sábado, 6 de junio de 2026

Una crítica anarquista al posmodernismo y al post-anarquismo

 

Por CHIMPANCÉS DEL FUTURO

El siglo XX que empezó como un torbellino revolucionario acabó con un descalabro de las ideas emancipadoras, desde el anarquismo hasta el socialismo, que se vieron «derrotadas» por un capitalismo que irá mutando y transformándose en función de sus necesidades. La dominación capitalista recupera antiguas luchas «revolucionarias», sociales, económicas, ecológicas…, absorbiendo muchas de estas ideas emancipadoras y colocándolas en su programa.

Por un lado la incapacidad de los movimientos revolucionarios de ver y analizar estas nuevas reestructuraciones capitalistas y por otro lado el capitalismo con sus interminables guerras y conflictos de dominación y desestabilización de territorios enteros o en su vertiente comunista, con sus inmensos sumideros de miseria moral y material, representados por los gulags, dieron lugar a la desestabilización de los movimientos revolucionarios que habían colocado contra las cuerdas al capitalismo en diferentes momentos del siglo XX. Consiguiendo poner cadenas a todas las ansias de libertad y emancipación provocando una desbandada generalizada de los movimientos revolucionarios que concurrieron posteriormente en las ideas de la posmodernidad.

Ante la caída de y crisis de estos movimientos revolucionarios parece que muchos encontraron una salida: el repliegue en la subjetividad del individuo y la huida hacia el mercado como garantizador de una felicidad sustentada en la privatización de la vida (la destrucción de la comunidad) y en el hiperconsumo propios de la de la posmodernidad. Destacar especialmente el hiperconsumo de identidades.

Así las ideas de la posmodernidad que hoy fagocitan por completo a la izquierda y en gran medida a los movimientos anarquistas y revolucionarios son producto del desencantamiento con la Política, las ideologías y con los movimientos sociales y revolucionarios. Unas ideas posmodernas que ponen en el centro al individuo, y gracias a las redes sociales al individuo descarnado y atomizado, alejando las posibilidades de una lucha revolucionaria que ponga en el centro, no a las identidades sino a la comunidad, a lo colectivo que emprenda de nuevo la lucha de clases, buscando la tensión, la confrontación y el conflicto que proyecten el derrumbe de lo establecido.

Decretado el estado de felicidad permanente (lema de Mayo-68)

La caída del muro de Berlín, la sociedad de masas, el ocio, el hiperconsumo, el desencantamiento con las ideas revolucionarias, el repliegue individual, el fin de la Guerra Fría..., todo ello da lugar a la aparición de la posmodernidad. Durante la segunda mitad del siglo pasado poco a poco fue permeando la idea de que todo es interpretable y relativo, que las categorías que explicaban el mundo hasta hace dos días deben actualizarse, reinventarse, redefinirse. Que determinadas categorías sociales como Poder, Estado, capitalismo, movimientos revolucionarios habían quedado desfasadas y que debían ser disueltas en la túrmix de la historia. A partir de la posmodernidad sólo serán relevantes y dignas de atención aquellas cuestiones que proporcionan bienestar a ese Sujeto desencantado, para quién la aspiración a la felicidad individual (o la visibilización de sus problemas propios) constituirá en adelante un sustituto funcional de aquellas ideas revolucionarias que hasta poco tenían un valor principal. La posmodernidad convierte la búsqueda del bienestar subjetivo en un imperativo moral. Ese bienestar supone una privatización de la vida que es un rasgo estructural de la posmodernidad, el individuo se refugia en sí mismo en un proceso de aislamiento progresivo, de esta manera, a falta de un entorno próximo, de una comunidad, es el Estado quién ocupa su lugar. El Estado ya no es el enemigo a batir, sino el refugio al que acudir a exponer y visibilizar sus problemas. La pérdida de aquellos proyectos colectivos que alumbraban «un mundo nuevo» será «recompensada» con el individualismo , representado por un individuo desencantado que buscará nuevas fuentes de satisfacción en una sociedad que le ofrece nuevas formas, vía mercado, que le promete un horizonte de esperanza sobre la base de materializar sus anhelados deseos.

Poco a poco el mundo de las ideas va desmoronándose en la posmodernidad. Ya no hay religiones o ideas revolucionarias a las que asirse, todo adquiere un carácter evanescente, cool, superficial, efímero. Ya no hay lugar para grandes proyectos revolucionarios en la posmodernidad, ya que todo tiene un carácter relativo, transitorio, provisional….Todo parece cuestionable, opcional, relativo. Así la libertad ya no es un proyecto colectivo sino que ahora se asienta en el centro de la experiencia individual y todo lo que afecta al individuo, desde el nacimiento hasta la muerte, adquiere significación política: la elección de los hijos, la forma de alimentarse, la orientación sexual, la salud, la forma de consumo etc. todo es opinable y convertido en una mercancía capaz de satisfacer los deseos de los individuos. Así las cuestiones que afectan a las condiciones estructurales de la vida social, de las condiciones de vida y de la política se alejan del centro del combate y se repliegan a lo individual.

Las ideas posmodernas no deben asimilarse a una estricta despolitización, son inseparables de un entusiasmo relacional particular, como lo demuestra la proliferación de asociaciones, grupos de asistencia y grupos reformistas. El Individuo posmoderno no es un individualista asocial sino que busca ramificaciones y conexiones en colectivos con intereses miniaturizados, hiperespecializados que no buscan el conflicto con el Estado, ni con el Capitalismo. Buscan gente con sus mismos deseos identitarios: colectivos de «racializados», grupos de veganos, asociaciones de «discas», grupos transfeministas lugares donde emprender la solidaridad de microgrupo, fragmentando las luchas políticas y/o revolucionarias. Forman diversidad de grupos que ya no buscan crear esos momentos de tensión o conflicto que nos puedan llevar a la revuelta generalizada. Así en la posmodernidad el Individuo ha sustituido a aquella clase peligrosa que a base de bombas, veneno, cuchillos, libros, panfletos…, hacía temblar los cimientos de la burguesía. Una burguesía que ahora ofrece toda una cultura y consumo liberal a todos aquellos que se disfrazan de revolucionarios.

