.

La interpretación contradictoria y equívoca del prototipo de consejo de fábrica, el soviet, propuesta por L'Ordine Nuovo era sobre todo motivo de cierta inquietud para los anarquistas. Por cierto que Gramsci usaba a menudo el epíteto libertario y había disputado con Angelo Tasca, autoritario inveterado que defendía un concepto antidemocrático de la dictadura del proletariado y que reducía los consejos de fábrica a simples instrumentos del Partido Comunista y acusaba de proudhoniano al pensamiento gramscista. Pero Gramsci no estaba tan al corriente de lo que sucedía como para ver la diferencia entre los soviets libres de los primeros meses de la Revolución y los soviets domesticados por el Estado bolchevique. De ahí la ambigüedad de las fórmulas que empleaba. El consejo de fábrica era, a sus ojos, el modelo del Estado proletario que, según anunciaba, se incorporaría a un sistema mundial: la Internacional Comunista. Creía poder conciliar el bolcheviquismo con el debilitamiento del Estado y una concepción democrática de la dictadura del proletariado.

Camilo Berneri

Los anarquistas italianos saludaron el nacimiento de los soviets rusos con un entusiasmo falto de espíritu crítico. Uno de ellos, Camillo Berneri, publicó el 19 de junio de 1919 un articulo intitulado La Autodemocracia, en el cual saludaba al régimen bolchevique como el ensayo más práctico y en mayor escala de democracia integral y como la antítesis del socialismo de Estado centralizador. Un año después, en el Congreso de la Unión Anarquista Italiana, Maurizio Garino utilizaría un lenguaje muy distinto: los soviets implantados en Rusia por los bolcheviques diferían sustancialmente de la autogestión obrera concebida por los anarquistas. Constituían la base de un nuevo Estado, inevitablemente centralizador y autoritario.

Luego, los anarquistas italianos y los amigos de Gramsci tomarían por caminos divergentes. Los segundos, que siempre habían sostenido que el partido socialista, al igual que el sindicato, estaba integrado en el sistema burgués, por lo cual no era indispensable ni recomendable adherirse a él, hicieron una excepción con los grupos comunistas que militaban en el partido socialista y que, después de la escisión de Liorna del 21 de enero de 1921, formaron el Partido Comunista Italiano, incorporado a la Internacional Comunista.

En lo que atañe a los libertarios italianos, tuvieron que abandonar algunas de sus ilusiones y recordar las advertencias de Malatesta, quien, en una carta escrita desde Londres en el verano de 1919, los había puesto en guardia contra un nuevo gobierno que acaba de instalarse (en Rusia) por encima de la Revolución, para frenarla y someterla a los fines particulares de un partido (...) mejor dicho, de los jefes de un partido. El viejo revolucionario afirmó proféticamente que se trataba de una dictadura con sus decretos, sus sanciones penales, sus agentes ejecutivos, y, sobre todo, su fuerza armada, que también sirve para defender a la Revolución contra sus enemigos externos, pero que mañana servirá para imponer a los trabajadores la voluntad de los dictadores, detener la Revolución, consolidar los nuevos intereses establecidos y defender contra la masa a una nueva clase privilegiada. No cabe duda de que Lenin, Trotski y sus compañeros son revolucionarios sinceros, pero también es cierto que preparan los planteles gubernativos que sus sucesores utilizarán para sacar provecho de la revolución y matarla. Ellos serán las primeras víctimas de sus propios métodos.

Luigi Fabbri

Dos años más tarde, en un congreso reunido en Ancona entre el 2 y el 4 de noviembre de 1921, la Unión Anarquista Italiana se negó a reconocer al gobierno ruso como representante de la Revolución; en cambio, lo denunció como el mayor enemigo de la Revolución, el opresor y explotador del proletariado, en cuyo nombre pretende ejercer el poder. Aquel mismo año, el escritor libertario Luigi Fabbri concluía: El estudio crítico de la Revolución Rusa tiene enorme importancia (...) porque puede servir de guía a los revolucionarios occidentales para que eviten en lo posible los errores que la experiencia rusa ha puesto al descubierto.

sábado, 29 de octubre de 2011

El anarquismo individualista en los Estados Unidos, en Inglaterra y en otras partes. Los antiguos intelectuales libertarios americanos.

