sábado, 13 de junio de 2015

El estallido revolucionario de diciembre de 1933


TRAS LAS ELECCIONES DE NOVIEMBRE

El viernes 8 de diciembre de 1933 celebra su sesión inaugural el Parlamento designado en las elecciones legislativas del 19 de noviembre anterior, cuya segunda vuelta tuvo lugar quince días después. Se trata de las primeras Cortes ordinarias de la Segunda República, ya que las disueltas en el pasado mes de octubre —elegidas a su vez el 28 de junio de 1931— tenían rango y carácter de constituyentes. Existen abismales diferencias en la composición de ambos parlamentos republicanos. Mientras en el primero predominan fuerzas liberales y progresivas —radical-socialistas, Acción Republicana, Esquerra de Cataluña, federales y socialistas—, en el segundo los partidos conservadores —radicales, Lliga Regionalista, agrarios, CEDA y TYRE— ocupan una mayoría de escaños. Aunque los elementos derechistas discrepan en casi todos los puntos esencialmente en la forma de gobierno que debe regir en España —coinciden en una aspiración concreta: deshacer toda la obra positiva, avanzada y socializante, del primer bienio republicano.


En la noche del mismo viernes 8 de diciembre estalla en diversos puntos de la geografía peninsular un amplio movimiento insurreccional desencadenado por la Confederación Nacional del Trabajo. Pese a que las autoridades están advertidas, han declarado el estado de alarma y tomado todas las medidas de precaución que juzgan convenientes, la violencia revolucionaria rebasa sus cálculos. Durante una semana se lucha con extraordinario encarnizamiento en Aragón y la Rioja, así como en lugares aislados de Levante, Cataluña, León, Extremadura y Andalucía. La intentona subversiva guarda estrecha y directa relación con el reciente resultado electoral. Al propugnar la completa abstención proletaria de los comicios, la CNT ha dicho que de triunfar la reacción los trabajadores deben recurrir a la acción revolucionaria. El movimiento que se inicia a las pocas horas de reunirse las segundas Cortes republicanas demuestra que la organización confederal cumple al pie de la letra compromisos, promesas y amenazas. Demuestra también —y es una clara advertencia para todos— que el proletariado español no está dispuesto a consentir cruzado de brazos que el fascismo triunfe sin lucha en nuestro país como ha triunfado ya en Italia y Alemania.

VENTAJAS DERECHISTAS

Cuando en la primera decena de octubre disuelve Alcalá Zamora las Cortes Constituyentes y encarga a Martínez Barrio la convocatoria de nuevas elecciones para el 19 de noviembre, las derechas tradicionales reciben alborozadas la decisión porque creen tener en sus manos todas las bazas de triunfo. No les faltan razones para pensarlo así. En los treinta meses transcurridos desde la caída de la Monarquía, no sólo no se resuelven los muchos problemas pendientes, sino que se agravan. La crisis financiera internacional, iniciada en 1929, con el hundimiento bursátil de Wall Street, repercute con mayor fuerza cada día en la situación interior. Por otro lado, la evasión masiva de capitales, que los gobernantes republicanos no han sabido impedir, y las maniobras reaccionarias paralizando industrias y abandonando cultivos para hacer imposible la vida del nuevo régimen, están a punto de dar los frutos apetecidos por sus patrocinadores.

En dos años y medio se ha hecho poco prácticamente para elevar el nivel de vida de los trabajadores y satisfacer sus más apremiantes necesidades. Tanto en el campo como en las ciudades, el paro forzoso sigue una marcha ininterrumpidamente ascendente y si son ya cerca de setecientos mil los obreros sin trabajo, es muy de temer que pasen del millón en la primavera próxima. La tan prometida reforma agraria —necesidad inaplazable de España al terminar el primer tercio del siglo— continúa siendo un sueño para los campesinos tan hambrientos de pan como de tierras. El excesivo respeto a la juridicidad del gobierno provisional y de los que le siguen —con su lamentable consecuencia de que la conjunción republicano-socialista trate de legalizar la revolución antes de realizarla— ha dejado en pie las estructuras sociales, financieras e incluso administrativas de la Restauración con general desencanto y no escasa indignación por parte de las masas trabajadoras.

