jueves, 13 de octubre de 2011

La Independencia de los países atrasados

[En el capítulo titulado «Imperialismo y Nacionalismo», del libro Surrealismo y Anarquismo, hay un texto de Benjamin Péret —aunque han pasado más de cincuenta años sigue siendo igual de válido al día de hoy—. Ésos que defienden el supuesto «Derecho a la Autodeterminación de los Pueblos o las Naciones» pecan de ingenuos. Este autor surrealista estaba mucho más acertado que muchos de ahora...]


La Independencia de los países atrasados

La Primera Guerra Mundial provocó la desaparición de los imperios centrales como potencias imperialistas y el debilitamiento de Francia, aun cuando ésta haya heredado una buena parte de los despojos de los vencidos. Permanecían frente a frente el imperio británico un poco reforzado y los Estados Unidos en rápida ascensión. El período 1920-1940 vio la eliminación progresiva del capital inglés en América Latina, suplantado por el americano. Con la guerra, Inglaterra tuvo que abandonar toda pretensión a la hegemonía mundial en beneficio de Washington, que ha quedado como el único en disputarla con Stalin. El imperio británico entró en descomposición desde ese momento. Después del cese de las hostilidades, se asiste a su retroceso ininterrumpido, principalmente en Asia. Ayer, era la independencia de la India y de Birmania, que lazos bastante débiles todavía ligan a la Commonwealth. Hoy, Persia se apropia de los yacimientos de petróleo que los capitalistas ingleses explotaban y los expulsa, despertando así a una parte del mundo árabe y animando hasta al fascista Dr. Malan, de Sudáfrica. Si las reivindicaciones iraquíes y egipcias pueden ser consideradas como la consecuencia inmediata de la derrota del imperialismo inglés en Persia, la de Sudáfrica marca el punto de partida de una nueva etapa en la descomposición del imperio inglés, la de su destrucción. Los países sometidos a Londres no se contentan con la libertad que les es concedida en el marco de la Commonwealth, ya quieren arrancarle a la metrópolis sus posesiones coloniales. Mañana, desearán liberarse de ella totalmente. Ya no les basta estar nominalmente asociados con la Corona, quieren despojarla.

Se está tentado, a primera vista, a dar sentimentalmente razón a los países que procuran liberarse del yugo inglés así como de cualquier otro yugo extranjero, pero si se examina el contenido real de la palabra de orden de independencia nacional en nuestra época, se cambia inmediatamente de opinión.

Esa palabra de orden se ve surgir de todas partes en el curso del siglo XIX, en la época de la ascensión burguesa, generalmente ligada con las aspiraciones democrático-burguesas. La burguesía, sintiendo que ella representa la principal fuerza económica del país, tiende a traducir esa situación en términos jurídicos a fin de subordinar a las otras clases sociales a sus intereses. En el fondo, bajo esa reivindicación, se descubre fácilmente la aspiración de los burgueses a la explotación exclusiva, a través de sus métodos, de la fuerza de trabajo de los obreros. No obstante, no es menos cierto que, en relación con las sociedades anteriores, la democracia burguesa constituye, así, un elemento positivo. Su reivindicación de independencia nacional, oponiéndose al feudalismo que dominaba entonces la mayor parte de Europa, está, por ende, totalmente justificada. En todos los lugares en los que ella pudo triunfar, en ese momento, acompañada de un régimen democrático, provocó una mejoría del nivel de vida y de la cultura de los trabajadores, no sin lucha, evidentemente, pero la posibilidad de esa lucha ya era un elemento positivo.