A la carta: elige tú rebelión

El espectáculo ha transformado la lucha. Numerosos movimientos involucrados en inciertas luchas ya no buscan el proyectarse para derrumbar lo existente, para criticar la dominación o para planificar luchas a largo plazo que hagan tambalear el sistema. Nos encontramos en la época técnica la cual prioriza lo visual, no sólo se prioriza este sentido sino que al mismo tiempo se nos priva del resto, es un signo de la sociedad científica la privación sensorial. Por ello vivimos en la «era de la visibilización» donde las luchas deben hacerse visibles ya no para ser difundidas como una propaganda que llegue a las conciencias de la mayor parte de la población sino para mostrar la existencia de la amalgama de sujetos que conforman la ´rebelión liberal´ ,aquellos que, no pretenden derrumbar el Estado o el Capitalismo. Simplemente buscan, en la mayoría de las ocasiones, autorreafirmarse y mostrarse al mundo como si de un escaparate comercial se tratase.

En este punto adquiere especial importancia la personalización, es decir, la posibilidad de una amplia carta, como si de un restaurante se tratase, donde elegir tu propia «rebelión». Podríamos llamarlo algo así como «elige tú propia aventura», «construye tu viaje». El capitalismo ofrece este consumo hiper-individualizado con la multiplicación de elecciones que ofrecen cada vez más opciones y elecciones a medida, una especie de autoservicio de una existencia a la carta que consiste en proponer para cada persona diferentes opciones, en substituir la normatividad, la autoridad y la sujeción uniforme por la libre elección, la homogeneidad por la diversidad, la austeridad por la realización de deseos. Así el capitalismo te vende una 'rebelión' en un formato simple. La idea es básica: que la población siga consumiendo y trabajando pero sin estar sujeto a antiguas normas autoritarias y coacciones, ahora eres 'libre' de conseguir tus deseos (los que el capitalismo te ha empaquetado con papel de regalo). Así esta forma de vida capitalista se ha introducido en los espacios refractarios dedicados ahora más, en muchas ocasiones, a las realizaciones personales, narcisistas, hedonistas y de identidad, que a la destrucción de lo existente. La rebelión ahora se disfraza de Identidad, puedes elegir la que tú desees (el Estado español ya reconoce 37 identidades de género, puedes elegir la que quieras). El mundo se ha convertido en el supermercado de la identidad. Existen también diferentes identidades relacionadas con la alimentación que pretenden ser también rebeldes. Lo normativo ahora es no ser normativo. Puedes ir más allá y dejar de ser humano: cablearte, colocarte diferentes chips, ponerte un exoesqueleto y llenar tú cuerpo de prótesis para transformarte en un transhumano, todo es moldeable, todo es una opción que consumir en el posmodernismo. Incluso ciertas 'feministas' como Butler, Preciado o Haraway optan por convertirnos en ciborgs ello con la excusa de poder reinventarnos en lo que queramos y que ya no existan ni hombres ni mujeres. Nosotros como refractarios y amantes de la libertad nos oponemos tajantemente a semejante aberración. La sociedad, disuelta su rigidez autoritaria, se ha convertido en abierta, plural, que tiene en cuenta los deseos de los individuos y aumenta su libertad en función de las motivaciones individuales, la vida flexible en la era del consumo. La izquierda ha comprado este modelo de sociedad y nos lo vende como algo rebelde. Así los movimientos sociales, la izquierda y algunos anarquistas han caído en la trampa donde la 'lucha' es remitida a un consumo de objetos y de signos artificiales que provoca una paralización de la revuelta y atomización de lo social. Aquí vemos la destrucción cool de lo social y las luchas por un proceso de aislamiento que se administra ya no por la fuerza bruta o la cuadricula reglamentaria sino por el hedonismo, el deseo, la visibilización y el consumo.

Para nosotros las diferentes formas de explotación y dominación no son un problema en sí mismo sino que constituyen una cuestión adyacente a la cuestión social. Los discursos políticos que reducen la explotación y la dominación a diferentes ámbitos evitan ver la raíz de los problemas comunes a todos los explotados, estos discursos (poscoloniales, neofeministas, neoecologistas…) parecen entregarse a la única salida plausible: la fragmentación social en función de criterios étnicos, raciales, de género, de alimentación etc… Esta fragmentación social da lugar a la creación de diferentes grupos en los que surgen diferentes conflictos y tensiones entre sí olvidando el verdadero enemigo a batir: la reproducción social capitalista, el mundo mediado por mercancías y tecnología, el trabajo asalariado. Sobre ese suelo movedizo desaparecen las maneras de pensar lo común, así como un abordaje al capitalismo. Por un lado vemos como se produce una recomposición de la lucha en términos étnicos, culturales, sexuales, etc. y por otro vemos que los análisis y la práctica críticos con la explotación económica o la reproducción social han dejado de estar a la orden del día. Las luchas fragmentarias no quieren destruir lo existente, ni mucho menos provocar ciertas tensiones y conflictos que nos puedan llevar a una revuelta generalizada. El objetivo de estas luchas izquierdistas es hacer cambiar en bien la mirada sobre la gente. En efecto querer visibilizar, querer cambiar la percepción que se tiene de los otros, comprender el funcionamiento de su «comunidad» no implica necesariamente modificar la situación de explotación en la que se encuentra.

Es decir visibilizar o intentar que se cambie la percepción sobre ciertos grupos (sexuales, étnicos…) no es una lucha revolucionaria, es el izquierdismo haciendo su labor de recuperación de las luchas y llevando la voz cantante de hacia dónde deben ir estas. Así el multiculturalismo y la defensa pública de las minorías corren el riesgo de ser los mejores garantes de un orden capitalista que produce la gran diferencia estructural: aquella que opone a los ricos y los pobres. La guerra de clases queda olvidada de todas estas luchas fragmentarias. Como dice Walter Benn Michaels que «la diversidad no es un medio de instaurar la igualdad; es un medio de gestión de la desigualdad, nada tiene de radical en el plano político, poner de manifiesto o glorificar la diversidad […] no es otra cosa hoy que nuestra manera de aceptar la desigualdad». Lo único que se borra con la diversidad y estas luchas fragmentarias es la diferencia entre las clases. El enemigo a batir ya no es la sociedad de clases ahora se pretende la inclusión de todos en ella, un sociedad de clases diversa.

La ideología izquierdista ha calado hondo en ciertas ideas refractarias y anarquistas han conseguido fragmentar las luchas y colar parte de su programa en los proyectos anárquicos llevándolos a una paralización y luchas internas estériles sin precedentes, una vez apartados ciertos «viejos temas» como el Estado, el Capital, las mercancías, el trabajo asalariado…, los izquierdistas han tenido el campo abierto para una reorganización de la «agenda» política en términos de lucha contra el poder de las normas, en vez de la lucha contra un sistema capitalista que produce la alienación, la miseria, la pobreza, y el ecocidio. Esta lucha se convierte en superficial ya no se trata de operar una crítica o un ataque contra nuestros enemigos sino ahora lo que se pretende es «deconstruir» el pensamiento, las ideas y los postulados del adversario.

