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miércoles, 16 de octubre de 2013

La lista de la infamia: Curas del 36 en Valladolid


Sábado, 12 de Octubre de 2013

En el año 1936, tras la sublevación militar, los párrocos de los pueblos tomaron mayoritariamente partido por los alzados, en quienes veían unos valedores que les iban a devolver el poder que detentaban antes de la llegada de la República. Bien sabían estos curas que el alzamiento era ilegal y que se estaba haciendo mediante el derramamiento de sangre inocente. Prácticamente en todas las localidades, falangistas y guardias civiles desleales detenían a las autoridades legales, a los dirigentes sindicales, a los obreros significados, a sus mujeres y a sus familiares, y los sometían a tratos inhumanos, golpeando, violando, robando y asesinando a muchos de ellos.

El mandato de los religiosos está bien claro para todos: su deber era detener la violencia, impedir los crímenes y acabar con la orgía de sangre que se desataba sobre la población civil, inerme e indefensa. Sin embargo, la Iglesia desoyó estos mandatos sagrados y alentó a sus párrocos a que se unieran al golpe, al que de inmediato bautizaron como Cruzada, otorgándole todas sus bendiciones.

Los curas tenían una gran autoridad moral. Allí donde se opusieron a los crímenes, éstos no se produjeron. Pero por desgracia para las víctimas, para sus familias, para los pueblos y para su propia imagen y la de la Iglesia, la gran mayoría de los curas apoyaron decididamente el alzamiento y sus procedimientos sanguinarios, y a veces no solo intelectualmente o dando su bendición a los asesinos, sino también materialmente, con las armas en la mano.

Cegada por la posibilidad de ejercer su poder sobre la sociedad entera, la Iglesia católica se dedicó a forzar la voluntad de los ciudadanos que se habían salvado de la muerte obligándolos a casarse por la iglesia, a bautizar a los hijos de los que no eran católicos cambiándoles incluso el nombre si no estaba en el santoral, a penalizar a las personas que no asistían a misa, llevando al día la relación de los que no se confesaban o no comulgaban. Daba igual que esas personas no fuesen creyentes o que profesasen otra religión. La iglesia católica reclamó para sí la obediencia debida de todos los ciudadanos y la obligatoriedad de las prácticas religiosas por las buenas o por las malas. La coacción, la amenaza, los malos informes que destruían la vida de la gente o el señalamiento de los que ellos denominaban «malos cristianos» fueron la seña de identidad de una Iglesia inquisitorial, cuyos ministros causaron mucho daño y dolor con sus actos o su pasividad.

Obligar a una persona a practicar la religión en contra de su voluntad está considerado sacrilegio por la propia Iglesia, lo que no fue obstáculo para que se implantase la religión de manera obligatoria en todo el país y a todos los niveles de la vida: en la enseñanza, las instituciones, las costumbres sociales y la vida personal.

En muchas localidades de nuestra provincia y en la propia capital, la actuación de los curas fue tan inhumana, tan cruel y tan alejada de lo que puede considerarse un comportamiento cristiano, que quedó impresa en la memoria de los vecinos. Estos curas, que por su posición hubieran podido mediar a favor de las víctimas, muchas veces aparecieron al lado de los verdugos, contribuyendo con sus acciones a empeorar la suerte de sus vecinos. Es una verdadera lástima que la iglesia católica pierda oportunidad tras oportunidad de desmarcarse de estos elementos, condenando sus acciones y pidiendo perdón por su actuación en aquellos años de crimen y terror.

LA ACTUACIÓN DE LOS CURAS SEGÚN LA MEMORIA DE LOS TESTIGOS

Juan Julián, párroco de San Ildefonso, en Valladolid, acudía a las Cocheras de Tranvías para catequizar por las buenas o por las malas a los allí detenidos, aunque se declarasen ateos, agnósticos o protestantes. Acudía a las sacas, dejándose ver por los presos, quienes por su presencia detectaban que iba a producirse un asesinato. Dos o tres curas de Los Filipinos solían acompañar a las patrullas falangistas en sus acciones. Llevaban camisa azul e iban armados. Se les llegó a conocer bien y se les reconocía por su tonsura y sus medallas y escapularios. Además eran los encargados de catequizar a los presos de Las Cocheras. Se llamaban el padre Tirso y el padre Baladrón. Sus homilías eran amenazadoras. Una frase que repetían continuamente y que quedó grabada en la memoria de los detenidos era: «Habéis pasado por una criba ancha; ahora pasareis por otra más fina, y al final no quedará nadie». Y hubo gente que se atemorizó y marchaba a comulgar, pensando que los curas darían buenos informes y que podrían salir, pero estaban muy equivocados, pues aquellos curas deseaban de verdad que no quedara nadie. (Testimonio de J. P. R., preso en Las Cocheras).

Padre Cid, adscrito a la Cárcel Nueva, impartía la misa obligatoria, descalificaba y humillaba a los presos e intentaba que recibieran los sacramentos cuando los iban a fusilar. Más adelante fundó un Patronato para menores, a donde fueron a parar muchos hijos de estos mismos fusilados; allí intentaba «reeducarles». Ese lugar, «Cristo Rey», se financió con el trabajo esclavo de los presos.

