viernes, 27 de marzo de 2026

¿Están borrando al anarquismo?

Por XAVIER DIEZ

En los últimos años, la irrupción del pensamiento alucinógeno de la intelectualidad de las izquierdas, están desnaturalizando a la filosofía clásica del anarquismo y su componente racionalista.

Un paseo por Manhattan

Agosto de 2019. Habiéndose enterado de que estaba en Nueva York, el periodista y buen amigo Andreu Barnils me llamó para quedar con él y pasar un día juntos. Barnils, que pasa todos los veranos en la ciudad con su familia americana, conoce bien mis investigaciones sobre el movimiento libertario y mi curiosidad por todo lo relacionado con la historia del anarquismo. Por ello, me propuso visitar una de las principales librerías del Lower East Side de Manhattan, especializada en todo lo relacionado con el anarquismo.

Sin embargo, al empezar a pasearnos por los estantes, al hojear algunos de los libros expuestos, empezó a emerger un cierto sentimiento de decepción. En muy poco tiempo, el establecimiento, sin cambiar de nombre ni de carácter agitador, había cambiado radicalmente de orientación. Apenas unos pocos clásicos reeditados, algún volumen de Noam Chomsky —no precisamente los más interesantes— y poca cosa más. El resto, diría que entre el 80 y el 90% de la oferta, eran libros sobre gordofobia, orgullo LGTBIQ+ (juraría que me dejo alguna letra), crianza trans, islamofeminismo (defensa del velo incluida), antirracismo (básicamente, racismo antiblanco), pensamiento decolonial (más de medio siglo después de la descolonización), mucha sexualidad poco convencional, exaltación de las virtudes del veganismo y toneladas de páginas que, básicamente, versaban sobre lo que podríamos definir como ombliguismo.

O, si me permiten una versión menos coloquial, una especie de teología del yo: visiones periféricas del mundo, exaltación del victimismo y criminalización de la discreción, así como de la vida y apariencia convencionales. No se podía hallar nada de Bakunin, de Kropotkin, poco de Proudhon, mientras que en las zonas privilegiadas abundaban textos de Judith Butler, Kimberlé Crenshaw, Frantz Fanon, Ibram X. Kendi y otros que, en los últimos años, he ido conociendo y analizando. También mucho Marx —el más periférico, el de los papeles de juventud que él mismo repudió— y algo de Freud.

El auge del wokismo y la interseccionalidad

Como soy una persona curiosa, fue quizá la primera vez que empecé a familiarizarme con las teorías de la nueva izquierda. Todo aquello que ha quedado bajo la denominación, con ansias denigratorias, de wokismo —término surgido entre activistas afroamericanos hace casi un siglo— y que hoy acaba designando toda esta inmensa fragmentación de luchas particulares que dominan los espacios académicos y el activismo de izquierdas.

Así, por ejemplo, empecé a introducirme en la teoría de la interseccionalidad, que básicamente consiste en establecer una interminable taxonomía de categorías a partir de la dialéctica discriminación/privilegio. Así, ser mujer puntúa más que ser hombre; ser racializada, todavía más; ser trans, musulmana, gorda o poseer cualquier otra característica da el «premio gordo» (sic). En cambio, apenas se habla de elementos como la cuestión de la clase social, la posición que ocupa un individuo en la producción o su acceso a los recursos materiales.

El espacio que cada uno ocupa en la dinámica discriminación/privilegio implica que a las víctimas se les debe compensar, mientras que a los privilegiados se les debe desposeer. Esto podría sonar bien, pero en cuanto miramos la letra pequeña, supone, en la práctica, que la persona trans, gorda, vegana y racializada puede ser, por ejemplo, la CEO de una empresa tecnológica al más puro estilo Elon Musk, mientras que el hombre blanco, de mediana edad y heterosexual, en realidad sea un precario dependiente del Walmart (una versión aún más cutre del Mercadona, donde los sindicatos están prohibidos).

¿Qué sucede, entonces? Nada: en una relación fundamentada en el resentimiento acumulado secularmente, a la víctima se le debe premiar, y al opresor blanco, se le debe castigar. No se tienen en cuenta ni méritos ni deméritos, ni pensamientos ni acciones. No se valora en función del hacer o tener, sino del «ser». En otras palabras, el retorno a una especie de determinismo feudal donde la responsabilidad está asociada a la condición, nunca a la acción.

Cultura de la cancelación y resentimiento

Una vez, un colega norteamericano, profesor jubilado de universidad, me explicó que esta técnica «interseccional» ha servido para deshacerse de competidores en los departamentos académicos. Componentes de la burguesía afroamericana echando a colegas suyos blancos y maduros, a base de crear un clima de intimidación en lo que se conoce como «cultura de la cancelación».

Graduadas en estudios de Antropología Cultural que, ocupando espacios estratégicos en las facultades, cierran departamentos de historia, de literatura, de filosofía, porque no son «suficientemente inclusivos», o explican cosas (como la historia de la esclavitud, las obras de Shakespeare con la mentalidad del siglo XVII) que incomodan a algunos estudiantes. Se crea así una cultura del resentimiento y el miedo en la que la objetividad es siempre censurable, porque importan más los sentimientos que la realidad.

Decepción y desplazamiento del anarquismo

Como Barnils, salí algo decepcionado de la librería. Era el mismo espacio, probablemente una clientela similar, un ambiente contracultural equivalente, pero un concepto radicalmente diferente. Poco más tarde, empecé a preocuparme, puesto que esta tendencia de sustituir el anarquismo (u otras corrientes tradicionales de izquierda) por un conjunto de teorías... ¿cómo decirlo sin ofender a nadie?... ¿psicodélicas?, empezaba a trasladarse a Europa en menos tiempo del imaginado.

Los mismos libros, los mismos autores, las mismas ideas fueron apropiándose del catálogo de las editoriales militantes, de las ferias del libro anarquista y de las librerías de vocación social de nuestro país. Y el proceso empezaba a ser similar, con actores parecidos, objetivos semejantes y una misma hostilidad hacia el viejo mundo. No solamente contra los hombres blancos heterosexuales de mediana edad, como es mi caso, sino respecto a otros señores blancos, heterosexuales de mediana edad como Bakunin, Trotski, Tolstoi, Proudhon, Mella, Montseny padre, Seguí o tantos otros nombres que pusieron las bases al discurso, en términos de Gian Pietro Berti, más genuinamente liberal de las ideas filosóficas.

Aproximación intelectual y marginalidad

Confieso que me aproximé al anarquismo, ya hace más de treinta años, desde una perspectiva intelectual. Efectivamente, el movimiento libertario siempre me ha resultado muy atrayente, básicamente por buena parte de sus postulados filosóficos, y por cómo eran capaces de dar respuesta a los desafíos políticos y sociales derivados de su tiempo.

Pero, habiéndome educado de la manera más convencional posible, es decir, desde la Universidad, a la salida de mi carrera de Filosofía y Letras era claramente consciente de mi más absoluta ignorancia sobre el tema. Normal, si tenemos en cuenta que las instituciones académicas en general, y unos profesores que tuve, de mayoritaria adscripción marxista en particular, no les interesaba explicar una de las más trascendentales escuelas filosóficas de la contemporaneidad, que generalmente rompía con el relato oficial y el oficioso.

Investigación y tesis doctoral

Así que no tuve más remedio que ponerme a estudiar por mi cuenta. Y, para ello, nada mejor que elaborar una tesis doctoral. Una tesis representa algo así como unos cuantos años de soledad. Estás con un tema complejo que debes desenredar, debes ser paciente, indagar, descubrir, impregnarte, no solamente de unas lecturas, sino de una atmósfera y una forma de pensar. Y, ciertamente, las teorías libertarias, a partir de sus continuidades filosóficas y propuestas políticas, son un marco necesario para poder analizar un tema en particular.

