martes, 6 de noviembre de 2012

Necionalismo

 
«Patriotismo es que un imbécil se sienta muy orgulloso de que  un genio haya nacido en la casa de al lado». Este aforismo del Perich, humorista catalán fallecido hace unos años y que creo haber citado en más de una ocasión, me ronda por la cabeza cada vez que veo a los patriotas, hoy vascos, o catalanes, proclamando sus« hechos diferenciales», con tremolar de banderas y consignas, y tomar las calles, con la que está cayendo, para exigir la ansiada independencia, que no sería sino otra dependencia más que no pasara por Madrid, como si depender de Vitoria o Barcelona incrementara sus libertades y sus opciones de prosperidad.

Cuarenta años de burricie franquista con el aplastamiento sistemático de lenguas y culturas vernáculas realimentaron los viejos fermentos de las tribus y las «etnias», y los deseos independistas de vascos, catalanes o gallegos produjeron las razonables simpatías de una izquierda que, aunque internacionalista por definición, compartía su lucha y su resistencia contra los patriotas españoles empeñados en la indisoluble españolidad de España y obnubilados por los fantasmas de un imperio ya fenecido y hundido en sus miserias. El nacionalismo de izquierdas seguía siendo un oxímoron, pero en aquél mundo pervertido y siniestro parecía una contradicción coyunturalmente asumible, las senyeras y las ikurriñas carecían de las miserables connotaciones de la bandera rojigualda con sus símbolos rampantes.

El problema es que los nacionalistas no quieren ser libres, les bastaría con ser pastoreados y reprimidos por políticos nacidos en la casa de al lado que seguirían dependiendo de Bruselas, de Berlín o de Washington. Seguirán siendo cola de león y no cabeza de ratón y no podrán escapar de una tiranía que en sus delirios identifican con Madrid, confundiendo la sede del gobierno con un gobierno que no ejercemos sino que padecemos los madrileños desde la casa de al lado. Necionalismo puro y duro.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Los ricos, aún más ricos


La desigualdad social es un riesgo grave que amenaza también al crecimiento económico

Gabriela Cañas

Quizá sea exagerado afirmar que estamos a las puertas de una Tercera Guerra Mundial como empieza a decir más de uno, pero cada vez son más organismos internacionales los que sospechan que la creciente desigualdad es el mayor riesgo al que se enfrentarán nuestras sociedades en la próxima década. El Foro Económico Mundial, el FMI o la OCDE ya han alertado sobre los peligros de esta deriva que está registrando el mundo desarrollado en el que —simplificando— los ricos son pocos y cada vez más ricos, y los que menos tienen son cada vez más y sus ganancias disminuyen. La brecha se acrecienta. En Estados Unidos, los datos son escandalosos. En ese país, como señala The Economist, el 1% de la población con más ingresos ha pasado de detentar el 10% de la riqueza al 20% en los últimos treinta años.

Este fenómeno del aumento de la disparidad de ingresos entre ricos y pobres, que se inició ya en 1980, se ha acelerado con la crisis. El salario medio en Wall Street, por ejemplo, ha crecido en plena Gran Depresión durante los dos últimos años en un 17% alcanzando los 281.000 euros. En general, como contaba en este periódico Sandro Pozzi el pasado jueves, las retribuciones en el sector financiero suben mientras se recortan plantillas.

Solo Latinoamérica y amplias zonas de África, de donde no tenemos datos para analizar la tendencia, se salvan de una deriva tan escandalosa. Mientras la riqueza se concentra y crece de manera desmedida, las clases medias y las menos favorecidas se empobrecen hasta el paroxismo. Es una deriva peligrosa e inmoral en la que España destaca de manera especial. El índice Gini que mide esa brecha entre ricos y pobres se ha disparado desde 2008, año inicial de la crisis, hasta convertir a este país en el más desigual de la eurozona. La coyuntura económica y, sobre todo, las políticas imperantes están dando al traste con uno de los logros más importantes de la democracia española, que logró situar a España entre los países de mayor desarrollo humano del planeta, un índice que tiene en cuenta el acceso general de la población a la riqueza, la educación y la sanidad.

La pobreza por sí sola no genera un malestar social suficiente como para desatar un conflicto de mayores consecuencias. Es la desigualdad y la injusticia intrínseca que conlleva la que provoca las peores tensiones. Latinoamérica debe en gran parte su pasada inestabilidad política al hecho de ocupar el primer puesto en desigualdad social. Tras los gravísimos altercados vividos este verano en las minas de Sudáfrica está el hecho de que el 80% de las reservas de platino del mundo están en ese país mientras su población no acaba de beneficiarse de ello.

La situación es explosiva. En Sudáfrica, como en Grecia, como en España, el paro afecta ya a una cuarta parte de la población activa. Son países, sin embargo, en los que hay grandes fortunas, salarios estratosféricos y, nuevamente, unas políticas económicas de corte radicalmente liberal que, como la lluvia fina, una parte de la sociedad acepta como algo natural. El mismo día en que Oliver Wyman cifraba en 53.745 millones de euros las necesidades de la banca española para sanearse, en algunas tertulias públicas no se hablaba del insoportable peso de esas entidades financieras mal gestionadas que tanto dinero han perdido —o desviado— y que ahora hay que rescatar. No. Se hablaba de que el Estado de bienestar que tenemos es insostenible. Y como ese es el mantra de los que gobiernan, el resultado obvio es una injusta transferencia del dinero de los contribuyentes hacia esas entidades.