Aparte del desgaste sufrido por su permanencia en el poder en una época de ingentes dificultades, los partidos de izquierda cometen el imperdonable error de acudir a las elecciones desunidos e incluso enfrentados. Los socialistas, que al colaborar con los republicanos han tenido que apoyar leyes y medidas que disgustan profundamente a los trabajadores de la UGT, dan por terminada la colaboración y presentan candidaturas propias en casi todas las circunscripciones. Por motivos personales. los radical-socialistas están divididos en múltiples grupos y capillitas; Acción Republicana, los federales y la ORGA carecen de masas de seguidores y de una sólida organización y la Esquerra ha perdido buena parte de la aureola que le permitió triunfar arrolladoramente en Cataluña en 1931. Para colmo de males, la intensa campaña de abstención electoral desencadenada por la CNT restará a todos ellos varios cientos de millares de votos.

Entenebreciendo más aún el panorama, los republicanos conservadores de Maura, los reformistas de Melquiades y los radicales de Lerroux —que son mayoría en el gobierno de Martínez Barrio que preside las elecciones— están violentamente enfrentados con los socialistas y muchos más próximos a la Lliga, los agrarios e incluso a la CEDA que a sus antiguos aliados antidinásticos. En caso de necesidad se aliarán antes con Gil Robles que con Largo Caballero. (En efecto, en varias provincias .se establecen acuerdos secretos entre las huestes lerrouxistas y los candidatos de extrema derecha).

A diferencia de sus adversarios tradicionales, carlistas, monárquicos, agrarios y católicos, establecen una sólida unidad, saltando por encima de sus rencillas y rivalidades. Desde el comienzo mismo de la campaña forman un comité electoral presidido por Martínez de Velasco al que secundan Cid, Royo Villanova, Gil Robles, Sainz Rodríguez, Casanueva y Lamamié de Clairac. Están seguros del apoyo entusiasta de aristócratas, terratenientes, clericales, las oligarquías financieras preponderantes en el país y una masa considerable de la pequeña burguesía. Cuentan con recursos financieros incomparablemente superiores a los izquierdistas, con una organización electoral, basada en el caciquismo rural y con la mayoría de los diarios nacionales o regionales de mayor circulación. Y, como arma decisiva, con el voto femenino que los diputados constituyentes cometieron la ingenuidad de aprobar. Si las mujeres son en todas partes más conservadoras que los hombres, los seis millones de sufragios de las españolas —sobre las que la Iglesia ejerce tan avasalladora influencia— bastarán para alzar un dique insuperable a todas las aspiraciones liberales y revolucionarias.


TRES ACONTECIMIENTOS

En las breves semanas que dura la campaña electoral de 1933, se producen tres acontecimientos de distinta índole que habrán de tener influencia considerable en el futuro inmediato de la política española. Cronológicamente el primero de estos hechos es el acto fundacional de Falange Española, que si no es el partido fascista más antiguo de España; sí será el que alcance mayor importancia en años sucesivos. Se trata de un mitin celebrado en el Teatro de la Comedia de Madrid el domingo 29 de octubre, en el que hablan José Antonio Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda y el profesor García Valdecasas, y en que el primero de ellos hace la exaltación de «la dialéctica de los puños y las pistolas».

Cinco días más tarde, el 3 de noviembre, se fuga de la cárcel de Alcalá de Henares, donde se encuentra recluido, el famoso millonario mallorquín Juan March y Ordinas. Tan célebre por sus caudales, como por la índole especial de sus actividades y las leyendas forjadas en su torno, March es una figura discutible y polémica. Diputado republicano por Baleares, afecto al Partido Radical, las Constituyentes le expulsan de su seno, declarando públicamente su incompatibilidad moral con el conocido hombre de negocios. Procesado por motivos que no se explican suficientemente, lleva vente meses preso cuando abandona su encierro con la complicidad de algunos oficiales de prisiones. Sospechando que su fuga haya sido facilitada por determinados políticos lerrouxistas, el ministro de Justicia, Botella Asensi, presenta la dimisión y sólo a ruegos de Martínez Barrio consiente en continuar en el cargo hasta después del día 19. (Con su habilidad y su dinero, March es un elemento peligroso. En una ocasión Jaime Carner, ministro de Hacienda en el segundo gobierno de Azaña, ha dicho que «o la República termina con March, o March termina con la República». Como la República no termina con él, será March dentro de unos años —1936— quien contribuya en no escasa medida a la muerte de la República).