Rufino Caldevilla, párroco de La Magdalena y sobrino del canónigo Valero Caldevilla, acudió al Alto del León, presa de un ataque de patriotismo, según testimonio de J.L. Galindo, un falangista camisa vieja, que estuvo con él; iba armado. Es un alegre clérigo… me lo imagino disparando trabucos y no le cae mal la imagen… Cuando regresó a Valladolid y volvió a hacerse cargo de la parroquia, denunció a aquellos vecinos que bajo su punto de vista eran «indeseables». Anteriormente se había mostrado beligerante con los sectores de la izquierda, y cuando se produjo el golpe colaboró con eficacia: denunció personalmente a la familia de Heraclio Conde, quien fue fusilado junto con sus dos hijos varones (testimonio de Conde Conde).

Eladio Tejedor Torcida, párroco de Barcial de la Loma en 1936, estaba enfrentado con las gentes de izquierdas desde el advenimiento de la República. Cuando se produjo el golpe, el alcalde impuesto por los golpistas fue Vicente Vázquez de Prada, que era partidario de detener y entregar a los izquierdistas, pero se opuso a que los mataran. El cura insistió e insistió en la necesidad de «limpiar el pueblo, como se estaba haciendo en todos los pueblos de alrededor», y al final se hizo así. Este cura, tras inducir al asesinato del alcalde elegido, Modesto Rodríguez, obligó a la viuda a bautizar al hijo de éste y a cambiarle el nombre que su padre le había puesto (Besteiro). Otro acto de este cura fue el de casar in extremis al vecino Florencio Sinde, destrozado por las torturas recibidas, con brazos y piernas rotos e inconsciente en los calabozos del ayuntamiento de Barcial; este hombre estaba casado por lo civil, y antes de rematarlo, hizo que llevaran allí a su esposa y los casó religiosamente (testimonio de la esposa).

Florentino, cura de Bocigas, acompañaba a las patrullas de asesinos, según él para confesar a las víctimas.

Lorenzo Pérez González «Lucilina», fue uno de los máximos responsables de los hechos sangrientos ocurridos en el pueblo de Villabáñez. Mantenía un enfrentamiento directo con los vecinos de ideas izquierdistas y con la Corporación Municipal; intervenía en las cuestiones políticas, en los temas económicos, como la gestión de los montes comunales; impulsó un sindicato católico, con el que se enfrentaba a la Casa del Pueblo… El propio arzobispo Gandásegui llegó a decir de él que «había envenenado al pueblo». En 1936 designó a las víctimas y no movió un dedo para frenar la represión desatada contra los vecinos, aunque salvó al que le pareció oportuno, con lo que demostró que tenía poder para haber impedido la matanza.

José de Rojas Martín, ejercía como párroco en Castrillo Tejeriego, donde dio el visto bueno y firmó la lista de los que debían ser represaliados. La madre de este cura iba diciendo por el pueblo que «había que fusilar a los hijos de los detenidos, porque llevaban el mismo camino que sus padres».

Sergio Martín Martín, procedente de Medina de Rioseco, donde también colaboró en la elaboración de las listas de los que debían morir, estaba en Castromonte como párroco. En julio de 1936 se encontraba en Asturias, pero pudo regresar a mediados del mes de septiembre, y fue entonces cuando comenzó la represión en Castromonte. Muchos testimonios le atribuyen responsabilidad directa en muertes ocurridas en Rioseco y la zona de la Santa Espina, además de las ocurridas en Castromonte.

Ictinio, párroco de Tiedra, ayudó a elaborar las listas de víctimas; alentó a los falangistas de la localidad, y fue directamente responsable del asesinato de David Criado, un vecino que estuvo detenido y regresó al pueblo al finalizar la guerra.

Bibiano del Campo Mucientes, natural de Villalba de los Alcores. Estaba de párroco en Wamba en la época de la sublevación. Colaboró haciendo listas y también de manera material: él mismo llevó cuerdas para atar a los detenidos.

Pablo Rojo era párroco en Mojados. En los locales del ayuntamiento estaban detenidos medio centenar de vecinos. El día 25 de julio, los sublevados del pueblo decidieron asesinar a varios de ellos. El cura acudió a la prisión e intentó confesarlos con argucias y amenazas. A pesar de los ruegos de las familias y de la cantidad de huérfanos que dejaban y de que el cura sabía positivamente que todos eran inocentes y que los asesinatos se producían sin juicio ni asistencia de autoridad legal alguna, Pablo Rojo colaboró con los asesinos hasta que el último detenido subió al camión. Ese día 25 vecinos de Mojados fueron trasladados al puente que une los términos de Boecillo y Laguna de Duero y tiroteados allí. Algunos no fallecieron en el acto y cayeron al agua con vida. Por fin los remataron a todos. Uno de ellos, J.N. logró llegar herido, hasta el Coto del Cardiel, donde el guarda de campo lo remató con su escopeta.

Andrés del Amo, de Saelices. Fue un inductor fundamental de los crímenes cometidos en Villacarralón, donde era párroco, pues señaló a los vecinos que según él eran peligrosos. Años después de la guerra, vino al pueblo un cura nuevo. Estando en la plaza, un hijo de Petra Cimas, asesinada por una patrulla venida de otros pueblos ante los ojos de sus dos hijos, lo reconoció como integrante de una de las patrullas y se dirigió a él: «Usted bajaba de paisano a detener gente». El cura se llamaba Jesús Ceinos Casero, y fue reconocido por otros vecinos como uno de los hombres que iban sacando a la gente de sus casas en el verano de 1936, vestido con un mono azul y armado con un fusil.

