sábado, 15 de mayo de 2021

Covid-19, año uno: balance de una pesadilla autoritaria y de una gestión fracasada

    [Este artículo ha sido censurado, sin ninguna injerencia estatal, por el mismo medio —que se define como «un periodismo radicalmente diferente»— que lo publicó (el nombre está al final). Desde aquí, junto a AyR, lo publicamos en nombre de la libertad de expresión.]

 

El autoritarismo con que se ha afrontado la epidemia actual no tiene una justificación sanitaria y la historia nos muestra que en nombre del derecho de emergencia se han dado graves abusos de poder y de restricciones de derechos.

PAZ FRANCÉS LECUMBERRI, JOSÉ R. LOAYSSA y ARIEL PETRUCCELLI

Ha pasado poco más de un año desde el momento en que la mayor parte de los países del mundo decidieron tomar medidas drásticas de aislamiento social para enfrentar la pandemia del coronavirus SARS-CoV-2. Parece un tiempo suficiente para intentar un balance. Y, sin embargo, cualquier balance es profundamente dificultoso no solo por las incertidumbres aún reinantes en torno al fenómeno, sino ante todo por el clima de tremendismo e irracionalidad que lo ha rodeado, que todavía persiste.

Una respuesta de espaldas a la ciencia

La ciencia intenta ayudar a comprender fenómenos y eventos. Ante situaciones nuevas —pero que parecen tener puntos en común con otras conocidas—, la primera tarea debería ser comprobar en qué medida lo que conocemos sobre esos fenómenos previos que pueden servir de referencia, sirve para entender y actuar ante los nuevos desafíos y en qué medida no. Por lo tanto, tenemos que plantearnos cómo se presenta el SARS-CoV-2 desde esta perspectiva. Estamos ante un virus que la misma OMS ha considerado dentro del espectro de virus que originan enfermedades similares a la gripe (flu-like), pero es un germen que ya en las primeras semanas mostró algunos rasgos propios que lo diferenciaban del patrón gripal.

Algunos podían considerarse simplemente variaciones cuantitativas como puede ser su mayor contagiosidad, pero no hay que olvidar que la contagiosidad de un virus respiratorio no solo depende de su naturaleza biomolecular (mayor afinidad de la proteína S por los receptores celulares o la mayor duración del periodo asintomático, por ejemplo), sino de su adaptación a la vida social, a los patrones de interacción humana. Los mecanismos de trasmisión también son comunes con el resto de virus respiratorios, las famosas gotículas (doplets) y el contacto con superficie. Pero en este caso el peso de la transmisión por aerosoles en interiores parece ser mayor. Aunque este hecho dista mucho de estar completamente clarificado; es la hipótesis que mejor parece explicar el hecho de que este virus «odie» el aire libre —los espacios abiertos y ventilados— con mucha mayor intensidad que los virus gripales.

Sin embargo, dando la espalda a las características específicas del virus, las políticas mayormente adoptadas por los gobiernos proceden a incentivar la vida en espacios cerrados, con contactos prolongados o cuando son cortos en habitaciones y estancias en las que es posible que el virus se encuentre «flotando» en cantidades considerables, y donde existe la posibilidad de su aspiración.

La letalidad en las residencias de ancianos

La especial contagiosidad y virulencia del SARS-CoV2 en espacios cerrados se puso de manifiesto desde los primeros momentos con la terrible mortandad en las residencias de ancianos. Aunque hay otras causas de la elevada letalidad en esas instituciones, el hecho de estar encerrados —incluso antes de que se decretaran las medidas excepcionales en el mundo— creemos que contribuye a explicar la brutal diferencia de la mortalidad entre las personas ancianas institucionalizadas —se contagiaron más y con mayores cargas virales— y las que no lo estaban. En Bélgica se realizó un estudio que cuantificaba esa diferencia en la onda de primavera de 2020. Arrojó unas cifras especialmente demostrativas porque en ese país europeo el exceso de mortalidad total coincidía con el número de fallecidos covid-19, hecho que no sucedió en otros países —como España—. Los datos son espeluznantes, teniendo en cuenta que se trata de letalidad por casos, no por infectados, lo que haría que la diferencia fuera todavía más escandalosa.

Si atendemos al porcentaje de fallecimientos en las residencias de ancianos nos encontramos con que en la franja de edad de 60 a 69 años es de 31,42%; de 70 a 79 años, 45,91%; de 80 a 90 años, 18,46%, y más de 90, el 26,27%. El porcentaje de letalidad de personas institucionalizadas de todas las edades integradas es de 20,98%. Por el contrario, los porcentajes para esas mismas franjas de edad respectivamente, entre la población en general, es: de 60 a 69 años, 0,53%; de 70 a 79 años, 1,23%; de 80 a 90 años, 1%, y de más de 90 años, el 2,42 %. El dato de todas las edades integradas es de 0,58. Los datos conjuntos de letalidad nos indican que entre las personas de 60 a 69 años la mortalidad se sitúa en 0,68%; de 70 a 79 años, en 2,09%; de 80 a 90 años, en 2,75, y en personas de más de 90, años en 10,18%. El porcentaje de letalidad de todas las edades integradas es de 1,47%.

En febrero de 2021, a pesar de que el porcentaje de fallecidos en las residencias con respecto al total había ido disminuyendo —entre otras razones porque los más susceptibles habían muerto— el porcentaje del total de fallecimientos analizando 22 países desarrollados era del 41%. Mientras en Singapur o Nueva Zelanda los fallecidos constituían una pequeña minoría del total de residentes (0,02% y 0,04% respectivamente), en España, Bélgica, Suecia (explica su mayor mortalidad comparando con el resto de países nórdicos), Reino Unido, EEUU, Francia, Holanda y Eslovenia más de uno de cada 20 (>5%) de los residentes en esas instituciones ha fallecido por causas relacionadas con el covid-19. La mayor letalidad en residencias de ancianos no solo nos habla de su espectro de contagio de riesgo, sino que ha servido para elevar la letalidad global del virus como luego comentaremos, haciéndola aparecer como más mortal en cualquier lugar y circunstancia; lo que no es cierto.

Un espectro clínico muy polarizado

Hay otra característica —si no inusual sí más destacada— del covid-19: se trata de la amplitud de su espectro patológico. Si bien la gran mayoría de las personas infectadas no sufre síntomas o estos son leves, una minoría, entre los que predominan personas mayores y/o con enfermedades serias, padecen cuadros muy graves e incluso fatales —desencadenando el fallecimiento—, generalmente asociado a una insuficiencia respiratoria.

Podemos afirmar que, a diferencia de la gripe, el espectro de morbilidad parece estar más polarizado entre los extremos asintomáticos y leves, por un lado, y un porcentaje bajo pero impactante de cuadros dramáticos, por el otro. Pero es esta minoría de cuadros graves, antes que la mayoría de cuadros leves, los que son aireados masivamente por los medios de comunicación. Por mera lógica y sentido común, que se mal aplica para defender el talibanismo sanitarista, lo razonable sería que la estrategia tomara en consideración esta diferencia de riesgo y no actuara como si estuviéramos ante una enfermedad cuyas consecuencias se distribuyen uniformemente en todos los espectros de la población.

Esta actitud no selectiva se repite con una vacunación universal que incluye a personas de riesgo bajo con preparados con efectos secundarios no desdeñables y grandes incógnitas sobre sus efectos a medio y largo plazo. Se ha adoptado esta estrategia indiscriminada sin dar ni siquiera la posibilidad de plantear una discusión científica seria con quienes discrepan de la estrategia adoptada —una verdadera legión—, y defendieron estrategias de protección selectiva, comenzando por los prestigiosos firmantes de la declaración de Great Barrington, a la que más adelante volveremos a hacer referencia.

El covid-19 continúa difundiéndose en muchos países en forma de ondas epidémicas, que en ningún caso presentan un perfil exponencial. Son unas ondas cuyo ascenso se produce durante unas pocas semanas, estabilizándose pronto para luego iniciar una pendiente descendente, también durante algunas semanas, sin que, en general, se pueda establecer relación alguna con las medidas de control que toman los gobiernos.

La magnitud de esas ondas es variable entre las diferentes regiones del mundo y entre países concretos, como lo es su traducción en personas enfermas, hospitalizadas y fallecidas. Europa y América han conocido dos ondas —una en primavera y otra en otoño-invierno—. Es difícil determinar en qué punto de la evolución de la pandemia nos encontramos, pero es claro que solamente una estrategia de protección selectiva permite —y hubiera permitido—, además de salvar vidas, conseguir una inmunidad robusta en la población que hiciera muy probable esa evolución favorable e incluso minimizar la posibilidad de variantes de escape.

Algunas evidencias para desarmar la desmesura

Cualquier estudio comparativo con epidemias pasadas y/o con otros problemas sanitarios presentes deja al covid-19 en el lugar de un problema sanitario de rango considerable, aunque no dramático; pero lo cierto es que la percepción pública lo ha erigido en el problema sanitario, la amenaza más grande que la humanidad enfrentara en décadas. Y aunque esta representación carece de sustento —la polución ambiental, el tabaco, el cáncer y la desnutrición, por citar algunas, han causado muchas más muertes en 2020 que la covid-19—, lo cierto es que basta encender el televisor para creerse que nada es más amenazador que el virus del espanto. El que los individuos y colectividades humanas evalúen de manera errada o equívoca la amenazas que enfrentan o la situación en que se encuentran es, por cierto, un fenómeno habitual: la especie de la razón suele tener comportamientos profundamente irracionales.

En ocasiones estos yerros son fruto de simple e incluso inevitable ignorancia. Pero hay casos en los que los yerros parecen estar sesgados por perspectivas ancladas en lo social y en lo político. Tal parece ser el caso de la presente pandemia. El sesgo, en este caso, tiene tres fundamentos.