Cuarenta y ocho horas después, el domingo 5 de noviembre de 1933, se aprueba por aplastante mayoría el anteproyecto de Estatuto vasco. El artículo 12 de la Constitución de 1931 dispone en su apartado B) que una vez propuesto el Estatuto por la mayoría de los ayuntamientos de una región «lo acepten, por los procedimientos que señala la Ley Electoral, por lo menos las dos terceras partes de los electores inscritos en el censo de la región». El trámite se cumple satisfactoriamente en las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, donde los votos favorables superan con creces el tanto por ciento exigido. El éxito se celebra con grandes manifestaciones de alegría en todas las poblaciones importantes de Euskadi. Hablando a una de estas manifestaciones, el presidente de la diputación de Vizcaya dice entre otras cosas:

—El País Vasco; haciendo honor a sus tradiciones y a su historia, ha colocado su potente política en un plano de libertad y justicia que hará imperecedera la República. Álava, Vizcaya y Guipúzcoa se han fundido en un abrazo perpetuo con la España republicana. Pronto vendrá a unirse con nosotros la hermana Navarra, estimulada por el triunfo que representa el actual plebiscito.

(Al Estatuto, plebiscitariamente aprobado el 5 de noviembre de 1933, niegan su conformidad las Cortes del segundo bienio republicano. Esa negativa, contraria a los deseos de la mayoría de su población, influirá decisivamente en la determinación vasca de colocarse en julio del 36 al lado de la República y luchar por su supervivencia. Sancionado por el tercer Parlamento republicano en su reunión del 1 de octubre de 1936 en Madrid y abolido por el franquismo en 1937, luego de su conquista de Bilbao, seguirá siendo factor determinante en la política y la vida vascongadas cuarenta años después).

LA DERROTA DE LAS IZQUIERDAS

La jornada electoral del 19 de noviembre transcurre con absoluta tranquilidad en todo el país, igual que sucedió el 12 de abril y el 28 de junio de 1931, y lo mismo que ocurrirá el 16 de febrero de 1936 e incluso el 15 de junio de 1977. (Por encendidas que estén las pasiones y trascendental que sea la decisión que se espera de las urnas, el pueblo español mantiene una impresionante serenidad el día mismo de los comicios, que siempre transcurren en España sin alborotos, pendencias ni graves desórdenes). La gente, que acude en gran número a los colegios ante los que forma extensas colas, espera con calma a depositar su voto y regresa tranquilamente a su domicilio. Las mujeres, que ejercen por vez primera su derecho al sufragio, votan en proporción muy similar a los hombres.

Como se esperaba de antemano, el escrutinio señala un considerable desplazamiento hacia la derecha del sufragio. La tendencia que ya denuncian los primeros resultados, se consolida y acentúa a medida que avanza la noche del domingo y en la mañana del lunes la impresión es desoladora para las fuerzas izquierdistas. Las derechas vencen en una mayoría de provincias y circunscripciones, duplicando, triplicando e incluso cuadruplicando los escaños que ocupaban en las Constituyentes. Con excepción de la Esquerra catalana —que conserva 24 diputados de los 36 que tuvo en el anterior Congreso— los partidos republicanos de izquierda desaparecen prácticamente, mientras los socialistas ven reducida a la mitad su representación parlamentaria. Aunque mejoran ligeramente sus posiciones los radicales de Lerroux y los conservadores de Miguel Maura, sus ganancias no admiten comparación con las conseguidas por la CEDA —que será la minoría más numerosa en las nuevas Cortes— los agrarios, la Lliga, los carlistas y Renovación Española.