Una pequeña critica al post-anarquismo

Insistimos las ideas izquierdistas se han colado en la anarquía y a veces su lógica impregna los pensamientos de muchos anarquistas Ideas provenientes de la «izquierda radical», de algunos bastardos como Foucault, Deleuze y Guattari pero también de nuevas feministas como Butler o Haraway o de los discursos poscoloniales. Uno de los primeros que uso el término post anarquismo fue Hakim Bey famoso por su libro T.A.Z. (Zonas Temporalmente Autónomas) este autor fue un posmoderno que utilizo la anarquía para dar rienda suelta a sus desvaríos, entre otras «lindezas» observaba que el poder nunca es más que pura «simulación» o que «la pornografía y la diversión popular como vehículos de una reeducación radical» jamás entenderemos como este autor ha tenido tanto «éxito» en ciertos ambientes anarquistas , quizás su lenguaje radical/situacionista, quizás que presentaba algo nuevo nunca lo sabremos. Se carga una base del pensamiento anarquista como es el «poder» que conlleva la explotación y dominación de los ricos y los pobres, también Foucault decía que el poder era algo «abstracto» y así se fue conformando el post anarquismo. Para estos autores que se esconden bajo la falacia del post anarquismo porque para ellos todo es moldeable y fluido y pretenden hasta redefinir el anarquismo que para ellos no habrá de representar la aspiración revolucionaria sino la descomposición de lo social, bajo la máscara de una espectacular rebelión individual. Intentando de esta manera desestabilizar todo aquello sobre lo cual descansa el anarquismo clásico. Pretender llevar su modelo de mundo maleable, fluido y moldeable al anarquismo. En este «rediseño» del anarquismo encontramos estupideces como la de la canadiense, profesora de universidad, Sandra Jeppesen quien afirma: «El anarquismo no es un movimiento blanco, […] el anarquismo no es un movimiento de monogamia heterosexual bigenerado […] el anarquismo no involucra al obrero […] el anarquismo es crear acontecimientos», aunque no tenga gracia se nos escapa una sonrisa al escuchar semejante estupidez. ¿El anarquismo no involucra al obrero? Se debe admitir que, a menos que lisa y llanamente se borre el pasado y se encierre uno en la mera inmediatez, es extraño y erróneo afirmar eso a propósito de un movimiento que nació en 1872 a partir de una escisión de la Asociación Internacional de los Trabajadores de la que habían sido excluidos Bakunin y Guillaume.

Quieren destruir la anarquía pero no lo consentiremos somos tercos como nuestros compañeros decimonónicos atacando con todo a quienes pretendían destruirlos. Hoy el enemigo ataca desde la izquierda. Nosotros nos preguntamos a quién se dirige ese anarquismo que no es «para el obrero». El postanarquismo reduce la acción política a la subversión de la identidad, su pensamiento deconstruccionista vuelve imposible concebir la crítica en términos de alienación o explotación, encontrándonos en asambleas y lugares donde prima «el pronombre de cada uno», «su identidad sexual» o «lo que come» a la realización de proyectos, que con su praxis y critica, hagan tambalear este mundo que nos condena a la miseria. Un ejemplo claro lo vemos con el feminismo, por un lado nos encontramos con las feministas radicales aquellas que luchan contra el sistema patriarcal y los mecanismos opresivos y por otro lado el neofeminismo/queer que buscan exclusivamente la desestabilización de las normas desplegando su política en un vacío social, exacerbando el eslogan «lo personal es político» hasta disolver la política en la reinvención de la sexualidad. En estos discursos del llamado post-anarquismo desaparece toda crítica a la vida mutilada por las mercancías, el trabajo asalariado o la tecnología.

El «espectro anarquista» actual parece incapaz de deshacerse de todo este cocktail posmodernista e izquierdista que moldea la forma de actuar, pensar y sentir en nuestros ambientes. Así vemos como cada vez el pensamiento en los movimientos anarquistas queda cada vez más encorsetado y homogeneizado, con pocas posibilidades de hacer una crítica al pensamiento único post-anarquista que se está extendiendo como la pólvora. Estos movimientos post-anarquistas están conformados, muchas veces, por personas autoritarias que bajo el disfraz de una ideología «amable» hacen imposible el debate o profundizar en ciertos aspectos e incluso hacerles cualquier crítica, porque rápidamente serás expulsado de su «gran hermano». Pretender fragmentar el anarquismo categorizando a las personas en base a sus privilegios, capacidades…, culpabilizando a la otra parte de capacitista, privilegiado… Darle a esto un discurso rebelde no es más que una pantomima que no tiene ningún sentido revolucionario. El anarquismo mediante el apoyo mutuo y la solidaridad solventa los problemas de capacidades o privilegios sin la necesidad de establecer categorías sociales, convertir a parte de la población en victimas es parte del discurso capitalista absorbido por aquellos que dicen enfrentarse a él. Volver a mirar de frente al enemigo, mirar sin miedo al abismo abre posibilidades de insurrección, crear categorías y fragmentar al movimiento revolucionario sólo permite perpetuar lo existente. La anarquía aquí sirve como vehículo para la tiranía. Es demasiado fácil culpar a un ambiente lleno de escrúpulos y paralizado por la ansiedad ante la idea de prohibir o imponer algo, haciéndose pasar por «víctimas», «representantes de los dominados», «oprimidos», «discriminados» de las minorías. En el fondo, estos activistas, apoyados y celebrados por las universidades, las editoriales, el mundo del espectáculo y los medios de comunicación, son los agentes ideológicos de la tecnocracia transhumanista empeñados en destruir todas las formas de defensa de una humanidad libre en una naturaleza salvaje.

KAOS EN LA RED (octubre 2025)

miércoles, 3 de junio de 2026

El héroe envuelto en la bandera

 Por ALBERT SOLER

Es urgente hacer público el nombre, apellido y graduación del soldado al que le cayó encima la bandera en el Día de las Fuerzas Armadas y no solo no se la sacó de encima de un manotazo, como haría cualquiera, sino que aguantó en posición de firmes hasta que, finalizado el himno, alguien tuvo la feliz idea de liberarlo. Mientras no lo auxiliaron, el heroico soldado semejaba un fantasma de la serie Scooby-Doo, aunque quien le descubrió al final no fue una gafotas con minifalda sino un militar de bonito.