El anarquismo individualista y sus tensiones

Y curiosamente, me dediqué a investigar una corriente, en aquellos momentos poco conocida y coetáneamente considerada marginal, dentro del campo libertario. Se trataba del anarquismo individualista, un movimiento que precisamente abordaba cuestiones como las que podía hallar en aquella biblioteca del sur de Manhattan.

Así, cuestiones como la libertad sexual, los conceptos plurales de feminismo, el eclecticismo filosófico, el amor libre, el vegetarianismo, el naturismo, el eugenismo y tantas otras cosas que, visto en perspectiva, actúan como precedentes de las corrientes culturales que dominan hoy la mayoría de las izquierdas.

Era un discurso a contracorriente, fundamentado en la emancipación, no tanto de la sociedad en general como de los convencionalismos morales. Arrancando desde sociedades librepensadoras de finales del siglo XIX, el movimiento arraigó muy especialmente en Francia y en Estados Unidos durante el primer cuarto del siglo XX, y tuvo su reflejo especialmente en Cataluña y el País Valenciano.

De hecho, La Revista Blanca de la familia Montseny fue una de las que informaron y dieron voz a estas tendencias. Sin embargo, desde la corriente principal —un anarcosindicalismo hegemónico a partir de la creación de la CNT— se emitieron bastantes críticas y hubo numerosas tensiones entre individualistas y sindicalistas. Unos acusaban a otros de ensimismarse con cuestiones accesorias a las luchas del proletariado, y otros acusaban a los unos de resultar excesivamente conservadores, incluso carcas.

Max Nettlau y la dispersión de tendencias

Fue, sin embargo, la lectura de la obra de Max Nettlau, historiador austriaco del movimiento libertario, considerado «el Herodoto de la anarquía», quien me ofreció una crítica más sólida y coherente contra este espacio filosófico.

Nettlau, precisamente un amigo muy querido de la familia Montseny, habitual invitado de la calle Escornalbou y colaborador habitual en La Revista Blanca, en su obra La anarquía a través de los tiempos, dedicó un interesante capítulo al anarquismo francés de principios del siglo XX en que advertía del peligro de esta corriente a partir del concepto «dispersión de tendencias»

Para este historiador, buena parte del declive del anarquismo en Francia, probablemente el país con mayor peso del movimiento durante el siglo XX tenía que ver con el abrazo respecto a estas tendencias. Y fue así como, a pesar de sus inicios en París, el anarcosindicalismo acabó perdiendo la batalla con el marxismo, y finalmente el comunismo acabó apropiándose de la CGT.

Contracultura, revolución sexual y alienación

En mi tesis ya expliqué la fortaleza e influencia de este conjunto de ideas, especialmente hasta la década de los años 30, las cuales fundamentaron la eclosión de la contracultura y los movimientos emancipadores respecto a cuestiones relacionadas con la revolución sexual que enraizaron fuertemente en Occidente a partir de mayo de 1968.

En cierta manera, y no es una crítica, puesto que la liberación de las costumbres y la fuerza del individualismo consiguieron romper con determinadas rigideces morales tan opresivas como la sociedad de clases, todo este conjunto de ideas modeló claramente nuestra contemporaneidad, nuestra manera de pensar y actuar vigentes, en las que las libertades personales implicaban un mundo de menores ataduras personales y el dogmatismo reinante entre una parte substancial del movimiento obrero.

Todo progreso, sin embargo, suele poseer dos caras. La mayoría de la gente pudo tener un mayor control de sus vidas y vivirlas con mayor plenitud. Pero, a su vez, la plaga del individualismo, junto con una sociedad de consumo con gran capacidad de alienación, actuó como disolvente respecto a los lazos sociales y la comunidad.

Wokismo, alienación y pérdida de raíces

En esta era de wokismo, en la que la reivindicación de las minorías parece desplazar al interés común, estamos dando pasos hacia adelante, aunque no tenemos demasiado claro en qué dirección. O quizá sí: en dirección al ombligo de cada uno de nosotros.

El individualismo es emancipador cuando se libera de determinadas rigideces y homogeneidades, aunque también puede ser opresor cuando nos convertimos en siervos de nuestros propios caprichos u obsesiones. Y, sobre todo, puede generar una peligrosa alienación. La alienación del yo respecto al «nosotros». Peor aún: nos aliena respecto a un pasado compartido y a una tradición que es la que nos permite disponer de raíces con lo que nos hermana.

Reflexión final: entre la estética y la ética

Tengo la sensación, cada vez que acudo —cada vez menos— a actos relacionados con el movimiento libertario, de quedar fuera de lugar, de ser contemplado como un anacronismo al observar a jóvenes militantes seducidos más por una estética que por una ética genuinamente anarquista.

Se ven muchas más banderas libertarias que hace tres décadas, cuando éramos media docena de historiadores dedicados a investigar el pasado anarquista. Me siento como un pulpo en un garaje al oír hablar a algunos militantes de la importancia de acabar con la opresión de las personas «de peso no normativo», al denunciar la gordofobia como elemento fundamental de las opresiones contemporáneas, o considerar a los férreos partidarios del movimiento LGTBIQX+ como el elemento central de la existencia.

¡Como si tuviera alguna relevancia la condición física o las preferencias sexuales de cualquier persona!, cosa que, por lo menos para mí, no la tiene. Percibo, preocupado, cómo tantas personas enarbolan enfervorizadamente las banderas rojinegras, ante militantes que desconocen a Bakunin o Kropotkin, o que desautorizan a Proudhon por ser un heteropatriarcal opresor.

Me molesta profundamente esta época de eslóganes vacíos sin análisis ni pensamiento. Creo que esto fue lo que le pasó por la cabeza a Federica Montseny cuando fue invitada, como ponente, a las Jornadas Libertarias de Montjuic en 1977, cuando, efectivamente, había muchos jóvenes con muchas ganas de revolución, aunque sin tener ideas claras y demasiada confusión sobre lo que representaban aquellas banderas que inundaban aquel espacio tan lleno de esperanzas, posteriormente defraudadas.

Epílogo: responsabilidad con el pasado

En cierta manera, estamos viviendo una especie de Revolución Cultural maoísta, con su punto de histeria e irracionalidad dispuesta a romper con el pasado. Y es justo lo que los adversarios del socialismo emancipador anhelaban: sin raíces, cualquier disidencia es frágil y voluble.

Los libertarios de hace un siglo eran capaces de construir un discurso sólido, de generar ideas fuertes a base de debates sustantivos. Creo que tenemos responsabilidad respecto al pasado, que es la mejor manera de ejercer responsabilidad ante el futuro


Fuente:
 
 

domingo, 11 de mayo de 2025

El gran apagón: la fragilidad energética que nadie quiso ver

(Artículo retirado —o censurado— de CTXT por deseo —y autocensura— de uno de los diez autores.)

El gran apagón del pasado 28 de abril no solo supuso una disrupción total del funcionamiento de nuestra sociedad, sino que fue mucho más que eso. Fue la constatación de la fragilidad del modo en que organizamos nuestras vidas. Nos asomamos a un abismo que queríamos creer que estaba mucho más lejos y era mucho menos profundo. Y aunque ahora estén los de siempre intentando restar importancia a lo que ocurrió, o convencernos de que no vimos ese abismo, sabemos perfectamente lo que vimos.