La guerra de 1914 dio a esa reivindicación una nueva vía, pero su significado ya había cambiado por completo. Desde hacía un cuarto de siglo, por lo menos, el capitalismo se concentraba en trusts y monopolios por los cuales las fronteras sólo tenían sentido en el marco de sus intereses. Éstas se tornaban biombos detrás de los cuales se cerraban los más fructíferos negocios. La independencia de los Estados emanados del Tratado de Versalles era apenas aparente, pues esos Estados creados enteramente para satisfacer intereses capitalistas inconfesos, a veces enmascarados por necesidades de estrategia, estaban sometidos ya sea al imperialismo francés, ya sea a su competidor inglés, y a veces a los dos. Desde luego, no se vio a un solo país conquistar una independencia real. Todos aquellos que se liberaban de una opresión extranjera conseguían hacerlo gracias a la ayuda de otro imperialismo que tomó inmediatamente el lugar del precedente. Desde la Segunda Guerra Mundial, se vio entrar en escena al imperialismo ruso, que favorece en su propio provecho los movimientos de independencia, en Vietnam, por ejemplo, en tanto que su rival americano, apoyando a los antiguos imperialismos aunque socavándolos en su provecho, lucha por la «liberación», siempre en su provecho directo o indirecto, de territorios dominados por Stalin. Un ejemplo de ello es el apoyo que da al nacionalismo ucraniano. Los capitalistas nacionales y los trabajadores que ellos oprimen no hacen, por lo tanto, otra cosa que cambiar de señores, pasándose a Washington, que les deja una libertad relativa en su jardín zoológico, o para Moscú, que los doma en la jaula de su circo. En esas condiciones, la independencia nacional no es señal de otra cosa que de un anzuelo presentado por el capitalismo nacional, destinado a enmascararles a los trabajadores la verdadera solución: supresión del capitalismo y edificación de un nuevo mundo sin opresores ni oprimidos.

No quiero decir con esto en absoluto que las aspiraciones de los pueblos a la independencia sean reaccionarias. Los trabajadores de esos países, doblemente oprimidos por su burguesía (o por la burguesía estalinista detrás de la cortina de hierro) y por el imperialismo extranjero, sienten más que en ningún otro lugar una inmensa necesidad de liberación, y es esa necesidad la que las clases dominantes explotan para sus propios fines. Los revolucionarios deben mostrar la oposición real que existe entre las aspiraciones de los trabajadores y aquellas de los capitalistas, incluso si esas aspiraciones parecen coincidir en la liberación o independencia nacional. Esa coincidencia sólo existe, en realidad, en las palabras a las cuales las clases antagónicos dan un contenido opuesto. Para los de arriba, se trata de explotar en su provecho exclusivo el trabajo de los de abajo, en tanto que los trabajadores procuran más o menos conscientemente liberarse de la explotación capitalista cuyo amo extranjero es apenas el representante más visible.

Puesto que es así, se torna fácil estimar en su justo valor los últimos movimientos nacionalistas de Asia y de África, sobre todo si se observa que, en todos los casos, Washington interviene como «mediador», esto es, procura sentar en el trono imperialistas expulsados o amenazados de expulsión, mientras que Moscú espía, apenas disimulado tras su quinta columna. Si se piensa en la acuidad de las rivalidades que oponen Washington a Moscú, se está obligado a constatar que todo el movimiento de independencias es utilizado actualmente por ellos como una maniobra de la guerra fría, ella misma maniobra estratégica en vista de la próxima guerra. Ello torna todavía más urgente la necesidad de esclarecer a los trabajadores que participan de los movimientos de independencia, pues no se trata de ignorarlos o de desentenderse de ellos, sino de darles su verdadero contenido revolucionario, resituar el problema en sus términos reales: la independencia total de los trabajadores mediante el derrumbamiento del sistema capitalista y no independencia nacional bajo la dirección de los capitalistas o feudalistas, como es el caso en Oriente o en el África del Norte.

Entretanto, el movimiento nacionalista actual estremece la dominación inglesa en Asia y en África podría, en caso de tener éxito, tener serias consecuencias, aunque indirectas, para el futuro de la revolución social en Europa. En efecto, si la guerra se demora, el dislocamiento de la Commonwealth, minado por el imperialismo americano que se acomoda perfectamente a la independencia nacional, es inevitable, así como la evicción del capital inglés de las regiones en las que se implantó. A propósito, el retroceso de la guerra supone un retroceso paralelo del estalinismo, que vive en gran parte del temor que sienten los pueblos de un nuevo conflicto. En esas condiciones, se puede esperar que, frente al recrudecimiento de las luchas de clases en amplia escala en Inglaterra y en Francia, los capitalistas de esos países, privados entonces de los superlucros coloniales, deberán intentar compensar sus pérdidas con una superexplotación de los obreros que provocaría, entonces, su protesta general. Son las únicas perspectivas condicionales y tal vez remotas que el actual movimiento de independencia permite entrever.

