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miércoles, 26 de abril de 2017

Los crímenes del militarismo cubano


TIERRA Y LIBERTAD
Nº 345 - abril 2017

Fidel Castro murió el 25 de noviembre de 2016 a los noventa años. Las necrológicas a su favor se desarrollaron en el seno de una izquierda y de unos círculos marxistas que no eran demasiado partidarios de enfrentarse a los crímenes del militarismo cubano.

No se trata aquí de negar la abnegación de Fidel Castro en su lucha a muerte contra la sociedad capitalista de mercado y el imperialismo estadounidense. La crítica antimilitarista que sigue a continuación se apoya en el rechazo inexorable de las tentativas de invasión de Estados Unidos a Cuba, así como en el embargo contra este país. Pero una alternativa atractiva al capitalismo de mercado deberá evitar la empresa estatista y militarista de la sociedad. Eso nos muestra de nuevo la agonía contemporánea del sistema construido por Hugo Chávez en Venezuela, gran avatar del castrismo en el continente sudamericano.

Los boat people, versión cubana

Los que se indignan hoy día ante los fugitivos de África y del Oriente Medio que se ahogan en el Mediterráneo, deberían también acordarse de los boat people cubanos. El régimen de Castro seguía la política de dejar huir a los opositores y adversarios del régimen en barcos y barcas hacia Florida o México. Esos boat people simbolizaban el fracaso del sistema, incluso aunque siguiera en el poder. Pero, ¿se puede hablar de emancipación y entusiasmo revolucionario en un sistema en el que gran parte de la población está muerta de miedo? Al día siguiente de la caída de la dictadura de Batista, el 1 de enero de 1959, cerca de ciento veinticinco mil emigrantes hombres y mujeres, vivían en Estados Unidos; de ellos ochenta y cinco mil regresaron a Cuba llenos de esperanza, y sólo se marcharon setenta mil, en su mayor parte de clases altas o esbirros del antiguo régimen. No obstante, y hasta 1962, huirán ciento noventa y seis mil personas tras la primera oleada de represión, entre ellos los anarquistas cubanos.

La primera huida en masa de ciudadanos empobrecidos, desesperados y sin responsabilidades políticas tiene lugar en 1965. En pequeños barcos o incluso en neumáticos, los refugiados trataron de atravesar el mar y encontraron la muerte en muchas ocasiones. Castro anunció entonces que quienes no quisieran participar voluntariamente en la revolución podrían embarcarse en el puerto de Camarioca. La avalancha a que dio esto resultado terminó con la firma de un tratado con el presidente Johnson de Estados Unidos, que permitía a su país acoger a los refugiados, también a los llegados en avión. Poco después, y hacia 1971, doscientas sesenta mil personas alzaron el vuelo, entre ellas muchos trabajadores especializados, que se echarían en falta en la reconstrucción posterior de Cuba. Castro tiene la costumbre de emplear criminales presos en esas operaciones.

Los hombres válidos para el Ejército no están autorizados a expatriarse. Los que abandonan el país pierden la nacionalidad cubana y todas sus posesiones. Quien se inscribe en las listas de espera pierde su trabajo, está obligado a abandonar su casa y se le moviliza a la fuerza para trabajos de agricultura. Según la correspondencia de la embajada de La Habana en Berlín oriental, en 1966 un cubano de cada cinco quería abandonar el país.

Exiliados cubanos en un barco durante 1980.