A día de hoy se está discutiendo cuál pudo ser el disparador concreto de la caída masiva de la red eléctrica, pero lo que de verdad interesa es saber si la red era y es lo suficientemente robusta. Y la respuesta corta es que no. Nuestra red eléctrica no es lo suficientemente robusta. Durante demasiadas horas y durante demasiados días del año sus sistemas de estabilización no son capaces de responder a eventos raros ‒pero no excepcionales‒ de perturbación de la red. Esto es lo que se conoce como inercia de una red eléctrica. La oferta y la demanda de energía eléctrica deben estar sincronizadas a cada instante, y si alguna de ellas varía, inmediatamente se activan mecanismos de compensación.

Cuando se diseñó la red eléctrica, todos los métodos de generación de electricidad (hidroeléctrica –la vieja renovable–, centrales térmicas, nucleares, ciclos combinados) se basaban en lo mismo: un líquido o gas, cuyo flujo puede ser regulado, empuja una turbina de varias decenas de toneladas, que genera así una señal eléctrica oscilante (corriente alterna) con una forma muy precisa (sinusoidal) y perfectamente repetitiva. Ese comportamiento permite dotar al sistema de estabilidad, porque hace más fácil sincronizar el movimiento de todos los generadores (si alguno va desfasado, se producen cortocircuitos de gran potencia que pueden fundir los elementos que no van «al paso»). Además, eso permite hacer bajadas de producción suaves y graduales (las turbinas, con su gran peso, tienen mucha inercia y conservan el movimiento mucho rato, aun cuando se cierren las válvulas al agua o gas). Además, estos sistemas (con la notable excepción de la nuclear) son despachables (es decir, pueden ajustarse a voluntad, básicamente abriendo o cerrando escotillas o válvulas), y son flexibles (esto es, pueden adaptarse fácilmente a los cambios de demanda y oferta de la red), así que se ajustan casi automáticamente a esos cambios.

Por el contrario, las nuevas renovables (eólica y fotovoltaica) dependen de que en ese momento haya viento o sol (son intermitentes, en oposición a los sistemas despachables), son asíncronas y no son inerciales. La que peor sale parada es la fotovoltaica, porque la corriente que genera es continua y por tanto necesita generar la onda de corriente alterna sintéticamente, usando unos dispositivos electrónicos denominados inversores. Por eso, con las nuevas renovables, conseguir mantener la sincronía con la red es siempre un reto, y la adaptación a los cambios es casi imposible: son sistemas inflexibles.

Con las nuevas renovables, conseguir mantener la sincronía con la red es siempre un reto

¿Puede dotarse a las nuevas renovables de inercialidad y de cierto grado de flexibilidad? Posiblemente nunca podrá funcionar exactamente igual que los viejos sistemas, pero se pueden mejorar mucho sus características con el uso de sistemas de estabilización adecuados, desde las baterías y los supercapacitores, pasando por los volantes de inercia hasta los motores reactivos, sales fundidas y otros sistemas de almacenamiento de energía de lo más diverso, que permiten absorber la energía cuando sobra y devolverla cuando falta. Cada sistema tiene sus tiempos de respuesta y de duración específicos, y un sistema bien equilibrado requerirá de una mezcla adecuada de todos ellos. Sin ellos, en los momentos en los que hay una gran penetración de las nuevas renovables, el sistema no tiene margen de maniobra y cualquier pequeña inestabilidad puede ampliarse sin control hasta hacer caer la mayor parte de la red, como pasó el 28 de abril. Además, a estos sistemas de estabilización, para un sistema puramente basado en renovables intermitentes, hay que sumar otros elementos de almacenamiento a medio y largo plazo, que aseguren el suministro de energía cuando la producción baje, por ejemplo, debido a la reducción de horas de sol en invierno, generando y almacenando excedentes en verano.

La conclusión es, pues, que nuestra red eléctrica es más frágil de lo que debería, y que es el modo en que se han introducido de forma masiva las energías fotovoltaica y eólica lo que ha ocasionado ese aumento de la fragilidad.

Tenemos ahora dos grandes preguntas. La primera es: ¿esto se sabía? Y la segunda: ¿por qué se han introducido así las nuevas renovables?  La respuesta a la primera pregunta es un categórico sí. No solo quienes firmamos el presente artículo habíamos avisado en repetidas ocasiones de esta situación, sino que la propia compañía encargada de la gestión, Red Eléctrica de España, había alertado del riesgo de desconexiones severas en su informe anual a los inversores de 2024, precisamente por la introducción masiva de las renovables sin el suficiente respaldo (a falta de sistemas de estabilización, se puede mantener la estabilidad de la red usando centrales convencionales de respuesta rápida, pero para ello deben estar listas, y eso, en el caso de la elección más habitual, los ciclos combinados, implica quemar cierta cantidad de gas para mantener cierta inercia rotatoria con su coste correspondiente). También la CNMC había avisado de problemas para el control de la tensión por el mismo motivo.

Respecto a la segunda pregunta, la respuesta es bastante sencilla: para ahorrar dinero. Y no estamos hablando de una cantidad pequeña, sino de cantidades enormes de dinero. Porque si queremos ir a un modelo en el que durante la mayor cantidad de tiempo posible la electricidad que produzcamos sea de origen renovable, eso implica acompasar el despliegue de plantas con la instalación de esos sistemas de estabilización, que son extraordinariamente caros.

Para que el apagón del pasado 28 de abril llegara a ocurrir intervinieron varios factores que no son técnicos, sino puramente humanos. El primero es la codicia de las compañías eléctricas, que obviamente han presionado para vender el máximo de producción renovable posible y no sufrir desconexiones ‒curtailments‒ por motivos técnicos de estabilización de la red. Es lo que cabe esperar cuando se ha dejado en manos casi exclusivamente del mercado un servicio esencial. Y lo hemos permitido incluso sacrificando sectores vitales como la agricultura, o peor aún, poniendo en riesgo los modos de vida que garantizan la biodiversidad de la que dependemos, la vida auto organizada de comunidades secularmente adaptadas, incluidas las humanas.

Pero los factores humanos no son solo estos. ¿Por qué el legislador no obligó a introducir los mencionados sistemas de estabilización a la vez que se aumentaba la capacidad de generación renovable? Aquí la respuesta es más compleja, pero existe una causa. Desde hace años muchas personas sensibilizadas por los temas medioambientales, entre ellas los firmantes de este artículo, hemos denunciado que la forma en que se pretendía reducir la dependencia energética de los combustibles fósiles ni era la correcta ni, en definitiva, iba a servir para reducir emisiones de gases de efecto invernadero. En primer lugar, las nuevas tecnologías de captación de energías renovables (que son sobre todo eólica y fotovoltaica), no son ni mucho menos tan baratas como han querido hacer creer si tenemos en cuenta los costes ocultos de estabilización de la red. Se nos ha vendido que se había dado con la solución mágica para los problemas de las actuales fuentes de energía, con la que íbamos a conseguir la neutralidad, o casi, a nivel medioambiental y seguir con nuestras vidas normales y el sagrado crecimiento económico para siempre. Pero el problema es que nos han mentido. Una conjunción de intereses empresariales de las grandes energéticas y unos políticos que han encontrado la ocasión de parecer los abanderados del medio ambientalismo han provocado la fragilización de la red que llevó al gran apagón del 28 de abril.

