Por XABIER
AGIRRE ARANBURU (1)
Los insumisos no
tienen memoria histórica. Quizá sea ésta una de las causas de su éxito, el no
saber que tienen una historia y recrearse despreocupados en las contradicciones
de un presente infinito.
Sin ánimo de
empañar esta joie de vivre insumisa,
en este año de aciagos aniversarios parece oportuno rescatar del olvido los
primeros pasos del antimilitarismo en la España de los años treinta. Se trata
de una experiencia modesta que, como la verdad, sería una de las primeras
víctimas de la guerra, y ha permanecido durante décadas sepultada entre la
Historia de los vencedores, la nostalgia épica de los vencidos y la ignorancia
de sus herederos lejanos.
El surgimiento
del movimiento antimilitarista en los tiempos de la II República fue fruto
principalmente del encuentro de dos corrientes. Por una parte, la tradición
autóctona de oposición al ejército, tanto en formas espontáneas de evasión de quintas,
como en su vertiente obrera organizada (oposición a las campañas de Marruecos,
huelga general de Barcelona de 1909, círculos anarquistas, etc.). Por otra, los
ecos pacifistas que siguieron a la primera guerra mundial en general y la
Internacional de Resistentes a la Guerra como su expresión organizada en
particular (IRG, fundada en 1921).
Los escasos
testimonios que nos quedan de los antimilitaristas españoles de la época nos
hablan de las esperanzas alumbradas por el régimen republicano y sus reformas
en la constitución de 1931, como la separación de Iglesia y Estado, libertad
política y de cultos, o la abolición de la pena de muerte. Particularmente
alentador resultó el texto del artículo sexto de la constitución, «España
renuncia a la guerra como instrumento de política nacional», recogiendo así la
fórmula establecida en el tratado Briand-Kellog de 1928 de prohibición
universal de la guerra (que, por cierto, nunca más volvería a aceptarse en el
orden constitucional español). El fracaso del golpe del general Sanjurjo en
1932 y las medidas progresistas del primer período, especialmente las de
reforma militar de Azaña, fueron así mismo celebradas en los medios
antimilitaristas (2).
Estas esperanzas
iniciales se desvanecieron a medida que se constataban las limitaciones de los
programas republicanos, especialmente a partir de la represión de Casas Viejas
en 1933, de manera que los antimilitaristas mantenían en definitiva posturas similares
a las dominantes en la izquierda española con respecto a la II República. Las
discrepancias con el resto de la izquierda vendrían principalmente con la
crítica al uso de medios violentos por el movimiento obrero, cuestión que
habría de revelar su interés en torno a los sucesos revolucionarios de 1934,
como veremos a continuación.
La República, el movimiento antimilitarista y la
violencia revolucionaria
Las primeras
noticias del movimiento antimilitarista en tiempos de la República se remontan
a 1932, con la fundación por José Brocca de La Orden del Olivo, grupo integrado
desde el primer momento en la Internacional de Resistentes a la Guerra. La
prensa de la IRG informaba puntualmente desde Londres de la actividad de este núcleo
original, gracias a lo cual han llegado hasta nosotros noticias como la
aprobación por unanimidad, en la conferencia anual de 1932 de la Federación
Provincial de Sindicatos de Almería, de una resolución pidiendo la abolición
del servicio militar obligatorio, la prohibición de la fabricación de
armamentos y el abandono de Marruecos, suscribiéndose así mismo la declaración
de la Internacional (3). La sección
del Partido Socialista de Almería, que contaba con antimilitaristas entre sus
filas, aprobó también resoluciones en la misma línea. Estos posicionamientos
fueron secundados en Barcelona por la Asociación de Idealistas Prácticos, que
decidió también adherirse a la Internacional.
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El antimilitarista Pepe Brocca.