Teodosio era el nombre del párroco de Quintanilla de Abajo. Cuando se pidió el indulto de los condenados a muerte dijo en la puerta de la iglesia ante muchos vecinos que si les conmutaban la pena, él quemaba la sotana.

CURAS EN EL FRENTE

La presencia de curas en el frente fue frecuente. Particularmente abundaron en la zona del Alto del León. Iban vestidos con mono y armados. Otros muchos iban de visita, acompañando a grupos.

Núñez, jesuita, coadjutor de la parroquia de San Juan, en Valladolid, marchó al Alto del León en julio del 36, integrado en el grupo de falangistas como combatiente. Este cura, bastante joven, murió en un bombardeo en el Alto del León a finales de julio de 1936. Juan Martínez, cura combatiente, murió en el frente.

Padre Nevares, jesuita: recibió en San Rafael a los falangistas que se iban a incorporar al frente en julio del 36. Al llegar al Hotel Regina, donde comían estas tropas, el padre Nevares vestía mono azul y llevaba casco y una gran cayada. Era beligerante y además confesaba a los voluntarios. Ramón Arregui Moliner, falangista, quiso confesarse con él tras una escaramuza en la que disparó y mató a soldados enemigos. Después relató, escandalizado, que el cura le dijo: «Eso no tiene importancia: es la guerra». Este cura estuvo siempre a la cabeza de las fuerzas golpistas en San Rafael, dando el beneplácito eclesiástico. Antes del golpe, había organizado en Valladolid las Cooperativas Agrarias de Derechas.

Pedro, un párroco natural de Castrillo de Duero, en julio del 36 se integró en un batallón falangista y marchó al frente. J.L. Martínez Galindo, que coincidió con él, dice que era «un cura guerrillero».

COSAS DE CURAS

Pedro Cantero Cuadrado, nacido en Carrión de los Condes, fue capellán de la Cuarta Bandera de Castilla. En una de sus arengas pronunció esta frase: «El general Franco es de origen providencial y carismático, y por tanto legítimo. Solo ante Dios y ante la Historia debe dar cuentas». Llegó a ser obispo de Huelva.

Ignacio Menéndez Raigada, autor del Catecismo Patriótico: «Yo soy cura, pero antes que cura, falangista». Fue capellán y confesor de Franco.

Enrique Herrera Oria: «Los masones matan niños menores de siete años y beben su sangre en un cráneo».

Fernando Martín Sánchez Juliá, «Secretario de Dios», cabeza de la Iglesia, escribió una pastoral: «De los frentes saldrá una nueva España. A nosotros nos toca ayudar al parto y educar a la criatura…».

Miembro del Colectivo Verdad y Justicia

Estampa vallisoletana de la posguerra,
en el centro el arzobispo de la ciudad
.

miércoles, 24 de julio de 2013

El 'Zeñó' está con nosotros


Crónica de una marcha atea y anticlerical 

(junio 2013)

La mañana del pasado 26 de abril, lluviosa y fría, hacía presagiar un reparto de inclemencias con las que compensar las lluvias durante las procesiones católicas de años anteriores. El «por qué Zeñó, por queeeé… Zeñó» amenazaba como Dios del Antiguo Testamento. Pero no fue así, la tarde espléndida, el sol radiante de alegría, y la temperatura extraordinaria, en definitiva, una tarde que invitaba al hedonismo. Una prueba más de que Dios no existe.

Con el humor y la alegría características, en claro contraste con el culto a la muerte, a la tortura y al martirio de las procesiones, partía pasadas las ocho de la tarde la manifestación, en la que participaron entre 300 y 500 personas. Buena parte de las consignas hacían referencia a la enseñanza, pero no se olvidó la libertad de expresión y manifestación.

La ficción democrática, fiel aliada en este caso del fantasma divino, volvía a conceder la exclusividad de las calles a la Iglesia católica, y por tercer año consecutivo volvía a ser desplazada la marcha atea en el tiempo; y nuevamente la espada de Damocles sobre la manifestación.

El visto bueno de la Delegación del Gobierno en Madrid, además del tono autoritario característico de estos escritos, amenaza, en términos democráticos se debe decir algo así como «se informa de las consecuencias…», con disolver la manifestación si las consignas coreadas son contrarias a la vergonzosa norma que convierte el pecado de los creyentes en delito para los que no lo son.

La enseñanza, reivindicación principal de este año. La idea de enseñanza no debería de ir seguida de ningún calificativo, si añadimos laica es porque tenemos la necesidad de diferenciarla de la religiosa que nos quieren imponer. La misión de la enseñanza consiste en demostrar a la infancia, a través de un método puramente científico, que cuanto más se conozcan los productos de la naturaleza, sus cualidades y la manera de utilizarlos, más abundantes serán los productos alimenticios, industriales, científicos y artísticos, convenientes y necesarios para la vida, y con mayor facilidad y profusión saldrán de nuestras escuelas hombres y mujeres dispuestos a cultivar todos los ramos del saber y de la actividad, guiados por la razón e inspirados por la ciencia y el arte, que embellecen la vida y justifican la sociedad.