Se nos ha vendido que se había dado con la solución mágica para los problemas de las actuales fuentes de energía

Ahora tenemos cuatro grandes problemas. Por una parte, tenemos a los reaccionarios de siempre, que niegan que exista un problema medioambiental y que haya escasez de combustibles fósiles, y que pretenden vendernos que seguimos en un mundo que desapareció hace ya más de 50 años, en la primera crisis del petróleo en 1973. Aunque saben que esto es falso, tratan de colocar su mercancía averiada con la esperanza de poder seguir manteniendo sus privilegios el mayor tiempo posible, aunque sea a costa de provocar un cambio climático descontrolado y, a la postre, un mundo inhabitable para el ser humano.

En segundo lugar, tenemos a los razonables, que hablan de ir introduciendo energías que no emitan gases de efecto invernadero, pero siempre y cuando la economía no se resienta. Pero, ¿qué van a pensar estos cuando se den cuenta de que son caras si se introducen debidamente y, por tanto, siempre van a perjudicar a la economía? Sobre todo en un mundo cada vez más difícil en el que ese crecimiento cada vez es más complicado de conseguir.

Luego tenemos a los tecnoptimistas, que creen que la tecnología lo solucionará todo y que hay que apostar por la energía nuclear de fisión de uranio hasta que lleguen, primero, las centrales de torio, y luego, las de fusión nuclear. A estos optimistas nos gustaría preguntarles varias cuestiones. Primero, si creen que la proliferación nuclear es la mejor de las ideas en un mundo cada vez más inestable. Segundo, si han sumado las necesidades de uranio para cubrir la demanda energética fósil mundial y se han dado cuenta de que no son ni remotamente suficientes. Y tercero, si creen que esas tecnologías futuras en las que confían van a ser realidad solo porque al ser humano, según ellos, le convenga tenerlas.

Por último, tenemos a quienes algunos llamamos greenewdealers (en referencia al Green New Deal), que confían en las energías fotovoltaica y eólica como el Santo Grial de la energía, sin darse cuenta de que estas energías no son solo mucho más caras de lo que nos han contado, sino que, además, tampoco disponemos de las materias primas requeridas por estos sistemas, algunas de ellas muy escasas, en cantidad suficiente como para sustituir a los combustibles fósiles. Y, no digamos ya, si además pretenden sostener el sacrosanto crecimiento económico.


Entonces, ¿no existe salida? La respuesta corta es que sí que existe. Por supuesto que existe.

En primer lugar es preciso replantearse a fondo la forma actual del despliegue de las energías renovables y, en general, la configuración de todo el sistema energético, ya que ha dejado de ser un servicio público para ser un medio de concentración de riqueza en cada vez menos manos.

En el fondo subyace que el crecimiento económico como objetivo irrenunciable del ser humano es algo muy nuevo en nuestra historia. Pero existen otros modos de organizar nuestras sociedades de forma que no sea necesario el crecimiento. Modos en los que han pensado muchas personas desde hace mucho tiempo. Unos modos que consisten en priorizar lo importante para todas las personas sobre lo superfluo, en respetar y cuidar el mundo que garantiza nuestras vidas, no solo para la generación actual sino para las generaciones futuras, pues nuestra existencia depende completamente de él; en reconocer la realidad de que el impacto que ejercemos sobre el planeta es ya es demasiado grande y hay que reducirlo radicalmente, sin consentir los ofensivos beneficios de un engranaje institucional y empresarial que, mientras hace gala de sostenibilidad en los medios, nos arrastra hacia una inmolación colectiva.

Por eso está única salida viable exige cambiar el modo en que nos pensamos y pensamos el mundo, y esto es precisamente lo que hace que esté fuera del gran debate público, dominado por intereses de gentes que gozan de enormes privilegios que no serían posibles en ese mundo diferente. Un mundo en el que recuperemos la conciencia de lo que es importante de verdad a la vez que no dejamos a nadie atrás. ¿Es posible? Por supuesto que es posible. Todavía es posible, pero cada vez queda menos tiempo y hay que comenzar cuánto.

 

RESUMEN

El Gran Apagón: Fragilidad Energética y un Llamado al Cambio

El artículo analiza las causas y consecuencias del gran apagón del 28 de abril, señalando que este evento expuso la vulnerabilidad del actual sistema eléctrico. Lejos de ser un incidente aislado, el apagón reveló una fragilidad sistémica, invitando a una profunda reflexión sobre el modelo energético.

Ideas Principales del Artículo:

 

Fragilidad de la Red Eléctrica: La red eléctrica actual no posee la robustez necesaria, especialmente por la forma en que se han integrado masivamente las energías renovables como la fotovoltaica y la eólica. Durante muchas horas al año, los sistemas de estabilización son incapaces de responder a perturbaciones.

Problema de la Inercia y Estabilidad: Las fuentes de energía tradicionales (hidroeléctrica, térmicas, nucleares) ofrecían estabilidad e inercia al sistema, facilitando la sincronización y la adaptación gradual a los cambios de demanda. En contraste, las nuevas renovables (eólica y, especialmente, fotovoltaica) son intermitentes, asíncronas, no inerciales y menos flexibles, lo que dificulta mantener la sincronía y adaptarse a los cambios.

Necesidad de Sistemas de Estabilización: Para integrar adecuadamente las nuevas renovables y evitar apagones, es crucial invertir en sistemas de estabilización como baterías, supercapacitores, volantes de inercia y otros sistemas de almacenamiento de energía. Estos sistemas, aunque caros, son necesarios para dar margen de maniobra al sistema cuando hay alta penetración de renovables.

Conocimiento Previo del Riesgo: Tanto los autores del artículo como Red Eléctrica de España y la CNMC habían advertido previamente sobre los riesgos de la introducción masiva de renovables sin el respaldo adecuado.

Motivaciones Económicas: La introducción de las renovables sin la debida estabilización se atribuye principalmente al ahorro de costes por parte de las compañías eléctricas.

Factores Humanos y Políticos: La codicia de las compañías eléctricas y la inacción de los legisladores al no exigir sistemas de estabilización simultáneos al aumento de la generación renovable son factores humanos clave. Se critica una confluencia de intereses empresariales y políticos que han fragilizado la red.

Crítica a las «Soluciones Mágicas»: El artículo cuestiona la narrativa de que las nuevas renovables son una solución barata y sencilla, señalando costes ocultos de estabilización. También se muestra escéptico ante el tecno-optimismo que confía ciegamente en futuras tecnologías como la fisión o fusión nuclear sin considerar sus implicaciones o viabilidad.

Insuficiencia de Materias Primas: Se plantea que no se dispone de suficientes materias primas para que las energías fotovoltaica y eólica sustituyan completamente a los combustibles fósiles, especialmente si se pretende mantener el crecimiento económico.

Propuesta de Salida: La solución pasa por replantear el despliegue de renovables y la configuración del sistema energético, priorizando el servicio público sobre la concentración de riqueza. Se aboga por un cambio de paradigma que cuestione el crecimiento económico como objetivo irrenunciable y priorice lo esencial, el respeto al medio ambiente y la reducción del impacto planetario, sin dejar a nadie atrás. Se considera que este cambio es posible pero urgente.

En síntesis, el artículo utiliza el apagón del 28 de abril como punto de partida para una crítica profunda al modelo energético actual. Argumenta que la integración masiva de energías renovables, sin la necesaria inversión en sistemas de estabilización y motivada por intereses económicos y políticos, ha incrementado la fragilidad de la red. Los autores sostienen que los riesgos eran conocidos y proponen un cambio radical en la forma de concebir y gestionar la energía, cuestionando el dogma del crecimiento económico y abogando por un modelo más sostenible, equitativo y consciente de los límites planetarios.

VV.AA.

domingo, 5 de enero de 2025

Los insumisos del 36: el movimiento antimilitarista y la Guerra Civil española

Por XABIER AGIRRE ARANBURU (1)

Los insumisos no tienen memoria histórica. Quizá sea ésta una de las causas de su éxito, el no saber que tienen una historia y recrearse despreocupados en las contradicciones de un presente infinito.