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A comienzos de
1934 se estimaba en varios centenares de activistas la composición de diversos
grupos coordinados en torno a La Orden del Olivo, dedicados a tareas de
difusión, publicación de un semanario, acciones públicas, programas
radiofónicos, etc. El ideario de la IRG encontraba la mejor acogida en
Cataluña, con el lanzamiento de un manifiesto a la juventud catalana llamando a
la resistencia a la guerra, organización de diversos seminarios de estudios
antimilitaristas y de un comité obrero de acción antimilitarista en Barcelona.
Llegados los
acontecimientos revolucionarios de octubre del34, mientras socialistas y
anarquistas glorificaban la fallida insurrección obrera, la prensa
antimilitarista se desmarcaba de toda lectura épica para calificar los sucesos
de «lucha fratricida» y subrayar sus desastrosas consecuencias:
«La guerra es la guerra... locura, matanza, sangre,
destrucción, miseria. Cuando el intento fue aplastado el desconcierto de los
trabajadores fue completo. Las masas neutrales que carecen de convicciones por
sí mismas y son influidas por las últimas y más fuertes impresiones, alarmadas
y llevadas por el instinto de supervivencia, se alinearon con la derecha. Los
partidos proletarios y de izquierda, mediante el uso de la violencia, perdieron
casi todas sus posiciones.»
El debate sobre
la legitimidad y oportunidad de la violencia revolucionaria no era nuevo. El holandés
Bart de Ligt, destacado ideólogo de la IRG en la época y vinculado al
movimiento obrero libertario, informaba en un estudio sobre la guerra española
publicado en 1938 acerca de los intentos de sindicalistas holandeses que, «sin
ser noviolentos por principio», habían defendido en la Asociación Internacional
del Trabajo (AIT) «el uso sistemático de métodos noviolentos», puesto que «el
desarrollo de la técnica de la guerra demanda una completa revisión de las
tácticas revolucionarias». De Ligt observaba que en el seno de la AIT «esta
propaganda encontró una fuerte oposición entre los sindicalistas y anarquistas
españoles, lo que era aún más lamentable puesto que el movimiento obrero
español, especialmente la CNT y la FAI, ha estado dando durante mucho tiempo
prueba contundente de la efectividad de métodos como los descritos
[noviolentos: huelga, boicot, no-cooperación]». (4)
La Orden del
Olivo se mostraba en este sentido crítica con los sucesos de 1934,
especialmente a la luz de su resultado, que afectaría también a sus propias
filas. A pesar de quedar formalmente prohibidas, se mantuvieron las labores de
agitación antimilitarista, ocasionalmente en colaboración con entidades como el
Liceo Teosófico, la Sociedad de Investigación Psíquica, Sociedad de Educación
Cívica para Mujeres, Asociación de Estudiantes de Medicina, Sociedad de Jóvenes
Espiritistas Cristianos y otras muestras del variopinto progresismo social
republicano, además de las importantes conexiones con el activismo obrero
socialista y anarquista.
Al igual que con
la insumisión de nuestros días, la desobediencia civil al ejército era
considerada un tema central. Así, se reivindicaban experiencias como la del
piloto civil de correos Quirados J. Gou, víctima de castigo gubernativo por
negarse a participar en los bombardeos aéreos de las posiciones obreras
asturianas en 1934. En 1935 tres jóvenes anarquistas catalanes se negaron públicamente
a incorporarse al servicio militar y decidieron presentarse a las autoridades.
En medio de una campaña antimilitarista de apoyo, fueron puestos en libertad
tras cuatro días de detención alegándose su estado de «demencia». Al ser
liberados expusieron en público los motivos de su desobediencia y su ejemplo
fue seguido por un grupo de en torno a un centenar jóvenes dispuestos a rechazar
«todo servicio militar», a modo de insumisos avant la lettre.
