lunes, 16 de mayo de 2016

Una guerra por el petróleo


Por ANTONIO RUBERTI

Si se tuviera que hacer una estadística de las palabras más utilizadas por los medios de comunicación para describir la situación libia, seguramente encontraríamos a la cabeza «caos» (libio) y «avanza» (el Estado Islámico). Poco espacio viene por el contrario dedicado a otras dos palabras que ayudarían a explicar el presunto caos libio: «petróleo» y «gas».

Libia posee las mayores reservas de petróleo de África, las novenas del mundo. Se trata de una cifra imponente, cerca de 48.000 millones de barriles (alrededor del 3 por 100 del total de las reservas mundiales, según datos de 2009).

Si echamos un vistazo al mapa de Libia, vemos que los pozos petrolíferos (véase intereses franceses, británicos y norteamericanos, pero también chinos, rusos y brasileños) están concentrados en el área entre Bengasi y Sirte, donde se encuentran el 80 por ciento de las reservas conocidas de petróleo del país. El gas (léase intereses italianos) se encuentra por el contrario sobre todo en el mar al Este de Trípoli y en la región de Gadames, también al Este de la antigua capital.

Antes de la guerra de 2011, el mayor productor externo de petróleo era la italiana ENI con 24.000 barriles al día, extraídos en 2010; pero estaban también compañías americanas (Chevron, Exxon Mobil, Occidental Petroleum, Phillips) con 124.000 barriles al día, alemanas (BASF), 100.000, chinas (CNPC), españolas (Repsol), francesas (Total), británicas (BP) y rusas (Gazprom). Todas estas compañías tenían un contrato de colaboración con la compañía nacional libia, NOC, que por su parte producía alrededor de un millón de barriles al día. En la práctica, una parte de los beneficios de las multinacionales extranjeras eran ingresados en la NOC, es decir, en el Estado libio.

Esta colaboración con la NOC prosigue aún hoy, exactamente igual que durante el régimen de Gadafi, solo que hoy la NOC ingresa las cuotas del rédito petrolero tanto al gobierno de Tobruk («internacionalmente reconocido», como es definido) como al de Trípoli («islámico moderado», como nos advierten a menudo los medios de comunicación).

Gadafi acostumbraba a decir que a los occidentales, de Libia lo único que les interesaba era el petróleo. Tenía razón.

La guerra de 2011, como bien sabemos, fue deseada por los franceses, y los británicos se apresuraron a acompañarles con la esperanza no muy secreta de volver a entrar en Libia, de donde habían sido expulsados en 1969 por el golpe de los jóvenes coroneles.

En el otoño de 2011, los medios de comunicación franceses no completamente alineados estaban llenos de artículos que denunciaban el papel guerrero de la Total, que hasta ese momento jugaba un papel marginal entre las compañías extranjeras (apenas 55.000 barriles extraídos en 2010). «Entre los agentes franceses infiltrados entre los rebeldes de Bengasi había representantes de la Total», denunció el diario Libération, que reveló también los términos del acuerdo suscrito: los franceses habrían apoyado la rebelión a cambio de la promesa de entregar a la Total el 35 por 100 de las concesiones petrolíferas.

El objetivo era, sin duda, quitar de en medio a la embarazosa figura de Gadafi (que en 2009 había anunciado el proyecto de nacionalizar completamente el sector petrolero) pero el fin último era también arrebatar al ENI una tajada de sus concesiones petrolíferas. Italia, renuente, se posicionó de forma diferente a Alemania, que apoyaba los bombardeos de la OTAN. Los mismos americanos pronto se echaron atrás; una vez liquidado Gadafi, a ellos de Libia no les interesaba nada. Exactamente como ahora.

Pero volvamos a la actualidad. Fracasado el cómico intento de constituir-imponer un gobierno de «unidad nacional» (se podría ironizar con que «se habían olvidado de avisar… a los libios»), los nuevos colonialistas están llevando adelante cada uno su propia estrategia, a menudo en contraste entre ellos. Así, se ha «descubierto que en Libia están las fuerzas especiales francesas y británicas que adiestran a los combatientes del general Haftar y a la milicia de Misurata respectivamente».

También están los americanos, naturalmente, igualmente de parte de Tobruk. Los italianos, como hemos dicho, son pocos, pero pronto llegarán una cincuentena de paracaidistas. Los italianos deberán tomar posiciones en la región de Trípoli (donde el ENI tiene el control del gasoducto de Mellita). De hecho, los italianos van a Libia a proteger los intereses del ENI de… ¡franceses y británicos!

El riesgo concreto es que se llegue a un fuerte contraste entre las potencias europeas: los franceses adiestran a las tropas de Haftar, que está reconquistando Bengasi. El siguiente paso será asegurar el área petrolífera, ahora en manos de milicias independentistas tanto del gobierno de Tobruk como del de Trípoli, pero que responden a la NOC y a las compañías petrolíferas extranjeras, entre ellas la Total. La ambición de Haftar, apoyado por franceses y americanos (además de por los Emiratos Árabes Unidos y por Egipto) es reconquistar Trípoli donde estarán los italianos cuyo gobierno está aliado con la ciudad-Estado de Misurata (donde están los británicos). Trípoli está claramente apoyada por Qatar y Turquía. Hay que subrayar que estos últimos apoyan de hecho al EI libio, como han hecho con el sirio-iraquí.

Y después, naturalmente, está el EI (o Daesh o Califato o ISIS) que, si hacemos caso a los medios de comunicación del régimen, es la causa de la intervención. Asentado en Sirte y sus alrededores, efectúa incursiones sobre todo en la vecina zona petrolífera, intentado hacer el mayor daño posible y tener una gran visibilidad, que los medios de comunicación occidentales están encantados de proporcionarle. En Sirte, último bastión de Gadafi, el EI ha llenado un vacío producido por la incapacidad libia de ofrecer un futuro a esta ciudad. La ocupación de Sirte no se ha producido pacíficamente: en octubre el EI ha ahogado en sangre una revuelta. No se ha dicho que el control de la ciudad sea tan férreo como la propaganda del EI quiere hacer creer. En cualquier caso, es cierto que el EI no «avanza» como pretenden hacernos creer los medios de comunicación.

En realidad, como ha demostrado lo ocurrido en Siria, las potencias occidentales no tienen ninguna intención de eliminar al EI, que ha servido y sirve como pretexto para llevar a cabo misiones militares encaminadas a redistribuir las zonas de influencia y el control de las áreas petrolíferas. La política externa la hacen el ENI, la Total, la BP, la Exxon y las otras multinacionales, y durará se ha dicho al menos treinta años, es decir, hasta que ya no quede petróleo ni gas que rapiñar.

Las guerras «humanitarias» son hoy sustituidas por operaciones militares de «estabilización», una manera refinada de definir los nuevos colonialismos. A pequeños pasos están entrando en guerra. Una guerra por el petróleo. La enésima guerra por el petróleo.

Tierra y Libertad
Nº 334 - Mayo 2016 

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