La buena noticia no es que los organismos internacionales se hayan convertido de pronto en ONG sensibles a los sufrimientos humanos. La noticia es que tales organismos se están dando cuenta de que la desigualdad social, además de ser una bomba de relojería, puede mermar el crecimiento económico. Así lo considera, por ejemplo, el FMI. De manera que, por la razón que sea, quizá ya no estemos a las puertas de una Tercera Guerra Mundial, sino en el umbral de una rectificación que es urgente para evitar daños peores, incluso para los ricos. Las políticas económicas tienen que cambiar y estas no deberían volver a olvidar que erosionar con sus recortes la educación, la sanidad y las prestaciones sociales en general es el peor error que se ha cometido.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Ha muerto Agustín García Calvo (CNT-Zamora)

CNT-Zamora

Entre su inmensa labor cultural, realizó una importante aportación teórica, en diversos campos como: la sexualidad, la crítica al Estado, la familia, los medios de transporte o las ideas ácratas.

El escritor, filósofo, dramagurgo y traductor zamorano Agustín García Calvo, tres veces Premio Nacional, de Ensayo en 1990, de Literatura Dramática en 1999 y de Traducción al conjunto de su obra en el 2006, ha fallecido este jueves 1 de noviembre en Zamora a los 86 años.

Intelectual polifacético y rebelde, cultivó la poesía, el teatro, la novela y el ensayo, y como traductor versionó a Shakespeare, además de textos en latín y griego o, como Los carboneros, de Aristófanes.   

Profesor universitario, en 1953 ocupó una cátedra de lenguas clásicas en Sevilla y en 1964 en la Complutense, donde su oposición al régimen franquista le llevó a ser decapitado de su cátedra por respaldar las protestas estudiantiles. Se exilió a Francia, y allí enseñó en la Universidad de Lille. En 1976 le fue restituida su cátedra, que desempeñó hasta la jubilación, en 1992, realizando una constante crítica al poder y a la sociedad neoliberal. Defendía que en esta «Democracia», el Estado y el Capital son dos rostros de la misma cosa, surgiendo de ahí una serie de miserias sexuales, afectivas, sociales, desarrollistas o culturales entre las cuales todos nos vemos inmersos, siendo por ello necesario efectuar siempre y constantemente algún intento disidente. 

Conferenciante de numerosas ponencias, en los últimos años coordinaba una tertulia política todos los miércoles en el Ateneo de Madrid, además de intervenir en sus inicios en actos en el 15 M. En su ciudad natal Zamora, participó en 2005 en una charla sobre pedagogía libertaria organizada por CNT, en 2006 en un recital poético dentro de las Jornadas Alternativas y el pasado año en alguna asamblea del 15 M. Los compañeros de la asamblea zamorana «No al paso del AVE por Valorio» se habían puesto en contacto con él también hace unos días para que apoyara su causa. 

Muchas veces discutido y polémico incluso en los movimientos sociales y libertario, los títulos de sus ensayos, poemas y artículos dicen mucho de sí: Contra la familia, Contra la pareja, Contra la paz, Contra la democracia, Valorio 42 veces, Sobre la necesidad del automóvil, En torno a la Anarquía, ¿Qué es El Estado?, Del tren, Manifiesto de la Comuna Antinacionalista Zamorana, Análisis de la Sociedad del Bienestar o De los modos de intergración del pronunciamiento estudiantil; unas veces publicados en solitario y otras con otros autores, como su compañera Isabel Escudero, muchos de los cuales fueron editados en la editorial familiar «Lucina». 

Agustín cultivó también gran amistad con diversos cantautores como «Chicho» Sánchez Ferlosio, George Brassens o Amancio Prada, algunos de los cuales musicalizaron sus subversivos poemas. 

Que la tierra te sea leve compañero. Salud y Anarquía.

ADIÓS A AGUSTÍN GARCÍA CALVO

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,
la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?

ANTONIO MACHADO 



Un sentido adiós es el que le han querido dar más de doscientas personas a Agustín García Calvo en su entierro en Zamora.


Un sentido adiós es el que le han querido dar más de doscientas personas a Agustín García Calvo en su entierro en Zamora. Sobre todo sus amigos del mundo de la cultura, que hoy destacaban la figura del filósofo reivindicativo y del escritor crítico.

Aquellos a quien amó, con quien luchó, con quien vivió… le han dedicado un cálido adiós al ensayista, filólogo, dramaturgo e intelectual Agustín García Calvo. Tras recibir sepultura, su viuda pronunciaba algunos de los versos de Antonio Machado que el escritor zamorano recitaba cuando se afeitaba por la mañana.