Por Max Nettlau
Capítulo 3 de La anarquía a través de los tiempos.

La gran lucha por la independencia norteamericana, comprometida por la parte liberal de los coloniales contra la potencia central inglesa había adquirido desde 1775 a 1783 todas las formas de protesta constitucional, de insurrección cambiada pronto en guerra (1775); de la declaración de la independencia (4 de julio de 1776) al tratado final de paz, en 1783, siguieron otros siete años de campañas. Esto ocurría enteramente entre los patriotas americanos y los que habían acudido de Europa en su apoyo, y los ejércitos a sueldo de Inglaterra; la mentalidad más estrictamente gubernamentalista tuvo la primacía y no se tocó ni a las condiciones sociales ni a la esclavitud de los negros, ni fueron escuchados los votos de los que abogaban por un mínimo de gobierno, por la descentralización, por libertades reales. Lo que se estableció como constitución, fue una maravilla comparado con las monarquías europeas y fue un cuadro en el cual ciertas autonomías locales podían desenvolverse y fueron al comienzo toleradas, pero fue al mismo tiempo un aparato gubernamental formidable, casi inalterable, equivalente, por sus garantías sutiles reservadas al poder, al absolutismo abierto de las antiguas monarquías.

Eso fue bien reconocido por algunos, por hombres de Estado incluso, como Thomas Jefferson, y los mejores luchaban contra esa nueva tiranía velada; pero el aparato constitucional está construido tan ingeniosamente que es fácil agregar autoridad e interpretar lo que existe en un sentido más autoritario, pero es imposible reducir esa autoridad seriamente. El pueblo es conducido como en las monarquías; hay amplitud o sus movimiento son circunscritos según la voluntad del amo; en el caso presente, según la voluntad gubernamental controlada por los intereses de la propiedad.

Esta situación produjo pronto el descontento de espíritus audaces, y Voltairine de Cleyre y C. L. James han esbozado esas primeras protestas de hombres que, ciertamente, no fueron anarquistas en el sentido presente, pero que tuvieron horror al estatismo y a la dominación insolente de los monopolistas sobre las riquezas naturales de medio continente. En las ciudades del Este, sobre la costa del Atlántico, hubo no poca efervescencia democrática vertida en un socialismo laborista que, precisamente al ver a los políticos llenarse la boca de libertad, retóricamente, fue autoritario, riguroso, estatista. Se reimprimió el gran libro de Godwin (Filadelfia, 1796), el irlandés John Driscol (Equality, or A History of Lithoconia, 1801-2), y J. A. Etzler (en Pittsburgh, en 1833) compusieron una utopía y un ditirambo sobre la liberación del hombre por la máquina, tratando de ser lo menos posible autoritarios; pero, en suma, de esas ciudades tan rápidamente industrializadas y convertidas así en focos de la política y en centros de las finanzas, no salió jamás una verdadera vida socialista integral, y los trabajadores se organizan paralelamente a los capitalistas. De igual modo los inmensos territorios agrarios, nuevamente roturados, contienen poblaciones absorbidas por el trabajo, poco accesibles todavía a las ideas, dejándose alimentar o condenar al hambre intelectualmente por lo que los curas, la prensa y los políticos les entregan.

Es entre esos inmensos medios autoritarios y conservadores, donde ha florecido, en el gran territorio, una vida socialista y anarquista muy variada, muy activa, muy abnegada, numerosa relativamente, pero sin embargo casi al margen de la sociedad, de donde se recuerdan de esos hombres algunas veces para simular que les admiran, muy a menudo para perseguirles, pero que, con frecuencia también, sobre todo antiguamente, se les dejaba hacer, como se deja a las sectas religiosas o a hombres de vida privada, tranquila en general. Tales me parecen las proporciones de los hombres y de su ambiente por alrededor de un siglo después de 1776. Porque había entonces sobre todo espacio, latitud, condiciones para fundar una vida nueva, tierra todavía relativamente libre, en el territorio de los Estados Unidos, lo que Europa no ha conocido desde hace 1.500 años, desde la caída de los romanos. Y eso tuvo una influencia psicológica vigorizante sobre muchos hombres, y en aquellos que tenían un fondo altruista produjo el anarquismo individualista americano; en otros, con un fondo religioso, se produjo un espiritualismo libertario: dos fenómenos que las condiciones de vida creadas desde hacía cincuenta años, al reforzar el autoritarismo, el mecanismo, la brutalización, han reducido mucho, pero que son bellas páginas de la historia de la anarquía.

