lunes, 18 de enero de 2016

¡Malditos nacionalismos!


Por MANUEL VICENT

Cuando muchos hemos nacido en una sociedad en la que se nos enseñaba desde nuestra más tierna infancia, cuando entrábamos a formar parte del sistema de enseñanza del Estado, donde prevalecía aquello del nacionalcatolicismo y del nacionalsindicalismo que preconizaba la patria común de todos los españoles en la que no se ponía nunca el sol, y en la que no se podía poner en cuestión aquello que nos decían los libros, por imposición, de los que habían vencido en una guerra civil que había acabado con la libertad de pensamiento y decisión.

Algunos habíamos nacido en familias que hablaban un idioma diferente del que nos enseñaban en el colegio y padecimos la represión de no poder hablarlo libremente en clase, al tiempo que nos enseñaban a reprimir la necesidad de poder expresarnos con nuestra lengua materna en las clases. Aprendíamos la lengua del imperio y cuando abandonábamos las paredes de la clase, jugábamos con nuestra lengua vernácula, hablábamos de nuestras cosas empleándola aunque era casi cosa de paletos para aquellos que formaban parte del aparato del régimen franquista.

Como muchas otras cosas, por más que intentaran impedirlas, nunca pudieron con ellas.

Ese planteamiento del nacionalismo español fue provocando un sentimiento a favor del aprendizaje y de la enseñanza de nuestra lengua vernácula y acabó consiguiendo lo contrario de lo que pretendía que no era otra cosa que la erradicación de las lenguas propias de los diferentes territorios en favor de la lengua «española», tal como la han llamado.

El error de llamar lengua española a la que se enseñaba de forma oficial en todos los colegios, alimentó el sentimiento de muchos, contrario a lo español, ya que al no ser consideradas sus lenguas como españolas, les excluía a ellos de ser españoles, ya que si su lengua no era española, ellos tampoco lo eran.

Este simple hecho fue bastante para que ese nacionalismo español que se intentaba imponer en las mentes de todos nosotros, nunca llegase a cuajar.

El nacionalismo español

Siempre se nos ha enseñado que todos los que vivíamos en España formábamos parte de una misma nación, hablábamos una misma lengua, teníamos una misma bandera, nos teníamos que emocionar con un mismo himno nacional y formábamos parte de una patria, una sola, que era grande y libre.

Ese ideario se hizo patente en la Constitución de 1978, cuando se dice en el artículo 2: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas».

En su Artículo 3 dice:

«1.- El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.

»2.- Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos».

Como podemos ver lo que se nos enseñó durante la dictadura acaba siendo aceptado y ensalzado por la Constitución y convirtiéndose en el ideario del nacionalismo español, si además añadimos la bandera, lo acabaremos de ver claro.

Si la pretensión era asegurar la indisoluble unidad de la nación española, se hubiera podido ser más demócrata y menos nacionalista. ¿Cómo se puede entender que en un país o una nación, donde conviven varias leguas, sólo una de ellas tenga la consideración de deber conocerse para todos los españoles? ¿No hubiera sido más integrador elevar el deber de conocimiento de todas las lenguas que configuran el Estado?

Siendo esto así, la realidad es que en estos momentos tiene una mayor consideración para todos los españoles el inglés o cualquier lengua externa que esté implantada en los estudios obligatorios que las propias lenguas del Estado.

Esto es lo que no facilita la aceptación de la nación española como la patria común e indivisible de todos los españoles y, por más que se imponga pasará lo mismo que pasaba con la dictadura, que no se puede aceptar una patria impuesta que no considera iguales a todos los españoles, tal como se dice en el artículo 1 de la Constitución: «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político».

No hay igualdad entre los españoles si una de las lenguas regionales se impone sobre las otras que, además, quedan relegadas a sus propias regiones.

Si además de esto se impone a las comunidades con lengua propia qué es lo que pueden hacer o no con ella, es cuando el rechazo a la patria indivisible se hace más patente.

Todo esto propicia el nacimiento de nacionalismos regionales que se sublevan contra las imposiciones del nacionalismo español, y generan sentimientos patrióticos propios, basados, como el español, en la invención de la tradición como proceso de ritualización y formalización de diferentes hechos o leyendas.

Cuando se enfrentan el nacionalismo con Estado propio y el que no tiene Estado, se puede producir una situación en la que el carente de Estado propio quiera obtenerlo y para segregarse puede utilizar diferentes métodos, uno de ellos puede ser una votación para ver si la mayoría de sus ciudadanos quieren separase o no del Estado al que están vinculados. Eso es lo que está pasando en España, los gobernantes catalanes pretenden tener Estado propio y quieren convocar un referéndum para conseguir la separación de España.

La contestación del nacionalismo español es que el artículo 2 de la Constitución lo hace imposible, ya que marca la indisolubilidad de la nación española y, además, el apartado 2 del artículo 1 dice: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».

Según los nacionalistas españoles esto impide que se puedan hacer referéndums que afecten a la integridad nacional en el que sólo puedan decidir una parte de los españoles y, además, atendiendo al principio de igualdad de los españoles, ese referéndum no se puede hacer exclusivo para esa Comunidad.

Defienden que la soberanía nacional reside en todos los españoles y que, sobre este tema, atendiendo al principio de igualdad entre todos, solo se pueden pronunciar todos los españoles.

Así llevamos varios años pero a los que tenemos la soberanía nadie nos pregunta, ni a todos los españoles, ni a unos cuantos: los catalanes. Es como si la soberanía nacional fuese, en exclusiva, de los españoles para votar a unos parlamentarios que tienen secuestrada la soberanía nacional como algo propio de ellos, marginando al resto de los ciudadanos.

Para ellos la modificación de la Constitución en un sentido que pueda favorecer la creación de nuevos Estados, fraccionando el propio, es imposible, no es deseable, la Constitución es inviolable en ese sentido.

Pero no se plantean lo mismo a la hora de modificar la Constitución, con nocturnidad y alevosía, en pleno verano. La reforma constitucional española de 2011 modificó el artículo 135 de la vigente Constitución estableciendo en el texto el concepto de «estabilidad presupuestaria» y que el pago de la deuda pública fuese lo primero a pagar frente a cualquier otro gasto del Estado en los presupuestos generales, sin enmienda o modificación posible. La entrada en vigor de parte del artículo se demora a 2020.

Todos sabían en quién recaía la soberanía nacional pero nadie pasó a referéndum de los españoles esta modificación constitucional que había sido exigida por la Unión Europea.

¿Por qué es modificable la Constitución para las imposiciones exteriores y no para las interiores?

Según Marianico Rajoy lo que más preocupa a los españoles en estos momentos, es «la defensa de la unidad de España, la soberanía nacional, la igualdad de los españoles, el papel de España en la UE, la consolidación de la recuperación económica y la lucha contra el terrorismo».