Quienes le conocían destacan de García Calvo su dominio del castellano, su rebeldía con el poder o su compromiso con los demás.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Casas Viejas: No convertir la rebelión en cultura

Hotel Utopía en Benalup-Casas Viejas, Cádiz.
Agustín García Calvo
e Isabel Escudero*

O sea en dinero. Porque no hay que engañarse: hoy día lo que llamamos Cultura o Turismo cultural es la cara más refinada y última del dinero. La palabra Cultura no es una palabra inocente, se ha vuelto, por el contrario, el calificativo redentor que facilita y bendice las nuevas barbaries. Con el pretexto de Cultura y «“Bien cultural» se esta reduciendo a Turismo todo. El Turismo es el dinero que más se mueve y crece, el más rentable en las democracias desarrolladas. Los ministerios de Cultura de los gobiernos demotecnocráticos (incluyen bajo su competencia la televisión, la información, el futbol, el turismo) mueven más capital que ningún otro. Madrid entero aparece estos días engalanado de estandartes publicitarios (coronando el interminable laberinto de zanjas y vallas en el que se ha convertido esta ciudad) que proclaman este lema: «Turismo somos todos».

En su descaro la publicidad enuncia así la verdadera intención del Régimen: el logro anhelado del régimen que sostiene las democracias progresadas es que en el ideal «todo sea Turismo». El Turismo pretende ser la superación de la Historia: las clases sociales, los individuos, todos turistas. Que nada se escape a ese movimiento uniformemente acelerado de almas y de cosas, que la vida sea sólo ese trafico incesante de almas y dinero, que todos los hechos de la Historia, aún los más miserables, las barbaries más sangrantes, pasen por delante de nuestros ojos ya desactivados como piezas de museo o de folklore local servidos como Turismo cultural. Este proyecto turístico hostelero de Casas Viejas ha recibido sin duda subvenciones millonarias y apoyos de las autoridades políticas de turno tanto europeas como nacionales y regionales, porque ha sido diseñado y promovido bajo la cobertura de “bien cultural” lo que parece protegerle para utilizar sin ningún escrúpulo el nombre de unos muertos por razones y causas bien ajenas y contrarias a los intereses de cualquier negocio. Nuestra vida entera y nuestra memoria están así llena de sustitutos, de sucedáneos falsificadores, de sonajeros culturales que nos entretienen: Porque la modalidad actual del Régimen no es la del olvido de la historia, sino del cambiazo, la de la imposición del sucedáneo, la falsificación por vías de entretenimiento cultural o turístico, la conversión en espectáculo de cualquier huella de vida y razón.

En esta operación de arrasamiento por el cambiazo, por imposición del sustituto, se llegará a convertir en parque temático a Auschwitz o Casas Viejas ¡que más da!, y esto se hace porque se presenta y promete bajo la cara de «hacer Cultura». Sin esta mediación de esa Cultura prostituida no prosperaría ningún proyecto cultural que moviera millones.

Se pueden llegar por esos caminos del entretenimiento cultural al extremo del esperpento: reconstruir el lugar de los hechos mismos a modo de un safari histórico cultural donde las nuevas generaciones del paraíso democrático vengan a contemplar con sus ojitos y todo lujo de detalles cómo fue la caza y muerte de los rebeldes. E incluso a vestir de época, sea de guardia de asalto o de campesino harapiento para darle más realismo y morbo a la experiencia.

Pero aunque la pretensión de la Administración de Muerte sea que se cumpla eso de que «Turismo somos todos», no todo es Turismo ni todos somos turistas. Hay algo más que aunque esté cada día más condenado por la realidad y sus negocios, sigue vivo y no se calla y da constantes señales de rebeldía contra esa condena. No se va a consentir que eso que sigue vivo y latiendo por lo bajo quede borrado y desactivado, integrado y asimilado por las imposiciones de una Cultura prostituida que intenta reducir y aprovechar la rebelión del pueblo para sus negocios. La rebelión y la sangre de la gente anónima no están en venta ni en promoción.

Y finalmente un aviso también para los rebeldes de aquí y ahora: En esta protesta del sentido común contra esa doble violencia del Estado/Capital y la estupidez reinante de los ejecutivos de Dios (en su cara más actual, la del dinero), nuestra resistencia, la resistencia libertaria, ha de ser común y anónima, sin capitalización ideológica personal ni adscripción sectaria a ningún grupo. Ninguna afiliación ni organización puede apropiarse de los muertos, la vida de esos muertos y su rebeldía seguirá viva en la medida que ellos sean también libres, libres hasta nosotros mismos, que sean de todos y de nadie, de cualquiera que diga NO.

Que Casas Viejas siga siendo un ejemplo vivo de verdad y razón del pueblo que nunca muere.

El Mundo: Sábado, 8-Octubre-2005. OPINIÓN

* Agustín García Calvo e Isabel Escudero, catedrático de Filología Clásica y profesora de la UNED además de coeditores de la revista Archipiélago, respectivamente, redactaron este texto con motivo del acto de protesta de la semana pasada [1-octubre-2005] en la localidad gaditana de Casas Viejas contra el proyecto turístico hotelero que persigue darle el nombre de María La Libertaria al hotel y al complejo levantado sobre el lugar de las muertes de los campesinos encerrados en 1933.

Precursores del anarquismo durante la Revolución Francesa


Por VICTOR GARCÍA

Con el gran advenimiento de 1789, surge poderoso e irresistible el sentimiento de llevar a la libertad hacia lo más avanzado posible. Los revolucionarios extremistas que consiguen alcanzar el poder se vuelven centristas por rebasarlos quienes se proyectan más lejos aún. Así que aparecen Les enragés (Los rabiosos) quienes, en su deseo de ver una revolución sin gobierno revolucionario y manifestándose fervientes partidarios de la acción directa abrazan abiertamente tácticas y finalidades anarquistas.