El primero es que las enfermedades infecciosas —aquellas transmitidas de un ser humano a otro— han sido la principal causa de mortalidad del neolítico en adelante; pero, en las últimas décadas, en los países opulentos del capitalismo desarrollado han retrocedido ostensiblemente. Y ha sido justamente en estos países donde el virus impactó con más fuerza.

El segundo es que las enfermedades infecciosas amenazan a toda la población de una manera en que no lo hacen otras enfermedades. La desnutrición es sin duda el principal problema sanitario global, pero no es contagiosa y no es una amenaza para quienes no sean pobres.

El tercer y principal fundamento es que el virus impactó rápidamente en países y clases sociales con mucha capacidad para establecer agenda política. Si mundialmente percibimos al covid-19 como el gran problema sanitario, ello no se debe a que sea un problema mayor que otros. Se debe a que es un problema para estados, clases y grupos sociales con capacidad para convertir sus problemas en los problemas, sus demandas en las primeras en ser atendidas, sus miedos en los miedos generales. A esto podríamos añadir que los sectores más dinámicos y con vocación de hegemonía de los grandes poderes económicos han visto en la Pandemia una «oportunidad» para favorecer sus intereses. Las empresas tecnológicas y las corporaciones farmacéuticas en primer lugar.

Podemos traer a colación tres datos cruzados que prueban la absoluta desmesura de la obsesión planetaria con la covid-19. Dos de ellos los desarrollaremos a continuación, el tercero, en relación con la letalidad del virus, en un epígrafe posterior.

El primero es que a nivel mundial no ha habido ningún aumento de la mortalidad claramente apreciable. Aunque no hay aún cifras consolidadas, todo indica que se ha mantenido en cifras parecidas de decesos por mil habitantes que en años anteriores. En cualquier caso, el exceso de mortalidad global ha sido entre nulo y bajo: situaciones ambas que no justifican la sensación apocalíptica que imperó en 2020. España, uno de los países más afectados por la pandemia, registró un aumento de la tasa de mortalidad de 16 décimas: pasó de 8,83 decesos por mil habitantes en 2019 a 10,58 en 2020. La vilipendiada Suecia ha registrado sin medidas de confinamiento un exceso de mortalidad ajustada por edad de 1,5%: ocho veces menos que España, que ostenta un exceso de 12,9 %. Es cierto que nos encontramos con un exceso de mortalidad significativo en muchos países, entre ellos algunos de Europa y los EE UU. Pero también lo es que la región más poblada —Asia del Sudeste— no ha sufrido una tasa de mortalidad destacada en este periodo.

También África se ha librado (de momento) de consecuencias graves por la enfermedad. Han sido América y Europa donde se ha concentrado el mayor impacto mortal. El número de fallecimientos registrados con covid (no por covid) en las diferentes regiones del mundo a principios de abril del 2021 muestran lo que se está diciendo: América ha sufrido 1.398.392; Europa, 1.005.141; Asia del Sur y del Este, 227.371; Este del mediterráneo y Asia Occidental, 164.399; África, 79.423, y Pacífico Oeste, 33.205. Si estableciéramos un mapa del mundo el hemisferio occidental salvo África se situaría en torno a 1.000 muertos por millón mientras África, Asia del Este y Oceanía se situarían en 30 muertos por millón. El este del Mediterráneo y el llamado Próximo Oriente se colocaría en una posición intermedia.

Pero si el aumento de la mortalidad a nivel global no parece muy destacable, sí han crecido exponencialmente el desempleo, la pobreza y la pobreza extrema —esta última ha aumentado luego de dos décadas de descenso sostenido—. El impacto social y económicamente negativo de las medidas de confinamiento, además, ha afectado especialmente a los países pobres de Asia, África y América Latina. La ONU estima que al menos 130 millones de personas cayeron en la extrema pobreza durante 2020. Durante la pandemia los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres. Las consecuencias sociales, culturales, económicas y educativas (con la expansión desenfrenada de la educación en entornos virtuales) son muchos más importantes (en términos cuantitativos y cualitativos) que las consecuencias sanitarias.

El segundo dato cruzado tiene que ver con la percepción y la realidad. Aunque el discurso imperante ha azuzado permanentemente el miedo, bajo la presunción de que el problema sanitario es uniformemente enorme, como si en todo momento y lugar estuviéramos siempre en la misma situación —en medio de una ola epidémica o a la espera de la siguiente—, lo cierto es que la cantidad de casos y de decesos a nivel mundial —que fue en franco crecimiento desde febrero de 2020 y continuó creciendo hasta setiembre de ese año— desde octubre de 2020 y en lo que va de 2021 se ha estabilizado. Hasta octubre, aunque las olas epidémicas pasaran en alguna región, a escala global eran compensadas sobradamente con el ascenso de los contagios en otras regiones. Pero de octubre de 2020 para esta parte la situación ha cambiado. Pero de ello no le informarán los medios: puede que saberlo le tranquilice y eso le haga bajar la guardia, como dicen.

Más allá de la paranoia: ¿qué tan peligroso es el SARS-CoV-2?

El tercer dato relevante que ya hemos dejado antes apuntado, para fundamentar la desmesura con el abordaje del covid-19, lo constituye la tasa de letalidad del virus.

En junio de 2020, el boletín de la OMS publicó un artículo firmado por el profesor de la Universidad de Standford, John Ioannidis, en el que concluía tras el análisis de 61 estudios de seroprevalencia frente al SARS-CoV-2 que la letalidad entre los infectados iba desde el 0,01% a 1,63%, con una media de 0,27%. Para los menores de 70 años la tasa se situaba en el 0,05%. Posteriormente el profesor Ioannidis actualizó sus datos, al percatarse de que las estimaciones anteriores estaban basadas en países que habían sido especialmente golpeados por el covid-19 en los primeros meses, y calculó que el virus causa la muerte de entre el 0,15 y el 0,20% de los infectados y en los menores de 70 años de edad estimó una tasa de letalidad del 0,03-0,04%.

A principios de octubre la propia Organización Mundial de la Salud admitía involuntariamente en una sesión pública estas cifras de letalidad. Mike Ryan, director del Programa de Emergencias de la OMS, afirmaba que, según los cálculos de la organización, un 10% de la población mundial (esto es, setecientos cincuenta millones de personas) se había infectado. En esos momentos, los fallecidos a causa del covid-19 se contaban en algo más de un millón, lo que implicaba que solo fallecía 1 de cada 750 personas infectadas, esto es, el 0,14%. Pese a las importantes implicaciones de esta declaración, muy pocos medios se hicieron eco de ello (hasta donde sabemos, ninguno en castellano).

Las nuevas estimaciones de la letalidad siguen ofreciendo cifras aún más modestas que las previas y sobre todo pone de relieve los sesgos que sufrían algunas revisiones que habían calculado tasa más altas (0,6%). En estos momentos se podría estimar la letalidad global del virus en el ~0,15% y la población que habría sido infectada sería de ~1.5‐2.0 miles de millones de persona en febrero del 2021. Estamos, pues, a distancia sideral de la tasa de letalidad de 3,4 % que estimó la OMS en marzo de 2020 y que tanto ayudó a desatar el pánico e incentivó a tomar medidas desesperadas.

El mundo enloquecido: el pánico y la desmesura

Todas estas cifras, absolutamente indesmentibles y que muestran la real magnitud del problema pandémico, parecen ser sin embargo completamente insuficientes para traer tranquilidad social y adoptar medidas más eficientes y menos desastrosas en sus consecuencias. ¿Por qué sucede esto? Influyen, desde luego, los discursos interesados, tanto de quienes medran con el pánico colectivo —como la industria farmacológica y las empresas tecnológicas que han «virtualizado» la cotidianeidad de una manera increíble—, como de quienes se benefician políticamente: azuzar al miedo permanente facilita que no se medite sobre tres puntos claves:

a) la relación estrecha entre nuestro sistema económico y los saltos zoonóticos;

b) la tardía respuesta de muchos estados en términos de identificación y aislamiento de casos y de neutralización de focos de contagio como los propios servicios sanitarios;

c) la incapacidad para proteger a la población anciana institucionalizada en asilos: este es el sitio donde los muertos se apilan; y es absurdo pensar que el encierro protegió a esa población vulnerable, que en conjunto todavía concentra casi el 50 % de los decesos, siendo menos del 1% de la población total.

Pero un fenómeno de tanto calado debe tener causas más profundas. Lo que ha sucedido es que una porción si no mayoritaria al menos sumamente numerosa de la población —y social y políticamente influyente, de países que a su vez inciden en la agenda política mundial— entró en estado de pánico. Y cuando sentimos pánico la razón se paraliza y la propensión a emprender acciones desmesuradas e incluso contraproducentes crece de manera exponencial.

La disonancia cognitiva ante el fenómeno socio-político-sanitario del covid-19 no acaba con la percepción sesgada y fundamentalmente errada de la magnitud relativa que representa. A ello se agregan dos componentes adicionales. La sobrevaloración de la efectividad de las medidas de aislamiento social severo —confinamiento domiciliario, cercos perimetrales, limitaciones horarias para salir a la calle, cierre de aeropuertos, clausura de escuelas, etc.— en la mitigación de la expansión viral; y la subvaloración —o, quizá, la valoración apropiada pero no considerada relevante— de las consecuencias sociales, psicológicas, educativas, económicas e incluso sanitarias de las drásticas medidas adoptadas.