Había desde el siglo XVIII un pequeño mundo que vivía aparte en comunidades cooperativas de emigrados reunidos por un sectarismo religioso especializado, de tendencia social, como mucho antes en los primeros conventos. Después se introdujo la experimentación socialista, por Robert Owen mismo (New Harmony), por otros después que fueron influenciados por las ideas de Fourier y otros. Inevitablemente, las empresas en que los espíritus no estaban nivelados o quebrantados por la disciplina o la devoción religiosa, tuvieron una existencia azarosa, y New Harmony, una colonia de 800 personas, en el curso de varios años mostró mucha desarmonía, lo que indujo a uno de los colonos, Josiah Warren (1798-1879), un americano de carácter resuelto y tenaz, a deducir la imposibilidad de la convivencia social desinteresada a causa de la diversidad natural de los hombres, y concluyó en la individualización completa de la vida social, es decir, en las relaciones de cambio igual, de reciprocidad estricta entre los hombres, y consideró el tiempo que requiere un producto o un servicio como medida de su valor de cambio, según la conciencia de cada uno.



Warren concluyó igualmente en el repudio de todo lo que una colectividad impusiera a los individuos en servicios públicos; compete a los individuos, si quieren, arreglarse para hacer ejecutar esos servicios por personas empleadas y pagadas por ellos según el tiempo que dediquen a esos trabajos. Aplicó sus ideas concebidas de acuerdo a su experiencia a partir de 1825 en New Harmony, en Cincinnati primero, a partir de mayo de 1827, en su «Time Store» (tienda donde vendía y compraba él mismo sus mercancías según la medida del tiempo) e hizo propaganda de ese sistema por su acción personal, por los escritos, por el periódico The Peaceful Revolutionist, en 1833, en Cincinnati —el primer periódico anarquista, según toda apariencia— y entró en correspondencia con los cooperadores en Inglaterra; en una palabra, atrajo el interés y sus libros Equitable Commerce (1846) y Practical Details in Equitable Commerce (1852) («Detalles prácticos en el comercio equitativo»), fueron muy difundidos. Sobre todo en 1851-52, en Nueva York, Stephen Pearl Andrews (1812–1886) dio a esas ideas una forma ruidosa por conferencias y su gran libro The Science of Society (1851; dos partes, VI, 70 y XII, 214 páginas), cuya primera parte es: «La verdadera constitución de un gobierno en la soberanía del individuo», y la segunda: «Los gastos como límite del precio: una medida científica para la honestidad en el comercio como principio fundamental para la solución de la cuestión social». Andrews tomó parte en esa discusión, con motivo de una «Free Love League», con Henry James y Horace Greeley, en The New York Tribune hacia 1852, publicada como Love, Marriage and Divorce («Amor, matrimonio y divorcio»). Muchos adeptos de esas ideas vivían desde 1851 hasta una decena de años más tarde en Trialville (ciudad de ensayo) , más conocida como «Modern Times», en Long Island, a no muy larga distancia de Nueva York, cada cual a su modo, haciendo localmente el cambio entre ellos, empleando notas de trabajo. Fue sobre todo una comunidad de vida independiente, sin autoridad oficial, que atrajo buenos elementos y demostró que la libertad une y la coacción desune a los hombres. La guerra civil en los Estados Unidos (1862-65) con sus consecuencias económicas dispersó esa comunidad.

Estas ideas fueron especializadas por otros hombres y mujeres de pensamiento lógico y de gran tenacidad; tales fueron W. B Greene, Lysander Spooner, Ezra M. Heywood, Charles T. Fowler, Benjamin R. Tucker, Moses Harman, E. C. Walker, Sidney H. Morse, Marie Louise David, Louis Waisbrooker, Lillian Harman y muchos otros. Hubo periódicos notables como The Social Revolutionist, The World, The Radical Review, Liberty (de B. R. Tucker; Boston, luego Nueva York, 1881-1907); Lucifer, Fair Play y muchos más.