La toma del poder significará el estancamiento de la fracción que lleve a cabo la empresa. La Gironda, la Montaña, la propia oposición representada por las figuras de proa de Babeuf y Herbert, partirá siempre del principio de que es necesario un gobierno que haga la revolución y la solidifique desde la cúspide. Sólo Marechal, redactor del Manifiesto de los Iguales, tendrá sus dudas sobre la eficacia gubernamental y las hará patentes en el manifiesto: «Disparessez, en fin, revoltantes distintions de riches, de pauvres, de grands et de petits, maitres et de valets, de gouvernats et de gouvernés.» [«Desapareced, en fin, sublevantes distinciones de ricos, de pobres, de grandes y de pequeños, de dueños y de lacayos, de gobernantes y de gobernados.»]. El resto de los Iguales no pensará como Marechal, y el propio Babeuf fue el primer sorprendido por este párrafo que clama por la desaparición de los gobernantes y gobernados.

Se puede decir que Sylvain Marechal se sumó a Babeuf por las grandes ansias que tenía de actuar, pero sus alcances sociales no iban paralelos con el comunismo estatal anunciado por los Iguales. La frase introducida en el manifiesto era una corroboración a sus ideas de arcadias sin gobierno exteriorizados en L’Âge d'Or, recueil de contes pasturaux pour le Berger Sylvain (1782) y en Livre échappé au déluge ou Psaumes nouvellement découvers (1784). Más adelante, en 1788, escribe Apologues modernes, à l'usage d'un Dauphin, donde mediante la huelga general los productores proclaman la sociedad libre y los gobernantes y reyes se autodestruyen en una isla desierta:

«Algún día, los trabajadores, llevados al extremo por la crueldad de los ricos, se negarán a continuar sirviéndoles y contestarán a sus amenazas: Somos tres contra uno. Nuestro propósito es restablecer para siempre las cosas sobre sus antiguas bases, sobre el estado de cosas primitivo, es decir, sobre la más perfecta y legítima igualdad. Pongamos la tierra en común entre sus habitantes. Si hay alguien entre nosotros que tenga dos bocas y cuatro brazos, es justo, asignémosle doble ración. Empero, si todos estamos hechos por el mismo patrón, repartamos el pastel en igualdad de condiciones. Y, al mismo tiempo, metamos todos las manos en la masa. Que todos los hombres, de un punto a otro del universo, se den la mano.»

Marechal está más próximo al anarquismo de lo que Babeuf se imagina. Su personalidad intelectual impone el derrotero anarquista al manifiesto en muchos de sus apartados y esto origina que durante el proceso contra los Iguales éstos desaprueben algunos de los enunciados del manifiesto, especialmente el que dice: «Desapareced, en fin, distinciones sublevantes... de gobernantes y gobernados.»

En realidad, todo el manifiesto rezuma una nitidez de expresión perfecta y en el mismo no asoma el menor atisbo de demagogia. «La inteligencia no aumenta la capacidad del estómago» dirá para aquéllos que sean partidarios del a cada uno según su necesidad, y añadirá: «Hay opresión cuando uno se agota trabajando y le falta todo, mientras que otro nada en la abundancia sin hacer nada... Nadie ha podido, sin cometer un crimen, apoderarse exclusivamente de los bienes de la tierra o de la industria... En una verdadera sociedad no debe haber ni ricos ni pobres.»

La obra escrita por Sylvain Maréchal tiene cierta amplitud. Además de los títulos ya señalados más arriba, Maréchal escribió Almanach des Honnetes Gens, en el que suprimió todos los santos. Colaboró asiduamente en el periódico de Proudhomme: Révolutions de Paris. Fue uno de los iniciadores del Calendario Republicano; en 1793 publicó su Correctif à la Révolution, más tarde escribe Dictionnaire des Athées anciens et modernes (1800) y acto seguido —muere en 1803— Pour et contre la Bible.

El verdadero puesto de Maréchal estaba junto a les enragés, junto a Jacques Roux, Leclerc d’Oze y Jean Varlet, les enragés que más se distinguieron en la Revolución Francesa. Éstos serían denunciados en la barra de la Convención por la viuda de Marat, quien presenta una moción, redactada por Robespierre con toda seguridad, acusando a Roux y a Leclerc de instigar al pueblo para que éste proscriba toda clase de gobierno. (A. Mathiez, 1949.)

Ahora bien, el ideal anarquista ha ido adquiriendo, a medida que Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Reclus y Malatesta, por no nombrar más que a unos pocos, han aportado sus sugerencias, un bagaje inmenso que ampara todas las actividades de la vida humana; empero, la jácena maestra sobre la que se apoya la multitud de facetas del ideal libertario es la negación del Estado, y les enragés, en este aspecto están pisando terreno anarquista, como lo prueba la denuncia de la viuda de Marat, instrumento del dictador Robespierre.