El triunfo del
Frente Popular en febrero de 1936, a pesar de terminar con el nefasto período
derechista, abrió una etapa de inestabilidad que los antimilitaristas españoles
contemplaron con verdadero desaliento. En junio de ese año responsabilizaban
tanto al gobierno como al movimiento obrero de una situación cuyas causas
definían como «muchas y complejas». Si Azaña era responsable por «excesivas
concesiones a los enemigos de la República», en referencia a la derecha
económica y militar, el movimiento obrero era objeto de crítica por
«complacerse en ejercicios militares» y «pronunciarse en favor de la más
violenta acción». Con el país al borde de la guerra, se advierte que las peores
consecuencias pueden seguirse de una situación en que «por todas partes hay una
explosión de odio y amenazas». Las páginas de The War Resister (Londres) recogían la postura de los
antimilitaristas españoles a mediados de junio del 36 en los siguientes
términos:
«Los comunistas y socialistas buscan una dictadura 'roja',
que personificarían en Largo Caballero, mientras que los partidos de la 'Derecha'
albergan la esperanza de que en la medida en que los disturbios requieran la
proclamación de una ley marcial, la soldadesca pueda aprovechar la ocasión para
alzarse como dictadores y establecer un fascismo de sable y espuela.»
Unas pocas
semanas bastarían para hacer realidad estos temores, lo que en todo caso no
impidió la organización de nuevas iniciativas. Así terminaba el último escrito
de que tenemos noticia antes del alzamiento fascista:
«En esta atmósfera tormentosa se ha formado la 'Liga
Española de Refractarios a la Guerra' como afiliada de la Internacional de
Resistentes a la Guerra. En el momento presente este movimiento no representa
más que un grupo de convencidos entusiastas. Una intensa campaña de propaganda
por los principios y tácticas de la resistencia a la guerra se está llevando a
cabo y encontrando la más favorable acogida entre organizaciones anarquistas y
en la CNT, que es muy importante en España. Hasta que la fiebre de guerra, que
en el momento actual es rampante, remita, no se puede anticipar ninguna extensión
o crecimiento rápido, pero se ha dado un comienzo.»
Quedaba de esta
manera constituida la Liga Española de Refractarios a la Guerra, con la doctora
Amparo Poch y Gascón como presidenta, Fernando Oca del Valle en el cargo de
secretario, José Brocca como representante en el Consejo de la IRG, y contando
entre otros representantes destacados a Juan Grediaga (Barcelona), Mariano Sola
(Valencia), y David Alonso Fresno (Madrid).
Guerra y ayuda humanitaria
«¿Qué haría yo si
estuviera hoy en España?», se preguntaba H. Runham Brown, secretario honorario
de la IRG, en un artículo titulado «España. Un reto para el Pacifismo» de
diciembre de 1936. En busca de una respuesta a esta pregunta, además de sus
consideraciones sobre teoría, práctica, coherencia, etc., el interés del
documento reside en la reproducción de una carta de José Brocca desde Madrid al
poco de comenzar la guerra. Brocca comienza estableciendo su postura ante la
contienda, en términos que parecen abandonar anteriores repartos de
responsabilidades y sumarse a la dialéctica del momento:
«En las circunstancias en que ha tenido lugar el
alzamiento fascista, el pueblo no tenía otra alternativa que afrontar la
violencia con violencia. Es lamentable, pero la entera responsabilidad por los
trágicos y sangrientos días que estamos sufriendo reside en aquellos que,
despreocupados por los más elementales principios sociales de humanidad, han
dado rienda suelta a la destrucción y la matanza, para defender, no ideales,
sino privilegios odiosos y caducos, para retroceder al barbarismo medieval.»
Hechas estas
precisiones, quedaba aún por ver qué margen dejaba el credo antimilitarista
para apoyar a la República en armas, cuestión que habría de resolverse con un
apoyo a la resistencia armada, pero desde tareas civiles auxiliares que
salvaran por lo menos en lo más inmediato las contradicciones con los
principios de resistencia a la guerra. Es decir, se optó por una especie de prestación social sustitutoria, eso sí,
republicana y autogestionada. Pero dejemos que sea el propio Brocca quien lo
explique en este excepcional testimonio:
«Me detuve unos días en Barcelona para tomar parte
en el mitin de masas contra la guerra que habíamos organizado, pero que no pudo
llevarse a cabo, pues la misma noche que iba a celebrarse, estalló la insurrección
militar-fascista, el peligro que ya os había notificado.