Sin ánimo de empañar esta joie de vivre insumisa, en este año de aciagos aniversarios parece oportuno rescatar del olvido los primeros pasos del antimilitarismo en la España de los años treinta. Se trata de una experiencia modesta que, como la verdad, sería una de las primeras víctimas de la guerra, y ha permanecido durante décadas sepultada entre la Historia de los vencedores, la nostalgia épica de los vencidos y la ignorancia de sus herederos lejanos.

El surgimiento del movimiento antimilitarista en los tiempos de la II República fue fruto principalmente del encuentro de dos corrientes. Por una parte, la tradición autóctona de oposición al ejército, tanto en formas espontáneas de evasión de quintas, como en su vertiente obrera organizada (oposición a las campañas de Marruecos, huelga general de Barcelona de 1909, círculos anarquistas, etc.). Por otra, los ecos pacifistas que siguieron a la primera guerra mundial en general y la Internacional de Resistentes a la Guerra como su expresión organizada en particular (IRG, fundada en 1921).

Los escasos testimonios que nos quedan de los antimilitaristas españoles de la época nos hablan de las esperanzas alumbradas por el régimen republicano y sus reformas en la constitución de 1931, como la separación de Iglesia y Estado, libertad política y de cultos, o la abolición de la pena de muerte. Particularmente alentador resultó el texto del artículo sexto de la constitución, «España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional», recogiendo así la fórmula establecida en el tratado Briand-Kellog de 1928 de prohibición universal de la guerra (que, por cierto, nunca más volvería a aceptarse en el orden constitucional español). El fracaso del golpe del general Sanjurjo en 1932 y las medidas progresistas del primer período, especialmente las de reforma militar de Azaña, fueron así mismo celebradas en los medios antimilitaristas (2).

Estas esperanzas iniciales se desvanecieron a medida que se constataban las limitaciones de los programas republicanos, especialmente a partir de la represión de Casas Viejas en 1933, de manera que los antimilitaristas mantenían en definitiva posturas similares a las dominantes en la izquierda española con respecto a la II República. Las discrepancias con el resto de la izquierda vendrían principalmente con la crítica al uso de medios violentos por el movimiento obrero, cuestión que habría de revelar su interés en torno a los sucesos revolucionarios de 1934, como veremos a continuación.

La República, el movimiento antimilitarista y la violencia revolucionaria

Las primeras noticias del movimiento antimilitarista en tiempos de la República se remontan a 1932, con la fundación por José Brocca de La Orden del Olivo, grupo integrado desde el primer momento en la Internacional de Resistentes a la Guerra. La prensa de la IRG informaba puntualmente desde Londres de la actividad de este núcleo original, gracias a lo cual han llegado hasta nosotros noticias como la aprobación por unanimidad, en la conferencia anual de 1932 de la Federación Provincial de Sindicatos de Almería, de una resolución pidiendo la abolición del servicio militar obligatorio, la prohibición de la fabricación de armamentos y el abandono de Marruecos, suscribiéndose así mismo la declaración de la Internacional (3). La sección del Partido Socialista de Almería, que contaba con antimilitaristas entre sus filas, aprobó también resoluciones en la misma línea. Estos posicionamientos fueron secundados en Barcelona por la Asociación de Idealistas Prácticos, que decidió también adherirse a la Internacional.

El antimilitarista Pepe Brocca.

A comienzos de 1934 se estimaba en varios centenares de activistas la composición de diversos grupos coordinados en torno a La Orden del Olivo, dedicados a tareas de difusión, publicación de un semanario, acciones públicas, programas radiofónicos, etc. El ideario de la IRG encontraba la mejor acogida en Cataluña, con el lanzamiento de un manifiesto a la juventud catalana llamando a la resistencia a la guerra, organización de diversos seminarios de estudios antimilitaristas y de un comité obrero de acción antimilitarista en Barcelona.

Llegados los acontecimientos revolucionarios de octubre del34, mientras socialistas y anarquistas glorificaban la fallida insurrección obrera, la prensa antimilitarista se desmarcaba de toda lectura épica para calificar los sucesos de «lucha fratricida» y subrayar sus desastrosas consecuencias:

«La guerra es la guerra... locura, matanza, sangre, destrucción, miseria. Cuando el intento fue aplastado el desconcierto de los trabajadores fue completo. Las masas neutrales que carecen de convicciones por sí mismas y son influidas por las últimas y más fuertes impresiones, alarmadas y llevadas por el instinto de supervivencia, se alinearon con la derecha. Los partidos proletarios y de izquierda, mediante el uso de la violencia, perdieron casi todas sus posiciones.»

El debate sobre la legitimidad y oportunidad de la violencia revolucionaria no era nuevo. El holandés Bart de Ligt, destacado ideólogo de la IRG en la época y vinculado al movimiento obrero libertario, informaba en un estudio sobre la guerra española publicado en 1938 acerca de los intentos de sindicalistas holandeses que, «sin ser noviolentos por principio», habían defendido en la Asociación Internacional del Trabajo (AIT) «el uso sistemático de métodos noviolentos», puesto que «el desarrollo de la técnica de la guerra demanda una completa revisión de las tácticas revolucionarias». De Ligt observaba que en el seno de la AIT «esta propaganda encontró una fuerte oposición entre los sindicalistas y anarquistas españoles, lo que era aún más lamentable puesto que el movimiento obrero español, especialmente la CNT y la FAI, ha estado dando durante mucho tiempo prueba contundente de la efectividad de métodos como los descritos [noviolentos: huelga, boicot, no-cooperación]». (4)

La Orden del Olivo se mostraba en este sentido crítica con los sucesos de 1934, especialmente a la luz de su resultado, que afectaría también a sus propias filas. A pesar de quedar formalmente prohibidas, se mantuvieron las labores de agitación antimilitarista, ocasionalmente en colaboración con entidades como el Liceo Teosófico, la Sociedad de Investigación Psíquica, Sociedad de Educación Cívica para Mujeres, Asociación de Estudiantes de Medicina, Sociedad de Jóvenes Espiritistas Cristianos y otras muestras del variopinto progresismo social republicano, además de las importantes conexiones con el activismo obrero socialista y anarquista.

Al igual que con la insumisión de nuestros días, la desobediencia civil al ejército era considerada un tema central. Así, se reivindicaban experiencias como la del piloto civil de correos Quirados J. Gou, víctima de castigo gubernativo por negarse a participar en los bombardeos aéreos de las posiciones obreras asturianas en 1934. En 1935 tres jóvenes anarquistas catalanes se negaron públicamente a incorporarse al servicio militar y decidieron presentarse a las autoridades. En medio de una campaña antimilitarista de apoyo, fueron puestos en libertad tras cuatro días de detención alegándose su estado de «demencia». Al ser liberados expusieron en público los motivos de su desobediencia y su ejemplo fue seguido por un grupo de en torno a un centenar jóvenes dispuestos a rechazar «todo servicio militar», a modo de insumisos avant la lettre.

El triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, a pesar de terminar con el nefasto período derechista, abrió una etapa de inestabilidad que los antimilitaristas españoles contemplaron con verdadero desaliento. En junio de ese año responsabilizaban tanto al gobierno como al movimiento obrero de una situación cuyas causas definían como «muchas y complejas». Si Azaña era responsable por «excesivas concesiones a los enemigos de la República», en referencia a la derecha económica y militar, el movimiento obrero era objeto de crítica por «complacerse en ejercicios militares» y «pronunciarse en favor de la más violenta acción». Con el país al borde de la guerra, se advierte que las peores consecuencias pueden seguirse de una situación en que «por todas partes hay una explosión de odio y amenazas». Las páginas de The War Resister (Londres) recogían la postura de los antimilitaristas españoles a mediados de junio del 36 en los siguientes términos:

«Los comunistas y socialistas buscan una dictadura 'roja', que personificarían en Largo Caballero, mientras que los partidos de la 'Derecha' albergan la esperanza de que en la medida en que los disturbios requieran la proclamación de una ley marcial, la soldadesca pueda aprovechar la ocasión para alzarse como dictadores y establecer un fascismo de sable y espuela.»

Unas pocas semanas bastarían para hacer realidad estos temores, lo que en todo caso no impidió la organización de nuevas iniciativas. Así terminaba el último escrito de que tenemos noticia antes del alzamiento fascista:

«En esta atmósfera tormentosa se ha formado la 'Liga Española de Refractarios a la Guerra' como afiliada de la Internacional de Resistentes a la Guerra. En el momento presente este movimiento no representa más que un grupo de convencidos entusiastas. Una intensa campaña de propaganda por los principios y tácticas de la resistencia a la guerra se está llevando a cabo y encontrando la más favorable acogida entre organizaciones anarquistas y en la CNT, que es muy importante en España. Hasta que la fiebre de guerra, que en el momento actual es rampante, remita, no se puede anticipar ninguna extensión o crecimiento rápido, pero se ha dado un comienzo.»

Quedaba de esta manera constituida la Liga Española de Refractarios a la Guerra, con la doctora Amparo Poch y Gascón como presidenta, Fernando Oca del Valle en el cargo de secretario, José Brocca como representante en el Consejo de la IRG, y contando entre otros representantes destacados a Juan Grediaga (Barcelona), Mariano Sola (Valencia), y David Alonso Fresno (Madrid).

Guerra y ayuda humanitaria

«¿Qué haría yo si estuviera hoy en España?», se preguntaba H. Runham Brown, secretario honorario de la IRG, en un artículo titulado «España. Un reto para el Pacifismo» de diciembre de 1936. En busca de una respuesta a esta pregunta, además de sus consideraciones sobre teoría, práctica, coherencia, etc., el interés del documento reside en la reproducción de una carta de José Brocca desde Madrid al poco de comenzar la guerra. Brocca comienza estableciendo su postura ante la contienda, en términos que parecen abandonar anteriores repartos de responsabilidades y sumarse a la dialéctica del momento:

«En las circunstancias en que ha tenido lugar el alzamiento fascista, el pueblo no tenía otra alternativa que afrontar la violencia con violencia. Es lamentable, pero la entera responsabilidad por los trágicos y sangrientos días que estamos sufriendo reside en aquellos que, despreocupados por los más elementales principios sociales de humanidad, han dado rienda suelta a la destrucción y la matanza, para defender, no ideales, sino privilegios odiosos y caducos, para retroceder al barbarismo medieval.»

Hechas estas precisiones, quedaba aún por ver qué margen dejaba el credo antimilitarista para apoyar a la República en armas, cuestión que habría de resolverse con un apoyo a la resistencia armada, pero desde tareas civiles auxiliares que salvaran por lo menos en lo más inmediato las contradicciones con los principios de resistencia a la guerra. Es decir, se optó por una especie de prestación social sustitutoria, eso sí, republicana y autogestionada. Pero dejemos que sea el propio Brocca quien lo explique en este excepcional testimonio:

«Me detuve unos días en Barcelona para tomar parte en el mitin de masas contra la guerra que habíamos organizado, pero que no pudo llevarse a cabo, pues la misma noche que iba a celebrarse, estalló la insurrección militar-fascista, el peligro que ya os había notificado.

 

»En Barcelona eran días de amarga lucha. Desde el primer momento me puse sin reservas al servicio de la libertad, sin renunciar, no obstante, a mis principios de absoluta resistencia a la guerra; es decir, he hecho y continúo haciendo cuanto puedo de palabra y obra, pero sin participar en acciones violentas, para la causa antifascista, y dentro de las organizaciones proletarias y democráticas que están luchando para salvar a España de esta tiranía reaccionaria. Mi trabajo es el de la información y propaganda. En Barcelona, en Valencia, en la provincia de Cáceres y en Madrid he actuado, y continúo actuando, en tareas tan interesantes como estimular, dirigir y organizar los campesinos de manera que en lugar de abandonar su labor agrícola, trabajen, incluso en aquellas áreas abandonadas por los fascistas en su huida, para evitar la interrupción de la producción y suministro de las ciudades; estableciendo y organizando escuelas y hogares para los niños de aquellos ciudadanos que han caído o están luchando en los diferentes frentes, y en general sacando partido de toda oportunidad para extender entre los combatientes nuestros ideales humanitarios y nuestra repugnancia a la opresión y crueldad.» (5)

Por tanto, según explicarían más tarde los portavoces de la Liga en un panfleto dirigido al público británico, «la propaganda de resistencia a la guerra no era posible en este momento», y lo que les correspondía era la ayuda humanitaria, pues en aquellas circunstancias «el trabajo constructivo de este tipo, en el nombre del pacifismo, es lo más valioso.» (6)

La IRG estableció así un Fondo de Ayuda a España, dedicado al envío de ayuda, recabar información sobre familiares y amigos atrapados en el lado franquista, facilitar el intercambio de prisioneros, y el apoyo a un hogar para la acogida de niños refugiados en la localidad catalano-francesa de Prats de Mollo. La Liga contaba con depósitos gestionados por sus activistas en Madrid, Valencia y Barcelona en los que recogían donaciones provenientes de otras secciones de la IRG, especialmente de la británica (Peace Pledge Union). Sesenta niños vascos fueron igualmente acogidos en una «Casa Vasca» organizada por este grupo en territorio británico. (7)

La doctora Amparo Poch.

Gracias a estos fondos internacionales, por ejemplo, el propio José Brocca efectuó en 1937 la compra de 19.200 latas de leche condensada en Holanda, que posteriormente fueron distribuidas desde el almacén situado en los muelles de Valencia con destinos diversos. En Madrid los antimilitaristas participaron en la creación de un Comité de Mujeres para la distribución de ropa y comida, donativos que aparecían identificados con tarjetas portadoras del texto «Internacional de Resistentes a la Guerra: ayuda pacifista a la población civil de España».

La doctora Poch y José Brocca emprendieron también una campaña para la abolición de los orfanatos en el territorio controlado por la República, criticados por su «triste parecido con las cárceles», y su sustitución por hogares infantiles que permitieran el alojamiento por grupos de no más de 25 de niños en condiciones más dignas. En 1937 organizaron así mismo la salida de un grupo de 500 niños a México, donde fueron recibidos por los contactos de resistentes a la guerra mexicanos.

La ayuda antimilitarista internacional aportó algunos voluntarios, como fue el caso de Lucie Penru, enfermera y activista francesa de la IRG que trabajó en el Hospital de Sangré de la Barriada en Barcelona desde el inicio de la guerra hasta que el centro fue cerrado en 1938 por falta de suministros, y a partir de esa fecha se hizo cargo de un hogar niños españoles refugiados en Francia.