Jacques Roux, por ironía de la historia, fue un sacerdote, como lo había sido el propio Meslier, aunque ya había declarado y publicado que desde hacía tiempo había deseado «abandonar su estado, casarse, montar una imprenta y fundar un periódico». Con atisbos de crueldad fanática se negó a aceptar el testamento que le tendía Luis XVI al tiempo que le decía: «Yo sólo estoy aquí para levantaros al cadalso.» Jean Jaurés y A. Mathiez no regatean citas, el primero en su Historie socialiste: La Convention, y el segundo en La vie chere et le mouvement social sous la Terreur, para poner de manifiesto las veces en que Roux, producto de un período de violencia, exteriorizaba sus iras y sus odios. Su humanidad estaba llena de contrastes, y si por un lado lo vemos cruel frente a Luis Capeto, también veremos que adopta a un huérfano, y que en 1792, cuando Marat tiene que esconderse, es en Roux en quien confía, aunque más tarde lo atacará sin piedad y hasta con la calumnia, obligando a Roux a echarle en cara la hospitalidad que le diera a riesgo de su seguridad física: «Durante seis días he dormido en el suelo, he cocinado y hasta he tenido que vaciar el pote de tus necesidades; he hecho en una palabra, todo lo que pude por ti, todo lo que un buen patriota podría y lo que haría de nuevo para mis perseguidores y mis verdugos.»

El programa de Jacques Roux toma forma en un 1 de diciembre de 1792, cuando pronunciaba su célebre discurso «Sobre el último de los Luises», sobre «la persecución de los agiotistas, los acaparadores y los traidores», en la sesión del Observatorio. La exposición tiene una primera parte de crítica: «Hay cobardía —dice—, en tolerar a los que se apropian de los productos de la tierra y de la industría, que amontonan en los graneros de la avaricia los víveres de primera necesidad...» y una segunda parte de análisis en la que el anarquismo tiene un punto de apoyo: «El despotismo que se propaga bajo un gobierno de muchos, el despotismo senatorial es tan terrible como el cetro de los reyes, ya que tiende a encadenar al pueblo, sin que él se dé cuenta, ya que se encuentra envilecido, y subyugado por las leyes que él mismo ha dictado. Empero, ciudadanos, vosotros no os habréis sacudido el yugo de los agentes prevaricadores, después de haber franqueado irrevocablemente el intervalo inmenso entre el esclavo y el hombre, no vais a permitir que vuestros mandatarios atenten contra la opinión pública, la única en dictar leyes, mostrándose siempre recta y poderosa.»

Otra figura destacada de les enragés es la de Jean Varlet, quien en 1792 alcanzaba a tener veinte años solamente. Es la edad de la generosidad, en la que el ser humano se da completamente. La Revolución hizo presa de él y a ella se volcó todo entero, sin apartarse del pueblo, al que considera un punto de referencia infalible para pisar terreno firme: «Desde hace cuatro años, siempre en la plaza pública entre los grupos del pueblo, en la sans-culotterie, entre los andrajos que estimo, he aprendido que, ingenuamente y sin coacción, los pobres diablos de los zaguanes razonan con más seguridad, más atrevidamente, que los señores, los grandes habladores, los sabios tentadores; si éstos quieren aprender ciencia de la buena que hagan como yo y vengan a escuchar el pueblo.»

El pensamiento de Varlet coincide con el de Roux antes de que lleguen a cruzarse en el camino de la revolución. Como Roux, Varlet duda de que un representante pueda dejar en buen lugar el pensamiento y el sentir del representado: «inclusive sobre aquellos que han reunido nuestros sufragios nosotros no podemos evitar la desconfianza» porque raramente se limitan a invocar la voluntad de los sufragistas y degeneran hacia el despotismo, ya que «los palacios de los reyes no son las únicas moradas de los déspotas».

Al igual que Roux, que edita Le publiciste, y Leclerc, quien también aparece con el Ami du peuple, Varlet hace irrupción en la prensa de París con L'Explosión, tan explosivo como su título lo indica. Robespierre ha sido ejecutado, pero la tiranía continúa, y toca a Varlet el denunciarla desde las páginas de su portavoz: «¡Qué monstruosidad social, qué obra maestra del maquiavelismo, en efecto, es este gobierno revolucionario: Para todo ser que razone, Gobierno y Revolución son incompatibles!»

Varlet se anticipa a los temores que los anarquistas exteriorizaron frente a la provisionalidad que Marx, Engels, Lenin y el propio Stalin aseguraban que tendría el Estado comunista: «Sentimos ahora que es necesario frenar, tenerlas por la brida, a las autoridades creadas, sin lo cual éstas se vuelven todas potencias opresoras; no busquemos el contrabalancearlas entre ellas: todo contrapeso que no sea el del pueblo mismo es falso. El soberano debe constantemente presidir el cuerpo social. Bajo ningún modo quiere que se le represente.»

Junto con Roux y Varlet podemos incluir, en las filas de les enragés a Leclerc, tan joven como Varlet, ya que había nacido en 1771. Llegado de Lyon a la vorágine parisina, Théophile Leclerc representa un apoyo considerable para el pensamiento de les enragés y lo vemos figurar en numerosos actos y comités. Crea su periódico también, L'Ami du Peuple (El Amigo del Pueblo), con lo que quiso dar perdurabilidad al órgano de Marat cuando éste fue asesinado por La Corday. Del número correspondiente al 30 de agosto de 1793 es lo que sigue: «Tres horas pasadas frente a la puerta de un panadero formarían un legislador mucho más competente que cuatro años de residencia en los bancos de la Convención.»