Estos anarquistas individualistas combatían todos el estatismo, la intervención de colectividades y de sus mandatarios en la vida de los individuos, los poderes económicos dados al monopolio (emisión de notas, los Bancos), la sumisión por el matrimonio y la familia y fueron también hostiles a lo que debía hacerse en nombre de un socialismo de Estado y de un socialismo anarquista. Muchos de ellos se especializaban sobre todo en el dominio de las finanzas, otros en el de la libertad personal y en la vida sexual liberada de todas sus trabas. El único movimiento social que inspiró simpatías a algunos de ellos, fue el del impuesto único creado por Henry George (Progress Poverty) y al respecto hubo y hay todavía cierto matiz de ellos que llega a una fusión de ideas. Son los anarchist single taxers, (los anarquistas del impuesto único), de los que The Twentieth Century, redactado por Hugh O. Pentecost, fue la cuna, hace alrededor de cuarenta años. Los hombres de ese matiz, aparte de ciertas defecciones, han entrado a menudo desde entonces en relaciones de buena vecindad con los comunistas libertarios y con todas las buenas causas de los movimientos de los obreros americanos. Pero por otro lado B. R. Tucker fue feroz en su anticomunismo (contra Kropotkin, Most, etc.) , en 1883, y ha hecho accesibles así una parte de las ideas bakuninianas en Estados Unidos y en Inglaterra.

Ese movimiento de 1827, un siglo después, se encuentra frente a una América enormemente cambiada, y si queda él mismo sin cambiar, es de un siglo atrás, y si cambia es difícil decir lo que quedaría de él o si no se engaña en la dirección de ese cambio a operar. En los ambientes sencillos de territorios recientemente poblados, las condiciones sociales de los hombres se parecen, y si el cambio honesto es proclamado frente a la codicia y al fraude de algunos, ese principio moralizador puede triunfar, pero no ha triunfado siquiera entonces y el monopolio se ha vuelto cada vez más fuerte, hasta acaparar el Estado completamente después de la gran guerra civil, durante y después de la cual el capital puso mano sobre la tierra y sus riquezas y fundó en sesenta años el Imperio de la plutocracia más poderoso que se conoce. Warren murió en 1879 conservando sus ilusiones, que Tucker (nacido en 1854) defendió entonces contra toda evidencia, propiciando esa reciprocidad entre gentes honestas frente al monopolio que, al regimentar a todo el pueblo en su servicio, destruye la independencia personal, la primera base de la reciprocidad. Otra base de ésta es el sentimiento social, el deseo, el placer de obrar socialmente por tanto honestamente, con desinterés. Al presuponer ese sentimiento esos antisocialistas son en realidad muy sociables y muchos malentendidos no se habrían tenido si hubiesen dicho claramente que su acción procede de su voluntad de no pasar por el socialismo autoritario. Ir más lejos, preconizar un sistema único, como lo hicieron con encarnizamiento desde Warren a Tucker, es sectarismo que corresponde mal a la amplitud de miras de algunos de ellos.


Benjamin Tucker

En la práctica, la rama principal de ese movimiento, antes extendido, se ha restringido al cambio directo (mutualismo) o se pierde en la reforma monetaria. Las ramas de libertad personal y de libertad sexual, tan exuberantes en tiempos de Heywood y de Harman, han tenido una cierta satisfacción por la creciente libertad de las costumbres y sobre todo por el derecho de ciudadanía que supo conquistar el neomalthusianismo bajo el nombre de birth control. Los antiguos militantes han muerto, a veces hasta en suicidio frente a persecuciones sistemáticas, y la juventud se contenta con las mayores facilidades que halla ahora y no promueve ya esas cuestiones de libertad y de dignidad como hicieron los antiguos. Cuando el anarquismo individualista debía afirmarse más en nuestro tiempo de estatismo desenfrenado, no está ya en acción o sólo se presenta en forma pequeña y anodina.

