viernes, 29 de octubre de 2010

El zapatismo según Cappelletti

[Ya que dentro de unas tres semanas conmemoraremos el centenario de la Revolución Mexicana, y una de sus figuras más emblemáticas fue el guerrillero Emiliano Zapata, recuerdo en un párrafo del capítulo titulado «Anarquismo latinoamericano» del añorado compañero libertario Ángel J. Cappelletti en el libro recopilatorio El anarquismo en América Latina de 1990. En este párrafo nos habla de la influencia del magonismo en el zapatismo y, a su vez, de las diferencias entre Villa y Zapata.]
Junto al Partido Liberal o, por mejor decir, junto al ala izquierda de ese partido, que con razón hemos llamado magonismo, y cuya ideología era sin duda alguna anarco-comunista, surgió en el curso de la Revolución antiporfirista otro movimiento de hondo arraigo popular. Este movimiento de campesinos sin tierra, cuyo ámbito fue principalmente el Estado de Morelos, estaba encabezado por Emiliano Zapata, y puede ser considerado, desde un punto de vista ideológico y estratégico, como prolongación de los movimientos rurales revolucionarios de los años 70 del siglo XIX, de los cuales hemos hablado. Y, puesto que éstos estaban, como vimos, inspirados en las ideas de Bakunin y otros anarquistas de época, no es posible dejar de mencionar aquí también al zapatismo. Revolucionario espontáneo y casi instintivo, Emiliano Zapata no tenía al principio más ideología que la del «calpul» (los ejidos), soterrada por así decirlo en el inconsciente colectivo del pueblo indígena. Más tarde, sin embargo, enarboló en su bandera el lema anarquista «Tierra y Libertad», propio del magonismo y utilizado primero por Práxedis Guerrero. Soto y Gama, que cumplió funciones de secretario en el ejército zapatista, se constituyó en vehículo transmisor de las ideas libertarias de Flores Magón y parece haber sido el autor del famoso Plan de Ayala. Blaisdell dice que, aun cuando Emiliano Zapata nunca se consideró anarquista, popularizó el plan revolucionario de Flores Magón y luchó de hecho por llevarlo a la práctica. Womack subraya la moderación inicial del programa de Zapata, pero no deja de reconocer que, más tarde, forzado por la intransigencia de los hacendados, abrazó el agrarismo revolucionario de Soto y Gama y Flores Magón. José Muñoz Cota, basándose en informaciones directas de Nicolás T. Bernal, informa que recibió a un enviado de Ricardo Flores Magón y que, por sugerencia de éste, hizo suyo el lema «Tierra y Libertad». Pietro Ferrúa, después de citar una carta en la que Flores Magón aclara que «el único grupo afín a los nuestros es el de Zapata», concluye que entre ambos revolucionarios «con emisarios o no, una comunicación se produjo». G. Woodcock compara a Zapata con Majno, y añade: «La filosofía del movimiento zapatista, con su igualitarismo y su deseo de recrear un orden campesino natural; con su insistencia en que el pueblo debe tomar la tierra por sí mismo en comunidades aldeanas; con su desconfianza en la política y su desprecio por el afán de lucro personal, se parecía mucho al anarquismo rural que había surgido en Andalucía en circunstancias parecidas». En América Latina, la figura de Zapata puede ser, hasta cierto punto, comparada con la del venezolano Ezequiel Zamora, cuya frustrada carrera revolucionaria apuntaba a rumbos análogos. En todo caso, Flores Magón veía con entera claridad la diferencia entre Zapata y otros caudillos revolucionarios como Pancho Villa. El 11 de 1914 escribía en Regeneración:
«Nosotros conocemos la sinceridad de Emiliano Zapata como revolucionario, Zapata practica la expropiación en beneficio de todos, mientras que Villa es un perro de la burguesía y fusila al proletariado que toma una pieza de pan para mitigar su hambre. Zapata comprende que la toma de posesión de la tierra por los trabajadores para trabajarla sin amos, es la base firme sobre la cual tiene que descansar la libertad de los proletarios, y consecuente con sus ideas, no se opone a que los habitantes de las regiones en que operan sus fuerzas se apoderen de la tierra y la trabajen para ellos mismos, mientras en la región dominada por Villa los trabajadores no cuentan ni con la tierra necesaria para cubrir sus cuerpos después de muertos. Hablar de uniones entre Villa y Zapata es absurdo. Villa es un bandido, porque cuida los intereses de la burguesía; Zapata es un revolucionario honrado y sincero, porque arrebata la riqueza de manos de la burguesía y la entrega a sus verdaderos dueños: los pobres».
De hecho, fuera de una circunstancial alianza contra el carrancismo, nada unía a Zapata con Villa, y en una carta del 21 de agosto de 1914 aquél recalca que «del cumplimiento de todas las cláusulas del expresado Plan de Ayala depende la paz de la nación».

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