Uno se pone en el lugar de ese soldado a quien de pronto se le nubló la vista en rojigualdo, y qué va a hacer sino seguir ahí, como un brazo de gitano de crema y frambuesa puesto en vertical. Sería interesante saber qué estaba pensando, seguro que lo tomó por una novatada de los veteranos, cosas de la mili, mejor hacer como si nada. Le cayó encima España entera, con sus corrupciones, sus chanchullos, sus enchufes, sus sobornos y sus extorsiones, lo raro fue que, con todo este peso, no muriese aplastado.

Si bien el ejército tiene normas absurdas para todo, no hay una que indique qué hacer si te cae encima la tela por la que has de entregar la vida si falta hiciere. Ante la duda, mejor hacer como si no te hubieras dado cuenta, te cae encima una lona de diez metros cuadrados y tu, disimulando. La bandera no se toca, la pobre es como un balón de fútbol: un defensa puede romper la tibia a un delantero y recibirá una reprimenda, pero si se le ocurre rebotar el balón de mala gana contra el suelo, eso es tarjeta segura. La bandera, lo mismo, tiene sentimientos, le duele lo que hacemos con ella, y si tuvo a bien desprenderse del mástil no fue para demostrar que en España somos los reyes de la chapuza -no hacía falta, es sabido- sino para acoger bajo su manto al soldado elegido. En la antigua Roma, un hecho así se habría considerado un augurio y este soldado sería coronado nuevo rey, previo asesinato del vigente.

El monumento al soldado desconocido, si es que esas cosas todavía se llevan, debería ser a este anónimo que resistió, impasible el ademán, con la bandera encima hasta que finalizó el himno. Y aún tuvo suerte de que el himno español es la breve Marcha Real y no Echoes de Pink Floyd, 23.35 minutos habría tenido que soportar, con este calor habría muerto. Por la patria, eso sí, que siempre consuela.

Fuente:
https://www.elperiodico.com/es/opinion/20260602/heroe-envuelto-bandera-130911283

viernes, 27 de marzo de 2026

¿Están borrando al anarquismo?

Por XAVIER DIEZ

En los últimos años, la irrupción del pensamiento alucinógeno de la intelectualidad de las izquierdas, están desnaturalizando a la filosofía clásica del anarquismo y su componente racionalista.

Un paseo por Manhattan

Agosto de 2019. Habiéndose enterado de que estaba en Nueva York, el periodista y buen amigo Andreu Barnils me llamó para quedar con él y pasar un día juntos. Barnils, que pasa todos los veranos en la ciudad con su familia americana, conoce bien mis investigaciones sobre el movimiento libertario y mi curiosidad por todo lo relacionado con la historia del anarquismo. Por ello, me propuso visitar una de las principales librerías del Lower East Side de Manhattan, especializada en todo lo relacionado con el anarquismo.

Sin embargo, al empezar a pasearnos por los estantes, al hojear algunos de los libros expuestos, empezó a emerger un cierto sentimiento de decepción. En muy poco tiempo, el establecimiento, sin cambiar de nombre ni de carácter agitador, había cambiado radicalmente de orientación. Apenas unos pocos clásicos reeditados, algún volumen de Noam Chomsky —no precisamente los más interesantes— y poca cosa más. El resto, diría que entre el 80 y el 90% de la oferta, eran libros sobre gordofobia, orgullo LGTBIQ+ (juraría que me dejo alguna letra), crianza trans, islamofeminismo (defensa del velo incluida), antirracismo (básicamente, racismo antiblanco), pensamiento decolonial (más de medio siglo después de la descolonización), mucha sexualidad poco convencional, exaltación de las virtudes del veganismo y toneladas de páginas que, básicamente, versaban sobre lo que podríamos definir como ombliguismo.

O, si me permiten una versión menos coloquial, una especie de teología del yo: visiones periféricas del mundo, exaltación del victimismo y criminalización de la discreción, así como de la vida y apariencia convencionales. No se podía hallar nada de Bakunin, de Kropotkin, poco de Proudhon, mientras que en las zonas privilegiadas abundaban textos de Judith Butler, Kimberlé Crenshaw, Frantz Fanon, Ibram X. Kendi y otros que, en los últimos años, he ido conociendo y analizando. También mucho Marx —el más periférico, el de los papeles de juventud que él mismo repudió— y algo de Freud.

El auge del wokismo y la interseccionalidad

Como soy una persona curiosa, fue quizá la primera vez que empecé a familiarizarme con las teorías de la nueva izquierda. Todo aquello que ha quedado bajo la denominación, con ansias denigratorias, de wokismo —término surgido entre activistas afroamericanos hace casi un siglo— y que hoy acaba designando toda esta inmensa fragmentación de luchas particulares que dominan los espacios académicos y el activismo de izquierdas.

Así, por ejemplo, empecé a introducirme en la teoría de la interseccionalidad, que básicamente consiste en establecer una interminable taxonomía de categorías a partir de la dialéctica discriminación/privilegio. Así, ser mujer puntúa más que ser hombre; ser racializada, todavía más; ser trans, musulmana, gorda o poseer cualquier otra característica da el «premio gordo» (sic). En cambio, apenas se habla de elementos como la cuestión de la clase social, la posición que ocupa un individuo en la producción o su acceso a los recursos materiales.

El espacio que cada uno ocupa en la dinámica discriminación/privilegio implica que a las víctimas se les debe compensar, mientras que a los privilegiados se les debe desposeer. Esto podría sonar bien, pero en cuanto miramos la letra pequeña, supone, en la práctica, que la persona trans, gorda, vegana y racializada puede ser, por ejemplo, la CEO de una empresa tecnológica al más puro estilo Elon Musk, mientras que el hombre blanco, de mediana edad y heterosexual, en realidad sea un precario dependiente del Walmart (una versión aún más cutre del Mercadona, donde los sindicatos están prohibidos).

¿Qué sucede, entonces? Nada: en una relación fundamentada en el resentimiento acumulado secularmente, a la víctima se le debe premiar, y al opresor blanco, se le debe castigar. No se tienen en cuenta ni méritos ni deméritos, ni pensamientos ni acciones. No se valora en función del hacer o tener, sino del «ser». En otras palabras, el retorno a una especie de determinismo feudal donde la responsabilidad está asociada a la condición, nunca a la acción.