En el paralelogramo de las fuerzas, la de les enragés no puede con la de los de la Montaña, ni, terminado el Terror, con la de los Termidorianos. Las jornadas del 31 de mayo [1793] fueron decisivas para ellos. «Los gérmenes de los falsos insurgentes», como dice Varlet, impidió que el Eveche, (lugar donde se efectuó la asamblea del 31 de mayo que decidió llamar al pueblo a la insurrección y en cuya asamblea ejercieron gran influencia les enragés) no se hiciera dueño de la situación en la ciudad.

La Montaña, más oportunista, tomó la iniciativa, y Danton, después de haber conseguido que la Convención votara la detención de los girondinos se vuelve ya contra les enragés y proclama que «Hay que hacer entrar el Eveche en la nada.»

El 9 Termidor y su consecuencia, Napoleón, sofocan los sentires revolucionarios en Francia. Los sociólogos franceses que, con posterioridad a la Revolución Francesa, aportan sus contribuciones en el campo de la ciencia social, si en algo se han aproximado a las ideas libertarias, ya hemos tenido ocasión de citarlos en el capítulo anterior.

Hasta Proudhon, pues, ese paso no nos ofrece nada nuevo y hemos de franquear el Canal de la Mancha para dar con el más destacado y el más importante de los precursores anarquistas: William Godwin.

Utopías y Anarquismo
(1977)

jueves, 1 de noviembre de 2012

La Comuna Antinacionalista Zamorana

              [Ya que nos hemos enterado hoy de la muerte del librepensador Agustín García Calvo, pues pongo un texto famoso suyo (y de otros)...]


«Se declara fundada por el presente manifiesto la Comuna Antinacionalista Zamorana (CAZ), que proclama como su función esencial combatir de hecho y de palabra (y tanto mejor si los hechos y las palabras tienen a confundirse) por la desaparición del Estado Español y del Estado en general (entidades ambas suficientemente definidas en su realidad abstracta y administrativa) y por la liberación de la ciudad y comarca de Zamora…»

El primer punto de la CAZ se nos presenta así, y al leerlo, cualquier profano en la materia puede pensar que ello es cosa de locos o de utópicos o, lo más seguro, ver en ello algo divertido. Pero no. Ni es locura, ni utopía, ni cachondeo.

Baste para comprobarlo mirar la desconocida historia de Zamora para ver la lucha que éste mi pueblo ha mantenido siempre contra la realidad abstracta del Estado. Así como otros pueblos extranjeros de esta península (hoy y aún España y Portugal), buscan en su antigüedad sus raíces nacionalistas, sólo podemos ver en el pueblo zamorano la persistencia del genio antiestatal a lo largo de los siglos.

El primer ejemplo nos lo ofrece Viriato, el guerrillero lusitano. Cierto es que entonces no se podía hablar de estado o nación en el sentido moderno, pero sí de algo tan parecido (peor diría yo) como el Imperio. También algún reticente y sesudo intelectual podría objetar que no está comprobado que Zamora fuese la cuna de este héroe, sino la zona fronteriza de lo que se conviene en llamar Portugal. Pero este hecho carece de importancia por dos cuestiones: primera, la identificación total, familiar incluso, de las gentes que habitan de uno y otro lado de esa línea ficticia que el Estado quiere mantener, pero que no logra separarnos ―yo, por ser de de allí, puedo asegurar que todos formamos una gran familia por encima de la definición de españoles (?) o portugueses (?)—, y segunda, que el hecho importante es que «durante los casi tres últimos siglos por lo menos, Zamora ha considerado a Viriato como cosa suya, le ha hecho casi su héroe popular, y la única estatua de cuerpo entero que la ciudad tienen erigida es la suya» (esto era cierto en el momento de la redacción del Manifiesto). De Viriato, primera manifestación antiestatal, toma la CAZ la enseña que la tradición presenta: nueve tiras de tela, bermejas todas menos la primera, que era verde. Pero no son las nueve franjas, a modo de lo que conocemos como bandera, lo que se toma, sino su significado: Viriato formó su enseña con jirones de estandartes romanos de las legiones derrotadas. Todo un símbolo.

Pero esto no es todo. También nuestra historia nos ofrece pronunciamientos antiestatales (y antinacionalistas) de carácter revolucionario. De entre todos ellos destaca uno en especial que se constituye en el punto de arranque. Fue en el año 1158. Era Zamora entonces ciudad grande y floreciente, con abundante población de menestrales y mercaderes y pujanza en sus industrias y gremios. El poder gubernamental era llevado por gentes de la nobleza, generalmente extranjera, de amplios privilegios, uno de los cuales era que de las mercaderías que cada día salieran a la plaza del mercado, tenían ellos la primera opción de compra, «y sólo de lo que ellos no hubieran adquirido podían abastecerse los plebeyos».

Así ocurrió que, habiendo pasado la hora de compra de los nobles, un maestro zapatero pretendía llevarse una trucha que ya tenía acordada, pero viéndola el criado del regidor, pretende adquirirla para la mesa de su dueño. Este abuso de poder desencadena una gran batalla en el mercado… tras la cual queda la trucha en manos del zapatero. Esa misma tarde, ante la afrenta y menoscabo de su poder, se reúnen los nobles en la iglesia de Santa María la Nueva para organizar la represión y castigo de los plebeyos. Mas éstos no esperan a que el concilio se levante y armados con sus útiles de trabajo, cercan a la nobleza dentro de la iglesia y le prenden fuego. Pereció achicharrada toda la nobleza, o casi, ya que cuenta la leyenda que el más alto de la clase (o sea, las hostias consagradas) escaparon volando del copón para irse a refugiar en otra iglesia, quizá más popular. Los rebeldes, para rematar su gran obra, prendieron fuego a la casa del regidor y, cómo no, abrieron las puertas de la cárcel (véase pues que la toma de la Bastilla no fue una novedad).