Estas ideas fueron muy pronto conocidas en Inglaterra por la correspondencia de Josiah Warren, que trató de hacer una brecha en el movimiento. No logró más que muy poco; se puede nombrar ante todo a Ambrose Caston Cuddon, el alma de un pequeño grupo en los años antes y después de 1850 a 1870 y hasta su muerte en edad avanzada. El libro de Stephen Pearl Andrews y la colonia «Modern Times» daban un nuevo interés a esas ideas, y ese grupo tomó por nombre la London Confederation of Rational Reformes (agosto de 1853) , publicando sus principios y un folleto explicativo, que debe ser de Cuddon (octubre) .Estos hombres venían de los matices socialistas de Robert Owen y de Bronterre O’Obrien, y William Pare, que se interesó también por esas ideas ( 1855), había estado ligado con William Thompson. Se puede nombrar todavía al Coronel Henry Clinton. Allí se encuentra ese individualismo penetrado de espíritu socialista, y por lo poco que se sabe de lo sucesivo, se puede suponer que en ese ambiente inglés las ideas de Warren —si se exceptúa a Cuddon—-, tal vez fueron reabsorbidas por un socialismo de acción popular directa que desconfía del Estado.

Es un hecho extraño, por cierto, que hasta 1885 aproximadamente ese anarquismo individualista americano pasó desapercibido en el mundo socialista europeo, aparte de esas repercusiones en Inglaterra, que a su vez no han debido ser conocidas en el continente. Hago excepción de Stephan Pearl Andrews y de «Modern Times». Sus ideas y la fundación de la colonia fueron discutidas en particular en el semanario The Leader (Londres), en 1851, entonces un órgano democrático muy difundido, por Henry Edger, que vivió en «Modern Times», un positivista que desde allí mantenía correspondencia también con Auguste Comte. Si The Sovereignity of the Individual es tan afirmada por Andrews (1851) ¿es por puro azar que Pi y Margall escribe en La Reacción y la Revolución (Madrid, 1854): «Nuestro principio es la soberanía absoluta del individuo; nuestro objeto final, la destrucción absoluta del poder, y su sustitución por el contrato; nuestro medio, la descentralización y la movilización continua de los poderes existentes...» No hay duda que Pi y Margall ha debido conocer los dos famosos libros libertarios de 1851, la Idea general de la Revolución en el siglo XIX, de Proudhon, y las Social Statics, de Herbert Spencer. ¿Por qué no habría tenido conocimiento del libro de Andrews discutido en el Leader, órgano que tenía tantas noticias sobre el movimiento avanzado en España? Incluso en 1854 apareció en Cádiz una traducción española de un gran libro relativamente poco importante del mismo Andrews (The Basic Outline of Universology...). De «Modern Times» se tiene conocimiento generalmente por un artículo de Moncure D. Conway en una gran revista inglesa (Fortnightly Review, julio de 1865) de que se habla incluso de Rusia en el Sovremennik, la antigua revista de Chernishevski. Elías Reclus ha debido ver a algunos de esos anarquistas americanos en ocasión de su viaje a los Estados Unidos y ha colaborado en The Radical Review, en 1877, redactada por Tucker. Tucker mismo ha hecho en 1874 un viaje a Londres, donde vio todavía a Cuddon, de 83 años de edad, y viajó por Francia e Italia. Se puso a traducir grandes volúmenes de Proudhon, entonces las primeras ediciones americanas. Se sabe también que Elías Reclus, en 1878, conoció a Tucker y The Radical Review, como Tucker, en 1889, en París, por medio de Elías, conoció a Eliseo Reclus. Pero los hermanos Reclus se han sentido tan distantes, en su comunismo generoso, de la meticulosidad del cambio igual de esos americanos, que no han creído necesario o importante hablar de esas concepciones en su ambiente europeo.

Hubo probablemente algunos de esos individualistas en la famosa sección 12 de la Internacional, compuesta enteramente de americanos de matices diversos, en Nueva York, que causó tanta tristeza a Marx, porque no se puso bajo la tutela de uno de sus hombres de confianza. No le quedó más recurso que tratar de hacerla expulsar. Uno de sus miembros asistió al Congreso de La Haya (1872), sin ser reconocido delegado; se hizo a la sección el reproche de contener también espiritistas y partidarios del amor libre, y con eso se contentó la mayoría marxista del Congreso para rechazar a ese delegado.