Aunque en la primera vuelta quedan sin dilucidar 95 escaños que habrán de ser cubiertos en la segunda, sus resultados no pueden hacer en ningún caso que las izquierdas alcancen la mayoría. De los 307 diputados elegidos el 19 de noviembre, 149 corresponden a las derechas, 101 al centro y sólo 57 a la izquierda; Pese a no existir desproporción apreciable entre los votos de unos y otros —los 8.711.160 sufragios emitidos se reparten entre 3.500.000 para la derecha, otros 3.500.000 para la izquierda y 1.700.000 para el centro— la multiplicación de candidaturas de izquierdistas —en Madrid, concretamente, frente a la del bloque unido contrarrevolucionario se presentan una de radicales, otra de republicanos de izquierda, una tercera socialista y una cuarta comunista—, hacen que se desaprovechen gran cantidad de votos y desnivelen la balanza en favor de las fuerzas reaccionarias. Más equilibrados son los resultados de la segunda vuelta, celebrada el 3 de diciembre, que señala un renacer del espíritu republicano con el triunfo de 31 diputados izquierdistas y 30 del centro frente a sólo 33 de derechas.

Con todo, los 465 escaños del Congreso se reparten en forma harto desigual entre los tres bloques o tendencias políticas de la nación: 217 para .la derecha, 156 para el centro y 99 para la izquierda. Para poder gobernar con desembarazo en un régimen parlamentario se necesitan la mitad más uno de los diputados que integran la Cámara. Como nadie alcanza los 233 votos precisos en las primeras Cortes ordinarias de la República, habrá que buscar la coalición entre dos de los tres bloques en que se dividen los representantes populares o recurrir a un gobierno minoritario que cuente con el apoyo condicionado y transitorio de una mayoría. Pero las coaliciones entre grupos que discrepan en todo lo fundamental son tan inestables como los gobiernos minoritarios que se sostienen en pie gracias a la tolerancia de sus adversarios. Esto basta por sí solo para explicar la larga serie de ministerios que se suceden durante el segundo bienio republicano y su completa esterilidad.


«FRENTE A LAS URNAS, LA REVOLUCION»

Aunque en las elecciones de noviembre de 1933 acuden a las urnas más de ocho millones de votantes, quedan otros cuatro millones de personas .que por las razones que sean no ejercen su derecho al voto. Está abstención que se cifra en el 32,6 por 100 de los inscritos en el censo, es superior a la del 28 de junio de 1931 y muy superior a la del 16 de febrero de 1936. Examinando las provincias y circunscripciones en que la abstención alcanza sus cotas más altas —Cádiz, 62,73 por 100; Sevilla, 50,16; Málaga, 49,37 e incluso Barcelona, 39,85— que son precisamente aquellas en que mayor influencia ejerce la Confederación Nacional del Trabajo, no cabe dudar que los sufragios no emitidos hubieran sido en su mayoría para las izquierdas y que su alejamiento de las urnas se debe en buena parte a la campaña abstencionista desarrollada durante el período electoral por la organización confederal.

De perfecto acuerdo con sus postulados doctrinales, el anarcosindicalismo español no ha presentado jamás un solo candidato en las elecciones municipales, provinciales o legislativas. Tanto en su Congreso constitutivo celebrado en Barcelona en 1910, como en los de la Comedia en 1919 o el del Conservatorio en 1931, la CNT afirma en todo momento que la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos y no regalo generoso y paternalista de ningún político profesional llámese como se llame. El movimiento libertario hispano, igual que la totalidad del socialismo antiautoritario desde los tiempos de la Primera Internacional, considera que la acción directa es el medio más adecuado para la consecución de sus ideales y no cree que los diputados obreros que se sientan en los parlamentos burgueses puedan redimir a los trabajadores —cosa que no ha sucedido hasta ahora en ningún país— y estima mucho más fácil —conforme ha sucedido en muchos lugares— que acaben dejándose ganar por el halago de las instituciones capitalistas que aspiran a destruir. La dolorosa experiencia de las persecuciones sufridas desde 1931, la ratifica en su postura abstencionista ante las elecciones de noviembre.