En 1980, el año de los boat people en Vietnam, tiene lugar una nueva huida en masa en Cuba: en La Habana, diez mil personas ocuparon la embajada de Perú. Finalmente, se abrió el puerto de Mariel para acoger a los barcos procedentes de Florida. Castro vio en ello la oportunidad de librarse de los opositores, a los que llamaba «gusanos», especialmente los adversarios del régimen que habían sido confinados en los centros psiquiátricos de la Isla. En este caso, podemos hablar casi de éxodo: de abril a septiembre de 1980, ciento veinticinco mil personas abandonaron la Isla, entre ellos muchos negros. A ello siguió un nuevo tratado con el enemigo jurado, esta vez bajo la égida del presidente Carter. Por otra parte, Estados Unidos tiene interés en no acoger a demasiados refugiados, aunque este fenómeno estuviera en perfecta consonancia con su propaganda ideológica durante la Guerra Fría. Las siguientes oleadas tuvieron lugar en 1990, con numerosas ocupaciones de embajadas; después, en 1994, durante la mayor crisis económica que atravesó al país tras la pérdida del apoyo de la Unión Soviética: entre julio y septiembre de 1994 tuvo lugar una nueva oleada migratoria, esta vez treinta y cinco mil personas trataron de atravesar el mar con barcos y balsas.

Se producen frecuentes incidentes: el barco «13 de Marzo» parte el 13 de julio de 1994, con setenta refugiados. Un guardacostas cubano lo detiene y lo hunde. Mueren cuarenta y una personas, el resto son conducidas a la cárcel. Las estimaciones varían, pero desde 1959 hasta el cambio de siglo se calcula en más de un millón el número de personas que abandonaron Cuba, lo que en el año 2000 suponía un diez o quince por ciento de la población total.

El aparato represivo y la redada en los montes Escambray

Desde el día siguiente a la revolución de 1959, Castro levantó un ejército regular que le obedecería únicamente a él, y no a la guerrilla, denominada «Movimiento del 26 de Julio» Funda los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), encargados de la vigilancia de los barrios. Los opositores al régimen son vigilados en cada casa; los CDR se ocupan también de renovar los sellos durante las épocas de racionamiento de los alimentos, un auténtico instrumento de control social. Además, Castro moviliza a las milicias, subordinadas a sus órdenes personales. Se añaden a ello los servicios secretos, como la Dirección General de Operaciones Especiales (DGOE) o los G2, que lograron infiltrarse entre los militantes de derecha en el exilio de Miami, lo que permitió a Castro estar al corriente de los planes de preparación de la invasión de la CIA y de los cubanos en el exilio de la bahía de Cochinos en abril de 1961.

Con esas estructuras militares, Castro perseguía a sus enemigos interiores. Desde el otoño de 1960, su blanco es su antiguo aliado en la lucha contra Batista, el Directorio Revolucionario (DR), a partir de ahora en guerrilla contra él en los montes Escambray. Los invasores de la bahía de Cochinos querían establecer lazos con esta guerrilla contrarrevolucionaria. Por tanto, Castro tenía motivos para combatir al DR, que se había hecho reaccionario. Pero la manera en que Castro y sus tropas combatieron al DR merece que nos detengamos en ello: Castro llamaba a los combatientes del DR «los bandidos»; sus tropas ejecutaron, en unos meses desde el otoño de 1960, a setecientos guerrilleros, y la mayor parte de las veces sin ninguna legalidad, como «ejecuciones extrajudiciales», igual que se diría hoy en el entorno de un tal François Hollande.

Algunos días antes de la invasión de la bahía de Cochinos, las tropas de Castro procedieron a una redada contra la guerrilla de Escambray. El objetivo oficial era separar a la guerrilla de su base local, lo que nos dice que existía una base local… De un solo golpe, siguiendo estimaciones recientes, doscientas mil personas fueron detenidas (en esa misma época, Carlos Franqui habla de cien mil detenciones en el periódico de Castro, Revolución). Muchos de ellos fueron internados en estadios, escuelas, cines y campos construidos a toda velocidad. Poco después ingresaron en cárceles recién construidas, o bien fueron expulsados por mar. El biógrafo Serge Raffy, de Le Nouvel Observateur, habla de ello como de la mayor redada de Estado en toda la historia de América Latina. Los intelectuales de izquierdas que acudieron por aquella época a rendir homenaje a la «Cuba revolucionaria» no se interesaron en absoluto por esos presos ni por las condiciones de su detención.