Si todo esto que nos plantea el señor Rajoy como preocupante y esencial para los españoles es así, ¿por qué dejan que los mercados financieros, el FMI, el Banco Mundial nos marquen las políticas económicas que hemos de seguir? ¿Por qué dejan que algunos españoles, en los que reside la soberanía y somos todos iguales, puedan ser despojados de su trabajo, su casa, sus recursos, su sanidad, su educación por los intereses de un sistema económico que quiere garantizar el superbienestar de unos pocos? ¿Por qué renuncian a la libertad de su Estado, a la capacidad de legislar sin injerencias exteriores? ¿Por qué se pliegan a las exigencias de las grandes corporaciones multinacionales, sacándoles de sus apuros, pagando sus deudas y cargando estas sobre las espaldas de todos los españoles al convertirlas en deuda pública, cuando son deudas privadas de esas empresas? ¿Por qué no hacen lo mismo con la deuda de todos los españoles que las tienen con los bancos y les dejan caer sin remedio en la más absoluta de las miserias? ¿Por qué venden los bienes y servicios de esa patria, que tanto defienden, a los intereses económicos privados, en muchos casos extranjeros o multinacionales, para que los exploten y nos los hagan inalcanzables? ¿Por qué defienden una globalización económica mundial neoliberal, cuya única pretensión es acabar con las economías locales, nacionales y, al mismo tiempo, con ese Estado que es inviolable para ustedes?

Los nacionalismos sin Estado propio

Su pretensión es conseguir un Estado propio y para ello necesitan, una lengua, una bandera, un himno y un territorio sobre el que ejercer el poder.

En definitiva es lo mismo que nos han enseñado los Estados-Nación ya existentes.

Si nos centramos en lo que está pasando en Cataluña podremos ver que las diferencias ideológicas, entre unos y otros, no son tales.

En Cataluña los miembros de la extinta Convergencia i Unió son defensores de la misma economía neoliberal, no quieren formar parte del Estado español y quieren crear un Estado propio que con las políticas neoliberales y de la Unión Europea no tiene ningún sentido.

En Cataluña durante sus etapas de gobierno han puesto en marcha las mismas políticas que nos llevan a realizar las preguntas que acabamos de realizar para el Estado español.

La única problemática actual para ellos y para los que se les coaligan, agrupan o apoyan es la de tener un Estado «independiente».

¿Independiente de quién? ¿De España? ¿De la economía? ¿De las Unión Europea? ¿De la globalización económica mundial? ¿De las corporaciones multinacionales? ¿De los bancos?

Para unos de los que apoyan el proceso de segregación, tener un Estado y una república catalana es algo imprescindible, por encima del bienestar del pueblo, ya que no cuestionan el actual sistema mundial, mientras ellos tengan su pequeño feudo de poder.

Para otros que son antisistema y anticapitalistas les provoca un grave problema decidir qué es antes, la independencia o la economía, les crea verdaderos problemas saber si deben elevar a la Presidencia de una república catalana a quién ha fomentado la corrupción y la expropiación de ese pueblo que «defienden» para tener un Estado propio.

La verdad es que es bastante contradictorio ser antisistema y participar en el sistema electoral promovido por la democracia liberal española o catalana. Si uno es antisistema debe serlo negándose a participar en el mismo, si participa deja de ser antisistema y se convierte en un instrumento más del sistema para mantener engañada a la población.

A estos antisistema se les ha llamado herederos de la tradición anarquista catalana, una gran mentira que está siendo difundida por los medios de comunicación social del nacionalismo español para cuestionar la credibilidad de los independentistas catalanes. Es una gran mentira, llena de falsedades, ya que si fueran anarquistas nunca se hubiesen presentado a unas elecciones, ni se prestarían a mantener el sistema político liberal imperante. El anarquismo no juega a todo eso, su pretensión es acabar con los Estados y con el poder.

Los medios de comunicación, cuando ven un atisbo de democracia diferente al que están acostumbrados, dentro de las formaciones políticas, no saben cómo calificarlo y, como los anarquistas siempre han defendido las asambleas como órganos de decisión de la población, cuando ven una decisión que se toma de forma asamblearia la convierten en anarquismo. Eso, señores, es falsificar la historia, es mentir y es tener engañada y desinformada a esa población a la que dirigen sus comentarios.

En definitiva, para todos ellos la independencia es la solución a todos los problemas que tiene la población de su zona de influencia, como si tener un poder propio les liberase de los poderes mundiales que son los que están dominando a todos los países del mundo.

No les falta razón cuando hablan del derecho a decidir como cada pueblo quiere organizarse, eso es deseable, pero no hablan que aunque puedan decidir sobre si seguir o no en un Estado como España, ello no les va a permitir organizarse como quieran ya que la soberanía de los Estados, en la actualidad, depende de lo que quieran hacer con ella las grandes corporaciones industriales, financieras y comerciales multinacionales; todas ellas han decidido, desde hace unos años, que los Estados-Nación no sirven para nada, no les sirven para sus propios intereses y hay que acabar con ellos de iure aunque no lo hagan de facto. Los Estados nacionales son una ilusión de independencia para que creamos que tenemos algún poder de decisión, son la niebla, el humo, que no nos deja ver el bosque.

Por la libre unión de los pueblos

Desde el anarquismo siempre se ha defendido la libre unión de las personas y los pueblos en una federación que desde la comuna o el municipio pueda llegar a ser universal.

El planteamiento del anarquismo parte de denostar el nacionalismo, sin calificarlo como de izquierdas o de derechas, ya que es una forma de separar y desunir a la humanidad. El nacionalismo es una creación, una invención de los poderosos, en un momento concreto de la historia de la humanidad, para controlar y dominar a la población.

Mantener a las personas unidas por mitos, por leyendas, por banderas, por himnos, por hablas comunes, por la riqueza de sus tierras; es un engaño que utilizan, para mantener sus posiciones dominantes, los ricos, los poderosos, los gobernantes...

Todos hemos sido testigos, en algún momento de nuestras vidas, de las guerras generadas por el virus nacionalista, inoculado por aquellos que pretenden dominar a otros o distinguirse de otros, con la excusa de ser peores que ellos, de ser inferiores o por no tener el mismo color de piel. Históricamente recordamos el nazismo como la más perversa especie de virus del nacionalismo racista y antihumano, pero no podemos obviar otros nacionalismos, propiciados y alentados por los intereses nacionales de sus vecinos, como fue la guerra de los Balcanes en los años 90 del siglo XX y las matanzas a las que dio lugar. Podríamos eternizarnos poniendo ejemplos pero creo que no es necesario.

El problema, en la actualidad, es que los grandes poderes económicos multinacionales, desde finales del siglo XX, han optado por una política económica de globalización mundial y necesitan tranquilidad para poder alcanzar sus objetivos de dominación total de la humanidad. Esta tranquilidad para poder expandir sus sistema la obtienen mediante medidas de distracción que en unas partes del planeta se presentan en forma de guerras por cambios de sistemas políticos; de guerras supuestamente religiosas; de guerras territoriales, etc.; en otras partes se plantean conflictos por conseguir nuevos Estados-Nación (nacionalismos); en muchos países se están planteando enfrentamientos de género; en otros se plantean enfrentamientos entre extranjeros y nacionales; en casi todos se plantean luchas por el trabajo ya que se ha convertido en algo escaso por el avance tecnológico, etc.