Hasta el año que viene, nos volveremos a encontrar en el jueves… ya ateo y anticlerical.

«No perdamos el tiempo pidiendo a un dios imaginario lo que únicamente puede procurarnos el trabajo humano».

Asamblea Vecinal La Playa de Lavapiés
Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores (AMAL)
Grupo Anarquista Volia (FAI) 

 

sábado, 5 de enero de 2013

William Maclure en España

«Federico el Grande, conversando con su ministro de la Guerra, le preguntó
qué país europeo le parecía más difícil de arruinar. Al ver que el ministro titubeaba,
respondió por él: "Ese país es España, puesto que el Gobierno español hace ya
muchos años que se empeña en arruinarlo y no lo puede conseguir". Diríase que
Federico el Grande pronosticaba el reinado de Fernando VII.»

KARL MARX, La España revolucionaria.

Pero en el orden del pensamiento y de las creaciones históricas, la Revolución española de 1820 queda potenciada de nuevo, sorprendentemente camino del socialismo universal, gracias a la personalidad del escocés, naturalizado ciudadano de los Estados Unidos, William Maclure. Después de una juventud dedicada al comercio entre Europa y América, Maclure, hombre de su tiempo, se dedicó a la ciencia —principalmente a la Geología— y al mecenazgo pedagógico, siempre al servicio de la causa popular; en Inglaterra inscribiéndose ideológicamente en el radicalismo; en Francia entusiasmándose por su gran Revolución, incluso por la fase jacobina; en Suiza, descubriendo a Pestalozzi y dedicándose en adelante a difundirlo por el mundo (Francia, España, Estados Unidos); en su país de adopción en relación con Thomas Jefferson y su círculo. William Maclure vino a España por primera vez, en el curso de sus largos viajes, en 1808, en vísperas de la Guerra de la Independencia, y sacó en conclusión una especie de idea fija: que la diferencia entre España y los otros pueblos de Europa no estaba en la increible ignorancia de sus clases populares, que en esto se igualaban todos los países, sino en la increible ignorancia y atraso de las minorías rectoras, cosa que no ocurría en el resto de Europa. Cuando en 1820 España pasa a ser un país constitucional, Maclure, hastiado de la política de la Restauración francesa y también movido por razones de clima, se traslada a vivir a Madrid y en 1822 a Alicante, y será uno de los más agudos testigos de la vida española bajo el Trienio Liberal [1820-1823]. Su idea es que si España mantiene la Constitución podrá recuperar en un siglo el atraso de varios; pero para ello hay que educar al pueblo, este pueblo ignorante y anárquico, mas de excelentes condiciones naturales. Si se le puede librar del dominio de sus arcaicas clases dirigentes, el pueblo español podrá ponerse a la cabeza de la civilización. Maclure se indigna en su Diario y en sus cartas de las provocaciones internas, y de la política de la Santa Alianza [las potencias absolutistas del momento], y esta indignación vuelve a afectarle como en la época francesa de Robespierre, confiriéndole nueva intencionalidad política.

Decide actuar él directamente sobre el pueblo español, y a base de elementos reales de su tiempo, los institutos técnicos del radicalismo británico, las enseñanzas de Pestalozzi y Fellenberg, las experiencias de nueva agricultura e incluso, limitadamente, de impulso industrial, concibe una verdadera utopia social: entre Orihuela y Alicante, sobre tierras compradas al Crédito Público, empieza a montar una unidad social diferente, a la vez económica y educativa, cuya finalidad a la larga es la transformación total de España, que la convertiría en tierra de inmigración. Este pensamiento es ya socialista (utópico), es decir que en España y ante las condiciones de la vida nacional, Maclure evoluciona del radicalismo benthamita a las primeras concepciones socialistas, sin ver él tan clara la distinción y sin romper nunca ni con su pasado ni con su futuro.

Pero en las primeras etapas organizativas de su experiencia democrática, demasiado absorto en ella, Maclure se ve sorprendido por la entrada de las tropas francesas [los Cien Mil Hijos de San Luis, en 1823], y el triunfo del despotismo, que le quita las tierras, y le fuerza a salir del país. Doliéndose de la injusticia y crueldad del despotismo, regresa a los Estados Unidos, en donde une sus esfuerzos a la empresa de Robert Owen en New Harmony, Indiana, trasladando a ella su experiencia alicantina. La primera experiencia socialista civil en tierras norteamericanas tiene, así, un precedente español y un modelo alicantino. A traves de Maclure y sus colaboradores la Revolución española de 1820 penetra en la gran corriente del socialismo mundial, como ya lo hizo también a través de las reflexiones bounarrottianas. Con la Revolución de 1820 España influye decididamente en la marcha del mundo, a pesar del carácter de feria universal —frailes, mugre, contrabandistas— que el fracaso de esa misma revolución va a conferirle.

jueves, 12 de abril de 2012

Clero anticlerical

Fermín Huerta Martín

http://ferminhuerta.blogspot.com.es/2010/08/clero-anticlerical.html

«El poder espiritual se encuentra por encima del temporal. El Papa es el representante de Dios en la Tierra y el que debe gobernar el mundo; a él sólo pertenecen la infalibilidad y la universalidad, y sólo puede ser juzgado por Dios. Los cristianos se encuentran sometidos a sus órdenes y deben degollar a sus príncipes, padres e hijos, si él lo manda. No existe ni el bien ni el mal sino en las cosas que el Papa ha condenado o aprobado.»