Peor suerte corrió Heinz Kraschutzki, destacado antimilitarista alemán. Tras su experiencia como teniente en la marina de guerra alemana durante la Primera Guerra Mundial, Kraschutzki se volvió un activo resistente a la guerra, asumiendo la dirección de Das Andere Deutschlander («La otra Alemania»), órgano de la Friedensgesellschaft («Consejo Nacional de la Paz»). A raíz de la publicación por esta revista de información sobre los planes de rearme alemán en marcha, Kraschutzki fue procesado por alta traición y escapó del país, instalándose con su familia en Mallorca a partir de 1932. A pesar de que había evitado implicarse en actividades políticas en España, Kraschutzki fue detenido por las fuerzas fascistas en agosto de 1936. Las autoridades franquistas fueron objeto por una parte de las peticiones de liberación de la IRG en colaboración con el Foreign Office británico, y por otra de las presiones de los oficiales nazis en España, que demandaban su entrega con el propósito de ejecutarlo. De manera un tanto salomónica, la junta de Burgos acordó con las autoridades nazis que Kraschutzki no sería ejecutado, pero tampoco sería nunca puesto en libertad, siendo con- denado en consejo de guerra en octubre de 1938 a 30 años de cárcel. Al terminar la Segunda Guerra Mundial la IRG retomó las gestiones para conseguir su liberación, en colaboración de nuevo con el Foreign Office, y Heinz Kraschutzki fue finalmente puesto en libertad a finales de 1945, tras pasar más de nueve años en las cárceles de Franco. Kraschutzki para ser liberado tuvo que esperar así a la derrota de Alemania en una guerra cuya preparación él mismo había sido pionero en denunciar, a costa de largos años de exilio y la cárcel. (8)

El debate en el pacifismo internacional

El estallido de la guerra produjo una grave conmoción en la opinión pública internacional, que había seguido ya con preocupación la creciente agresividad alemana y la invasión de Abisinia por Mussolini. Si la izquierda entendió el 18 de julio como una afrenta directa a sus programas en todo el mundo, para el movimiento pacifista internacional la Guerra Civil española supondría, como ha observado el historiador norteamericano Allen Guttman, «la primera crisis tras el fin de la Gran Guerra». (9)

La extensión del pacifismo en los años veinte, la misma fundación de la IRG en 1921, estuvieron marcados por el legado de horror de la Primera Guerra Mundial y sus más de ocho millones de muertos. El pacifismo se había desarrollado sobre la llana convicción de que todo cuanto podía hacer una persona decente ante la guerra era oponerse frontalmente y negar su colaboración, certeza que queda cuestionada con los acontecimientos del 36.

Heinz Kraschutzki.

«¿Qué está pasando en el movimiento pacifista?», titulaba el filósofo británico C. E. M. Joad un artículo en mayo de 1937 en el que analizaba las reacciones pacifistas ante el auge del fascismo europeo. Si hasta entonces el movimiento había coincidido en el apoyo a la Liga de las Naciones como instrumento de regulación pacífica internacional, la impotencia de esta institución ante las crisis de Abisinia y España supone la quiebra de este consenso y la aparición de nuevas corrientes. Dos tendencias opuestas ganan protagonismo amenazando la cohesión del movimiento; en palabras de Joad, «el pacifismo puro», y «las ideas asociadas con el Frente Popular». El enfrentamiento entre ambas posturas se haría inevitable en el debate sobre la guerra española. (10)

Entre quienes se decantaron por la segunda opción, acaso el ejemplo más destacado sea el de Albert Einstein, quien, en plena transición hacia la colaboración en el desarrollo de la bomba atómica, pidió públicamente en 1938 el levantamiento del embargo de armas en apoyo a la República (11). Ya a finales de 1936 el propio secretario de la IRG, Fenner Brockway, renunció a su cargo en desacuerdo con la postura adoptada ante la resistencia republicana. Para Brockway el apoyo «sólo en servicio social constructivo» no era suficiente, pues era preciso asumir la resistencia republicana con todas sus consecuencias, incluyendo el suministro de armamento. Así lo explicaba en su carta de dimisión:

«Muy a mi pesar siento que debo dimitir de la IRG. (...) Esta estrecha vinculación con el movimiento hace la decisión de dimitir difícil, pero siento que es la única vía honesta que puedo tomar. Mi temperamento y filosofía esencial siguen siendo pacifistas. (...) Pero estoy enfrentado a este hecho. Si estuviera en España en este momento estaría luchando con los trabajadores contra las fuerzas fascistas. Creo que es la vía correcta pedir que los trabajadores sean abastecidos con las armas que están siendo enviadas tan libremente por los poderes fascistas a sus enemigos. Aprecio la actitud de los pacifistas en España quienes, al tiempo que desean el éxito de los trabajadores, sienten que deben expresar su apoyo sólo en servicio social constructivo. Mi inconveniente sobre esta postura es que si alguien desea que los trabajadores triunfen no puede, en mi opinión, dejar de hacer cuanto sea necesario para hacer ese triunfo posible.» (12)

En el curso de la reunión trienal de la Internacional de verano de 1937, Bart de Ligt rebatiría la postura representada por Brockway confirmando el posicionamiento de «pacifismo puro» de la IRG con respecto a la guerra en curso. «Nosotros, resistentes a la guerra aceptamos la lucha de clases, pero no aceptamos la guerra de clases», comenzaba de Ligt su extensa intervención. Tras considerar la experiencia soviética en detalle, con severas críticas al militarismo de Stalin, se expone un minucioso relato de los acontecimientos en España, tomando partido abiertamente por CNT y POUM en la cuestión de la militarización de las milicias promovida por el PCE y las fuerzas burguesas. A pesar de esta simpatía por las fuerzas republicanas, los argumentos de Brockway son expresamente rechazados:

«No tenemos ninguna razón para seguir el ejemplo de nuestro camarada Fenner [Brockway], quien desde el estallido de la guerra de clases española aceptó los métodos de guerra modernos como medios inevitables para alcanzar nuestros objetivos sociales. Coincidimos con Fenner cuando insiste en la necesidad de la solidaridad práctica con el movimiento revolucionario en Iberia. Pero pensamos que se equivoca cuando declara que la única manera de probar esta solidaridad consiste en renunciar a la acción noviolenta y aceptar la guerra de clases con todas sus inevitables consecuencias. Si en cualquier caso de guerra de clases renunciamos a nuestra lucha noviolenta y aceptamos 'provisionalmente' la acción violenta, el resultado será una aceptación permanente de la guerra en nombre de la revolución y un socavamiento sistemático de la revolución por los medios más inapropiados.»

Discusiones similares se reprodujeron en las más diversas agrupaciones pacifistas y antimilitaristas, llevando a antiguos camaradas en la denuncia de la Primera Guerra Mundial a posturas irreconciliables. Tal fue el caso de Norman Thomas y John Haynes Holmes, ambos destacados líderes pacifistas norteamericanos y compañeros en la War Resisters’ League (sección norteamericana de la IRG). Thomas, fundador de la No Conscription League y destacado promotor de la objeción de conciencia en EE.UU., organizó el reclutamiento de voluntarios para la «Columna Eugene V. Debs» (en honor del histórico líder socialista norteamericano) dentro de las Brigadas Internacionales argumentando que «es porque creo tan firmemente en el horror y la inutilidad de la guerra por lo que pienso que debemos ayudar a nuestros camaradas españoles a detener la guerra de Franco». A la luz de la coyuntura internacional, Thomas defendía que apoyar la resistencia militar de la República significaba «aumentar grandemente la esperanza del mundo de evitar la catástrofe de una segunda guerra mundial mucho peor que la primera.» (13)

En abierta contradicción se situaba su compañero John Haynes Holmes, con el respaldo de la War Resisters’ League, que respondía públicamente a Thomas comparando su iniciativa con la propaganda para la movilización de la Primera Guerra Mundial, en cuya denuncia ambos habían coincidido:

«Tú y yo, Norman, hemos pasado por esto antes. Nos alzamos rápidamente cuando los belgas gemían de manera tan lastimosa como lo hacen hoy los españoles. Nos negamos a oír los llamamientos falaces de 1917 de que el mundo debía defender la democracia, salvar la civilización, y poner fin a la guerra para siempre, mediante el uso de las armas para la muerte de los hombres en batalla. ¿Vamos a quedarnos cruzados de brazos ahora que una nueva generación, tentada como nosotros lo estuvimos, cede a la llamada de otra lucha para salvar la democracia y una guerra más para establecer la paz?»