Pasada la resaca de la rebeldía y encarándose al día siguiente con la realidad, los zamoranos no esperaron la reacción del poder central, y formando una caravana de siete mil personas, tomaron las de Portugal. Acto seguido mandaron recado al rey exigiéndole la promesa de declarar perdonado y libre de toda culpa al pueblo de Zamora y, asimismo, de librarles de la opresión de los señores, ya que si no pasarían a establecerse en Portugal, dejando así al monarca sin unos impuestos sustanciosos («¿De qué le sirve al rey una Zamora sin zamoranos?», decía la carta). Los zamoranos preferían la libertad a la tierra, y ante tales argumentos el rey tuvo que ceder. Quizá el monarca se acordó de que, algunos años antes, Zamora fue la última en doblegarse a la unidad castellana y que fue allí también donde se le dio muerte al rey Sancho. En efecto, el rey Fernando I había unificado bajo su cetro los campos de León, Galicia Y Castilla, pero en un acto de arrepentimiento que le honra, decidió repartir su reino entre sus hijos. Su hijo Sancho, de quien dependía Castilla, arrebató pronto a sus hermanos los demás territorios, salvo Zamora a doña Urraca, que fortalecida por la decisión de los zamoranos, mantenía la independencia oponiéndose con todas sus armas a la unificación. Varios meses de cerco no doblegaron su decisión. Y un día, el caballero Bellido Dolfos se presentó en el campamento del rey, engañándole con la promesa de entregarle la plaza, le llevó a un lugar apartado donde, por la espalda y con el propio venablo del rey, le dio muerte. Nótese que el monarca estaba haciendo de vientre, como queriéndonos avisar, con un ejemplo práctico y contundente, que «la reducción de todas las ideologías sustentadoras del Estado a la fétida verdad de sus mentiras, es lo único que puede permitir al brazo rebelde asestarle el golpe mortal que lo haga desvanecerse». El traidor fue perseguido por el Cid, pero como decíamos por allá, Zamora le dio al Cid con la puerta en la nariz.

Como se ve, Zamora está llamada a ser revolucionaria por lo mismo que antinacional y viceversa, porque aparte de la historia grande que he antepuesto, existen otras recientes que no constan en los libros y que demuestran lo antiestatal de este pueblo.

Pero dejemos ya la historia y miremos lo que es ahora Zamora, incluida hoy en esa abstracción llamada España y reducida a la triste condición de provincia, esa institución odiosa de la administración centralizada que sigue conteniendo la alusión al vencimiento y sumisión, como en tiempos del Imperio. Porque esa reducción a la abstracción de provincia le mata la posibilidad de ser otra cosa de lo que es, asfixiando las posibilidades de vida del pueblo, alejado de sus realidades concretas por el Orden.

¿Qué debe Zamora al Estado? Nada. ¿Qué le tributa el pueblo zamorano a la nación? Todo, empezando por la muerte de las posibilidades de ser otra cosa de lo que es. Las gentes de la comarca han ido aprendiendo los aterradores vocablos de «servicio militar», «contribuciones», «Estado», y otros tantos, como únicos verdaderos nombres de la realidad, sin ver en ello ningún beneficio.

La mocedad de los pueblos ha tenido que buscar su pan en el extranjero, en los suburbios de Bilbao o Barcelona, o en tierras frías de lengua extraña, volviendo idiotizados por los conceptos de nivel de vida y de progreso que el Orden esparce por todos los ámbitos del mundo con idéntica estupidez., y habiendo sido muerta en ellos la delicadeza nativa que sólo posee un lugareño con conciencia de tal. Y hablando de lugareños, ha habido pueblos enteros «trasladados» a otras tierras por la creación de embalses hidroeléctricos, que benefician a tierras extranjeras del Norte. Los campesinos y las calles de Zamora se ven atravesados por una red de carreteras, extrañas a las gentes de las comarcas, por donde circulan los coches de los «buscajamones» (así se denomina en Zamora a los funcionarios que prostituyen sus prerrogativas, o sea, todos) o los camiones que van rápidos desde Galicia a Madrid. Miran esas gentes pasar aburridamente el tráfico, que no dice nada a los lugareños: simplemente cruza.