»En Barcelona eran días de amarga lucha. Desde el
primer momento me puse sin reservas al servicio de la libertad, sin renunciar,
no obstante, a mis principios de absoluta resistencia a la guerra; es decir, he
hecho y continúo haciendo cuanto puedo de palabra y obra, pero sin participar
en acciones violentas, para la causa antifascista, y dentro de las
organizaciones proletarias y democráticas que están luchando para salvar a
España de esta tiranía reaccionaria. Mi trabajo es el de la información y
propaganda. En Barcelona, en Valencia, en la provincia de Cáceres y en Madrid
he actuado, y continúo actuando, en tareas tan interesantes como estimular,
dirigir y organizar los campesinos de manera que en lugar de abandonar su labor
agrícola, trabajen, incluso en aquellas áreas abandonadas por los fascistas en
su huida, para evitar la interrupción de la producción y suministro de las
ciudades; estableciendo y organizando escuelas y hogares para los niños de
aquellos ciudadanos que han caído o están luchando en los diferentes frentes, y
en general sacando partido de toda oportunidad para extender entre los
combatientes nuestros ideales humanitarios y nuestra repugnancia a la opresión
y crueldad.» (5)
Por tanto, según
explicarían más tarde los portavoces de la Liga en un panfleto dirigido al
público británico, «la propaganda de resistencia a la guerra no era posible en
este momento», y lo que les correspondía era la ayuda humanitaria, pues en
aquellas circunstancias «el trabajo constructivo de este tipo, en el nombre del pacifismo, es lo más
valioso.» (6)
La IRG estableció
así un Fondo de Ayuda a España, dedicado al envío de ayuda, recabar información
sobre familiares y amigos atrapados en el lado franquista, facilitar el
intercambio de prisioneros, y el apoyo a un hogar para la acogida de niños
refugiados en la localidad catalano-francesa de Prats de Mollo. La Liga contaba
con depósitos gestionados por sus activistas en Madrid, Valencia y Barcelona en
los que recogían donaciones provenientes de otras secciones de la IRG,
especialmente de la británica (Peace
Pledge Union). Sesenta niños vascos fueron igualmente acogidos en una «Casa
Vasca» organizada por este grupo en territorio británico. (7)
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La doctora Amparo Poch.
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Gracias a estos
fondos internacionales, por ejemplo, el propio José Brocca efectuó en 1937 la
compra de 19.200 latas de leche condensada en Holanda, que posteriormente
fueron distribuidas desde el almacén situado en los muelles de Valencia con
destinos diversos. En Madrid los antimilitaristas participaron en la creación de
un Comité de Mujeres para la distribución de ropa y comida, donativos que
aparecían identificados con tarjetas portadoras del texto «Internacional de
Resistentes a la Guerra: ayuda pacifista a la población civil de España».
La doctora Poch y
José Brocca emprendieron también una campaña para la abolición de los orfanatos
en el territorio controlado por la República, criticados por su «triste
parecido con las cárceles», y su sustitución por hogares infantiles que
permitieran el alojamiento por grupos de no más de 25 de niños en condiciones
más dignas. En 1937 organizaron así mismo la salida de un grupo de 500 niños a
México, donde fueron recibidos por los contactos de resistentes a la guerra
mexicanos.
La ayuda
antimilitarista internacional aportó algunos voluntarios, como fue el caso de Lucie
Penru, enfermera y activista francesa de la IRG que trabajó en el Hospital de
Sangré de la Barriada en Barcelona desde el inicio de la guerra hasta que el
centro fue cerrado en 1938 por falta de suministros, y a partir de esa fecha se
hizo cargo de un hogar niños españoles refugiados en Francia.