Máxima del Papa San Gregorio VII (1020-1085), pág. 262.

«Dios me dé el bien en este mundo, que en el otro poco me importa. El Evangelio enseña más mentiras que verdades: el parto de la Virgen es absurdo y la Encarnación ridícula. Es incalculable el dinero que la fábula de Cristo ha valido a los clérigos. Las religiones se han creado por ambiciosos para engañar a los hombres. Es necesario vender en la Iglesia todo lo que los tontos quieren comprarla.»

Máxima del Papa Bonifacio VIII (1235-1303), pág. 316.

Estas dos citas se pueden encontrar en el libro La santidad del pontificado, cuyo subtitulo dice: Crónica general de los romanos pontífices, sus crímenes, vicios, apostasías y virtudes. Libro escrito en 1871 por Enrique Rodríguez Solís (1844-1923), escritor, periodista, historiador y político español.

El libro no está escrito desde una posición atea o agnóstica, sino desde una posición de creyente.

En la pág. 9 hace una declaración de intenciones de lo que se propone probar:

«Que la Iglesia de Roma no tiene supremacía sobre las demás iglesias.
Que las donaciones son falsas.
Que la independencia del papado es mentira.
Que la infalibilidad papal es un absurdo.»

Pero este libro de más de 400 páginas trata también otros temas, algunos de total actualidad, como es el de los abusos sexuales a menores por parte del clero. Parece que el tema viene de antiguo, cuenta el autor en la pág. 103 que el Papa Virgilio, consagrado en el año 537, «mató a bastonazos a un niño que no quiso acceder a sus infames caricias». Dice en la pág. 349, del Papa Sixto IV (elegido en 1471): «Desfloró siendo cardenal a sus hermanas y a dos niños incestuosos que tuvo de la mayor». Dice de Pio IV (elegido en 1559), pág. 363: «Abusó de hermosas mujeres y lindos niños que atrajo con grandes regalos, que luego les obligaba a restituir con el tormento». En la pág. 370 comenta: «Estos clérigos habitan con sus cortesanas y roban niños y doncellas en mitad del día para satisfacer sus infames caprichos».

Sin embargo las relaciones de los curas con los niños pasan también por estos otros asuntos. Dice en la pág. 211 que el Papa Juan X (entronizado en 914): «Consagró arzobispo de Reims a Hugo, niño de cinco años». En la pág. 348 nos cuenta que el Papa Pablo II (elegido en 1464): «Prohibió llevar a los niños a la escuela, diciendo que sólo el clérigo debía saber y que la religión debía matar la ciencia». Llegando a estos extremos; cuenta de Gregorio I (consagrado en el año 590), pág. 117: «Publicó un decreto obligando a los sacerdotes a separarse de sus mujeres, el cual produjo tal número de infanticidios que, según un historiador, al pescar en unos algibes construidos por el papa para conservar peces, sacaron de ellos seis mil cabezas de niños, por lo que retiró el decreto y se impuso una severa penitencia».

Finalizo este apartado con otra monstruosidad, en este caso del Papa Inocencio VIII, dice en la pág. 350: «Inocencio falleció el 24 de julio de 1491, y según Stefano Infessura quiso reanimar su vida con un horrible brebaje compuesto con la sangre de tres niños degollados al efecto».

La afición del clero por la pederastia es solo un aspecto de la afición del clero por el sexo en general, incluido el incesto y la homosexualidad. La obra contiene tantos ejemplos, que me limito a copiaros los más sorprendentes:

Pág. 211, «Fatigada de su marido se entregó a Juan X (entronizado en 914, hijo de un sacerdote y de una monja), de quién tuvo celos por las relaciones que éste sostenía con su madre y su hermana».

Pág.198, «Las crónicas de la abadía de Fulda cuentan que murió a martillazos, por los parientes de una dama romana, (el papa Juan VIII, muerto en 882) cuyo marido era el amante del Papa».

Pág. 213, «El 20 de marzo de 931 fue consagrado a los dieciocho años Juan, hijo del Papa Sergio, gracias a las caricias y regalos de su madre Marozia, que joven y aún hermosa, se entregó a incestuosos amores con su hijo en los jardines de Letrán».

Pág. 220, «Este Papa (León VIII, muerto el 14 de mayo del año 964) murió de una herida o puñalada que le dieron por haberle hallado de noche divertido con una casada: los sacerdotes corrieron la voz de que se había batido con el diablo».

Pág. 363, Pio V, «El 1 de octubre de 1567 excomulgó al célebre teólogo Miguel Bayo; arrojó a los judíos de sus Estados, menos de Roma y Ancona, y fue tal su rigor, que al saber que algunas calvinistas se habían hecho prostitutas para salvarse, ordenó que en el término de un mes se casaran todas o salieran de Roma: los cardenales le dijeron que las 45.000 que había eran necesarias al clero, son pena de caer en la sodomía y que, además, perdería con su marcha la renta más productiva de la iglesia».