Benjamin Péret
Le Libertaire, 19 de octubre de 1951

miércoles, 12 de octubre de 2011

Patria y religión

Retazos del capítulo «Lo que piensan, lo que quieren los surrealistas», publicado en Surrealismo y Anarquismo. «Proclamas surrealistas» en Le Libertaire.

RELIGIÓN

En 1931, los surrealistas declaran, en ocasión de las primeras luchas en España: «Todo lo que no es la violencia cuando se trata de religión, del espantapájaros Dios, de los parásitos de la oración, de los profesores de la resignación, es asimilable a esos innumerables gusanos del cristianismo, que deben ser exterminados». (¡Al fuego!)

«La religión cristiana, la más evolucionada y la más hipócrita de todas las religiones, representa el gran obstáculo espiritual y material para la liberación del hombre occidental, pues es el auxiliar indispensable de todas las opresiones. Su destrucción es una cuestión de vida o muerte.»

Benjamin Péret, 1948

«Es preciso destruir definitivamente la abominable noción cristiana del pecado, de la caída original y del amor redentor… Una moral basada en la exaltación del placer barrerá, tarde o temprano, la innoble moral del sufrimiento y de la resignación, mantenida por los imperialistas sociales y por las iglesias.»

Jean-Louis Bédouin,
Notas sobre André Breton, 1950

PATRIA, ESTADO

En 1925, los surrealistas declaran: «Más aun que el patriotismo, que es una histeria como cualquier otra, y no obstante más vacía y más mortal que cualquier otra, lo que nos repugna es la idea de Patria, que es verdaderamente el concepto más bestial, menos filosófico, el cual intentan hacer penetrar en nuestro espíritu.»

¡La Revolución primero y siempre!

En 1935, los surrealistas declaran: «Todo sacrificio de nuestra parte a la idea de patria y a los famosos deberes que de ella resultan entraría inmediatamente en conflicto con las razones iniciales más ciertas que conocemos para habernos tornado revolucionarios… Es la inanidad absoluta de semejantes conceptos lo que atacamos y, sobre ese punto, nada nos forzará a redimirnos.»

Benjamin Péret,
Del tiempo en que los surrealistas tenían razón

martes, 11 de octubre de 2011

Libertad es una palabra vietnamita

Texto publicado en Le Libertaire, nº 78, el 22 de mayo de 1947.

[Ayer Vietnam, hoy Libia... ¡Qué poco han cambiado las cosas! Este texto de repulsa a la guerra de Indochina fue escrito por los surrealistas franceses y publicado en el periódico anarquista francés Le Libertaire en los años 40 del siglo pasado.]




¿Hay una guerra en Indochina? Casi se dudaría; los diarios de la Francia «libre», sometidos más que nunca a la consigna, hacen silencio. Publican tímidamente los partes militares victoriosos, aunque confusos. Para reconfortar a los familiares, se asegura que los soldados son «economizados» (los banqueros se traicionan por el estilo de los comunicados). Ni una palabra sobre la feroz represión ejercida allá lejos en nombre de la Democracia. Se hace todo lo posible para ocultar a los franceses un escándalo que subleva al mundo entero.

Porque hay una guerra en Indochina, una guerra imperialista emprendida en nombre de un pueblo que, por su parte, acaba de ser liberado de cinco años de opresión, contra otro pueblo que unánimemente busca la libertad.

Esta agresión encierra un grave significado.

Por una parte, demuestra que nada ha cambiado: el capitalismo, al igual que en 1919, después de haber explotado tanto el patriotismo como las más nobles palabras, tales como la de la libertad, intenta asegurarse la suma del poder, reinstaurar su burguesía financiera, su ejército, su clero, persiste en aplicar su política imperialista tradicional.