El discurso dominante entre autoridades y medios de comunicación es que, si no se hubieran tomado las medidas de confinamiento, las consecuencias hubieran sido mucho peores. Y esto es algo que todavía cree cierto la mayor parte de la población, incluso muchos y muchas de quienes reclaman la apertura de ciertas actividades porque su sustento depende de ellas, escindidas entre el temor al contagio y el temor a la penuria económica. Sin embargo, se acumulan en las publicaciones científicas investigaciones y más investigaciones que concluyen que los confinamientos no han sido efectivos para reducir la propagación viral.

Es verdad que hay estudios que defienden lo contrario. Aunque creemos que no son metodológicamente correctos y que sus conclusiones están erradas, no queremos aquí entrar en esa polémica. Solamente nos conformamos con que se admita que esa efectividad está en discusión. Cuando eso ocurre —cuando existen estudios sólidos en favor y en contra de un determinado vínculo causal—, lo que debemos decir es que ese vínculo es discutible. En nuestro caso: lo que cabe decir es que la magnitud de la efectividad sería en todo caso pequeña, y no olvidemos que estamos ante consecuencias negativas enormes que ningún estudio pone en duda.

Y, sin embargo, no hay remedio. Las autoridades persisten en la misma línea de actuación, con escasa oposición social y en el marco de un fuerte consenso político. Es verdad que algunos países, como España, han moderado las medidas adoptadas en la primavera de 2020 —se ha pasado de un confinamiento severo a uno light profundamente naturalizado— pero han dejado intacto el mismo discurso del miedo. El autoritarismo con que se ha afrontado la epidemia actual no tiene una justificación sanitaria y la historia nos muestra que en nombre del derecho de emergencia se han dado graves abusos de poder y de restricciones de derechos. Esta quizá sea una de las consecuencias más nefastas de haber afrontado la crisis sanitaria como una guerra: no sólo se clausuró el debate antes siquiera de comenzarlo (en la guerra se obedece, no se discute), no sólo se convirtió a quien tuviera dudas o expusiera críticas en un peligroso saboteador del «esfuerzo de guerra» («negacionista» ha sido el insulto preferido); también se activó la dinámica propia de toda guerra: es fácil entrar en ellas, lo difícil es salir.

Una vez que se entronizó al problema covid-19 en el problema más importante sin discusión; una vez que se optó por la vía de las restricciones, el aislamiento y el recurso a legislaciones de excepción; una vez que se comenzó a soñar con el objetivo (pocas veces confesado, pero ciertamente operante) de aniquilar al virus (covid-cero), cambiar de perspectiva o adoptar otras vías de actuación se tornó sumamente dificultoso, si no lisa y llanamente imposible. Y así nos encontramos un año después.

Es muy difícil deshacer de manera coherente, frente a tanta desmesura y falta de transparencia, todo el miedo que se ha instalado en la población: el miedo a enfermar, a contagiar y a morir. Es muy difícil reconocer (si no imposible) por parte de los gobiernos los errores cometidos en las dinámicas de guerra y punitivas en las que hemos transitado el último año. Políticamente es mucho más fácil seguir complejizando el fenómeno, seguir haciendo legislaciones de excepción para mantener la tensión a toda costa, que cambiar los abordajes para enfrentar al virus afinados con la evidencia científica, basados en el principio de proporcionalidad, centrados en la salud integral y abriendo espacios de participación social para un abordaje colectivo del covid-19.

Extremismo médico como sustituto de una respuesta científicamente fundamentada

En realidad, todo el recurso a los confinamientos y las limitaciones indiscriminadas de la vida social —la productiva la reanudaron pronto, vale hacerlo notar— se fundamenta en un extremismo sanitario que no tiene ninguna base científica y puede haber aumentado no solo de forma indirecta los daños a la salud —comenzando por la epidemia de salud mental que estamos empezando a vivir— sin que hayan disminuido de manera significativa los casos graves y mortales del covid-19. Más aún: pudo también aumentar directamente los contagios graves y mortales. Hipócrates afirmaba que “los remedios extremos se justifican ante enfermedades extremas”.

A día de hoy nadie puede defender que a nivel mundial —que es el ámbito en el que las medidas se han propuesto— estemos ante una enfermedad extrema: siendo muy generosos el aumento de mortalidad en el mundo habría sido del 2%. Sin embargo, las medidas adoptadas fueron —y en muchos lugares siguen siendo— extremas. Además, el recurso a medidas de semejante entidad debería estar ligado a la ausencia de conocimientos científicos que permitiera una actuación más dirigida y selectiva. En el covid-19 pronto la falta de conocimientos científicos dejó de ser una excusa creíble. El extremismo frente al covid-19 contrasta con el hecho de que no se adopten medidas suficientes frente a la muerte de miles de personas, sobre todo niños, por enfermedades tratables.

Todas la estrategia adoptada por la mayoría de los gobiernos se basan en ideas sin ningún fundamento científico como resume un tuit de David Thunder. Entre ellas destacan la defensa del no comprobado efecto protector de las mascarillas fuera de localizaciones y condiciones muy concretas (un dispositivo que incluso podría facilitar ciertos contagios), o la defensa de las restricciones estrictas a la vida social de personas independientemente de que padezcan o no síntomas. Este supone el peligro de subvalorar la mayor contagiosidad de los sintomáticos sobre todo en espacios de alto riesgo.

Insolvencia científica, «éxito» político y mediático

El «éxito» de los partidarios de los confinamientos y otras medidas restrictivas de derechos y de la vida social en hacer creíble y aceptable su estrategia, se funda en que la misma encaja perfectamente con el sentido común. Dos más dos son cuatro: si se reducen los contactos sociales se reducen necesariamente los contagios. A simple vista parece innegable. Pero, como sucede con tantísimas cosas, las realidades profundas de los fenómenos son más complejas de lo que parecen al sentido común, y muchas veces completamente contra-intuitivas. La fácil y rápida ecuación propia del sentido común —los contagios se reducirán en proporción a la reducción de los contactos— falla porque, en realidad, más que de la cantidad total de contactos, la transmisión viral depende del contexto en el que tienen lugar los mismos. Es más determinante la duración del contacto y la ventilación del lugar donde se produce, que cualquier medida de distanciamiento concreta o el uso de mascarilla.

Y el impacto mortal no depende tanto de la cantidad bruta de contagiados, sino de quiénes se contagian. Una vez que se pone esto sobre la mesa, el carácter aparentemente obvio de muchas medidas adoptadas se desploma. La probabilidad de contagio al aire libre es bajísima: sin embargo, hay muchos países —entre los que se encuentra España— en los que es obligatorio el uso de mascarilla incluso para circular por las calles. Los toques de queda o las restricciones de ciertas actividades a partir de determinada hora no solo son medidas ineficaces: son lisa y llanamente absurdas. ¿En cuánto pueden reducir la probabilidad de contagios?

Es más probable contagiarse en una oficina cerrada o en un taller atestado de trabajadores que en un bar —sobre todo si las mesas están al aire libre—; pero se cierran los segundos mientras permanecen en actividad los primeros. A excepción de los hospitales y las residencias de ancianos, los lugares en que se producen más contagios son los hogares, aunque se ha instalado la falsa idea de que en ellos estamos protegidos. Los contagios se producen entre personas conocidas que interactúan cotidianamente, aunque el discurso mediático nos lleve a ver el peligro en el paseante desconocido que nos cruzamos en la acera. Sin duda el hashtag #quedateencasa ha resultado ser erróneo y perverso especialmente si se atiende a la falta de información rigurosa que se ha ofrecido acerca de cómo atender y cuidar a las personas enfermas en las casas o a la importancia de ventilar los espacios —muchas personas durante los meses del confinamiento más duro no lo hacían por miedo a que el virus entrase por las ventanas— lo cual fue fuente de importantes contagios.

Las medidas adoptadas son duras para las personas, pero ineficientes para protegerlas, dan una falsa sensación de seguridad y hacen pensar que las autoridades hacen lo que deben. Pero es más cierto lo contrario.

La estrategia de los confinamientos también fracasa porque no es sostenible a largo plazo y porque no resulta suficiente para erradicar al virus. Son medidas que afectan más a la población que a la circulación viral. A largo plazo, allí donde el virus esté presente el umbral de la circulación comunitaria la cantidad de contagios y decesos variará poco sin protección selectiva, hagan lo que hagan las autoridades. Es una verdad difícil de tragar, y ello explica parte de la «locura colectiva» en que estamos inmersos. Pero la consecuencia de no aceptarla está produciendo daños irreparables e innecesarios.

Los confinamientos no han funcionado porque —como ya sugería la evidencia previa— no es viable bloquear la transmisión comunitaria de un virus respiratorio pasado cierto umbral relativamente bajo de circulación comunitaria. Para conseguirlo sería necesario un prolongado confinamiento TOTAL: cerrar todo, suspender todas las actividades (no sólo las consideradas con grados variables de arbitrariedad «no esenciales») por un periodo de tiempo prolongado (varios meses). Esto es lo que se hizo en China pero a una escala relativamente pequeña para las dimensiones y la población del país. El cierre total de Hubei fue posible porque no representaba más que el 4% de la población china total, que fue abastecida en sus propias casas por las fuerzas de seguridad enviadas desde otros sitios. Además, se procedió a llevar a cabo el aislamiento de casos y la cuarentena de positivos en establecimientos hoteleros, lo que eliminó una fuente de contagios numerosos y graves: la convivencia entre infectados y no infectados si recomendaciones claras.

Sin ese confinamiento absoluto y prolongado, cuando ya se ha producido una diseminación comunitaria amplia, el virus 'espera' la relajación y, por lo tanto, en el mejor de los casos sólo se pospondrían algunas muertes. Pero con un porcentaje importante de la población que no puede permanecer en su domicilio (si es que en verdad alguien puede hacerlo de manera saludable por un periodo tan largo de tiempo) —ya sea por actividades de aprovisionamiento básico, responsabilidades de cuidados, obligaciones laborales impostergables por estar clasificadas como esenciales u obligada a garantizar la mera superveniencia diaria en los sectores más precarizados— el virus permanece en circulación.