Y es que efectivamente, el tema del dinero no es menor para el clero, leed sino esto:

Pág. 240, Gregorio VI, año 1044. «Al verse dueño de Roma, hizo perecer a los ciudadanos más opulentos para confiscar sus bienes, rescatando así lo que pagó por la tiara».

Pág. 244, el Papa León IX, entronizado en 1049 «depuso a Gregorio, obispo de Verceil, por perjuro y adúltero, pero le repuso a fuerza de oro».

Pág. 251, el Papa Nicolás II elegido en 1059, «y que si no usaba de rigor con los clérigos ordenados por dinero, era por temor de que la Iglesia se quedara sin sacerdotes».

Pág. 317. «La Inquisición, establecida por Inocencio III (en el siglo XIV) condena al desgraciado cuyos bienes codicia la Iglesia; las falsas reliquias le producen grandes tesoros».

Quizás el ejemplo más aberrante de este afán de lucro venga dado por esta tarifa de absoluciones redactada por el Papa Juan XXII, consagrado en 1317. Pág. 322.

«El clérigo que cometa pecado de carne con monjas o parientes será absuelto por sesenta y siete libras, doce sueldos, y si es con muchachos jóvenes o con bestias, doscientas quince libras. Un sacerdote que desflore una virgen, dos libras, ocho sueldos. Una monja que se entregue a uno o varios, ciento treinta y una libras, quince sueldos. El clérigo que quiera vivir en concubinato con sus parientas, setenta y seis libras, un sueldo. El laico por el pecado de lujuria, veintisiete libras, y por el incesto se añadirán, en conciencia, cuatro libras. La adúltera por dispensa para seguir sus relaciones culpables, ochenta y siete libras, tres sueldos. El marido igual: si han cometido incesto con sus hijos, se añadirán, en conciencia, seis libras.

»Por un homicidio, quince libras, cuatro sueldos, tres dineros, y por varios, lo mismo. Un marido que mate a su mujer por casarse con otra, treinta y dos libras, nueve sueldos: los que le auxilien, dos libras cada uno. El que ahogue a un hijo, diecisiete libras: si lo matan ambos por mutuo convenio, diecisiete libras cada uno: el que lo ahogue no siendo su padre, una libra lo menos. Por matar a su padre o hermano, diecisiete libras y diecinueve sueldos. Por matar a un obispo, ciento treinta y una libras y catorce sueldos: si lo mata un abad, ciento setenta y nueve libras, catorce sueldos. Un hereje por la absolución, doscientas setenta y nueve libras, y su hijo doscientas dieciocho, dieciséis sueldos y nueve dineros.

»El bastardo de un cura, por servir el curato de su padre, veintisiete libras y un sueldo. El que quiera gozar por simonía de muchos beneficios, el tesorero del papa le venderá el derecho por un precio moderado. Por levantar tiendas y vender mercancías en el pórtico de las iglesias, cuarenta y cinco libras, diecinueve sueldos, tres dineros.»

Otra afición del clero eran las torturas, aquí tenéis algunos ejemplos:

Pág. 162, Esteban III consagrado en el año 768, «conspiraba hacía tiempo por conseguir la tiara, y apenas la alcanzó hizo sacar los ojos y cortar la lengua al obispo Teodoro, amigo del Papa anterior».

Pág. 218, Juan XII, consagrado en el 956, «ha mandado sacar los ojos a Benito, su padre espiritual, y ha hecho degollar en su presencia al subdiácono Juan, después de hacerle arrancar las partes genitales».

Pág. 343, Eugenio IV, elegido en 1431, «a Masins, despojado de sus hábitos, le hizo arrancar trozos de carne, verterle plomo derretido, pez y resina, y que su cuerpo hecho una llaga fuera arrastrado por cuatro caballos y luego rematado a puñaladas».

Otra de las obsesiones del clero es el de las excomuniones, Rodríguez Solís nos da una de las claves del asunto cuando dice en la pág. 279, «la frecuencia con que las excomuniones se sucedían nos hacen creer que obedecían a un plan concebido; los papas derrochaban inmensos tesoros, y cuando sus arcas estaban vacías apelaban a la estratagema de la excomunión, de acuerdo con los obispos, la cual suspendían luego a favor de grandes sumas, nosotros creemos que si había delito para la excomunión, todos los tesoros de la tierra juntos no podrían borrarlo; la excomunión ha sido en manos de la Iglesia lo que las reliquias y los hallazgos de huesos santos, un verdadero objeto de comercio y nada más».

La excomunión alcanza un punto cómico cuando es de cura a cura:

Pág. 135, Vitalino (Papa) excomulgó al arzobispo y el arzobispo excomulgó al Papa.

Pág. 246, se excomulga al Patriarca de Constantinopla y éste excomulga a la Iglesia romana.

La excomunión otras veces era un pretexto para matar:

Pág. 345, «os pido la excomunión para tener pretexto de exterminarlos, y partiré con vos sus bienes».

Pág. 265, del Papa Urbano II proclamado en 1088 dice: «no era homicida el que ardiendo en celo religioso degollaba un excomulgado».