El 20 de octubre de 1933 se celebra en Madrid un pleno nacional de regionales para adoptar decisiones con respecto a la situación nacional. En dicho pleno se toma por unanimidad el acuerdo de intensificar la campaña antielectoral por todos los medios a su alcance, con plena responsabilidad de que «al emprender esta campaña abstencionista contraemos una tremenda responsabilidad ante el proletariado español», añadiendo que «si triunfasen las derechas fascistas y por esa u otras razones el pueblo se revela, la Confederación Nacional del Trabajo tiene el deber de impulsar este deseo popular en ordena forjar de verdad su objetivo de comunismo libertario. Bastará que una regional desencadene la acción para que toda la organización tome parte en ella; esto quiere decir que en cuanto una regional se levante, inmediatamente, sin esperar más órdenes, las demás deben secundarla».

De conformidad con este acuerdo del Pleno de Regionales en las cuatro semanas siguientes la CNT desarrolla en periódicos, conferencias, asambleas y mítines una intensa campaña, interna y externa recomendando a los trabajadores que no acudan a las urnas. Culminación de la campaña es un gigantesco mitin en la plaza de toros Monumental de Barcelona en el que hablan Benito Pabón, Domingo Germinal, Buenaventura Durruti y Valeriano Orobón Fernández, que ante más de 100.000 trabajadores que llenan el coso y se agolpan en las calles vecinas glosan la consigna «Frente a las urnas, la revolución social ». Sabiendo de sobra cuál será la respuesta de sus oyentes, Durruti pregunta:

—Trabajadores, la última vez habéis votado a la República. ¿La hubieseis votado de saber que esa misma República encarcelaría en poco más de dos años a nueve mil obreros?

—La revolución de los republicanos ha fracasado —dice por su parte Orobón Fernández— y ahora tenemos en puerta una contrarrevolución fascista. ¿Recordáis lo que sucedió en Alemania? Socialistas y comunistas sabían lo que Hitler se proponía, pero pensaron que podrían detenerle sólo con las urnas. Se limitaron a votar y esa fue su sentencia de muerte. ¿Qué está pasando ahora mismo en Austria, orgullo de la socialdemocracia? Allí los socialdemócratas tenían el 45 por 100 de los votos; esperaban lograr un 6 por ciento más en las últimas elecciones, seguro de que eso les conduciría al poder. Pero se olvidaron de un hecho fundamental: que aun saliéndoles bien las cuentas, al día siguiente del triunfo electoral, tendrían que salir a la calle a combatir en defensa de su victoria, porque ni en Austria ni en ningún sitio el capitalismo se deja quitar el poder de una manera pacífica.

La campaña abstencionista de la CNT tiene un éxito completo. Más de un millón de sus afiliados o simpatizantes que votaron en 1931 ilusionados y esperanzados por la República y que volverán a hacerlo en 1936 para conseguir una amnistía que ponga en la calle a los treinta mil obreros encerrados por los gobernantes del bienio negro, no participan en los comicios. Su abstención facilita el triunfo reaccionario en buen número de circunscripciones. Aunque la derrota izquierdista no puede serles imputada exclusivamente —a ella contribuyen poderosamente la suicida división de republicanos y socialistas, la concesión del voto a la mujer y la política represiva de Maura y Casares desde el Ministerio de la Gobernación— la organización confederal se cree obligada a poner de su parte cuanto pueda para cerrar el paso al avance de la reacción y del fascismo. Considera que ha contraído un grave compromiso con los trabajadores a los que aconsejó la abstención y quiere hacer honor inmediatamente a la palabra empeñada.