Por los acontecimientos de huelga violenta en Pittsburgh, en 1877, algunos jóvenes individualistas de Boston fueron removidos, como Morse, que escribió entonces un folleto vehemente (Los reyes de los ferrocarriles desean negar a un Imperio...) y de ese medio de jóvenes surgió la revista The Anarchist (Boston) en enero de 1881, cuyo primer número fue muy difundido, mientras que el segundo, en preparación, fue impedido por la policía. Allí, según la opinión y el deseo de un joven de espíritu aventurero, esas ideas americanas habrían tenido puesto junto a las socialistas revolucionarias entonces de Most y del anarquismo comunista francés. Ese esfuerzo fue quebrantado, pero también en Liberty, que Tucker fundó en agosto de 1881, a pesar de la rigidez teórica, había al comienzo un soplo de solidaridad con los revolucionarios internacionales, los nihilistas rusos, etcétera.

Es verdaderamente todo lo que me recuerdo haber apercibido del contacto entre esos anarquistas americanos y los de Europa durante más de cincuenta años, hasta 1881. Ni Proudhon, ni Bakunin, ni Elíseo Reclus, ni Déjacque, ni Coeurderoy han hablado de ellos, aunque tres de esos cinco han vivido o pasaron algún tiempo en los Estados Unidos, y Cuddon, en Londres, había sido el 10 de enero de 1862, presidente de una delegación obrera inglesa que saludó a Bakunin de regreso de Siberia.

El 6 de agosto de 1881 apareció Liberty, redactada por Tucker, un órgano muy combativo, que se puso a negar el derecho a llamarse anarquista a los colectivistas y comunistas libertarios, a Kropotkin mismo, y se replicó no considerando anarquistas a esos individualistas, por el hecho de reconocer eventualmente la propiedad privada, etc. En mi opinión, se conocían mutuamente muy poco, no se sabía nada en Europa del pasado anarquista americano de cincuenta años entonces, y muy poco en América también del mismo pasado europeo desde hacía cincuenta años. Había bastante espacio para las dos corrientes que hasta entonces se habían estorbado tan poco una a la otra, que ni siquiera se habían apercibido la una de la existencia de la otra.

Liberty circulaba un poco en Londres, y un tipógrafo inglés, Henry Seymour, fundó allí, en marzo de 1885, The Anarchist; en Melbourne (Australia), apareció Honesty, en abril de 1887. En Inglaterra el pequeño movimiento se perdió algunos años después en esas especializaciones financieras sobre la emisión libre de papel–moneda y sobre panaceas semejantes, que en ese país han absorbido el esfuerzo de gran número de socialistas que, entonces, no volvieron a encontrar el camino hacia las ideas. También en Alemania, más tarde, antes ya de la guerra, fueron iniciadas tales especializaciones infructuosas (los nuevos fisiócratas, Silvio Gessel, «Freigeld»). Son cosas que no se pueden hacer sin tener el poder, y si se tuviese ese poder, no habría necesidad de hacerlas y se haría algo muy distinto.

Enteramente independiente de esas corrientes de buena fe, el burguesismo antisocialista, que es también antiestatista, en tanto que es enemigo de toda intervención social del Estado para proteger a las víctimas de Ia explotación (horas de trabajo, higiene, etc.), esa avidez de la explotación ilimitada había creado en Inglaterra una agitación por un pseudo–individualismo, el burguesismo ilimitado, con una pseudo–literatura mercenaria. Hablo de la Liberty and Property Defense League de los años 1880-90, etcétera. A ella se refieren, por grados doctrinarios y fanáticos de un «individualismo» siempre absolutamente estéril, de ese no intervencionismo que dejaría morir de hambre a un hombre por no herir su dignidad al mezclarse en sus asuntos y al darle de comer. De ahí, por otros grados, se llega al voluntarismo absoluto, la doctrina de Auberon Herbert hacia 1880, idea benévola y vigorosamente antiestatista; pero todo eso, en fin, es diletantismo, medios ineficaces que no han impedido acrecentarse terriblemente el mal autoritario en estos cuarenta años que siguieron.