En los países 'desarrollados', los trabajadores de servicios esenciales representan alrededor de 30% del total de trabajadores: una suficiente masa crítica para mantener el virus en circulación. Esta es la causa por la que tantísimos estudios de carácter comparativo —entre estados diferentes pero también entre regiones diferentes de un mismo estado—, histórico —basados en el estudio de epidemias pasadas, como la de 1918—, experimentales —se han realizado algunos experimentos en relación a la covid-19, por ejemplo con marines— e incluso de prospección matemáticamente modelada concluyen que la reducción de contagios y decesos a largo plazo atribuibles a las medidas no farmacológicas son escasas o nulas.

Las medidas no farmacológicas podrían ser incluso sanitariamente contraproducentes —por la prolongación de la epidemia, la dificultad de proteger a la población vulnerable por lapsos tan prolongados y por la afectación negativa del sistema inmunológico de todas las personas producida por el estado de estrés, la tristeza, la falta de ejercicio, la carencia de sol, etc.—.En paralelo, las consecuencias negativas de las medidas no farmacológicas mayoritariamente adoptadas son tan ostensibles como graves en términos de la atención inadecuada de otras enfermedades, efectos físicos y psicológicos en la infancia y juventud confinada, cierre de empresas y comercios, aumento del paro, crecimiento de la pobreza, limitación de las libertades públicas, dinámicas de disciplinamiento social, etc.

Estas consecuencias son tan evidentes como para facilitar la credibilidad de todo tipo de teorías simplistas de lo que está sucediendo. Esta es la base de las creencias en la «plandemia», un plan previsto de antemano ya sea para reducir la población anciana, oprimir a la gente, ocultar la crisis capitalista, instaurar una dictadura, favorecer a la industria farmacológica o modificar en algún sentido el sistema social.

Un fenómeno de alcance planetario y ya tan prolongado en el tiempo difícilmente pueda ser explicado por una oscura conspiración. La explicación es sumamente compleja. Comprender y explicar la reacción ante la pandemia debe necesariamente incluir ciertas condiciones de posibilidad que se fueron gestando a nivel social, económico, sanitario y cultural a lo largo de décadas: entre ellas la obsesión por la salud y la seguridad en la cultura capitalista actual, la abrumadora hegemonía ideológica de las clases altas y medias en el universo contemporáneo, la pérdida de sentido histórico propia del sentido común posmoderno, el reduccionismo biologicista de la medicina mainstream, la consolidación de lógicas profundamente patriarcales y punitivas en el abordaje de los problemas sociales, etc. Sin ellas la patológica obsesión con un único problema sanitario de rango medio difícilmente hubiera tenido lugar. Pero una adecuada explicación debe estar atenta también a los desencadenantes, entre ellos la aparición de un virus desconocido entre las poblaciones humanas. Ni en las condiciones de posibilidad ni en los desencadenantes parece haber nada mínimamente relacionado con algo que pueda ser considerado una conspiración.

Pero una vez iniciado el proceso y desatada la locura social —sería ingenuo ignorarlo— ciertos sectores particularmente poderosos hallaron en la crisis una enorme ventana de oportunidades, y comenzaron a operar abierta o solapadamente para que el clima de temor no se desvaneciera. En primerísimo lugar, desde luego, el poderoso complejo farmacológico y las empresas tecnológicas, devenidas ya definitivamente el sector hegemónico de la acumulación de capitales. Habiéndose dado de bruces con la crisis, los grandes tiburones aprovecharon el estado de conmoción social para acelerar transformaciones políticas, económicas y culturales en su beneficio, y de carácter profundamente reaccionario. Todas las empresas de la economía virtual han visto en la pandemia una ocasión para inflar aún más sus beneficios.

¿Qué ha sido de la perspectiva de género? ¿Qué ha sido de la perspectiva de clase?

Si algo se ha reivindicado de manera clara desde los feminismos es que la neutralidad muchas veces es una falsa pretensión patriarcal. Algunos relatos con aspiraciones de neutralidad —e incluso de objetividad— solo encubren el lugar ideológico desde donde se analiza la realidad, y por ello no necesita ser justificado. Desde luego, las políticas de gestión de la covid-19 no son neutras. Independientemente de que a la cabeza de las decisiones hayan estado mujeres u hombres, las políticas desplegadas se han dado en el marco político y mental del patriarcado. Sin embargo, la ausencia de una reflexión profunda por parte de los feminismos sobre la forma en que ha sido abordada la pandemia y las medidas adoptadas, y, en consecuencia, de una acción o respuesta coordinada y organizada en la calle, ha sido la línea general.

Entre los temas más criticables desde esta perspectiva está la práctica del confinamiento. Lo primero que se debe decir es que aun habiéndose evidenciado por la genealogía de los encierros que el encierro privado, el del hogar, ha sido el primero de los encierros que han sufrido las mujeres, no ha habido capacidad de evidenciar esta cuestión tan básica en ningún espacio de reflexión feminista para criticar las medidas de confinamiento —estricto o light.

Si atendemos al abordaje transversal de los cuidados, también el desprecio de esta cuestión es muy preocupante. Y resulta más preocupante todavía, cuando observamos que el estado se erige como el único y validado cuidador de su ciudadanía en este contexto pandémico; y lo hace, además, sostenido por todo un aparataje militar, policial y jurídico que nos dice que nos cuida mediante el despliegue de una fuerte narrativa punitivista. Se podría incluso afirmar que las medidas adoptadas y/o recomendadas confrontan constantemente con los cuidados. Los feminismos vienen considerando como central para repensar un proyecto que verdaderamente ponga a la vida en el centro, la idea de que todos y todas somos interdependientes, todas y todos necesitamos ser cuidados y cuidar y la idea de que detrás de la represión no hay verdaderamente cuidados. Las personas necesitamos de bienes, servicios y cuidados para sobrevivir. Los cuidados son relacionales e interdependientes. Aquí es donde la escisión entre las recomendaciones de los gestores y burócratas de la pandemia y las necesidades de la vida es brutal.

Sería demasiado escandaloso para algunos proyectos políticos apelar continuamente a la institución familiar como paradigma del nuevo higienismo. Sin embargo, las campañas para el fomento de las medidas sanitarias muestran continuamente el núcleo de la familia tradicional: padre, madre y niños, como paradigma de lo «normal» y lo «correcto». Sin duda ha habido una vuelta al concepto de familia tradicional en este último año. En estas campañas esa familia representada es una familia muy concreta. Tres son las principales características: blanca, heteronormativa y de clase social media burguesa acomodada. En concreto, el confinamiento ha idealizado ese modelo concreto de familia, tirando al traste tantos esfuerzos (especialmente por los feminismos) en mostrar e interiorizar la diversidad, y de visibilizar otros modelos de convivencia alejados del modelo blanco-cis-hetero-patriarcal, así como la importancia de la mirada interseccional, fortaleciéndose claros elementos racistas y de clase.

De hecho menos dramático se presenta el panorama si aplicamos una perspectiva de clase. Los trabajadores precarizados y cuentapropistas o bien no pudieron confinarse, o bien sufrieron —y siguen sufriendo— un deterioro económico atroz. Y no hay que mirar sólo en derredor. En la India, por ejemplo, donde también se implementó un aislamiento social severo, las medidas adoptadas condenaron a millones de personas a la inanición. Literalmente. Cosas semejantes ocurrieron en Filipinas y en muchos Estados africanos. Por razones de espacio no podemos desarrollar aquí adecuadamente este aspecto fundamental. Digamos simplemente que pensamos que dio en la diana el epidemiólogo sueco Martin Killdorf cuando afirmó que «no hay razones científicas ni de salud pública para mantener las escuelas cerradas» y que estamos presenciando «el mayor asalto a las condiciones de vida de la clase obrera en décadas».

¡Y llegaron las vacunas!

La cuestión de la vacuna es sumamente compleja, pero hasta el momento, se pueden señalar algunos hechos irrefutables. Hay un primer hecho incontestable: hemos presenciado la búsqueda contra reloj de una vacuna salvadora. Y las vacunas han llegado, todas, desde grandes laboratorios privados (la Big Pharma es una de las mayores industrias a nivel mundial), y en prácticamente todo el mundo se han articulado agresivas campañas vacunales. Las vacunas han sido presentadas como la única tabla salvadora, pero dudamos de que vayan a acabar con el covid-19. Creemos antes bien que serán empleadas para proporcionar una coartada a nuestros gobiernos y servir de justificación a las políticas adoptadas. Suceda lo que sucediere, se dirá que las vacunas, y no la inmunidad natural, han domeñado a la pandemia.

Otra cuestión meridiana es que se ha abandonado la idea de la importancia del sistema inmunitario para enfrentar una enfermedad, aunque es cierto que precisamente entre los más vulnerables destacan los que sufren las peores consecuencias del virus, independientemente de contar o no con una vacuna. La inmunidad se puede alcanzar de forma natural por la propagación de la enfermedad en la comunidad en amplios sectores de bajo riesgo, de forma artificial por la administración de una vacuna eficaz, o por una combinación de ambas. Una combinación que, por ejemplo, reservara la vacuna para la población de riesgo.

Sin embargo, la primera idea de la noche a la mañana pasó a ser considerada aberrante. La premisa parece ser: que la inmunidad artificial por la administración de la vacuna es superior a la natural, cuando todos los datos apuntan en sentido contrario. Las vacunas disponibles parecen poseer una efectividad a corto plazo indiscutible, pero sus efectos secundarios son notables y afectan de manera muy llamativa a personas para las que padecer la enfermedad no supone un riesgo importante. Queda la incógnita de los efectos a largo plazo que no se han establecido. Tampoco se puede descartar que favorezcan el surgimiento de nuevas variantes que es ya uno de los problemas que afrontamos.