Todo esto trae como consecuencia: la inmigración de personas que quieren vivir en zonas donde puedan salir de la pobreza extrema a la que son sometidos; los refugiados que huyen de las guerras de exterminio que hay en sus países; las personas sin vivienda; las que no pueden pagar la atención sanitaria; los niños que no pueden comer diariamente; los que no pueden pagar sus estudios; los que no pueden calentarse en invierno; los que no pueden tener agua diariamente, etc.

Mientras tanto los grandes accionistas, los especuladores, cada día son más ricos.

Estamos siendo víctimas de la propaganda dirigida por esas empresas multinacionales que mediante la economía globalizada, la desregularización mercantil, están consiguiendo que los países, que los gobiernos, que los parlamentos no sirvan para nada ya que son ellos, a través organismos económicos mundiales (FMI, Banco Mundial), quienes controlan la legislación y las decisiones que han de tomarse en cada país.

En esta coyuntura hablar de la creación de nuevos Estados es marear la perdiz y evitar que los hombres y mujeres trabajadoras nos unamos para luchar contra los verdaderos poderes que nos están esclavizando. Si no somos capaces de rebelarnos contra la globalización económica que se nos ha impuesto, nunca podremos ser libres, ni tener poder de decisión, nos limitaremos a ser mercancía en manos de estas grandes corporaciones para ser utilizados a su antojo.

No es posible que seamos tan ingenuos y que sigamos creyendo que los Estados nacionales o supranacionales nos van a sacar de esta situación, ya que quienes participan en el sistema democrático impulsado por el neoliberalismo son cómplices, por acción o por inacción, de toda la desregularización que ha supuesto y que está suponiendo la globalización económica mundial.

Mientras los explotados del mundo no seamos capaces de unirnos contra los que nos explotan, tenemos la batalla perdida; para liberarnos no nos sirven nuevos Estados, nuevos gobiernos, nuevos partidos o nuevas religiones, ya que todos ellos son cómplices o títeres de esas grandes corporaciones.

Somos personas, miembros de la familia humana y nuestra patria es el mundo (la única en la que no se pone el sol), en estos momentos no hay otra patria, conocida, más grande, más rica, ni más poderosa. De nosotros depende que seamos capaces de hacerlo realidad y liberarnos del poder, el control y el asesinato programado, sean estos nacionales o supranacionales.

Por la anarquía…

Nº 330, enero 2016

jueves, 14 de enero de 2016

Comunicado de nuestro compañero Pablo Und Destruction sobre el conflicto con la Corporación Atresmedia


Reproducimos a continuación el comunicado que estamos difundiendo para dar a conocer la situación creada con la actitud mantenida por Atresmedia tras el uso ilegítimo de una canción de nuestro compañero Pablo Und Destruction:

Tras recibir una respuesta firme y por escrito de los servicios jurídicos de Atresmedia me veo obligado a retomar el conflicto con esta corporación por el uso indebido de mi música en la promoción de la serie «Merlí», que se emitirá en La Sexta.

Atresmedia se ha limitado a retirar mi música del anuncio y se niegan a dar explicaciones públicas y a remunerarme por el uso de mi obra, amparándose en un supuesto pago a AGEDI, organización de productores fonográficos y no de autores. Ellos consideran que con ese pago ya están legitimados para usar mi trabajo y no es así, ya que esa asociación no me representa y no defiende ni gestiona los derechos de autor, que son los que se han vulnerado en este caso.

Por otra parte la SGAE no ha sabido darme una respuesta clara y no me encuentro amparado por parte de la entidad de gestión que debería proteger a los autores y de la que formo parte como socio. Además, se da la particularidad de que la canción usurpada no está registrada en ésta ni en ninguna otra entidad de gestión. Por ese motivo esta canción no podría ser utilizada dentro de los complejos acuerdos marco que tiene la SGAE con las televisiones y deberían haber pedido mi consentimiento explícito.

Debido a todo esto retomaré una campaña pública que cuenta con el apoyo del sindicato CNT, única organización que actualmente está defendiendo mis derechos laborales, y que persigue un acuerdo extrajudicial con la corporación. De no ser así se actuará por la vía judicial y se llevará este conflicto hasta las últimas consecuencias con una intención que va mucho más allá del acuerdo económico con la corporación, lo que persigue es socializar el problema y dar visibilidad al tremendo caos y desprotección en el que nos encontramos los autores independientes en este país, donde muchas prácticas injustas y no sujetas a la legislación se mantienen por la costumbre y la desidia.

Pablo Und Destruction

El uso indebido de canciones, fotografías, vídeos, textos y demás recursos culturales y de la comunicación es cada vez más habitual por parte de las grandes empresas del sector que aprovechan la desprotección de los autores y trabajadores independientes para hacer caja a su costa. Desde CNT Gráficas, Comunicación y Espectáculos nos negamos a que se convierta en costumbre y no vamos a parar hasta que Atresmedia cambie su actitud y decida sentarse a hablar y llegar a un acuerdo.


domingo, 3 de enero de 2016

«La extrema derecha está robando la crítica a la izquierda radical»

PHILIPPE CORCUFF, SOCIÓLOGO,
MIEMBRO DE LA FEDERACIÓN ANARQUISTA

Tras los nuevos avances del Frente Nacional en las elecciones regionales de Francia, Philippe Corcuff aporta un enfoque histórico, sociológico y político sobre la extrema-derechización en marcha y sobre su relación con las crisis de las izquierdas.


Sobre los refugiados, igual que sobre otros temas que atraviesan a la sociedad, los intelectuales se mantienen en silencio. Usted habla de desintelectualización. ¿Qué quiere decir?

Los intelectuales están menos presentes en el paisaje político francés por varias razones. En primer lugar, a la izquierda dominante hoy le interesa más el showbusiness para sus tinglados electorales que los investigadores para sus reflexiones. En segundo lugar, los marcos ideológicos como el marxismo que ligaban a los intelectuales profesionales con el compromiso se han hundido. En tercer lugar, el mundo intelectual bajo el ángulo de la universidad y la investigación se ha vuelto más especializado. Está más al margen de una globalización de los problemas de la sociedad.

De acuerdo, pero el intelectual es un ciudadano de todos modos…

Para intervenir en la sociedad, es necesario tener una visión global. Hoy, el intelectual profesional aparece disperso como todo el mundo en microparcelas, las vistas de conjunto se borran, la acción política se segmenta o patina en una niebla cada vez más espesa.

Otra desaparecida, la izquierda de la izquierda, que, según usted, pierde todos sus puntos de referencia…

La izquierda radical no ha sabido suplir los fracasos neoliberales del Partido Socialista (PS). Peor aún, los atentados de Charlie Hebdo y del supermercado judío revelaron grandes confusiones. Algunos decían que había que ser laico señalando con el dedo sobre todo al islam. Otros respondían que la laicidad es un truco colonial que amenaza principalmente a los musulmanes. Algunos hacían primar la lucha contra el antisemitismo, otros contra la islamofobia y otros contra los fundamentalismos islamistas. Esas divisiones hicieron olvidar la brújula histórica de la izquierda emancipadora: la convergencia de los oprimidos. ¿Acaso es tan difícil ser laico y antirracista, combatir la islamofobia, el antisemitismo y los fundamentalismos islamistas? Con el embrollo de esos debates, la izquierda radical ha entrado en barrena. Grecia ha acelerado ese proceso. He visto en internet comparaciones delirantes entre la supuesta actitud de los «alemanes» en general hacia Grecia y Auschwitz. En definitiva, ¡una crecida de germanofobia con regustos negacionistas! Antes incluso de estos patinazos, estaba esa espera mitológica del «hombre providencial». Tsipras era casi un dios viviente y en algunos días se convirtió en un «cabrón». ¿Qué es esa izquierda que tiene esa necesidad de adorar a dioses humanos y de escupir sobre «traidores» en vez de implicarse en acciones emancipadoras? ¿Y no hemos comprendido finalmente que delegar nuestras esperanzas en profesionales de la política no tiene demasiado que ver con el proyecto democrático?

