martes, 7 de mayo de 2013

Jesuita y argentino

ANTONIO PÉREZ

No, no voy a hablar del nuevo presidente de los católicos. El título es sólo para llamar la atención sobre lo moderno que es un Estado Vaticano que no tiene miedo a la hora de entronizar a un individuo compadrito de lo peor de los milicos latinoamericanos.

Justamente esa temeridad vaticana es la primera —aunque superficial— característica que señala al Vaticano como el modelo del Estado Moderno, como la meta a la que aspiran los demás Estados. La razón es sencilla: un Estado guay, debe poder brincar con delectación por encima de sus propias leyes. Por ejemplo, saltar de la justicia a la caridad.

La segunda razón radica en que el Vaticano es un entre teocrático lo cual significa que, olvidándonos de los dioses y yendo a lo sustancial, es decir, económicamente hablando, prospera en el mercado de futuros intangibles. Es decir, en la especulación desprovista de sus riesgos —el Cielo— y en la bancarrota —el Infierno—. Que lo llamen «vida eterna» es sólo un accesorio propagandístico.

En tercer lugar, el sistema vaticano es militar en esencia, por jerárquico y por impune. Que tenga cárceles y Guardia Suiza es complementario. Lo sustancial es que su ardor guerrero conlleva el secretismo sobre lo importante y la máxima publicidad sobre lo secundario. Y no cabe duda de que en publicidad, los obispos son unos hachas.

Cuarto: a través del confesionario y de sus anexos, el Vaticano consigue la máxima información sociológica e individual lo cual le permite dominar por la persuasión doctrinal, un arma con más porvenir que el recurso a la fuerza bruta.

Quinto: sin indígenas y sin mujeres pero con dinero y millones de súbditos cuyos cerebros son manejados a distancia por medio de la palabra, ha llegado a la cumbre del control social remoto. La dominación limpia: ¿hay quién dé más?

Sexto: un Estado modernísimo necesita un enemigo interno y llegados a este punto el Vaticano no piensa principalmente en herejes porque son de su familia. Como arquetipo del Estado Pluscuamperfecto, piensa que el enemigo son sus ovejas descarriadas, ateos y librepensadores incluidos. En ellos está pensando el jesuita argentino. Y, en especial, en los anarquistas.


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