La tercera cuestión irrefutable es que existen dudas razonables e importantes para considerar que, aun en la actual situación de excepcionalidad por pandemia y de estados de alarma, excepción, toques de queda etc., declarados en prácticamente todos los países, con la legislación disponible no se puede imponer en toda la población mundial una vacunación obligatoria. Una medida sanitaria que impusiese la vacunación con carácter obligatorio constituiría una restricción de derechos fundamentales. Sin embargo, nuevamente, no parece que sea (al menos aparentemente) la senda que está guiando a las políticas de vacunación, sumando, nuevamente, un nuevo argumento a la desmesura y a las prácticas autoritarias.

Por lo demás, queda la incógnita de las consecuencias a medio y largo plazo de las vacunas —tanto de su eficacia como de su impacto en la salud de las personas— y de haber optado por una estrategia de vacunación masiva de toda la población.

Pensar al revés

¿Había alternativas a la gestión autoritaria de la pandemia? Desde luego. Hubo países que se concentraron en la detección de enfermos y el aislamiento selectivo de los mismos. Se trata de un virus de amplio espectro patológico. Si bien la gran mayoría de las personas infectadas no sufre síntomas o estos son leves, una minoría, entre los que predominan personas mayores y/o con enfermedades serias, padecen cuadros muy graves e incluso fatales —desencadenando el fallecimiento—, generalmente asociado a una insuficiencia respiratoria.

Sin embargo, se ha adoptado esta estrategia indiscriminada sin dar ni siquiera la posibilidad de plantear una discusión científica seria con quienes discrepan de la estrategia adoptada, una verdadera legión, que defendieron esas estrategias de protección selectiva comenzando por los prestigiosos firmantes de la declaración de Great Barrington. En prácticamente todo el mundo se optó por las medidas sobradamente conocidas: encierro masivo e indiferenciado de la población primero, seguido de fuertes restricciones y medidas dudosamente efectivas de todo tipo que continúan hasta hoy.

Y en todo esto ¿dónde ha quedado la izquierda? Aunque sería exagerado decir que las organizaciones de izquierdas apoyaron sin reservas la estrategia de supresión del virus y las cuarentenas masivas, lo cierto es que, en general, no se opusieron de manera frontal. Criticaron sus excesos o algunas facetas, pero no su naturaleza. El hábito tacticista de tratar de acompañar las demandas de las masas dejó al grueso de las organizaciones de izquierdas desarmadas, cuando lo imperioso era cuestionar el 'sentido común'. Por ello, se optó por lo que parecía la ‘vía más segura’, acompañando el gran miedo que había hecho presa de las masas a la espera de que la pandemia pasara y se pudiera volver a la política de siempre.

El hecho de que la izquierda radical haya sido en general presa del pánico al igual que la derecha, el centro y la izquierda reformista, asumiendo además la hipótesis de la eficacia y viabilidad del encierro, es un indicio de falta de autonomía e independencia de criterios. Que se haya descartado la posibilidad de proteger a la población vulnerable como cosa imposible, creyendo al mismo tiempo que sería posible proteger a toda la población, habla bastante a las claras de la pobreza intelectual franciscana y de la carencia de toda lógica en el debate público contemporáneo. Que la creencia en que la vacuna será la solución a la pandemia se haya impuesto con tan pocas críticas muestra la eficacia de la propaganda de los laboratorios, la expropiación de la salud por el capital y la escasa independencia de la izquierda en términos de política sanitaria. Que algunas fuerzas de izquierdas defiendan abiertamente la política de confinamiento resulta especialmente incomprensible por la falta de lectura de clase: entre otras, el cierre de escuelas afecta más a los pobres que a los ricos, y el encierro aumenta el desempleo, la miseria y las desigualdades.

Sin embargo, al cabo de más de un año, no se ha logrado instalar en el debate público de la mayoría de los países (ni siquiera en aquellos gobernados supuestamente por fuerzas progresistas) cuestiones tan básicas como la necesidad de un único sistema de salud que ofrezca a todas las personas las mismas oportunidades, o la condena popular a la medicina comercializada, o la necesidad del estrecho control público sobre la producción de medicamentos, o la relación ente la agricultura y la ganadería industriales y los saltos zoonóticos, o lo imperioso que resulta asumir que las residencias de ancianos constituyen un modelo fallido para afrontar los problemas de la vejez, y una fuente de lucro capitalista particularmente obscena. Si una crisis sanitaria, social y económica de la magnitud de la actual no ha logrado instalar a gran escala estos problemas y estas perspectivas, ello es, por cierto, un indicio de la hegemonía cultural y política de las fuerzas del capital. Pero puede ser también, en parte, consecuencia de errores políticos cometidos por las izquierdas.

«La verdad es revolucionaria», reza una vieja máxima atribuida normalmente a Antonio Gramsci. La máxima viene a significar que por cruda que sea, los revolucionarios deben apegarse a la verdad, sin edulcorarla y sin autoengañarse. Esto entraña en cierto modo un compromiso con el realismo. Pero entraña también algo mucho más profundo. Las clases dominantes siempre han dispuesto de medios de difusión inmensamente más poderosos que los que podrían disponer las clases explotadas. Si no hay una verdad objetiva, si todo es un relato, si todo son narraciones, entonces quienes dispongan del poder y la riqueza podrán imponer sus representaciones, sus intereses, sus visiones. Sólo si hay relatos verdaderos y relatos falsos en algún sentido significativo es posible la impugnación de las ideologías de las clases dominantes. Si no hay verdad, si todo es uniformemente ideología, entonces es imposible, o totalmente improbable, que no se impongan socialmente los intereses, las creencias y las representaciones de las clases explotadoras y de los grupos favorecidos. La pandemia del coronavirus ha sido un gran episodio de posverdad.

Pero no nos desanimemos. Los anhelos de libertad y los sueños de emancipación son inextinguibles. Comprender lo que sucede, por duro que sea, es una tarea imprescindible para cambiar el mundo. Y este mundo hay que cambiarlo urgentemente.

EL SALTO DIARIO
7 mayo 2021

viernes, 26 de marzo de 2021

Orwell y la Guerra Fría

Por GEORGE WOODCOK

Fue la buena y la mala fortuna de George Orwell escribir y publicar Rebelión en la granja y 1984 cuando lo hizo, la primera en 1945, la segunda en 1949.

Llegado un tiempo en que las relaciones de los aliados de tiempos de guerra estaban cambiando rápidamente, y la URSS estaba siendo transformada de un aliado querido a un rival desconfiado en el balance del juego del poder de la posguerra, sus libros se hicieron inmediatamente populares. Parecieron dar una formidable munición para el fortalecimiento de la propaganda de la «guerra fría».

Especialmente los americanos, que no sabían nada de la afiliación radical de Orwell, supusieron que era un «guerrero frío» y un antisocialista. Tuvo que escribir cartas indignadas desde su lecho de muerte para corregir esa impresión. Pero aún ahora los conservadores americanos lo reclaman como uno de los suyos. Norman Podhoretz, el derechista editor de Commentary, declaró recientemente que si Orwell hubiera vivido hasta 1984 habría sido un radical convertido en Tory, como el propio Podhoretz.

No gustándome especular sobre lo que pudo haber sido, me limitaré a mostrar por qué, mientras estuvo vivo, Orwell no era ciertamente un guerrero frío. Y que él era un conservador sólo en el sentido que la mayoría de los anarquistas comparten, el de estar horrorizados por los usos hechos de los progresos tecnológicos modernos en un mundo capitalista, y el de desear encontrar modos de preservar los factores sociales positivos que hemos heredado del pasado.

Eso, por supuesto, no está muy lejos de donde estaban Proudhon y Kropotkin, ni de los anarquistas que han subrayado la continuidad del principio de ayuda mutua en la historia humana.

La Guerra Fría emergió parcialmente del odio capitalista hacia la URSS, el cual había sido parcialmente disminuido (o tal vez sólo disimulado) durante el periodo de alianza en la Segunda Guerra Mundial. Y salió parcialmente de las rivalidades territoriales entre EEUU y la URSS, las cuales se había desarrollado cuando el mundo se preparaba para estar libre en términos de esferas de influencia. 

El anticomunismo de Orwell precede mucho a la Guerra Fría y tiene diferentes fuentes. Viene de haber aprendido, por experiencia directa en España durante la Guerra Civil, las mismas lecciones que anarquistas como Goldman, Majno, Berkman y Volín aprendieron en Rusia en los años posteriores a 1917: que el comunismo, como fue concebido por Marx, institucionalizado por Lenin y estabilizado por Stalin, se había convertido en una tiranía despiadada.

Mientras correctamente recalcaba el elemento económico en los desarrollos políticos, Marx descuidó desastrosamente el elemento psicológico en las estructuras de poder. Al recomendar que el proletariado debería tomar el poder estatal de sus derrotados predecesores, puso las bases de una nueva tiranía, más eficiente que la vieja debido a que reclutó tecnócratas dentro de su aparato.

Antes de ir a España, Orwell, como muchos intelectuales británicos de su generación, era bastante cándido acerca del comunismo. Incluso fue donde Harry Pollit, el secretario general del Partido Comunista de la Gran Bretaña, a solicitarle ayuda para cruzar la frontera española. Cuando Orwell no aceptó comprometerse a unirse a las Brigadas Internacionales —controladas por los comunistas—, Pollit lo rechazó.