Peor suerte
corrió Heinz Kraschutzki, destacado antimilitarista alemán. Tras su experiencia
como teniente en la marina de guerra alemana durante la Primera Guerra Mundial,
Kraschutzki se volvió un activo resistente a la guerra, asumiendo la dirección
de Das Andere Deutschlander («La otra
Alemania»), órgano de la Friedensgesellschaft
(«Consejo Nacional de la Paz»). A raíz de la publicación por esta revista de
información sobre los planes de rearme alemán en marcha, Kraschutzki fue
procesado por alta traición y escapó del país, instalándose con su familia en
Mallorca a partir de 1932. A pesar de que había evitado implicarse en
actividades políticas en España, Kraschutzki fue detenido por las fuerzas fascistas
en agosto de 1936. Las autoridades franquistas fueron objeto por una parte de
las peticiones de liberación de la IRG en colaboración con el Foreign Office británico, y por otra de
las presiones de los oficiales nazis en España, que demandaban su entrega con
el propósito de ejecutarlo. De manera un tanto salomónica, la junta de Burgos
acordó con las autoridades nazis que Kraschutzki no sería ejecutado, pero
tampoco sería nunca puesto en libertad, siendo con- denado en consejo de guerra
en octubre de 1938 a 30 años de cárcel. Al terminar la Segunda Guerra Mundial
la IRG retomó las gestiones para conseguir su liberación, en colaboración de
nuevo con el Foreign Office, y Heinz
Kraschutzki fue finalmente puesto en libertad a finales de 1945, tras pasar más
de nueve años en las cárceles de Franco. Kraschutzki para ser liberado tuvo que
esperar así a la derrota de Alemania en una guerra cuya preparación él mismo
había sido pionero en denunciar, a costa de largos años de exilio y la cárcel. (8)
El debate en el pacifismo internacional
El estallido de
la guerra produjo una grave conmoción en la opinión pública internacional, que
había seguido ya con preocupación la creciente agresividad alemana y la
invasión de Abisinia por Mussolini. Si la izquierda entendió el 18 de julio
como una afrenta directa a sus programas en todo el mundo, para el movimiento
pacifista internacional la Guerra Civil española supondría, como ha observado
el historiador norteamericano Allen Guttman, «la primera crisis tras el fin de
la Gran Guerra». (9)
La extensión del
pacifismo en los años veinte, la misma fundación de la IRG en 1921, estuvieron
marcados por el legado de horror de la Primera Guerra Mundial y sus más de ocho
millones de muertos. El pacifismo se había desarrollado sobre la llana
convicción de que todo cuanto podía hacer una persona decente ante la guerra
era oponerse frontalmente y negar su colaboración, certeza que queda
cuestionada con los acontecimientos del 36.
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| Heinz Kraschutzki. |
«¿Qué está
pasando en el movimiento pacifista?», titulaba el filósofo británico C. E. M.
Joad un artículo en mayo de 1937 en el que analizaba las reacciones pacifistas
ante el auge del fascismo europeo. Si hasta entonces el movimiento había
coincidido en el apoyo a la Liga de las Naciones como instrumento de regulación
pacífica internacional, la impotencia de esta institución ante las crisis de
Abisinia y España supone la quiebra de este consenso y la aparición de nuevas
corrientes. Dos tendencias opuestas ganan protagonismo amenazando la cohesión
del movimiento; en palabras de Joad, «el pacifismo puro», y «las ideas
asociadas con el Frente Popular». El enfrentamiento entre ambas posturas se
haría inevitable en el debate sobre la guerra española. (10)
Entre quienes se
decantaron por la segunda opción, acaso el ejemplo más destacado sea el de
Albert Einstein, quien, en plena transición hacia la colaboración en el
desarrollo de la bomba atómica, pidió públicamente en 1938 el levantamiento del
embargo de armas en apoyo a la República (11).
Ya a finales de 1936 el propio secretario de la IRG, Fenner Brockway, renunció
a su cargo en desacuerdo con la postura adoptada ante la resistencia
republicana. Para Brockway el apoyo «sólo en servicio social constructivo» no
era suficiente, pues era preciso asumir la resistencia republicana con todas
sus consecuencias, incluyendo el suministro de armamento. Así lo explicaba en
su carta de dimisión:
«Muy a mi pesar siento que debo dimitir de la IRG.