Los procesos espectáculo de Castro: el ejemplo de Cienfuegos y Huber Matos

La represión contra las corrientes de oposición en el seno del régimen seguía la misma mecánica que la de los bolcheviques, sobre todo con procesos espectáculo retransmitidos en la televisión cubana. Entre ellos, los más importantes fueron el proceso contra Huber Matos Benítez en 1959, y el del comandante en jefe de las tropas cubanas en Angola, y antiguo jefe militar de Castro, el general Arnaldo Ochoa, en junio de 1989.

Cuando Castro moviliza a sus nuevas milicias, pide al mismo tiempo a su amigo, el guerrillero Camilo Cienfuegos, antiguo anarquista, procedente de una familia de refugiados de la Guerra Civil española, que era muy popular, que disuelva el ejército rebelde del «Movimiento del 26 de Julio» todavía bajo el mando de Cienfuegos, porque lo sentía como rival.

Huber Matos junto a Camilo Cienfuegos.

Poco tiempo después, Cienfuegos y su piloto Luciano Farinas mueren en un pequeño bimotor, un Cessna, durante un vuelo que había partido de la base militar de Camagüey hacia La Habana, tras haber ido a visitar a Huber Matos, ya por entonces encarcelado por Castro.

Castro en persona dirige la investigación durante semanas sin resultado. Hoy se dice, con el testimonio de un pescador que vio un combate aéreo en la bahía de Masio, que el Cessna fue abatido por un interceptor «Sea Fury 530» del ejército cubano, pilotado por el capitán Torres (cercano a Raúl Castro) y Osvaldo Sánchez, número dos de los G2. La constatación es la siguiente: Cienfuegos fue eliminado por el clan Castro.

Justo después, Huber Matos sufrió su proceso espectáculo. Era cabezota e inteligente, y se le apodaba «el profesor». Sin embargo, fue acusado de traición y de conspiración con el imperialismo estadounidense.

El proceso comenzó el 11 de diciembre de 1959. Huber Matos no era de los que se quiebran por pasar tiempo en chirona, como había ocurrido a otros muchos adversarios de Castro. Al contrario, ataca abiertamente al régimen de Castro durante su proceso:

«¿Qué hemos prometido a los cubanos? Que la libertad sea un derecho absoluto, que nadie pueda ser perseguido por sus ideas, que los campesinos reciban la tierra en propiedad…»

Castro tiene la costumbre de inspeccionar los procesos espectáculo in situ, en una habitación interior con vistas a la sala de audiencia. Lanza sus testimonios y discute con los jueces durante las pausa. Primero envía a su hermano Raúl al ring. Pero Huber Matos le lanza una rápida invectiva: «¿Sabe usted cómo lo llama el pueblo cubano? ¡Pues le llama 'Señor Odio'!»

Finalmente, es el propio Fidel Castro el que acude a la sala de audiencia. Coge el micrófono y comienza uno de sus discursos célebres que suelen durar varias horas. Castro habla sin ofrecer ninguna prueba. Pero Huber Matos le corta la palabra, le corrige cuando oculta el papel desempeñado por Matos y Cienfuegos durante la revolución. Cortar la palabra al Líder Máximo es ya una alta traición en sí misma. Al final, Huber Matos obtiene veinte años de cárcel. Se le autoriza a partir al extranjero en 1979 y muere en Florida en 2014.

En los posteriores procesos espectáculo contra los intelectuales en los años sesenta y setenta, también se pone de manifiesto la homofobia de Castro. Allen Ginsberg, el beatnik que se burla de ello, sólo será expulsado. Pero el poeta oficial de Cuba, Heberto Padilla, sufrió un proceso indigno. En la cárcel, se le despertaba violentamente cada treinta minutos; encerrado en régimen de aislamiento, no distinguía entre el día y la noche, y se hundió completamente en su proceso, drogado para la ocasión, acusándose a sí mismo de crímenes contrarrevolucionarios.