Orwell terminó en Barcelona como miembro de la milicia ligada al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, el cual contradecía su nombre al luchar contra los otros marxistas). Fue al soñoliento frente de Aragón con la milicia del POUM, pero aún entonces confiaba en los comunistas. Cuando descendió a Barcelona con licencia, en mayo de 1937, esperó trasladarse a las Brigadas Internacionales, que estaban combatiendo en el más activo frente de Madrid.

Pero sus puntos de vista y su vida fueron cambiados completamente cuando, con los otros milicianos del POUM, se encontró a sí mismo combatiendo al lado de los anarquistas contra los comunistas. Una guerra civil más pequeña estalló en Barcelona cuando los comunistas trataron de apoderarse de la central telefónica defendida por los anarquistas como un preludio para tomar la ciudad. El incidente empezó a abrir los ojos de Orwell acerca de los comunistas. Cuando su propio partido, el POUM, había hecho de chivo expiatorio por los recientes problemas y sus miembros fueron cazados y puestos en prisiones provistas de personal por la policía secreta rusa, no tuvo que darse la vuelta por Barcelona, perseguido por los comunistas, y huyó a través de la frontera hacia Francia.

Cando Orwell regresó a Inglaterra, trató de expresar en la prensa de izquierda el modo en que los comunistas estaban intentando ganar el control de la parte leal (a la República) de España y de destruir no sólo al POUM, sino también a los anarquistas, debido a que éstos tomaron la actitud (que Orwell compartía) de que la Guerra Civil solamente sería ganada convirtiéndola en una muy radical revolución socialista. Los comunistas, dominados por las necesidades políticas extranjeras de los rusos, estaban tomando una posición reformista, la cual esperaban que gustara a Francia y a Gran Bretaña y los indujera a concluir una alianza militar con la Unión Soviética.

Orwell encontró que la prensa izquierdista británica estaba completamente dominada por simpatizantes de los comunistas, excepto el periódico New Leader y los pequeños periódicos anarquistas. Escribió su magnífico informe de experiencias en España, Homenaje a Cataluña, y tuvo dificultad en imprimirlo en 1938. Fue tan boicoteado por la izquierda autoritaria que la primera edición de 1.500 ejemplares aún no estaba vendida cuando Orwell murió doce años después.

Aunque Orwell su posición antiguerrera en 1939 y apoyó la participación británica en la Segunda Guerra Mundial, tenía bastantes reservas acerca de muchas cuestiones. Nunca aceptó la idea de que, convirtiéndose en aliados después de que Hitler atacó Rusia, los líderes comunistas se habían trasformado por un milagro en menos tiránicos. Trabajó por algún tiempo en la BBC, donde llegué a conocerlo. Aún entonces, aunque él tenía que mantener una discreción pública bastante intranquila debido a su posición semioficial, privadamente no dejaba dudas acerca de su continúa oposición al comunismo estalinista, al cual entonces consideraba como un totalitarismo no menos sediento de sangre y no menos repulsivo que el nazismo.

En 1943 dejó la BBC y se convirtió en editor literario del diario socialista de izquierda Tribune (cuyas páginas abrió a una amplia variedad de opiniones izquierdistas y pacifistas) y empezó a escribir Rebelión en la granja. Sus dificultades para publicar ese libro fueron tan grandes como las que tuvo para que viera luz Homenaje a Cataluña. Su propio editor, el correoso Victor Gollance, se había convertido en simpatizante de los comunistas, y no sólo se negó a ocuparse del libro sino que habló a otros editores para indisponerlos en contra de aquel original, como lo supe por Herbert Read.

Algunos otros editores, aunque no simpatizaban con los comunistas pensaban que podría ser antipatriótico editar un libro atacando a la URSS, que era todavía un aliado. Algunos editores de la extrema derecha podían haberlo aceptado, pero Orwell instruyó a su representante para que no negociara con ellos. Él quería que se entendiera que Rebelión en la granja era una exposición de los males del comunismo ruso escrita desde el seno mismo de la izquierda.

En algún momento pensó en publicarlo él mismo como un panfleto de dos chelines y divulgarlo en círculos izquierdistas, y una vez me sondeó acerca de la posibilidad de que se publicara por Freedom Press, la editorial anarquista de Londres, de lo que me encargué, pero desafortunadamente no se realizó la edición, por este medio. Cuando encontró un editor, fue uno con credenciales impecables de izquierdista, pero no comunista, Fred Werberg, que había editado Homenaje a Cataluña y algunos otros libros de crítica al comunismo desde un punto de vista izquierdista. 

Werberg se consolidó como editor y Orwell se convirtió de un pobre a un rico escritor con el cambio en el clima político entre los EEUU y la URSS. Rebelión en la granja —libro que cerca de dos docenas de editores británicos y americanos habían rechazado un año antes— se convirtió en un 'best-seller' de la noche a la mañana. Su éxito comercial se coronó cuando fue escogido por el Club del Libro del Mes en los EEUU. Pero nada de esto afectó la actitud de Orwell. Él no cambió, como algunos suponen, de ser un humanista libertario (lo que él llamó un «socialista democrático») a un 'cripto-Tory'. Permaneció, como él mismo recomendaba a otros escritores, luchando en una «guerrilla inoportuna», peleando su propia batalla como un hombre decente contra aquellos que han traicionado la revolución. Como es lógico, la derecha lo cortejó, y cuando la duquesa de Atholl trató de hacerlo participar en la Liga por la Libertad de Europa —de orientación Tory—, él se negó. Criticó a la Liga porque atacaba el expansionismo ruso en la Europa oriental mientras ignoraba al imperialismo británico en la India, y añadió: «Pertenezco a la izquierda y debo trabajar en su seno por mucho que odie al imperialismo ruso y su venenosa influencia en este país.»

1984 es un libro mucho más ambivalente que Rebelión en la granja, y siempre ha permitido diversas interpretaciones según el lugar donde es leído. En los países comunistas, donde circula en ediciones clandestinas («samizdat»), es considerado como una sátira sobre la URSS y sus satélites, y efectivamente satirizar a los regímenes totalitarios existentes fue uno de los propósitos de Orwell; pero hay otro aspecto del libro que no es esencialmente antisoviético, y es el modo en que él quería que lo vieran los lectores de fuera de Rusia. Es una advertencia a Occidente de que dentro de su propia estructura política están contenidos aquellos deseos de poder y aquellas corrupciones de la comunicación que podrían conducir hacia una clase especial de totalitarismo. INGSOC, la doctrina dominante de Oceanía, era casera, no importada de Moscú y, al inventarla, Orwell estaba —en sus propias palabras— ofreciendo «una muestra de las perversiones hacia las que está sujeta una economía centralizada y las cuales ya han sido parcialmente realizadas en el comunismo y en el fascismo». Continúa, en la famosa carta que escribió desde su lecho de muerte a Francis A. Henson, de la UAW: «La escena del libro es puesta en Gran Bretaña a fin de enfatizar que las razas de habla inglesa no son innatamente mejores que ninguna otra y que el totalitarismo, si no es combatido, podría triunfar en cualquier otra parte.»

Orwell nunca les dio la bienvenida a los intentos de los conservadores americanos —más que sus contrapartes británicos— para atraerlo dentro de sus filas. El hecho de que 1984 apareciera cuando lo hizo y que fuera tomado por mucha gente como buena propaganda para la «guerra fría» no significa que el miso Orwell se hubiera convertido en «guerrero frío».

Los riesgos políticos que él delineó en 1984 no estaban, desde su punto de vista, confinados a Rusia; existían, más disimulados pero tal vez por esa razón más insidiosos, también en las así llamadas «democracias». Todo lo que ha sucedido en los pasados 30 años ha tendido a corroborar sus advertencias.

La idea más importante de 1984, que él compartía con los anarquistas, la de que el deseo de poder es más durable y más peligroso que todas las ideologías, ha sido confirmada con la decadencia de la ideología en Rusia y con el incremento en el número de regímenes en el mundo moderno que dependen completamente del poder desnudo.

Los conservadores americanos que imaginaban que Orwell podría haber estado de su lado deberían considerar la reciente denominación hecha por el presidente Reagan del misil MX como «el Pacificador». Eso, por supuesto, es puro «doble pensar» orveliano. Uno de los 'slogans' dominantes del estado total en su novela es «LA GUERRA ES LA PAZ» y el Ministerio de la Paz en Oceanía se encarga de hacer la guerra.

¿Piensa seriamente Podhoretz que Orwell, que llamaba hipócrita al hipócrita y al pan pan y al vino vino, se habría puesto a sí mismo en tal compañía?

TIERRA Y LIBERTAD -MÉXICO
Nº 455 / JULIO 1985

miércoles, 10 de marzo de 2021

Matar lobos

LOBOS

Ya que se me ha invitado a pronunciarme sobre la reciente polémica generada con la protección del lobo, creo que puedo decir algo por mi parte, como amante de la naturaleza y descendiente de pastores.

El lobo ibérico estuvo casi a punto de extinguirse hace medio siglo, en los años setenta sumaban menos de un millar y durante la década siguiente aumentó poco más del doble. Desde entonces, han pasado 30 años, y se estima el mismo número, sobre los dos mil y pico ejemplares. El hecho de que se haya dispersado no quiere decir que haya crecido demográficamente, padeciendo, a su vez, una gran mortalidad. Pero, aun así exageran su impacto sobre los intereses humanos.

Es verdad que el lobo mata para comer, no tiene otra forma de sustento, y mata lo que tiene más a mano o, mejor dicho, a pata. Son cazadores sociales que se permiten el lujo de poder matar presas mayores que ellos, la unión hace la fuerza. Si puede obtener presas silvestres, lo hacen, y, si no, carroñean. No habiendo otra forma de alimentarse, roban la carne al ser humano, matan ganado doméstico. Como todo carnívoro tienen que matar para comer y no morir de hambre.