Usted ha hecho un libro sobre el retorno de los años 30, Les années 30 reviennent et la gauche est dans le brouillard («Los años 30 regresan y la izquierda está en medio de la niebla». ¿Ve a Europa volver a caer en el fascismo y en el nazismo?

Como en los años 30, la extrema derecha trae una solución nacionalista y xenófoba. Tras la crisis de 1929, también hubo dificultades sociales y problemas de refugiados. La construcción antisemita del «problema judío» se presentó como un derivado. Hoy, está la construcción del «problema musulmán», pero también del «problema gitano», y todavía se sigue con el «problema judío»… Pero no creo que se trate de la misma extrema derecha. Si Marine Le Pen llega al poder, los campos de exterminio son poco probables, pero sí son probables fuertes regresiones autoritarias y xenófobas.

De ahí a hacer una analogía…

Nuestros días y los años 30 no son idénticos, pero sí hay parecidos inquietantes. Hay actualmente una 'extrema-derechización' de las mentalidades, una atracción ideológica y política por los temas de la extrema derecha. Incluso si el Frente Nacional no llega nunca al poder, está ya en el centro de la política de partidos, del imaginario político y de las políticas públicas aplicadas tanto por la derecha como por la izquierda. Lo vemos en cuanto se trata de las prácticas musulmanas (velo, comedores escolares, etc.), de los rom (gitanos) o recientemente con los refugiados.

En los años 30, había una confrontación con una izquierda potente que ya no existe.

Hoy hay factores tranquilizadores y agravantes. ¿Tranquilizadores? Por ejemplo, la extrema derecha no está militarizada como ayer. Pero el principal factor agravante es el estado estructural de debilitamiento militante e intelectual de las izquierdas y del sindicalismo. Sin embargo, tras los disturbios fascistizantes de febrero de 1934, se creó el Frente Popular.

En los años 30, personajes como Jacques Doriot pasan de la izquierda a la extrema derecha, pero ahora todavía no ha ocurrido algo así…

Gentes como Philippot simpatizaron con la corriente de Jean-Pierre Chevènement antes de pasarse al Frente Nacional. Un economista que se definía como de izquierda y cercano a Jacques Sapir, Philippe Murer, es asesor de Marine Le Pen. En cuanto a Sapir, contemplando la posibilidad de una alianza con el Frente Nacional, es el paso más avanzado de las seducciones nacional-estatistas en el seno de la izquierda radical. De momento, tenemos algunos Doriot de opereta, pero…

En su libro aparece a menudo la expresión 'teorías de la conspiración'. ¿Los pensamientos conspiracionistas están de moda?

La crítica social clásica se ha apoyado en conceptos pensando estructuras sociales que encierran nuestras existencias como el capitalismo. Para Marx, el capitalismo no son los ricos malos que intentan robar el dinero de los pobres buenos. Es una fuerza impersonal que constriñe a todo el mundo. El capitalismo no es James Bond, sino más bien el entramado de Matrix. Esa crítica estructural del capitalismo se está perdiendo en el gran público. Hoy, se crítico para muchos es denunciar a individuos que manipulan en la sombra.

Si pensamos que el problema principal del capitalismo son algunos ricos o algunos periodistas que tiran de los hilos en la sombra, basta con desembarazarse de ellos para que todo marche. De este modo se ha desarrollado una crítica simplista. Incluso se ha convertido en uno de los principales canales de renacimiento de una extrema derecha ideológica; lo que llamo el neoconservadurismo xenófobo, sexista, homófobo y nacionalista, con dos polos, el islamófobo y negrófobo de Éric Zemmour y el antisemita de Alain Soral.

De todos modos sigue siendo una paradoja ver que hay muchas cosas en común, no por las mismas razones, entre el Frente de Izquierdas y lo que dice Marine Le Pen.

La extrema derecha está robando la crítica a la izquierda radical. Primero, a través de sus temas (la crítica del neoliberalismo, de la mundialización, de los bancos, de los medios, etc.), pero todavía más insidiosamente con la postura de lo «políticamente incorrecto». Ya no es el carácter demostrable factualmente de una crítica o su valor de justicia lo que determina su supuesta «verdad», sino que se haga contra lo, en teoría, «políticamente correcto». Basta con hacer provocación para creer que se está en lo cierto. Los apoyos emancipadores de la crítica se están deshilachando, y es por ello que algunos pueden creer que ser verdaderamente crítico es ser racista, ya que el antirracismo sería «políticamente correcto»…

Los dirigentes de la izquierda radical, a menudo convencidos de su inteligencia crítica, no parecen darse cuenta de ello. Y entre los simpatizantes de esa izquierda de la izquierda, la importancia que ha cobrado la crítica de lo “políticamente correcto” en lugar de la crítica social emancipadora, o la atracción de las explicaciones conspiracionistas, dejan abierto un camino a las captaciones por la extrema derecha.

¿Cómo analiza usted el éxito del Frente Nacional?

La subida del Frente Nacional tiene una de sus motivos principales en la competición entre dos maneras de representarse la sociedad. Lo que llamo la tendencia de la justicia social, basada en la producción y el reparto de los recursos, y la tendencia nacional-racial, el FN jugando a la ambigüedad entre el referente nacional y el referente étnico-racial. La tendencia nacional-racial empezó a crecer a primeros de los años 80 a costa del retroceso de la tendencia de la justicia social, principalmente por la descomposición del Partido Comunista, el retroceso de la CGT, la des-sindicalización y la deriva neoliberal del Partido Socialista. Por el contrario, durante las huelgas y manifestaciones de 1995, la tendencia de la justicia social retomó fuerza en detrimento de la nacional-racial. Desde entonces, el Frente Nacional mantiene un discurso nacional-social por el que la solución social pasa por la nación en una lectura xenófoba.