Por otra parte, demuestra que los representantes de la clase obrera aceptan, con un desprecio hacia la tradición anticolonialista que fue uno de los pilares del movimiento obrero, en flagrante violación del derecho tantas veces proclamado de los pueblos a disponer de sí mismos, unos por corrupción y otros por ciega sumisión, una estrategia impuesta desde arriba, cuyas exigencias, desde ahora ilimitadas, tienden a eludir o invertir los verdaderos móviles de la lucha – ya sea que asuman la responsabilidad por la opresión o, a despecho de una cierta ambivalencia de comportamiento, decidan convertirse en sus cómplices.

A los hombres que conserven un resto de lucidez y sentido de honestidad, les decimos:

Es falso que aquí se pueda defender la libertad imponiendo la servidumbre en otros lugares. Es falso que, en nombre del pueblo francés, se pueda emprender un combate tan odioso sin que, por ello, inmediatamente se deriven dramáticas consecuencias.

La matanza hábilmente organizada por un monje almirante, no hace sino defender la opresión feroz de los capitalistas, burócratas y sacerdotes. Y aquí, ¿no es verdad? basta de bromas: no se trata de impedir que Vietnam caiga en manos de un imperialismo en competencia, porque, ¿cuándo se ha visto que el imperialismo francés conservase alguna suerte de independencia, cuándo se ha visto, al cabo de un cuarto de siglo, que hiciese algo más que ceder y venderse? ¿Qué clase de protección puede jactarse de haberles asegurado a tales o cuales de sus esclavos?

Los surrealistas, cuya principal reivindicación ha sido y continúa siendo la liberación del hombre, no pueden callarse frente a un crimen tan estúpido como repugnante. El surrealismo carecería de sentido a menos que se opusiese a un régimen cuyos miembros, solidarios en su totalidad, no han sabido ofrecer como feliz acontecimiento otra prenda que esta ignominia sangrienta, régimen que, apenas nacido, se desploma en el barro de los compromisos, de las concusiones y que no representa sino un preludio calculado para el establecimiento de un próximo totalitarismo.

El surrealismo declara, en ocasión de esta nueva felonía, que no ha renunciado a reivindicación suya alguna, y menos aún a su voluntad de una transformación radical de la sociedad. Pero sabe cuán ilusorios son los reclamos a la conciencia, la inteligencia e inclusive a los intereses de los hombres, qué fáciles resultan en estos planos el engaño y el error e inevitables las divisiones: es por ello que el dominio que ha escogido como propio es más ancho y más profundo, a la medida de una verdadera fraternidad entre los hombres.

Por lo tanto ha escogido, para elevar su vehemente protesta contra la agresión imperialista y dirigir su saludo fraterno, a todos aquellos que encarnan, inclusive en este momento, el devenir de la libertad.

Adolphe Acker, Yves Bonnefoy, Joël Bousquet, Francis Bouvet, André Breton, Jacques Brunius, Jean Brun, Eliane Catoni, Jean Ferry, Guy Gillequin, Jacques Halperin, Arthur Harfaux, Maurice Henry, Marcel Jean, Pierre Mabille, Jehan Mayoux, Francis Meunier, Maurice Nadeau, Henri Parisot, Henri Pastoureau, Benjamin Péret, Henri Seigle, NoHenri Seigle, Iaroslav Serpan e Yves Tanguy.

(Traducción: Juan Carlos Otaño).

domingo, 9 de octubre de 2011

No a la guerra (en Libia como en Irak)

Por Julio Reyero

Érase una vez un dictador muy malo que tenía a su pueblo totalmente sometido y hambriento. Un día el pueblo se rebeló y acabó con su tiranía a pesar de su desconocimiento de la guerra, su falta de organización y armamento. Todo se suplió con el ansia de libertad. Fin… para quien se lo quiera creer.

Los medios de comunicación nos tratan como idiotas, y nosotros, un poco por la repulsa a priori de todo aquel personaje que detente el poder, y un poco por la terminología empleada, nos dejamos convencer como tales.