(...) Esta estrecha vinculación con el movimiento hace la decisión de dimitir
difícil, pero siento que es la única vía honesta que puedo tomar. Mi
temperamento y filosofía esencial siguen siendo pacifistas. (...) Pero estoy enfrentado
a este hecho. Si estuviera en España en este momento estaría luchando con los
trabajadores contra las fuerzas fascistas. Creo que es la vía correcta pedir
que los trabajadores sean abastecidos con las armas que están siendo enviadas
tan libremente por los poderes fascistas a sus enemigos. Aprecio la actitud de
los pacifistas en España quienes, al tiempo que desean el éxito de los
trabajadores, sienten que deben expresar su apoyo sólo en servicio social
constructivo. Mi inconveniente sobre esta postura es que si alguien desea que
los trabajadores triunfen no puede, en mi opinión, dejar de hacer cuanto sea
necesario para hacer ese triunfo posible.» (12)
En el curso de la
reunión trienal de la Internacional de verano de 1937, Bart de Ligt rebatiría
la postura representada por Brockway confirmando el posicionamiento de «pacifismo
puro» de la IRG con respecto a la guerra en curso. «Nosotros, resistentes a la
guerra aceptamos la lucha de clases, pero no aceptamos la guerra de clases»,
comenzaba de Ligt su extensa intervención. Tras considerar la experiencia
soviética en detalle, con severas críticas al militarismo de Stalin, se expone
un minucioso relato de los acontecimientos en España, tomando partido
abiertamente por CNT y POUM en la cuestión de la militarización de las milicias
promovida por el PCE y las fuerzas burguesas. A pesar de esta simpatía por las
fuerzas republicanas, los argumentos de Brockway son expresamente rechazados:
«No tenemos ninguna razón para seguir el ejemplo de
nuestro camarada Fenner [Brockway], quien desde el estallido de la guerra de
clases española aceptó los métodos de guerra modernos como medios inevitables
para alcanzar nuestros objetivos sociales. Coincidimos con Fenner cuando
insiste en la necesidad de la solidaridad práctica con el movimiento
revolucionario en Iberia. Pero pensamos que se equivoca cuando declara que la
única manera de probar esta solidaridad consiste en renunciar a la acción
noviolenta y aceptar la guerra de clases con todas sus inevitables consecuencias.
Si en cualquier caso de guerra de clases renunciamos a nuestra lucha noviolenta
y aceptamos 'provisionalmente' la acción violenta, el resultado será una aceptación
permanente de la guerra en nombre de la revolución y un socavamiento
sistemático de la revolución por los medios más inapropiados.»
Discusiones
similares se reprodujeron en las más diversas agrupaciones pacifistas y
antimilitaristas, llevando a antiguos camaradas en la denuncia de la Primera
Guerra Mundial a posturas irreconciliables. Tal fue el caso de Norman Thomas y
John Haynes Holmes, ambos destacados líderes pacifistas norteamericanos y
compañeros en la War Resisters’ League
(sección norteamericana de la IRG). Thomas, fundador de la No Conscription League y destacado promotor de la objeción de
conciencia en EE.UU., organizó el reclutamiento de voluntarios para la «Columna
Eugene V. Debs» (en honor del histórico líder socialista norteamericano) dentro
de las Brigadas Internacionales argumentando que «es porque creo tan firmemente
en el horror y la inutilidad de la guerra por lo que pienso que debemos ayudar
a nuestros camaradas españoles a detener la guerra de Franco». A la luz de la
coyuntura internacional, Thomas defendía que apoyar la resistencia militar de
la República significaba «aumentar grandemente la esperanza del mundo de evitar
la catástrofe de una segunda guerra mundial mucho peor que la primera.» (13)
En abierta
contradicción se situaba su compañero John Haynes Holmes, con el respaldo de la
War Resisters’ League, que respondía públicamente
a Thomas comparando su iniciativa con la propaganda para la movilización de la
Primera Guerra Mundial, en cuya denuncia ambos habían coincidido:
«Tú y yo, Norman, hemos pasado por esto antes. Nos
alzamos rápidamente cuando los belgas gemían de manera tan lastimosa como lo hacen
hoy los españoles. Nos negamos a oír los llamamientos falaces de 1917 de que el
mundo debía defender la democracia, salvar la civilización, y poner fin a la
guerra para siempre, mediante el uso de las armas para la muerte de los hombres
en batalla. ¿Vamos a quedarnos cruzados de brazos ahora que una nueva
generación, tentada como nosotros lo estuvimos, cede a la llamada de otra lucha
para salvar la democracia y una guerra más para establecer la paz?»