Usted piensa que la derechización del Partido Socialista es responsable del fuerte ascenso del Frente Nacional y, sin embargo, dice que responsabilizar únicamente al viraje social-liberal del Partido Socialista no es suficiente…

El abandono neoliberal de lo social por el Partido Socialista permitió el desarrollo de la tendencia nacional-racial. Pero hay otros factores, como el hundimiento de la corriente estalinista, que dejó un enorme espacio vacío. Al mismo tiempo, hay una responsabilidad moral importante del 'sarkozysmo'. Sarkozy se puso a la cabeza del embrollo ideológico contribuyendo a instalar de manera más duradera la atracción ideológica y política por la extrema derecha. En ese proceso de extrema-derechización, los gobernantes del Partido Socialista intentan seguir los pasos del 'sarkozysmo', que a su vez está siguiendo los pasos del Frente Nacional. Estamos más allá de la «social-liberalización», entramos en un contexto político en el que la extrema-derechización se ha convertido en uno de los puntos esenciales. Por otro lado, hay otra responsabilidad: la de las organizaciones políticas de la izquierda radical (Nuevo Partido Anticapitalista, Frente de Izquierda y Nouvelle Donne), incapaces de construir una alternativa desde 1995. ¡Han tenido 20 años, hemos tenido 20 años para hacerlo!

¿Tiene usted soluciones frente a este caos?

En un libro que sale este mes, Enjeux libertaires pour le XXIè siècle par un anarchiste néophyte («Desafíos libertarios para el siglo XXI por un anarquista neófito»), intento dibujar un anarquismo pragmático, dos palabras que a menudo no van juntas. No tengo soluciones en mano para proponer, pues es la gente la que debe construir individual y colectivamente sus soluciones. Desde una perspectiva democrática y libertaria, no puedo más que poner a disposición de la gente pistas metodológicas para ayudar a formular los problemas. ¿Algunas de esas pistas? Ampliar la cuestión social a todas las desigualdades y discriminaciones (de clase, de género, racistas, etc.), volver a poner de actualidad el doble objetivo de autogobierno de los individuos y autogobierno de los pueblos contra la profesionalización política, relanzar un internacionalismo desde abajo…

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*Post scriptum del 7 de diciembre de 2015: La primera vuelta de las elecciones regionales del 6 de diciembre de 2015 ha mostrado un nuevo avance del Frente Nacional. Lo que en octubre se analizó en esta entrevista con Siné Mensuel se ha prolongado con agravaciones en el contexto post-atentados del 13 de noviembre. En esta ocasión, la atracción por temas tratados al principio por la extrema derecha ha afectado todavía más claramente a la izquierda social-liberal que está en el Gobierno: retroceso de las libertades individuales y colectivas con el estado de emergencia, que se encuentra en vías de constitucionalización, y aumento de de los supuestos que permiten perder la nacionalidad, debilitando las lógicas más republicanas en materia de nacionalidad francesa. Más allá de eso, la concurrencia en torno a una cuestión securitaria etnicizada está cada vez más de moda entre la extrema derecha, la derecha 'sarkozysta' y la izquierda de Hollande y Valls.

El Partido Socialista no había alcanzado tal nivel de descomposición moral, de deriva política y de letargo intelectual desde la época en la que Guy Mollet presidía el Consejo durante la guerra colonial en Argelia. La izquierda radical de 1995, casi paralizada y en vías de automarginalización, aparece cada vez menos como una alternativa posible, dividida entre los que no se han enfrentado al estado de emergencia en la Asamblea Nacional y el Senado (votando a favor o absteniéndose en el caso de todos los diputados del Frente de Izquierda) y los que con un discurso hueco izquierdista patinan cada vez más con los sectores de la población a los que se dirigen (en particular, aquellos que anteponen valores multiculturales y que se expresaron especialmente en el movimiento «Je suis Charlie» y en lo que se ha conocido como la «generación Bataclan»).

En ese contexto post-atentados, la sospecha hacia los que son identificados como «musulmanes» ha crecido, lo que ha permitido más agresiones islamófobas aisladas y, en mayor medida, votos con justificaciones xenófobas. Sin embargo, la lógica ultrasecuritaria privilegiada por las cumbres del Estado ha hecho difícil el necesario desarrollo de una organización democrática contra las amenazas reales que vienen de los fundamentalismos islamistas. En una coyuntura tan peligrosa, movilizaciones ciudadanas, sociales, multiculturales, antirracistas, libertarias, internacionalistas, pragmáticas y convergentes son cada vez más necesarias.



 *  Entrevista aparecida en el nº 46 de octubre de Siné Mensuel y publicada online posteriormente, junto con el post scriptum, en Médiapart el 7 de diciembre de 2015.

 **  Traducción: Gladys Martínez López

viernes, 25 de diciembre de 2015

Por nuevas «identidades» no identitarias

 

Por ANDREA PAPI

Europa, es decir Occidente, está persiguiendo sus propios fantasmas. Occidente nace y toma forma en Europa, creando un tipo de cultura, una lógica de dominio y un modo de ser sociedad, que se han dilatado creando diversas vías y una millonada de aplicaciones, siempre dentro del mismo territorio. También América (particularmente Norteamérica) forma parte por derecho propio de Occidente. Históricamente es una derivación de Europa que, tras el descubrimiento de 1492, la colonizó, masacró a las poblaciones nativas y se apoderó de ella, separándose después de la «madre patria» de origen. También las actuales estructuras territoriales y situación política de África son fruto del colonialismo despiadado de Europa, que desde hace varios siglos considera normal imponerse como amo de una buena parte del mundo. Todavía, aunque de modo más atenuado, continúa considerándose como tal.

Sin embargo, hoy su antiguo imperio está declinando sin remedio; tanto es así que está mostrando signos manifiestos de cansancio y crisis. Su incapacidad para resistir y absorber a las masas de prófugos y migrantes que a oleadas comprimen sus fronteras, es el signo más evidente y dramático, con episodios trágicos, del declive de Occidente, de la decadencia de su credo, de su arrogancia milenaria, de su inquietud reducida a expresiones de un afán cada vez más patológico.

Un signo de los tiempos

Con frecuencia hemos leído y escuchado de todas las fuentes de información que millones de miserables, angustiados por las prevaricaciones inenarrables en sus países de origen, están llamando a las puertas de Europa. Aparecen como una incontrolable masa crítica, empujados por guerras, violencias y brutalidades, los seres queridos asesinados con métodos terriblemente crueles, hambre y miseria como condiciones imprescindibles. Su viaje de fuga hacia una ansiada salvación imaginaria es como horcas caudinas, donde despiadadas mafias de esclavistas y negreros contemporáneos les estupran, les torturan, les despojan de lo poco que poseen y, por tierra y por mar, los amontonan a la fuerza en medios de transporte en lo que a cada instante arriesgan la vida, constreñidos en condiciones donde prima la precariedad y la falta de higiene. Sus testimonios concuerdan: afrontan todo ese martirio porque si retornasen sería todavía peor. Estamos más allá de toda ferocidad imaginable, porque en tales «círculos infernales» actuales, efecto colateral de la modernidad occidental, no hay nada que envidiar a la trata de esclavos de dieciochesca memoria.

En este tsunami de seres humanos infelices que huyen de su tierra, tornada inhabitable por la desmesurada avidez de los amos asalvajados, veo algo más que la contingencia que empuja a esas personas a huir y emigrar, a aceptar incomodidades extremas y peligros porque en cualquier caso son siempre más aceptables que los del país que abandonan. Lo veo como un signo de los tiempos, que se propone como una ruptura capaz de derribar las barreras y los esquemas consolidados con los que Occidente había creído poder encerrarse en un recinto impenetrable, con la esperanza de que no pudiera agrietarse. Datos actualizados de las agencias de la ONU informan de un fenómeno planetario que supera ampliamente los 500 millones de personas migrantes en todo el mundo. Las razones, aparte de ser obviamente específicas de tanto en tanto, son en conjunto muy similares en todas partes: los sistemas de dominio están creando sistemáticamente mucha desesperación.