A principios de febrero de este año las empresas de propaganda se hacen eco de un movimiento de oposición armada a Gadafi en Libia. No son un ejército, son «rebeldes» porque el mundo les ha hecho así (El Mundo, El País, Cuatro, ABC, etc.). Con el coronel regalando caballos a Aznar y los hijos de ambos confraternizando, recibiendo las llaves de la ciudad de Madrid de manos de Gallardón y viéndose con el resto de oligarcas de todo el mundo (Sarkozy, Zapatero, Berlusconi, etc.) se comprende que a estas alturas no mucha gente le tuviese estima, especialmente los que dicen llamarse de izquierdas y odiar la guerra. Pero aun así nos hemos dejado cegar por el escenario, la representación teatral y sus focos y bailamos entre la insensibilidad y la justificación ante lo que está pasando realmente.

Lo primero que hacía desconfiar de la inocente revuelta era que quienes vendían aspiraciones democráticas tomasen como bandera la utilizada por la monarquía del rey Idris I que dominaba Libia antes de la llegada de Gadafi, y que mantenía el control del Parlamento y las Fuerzas Armadas entregando sistemáticamente los hidrocarburos y demás recursos del país a precio de saldo a las multinacionales colonialistas. Lo que se llama un hombre de paja.

Podíamos al menos haber dudado de la actuación de los ejércitos de la OTAN por los numerosos conflictos en los que han participado desde hace más de 15 años. Les hemos visto bombardear columnas de refugiados, simular violaciones a población civil (Bosnia), torturar impunemente a presos y fotografiarse humillándolos incluso (Irak), destruir infraestructuras civiles como puentes, emisoras de televisión, hospitales e incluso embajadas (Belgrado), utilizar armamento condenado internacionalmente como las bombas de racimo, las de grafito y las irradiadas con lo que llaman «uranio empobrecido» (Yugoslavia, Irak, Afganistán), atacar a los servicios sanitarios cuando acuden a auxiliar a las víctimas, y otras muchas humanitarias acciones. A pesar de todo esto no han faltado organizaciones llamadas de izquierda pidiendo que quienes presentan este curriculum acudieran a Libia a socorrer «al pueblo indefenso que estaba siendo masacrado», y sirvieron la justificación en bandeja de plata con una resolución de la ONU en la que se instaba a preparar una operación de seguridad aérea supuestamente para que Gadafi no utilizase la aviación contra la población civil, nunca para dar un golpe de Estado.

Pero como la verdad es tozuda no hemos tenido que esperar mucho tiempo para ver cómo la supuesta defensa de la población civil, la libertad y la democracia, se transforma en el asesinato impune, masivo y anónimo (no vaya alguien a pedir responsabilidades) en aras de volver a apropiarse de los recursos de la zona en otra operación puramente neocolonial.

Podíamos también haber dudado de la intención humanitaria de esta intervención, cuando entre los impulsores vemos a un régimen como el de Qatar que no ha firmado la mayoría de los acuerdos internacionales en materia de derechos humanos*. A pesar de todo han dotado de armamento (incluidos tanques) a las fuerzas «rebeldes» con el aplauso de la OTAN, algunos de cuyos integrantes también han puesto su granito de arena (se ha reconocido públicamente el lanzamiento de cajas de armamento en Bengasi por aviación francesa, además de proporcionar chalecos antibalas e instructores militares).

Es curioso cómo tampoco se ha puesto en duda ninguna información procedente de la cadena Al-Jazzira, a pesar de que pertenece a la familia real de ese Emirato, combatiente en el conflicto como decimos, y que gobierna el país desde su independencia en 1971 de forma absoluta en un régimen de monarquía feudal con una suerte de esclavitud legalizada. Más bien al contrario, han sido una fuente autorizada para las agencias de prensa que nutren nuestras noticias, a pesar de tener las mismas prácticas manipuladoras que la CNN o la Associated Press. No hay más que ver la gloriosa manifestación en la Plaza Verde de Trípoli de los «rebeldes» al entrar triunfantes en la capital, que resultó haber sido rodada en un decorado situado en Doha, la capital qatarí. De ahí que la escenificación del arresto del hijo mayor de Gadafi fuese desmentida por él mismo apareciendo en otro lugar de la capital libia. Este montaje fue destapado por periodistas rusos y venezolanos, cuyos gobiernos se mantienen opuestos a la intervención. Sigue habiendo bloques.