Cultura de la cancelación y resentimiento

Una vez, un colega norteamericano, profesor jubilado de universidad, me explicó que esta técnica «interseccional» ha servido para deshacerse de competidores en los departamentos académicos. Componentes de la burguesía afroamericana echando a colegas suyos blancos y maduros, a base de crear un clima de intimidación en lo que se conoce como «cultura de la cancelación».

Graduadas en estudios de Antropología Cultural que, ocupando espacios estratégicos en las facultades, cierran departamentos de historia, de literatura, de filosofía, porque no son «suficientemente inclusivos», o explican cosas (como la historia de la esclavitud, las obras de Shakespeare con la mentalidad del siglo XVII) que incomodan a algunos estudiantes. Se crea así una cultura del resentimiento y el miedo en la que la objetividad es siempre censurable, porque importan más los sentimientos que la realidad.

Decepción y desplazamiento del anarquismo

Como Barnils, salí algo decepcionado de la librería. Era el mismo espacio, probablemente una clientela similar, un ambiente contracultural equivalente, pero un concepto radicalmente diferente. Poco más tarde, empecé a preocuparme, puesto que esta tendencia de sustituir el anarquismo (u otras corrientes tradicionales de izquierda) por un conjunto de teorías... ¿cómo decirlo sin ofender a nadie?... ¿psicodélicas?, empezaba a trasladarse a Europa en menos tiempo del imaginado.

Los mismos libros, los mismos autores, las mismas ideas fueron apropiándose del catálogo de las editoriales militantes, de las ferias del libro anarquista y de las librerías de vocación social de nuestro país. Y el proceso empezaba a ser similar, con actores parecidos, objetivos semejantes y una misma hostilidad hacia el viejo mundo. No solamente contra los hombres blancos heterosexuales de mediana edad, como es mi caso, sino respecto a otros señores blancos, heterosexuales de mediana edad como Bakunin, Trotski, Tolstoi, Proudhon, Mella, Montseny padre, Seguí o tantos otros nombres que pusieron las bases al discurso, en términos de Gian Pietro Berti, más genuinamente liberal de las ideas filosóficas.

Aproximación intelectual y marginalidad

Confieso que me aproximé al anarquismo, ya hace más de treinta años, desde una perspectiva intelectual. Efectivamente, el movimiento libertario siempre me ha resultado muy atrayente, básicamente por buena parte de sus postulados filosóficos, y por cómo eran capaces de dar respuesta a los desafíos políticos y sociales derivados de su tiempo.

Pero, habiéndome educado de la manera más convencional posible, es decir, desde la Universidad, a la salida de mi carrera de Filosofía y Letras era claramente consciente de mi más absoluta ignorancia sobre el tema. Normal, si tenemos en cuenta que las instituciones académicas en general, y unos profesores que tuve, de mayoritaria adscripción marxista en particular, no les interesaba explicar una de las más trascendentales escuelas filosóficas de la contemporaneidad, que generalmente rompía con el relato oficial y el oficioso.

Investigación y tesis doctoral

Así que no tuve más remedio que ponerme a estudiar por mi cuenta. Y, para ello, nada mejor que elaborar una tesis doctoral. Una tesis representa algo así como unos cuantos años de soledad. Estás con un tema complejo que debes desenredar, debes ser paciente, indagar, descubrir, impregnarte, no solamente de unas lecturas, sino de una atmósfera y una forma de pensar. Y, ciertamente, las teorías libertarias, a partir de sus continuidades filosóficas y propuestas políticas, son un marco necesario para poder analizar un tema en particular.

El anarquismo individualista y sus tensiones

Y curiosamente, me dediqué a investigar una corriente, en aquellos momentos poco conocida y coetáneamente considerada marginal, dentro del campo libertario. Se trataba del anarquismo individualista, un movimiento que precisamente abordaba cuestiones como las que podía hallar en aquella biblioteca del sur de Manhattan.

Así, cuestiones como la libertad sexual, los conceptos plurales de feminismo, el eclecticismo filosófico, el amor libre, el vegetarianismo, el naturismo, el eugenismo y tantas otras cosas que, visto en perspectiva, actúan como precedentes de las corrientes culturales que dominan hoy la mayoría de las izquierdas.

Era un discurso a contracorriente, fundamentado en la emancipación, no tanto de la sociedad en general como de los convencionalismos morales. Arrancando desde sociedades librepensadoras de finales del siglo XIX, el movimiento arraigó muy especialmente en Francia y en Estados Unidos durante el primer cuarto del siglo XX, y tuvo su reflejo especialmente en Cataluña y el País Valenciano.

De hecho, La Revista Blanca de la familia Montseny fue una de las que informaron y dieron voz a estas tendencias. Sin embargo, desde la corriente principal —un anarcosindicalismo hegemónico a partir de la creación de la CNT— se emitieron bastantes críticas y hubo numerosas tensiones entre individualistas y sindicalistas. Unos acusaban a otros de ensimismarse con cuestiones accesorias a las luchas del proletariado, y otros acusaban a los unos de resultar excesivamente conservadores, incluso carcas.

Max Nettlau y la dispersión de tendencias

Fue, sin embargo, la lectura de la obra de Max Nettlau, historiador austriaco del movimiento libertario, considerado «el Herodoto de la anarquía», quien me ofreció una crítica más sólida y coherente contra este espacio filosófico.

Nettlau, precisamente un amigo muy querido de la familia Montseny, habitual invitado de la calle Escornalbou y colaborador habitual en La Revista Blanca, en su obra La anarquía a través de los tiempos, dedicó un interesante capítulo al anarquismo francés de principios del siglo XX en que advertía del peligro de esta corriente a partir del concepto «dispersión de tendencias»

Para este historiador, buena parte del declive del anarquismo en Francia, probablemente el país con mayor peso del movimiento durante el siglo XX tenía que ver con el abrazo respecto a estas tendencias. Y fue así como, a pesar de sus inicios en París, el anarcosindicalismo acabó perdiendo la batalla con el marxismo, y finalmente el comunismo acabó apropiándose de la CGT.

Contracultura, revolución sexual y alienación

En mi tesis ya expliqué la fortaleza e influencia de este conjunto de ideas, especialmente hasta la década de los años 30, las cuales fundamentaron la eclosión de la contracultura y los movimientos emancipadores respecto a cuestiones relacionadas con la revolución sexual que enraizaron fuertemente en Occidente a partir de mayo de 1968.