Una vez cogida confianza, la excomunión pasa de personas individuales a ciudades o naciones:

Se excomulga a Roma (pág. 290 y 343) o a los romanos (pág. 297). Varias ciudades y castillos (pág. 333). A la república veneciana (pág. 370), a los venecianos (pág. 356), a los castellanos (pág. 348), a Francia (pág. 336) a los demócratas franceses (pág. 391), a los diputados piamonteses que votaron las leyes relativas al matrimonio civil (pág. 400), o a las modistas que construyeron trajes escotados (pág. 392).

En la pág. 309 nos cuenta: «tuvo que pasar por Florencia, que había excomulgado; el Arno traía una gran avenida, y en justo castigo tuvo que cruzar por un puente de la ciudad y levantar su anatema, que volvió a lanzar al verse a salvo».

Otra cosa curiosa de la historia del papado y que choca frontalmente con la idea de infalibilidad y de asistencia del Espíritu Santo a la hora de elegir papa, son los episodios en los cuales se elige a más de un Papa a la vez, así por ejemplo:

Año 498, pág. 86, «Simaco fue elegido en la basílica de Constantinopla; Lorenzo, en la de Santa María, y pueblo y senado favorecían a cada uno según convenía a sus intereses, resultando una guerra civil y religiosa que desoló a Roma».

Otras veces se elegían tres papas a la vez:

Año 1044, pág. 239, «Benito, luego que derrochó el precio de su venta sacrílega, deseoso de hacer una segunda venta, levantó un ejercito, penetró en Roma y arrojo a Juan su elegido, entonces se vieron tres papas en Roma, uno en la iglesia de Letrán, otro en la de San Pedro y otro en Santa María. ¿Cuál de los tres sería el infalible?».

Otra afición curiosa del clero era la de envenenar a los papas que no le gustaban. Así morían Benito XI, Pío III, Adriano VI, Marcelo II, Sixto V, Urbano VII, Inocencio IX, León XI, Clemente XIII y Clemente XIV.

Dice el autor en la pág. 366: «Protestó de la política de Sixto, diciendo trabajaría por la unión y paz de los pueblos, y nombró una comisión para reformar las órdenes, en especial los jesuitas, que lo evitaron, dice Mercerai, envenenándolo como a Sixto a los treces días, el 27 de septiembre. ¡Hemos perdido la cuenta de los papas virtuosos muertos a manos de clérigos!».

Termino esta exposición con una serie de hechos curiosos en la historia del papado, por ejemplo el caso de la papisa Juana, una mujer que se hizo pasar por hombre y fue elegida papa, se puede leer su historia en Wikipedia.

Para asegurarse que no volvía a ocurrir, pág. 183: «El clero, indignado, inventó la prueba de la silla horadada, en la que se sentaba el Papa medio tendido, con las piernas separadas y los hábitos entreabiertos para mostrar su virilidad; dos diáconos se aseguraban por la vista y el tacto, y gritaban: ¡Ya tememos Papa!».

Otra curiosidad es el trato que se le dio al Papa Formoso I después de morir en 896, Esteban VI (consagrado en 896), pág. 203: «Este Papa cruel, escandaloso y vengativo, hizo desenterrar el cadáver de Formoso, le llevó ante un concilio, le hizo sentar en la silla patriarcal revestido de sus insignias, y para mayor escarnio le dio un abogado; luego le preguntó por qué había usurpado la silla de Roma y cual si hubiera estado vivo y convicto, lanzó sobre él una terrible excomunión, le dio una bofetada, le despojó de sus hábitos, ordenó que le cortaran tres dedos de la mano derecha y luego la cabeza, y le hizo arrastrar por las calles de Roma, arrojando el cadáver al Tíber».

Después, Teodoro II (elegido en 898) mandó volver al panteón apostólico el cadáver de Formoso, el cual fue hallado por unos pescadores. Posteriormente Sergio III mando sacarle de su tumba por segunda vez, anatemizando su memoria.

Nicolás IV (elegido en 1288) también practicó ese deporte, pág. 313, «desenterró el cadáver del franciscano Juan de Beziers, y su discípulo Pedro Casidoro, y los hizo quemar por el verdugo por predicar en su contra».

Para acabar, estos temas:

La versión del autor de la motivación del primer emperador romano bautizado, Constantino I:

Pág. 54, «A poco Constantino recibió el agua del bautismo, porque ¡oh baldón! los sacerdotes paganos no querían absolverle de sus crímenes, y los cristianos le ofrecieron, gracias al oro, un completo perdón, y quizás un lugar en el cielo para mayor escarnio».

Otra actitud reflejada en el libro y que esta de total actualidad (pág. 74) es la de León I, elegido en 440, cuando dice «a Rústico, obispo de Narbona, le prohibió sentenciar a un sacerdote, diciéndole que debían ocultarse escándalos que deshonraban a la Iglesia».

Cuenta el diario El País del día 10-04-2010:

«Una carta de 1985 firmada por Ratzinger demuestra cómo el futuro Papa, en sus funciones de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el antiguo Santo Oficio), se opuso a la destitución del cura Stephen Kiesle (sentenciado a tres años de libertad condicional por abusos contra dos jóvenes.) "por el bien de la Iglesia", según aparece en el texto.»