Y ¿cuál es el ganado más accesible? El que está sin proteger a la intemperie, solo en los campos sin vigilancia. Durante siglos los pastores han estado con sus rebaños —el lobo teme al hombre— y con ellos acompañados de grandes perros guardianes, que consideraban al ganado parte de su manada y que defendían. A los recentales de los rebaños se les guardaban en los corrales y apriscos. Los pastores pasaban los días y las noches junto a los rebaños, era una vida dura, pero necesaria. Hoy, con las comodidades que tenemos, se ha olvidado, y se deja sin cuidados a muchos animales al raso, son cosificados como meros productores de carne y leche para los mercados, aunque peor lo tienen los de las granjas industriales, hacinados como objetos. El mundo rural está en crisis por culpa de estos mercados, sus pobladores llevan décadas abandonando el mundo rural para ganarse el sustento en las urbes. Pero, la culpa se la echan a la vida salvaje.

A quienes sus vidas dependen de la ganadería no les gusta, y con mucha razón, que sus animales sean atacados por el lobo, aunque les indemnicen las bajas, sufren las secuelas, y la Administración no cubre todo, por eso odian al lobo, es comprensible. Pero, las cosas no pueden ser así, hay que poner remedio. Y el mejor remedio es la prevención, prevenir ataques guardando sus rebaños, no hay otra opción. Vigilar los rebaños, hacer del pastor un trabajo digno de nuestros tiempos. Criar y educar perros mastines. Hacer cercas resistentes o electrificadas. Así se reducen los riesgos al mínimo. Para ello los poderes públicos deben mojarse, y no simplemente, indemnizar y matar lobos.

Matar lobos, significa destruir manadas, los supervivientes al no poder cazar ungulados silvestres, buscan presas fáciles, y ¿cuál es la presa más fácil? ¡El ganado doméstico! Animales que por culpa de la crianza selectiva que conllevó la domesticación han perdido sus capacidades o instintos de supervivencia. Y el lobo tiene que matar para comer. Matar lobos empuja a más ataques al ganado doméstico, esa es la cuestión. Reducir la población actual lobuna conlleva, también, incrementar herbívoros silvestres que comen campos agrícolas, es matar la solución. Cuestión que algunos mandatarios y gente del sector agropecuario no logran comprender. Matar lobos para las autoridades solo sirve para calmar los ánimos, es una solución inmediata, cortoplacista, que a la larga significa trasladar el problema.

Nuestros antepasados prehistóricos se sustentaban de la caza y la recolección. Cuando pasaron a ser sedentarios añadieron la agricultura y la ganadería, la caza era complementaria. Hoy día se caza por ocio y negocio, hoy día la caza es inmoral. Los cazadores poco pueden decir sobre el lobo. El lobo nació para ser libre y no un trofeo.

Y qué decir de los medios, que solo generan confusión, cuando por ley deberían dar información veraz, y no lo hacen. Menos derecho tienen para pronunciarse.

El lobo forma parte de nuestro patrimonio natural, toda gestión que desconoce el funcionamiento de nuestra Naturaleza es inútil y, lamentablemente, todavía nos queda mucho que aprender. Mandatarios, periodistas y mercaderes nada pueden decir.

Proteger el lobo, implica recuperar nuestro monte mediterráneo, con todos sus protagonistas vivientes. Todo ser vivo importa.

 VALLADOLOR
8 marzo 2021

sábado, 23 de enero de 2021

¡Muera la autoridad!

  Por RICARDO FLORES MAGÓN

Me explico que el burgués ponga el grito en el cielo cuando escucha este grito salvador: ¡muera la Autoridad! El burgués tiene razón, porque si desapareciera la Autoridad, en el mismo sepulcro caerían los privilegios del Capital para no levantarse más. La Autoridad es necesaria para perpetuar la desigualdad social, que garantiza al rico vivir en el ocio y condena al pobre al rudo trabajo y a la abyecta miseria. El burgués, pues, necesita que haya Autoridad, pues de lo contrario, tendría que tomar el arado, la garlopa o el martillo para ganarse su subsistencia y la de su familia.

Pero el pobre, ¿para qué necesita la Autoridad? La Autoridad nunca ha sido buena con él; la Autoridad ha sido para el desheredado la madrastra huraña, castigadora y malvada, castradora de voluntades. Todavía no sé qué en algún país del mundo haya sido la Autoridad el escudo o el ángel guardián de los pobres, y eso es así, porque no puede servir a dos amos al mismo tiempo: al rico y al pobre. La Autoridad fue instituida para cuidar los bienes materiales de la clase rica que se veían amenazados por los hambrientos.

Los que no tenemos un terrón donde reclinar la cabeza, no necesitamos la Autoridad. Por el contrario, la detestamos porque ella arrebata de nuestras filas a los más vigorosos de nuestros hermanos, para amontonarlos en los cuarteles y hacerlos empuñar las armas en favor de la burguesía, y en seguida nos cobra contribuciones para mantener esos soldados y todo ese enjambre de funcionarios grandes y chicos que forman lo que se llama: Gobierno.

Somos nosotros, los desheredados, los que no tenemos nada que nos roben, los que estamos obligados a pagar los gastos que origina el mantenimiento de la Autoridad, cuando lo justo sería que esos gastos fueran pagados por los beneficiados, que son los burgueses.

El soldado con el arma al brazo, el gendarme con el garrote en la mano, el rural con el sable desenvainado, ¿han servido alguna vez para proteger al débil? ¿Se ha dado el caso de que el soldado, el gendarme o el rural se hayan interpuesto entre el amo y el trabajador para evitar que el primero chupase el sudor del segundo? ¿Cuándo el pobre no puede pagar la renta del suelo o de la casa, han volado alguna vez en su auxilio el soldado, el gendarme o el rural para evitar el que sea puesto de patitas en la calle o el ser expulsado de la ingrata tierra que regó con su sudor? Y si indignados por la injusticia social que nos obliga a poner al servicio de los ricos la fuerza de nuestros músculos y la luz de nuestro cerebro, conspiramos y nos rebelamos, ¿se pone la Autoridad de nuestra parte, esto es, de parte de los débiles, de las víctimas de la voracidad capitalista? ¿No la vemos siempre con sus soldados, sus gendarmes y sus rurales repartir la muerte entre los pobres que se rebelan por un reparto más equitativo del pan?

Me explico que el burgués ponga el grito en el cielo cuando escucha este grito salvador: ¡muera la Autoridad! Pero no me explico que el pobre, el desarrapado, el trabajador se encabrite y eche espumarajos de rabia cuando se le da este amistoso consejo: no elijas autoridades; gobiérnate por ti mismo.

Ricardo Flores Magón detenido en EEUU.

Mirbeau dijo una gran verdad cuando exclamó:

 «De todos los animales, el más estúpido es el hombre, porque al menos los animales no eligen al carnicero que ha de degollarlos.»

Y los hombres hasta nos matamos en favor de quien ha de pasarnos a cuchillo cuando esté en el poder. ¡Así somos de estúpidos!

Demos nuestra libertad, demos nuestra tranquilidad, demos nuestra sangre; pero no para elegir verdugos, sino para acabar con ellos, para acabar con los burgueses, para fundar la Sociedad Libre de todos para uno y uno para todos.

No elevemos al poder ni a Vázquez Gómez ni a nadie. Seamos tan dignos como los animales que no eligen al carnicero que ha de degollarlos. Tomemos la tierra, la maquinaria de producción, los medios de transportación, las casas y las provisiones; concertémonos fraternalmente para la producción y el consumo en común y levantemos la frente, mexicanos, orgullosos de haber sabido resolver el Problema Social.

REGENERACIÓN
(23 de marzo de 1912)

sábado, 16 de enero de 2021

¿Qué pasó con la revolución mundial?

Londres, 1º Mayo de 1908.

Por EDUARDO ROTHE

No es que vivamos en paz: por todos lados hay terrorismo y violencia en este tiempo de guerras y revoluciones, por todos lados se protesta y se reivindica: contra el imperialismo, contra el racismo y el patriarcado, por la diversidad sexual y los derechos de los animales y la naturaleza. Verdaderas y falsas revoluciones, para todos los gustos y colores. Pero la Buena y Vieja causa de la Revolución Mundial brilla por su ausencia.

Y no es porque no se la nombre, bajo el eufemismo de «cambio de sistema», en estos tiempos cuando volvemos a escuchar La Internacional y la Bella Ciao en muchos lados.

Es que simplemente la organización internacional con fines políticos de los trabajadores, de los proletarios (aquellos que no son dueños de su vida y lo saben) no le llega ni a los talones a aquellos encuentros de Londres en 1864 para fundar la Primera Internacional, cuando (dice Google) «sindicalistas ingleses, anarquistas, socialistas franceses e italianos republicanos» se reunieron en Londres. «Sus fines eran la organización política del proletariado en Europa y el resto del mundo, así como un foro para examinar problemas en común y proponer líneas de acción».

O, si a ver vamos, el Congreso de Bakú (Congreso de todos los pueblos del Este) de 1920 celebrado en Azerbaiyán y convocado con pocos meses de anticipación, que contó con la asistencia de 1.900 delegados venidos de varios continentes y representantes de más de 20 entidades étnicas del Medio y Lejano Oriente. Solo los rusos llegaron en tren, a través de un país azotado por la guerra civil y el cólera (que le costó la vida al periodista John Reed) y los demás en carreta, a lomo de caballo, camello o burro, y algunos ni llegaron, fusilados o bombardeados en el camino por los ingleses que veían su imperio amenazado.