Esa es la razón por la que esto no se parece mediáticamente a Irak, donde Qatar no apoyaba la intervención americana. A esto hay que añadir que el régimen qatarí es el responsable del rescate de nuestras Cajas de Ahorros, invirtiendo muchos millones de euros tras las gestiones diplomáticas de Zapatero, y de que el presidente del Barcelona, Sandro Rosell, justifique el rentable negocio de la publicidad qatarí en las camisetas disculpando su régimen absolutista, ya que «todos sus ciudadanos son muy felices». Estos son los demócratas de toda la vida.

Lamentablemente nos tememos cosas como estas han contribuido a que el gobierno español participe de la carnicería y nuestros medios callen o aplaudan influyendo con sus informaciones como correa de transmisión en la actitud de la población ante el conflicto.

Cada vez están siendo menos las honrosas excepciones que desconfían de la inquietud humanista de nuestros gobernantes y de su preocupación democrática. Y eso es un verdadero problema. Ha dado igual que no presentasen ninguna prueba de las acusaciones continuas que se hacían desde las agencias de prensa (me da vergüenza llamarlos así). Ha dado igual que todas las noticias fuesen redactadas o basadas en las afirmaciones de los combatientes armados contra el régimen libio, sin ningún tipo de contraste. Ha dado igual que la mitad de las informaciones fuesen una sarta de sandeces más propias del amarillismo que de alguien que se llama periodista (que si repartía viagra, que si estaba enamorado de Condolezza Rice, que si usa botox, etc.).

Mientras nuestros medios mantenían un silencio discreto o daban noticias que habían ocurrido dos semanas antes, nuestros aviones integrados en la Alianza Atlántica han estado bombardeando poblaciones y asesinando impunemente civiles de toda condición: hombres, mujeres y niños. Hasta 7.500 operaciones criminales desde el aire han reconocido haber hecho. El pasado 4 de agosto cincuenta niños, además de las personas que estaban atendiéndolos, murieron bajo las bombas de la OTAN en Zliten. Los documentos gráficos que muestran casas y otros edificios civiles destruidos son numerosos. Las fotografías de cadáveres de partidarios de Gadafi ejecutados con las manos atadas a la espalda y con la piel abrasada sin que las ropas que llevan estén quemadas (de lo que se deducen torturas) están a la vista incluso en webs de diarios como El País, aunque parece que no le dan importancia. La tortura y el asesinato del anterior jefe de los «rebeldes», el general Abdel Fattah Yunes, a manos de los propios «rebeldes» parece haberse olvidado pronto. Como también se pasa por alto deliberadamente, que la cabeza actualmente visible del movimiento armado, Mustafá Abdel Jalil, fue el responsable de la confirmación, como ministro de Justicia entre 2007 y 2011, de las sentencias de muerte contra las enfermeras búlgaras acusadas de transmitir deliberadamente el Sida a 400 niños para provocar una infección generalizada en 1998. Pero no pasa nada. Al final todo lo hacía Gadafi y no hay más responsables mientras se plieguen a los dictados de los dominadores. Nuestros democráticos gobiernos apoyan a unos elementos armados que hacen pública una recompensa para quien asesine a su oponente. Ni siquiera estamos apoyando allí la pena de muerte, que ya sería suficientemente vergonzoso cuando en nuestro país no lo consentiríamos, sino que aplaudimos el asesinato sin juicio previo. Igualmente parece que no importa que las nuevas autoridades del país hayan establecido la Sharía (código de ley islámico) como fuente de jurisprudencia. Veremos qué pasa con las mujeres y los homosexuales.

Todo lo anterior es una bonita lección de cómo exportamos democracia a raudales. Pero para poder exportar tal cosa primero debería darse una condición: que nuestros oligarcas se crean esa mentira del «gobierno del pueblo» con lo que se llenan tantas veces la boca. Todos los días nos dan muestras de que no hay tal cosa en lo que llaman Occidente, y de que no son más que criminales disfrazados por el engaño del circo electoral montado cada cuatro años para aplaudirlos. La guerra desdibuja su careta.