Para Holmes, como para la generalidad de la IRG, la guerra española estaba «llevando a leales y rebeldes a un terreno común de violencia, crueldad y odio», y la postura del movimiento pacifista pasaba por la ayuda humanitaria: «enviemos comida, material médico en abundancia, pero ni un fusil, ni una bomba, ni un avión que prolongue la guerra y extienda la devastación y la muerte.» (14)

Se trataba de polémicas que anticipaban las contradicciones que la Segunda Guerra Mundial provocaría en el pacifismo pocos años más tarde, y que representan en definitiva el eterno filo de la navaja en el que este discurso se revela en toda su grandeza y su miseria.

Menores refugiados en Prats-de-Mollo.

Derrota, exilio y extinción del movimiento antimilitarista

Volviendo a las tareas que ocupaban a los miembros de la Liga Española de Refractarios a la Guerra, al terminar la contienda desde Londres se sugirió el cierre del hogar de Prats del Mollo tan pronto como todos los niños allí acogidos encontraran un destino definitivo, y se gestionó al mismo tiempo un permiso para dar refugio a José Brocca en Gran Bretaña. Sin embargo, dada la cercanía con la frontera, la Liga decidió mantener abierto el centro para colaborar en el paso clandestino de refugiados a territorio francés. El propio José Brocca cruzaba la frontera repetidamente para contactar y facilitar la huida de compañeros y allegados que permanecían en España.

En aquella época, entre la amargura de la derrota republicana y la inminente extensión de la guerra a Europa, Brocca respondía a las inquietudes de sus compañeros en Londres con un emotivo mensaje:

«No os preocupéis por mí. Estoy perfectamente tranquilo y lleno de valor para afrontar el futuro sin miedo, pase lo que pase. Me doy cuenta de que el estallido de la guerra podría privarme de la oportunidad de ir a Inglaterra. Tenía tiempo para ir, pero no podía abandonar nuestro hogar sin antes encontrar seguridad para todos los que están en él. Me pareció que mi deber es el del capitán de un barco; permanecer a bordo hasta el final, y facilitar toda la seguridad posible al resto. Cuando todo mi trabajo esté terminado intentaré buscar una colocación, pues nunca me he sentido deshonrado por los trabajos más humildes. Si no lo consigo, iré a uno de los campos de refugiados donde ya hay miles de españoles hechos del mismo cuerpo y alma que yo mismo. Quiero que estéis seguros de que en estos tiempos de sufrimiento general, cualquiera que sea mi suerte, nunca caeré en desánimo. Nada habrá de apartarme de mis principios. Mi resistencia moral es mayor que la fuerza de los acontecimientos. Nada ni nadie será capaz de romperla.»

La vida del movimiento antimilitarista organizado, modesta durante la República y atormentada durante la guerra, se extingue definitivamente en el exilio republicano. El 23 de mayo de 1939, apenas un mes después de la victoria fascista, el núcleo de cerca de una docena de miembros de la Liga Española de Refractarios a la Guerra se embarcaba en el puerto francés de Port Vendres con destino a México, donde serían acogidos por los compañeros mexicanos de la IRG. Otras familias vinculadas al movimiento habían encontrado ya refugio en Colombia, Cuba y Paraguay.

Por aquella época la IRG se empleaba ya en la acogida de cerca de un centenar de antimilitaristas de Alemania y Austria, la mayor parte rescatados de prisiones y campos de concentración nazis, prolongando las tareas de ayuda humanitaria y apoyo a refugiados iniciadas con la contienda española y que continuarían durante los años de la Segunda Guerra Mundial. (15)

Por lo que respecta a José Brocca, pionero histórico del movimiento, habiendo rechazado la posibilidad de escapar a Inglaterra, fue detenido en varias ocasiones e internado en un campo de concentración francés. Sus compañeros consiguieron rescatarlo de la Francia de Vichy, llegando a México en octubre de 1942 acogido por los antimilitaristas de este país. (16)

José Brocca moría en México en junio de 1950 a consecuencia de una trombosis cerebral. Con él terminaba esta experiencia del movimiento antimilitarista y la presencia de la IRG en el estado español.

Más de tres décadas después, el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), desconociendo por completo este precedente, se constituía en sección de la Internacional de Resistentes a la Guerra, llegando a encarnar en la insumisión ante el poder militar de nuestros días el espíritu de José Brocca, Amparo Poch, Heinz Kraschutki y todos los resistentes a la guerra que nos precedieron en los turbulentos años treinta.

En legítima desobediencia: Tres décadas de
objeción, insumisión y antimilitarismo

(2002)

 

 

  NOTAS:

  (1) La elaboración de este artículo (1996) ha sido posible gracias a la colaboración del Instituto Internacional de Estudios por la Paz de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EE.UU.) y especialmente su profesor Robert Johansen, así como el apoyo y documentación facilitado por Howard Clark y la oficina de la Internacional de Resistentes a la Guerra en Londres. El autor desea expresar su más cálido agradecimiento a ambas instancias.

  (2) Para una lectura antimilitarista de las reformas militares de Azaña, ver por este mismo autor Objeción e Insumisión. Claves ideológicas y sociales (Fundamentos, Madrid, 1992), pp. 226-227 (edición Pedro Ibarra).

  (3) Texto de la declaración fundacional de la IRG, suscrito por todos sus miembros y secciones: «La guerra es un crimen contra la Humanidad. Nos comprometemos a no colaborar con ningún tipo de guerra y a luchar por la abolición de todas sus causas».

  (4) Bart de Ligt, «Russia, Spain and violence», capítulo IX de The conquest of violence (Nueva York: E. P. Dutton & Company, 1938), p. 194.

  (5) H. Runham Brown, «Spain a challenge for pacifism», en Unity, 21-XII-1936. Reproducido en Charles Chatfield, ed., International War Resistance Through World War II (New York: Garland, 1975).

  (6) En cursiva en el original. Our work in Spain saving the children (Londres: WRI).

  (7) Ver Devi Prasad, ed., Fifty years of war resistance: what now? (Londres: WRI, 1972). El Peace Pledge Union era en aquel momento la sección más importante de la IRG, contando con unos 100.000 miembros y en torno a 500 grupos locales en Gran Bretaña.

  (8) The War Resister, nº 51, verano 1946.

  (9) Ver Allen Guttman, The Wound in the Heart. America and the Spanish Civil War, The Free Press of Glencoe, Nueva York, 1962, pg. 111.

  (10) C. E. M. Joad, “What is happening in the peace movement?”, The New Statesman and Nation (Londres 15-V-1937).

  (11) New York Times, 8-V-38.

  (12) The War Resister, invierno 1936, p. 3.

  (13) Socialist Call, 13-II-37.

  (14) The New Leader (Nueva York), 2-II-37.

  (15) Ver Grace Beaton, 25 Years Work in the WRI (Londres: WRI, 1945), pgs. 15-17.

  (16) Ver Grace Beaton, Four Years of War (Londres: WRI, 1943), pgs. 27-28.