El anarquismo, como fue elaborado estrechamente por Tucker (cuyo libro lnstead of a book, Nueva York, 1893, 512 páginas, reproduce las partes más significativas de sus artículos y notas en Liberty), se vuelve a encontrar en el periódico alemán Libertas (Boston, 1888; 8 números) y fue aceptado durante mucho tiempo después por el joven poeta alemán John Henry Mackay, fascinado desde 1888-89 por las ideas de Max Stirner, de Proudhon y las de B. R. Tucker; sus libros Die Anarchisten (1891), Der Freiheitssucher (1920) y un tercer tomo lo muestran inspirándose en esas tres concepciones. Su esfuerzo fue secundado por una propaganda en algunos periódicos y folletos en Alemania. Mackay murió en 1933.

Fuera de esto, el individualismo anarquista americano fue presentado en Francia y en Bélgica en algunos periódicos y por autores que, sin embargo, no lo han aceptado o conservado ellos mismos integralmente. Hubo también pequeñas repercusiones escandinavas. Es llamado mutualismo por la propaganda americana presente y ha encontrado también algunos aficionados italianos. En suma, me parece que nos debe una explicación clara con la situación mundial presente, que es mucho más complicada que cuando Josiah Warren, en 1827, fundó su primer «Times Store». Si hay que superar las primitividades del comunismo, hay que superar también las del individualismo.

No tengo que hablar aquí de lo que se llama individualismo en los movimientos socialistas libertarios francés, italiano y otros, pues no tienen relación alguna con la corriente americana.

Transcendentalistas norteamericanos

Lo que he llamado espiritualismo libertario americano, es el pensamiento y el sentimiento de un pequeño número de intelectuales concienzudos que en los Estados Unidos, sobre todo en los años 1830-1860, más desde 1840 a 1850, se dedicaban a vivir y a obrar como hombres libres. Sobre una base religiosa deísta vivía en ellos el espíritu humanitario del siglo XVIII, el espíritu social que tomaban de los escritos de Fourier y de Owen, un espíritu crítico que les hizo ver el mal hecho por la autoridad a través de la historia y tenían una causa viviente ante ellos, la de la esclavitud vergonzosa de los negros, institución legal, que todos estaban forzados a ver erigida ante sus ojos. Yo sé que los esclavistas respondían cínicamente demostrando los horrores de la esclavitud de los blancos en las fábricas, pero no disminuye nunca un mal el hecho de presentar otro; entonces hay que combatir los dos, y los abolicionistas se decían muy lógicamente que una sociedad brutalizada por la esclavitud de los negros no poseía la fuerza moral para poner remedio a la esclavitud de los blancos. Para la burguesía, los hombres peligrosos eran entonces los que querían destruir inmediatamente la esclavitud, y mucho menos los que hablaban de un socialismo del porvenir lejano, o los que, entre ellos, en pequeñas comunidades, practicaban hábitos sociales. Los hombres en cuestión fueron de los unos y de los otros, abolicionistas del tipo de William Lloyd Garrison, y socialistas de Brook Farm. Había hombres y mujeres como Emerson, W. E. Channing, Margaret Fuller, Frances Wright, Nathaniel Hawthorne y otros. Se puede decir que lo que hay en América del Norte de civilización, se liga de cerca o de lejos a ese ambiente cultivado de la antigua Massachusetts, tan diferente del Estado presente de ese nombre que ha dejado matar durante siete años a los dos anarquistas italianos que sabemos.

La más bella figura de ese ambiente es, desde el punto de vista libertario, Henry David Thoreau (1817–1862), el autor de Walden: my Life in the Woods (1854) y del famoso ensayo On the duty of Civil Disobedience (1849) («Del deber de la desobediencia civil»). Walt Whitman es un tipo muy diferente, según mi impresión. Tiene las expansiones libertarias más bellas, pero su culto entusiasta a la fuerza le acerca, para mí, a los autoritarios.

Hubo algunos otros americanos de verdadero valor conquistados para las buenas causas y para la de la humanidad libre ante todo; Ernest Crosby, fue uno de los mejores.


     Nota del autor: Este capítulo resume las páginas 103-132 del libro Vorfrühling y remito también a mi artículo Anarchism in England fifty years ago, en Freedom (Londres), noviembre diciembre 1905, que se ocupa sobre todo de Ambrose Caston Cuddon, caído en olvido completo entonces; fue reimpreso por Tucker, en Liberty (1906)