Del mismo modo se desarrolló un proceso espectáculo contra el escritor disidente Reinaldo Arenas. Se lo acusó públicamente de asesinato y violación de una anciana y una joven con el fin de obtener información sobre la población. Pide «regresar» a la cárcel «Villa Marista»: entre el pueblo se llama a los agentes del servicio secreto de Castro los «maristas», según una congregación católica, y no «marxistas». En el proceso, Arenas promete no volver a escribir libros críticos, niega su homosexualidad y pide que le transfieran a los UMAP, que eran unidades militares para la producción, donde había grupos de reeducación para los homosexuales. Finalmente, Arenas pide trabajar como soplón para Castro.

En esos procesos, Castro combinaba su hostilidad contra los intelectuales con su homofobia. Hoy la situación de los homosexuales ha mejorado gracias a Mariela, la hija de Raúl Castro. Pero la prohibición de la prensa sigue siendo prácticamente total, y el último informe de Amnistía Internacional para 2015-2016 afirma que «ocho mil seiscientos militantes y opositores al régimen fueron detenidos por motivos políticos durante 2015». Recordemos que la población actual se eleva a once millones, de los que se ha detenido a cerca de sesenta mil. Amnistía Internacional coloca a Cuba en el sexto lugar… empezando por la cola.

Lou Marin

domingo, 11 de enero de 2015

Crítica del Manifiesto Comunista


Amnauj T.

Durante la primera mitad del agitadísimo siglo XIX, con la burguesía aún luchando por la toma del poder político en toda Europa, y todavía al calor de las revoluciones Francesa y Americana, un nuevo rayo de esperanza llegaba para las clases populares del mundo occidental.

El proletariado industrial comenzaba a organizarse en sociedades de socorro mutuo, a la vez que numerosos intelectuales ideaban nuevos sistemas, tendentes a buscar formas más justas de división del trabajo y reparto de su producto, dando lugar a lo que se conoció como socialismos utópicos.

Los trabajadores industriales, pero también los campesinos y artesanos de más baja condición, empezaban a comprender la importancia de asociarse con diversos fines, tanto de apoyo mutuo y solidaridad, como de reivindicación, resistencia y confrontación con las clases poderosas, tomando así, poco a poco, conciencia de su propia realidad como grupo social productivo y por lo tanto, imprescindible en cualquier sociedad.

Surge así el movimiento obrero con sus diversas corrientes, que será uno de los motores de la historia contemporánea. Socialismo, comunismo, anarquismo, sindicalismo revolucionario, anarcosindicalismo, son términos que designan diversas cristalizaciones de esa conciencia liberadora de la clase trabajadora.

El Manifiesto Comunista es una especie de resumen de gran parte de las líneas principales que, a nivel teórico, han impulsado la marcha del movimiento obrero a lo largo de su historia. En él se esbozan algunas de las teorías que más han influido, no sólo en el comunismo, sino en el resto de corrientes obreras: El Materialismo Dialéctico, la Lucha de Clases...

No resulta difícil imaginar el sentimiento de un obrero de la época, al leer o escuchar (pues no todos leían), el Manifiesto, tomando conciencia de su situación, de su fuerza y de su importancia en el mundo que le rodeaba, y sintiéndose apelado por la consigna «Proletarios de todos los países, uníos».

A la luz de la historia, y a dos siglos de distancia, las teorías marxistas han sido criticadas desde diversas posiciones. La clase opuesta al proletariado no ha escatimado todo tipo de críticas, certeras algunas, malintencionadas y falsas la mayoría, contra las ideas del alemán. Y sin embargo, resulta curioso comprobar que las críticas más acertadas y corroboradas después por la experiencia, han surgido del propio movimiento obrero, y además se formularon en la misma época y ambiente en que se gestó el marxismo. Al calor de la Primera Internacional.