Detrás de todo esto existe un sueño rompedor de cambiar lugares y situaciones, de experimentar, de ponerse a prueba. La tecnología informática unida a la red global es capaz de informar velozmente sobre las condiciones existentes en cualquier rincón del planeta, desafiando al deseo y a la imaginación, empujando a emprender proyectos de vida. La tecnología contemporánea, continuamente actualizándose y perfeccionándose, ofrece muchas posibilidades de viaje, más allá de que estos desesperados de hecho empleen meses y años para trasladarse sin la certeza de que van a llegar, constreñidos como están por implacables mercaderes de esclavos. Nada impide que su imaginario individual enlace con la posibilidad de movimiento que les hace soñar, haciéndoles aceptar condiciones que en otras circunstancias serían inaceptables. Incluso sin los desastres de la guerra y del hambre que producen las oleadas humanas a que estamos asistiendo, estoy convencido de que de manera más débil se producirá una transmigración endémica constante, porque es la misma condición tecnológica y social que continuamente se produce para servir de estimulante y detonante para las constantes y continuas migraciones.

Pero el viejo mundo está oscilando

Desde el momento en que los sistemas de dominio vigentes, con su tarea especulativa antihumana, están determinando condiciones de masa humanamente inaceptables, el mundo en que vivimos es cada vez más inhabitable. Y por eso es una reacción justa y compartible la de los marginados que se están trasladando para intentar no sufrir la imposición de un destino tal. A pesar de todo, esta sacrosanta necesidad se enfrenta con las estructuras de poderes políticos obsoletos que todavía regulan la convivencia social. Es una especie de contraste involuntario entre el nivel de dominio y el del ejercicio de poder. Los sistemas de dominio, hegemonizados en primer lugar por la especulación financiera con sus oligarquías fluctuantes, que son universales y se mueven en un ámbito supraestatal, determinando condiciones extraterritoriales engobladoras y obligatorias. Incluso la economía productiva misma es cada vez más global y continuamente rebasa o viola las fronteras nacionales.

La cultura y la práctica de la gestión de los territorios son ahora, por el contrario, el emblema de los poderes nacionales y de las exclusividades territoriales. Afrontan el problema de los movimientos migratorios, que se están convirtiendo en parte constitutiva de la convivencia global, como si fuesen una complicación del control estatal para contener una invasión, con tensiones y dificultades de gestión cada vez mayores. El viejo mundo, que todavía impera con sus lógicas de control policial de los territorios, con sus visiones de pertenencia identitaria nacionalista y con su atávica voluntad de hegemonía jurisdiccional, está oscilando. Corre seriamente el riesgo de encontrarse desarticulado de las tendencias hegemónicas superestatatales que se enaltecen menospreciando y superando los lugares nativos, sobre todo determinadas tendencias por las que los pueblos están destinados a no tener más patrias, a desaparecer en cuento etnias o culturas distintas o separadas. Es un futuro mucho más cercano de lo que se puede suponer.

Para comprender cómo afrontar el problema de las migraciones en vez de sufrirlo, sería necesario proyectarse imaginativamente en una dimensión que ahora no tiene lugar, pero que muy probablemente está destinada a convertirse en una constante planetaria. En todos los campos en los que se mueve el hombre, las nuevas tendencias que surgen tienden a traspasar, si no a triturar, las fronteras políticas y nacionales, determinando una superación de hecho de esas barreras, de esas obligaciones, de esas visiones de las que la histórica expresión son los Estados políticos.

La enseña del mestizaje

Nosotros los anarquistas, únicos y legítimos herederos de la perspectiva simbolizada por el conocido «nuestra patria es el mundo entero», teóricamente tendremos a nuestra disposición todas las herramientas y el patrimonio cultural y de proyectos para proponer y experimentar cosas adecuadas. En cualquier caso, las dimensiones y el impacto disolvente de estos nuevos fenómenos migratorios nos encuentran sin preparar, no a la altura de los tiempos. El anarquismo tiene en su ADN el rechazo del concepto de frontera y de la lógica de los muros y de la segregación racial. Quisiéramos que la gente llegara a autogestionarse, no que sea absorbida y englobada, como está sucediendo con las «ayudas del Estado», cuando decide «acoger» a los nuevos expulsados. Nuestro punto de vista representa sin duda un horizonte valiosísimo para encontrar nuevas perspectivas y nuevas modalidades de agregación y convivencia.

Sería necesario determinar una tendencia que contuviera la posibilidad de dilatarse y enriquecerse recíprocamente, según la cual hombres y mujeres de toda especie pudieran moverse y encontrarse sin ser obligados, encapsulados, constreñidos o coaccionados de ninguna manera. El modo común y mutuo de relacionarse el uno con el otro a través de formas de autoeducación recíproca deberá ser el del intercambiar ideas, proyectos, modalidades organizativas, haciendo posible compartir los bienes, las emociones y la calidad de vida.

Con la enseña del mestizaje como nueva frontera debemos estar seriamente implicados en la búsqueda de nuevas y universales «identidades no más identitarias».

domingo, 20 de diciembre de 2015

CNT, las elecciones y la abstención activa


Por CNT

Las elecciones de este 20 de diciembre representan un momento importante en el proceso de movilizaciones que se inició en 2011. Por eso ha llegado la hora de que la izquierda en general adopte una sana dosis de realismo. Hay que poner los pies en la tierra y reconocer que no existe una vía fácil ni rápida a la transformación social que muchos buscamos. La evidencia histórica es abrumadora en este sentido: después de siglo y medio de experimentos y propuestas de todo cuño, ninguno de los muchos partidos que se han presentado a las elecciones con propuestas de cambio social (¡y mira que son!) ha logrado sus objetivos a través de las instituciones. Ni siquiera cuando han alcanzado el poder, han conseguido por sí solos (esto es, sin una fuerte movilización que les apoye en la calle) realizar ninguna de las modificaciones que se proponían de partida. Efectivamente, la historia demuestra que la vía institucional, la participación en elecciones y la ostentación de cargos, no son en absoluto formas de consolidar la capacidad política conseguida mediante la movilización y la participación, sino al contrario, la mejor manera de dilapidarla. Ejemplos hay muchos, desde el propio PSOE, que lleva desde 1879 causando vergüenza ajena, hasta el más reciente ejemplo de Syriza en Grecia. Ganar unas elecciones no es fácil, de por sí, pero incluso cuando se consigue, el camino a las transformaciones que se proponen sigue sin estar despejado.