Hoy con automóviles, aviones, trenes, teléfonos móviles, Internet, con medios de comunicación que informan en tiempo real (aunque en versión falsificada) lo que pasa en el mundo, la izquierda radical y los movimientos sociales, siguen encerrados dentro de las fronteras de sus países, con algunas débiles excepciones de solidaridad continental, especialmente en América Latina…

En Europa, a pesar de su unión económica, los trabajadores reivindican a nivel nacional y no parecen interesarse por la suerte de los trabajadores menos beneficiados de otras tierras. Movimientos como 'Occupy Wall Street', el 15-M español y los Chalecos Amarillos franceses nacen, crecen y se diluyen sin pena ni gloria en su propio terreno, ignorando aquello de que la revolución, como el fuego, si no se extiende se apaga. Y la eterna ausente sigue siendo la otrora famosa y anhelada Revolución Mundial.

Ahora bien, la historia tiene sus astucias y el viejo topo revolucionario socava en silencio las bases de este mundo, para aflorar donde, cuando y como menos se lo espera. Puede ser que esté sucediendo lo de aquel personaje de Hemingway quien, al preguntarle cómo había quebrado su negocio, dijo «primero poco a poco y después de golpe». ¿Será la atomización actual de tantas luchas periféricas el «poco a poco» que oculta la lucha final? Nada escapa al análisis salvo la capacidad de análisis y si la cabeza va más rápido el corazón va más lejos, por lo que a veces los poetas dejan atrás a la ciencia de la historia. Federico García Lorca advertía, en el Poeta en Nueva York:

Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,

que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,

que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.

¡Ay, Wall Street!

¿Será que nosotros, humanos de poca fe, desesperados porque las condiciones objetivas están maduras y se pudren en la barbarie, no logramos ver que las condiciones subjetivas están a punto de florecer?

O, para decirlo con otro poeta, el Chino Valera Mora, «El socialismo no existe, pero de que vuela, vuela.» No es una cuestión académica: a la humanidad le va la vida en ello.

Se aceptan apuestas.

TELESUR
12 enero 2021

martes, 24 de noviembre de 2020

El Mono nacionalista

Por ISABEL ESCUDERO

La reciente ola de nacionalismos de todos los signos: «blandos», «duros», durísimos, y hasta sangrientos, que invade, sobre todo, el llamado Primer Mundo (y el ya desaparecido por asimilación: Segundo Mundo) donde rigen, o están en trance de regir, las formas de Gobierno más progresadas: las democracias, nos llevaría en una primera visión, a propósito superficial, a considerar el fenómeno también común y bien evidente en todas ellas. A saber: la creciente uniformidad, tanto pública y política, de todos los Estados, como la uniformidad privada y particular de los ciudadanos de todas las Naciones. Costumbres, usos y consumos, formas de vida y de producción, tanto laborales como artísticas, tienden a una identificación casi perfecta. Parece que se camina de modo imparable hacia una gran Mímesis, no sólo socioeconómica y política, sino también hacia una especie de Cultura general que se decanta por los mismos gustos, las mismas necesidades, los mismos valores, los mismos horarios, los mismos deseos…

Pero junto a esta suerte de Estado general de supracultura transnacional, surge simultáneamente, y como movido por el mismo resorte, el otro fenómeno sorprendente: la urgencia de Nacionalismos cada vez más pretenciosos. Estos dos fenómenos parecen retroalimentarse entre sí. Ambos se refuerzan y complementan: a mayor uniformidad política y privada (entre las Naciones y entre «cada quisque» de cualquier parte) mayor necesidad de afirmación de la diferencia, tanto por una exacerbada identidad nacionalista como por la creencia desmedida en la personalidad individual. Como si, efectivamente, el mismo mecanismo moviera la naturaleza de las Masas y sus Estados y la naturaleza de cada Individuo. (Recordamos en este punto las repetidas observaciones que sobre la identidad entre Masa e Individuo, nos señala García Calvo.)

Respecto a la identidad nacionalista se echará mano del elemento diferenciador más socorrido: el lenguaje (¡pobre lengua que no sabe nada!), que servirá de soporte simbólico para todos los manejos de consumación de la identidad patria, hasta situaciones ridículas como el aprendizaje acelerado por políticos de sus lenguas locales para los espiches electorales. Este efecto lingüístico da bastante juego e ilusión de verosimilitud entre las poblaciones para el sostenimiento populista (no confundirlo con popular) de los llamados nacionalismos «duros», como el vasco o el catalán. La cosa funciona así: cuanto más difícil es, en la práctica, distinguir a un catalán de un murciano, o a un vasco de un castellano (por ejemplo) (los mismos afanes, el mismo coche, la misma televisión —la misma con diferentes canales—, los mismos seguros, las mismas burocracias, los mismos valores en moral y en bolsa, etc.) tanto más obligada es la distinción simbólica de los particular, por el lenguaje o por lo que sea.

Cuando la lengua no colabora, se recurrirá a argumentos más superferolíticos, como casuales accidentes geográficos, como el exagerado caso (bien aleccionador por esperpéntico) allá por mi tierra extremeña de la escarpada aldea de Magacela, picacho inaccesible en medio de las llanuras de la Serena, que se proclamaba (con seriedad y sorna a la par) así en todas las peñas del camino: «¡Magacela independiente!», como si un nido de águilas no fuera, de por sí ya, más bien asunto de los cielos que del mundo de acá abajo.

Pues bien, a lo que íbamos: que ahora que inevitablemente vamos diluyéndonos y mezclando nuestras almas, todas del color del Dinero, en medio de los postreros estertores de Babel. Ahora que, todavía (¡últimas paradojas de lo humano!) todas esas oleadas de negros y japoneses siguen manteniendo apariencias diversas de pieles y ojos, (no se sabe por cuánto tiempo, aunque no mucho, desde luego). Ahora que imparablemente tendemos todos al color del Mono (a la vez nuestro primer Padre y nuestro último Hijo) ahora el Mono se hace nacionalista. Restos de mala conciencia y memorias históricas le equivocan una vez más —pero quizá lo propio del Mono sea equivocarse— y el pobre busca no sabe qué diferencia particular (en el Todo) en vez de saborear su indefinición, ese misterio que nos es a todos común y singular.

ARCHIPIÉLAGO

Nº 1 (verano 1988).

domingo, 6 de septiembre de 2020

Comunicado del grupo 'Amor y Rabia' sobre Bielorrusia

CONTRA LAS REVOLUCIONES ARTIFICIALES

Una vez más, la hipócrita propaganda 'democrática-liberal' de los medios de comunicación de la oligarquía occidental apoya protestas de la oposición de uno de los Estados del antiguo bloque soviético. El resultado de estas «revoluciones» ha sido el mismo en todos los países que las han sufrido desde la caída de la URSS: la implantación de regímenes autoritarios que aplastan toda protesta, la profundización de las políticas de corte neoliberal que benefician al sector de la oligarquía que impulsaba las protestas a costa de más pobreza y desigualdad social, una política exterior sumisa a los intereses de potencias extranjeras, y una política económica sumisa a los intereses de empresas multinacionales.

Esta vez le ha tocado a Bielorrusia, antaño la república europea más pobre de la URSS y más afectada por el desastre de Chernóbil, y hoy con un PIB que casi triplica el de Ucrania gracias a haber logrado mantener su independencia política y económica, evitando convertirse en un satélite de la oligarquía rusa. Mientras las repúblicas bálticas y Ucrania, las más ricas de la URSS, se transformaban en regímenes neoliberales de ideología ultraderechista aliados a EEUU y la OTAN que se dedicaron a desindustrializar sus países, en Bielorrusia la derrota a comienzo de la década de los 90 del gobierno nacionalista debido a la falta de apoyo popular hizo posible dar marcha atrás en la implantación del modelo neoliberal, permitiendo mantener buena parte de los beneficios sociales del modelo soviético. De esta forma, su población no cayó en la miseria ni tuvo que emigrar, y el gobierno siguió honrando la memoria de los partisanos, en lugar de homenajear a los colaboradores del nazismo, como pasa en el resto de Europa oriental.

El éxito económico y la política exterior independiente de Bielorrusia son lo que molesta, y no los derechos humanos, excusa usada sistemáticamente por Occidente para justificar su injerencia en los asuntos de otros países. Demasiadas veces hemos visto como en nombre de la democracia y los Derechos Humanos se ha bombardeado e invadido países, veremos como en nombre del medio ambiente y el planeta nos pueden imponer medidas económicas duras para pagar transiciones energéticas que beneficien a los principales responsables de la degradación de los ecosistemas. O ahora mismo en nombre de nuestra seguridad sanitaria se violen los derechos de libertad de expresión y de movimiento. Amparándose en causas nobles nos imponen otras injusticias y se valen de un discurso responsable para que las aceptemos. Que nos hablen de la defensa de los valores democráticos en Bielorrusia o Venezuela mientras apoyan a opositores de extrema derecha y golpistas les hace más despreciables.

Desde Amor y Rabia condenamos este nuevo Maidán organizado por Occidente, que en caso de triunfar provocará el hundimiento del nivel de vida de la población de Bielorrusia y dará lugar a la imposición desde el Estado de un modelo neoliberal combinado con la difusión de la ideología de un nacionalismo heredero de los colaboracionistas de los nazis. Y denunciamos la ceguera de la inmensa mayoría de la izquierda, movimiento libertario incluido, al apoyar sistemáticamente unas «revoluciones de colores» patrocinadas por Washington, que no son otra cosa que golpes de Estado al servicio de los intereses del Capital occidental.

«Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo.
Puedes engañar a algunos todo el tiempo.
Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.»

ABRAHAM LINCOLN

 

https://revistaamoryrabia.blogspot.com/2020/09/comunicado-contra-las-revoluciones.html