Es por ello que la presente crítica no resultará original, y de hecho se nutre de todas esas aportaciones del movimiento obrero al estudio de los aciertos y errores del marxismo


EL MATERIALISMO DIALÉCTICO

En la edición alemana de 1883, Engels dice: «La idea cardinal que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta toda la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad (...) es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida —el proletariado— no puede ya emanciparse de la clase que explota y oprime —de la burguesía— sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases.»[1]

He aquí una formulación breve y escueta de la teoría marxista del materialismo dialéctico. Todo el primer capítulo del Manifiesto Comunista, constituye un repaso a la historia de la humanidad desde el momento en que queda «disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo»[2]. Así, desde la antigua Roma hasta la época capitalista, Marx va buscando en cada fase, conforme a la lógica dialéctica, las condiciones que, creadas por el propio sistema económico y político de cada fase, y en contradicción con él, darán paso a una nueva fase posterior de desarrollo. También encontramos un pequeño análisis de las características propias del actual sistema capitalista, buscando las condiciones que, siguiendo esa misma lógica dialéctica, provocarían el cambio de fase del capitalismo a otro sistema para el cual se predice el fin de la lucha de clases.

Tenemos pues, un sistema lógico —la dialéctica hegeliana— y un análisis de los hechos históricos a partir de los cuales Marx, aplicando la inducción, puede generalizar una serie de afirmaciones, (lucha de clases, preeminencia del aspecto económico sobre los aspectos políticos e ideológicos...). Y finalmente, todo este sistema conceptual permite una serie de predicciones para el futuro. De esta forma queda clara, a mi juicio, la vocación científica de Marx al erigir semejante sistema.

Podemos encontrar en el Manifiesto Comunista otra característica muy propia de la ciencia (al menos de la de su época), como es el determinismo. En efecto, más allá de las consideraciones éticas a que nos puede llevar el análisis de la historia[3], y que pueden hacer más o menos deseable el cambio de fase histórica, Marx afirma que ese cambio de fase (o sea, la revolución) es algo inevitable, porque las causas que lo provocan están ya latentes en el sistema actual y al mismo tiempo, en contradicción con él.

Este planteamiento cientifista propio del marxismo, y acorde con la idea que de la ciencia se tenía en la época en que vivió Marx, no ha sido ajeno a los cambios que, con el paso del tiempo, se han ido produciendo en la concepción que hoy día tenemos de lo que es la ciencia, y por otro lado, aunque Marx no puso fecha para las predicciones derivadas de su teoría, a día de hoy, se podría decir que ya algunas de estas predicciones (y no todas, como hipócritamente pretenden algunos defensores del capitalismo y como luego veremos) han sido falsadas, y pueden rastrearse las causas que han provocado el error.


EL CIENTIFISMO MARXISTA Y EL PASO DEL TIEMPO

Varios aspectos han cambiado en lo referente a nuestra concepción sobre lo que es la ciencia desde la época en que vivió Marx. Muchos de ellos afectan, lógicamente, al edificio de la teoría marxista. No nos vamos a parar a analizar en este breve trabajo, todos los factores que han influido en este sentido, pero al menos podremos detenernos, siquiera brevemente, sobre algunos de ellos. En concreto dos.

El primero de ellos es que el determinismo científico, si bien no ha desaparecido, resulta en nuestros días mucho más laxo (digámoslo así) que en la época en que vivió Marx. El desarrollo de las ciencias formales y físicas ha permitido comprender que, si bien no se puede desechar por las buenas la concepción determinista que siempre ha acompañado al conocimiento científico, es muy difícil, sin embargo, que podamos conocer exactamente cuál es la dirección (si la hay) en la que avanzan los fenómenos objeto de la ciencia.