El 26 de noviembre se celebra en Madrid un nuevo pleno de regionales de la Confederación. En el pleno se discute tanto la necesidad de desencadenar un movimiento insurreccional como sus posibilidades de éxito. Si en lo primero, en que la violencia revolucionaria es el único medio de combatir el fascismo, están conformes todos los reunidos, hay ligeras discrepancias acerca del momento en que debe comenzar y los preparativos que hay que realizar antes de lanzarse a la lucha armada. No faltan optimistas que estiman que dado el triunfo derechista en las elecciones y el tono resuelto adoptado en la propaganda electoral por Largo Caballero y el ala izquierda del socialismo, los trabajadores de la UGT se sumarán en masa y sin vacilaciones a la proyectada intentona; otros niegan esta posibilidad y, como la regional asturiana, abogan por una preparación más larga y cuidadosa. Aunque Andalucía alega que dada la represión que sufre a lo largo de todo el año, con sus locales cerrados y sus militantes presos, no podrá prestar gran ayuda al movimiento en perspectiva, Aragón, Levante, Galicia y Centro, regionales a las que con ciertas reservas y divisiones entre sus delegados se suma Cataluña, consiguen imponer su criterio de emprender sin tardanza una acción que impida y corte el avance fascista.

Inmediatamente se nombra un Comité Revolucionario que habrá de fijar su residencia en Zaragoza, en el que forman entre otros Cipriano Mera, Buenaventura Durruti, Antonio Ejarque y el doctor Isaac Puente, que ultima con toda rapidez los preparativos de un alzamiento que tendrá que iniciarse tan sólo catorce días después.


EL MOVIMIENTO DE DICIEMBRE

Apenas terminada la sesión de Cortes en que es elegido presidente del Congreso el ex ministro monárquico don Santiago Alba, el Gobierno Martínez Barrio —que días atrás ha declarado el Estado de Prevención— declara en toda España el Estado de Alarma. Casi simultáneamente se producen los primeros chispazos del movimiento insurreccional más intenso y extenso de cuantos hasta estos momentos ha conocido nuestro país. De acuerdo con los proyectos del Comité Revolucionario el peso principal de la lucha ha de recaer sobre la regional de Aragón, Rioja y Navarra —que es la que se considera mejor preparada— secundada por una huelga general en el resto del país, con corte de comunicaciones y dominio de las poblaciones en que sea posible. Antes de medianoche del 8 de diciembre se producen en diversos puntos de la geografía peninsular voladuras de líneas férreas, telefónicas y telegráficas, ataques a los cuarteles de la guardia civil e intensos tiroteos en distintas ciudades.

Aunque en Barcelona se lucha con encarnizamiento durante toda la noche en la barriada de Coll Blanch, los trabajadores llegan a adueñarse de Hospitalet y el Prat de Llobregat y al día siguiente paran todas las industrias y se suceden las acciones violentas por espacio de una semana; pese a que en Levante los trabajadores revolucionarios se apoderan de una docena de pueblos; a que en Madrid hay varios muertos en enfrentamientos con la fuerza pública y que se producen numerosos paros; a que hay numerosas huelgas en Galicia, Asturias, León y Andalucía, el foco principal de la contienda se centra en Aragón y La Rioja.

Tanto en las provincias de Zaragoza, Huesca y Teruel como en la de Logroño, los revolucionarios se adueñan de extensas zonas en las que proclaman el comunismo libertario. Entre otros pueblos los campesinos dominan por espacio de varios días en Briones, Fuenmayor, Ceniceros, Arnedo, La Bastida y San Asensio en La Rioja, y en Valderrobles, Mas de las Matas, Beceite, Calanda, Alcoriza, Alcalá de Gurrea, Daroca, Albalate del Cinca y Alcampel en Aragón.


Como consecuencia, la voladura de líneas férreas para interceptar las comunicaciones, se producen dos descarrilamientos, uno en Aragón y otro en Valencia, este último con numerosas víctimas. Aparte de Aragón, Rioja y Levante, se originan hechos de gravedad en diferentes comarcas y regiones. En febrero, en la cuenca minera leonesa, los obreros son dueños de la situación hasta que fuerzas del ejército les obligan a refugiarse en las montañas. En Bujalance, en la provincia de Córdoba, se lucha durante toda una jornada, produciéndose después una dura represión. En Villanueva de la Serena, Badajoz, el sargento Pío Sopena, al frente de una docena de hombres se adueña de la caja de reclutamiento de la localidad y resiste durante dos días todas las intimidaciones de rendición, muriendo al cabo en unión de sus compañeros al ser destruido el edificio por un bombardeo de cañones y morteros.

