lunes, 3 de enero de 2011

El anarquismo en América Latina

[Este texto forma parte del capítulo XIV del libro de 1962 El anarquismo de George Woodcock]:

Durante el siglo XIX, los países de Latinoamérica estuvieron unidos a España y Portugal, no sólo por vínculos culturales y lingüísticos, sino también por unas condiciones sociales similares. Era esta una vinculación que favorecía la transmisión de ideas revolucionarias, y fueron principalmente los inmigrantes españoles quienes difundieron los ideales anarquistas en Latinoamérica, aunque en Argentina los italianos desempeñaron también un importante papel de misioneros. Los primeros grupos anarquistas surgieron en México, Cuba y Argentina a principios de la década de 1870. Dichos países, así como el Uruguay, enviaron representantes al último congreso de la Internacional de Saint-Imier, que tuvo lugar en 1877, y en 1878 se creó en la ciudad de México una Liga Bakuninista.

Los anarquistas dieron rápidamente muestras de actividad, organizando a los trabajadores artesanales e industriales de toda la América del Sur y la América Central, y hasta principios de la década de 1920, la mayor parte de los sindicatos de México, Brasil, Perú, Chile y Argentina tuvieron una orientación general anarcosindicalista; es indudable que este fenómeno se debió en gran medida al prestigio de la CNT española como organización revolucionaria. La más numerosa y militante de estas organizaciones fue la Federación Obrera Regional Argentina fundada en 1901, en gran parte por inspiración del italiano Pietro Gori, y que se desarrolló con rapidez hasta llegar a tener cerca de un cuarto de millón de miembros, empequeñeciendo a los sindicatos socialdemócratas rivales. De 1902 a 1909, la FORA desarrolló una prolongada campaña de huelgas generales contra los patronos y la legislación opuesta a los intereses de los trabajadores. Hacia el final de ese periodo se produjo en Buenos Aires una situación en la que la brutalidad de las autoridades y la militancia de los trabajadores se provocaban mutuamente, alcanzado niveles cada vez más altos, hasta que el primero de mayo de 1909, una gigantesca manifestación recorrió las calles de Buenos Aires y fue disuelta por la policía, que causó numerosas víctimas entre los sindicalistas. En represalia, un anarquista polaco, Simón Radowitzky, dio muerte al coronel Falcón, jefe de policía de Buenos Aires y responsable de la muerte de muchos sindicalistas. Tras ese acontecimiento, se aprobó una severa ley antianarquista, pero la FORA siguió siendo una organización numerosa e influyente hasta 1929, año en que se fusionó con la UGT socialista para formar la Confederación General de Trabajadores, y perdió rápidamente sus tendencias anarcosindicalistas.


En México, los anarquistas desempeñaron un papel considerable en la época revolucionaria que siguió a la caída del dictador Porfirio Díaz, en 1910. Un anarquista sobre todo, Ricardo Flores Magón, es recordado todavía entre los padres de la revolución mexicana. Con sus hermanos Jesús y Enrique fundo en 1900 un periódico anarcosindicalista, Regeneración, que desempeño un papel muy importante a lo largo de los diez años siguientes, contribuyendo a enfrentar a la clase obrera urbana con la dictadura de Díaz. Los hermanos Flores Magón pasaron gran parte de su vida en el exilio, cruzando cargados de propaganda la frontera con los Estados Unidos, país en el que fueron encarcelados en diversas ocasiones por sus actividades, y en el que murió Ricardo en la cárcel en 1922.


Aunque Ricardo Flores se dedicó principalmente a convertir a los trabajadores urbanos a sus ideas anarcosindicalistas, estableció también vínculos con el gran líder agrario Emiliano Zapata, cuyas actividades en el sur de México durante el periodo revolucionario recuerdan notablemente las de Majnó en Ucrania, ya que era, como éste, un pobre campesino dotado de gran capacidad para inspirar a los campesinos oprimidos del sur de México y dirigirlos brillantemente en la guerra de guerrillas. El historiador Henry Bamford Parkes señala que el ejército zapatista del sur nunca fue un ejército en el sentido normal del término porque sus soldados «pasaban el tiempo arando y recogiendo la cosecha en las tierras recién conquistadas, y sólo tomaban las armas para repeler la invasión: eran un pueblo insurrecto». La filosofía política del movimiento zapatista, con su igualitarismo y su deseo de recrear un orden natural campesino, con su insistencia en que el pueblo debe tomar por sí mismo la tierra y gobernarse a sí mismo en comunidades locales, con su desconfianza hacia la política y su desprecio por el beneficio personal, presentaba grandes semejanzas con el anarquismo rural, que había surgido en circunstancias similares en Andalucía. Indudablemente, algunas de las ideas libertarias que inspiraron a los sindicatos urbanos y convirtieron temporalmente a algunos grandes pintores mexicanos, como Ribera y el Dr. Atl, en anarquistas, llegaron hasta Zapata en el sur, pero parece que el carácter anarquista de su movimiento surgió de la combinación dinámica de los anhelos niveladores de los campesinos y de su propio idealismo despiadado. Zapata fue el único líder de la revolución mexicana que nunca transigió, que jamás permitió que le corrompiesen el dinero o el poder, y que murió como había vivido, como un hombre pobre y casi analfabeto que luchaba porque se hiciese justicia a hombres como él.

En México, la anarquía parece fruto lógico de una historia caótica, de una tierra dramática y dividida y de un localismo tan inveterado como el español.

George Woodcock

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