En efecto, las teorías del caos surgidas en el campo de la física, nos enseñan que es tal la cantidad de variables a que está sujeto el objeto de un determinado modelo científico, que resulta imposible realizar una predicción certera sobre la evolución del sistema, pues la más mínima variable puede provocar consecuencias inesperadas en la evolución del propio sistema. Ante este fenómeno resulta ineludible un cambio en el punto de vista que nos permita, aunque sea por aproximación, hacernos una idea fiable de nuestro objeto.

Es evidente que la teoría marxista no puede eludir semejante dificultad a la hora de analizar las consecuencias de los hechos históricos. Así, por poner un ejemplo, dice Marx en el Manifiesto: «El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. (...) Las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años». Con el paso del tiempo, hemos podido comprobar cómo esa facilidad e inmediatez de que disfrutamos hoy día en las comunicaciones, si bien ha permitido asociarse a la clase trabajadora, ha permitido también una serie de consecuencias imprevistas.

El control férreo de los medios de comunicación por parte de la clase dominante, unido a la sobrecarga producida por un flujo de información tan elevado que es imposible para la mente humana el procesado de tantos datos, y unido a muchos otros factores, ha convertido los medios de comunicación, no en un elemento de liberación de la clase obrera, como pretendía Marx, sino más bien en un elemento de control que la clase dominante utiliza para subyugar a los trabajadores, que no tienen acceso, si no es de forma pasiva, a medios de información masiva como la televisión, en manos de magnates capitalistas que deciden qué información ha de llegar a los ciudadanos y qué información no ha de llegar. Se ha dado lugar así al fenómeno del pensamiento único, por el que una clase poseedora de la capacidad de transmitir mensajes masivamente extiende sus concepciones machaconamente entre toda la población que, finalmente los interioriza, aún en contra de sus propios intereses de clase.

Otro fenómeno derivado del desarrollo de la ciencia que afecta a la teoría marxista, es el postulado de la física cuántica a principios del siglo XX, según el cual la propia acción del investigador puede influir en el objeto de estudio, dando lugar a nuevos fenómenos inesperados.

Es singular de qué manera tan acusada se manifiesta este postulado en las ciencias sociales, y la teoría marxista es un ejemplo de ello. Las reflexiones del investigador pueden influir en el curso de la historia y evitar que se produzcan los fenómenos que se predicen. ¿Se puede hallar un ejemplo más paradigmático de este fenómeno que el marxismo? Las políticas económicas liberal y neoliberal posteriores a Marx, han modelado la historia a partir de una lectura en negativo del marxismo. En efecto, a veces uno tiene la sensación de que los modernos capitalistas se han dedicado al uso de la teoría marxista para evitar que se produjera la anunciada revolución, influyendo, de acuerdo con los intereses de la clase dominante, en aquellos aspectos que el marxismo señala como desencadenantes del hecho revolucionario.

Así surge, frente al marxismo, la teoría económica neoliberal, que no es otra cosa que un pastiche en el que se parchean los defectos que el marxismo señala en el sistema capitalista, con el único fin de perpetuar la dominación y el robo por parte de la clase capitalista. De esta manera, la acción investigadora del teórico comunista ha influido señaladamente en el desarrollo posterior de los hechos de una forma inesperada para el propio investigador.

Quisiera ahora poner un ejemplo de cómo los teóricos neoliberales procuran dar la vuelta a las teorías marxistas en provecho de la dominación capitalista, en muchos casos mintiendo u ocultando la realidad hipócritamente y haciendo uso de los medios de comunicación en su provecho para extender interesadamente argumentos falsos por doquier:

También en el primer apartado del Manifiesto dice Marx: «El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase». Se esboza aquí una de las más famosas predicciones que Marx realiza a la luz del estudio del proceso capitalista: la depauperación creciente de la clase obrera y la acentuación cada vez mayor de las diferencias entre ricos y pobres.