Para Holmes, como
para la generalidad de la IRG, la guerra española estaba «llevando a leales y
rebeldes a un terreno común de violencia, crueldad y odio», y la postura del
movimiento pacifista pasaba por la ayuda humanitaria: «enviemos comida,
material médico en abundancia, pero ni un fusil, ni una bomba, ni un avión que
prolongue la guerra y extienda la devastación y la muerte.» (14)
Se trataba de
polémicas que anticipaban las contradicciones que la Segunda Guerra Mundial
provocaría en el pacifismo pocos años más tarde, y que representan en
definitiva el eterno filo de la navaja en el que este discurso se revela en
toda su grandeza y su miseria.
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Menores refugiados en Prats-de-Mollo.
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Derrota, exilio y extinción del movimiento
antimilitarista
Volviendo a las
tareas que ocupaban a los miembros de la Liga Española de Refractarios a la
Guerra, al terminar la contienda desde Londres se sugirió el cierre del hogar
de Prats del Mollo tan pronto como todos los niños allí acogidos encontraran un
destino definitivo, y se gestionó al mismo tiempo un permiso para dar refugio a
José Brocca en Gran Bretaña. Sin embargo, dada la cercanía con la frontera, la
Liga decidió mantener abierto el centro para colaborar en el paso clandestino
de refugiados a territorio francés. El propio José Brocca cruzaba la frontera
repetidamente para contactar y facilitar la huida de compañeros y allegados que
permanecían en España.
En aquella época,
entre la amargura de la derrota republicana y la inminente extensión de la
guerra a Europa, Brocca respondía a las inquietudes de sus compañeros en
Londres con un emotivo mensaje:
«No os preocupéis por mí. Estoy perfectamente
tranquilo y lleno de valor para afrontar el futuro sin miedo, pase lo que pase.
Me doy cuenta de que el estallido de la guerra podría privarme de la
oportunidad de ir a Inglaterra. Tenía tiempo para ir, pero no podía abandonar
nuestro hogar sin antes encontrar seguridad para todos los que están en él. Me
pareció que mi deber es el del capitán de un barco; permanecer a bordo hasta el
final, y facilitar toda la seguridad posible al resto. Cuando todo mi trabajo
esté terminado intentaré buscar una colocación, pues nunca me he sentido
deshonrado por los trabajos más humildes. Si no lo consigo, iré a uno de los
campos de refugiados donde ya hay miles de españoles hechos del mismo cuerpo y
alma que yo mismo. Quiero que estéis seguros de que en estos tiempos de
sufrimiento general, cualquiera que sea mi suerte, nunca caeré en desánimo.
Nada habrá de apartarme de mis principios. Mi resistencia moral es mayor que la
fuerza de los acontecimientos. Nada ni nadie será capaz de romperla.»
La vida del
movimiento antimilitarista organizado, modesta durante la República y
atormentada durante la guerra, se extingue definitivamente en el exilio
republicano. El 23 de mayo de 1939, apenas un mes después de la victoria
fascista, el núcleo de cerca de una docena de miembros de la Liga Española de
Refractarios a la Guerra se embarcaba en el puerto francés de Port Vendres con
destino a México, donde serían acogidos por los compañeros mexicanos de la IRG.