En cierta manera, y no es una crítica, puesto que la liberación de las costumbres y la fuerza del individualismo consiguieron romper con determinadas rigideces morales tan opresivas como la sociedad de clases, todo este conjunto de ideas modeló claramente nuestra contemporaneidad, nuestra manera de pensar y actuar vigentes, en las que las libertades personales implicaban un mundo de menores ataduras personales y el dogmatismo reinante entre una parte substancial del movimiento obrero.

Todo progreso, sin embargo, suele poseer dos caras. La mayoría de la gente pudo tener un mayor control de sus vidas y vivirlas con mayor plenitud. Pero, a su vez, la plaga del individualismo, junto con una sociedad de consumo con gran capacidad de alienación, actuó como disolvente respecto a los lazos sociales y la comunidad.

Wokismo, alienación y pérdida de raíces

En esta era de wokismo, en la que la reivindicación de las minorías parece desplazar al interés común, estamos dando pasos hacia adelante, aunque no tenemos demasiado claro en qué dirección. O quizá sí: en dirección al ombligo de cada uno de nosotros.

El individualismo es emancipador cuando se libera de determinadas rigideces y homogeneidades, aunque también puede ser opresor cuando nos convertimos en siervos de nuestros propios caprichos u obsesiones. Y, sobre todo, puede generar una peligrosa alienación. La alienación del yo respecto al «nosotros». Peor aún: nos aliena respecto a un pasado compartido y a una tradición que es la que nos permite disponer de raíces con lo que nos hermana.

Reflexión final: entre la estética y la ética

Tengo la sensación, cada vez que acudo —cada vez menos— a actos relacionados con el movimiento libertario, de quedar fuera de lugar, de ser contemplado como un anacronismo al observar a jóvenes militantes seducidos más por una estética que por una ética genuinamente anarquista.

Se ven muchas más banderas libertarias que hace tres décadas, cuando éramos media docena de historiadores dedicados a investigar el pasado anarquista. Me siento como un pulpo en un garaje al oír hablar a algunos militantes de la importancia de acabar con la opresión de las personas «de peso no normativo», al denunciar la gordofobia como elemento fundamental de las opresiones contemporáneas, o considerar a los férreos partidarios del movimiento LGTBIQX+ como el elemento central de la existencia.

¡Como si tuviera alguna relevancia la condición física o las preferencias sexuales de cualquier persona!, cosa que, por lo menos para mí, no la tiene. Percibo, preocupado, cómo tantas personas enarbolan enfervorizadamente las banderas rojinegras, ante militantes que desconocen a Bakunin o Kropotkin, o que desautorizan a Proudhon por ser un heteropatriarcal opresor.

Me molesta profundamente esta época de eslóganes vacíos sin análisis ni pensamiento. Creo que esto fue lo que le pasó por la cabeza a Federica Montseny cuando fue invitada, como ponente, a las Jornadas Libertarias de Montjuic en 1977, cuando, efectivamente, había muchos jóvenes con muchas ganas de revolución, aunque sin tener ideas claras y demasiada confusión sobre lo que representaban aquellas banderas que inundaban aquel espacio tan lleno de esperanzas, posteriormente defraudadas.

Epílogo: responsabilidad con el pasado

En cierta manera, estamos viviendo una especie de Revolución Cultural maoísta, con su punto de histeria e irracionalidad dispuesta a romper con el pasado. Y es justo lo que los adversarios del socialismo emancipador anhelaban: sin raíces, cualquier disidencia es frágil y voluble.

Los libertarios de hace un siglo eran capaces de construir un discurso sólido, de generar ideas fuertes a base de debates sustantivos. Creo que tenemos responsabilidad respecto al pasado, que es la mejor manera de ejercer responsabilidad ante el futuro


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domingo, 11 de mayo de 2025

El gran apagón: la fragilidad energética que nadie quiso ver

(Artículo retirado —o censurado— de CTXT por deseo —y autocensura— de uno de los diez autores.)

El gran apagón del pasado 28 de abril no solo supuso una disrupción total del funcionamiento de nuestra sociedad, sino que fue mucho más que eso. Fue la constatación de la fragilidad del modo en que organizamos nuestras vidas. Nos asomamos a un abismo que queríamos creer que estaba mucho más lejos y era mucho menos profundo. Y aunque ahora estén los de siempre intentando restar importancia a lo que ocurrió, o convencernos de que no vimos ese abismo, sabemos perfectamente lo que vimos.

A día de hoy se está discutiendo cuál pudo ser el disparador concreto de la caída masiva de la red eléctrica, pero lo que de verdad interesa es saber si la red era y es lo suficientemente robusta. Y la respuesta corta es que no. Nuestra red eléctrica no es lo suficientemente robusta. Durante demasiadas horas y durante demasiados días del año sus sistemas de estabilización no son capaces de responder a eventos raros ‒pero no excepcionales‒ de perturbación de la red. Esto es lo que se conoce como inercia de una red eléctrica. La oferta y la demanda de energía eléctrica deben estar sincronizadas a cada instante, y si alguna de ellas varía, inmediatamente se activan mecanismos de compensación.

Cuando se diseñó la red eléctrica, todos los métodos de generación de electricidad (hidroeléctrica –la vieja renovable–, centrales térmicas, nucleares, ciclos combinados) se basaban en lo mismo: un líquido o gas, cuyo flujo puede ser regulado, empuja una turbina de varias decenas de toneladas, que genera así una señal eléctrica oscilante (corriente alterna) con una forma muy precisa (sinusoidal) y perfectamente repetitiva. Ese comportamiento permite dotar al sistema de estabilidad, porque hace más fácil sincronizar el movimiento de todos los generadores (si alguno va desfasado, se producen cortocircuitos de gran potencia que pueden fundir los elementos que no van «al paso»). Además, eso permite hacer bajadas de producción suaves y graduales (las turbinas, con su gran peso, tienen mucha inercia y conservan el movimiento mucho rato, aun cuando se cierren las válvulas al agua o gas). Además, estos sistemas (con la notable excepción de la nuclear) son despachables (es decir, pueden ajustarse a voluntad, básicamente abriendo o cerrando escotillas o válvulas), y son flexibles (esto es, pueden adaptarse fácilmente a los cambios de demanda y oferta de la red), así que se ajustan casi automáticamente a esos cambios.