* No han firmado los siguientes acuerdos en materia de derechos humanos: Protocolo Facultativo de la Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes; Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que incluye la abolición de la pena de muerte; Protocolo Facultativo de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer; Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares («al igual que otros países árabes del Golfo Pérsico, Qatar tiene leyes de avales. Esas leyes son extensamente descritas como semejantes a la esclavitud moderna»); Convención Internacional para la Protección de todas las Personas Contra las Desapariciones Forzadas; Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales; Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

sábado, 8 de octubre de 2011

Mensaje de solidaridad con el movimiento de acampada y ocupación de Wall Street

Por Noam Chomsky

Revista Sin Permiso, 02/10/11.

Cualquiera que tenga los ojos abiertos sabe que el gangsterismo de Wall Street —de las instituciones financieras en general— ha infligido graves daños al pueblo de los Estados Unidos (y al mundo). Y debería saber también que tal cosa ha ido sucediendo progresivamente en los últimos treinta años, a medida que ha aumentado de modo radical su poder en el seno de la economía, y con ello su poder político. Se ha puesto así en marcha un círculo vicioso que ha concentrado una inmensa riqueza, más el poder político, en un diminuto sector de la población, una fracción de un 1%, mientras el resto va convirtiéndose cada vez más en lo que en ocasiones se denomina «precariado», que trata de sobrevivir en una precaria existencia. Además, tan horribles actividades se llevan a cabo con una impunidad casi completa: no sólo mediante el «too big to fail» (demasiado grandes para dejarlos caer) sino también con el «too big to jail» (demasiado grandes como para meterlos en la cárcel).

Las valientes y honrosas protestas que continúan en Wall Street deberían servir para llamar públicamente la atención sobre esta calamidad y conducir a un entregado esfuerzo por superarla y poner a la sociedad en una senda más saludable.

domingo, 2 de octubre de 2011

La escandalosa fiesta

Tierra y Libertad, nº 101.
(20 de marzo de 1912)


Me refiero a la que llaman nacional los patrioteros, esa gente de charanga y delirio bélico, que llora de entusiasmo cuando le hablan de hazañas guerreras o toreras.

No se había extinguido en mi memoria el eco que la vibrante sátira de Noel dejara. Su crítica fustigadora del flamenquismo, preocupábame hondamente por lo sano y moral del sentimiento que la produjera, cuando oí vocear a los vendedores de periódicos la sensacional noticia del escandalazo número X, promovido en la plaza por el buen pueblo que a ella acudió a solazarse y barbarizarse.

Supe después que un concejal de lo mejorcito, un muchacho de buena estirpe, intelectual, Mesonero Romanos, mi simpático amigo, había estado a punto de ser linchado y comido vivo por los amadores de la tauromaquia. Ya me alegro de no ser edila, porque si a mí me ocurre el caso, me canso de llamar cosas desagradables al publiquito, y me meriendan sin darme tiempo a hacer testamento de mis bienes… Una biblioteca anticlerical.

Es preciso hacer una cruzada a favor del Ayuntamiento para que se redima de ese penoso deber, nada compatible con su cargo, que es velar por los intereses del pueblo; y como el mayor y fundamental interés del pueblo es educarse y el toreo le degrada, en las corridas sobran los representantes populares.

¡Cuánto éter venderían ayer los farmacéuticos! Sería de ver a las damiselas impresionables, almitas de pompas de jabón, suspirar medrosas y olvidarse de lo monas que están con la clásica mantilla y el ramito de claveles. ¡Pobrecitas! Ellas que son un manojo de nervios y van a la corrida a recrearse, verse así chasqueadas… ¡Qué diablo de alborotadores! Olvidar que hay señoras y hablar grueso como en un establecimiento de bebidas… adulteradas.

Va a imponerse la necesidad de inventar unas corridas blancas, como los célebres y cándidos sábados, para las niñas aficionadas a la fiesta clásica. Nada, un concurso de programas con su correspondiente premio en metálico; eso urge, es cuestión palpitante.