No, no existe una vía rápida a la transformación social y, desde luego, ésta no pasa por las instituciones. Hay que ser realistas y reconocerlo así. Nunca han faltado propuestas de cambio de todo tipo, desde las simples llamadas a la regeneración democrática o contra la corrupción hasta planes para acabar con el capitalismo. Y sin embargo, se han visto incapaces, por sí mismas, de salir del anonimato político o de tener la fuerza suficiente para imponer estas modificaciones a un sistema que se resiste a toda alteración, aunque sólo sea por inercia social. A nivel global se puede comprobar que, cuando algún partido rupturista ha despuntado, lo ha hecho aupado por una extensa movilización en las calles o por lo menos gracias a un clima político participativo. Sólo cuando existe una potente fuerza externa al propio sistema electoral democrático, puede aparecer un actor social con capacidad de romper las dinámicas complacientes e inherentemente conservadoras del parlamentarismo. Los partidos políticos que surgen o medran al calor de las movilizaciones y las protestas son entes parasitarios que se nutren de esa fuerza. El panorama reciente en España es buena prueba de ello.

A partir de ese instante, la vía institucional, lejos de suponer una extensión de la capacidad política conseguida por la participación directa, es la manera más segura de desperdiciarla. Quienes aseguran, por ejemplo, que la movilización muere en sí misma y que es necesario encauzarla hacia las instituciones para que consiga cosas concretas, toman la parte por el todo. El primer logro de las movilizaciones es, a menudo, el cambio de paradigma político que les permite plantearse siquiera «asaltar los cielos». Después, este tipo de argumentos parte de la base de que conseguir representación parlamentaria o cargos municipales es un triunfo en sí mismo. Este juego de trileros hurta los logros de la participación política directa, mediante la movilización, y los sustituye por el espejismo de la presencia institucional, ensalzada como victoria, independientemente de su efectividad posterior. Pero a su vez, esta dinámica tiene el efecto perverso de erosionar la propia movilización de la que se nutre. Por eso los partidos rupturistas acaban perdiendo su base, al cabo del tiempo, una vez que entran en el juego parlamentario. Por un lado, el funcionamiento de la democracia electoralista les exige renunciar a sus propios fundamentos para llegar a un número mayor de votantes. Por otro, encauzan la fuerza transformadora de la movilización hacia el engranaje parlamentario: todo se supedita al esfuerzo electoral e institucional, con lo que se desinfla la participación y, a largo plazo, desaparece la base de apoyo que permitió al partido en cuestión romper la barrera de la representación. Es decir, mal que les pese a algunos, estas dos estrategias no son compatibles, porque la institucionalista acaba fagocitando a la de la participación directa.

Eso no quiere decir, desde luego, que apostar por la movilización sea un camino de rosas. No cabe duda de que la vía de la participación directa presenta enormes dificultades, que en buena medida no se han sabido resolver. Es cierto que entre salir a la calle a manifestarse, sin más, y constituir un sujeto político y social colectivo media un abismo, que a menudo ha sido infranqueable. Pero si acaso, esto debe ser un acicate más para dotarnos de herramientas teóricas y prácticas que nos permitan completar este proceso y aprovechar las enormes fuerzas que desata la movilización y la participación masiva. No se trata, en ningún caso, de mantener una movilización de forma indefinida, como alternativa al parlamentarismo, algo imposible a la par que fútil, sino de asentar las bases de la transformación social mediante la constitución de este sujeto político colectivo. Algo que sólo puede surgir en el seno de la movilización y que la agota, superándola, al ponerle un plazo limitado de realización. Eso sí es salir a ganar.

En cierto modo, es comprensible que muchos de quienes alientan estas luchas, frente a las enormes dificultades que plantea este proceso, se dejen cautivar por los cantos de sirena de los institucionalistas y su discurso prefabricado sobre las limitaciones de la participación directa. Pero teniendo en cuenta que, a juzgar por la experiencia histórica global, tampoco el electoralismo es garantía de nada, más nos valdría conservar la potencia de la movilización corriendo por sus propios cauces, antes que dirigirla hacia unas instituciones en las que se sabe de antemano que va a desparecer. No, tampoco la movilización es una vía rápida o sencilla hacia el cambio, pero por lo menos es la única que no aboca a un callejón sin salida.

Dejando aparte estos argumentos generales, estas elecciones son, como decíamos al principio, especialmente importantes en el contexto español, porque representan un punto de inflexión en la dinámica social. Al ser ésta la última votación en un ciclo electoral extenso que parece alargarse desde las europeas de 2014, va a ser el momento a partir del cual comprobaremos si se retoma la agitación social que habíamos vivido hasta entonces, o si por el contrario se ha cerrado el ciclo y nos esperan otras tres décadas de paz social. Independientemente del resultado que arrojen las urnas, algo hasta cierto punto indiferente, esta dicotomía va a ser la que de verdad va a definir el clima político de los próximos años. Evidentemente, que las dinámicas sociales se dirijan en un sentido u otro va a depender de muchos factores, ninguno de los cuales es controlable a priori. Pero por lo que a nosotros respecta, como CNT, podemos asegurar que nuestra apuesta sigue firme por la participación directa, por la construcción de una verdadera alternativa, basada en la autogestión, la acción directa y la reivindicación de nuestro estatuto de clase obrera combativa.

Por ello, os invitamos a tod@s a empezar 2016 ya en diciembre, como un año de reconstrucción de los movimientos sociales, de recuperación de todos los derechos que hemos perdido los trabajadores y las trabajadoras en estos últimos tiempos. Os invitamos a no votar a nadie en las elecciones y a participar, en cambio de todas las luchas reivindicativas, para recuperar ese gigante dormido que somos todas cuando salimos a la calle. El primer paso es, como acto consciente, ejercer la abstención activa. Por aquí sí empieza el cambio.

domingo, 6 de diciembre de 2015

1936, una experiencia que no se olvida

 

Portal OACA
3 diciembre 2015

El 19 de julio de 1936 ocurrió en España un acto muy significativo para la historia revolucionaria: el general Francisco Franco daba un golpe de Estado en España contra la República y como respuesta a ello el pueblo se subleva en media España deteniendo el golpe franquista. Comenzó la guerra civil, pero al mismo tiempo se libraba una revolución, haciendo posible lo que hasta ese entonces se consideraba una utopía.

Corría la década de 1930, y en el mundo ningún otro país como España representaba realmente un baluarte de la Revolución Social y del anarquismo. Había ocurrido ya la Revolución rusa de 1917, siendo aplastada la voluntad popular del pueblo ruso; Stalin era el amo y jefe de Rusia y del Partido Comunista.

En España la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y la FAI (Federación Anarquista Ibérica) ejercían su influencia sobre la gran mayoría del movimiento obrero revolucionario, en Barcelona esta mayoría era por demás evidente. Cuando Franco dio el golpe contra el Gobierno de la República (buscando reinstaurar la monarquía) en julio de 1936, esta última pretendía solucionar el conflicto de manera diplomática, al mismo tiempo que negaba las armas a los trabajadores, a quienes que temía más que al propio fascismo amenazante.

Las primeras horas del alzamiento franquista en Marruecos fueron de completa efervescencia en las calles de Barcelona: el pueblo se encontraba en las calles dispuesto a defenderse del agresor, pero sin las armas que el Gobierno negaba. Ocurrieron los primeros enfrentamientos con las fuerzas de seguridad del gobierno y lograron obtenerse las primeras armas. Inmediatamente militantes de la CNT y de la FAI comienzan a requisar camiones y carros particulares del gobierno y de los burgueses, en los que se pintaron con letras blancas las insignias que habrían de marcar esos primeros momentos: CNT-FAI.