Por el contrario, las nuevas renovables (eólica y fotovoltaica) dependen de que en ese momento haya viento o sol (son intermitentes, en oposición a los sistemas despachables), son asíncronas y no son inerciales. La que peor sale parada es la fotovoltaica, porque la corriente que genera es continua y por tanto necesita generar la onda de corriente alterna sintéticamente, usando unos dispositivos electrónicos denominados inversores. Por eso, con las nuevas renovables, conseguir mantener la sincronía con la red es siempre un reto, y la adaptación a los cambios es casi imposible: son sistemas inflexibles.

Con las nuevas renovables, conseguir mantener la sincronía con la red es siempre un reto

¿Puede dotarse a las nuevas renovables de inercialidad y de cierto grado de flexibilidad? Posiblemente nunca podrá funcionar exactamente igual que los viejos sistemas, pero se pueden mejorar mucho sus características con el uso de sistemas de estabilización adecuados, desde las baterías y los supercapacitores, pasando por los volantes de inercia hasta los motores reactivos, sales fundidas y otros sistemas de almacenamiento de energía de lo más diverso, que permiten absorber la energía cuando sobra y devolverla cuando falta. Cada sistema tiene sus tiempos de respuesta y de duración específicos, y un sistema bien equilibrado requerirá de una mezcla adecuada de todos ellos. Sin ellos, en los momentos en los que hay una gran penetración de las nuevas renovables, el sistema no tiene margen de maniobra y cualquier pequeña inestabilidad puede ampliarse sin control hasta hacer caer la mayor parte de la red, como pasó el 28 de abril. Además, a estos sistemas de estabilización, para un sistema puramente basado en renovables intermitentes, hay que sumar otros elementos de almacenamiento a medio y largo plazo, que aseguren el suministro de energía cuando la producción baje, por ejemplo, debido a la reducción de horas de sol en invierno, generando y almacenando excedentes en verano.

La conclusión es, pues, que nuestra red eléctrica es más frágil de lo que debería, y que es el modo en que se han introducido de forma masiva las energías fotovoltaica y eólica lo que ha ocasionado ese aumento de la fragilidad.

Tenemos ahora dos grandes preguntas. La primera es: ¿esto se sabía? Y la segunda: ¿por qué se han introducido así las nuevas renovables?  La respuesta a la primera pregunta es un categórico sí. No solo quienes firmamos el presente artículo habíamos avisado en repetidas ocasiones de esta situación, sino que la propia compañía encargada de la gestión, Red Eléctrica de España, había alertado del riesgo de desconexiones severas en su informe anual a los inversores de 2024, precisamente por la introducción masiva de las renovables sin el suficiente respaldo (a falta de sistemas de estabilización, se puede mantener la estabilidad de la red usando centrales convencionales de respuesta rápida, pero para ello deben estar listas, y eso, en el caso de la elección más habitual, los ciclos combinados, implica quemar cierta cantidad de gas para mantener cierta inercia rotatoria con su coste correspondiente). También la CNMC había avisado de problemas para el control de la tensión por el mismo motivo.

Respecto a la segunda pregunta, la respuesta es bastante sencilla: para ahorrar dinero. Y no estamos hablando de una cantidad pequeña, sino de cantidades enormes de dinero. Porque si queremos ir a un modelo en el que durante la mayor cantidad de tiempo posible la electricidad que produzcamos sea de origen renovable, eso implica acompasar el despliegue de plantas con la instalación de esos sistemas de estabilización, que son extraordinariamente caros.

Para que el apagón del pasado 28 de abril llegara a ocurrir intervinieron varios factores que no son técnicos, sino puramente humanos. El primero es la codicia de las compañías eléctricas, que obviamente han presionado para vender el máximo de producción renovable posible y no sufrir desconexiones ‒curtailments‒ por motivos técnicos de estabilización de la red. Es lo que cabe esperar cuando se ha dejado en manos casi exclusivamente del mercado un servicio esencial. Y lo hemos permitido incluso sacrificando sectores vitales como la agricultura, o peor aún, poniendo en riesgo los modos de vida que garantizan la biodiversidad de la que dependemos, la vida auto organizada de comunidades secularmente adaptadas, incluidas las humanas.

Pero los factores humanos no son solo estos. ¿Por qué el legislador no obligó a introducir los mencionados sistemas de estabilización a la vez que se aumentaba la capacidad de generación renovable? Aquí la respuesta es más compleja, pero existe una causa. Desde hace años muchas personas sensibilizadas por los temas medioambientales, entre ellas los firmantes de este artículo, hemos denunciado que la forma en que se pretendía reducir la dependencia energética de los combustibles fósiles ni era la correcta ni, en definitiva, iba a servir para reducir emisiones de gases de efecto invernadero. En primer lugar, las nuevas tecnologías de captación de energías renovables (que son sobre todo eólica y fotovoltaica), no son ni mucho menos tan baratas como han querido hacer creer si tenemos en cuenta los costes ocultos de estabilización de la red. Se nos ha vendido que se había dado con la solución mágica para los problemas de las actuales fuentes de energía, con la que íbamos a conseguir la neutralidad, o casi, a nivel medioambiental y seguir con nuestras vidas normales y el sagrado crecimiento económico para siempre. Pero el problema es que nos han mentido. Una conjunción de intereses empresariales de las grandes energéticas y unos políticos que han encontrado la ocasión de parecer los abanderados del medio ambientalismo han provocado la fragilización de la red que llevó al gran apagón del 28 de abril.

Se nos ha vendido que se había dado con la solución mágica para los problemas de las actuales fuentes de energía

Ahora tenemos cuatro grandes problemas. Por una parte, tenemos a los reaccionarios de siempre, que niegan que exista un problema medioambiental y que haya escasez de combustibles fósiles, y que pretenden vendernos que seguimos en un mundo que desapareció hace ya más de 50 años, en la primera crisis del petróleo en 1973. Aunque saben que esto es falso, tratan de colocar su mercancía averiada con la esperanza de poder seguir manteniendo sus privilegios el mayor tiempo posible, aunque sea a costa de provocar un cambio climático descontrolado y, a la postre, un mundo inhabitable para el ser humano.

En segundo lugar, tenemos a los razonables, que hablan de ir introduciendo energías que no emitan gases de efecto invernadero, pero siempre y cuando la economía no se resienta. Pero, ¿qué van a pensar estos cuando se den cuenta de que son caras si se introducen debidamente y, por tanto, siempre van a perjudicar a la economía? Sobre todo en un mundo cada vez más difícil en el que ese crecimiento cada vez es más complicado de conseguir.