Otras familias vinculadas al movimiento habían encontrado ya refugio en
Colombia, Cuba y Paraguay.
Por aquella época
la IRG se empleaba ya en la acogida de cerca de un centenar de antimilitaristas
de Alemania y Austria, la mayor parte rescatados de prisiones y campos de
concentración nazis, prolongando las tareas de ayuda humanitaria y apoyo a
refugiados iniciadas con la contienda española y que continuarían durante los años
de la Segunda Guerra Mundial. (15)
Por lo que
respecta a José Brocca, pionero histórico del movimiento, habiendo rechazado la
posibilidad de escapar a Inglaterra, fue detenido en varias ocasiones e
internado en un campo de concentración francés. Sus compañeros consiguieron
rescatarlo de la Francia de Vichy, llegando a México en octubre de 1942 acogido
por los antimilitaristas de este país. (16)
José Brocca moría
en México en junio de 1950 a consecuencia de una trombosis cerebral. Con él
terminaba esta experiencia del movimiento antimilitarista y la presencia de la
IRG en el estado español.
Más de tres
décadas después, el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), desconociendo
por completo este precedente, se constituía en sección de la Internacional de
Resistentes a la Guerra, llegando a encarnar en la insumisión ante el poder
militar de nuestros días el espíritu de José Brocca, Amparo Poch, Heinz
Kraschutki y todos los resistentes a la guerra que nos precedieron en los
turbulentos años treinta.
En legítima desobediencia:
Tres décadas de
objeción, insumisión y antimilitarismo
(2002)
NOTAS:
(1) La elaboración de este artículo (1996) ha sido
posible gracias a la colaboración del Instituto Internacional de Estudios por
la Paz de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EE.UU.) y especialmente su
profesor Robert Johansen, así como el apoyo y documentación facilitado por
Howard Clark y la oficina de la Internacional de Resistentes a la Guerra en Londres.
El autor desea expresar su más cálido agradecimiento a ambas instancias.
(2) Para una lectura antimilitarista de las reformas
militares de Azaña, ver por este mismo autor Objeción e Insumisión. Claves ideológicas y sociales (Fundamentos,
Madrid, 1992), pp. 226-227 (edición Pedro Ibarra).
(3) Texto de la declaración fundacional de la IRG,
suscrito por todos sus miembros y secciones: «La guerra es un crimen contra la
Humanidad. Nos comprometemos a no colaborar con ningún tipo de guerra y a
luchar por la abolición de todas sus causas».
(4) Bart de Ligt, «Russia, Spain and violence», capítulo
IX de The conquest of violence (Nueva
York: E. P. Dutton & Company, 1938), p. 194.
(5) H. Runham Brown, «Spain a challenge for pacifism», en
Unity, 21-XII-1936. Reproducido en
Charles Chatfield, ed., International War
Resistance Through World War II (New York: Garland, 1975).
(6) En cursiva en el original. Our work in Spain saving the children (Londres: WRI).
(7) Ver Devi Prasad, ed., Fifty years of war resistance: what now? (Londres: WRI, 1972). El Peace Pledge Union era en aquel momento la sección más importante
de la IRG, contando con unos 100.000 miembros y en torno a 500 grupos locales
en Gran Bretaña.
(8) The War Resister, nº 51, verano 1946.
(9) Ver Allen Guttman, The Wound in the Heart. America and the Spanish Civil War, The Free
Press of Glencoe, Nueva York, 1962, pg. 111.
(10) C. E. M. Joad, “What is happening in the peace
movement?”, The New Statesman and Nation
(Londres 15-V-1937).
(11) New York Times, 8-V-38.
(12) The War
Resister, invierno 1936, p. 3.
(13) Socialist Call,
13-II-37.
(14) The New Leader
(Nueva York), 2-II-37.
(15) Ver Grace Beaton, 25 Years Work in the WRI (Londres: WRI, 1945), pgs. 15-17.
(16) Ver Grace Beaton, Four
Years of War (Londres: WRI, 1943), pgs. 27-28.