A esto responden los teóricos neoliberales que la historia demuestra lo contrario, pues hoy en día cualquier trabajador en los países capitalistas vive mucho mejor que hace un siglo, y los obreros han accedido a un nivel de vida digno. Ocultan que con el fenómeno de la globalización, el capitalismo domina ya a todo el planeta (como también predijo Marx, aunque él lo llamó mundialización). Y a escala global, hoy se puede decir que, de unos seis mil millones de habitantes, al menos cinco mil viven en condiciones de pobreza, muchos de ellos en condiciones de la miseria más absoluta, sin siquiera agua para beber. Pues ¿qué?, esos cinco mil millones ¿no forman parte de la clase trabajadora, de la clase explotada? ¿No trabajan en las minas, en las perforaciones de petróleo y gas, no cultivan la tierra?... Y los que no trabajan, ¿no forman parte acaso de un ejército de reserva de mano de obra, que será utilizado por el capitalismo tan pronto como sea necesario? Y eso sin entrar a valorar la pobreza en nuestras ciudades occidentales, que alcanza ya en España, según datos de Cáritas, al 20% de la población.

Por otra parte, es evidente que el desarrollo capitalista actual está basado en la explotación de mano de obra barata y en el robo de materias primas a los países subdesarrollados, provocando guerras e invasiones, si es necesario. Se pueden citar tristes ejemplos muy actuales y de todos conocidos. Las cifras son claras y no engañan: a despecho de que una pequeña parte de la clase trabajadora —la que vive en Occidente— viva algo mejor que en épocas anteriores, lo cierto es que, en nuestro planeta dominado por el capitalismo, la depauperación de la clase trabajadora es hoy un hecho escandaloso, silenciado y negado hipócritamente, por no utilizar términos más fuertes, por los teóricos neoliberales.


EL PROGRAMA COMUNISTA

En el segundo apartado del Manifiesto, se explican las aspiraciones de la Liga Comunista: «destacan y reivindican (...) los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado...». Abolición del «régimen vigente de propiedad», convirtiendo «el capital en propiedad colectiva», abolición de la familia al estilo burgués, liberación de la mujer, abolición de la patria, puesto que los trabajadores son trabajadores allí donde se encuentren, y sus intereses son los mismos, independientemente de su lugar de nacimiento.

Para llevar a cabo este programa el marxismo propone la toma del poder por parte del proletariado, llevada a cabo por «la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo...», es decir, lo que en términos marxistas se denomina vanguardia obrera.

Además, se postula la tesis de que el cambio en el sistema económico provocará el cambio a los niveles sociales e ideológicos: «no hace falta ser un lince para ver que, al cambiar las condiciones de vida, las relaciones sociales, la existencia social del hombre, cambian también sus ideas, sus opiniones y sus conceptos, su conciencia, en una palabra».

A mi juicio, la preponderancia absoluta que el marxismo pone en el aspecto económico a la hora de provocar cambios en los demás aspectos de la sociedad, es un error. Creo que Marx subestima la capacidad de la parte ideológica para provocar cambios económicos a su vez, produciéndose más bien un fenómeno de realimentación entre los distintos aspectos de la realidad. Ésta consideración del aspecto económico como el más importante hace que Marx descuide el llevar a cabo una reflexión seria acerca de la naturaleza de otro elemento que resulta importantísimo en el tema que nos ocupa: El poder. Semejante olvido resulta, a mi juicio, poco menos que imperdonable, y es la causa del fracaso de las aplicaciones del marxismo en el mundo real.

En efecto, como acabamos de ver, para llevar a cabo el programa comunista, Marx propone la toma del poder por parte de una vanguardia, que representa los intereses del proletariado. No se da cuenta de que el poder tal y como pretende tomarlo y ejercerlo, es decir, concentrado en manos de unos pocos, no es más que otro producto de las sociedades clasistas. Al ejercer el poder un reducido número de personas —las integrantes de esa vanguardia— lo que ocurre es que se vuelve a dividir nuevamente la sociedad en clases, a saber: la clase de los que tienen el poder y la de los que no lo tienen.