Porque, seriamente, señores, la mujer no debe ir a los mítines, donde se habla de huelgas, de luchas proletarias y otras cosas ordinarias y hombrunas: pero privarla del espectáculo de los toros, tan culto, tan educador, tan sentimental y delicado ¡jamás! ¿Dónde íbamos a parar? ¿Y la leyenda, la tradición, lo típico, lo característico? ¡Ahí es nada! Viva el conservadurismo y las venerandas astas. A Noel una mordaza; y si vamos a cuentas unos días de calabozo. Los toros producen riqueza, las corridas son fuentes de ingresos, la tauromaquia es sacrosanta porque la amaron nuestros abuelos… Nada de escuelas ni de educación física, de gimnasia sueca, de baños populares, de bibliotecas ídem, de conciertos para el vulgo, ni conferencias de vulgarización, ni sociedades alpinistas. Todo eso está de más, es ridículo, es engañoso, nos obscurecerá, nos sumirá en la nada, ya que desaparecerá del mundo la España flamenca y los héroes de redondel, y las mujeres, tocadas de blondas, que se pirran por los matadores en un abrir y cerrar de ojos… vencidas por tanta majeza y tanta lentejuela…

¡Heroísmo! Así dice Prudencio Iglesias. ¡Qué lastima de chico! Es cosa inerte que hasta los que no tienen pelo de tonto, como le pasa al amigo, han de alelarse con esto del toreo.

¿Heroísmo? ¿Dónde? ¿Cuándo? Lo comprendo en el pescador, afrontando día tras día, años tras años, las iras de la Naturaleza por un pedazo de pan. En el minero haciendo vida animal, sin sol, sin aire. En el rebelde jugándose la existencia por un ideal. Mas ese heroísmo de percalina y botajos, naranjas y mantones, caballos y toros asesinados, de concejales en derrota, no le entiendo. Sin duda porque no tengo de sensitiva, ni soy lo bastante femenina para esas exquisiteces.

VIOLETA

martes, 27 de septiembre de 2011

El Sueño y la Revolución


Por Jean Schuster

Le Libertaire, 26 de octubre de 1951.

El sueño no es el contrario de la realidad. Es un aspecto real de la vida humana, así como la acción; uno y otra, lejos de excluirse, se complementan. Pero este aspecto, descuidado o voluntariamente relegado al plano de las supersticiones peligrosas por la civilización actual (la de los cuarteles, las iglesias y las comisarías) contiene los fermentos de la revuelta más violenta por ser los más violentamente humanos. Se comprende que la voluntad de oscurantismo de los maîtres à penser se haya manifestado siempre por un desprecio total en relación con el sueño. Su inteligencia se limitó a tolerar (y tal vez a favorecer) la difusión de las «Claves de los Sueños», obras desnaturalizadas, de carácter puramente supersticioso, fantasioso o idiota. Pero los pueblos que el odioso buen sentido europeo se obstina en denominar «primitivos» (primitivos porque nunca conocieron los secretos de la bomba atómica, o simplemente de la hipocresía diplomática) conceden al sueño un lugar de primer orden.

Freud, al desvelar el mecanismo del sueño, al interpretarlo, demostró que éste constituía el perfecto revelador de las tendencias y de los deseos más secretos del hombre. Se sabe ahora que no existe sueño gratuito, que por el simple hecho de soñar el hombre cambia su destino, aun cuando ese cambio sea imperceptible. Despierto, el hombre aprehende del mundo lo que su razón y sus sentidos le han querido dejar percibir, vale decir, una ínfima parte de lo que realmente es; en el sueño, los objetos, los sentimientos, las relaciones más audaces se tornan lícitas, familiares. Descenso al corazón de sí mismo, al corazón de las cosas.

Esto es válido tanto para las colectividades como para los individuos. Si el sueño es la expresión del deseo, si la explicación del uno puede preludiar, en cierta medida, la realización del otro, el mayor deseo colectivo es la revolución. G. C. Lichtenberg lamentaba que la historia se compusiera únicamente del relato de los hombres despiertos. Cuando, una noche, todos los explotados sueñen que es preciso terminar y cómo terminar con el sistema tiránico que los gobierna, entonces, tal vez, la aurora surgirá en todo el mundo, sobre las barricadas.

SURREALISMO Y ANARQUISMO,
«Proclamas surrealistas» en Le Libertaire.