También en las calles de la ciudad veréis levantarse horrorosos edificios que ni son nuestros ni para nosotros: son del Estado (Bancos, Cuarteles, Cárcel, Diputación, Ayuntamiento…). Son esos edificios que el pueblo zamorano paga con su sangre (iguales en todas las ciudades), que para nada le sirven y que el Estado reparte por los ámbitos de su dominio para mejor mantener su verdadera y única tiranía. Y no hablemos de las Escuelas «estatales» o Institutos «nacionales», donde se impone la mayor lujuria nacionalista y se aparta al niño y al joven de la realidad local, llenando su cabeza de horrorosos vocablos. Fue en la escuela donde me enteré que aquella cosa que llamaban España no era tan sólo mi comarca y poco a poco me fueron haciendo tomar conciencia de español, desviando mi atención hacia ríos que no regaban mi tierra y personas que estaban lejos (Caudillo, Fraga, los rojos…). Cosas a las que había que añadir la rapidez con la que los medios de comunicación transmiten las últimas novedades estúpidas, cantables y bailables, junto a cuestiones políticas que nada interesan a nuestras gentes, pero que interrumpen su partida de cartas y los alejan de conversaciones más sustanciosas, como el aprovechamiento del agua del río, los abonos naturales…

«En virtud, pues, de tantos agravios y por el recobro de la libertad perdida, con mucha más razón que otras prósperas naciones que contra la Nación pretenden levantarse, nos levantamos nosotros contra el Estado y por lo tanto contra todos los Estados.»

Y para que conste y no haya dudas, he aquí nuestros rasgos distintivos y el ámbito (dudoso por cierto) de nuestro territorio:

La provincia que lleva el nombre de Zamora está constituida con pueblos y comarcas de diversas economías, costumbres y carácter, obligados a participar de centros administrativos comunes. No se puede establecer una etnia común viendo la gente alegre y gastadora del norte y comparándola con la adusta y cazurra del sur. Tampoco podemos establecer rasgos geológicos o paisajísticos comunes, pues esta tierra se ve pintada ya por los trigales, ya por la vid, siempre encima de suelos y rocas bien distintos. Así, los rasgos socioculturales y los límites geográficos son indefinibles, pero estamos seguros de no ser charros, ni castellanos, ni leoneses, ni gallegos ni portugueses (sépase que nada tiene de portuguesa la parte de la Nación vecina a la que asoman nuestros pueblos fronterizos). Si bien se cree que todas las comarcas que hoy componen la provincia y algunos territorios fronterizos entrarán a formar parte de la CAZ una vez constituida ésta, tal definición de la CAZ les permite verse libres de las garras y rejas de las ideas y conceptos constituidos.

En cuanto al lenguaje, si bien la larga sumisión a la abstracción de España ha permitido la implantación del español, la CAZ confía en poder resucitar y desarrollar un peculiar dialecto zamorano, algunas de cuyas formas lingüísticas guardan celosamente nuestros mayores.

Y para que el futuro no depare sorpresas (o. al menos, más de las que se puede permitir) ha preparado ya la CAZ todo lo referente a la economía y al gobierno de sus «comunidades».

La primera fuente de la riqueza de las comunidades zamoranas se encuentra en la tierra, altamente productiva una vez que, conseguida la independencia, no esté sometida a los caprichos del Orden, sino a sus propias necesidades. En cuanto a las industrias derivadas que florecieron antaño arruinadas por el poder central, la CAZ propone resucitarlas, sobre todo las textiles y la de derivados lácteos. Aparte de la antedicha renovación de las industrias tradicionales (iguales todas en la comunidad autosuficiente) la CAZ da por sentado la incautación de las empresas hidroeléctricas de Iberduero (que producirán altos ingresos por la venta de esa energía a las potencias extranjeras) y la demolición de la central nuclear que nos quieren meter. Puede alguien pensar que la independencia acarreará la desaparición de muchos puestos de trabajo dependientes del Estado, pero ello se verá compensado por la supresión de las cargas y tributos que ese mismo Estado nos impone. Además, la CAZ se propone la supresión de todo Trabajo en el sentido propio de la palabra.

Dado el signo comunitario de la revolución zamorana, está clara la desaparición de los elementos de explotación del individuo-consumidor sobre los que el Estado asienta su dominio y asimismo la desaparición de los teléfonos, televisores y radios particulares y por lo tanto del coche individual, cuya venta se dedicará a la mejora de los transportes públicos. Se facilitará la venta de los libros y periódicos provenientes del extranjero, sin otra restricción que el nivel de estupidez de los mismos, que les hará perder mercado entre los esclarecidos lectores de Zamora, en cuanto desaparezcan los estímulos externos, estatales y paraestatales, que suelen favorecer la difusión de lo más inepto y facilitan el mantenimiento del estado de cosas.

En cuanto al gobierno de la CAZ una vez conseguida la independencia, deberá tener las siguientes condiciones:

- Tener el menos poder posible, dificultado en todo.

- Estar compuesta por personas jóvenes e inexpertas y durar lo menos posible.

Desaparecido este primer gobierno provisional, todo se regirá por la asamblea de todos los miembros de las comunidades, evitándose los procedimientos democráticos o que se parezcan a la votación.

Simultáneamente se practicará la disolución de la familia y de la propiedad privada, pero abandonando fórmulas tan suspectas como el todo será de todos; se realizará que cualquiera cosa será para cualquiera en el sentido de que cualquiera tendrá derecho a participar en el disfrute de cualquiera de ellas, con la condición de que se trate de un disfrute y no de una posesión. Desaparecerá la obligatoriedad del trabajo, confiando que ello mismo lleve a los ciudadanos a realizar cosas que les agraden y aquéllas que sean fuente de placer. De este modo se dejarán de producir los objetos carentes de utilidad.

Se abolirá, claro está, el dinero.

Se establecerán cónsules-regateadores en los mercados extranjeros para comprar, mediante créditos, aquello que a los zamoranos les parezca necesario.

No habrá administración.

Agustín García Calvo y otros zamoranos. París, 1970.