Esta afirmación no es gratuita, ya que ha sido corroborada y lo está siendo aún, en los denominados «países socialistas». Esta división se va completando después poco a poco, en el resto de los aspectos de la vida social y económica. De esta manera, se da el caso de que, al cometer un error ideológico y mantener un aspecto social de la vida tal y como estaba antes, éste provoca que los demás aspectos, incluido el económico, se corrijan y vuelvan a su estado anterior, o a algo parecido. Nuevamente opresión, falta de libertad, ricos y pobres... Capitalismo de Estado, totalitarismo.

La falta de una reflexión seria acerca del poder provoca en el marxismo una confusión fundamental: se toma el poder como un medio para la transformación social, cuando en realidad la abolición del poder o si se quiere, su transformación, ha de ser una de las aspiraciones de la clase trabajadora, como en el caso de la propiedad, la familia o la patria, ya que es uno de sus principales intereses. Se confunden los medios con los fines.

El error es de bulto y sus consecuencias están a la vista de todo el mundo.


EL PODER COMO OBJETO DE REFLEXIÓN

El tema del poder, en efecto, resulta ser uno de los aspectos que con menos seriedad son tratados por la doctrina marxista.

Es cierto que se han llevado a cabo brillantes reflexiones acerca del proceso de toma del poder por la vanguardia obrera. Los grandes autores del marxismo político han abordado en numerosas ocasiones, y de forma harto exhaustiva este tema. De hecho, se puede afirmar, bajo mi punto de vista, que la doctrina marxista identifica el concepto de Revolución, con el de «Toma del poder por las clases trabajadoras».

Sin embargo, no es tan fácil encontrar, en toda la literatura marxista, una reflexión mínima acerca, no de la toma, sino de la naturaleza del poder. ¿Qué es el poder?, ¿Qué efectos provoca en el ser humano, la concentración de poder, tanto a nivel individual como a nivel social? ¿Qué diferencia hay entre el poder político, económico, religioso? ¿Se cumplen, con relación al poder, las leyes del marxismo acerca de las relaciones entre infraestructura, estructura y superestructura? ¿Es realista hablar de libertad y, a la vez, defender la concentración de poder en manos de un@s poc@s, por más que ést@s poc@s sean representantes del proletariado? El concepto de libertad ¿no implica, más bien, una disolución del poder?


CONCLUSIÓN

El resto del Manifiesto, constituye un repaso en el que se critican ciertas corrientes socialistas y se propone el debate ideológico como modelo de análisis, entendimiento y clasificación, así como una exposición de las líneas de actuación de los partidos comunistas en el solar en que se ubican y en cada nación[4]. No es objeto de este trabajo hacer una crítica de las críticas que a su vez hace Marx, con su habitual saña contra las opiniones diversas a la suya, a otras corrientes socialistas de su época.

En cuanto a la actuación de los partidos comunistas en cada país, es de señalar la esperanza que Marx depositó sobre la clase obrera alemana, por su grado de desarrollo. Es curioso que la primera revolución comunista triunfante —y la más importante, como lo fue la rusa— se produjo en un país eminentemente agrícola y fue llevada a cabo sobre todo por campesinos, creando un nuevo mapa geopolítico en Europa que, al final, truncó las expectativas de revolución que, en Alemania había puesto Marx.

El Manifiesto Comunista refleja, pues, toda una concepción ideológica, política, económica y científica. Quizá la más importante del siglo XX. Refleja también las aspiraciones de toda una clase social: la trabajadora, sin cuya consideración es imposible comprender la historia de los siglos XIX, y XX.


NOTAS:
 [1] Prólogo de Engels a la edición alemana de 1883.
 [2] Ídem.
 [3] Consideraciones éticas que Marx no elude y que se pueden encontrar a lo largo de su obra salpicando El Capital, así como en el propio lenguaje marxiano, cuando habla de explotación, de apropiación, etc.
 [4] El Manifiesto Comunista, introducción de Rogelio Blanco. Ed. Endymión, 1987, Madrid.