Finalmente, el movimiento insurreccional fracasa, como han fracasado en España la totalidad de las intentonas revolucionarias de izquierdas y derechas, de monárquicos y republicanos. El de diciembre de 1933 falla por falta de armamento y preparación, por la premura y precipitación en lanzarse a la lucha sin contar con elementos suficientes para sostenerla, por no haberse escogido el momento adecuado y por no conseguir arrastrar al mismo como se esperaba a las organizaciones ugetistas. No obstante, reviste tales caracteres que el propio ministro de la Guerra, Iranzo, tiene que declarar el 13 de diciembre: «El movimiento ha sido duro e intenso en proporciones tales que da lugar a reflexionar porque no se comprende la cantidad de elementos destructores que se han reunido y el número y extensión de los hombres movilizados». La semana de lucha arroja un saldo doloroso de 87 muertos, unos centenares de heridos y más de un millar de detenidos, muchos de los cuales continuarán en prisión hasta la amnistía que sigue a la victoria del Frente Popular en el mes de febrero de 1936.

UN ARMA DE DOBLE FILO

El movimiento revolucionario de diciembre es consecuencia directa del triunfo derechista en las elecciones de noviembre del 33, debido en parte a la abstención electoral preconizada por la CNT. En meses y en años sucesivos se discutirá mucho en torno a la abstención y sus consecuencias. Para una mayoría se trata de un arma de doble filo, peligrosa de manejar en todo momento y sólo útil en determinados momentos. ¿Dio los frutos apetecidos por quiénes la defendieron en España a finales de 1933? Tres meses después, luego del aplastamiento en las calles de Viena de la socialdemocracia austriaca, escribía Orobón Fernández en un artículo publicado en La Tierra:

«Mucho se ha dicho y escrito, muy superficialmente por cierto, contra el abstencionismo electoral de la Confederación, cuya eficacia está resultando infinitamente superior a la elección de cien diputados obreros, ya que ha abierto un proceso revolucionario de grandes perspectivas para el proletariado español. Sin esta abstención denunciadora oportuna del volumen de la reacción y de la inanidad del sufragio para combatirla, el fascismo latente se nos hubiese colado un día de rondón por la puerta grande de la "legalidad democrática", bien pertrechado frente a una clase obrera sorprendida, fraccionada y en parte entretenida en hacer reclamaciones inocentes al censo electoral. De esta manera hemos atacado al fascio en su periodo de incubación. Y tras nuestra actitud, de sabotaje desintegrante en un terreno y de contundencia combativa en otro, se ha comprendido la gravedad de la situación, ha sonado la voz de alarma en todo el campo obrero y, lo que es más importante, se ha comenzado a hablar con seriedad de frente único, alianza o unidad revolucionarios.»

El mismo Valeriano Orobón Femández, una de las figuras revolucionarias de mayor rango intelectual, muerto desgraciadamente a comienzos de 1936, decía aquellos días de la primavera de 1934 hablando conmigo sobre este mismo tema:

—¿Te das cuenta ahora del acierto de nuestra postura de noviembre y sus resultados? De triunfar electoralmente las izquierdas burguesas, el Partido Socialista seguiría aliado con ellas, oponiéndose a las aspiraciones revolucionarías de los trabajadores. Como han vencido las derechas, tiene que unirse fatalmente al resto del proletariado en lucha contra el capitalismo, si no quiere sufrir la misma suerte que la socialdemocracia alemana o austriaca. Incluso es posible, probable mejor, que amplios sectores de la burguesía liberal, que desde el poder no acertaban a calibrar toda la gravedad de la amenaza fascista, la comprendan ahora y formen al lado de los obreros en vez de combatirlos a sangre y fuego, en defensa de una oligarquía que utiliza sus servicios cuando le conviene, pero que los paga con la cárcel o el paredón en el momento en que puede prescindir de ellos.

(Nº 37 / Diciembre 1977)

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