El pueblo comprendió que los anarquistas se jugaban el todo por el todo y estallaron en ¡hurras! a ellos. Rápidamente el pueblo, organizado en milicias autónomas, se alzó con las pocas armas que tenía, derrotando en más de media España a los militares fascistas sublevados.

Es en las zonas y regiones liberadas donde había sido derrotado el fascismo, habiendo un vacío de poder y una fuerte influencia del movimiento anarquista, se dio paso a la posibilidad de hacer del ideal una práctica real: los trabajadores colectivizaron las empresas de los propietarios fascistas en fuga, se socializaron los medios de producción, los campesinos colectivizaron las tierras y los bienes de la Iglesia fueron confiscados por el pueblo. Las iglesias fueron incendiadas en infinidad de ocasiones y cuando toda imagen de Dios había sido sacada, se utilizaban como almacenes o escuelas laicas.


Sin embargo los gobiernos y las potencias democráticas del mundo no iban a quedarse con los brazos cruzados (irónicamente actuando en ese sentido, quedarse con los brazos cruzados): se creó el Comité de No Intervención, comedia qué pretendía hacer que nadie interviniera en el conflicto español; sin embargo, la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler ayudaban directamente a Franco. La URSS se mantuvo al margen hasta no ver los beneficios económicos y políticos que la desgracia española podía rendirle. Por medio de este Comité-burla se congelaron los fondos bancarios de España en todos los países y se negaron todos a suministrar armas al pueblo español. Se iba tranquilamente a presenciar el ataque de Franco (con ayuda de Italia y Alemania) a un pueblo al que se le negaba todo. La URSS se decide a intervenir en el conflicto vendiendo armas viejas de la guerra de Crimea al pueblo español, armas por las que se exigía las riendas de la guerra y preferencia en la distribución de las armas —en buena condición— al Partido Comunista de España. Poco después salieron para Rusia 500 toneladas de oro del Banco de España, que pudiendo haber servido para comprar armas o renovar la industria de guerra catalana que era deficiente, sin embargo ese oro sirvió para llenar las arcas de Stalin y con ello la contrarrevolución se hizo más fuerte.

Mientras se reconstituía el gobierno de la República, que supuestamente tenía por finalidad llevar a buen término la guerra, en Aragón se establecieron las colectividades a iniciativa de los campesinos, anarquistas en su mayoría. Pero llegados los miembros delegados de la URSS y los embajadores de la misma, se dan a la tarea de atacar las colectividades anarquistas, militarizar las milicias (que hasta ese momento no habían adoptado la disciplina de cuartel) y comenzando los asesinatos de muchos miembros del anarcosindicalismo. Cuando llega mayo de 1937 la situación en España venia ya a menos: el gobierno se hallaba ya en su gran mayoría en manos del Partido Comunista de España y de la URSS, para quien trabajaban. Las derrotas venían sucediéndose, y ya eliminadas las milicias, los conflictos internos se agudizaban. La censura gubernamental trabajaba a todo vapor, las chekas rusas mataban sin piedad a quienes se atrevieran a contradecir al PCE y a la República, esa misma República que hacía unos meses se había negado a dar armas a los trabajadores, esa misma República que trató de negociar con el fascismo para detener su avance, esa misma República y ese mismo PCE que ponían todos los obstáculos a las conquistas de los trabajadores.

En mayo de 1937 (el 3) ocurren los sucesos de Barcelona, en donde la policía trata de ocupar el edificio de la Telefónica desde donde los trabajadores intervenían las comunicaciones del gobierno y se enteraban de sus intenciones de matar la revolución. Las barricadas llenaron de pleno las calles de Barcelona y se trató de matar de una vez al enemigo contrarrevolucionario: el PCE-PSUC. Al final la lucha se detuvo, pero se reforzó el poder del gobierno de Valencia y a partir de aquí la revolución se encontraba más amenazada que nunca: se destruyeron las colectividades anarquistas en Aragón (11 de agosto) y se procedió a una cacería de brujas de los elementos anarquistas en todo el territorio antifascista. Se creó el SIM (15 de agosto), órgano que habría de servir de Santo Oficio a las fuerzas de la contrarrevolución del PCE.

Al año siguiente las derrotas del ejército antifascista continuaban, y en diciembre de 1938 las fuerzas de Franco se deciden atacar de una vez por todas el bastión de la revolución española: Cataluña.

Ésta cae en manos de los fascistas en enero de 1939, siendo culpa entera de la ineptitud del gobierno de Juan Negrín, su séquito gubernamental y sobre todo de las fuerzas militares al servicio de la URSS en España (por el sector de Líster y Modesto fue por donde entraron los fascistas).

La lucha se trasladó entonces a la zona centro sur: Madrid.

De vuelta Negrín y el Estado mayor del PCE se ven en la situación de que las fuerzas que se encontraban aquí no iban a permitir que nuevamente tomaran las riendas de una lucha que Negrin y compañía habían no sólo perdido por completo, sino que lo habían hecho voluntariamente.


En abril de 1939 la revolución española se perdía definitivamente y con ella el número de exiliados se elevó. En Cataluña fueron aproximadamente 600.000 los españoles que cruzaron la frontera con Francia para ser enclaustrados en los campos de concentración; en Madrid fueron aproximadamente 400.000 los que salieron con distintos rumbos (México, Argentina, Uruguay, etc.), más de un millón de españoles tuvieron que dejar sus tierras para no volver nunca, o volver a la muerte del dictador (20 de noviembre de 1975).

La derrota de la revolución española significó la pérdida no solo de una lucha en un lugar determinado, sino la pérdida (momentánea) de la oportunidad de realizar un mundo nuevo. El significado de la revolución española para el movimiento revolucionario no puede ser más grande: la llamada utopía es algo real.

Lejos de las esferas gubernamentales el logro de la revolución se debe a los trabajadores, a quienes con sus manos construían un mundo nuevo, forjado según sus concepciones de la sociedad libertaria. Lejos del ambiente del Gobierno, en los campos, en fábricas y en los talleres era donde ese mundo nuevo desbordaba, donde los hombres y mujeres eran hermanos y las desigualdades habían sido eliminadas. Es verdad que hubo errores, pero el carácter anarquista de esta revolución fue una bofetada a la URSS, a los gobiernos republicanos y democracias burguesas, fue un ejemplo de que ese mundo nuevo es posible, fue una demostración a las generaciones actuales de que una sociedad sin Estado y sin autoridad es posible, que una revolución no debe ser necesariamente la dictadura, ni que no hay más camino que seguir al líder, al dirigente o partido político alguno.

La demostración bravía de los camaradas anarcosindicalistas de la CNT, de la FAI, de las FIJL, no ha dejado de estar dentro de la memoria de los trabajadores revolucionarios. En España murieron muchos de los mejores nombres, pero a la vez que los trabajadores anarquistas daban la vida por la revolución, una muerte más ocurría en los campos, en las fábricas y en los talleres: moría la utopía... ¡porque la realización de nuestras ideas no solo es deseable, sino también posible!

Erick Benítez Martínez