Luego tenemos a los tecnoptimistas, que creen que la tecnología lo solucionará todo y que hay que apostar por la energía nuclear de fisión de uranio hasta que lleguen, primero, las centrales de torio, y luego, las de fusión nuclear. A estos optimistas nos gustaría preguntarles varias cuestiones. Primero, si creen que la proliferación nuclear es la mejor de las ideas en un mundo cada vez más inestable. Segundo, si han sumado las necesidades de uranio para cubrir la demanda energética fósil mundial y se han dado cuenta de que no son ni remotamente suficientes. Y tercero, si creen que esas tecnologías futuras en las que confían van a ser realidad solo porque al ser humano, según ellos, le convenga tenerlas.

Por último, tenemos a quienes algunos llamamos greenewdealers (en referencia al Green New Deal), que confían en las energías fotovoltaica y eólica como el Santo Grial de la energía, sin darse cuenta de que estas energías no son solo mucho más caras de lo que nos han contado, sino que, además, tampoco disponemos de las materias primas requeridas por estos sistemas, algunas de ellas muy escasas, en cantidad suficiente como para sustituir a los combustibles fósiles. Y, no digamos ya, si además pretenden sostener el sacrosanto crecimiento económico.


Entonces, ¿no existe salida? La respuesta corta es que sí que existe. Por supuesto que existe.

En primer lugar es preciso replantearse a fondo la forma actual del despliegue de las energías renovables y, en general, la configuración de todo el sistema energético, ya que ha dejado de ser un servicio público para ser un medio de concentración de riqueza en cada vez menos manos.

En el fondo subyace que el crecimiento económico como objetivo irrenunciable del ser humano es algo muy nuevo en nuestra historia. Pero existen otros modos de organizar nuestras sociedades de forma que no sea necesario el crecimiento. Modos en los que han pensado muchas personas desde hace mucho tiempo. Unos modos que consisten en priorizar lo importante para todas las personas sobre lo superfluo, en respetar y cuidar el mundo que garantiza nuestras vidas, no solo para la generación actual sino para las generaciones futuras, pues nuestra existencia depende completamente de él; en reconocer la realidad de que el impacto que ejercemos sobre el planeta es ya es demasiado grande y hay que reducirlo radicalmente, sin consentir los ofensivos beneficios de un engranaje institucional y empresarial que, mientras hace gala de sostenibilidad en los medios, nos arrastra hacia una inmolación colectiva.

Por eso está única salida viable exige cambiar el modo en que nos pensamos y pensamos el mundo, y esto es precisamente lo que hace que esté fuera del gran debate público, dominado por intereses de gentes que gozan de enormes privilegios que no serían posibles en ese mundo diferente. Un mundo en el que recuperemos la conciencia de lo que es importante de verdad a la vez que no dejamos a nadie atrás. ¿Es posible? Por supuesto que es posible. Todavía es posible, pero cada vez queda menos tiempo y hay que comenzar cuánto.

 

RESUMEN

El Gran Apagón: Fragilidad Energética y un Llamado al Cambio

El artículo analiza las causas y consecuencias del gran apagón del 28 de abril, señalando que este evento expuso la vulnerabilidad del actual sistema eléctrico. Lejos de ser un incidente aislado, el apagón reveló una fragilidad sistémica, invitando a una profunda reflexión sobre el modelo energético.

Ideas Principales del Artículo:

 

Fragilidad de la Red Eléctrica: La red eléctrica actual no posee la robustez necesaria, especialmente por la forma en que se han integrado masivamente las energías renovables como la fotovoltaica y la eólica. Durante muchas horas al año, los sistemas de estabilización son incapaces de responder a perturbaciones.

Problema de la Inercia y Estabilidad: Las fuentes de energía tradicionales (hidroeléctrica, térmicas, nucleares) ofrecían estabilidad e inercia al sistema, facilitando la sincronización y la adaptación gradual a los cambios de demanda. En contraste, las nuevas renovables (eólica y, especialmente, fotovoltaica) son intermitentes, asíncronas, no inerciales y menos flexibles, lo que dificulta mantener la sincronía y adaptarse a los cambios.

Necesidad de Sistemas de Estabilización: Para integrar adecuadamente las nuevas renovables y evitar apagones, es crucial invertir en sistemas de estabilización como baterías, supercapacitores, volantes de inercia y otros sistemas de almacenamiento de energía. Estos sistemas, aunque caros, son necesarios para dar margen de maniobra al sistema cuando hay alta penetración de renovables.

Conocimiento Previo del Riesgo: Tanto los autores del artículo como Red Eléctrica de España y la CNMC habían advertido previamente sobre los riesgos de la introducción masiva de renovables sin el respaldo adecuado.

Motivaciones Económicas: La introducción de las renovables sin la debida estabilización se atribuye principalmente al ahorro de costes por parte de las compañías eléctricas.

Factores Humanos y Políticos: La codicia de las compañías eléctricas y la inacción de los legisladores al no exigir sistemas de estabilización simultáneos al aumento de la generación renovable son factores humanos clave. Se critica una confluencia de intereses empresariales y políticos que han fragilizado la red.

Crítica a las «Soluciones Mágicas»: El artículo cuestiona la narrativa de que las nuevas renovables son una solución barata y sencilla, señalando costes ocultos de estabilización. También se muestra escéptico ante el tecno-optimismo que confía ciegamente en futuras tecnologías como la fisión o fusión nuclear sin considerar sus implicaciones o viabilidad.

Insuficiencia de Materias Primas: Se plantea que no se dispone de suficientes materias primas para que las energías fotovoltaica y eólica sustituyan completamente a los combustibles fósiles, especialmente si se pretende mantener el crecimiento económico.

Propuesta de Salida: La solución pasa por replantear el despliegue de renovables y la configuración del sistema energético, priorizando el servicio público sobre la concentración de riqueza. Se aboga por un cambio de paradigma que cuestione el crecimiento económico como objetivo irrenunciable y priorice lo esencial, el respeto al medio ambiente y la reducción del impacto planetario, sin dejar a nadie atrás. Se considera que este cambio es posible pero urgente.

En síntesis, el artículo utiliza el apagón del 28 de abril como punto de partida para una crítica profunda al modelo energético actual. Argumenta que la integración masiva de energías renovables, sin la necesaria inversión en sistemas de estabilización y motivada por intereses económicos y políticos, ha incrementado la fragilidad de la red. Los autores sostienen que los riesgos eran conocidos y proponen un cambio radical en la forma de concebir y gestionar la energía, cuestionando el dogma del crecimiento económico y abogando por un modelo más sostenible, equitativo y consciente de los límites planetarios.

VV.AA.