Esto nos enlaza con el tema del inicio de casos de pederastia en la Iglesia. En el libro se recogen las confrontaciones que existieron en torno al matrimonio del clero, había básicamente dos posturas recogidas en estas dos argumentaciones:

Pág. 32, San Clemente de Alejandría decía en el S. II, sobre el matrimonio, «que era el germen de la familia, la piedra angular del edificio social, y que los sacerdotes cristianos deben ser los primeros en dar ejemplo, contrayendo santas y lícitas uniones, y protesta contra los que condenan toda unión de la carne, renegando de su propio origen y despreciando el ejemplo de los apóstoles San Pedro y San Felipe, que eran casados y tenían gran número de hijos».

Pág. 53, en el primer Concilio de Nicea celebrado en el año 325, que trato el tema, «el confesor Pafnucio, obispo de la alta Tebaida, exclamó en el concilio: Hermanos míos, no es necesario imponer tan pesado yugo a los sacerdotes; el matrimonio es honroso y el lecho nupcial no tiene manchas: una severidad tan grande sería perjudicial a la Iglesia, puesto que todos los hombres no son capaces de tan perfecta continencia».

Por el contrario, Gregorio VII elegido en 1073, pág. 257, «reunió Gregorio un concilio (1074), en el que se mostró tan inflexible con los clérigos casados que prefería, dijo, los concubinarios, los sodomitas y aun los incestos, y añadió: El matrimonio ata al clero al estado dándole una familia, y le aleja de la Iglesia, a la cual debe sacrificarlo todo».

No hace falta decir que postura venció en esa disputa y que una consecuencia de ello es la mayoría de los casos de pederastia que se dan en la actualidad.

No quiero terminar sin recomendaros leer el libro si podéis conseguir un ejemplar, puedo aseguraros que (creyentes o no) pondrá a prueba vuestra capacidad de sorpresa.

martes, 10 de abril de 2012

Anticlericalismo anarquista


A finales del siglo XIX y principios del XX en muchos países católicos estaba naciendo un enfrentamiento entre quienes defendían el papel prioritario de la religión en el Estado y quienes, por el contrario, promovían una secularización de la sociedad y una laicización de la política. Tal enfrentamiento, según el contexto político, social y cultural de cada caso, ha asumido formas relativamente pacíficas o extremadamente violentas. En este último caso, las protestas, manifestaciones y ataques asumen un carácter anticlerical e irreligioso.

En esta línea, el episodio probablemente más célebre en la historia europea del siglo XX es la Guerra Civil española y, más concretamente, las primeras semanas del conflicto en determinadas zonas (Cataluña y Aragón sobre todo). Son protagonistas los republicanos de izquierdas, los socialistas, los comunistas y los anarquistas, que no sólo combaten al ejército nacional sublevado el 18 de julio de 1936, sino que también continúan con los ideales revolucionarios proclamados en Barcelona al día siguiente del autodenominado Alzamiento.

En los primeros cuarenta días son asesinados alrededor de tres mil religiosos (entre seculares y regulares) e incendiados millares de edificios. Si se considera que en toda la guerra (finalizada oficialmente el 1 de abril de 1939) murieron poco menos de siete mil religiosos, nos daremos cuenta de que el primer periodo ha estado caracterizado sin lugar a dudas por una gigantesca violencia anticlerical. Una violencia quizá furibunda e indiscriminada.

Sus raíces están en la radicalización política, social y cultural de los años precedentes, en particular en el quinquenio revolucionario (1931-1936). El clero era visto como un elemento reaccionario, tradicionalista, fascista, filomonárquico y filogolpista por los grupos revolucionarios. Por su parte, estos grupos eran vistos por la Iglesia como una seria amenaza a su posición en el seno de la sociedad española. Según la Iglesia, la sociedad había sido hasta ese momento fiel y rigurosamente católica y confesional. En los años 30, sin discusión, gran parte de la jerarquía eclesiástica no había tenido reparos en situarse en posiciones claramente autoritarias, reaccionarias y específicamente antiproletarias.

En los periódicos catalanes, por ejemplo, se pueden encontrar centenares de artículos anticlericales o irreverentes. En particular el clero es denigrado o demonizado mientras la religión católica es acusada, según los casos, de ser un obstáculo para la modernización de la República o para la revolución. Por su parte, la prensa clerical describe a los republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas como los nuevos anticristos, como los destructores de la auténtica España que, en el fondo, posee fuertes e inamovibles raíces cristianas.

Existe, sin embargo, una excepción sin duda sorprendente por el contraste con lo que sucederá en las primeras semanas de la Guerra Civil. De hecho los protagonistas principales de la violencia anticlerical en Cataluña —los anarquistas— en los años previos a la guerra no promueven (al contrario que los comunistas y los republicanos de izquierda) un anticlericalismo dirigido al clero o a la Iglesia con llamamiento, más o menos explícitos, a la violencia.

El anticlericalismo anarquista critica directamente la religión desde un punto de vista no político sino estrictamente ético, positivista y humanista. La religión, por descontado, es vista como una superstición o como una negación de la naturaleza humana. El universo, y por ello el mundo, han sido creados no por una fuerza misteriosa sino por la naturaleza. Dios no tiene nada que ver con todo esto porque, simplemente, no puede existir. No es más que un instrumento creado por el hombre para controlar a otros hombres. La naturaleza es la progenitora de todo.

Se trata de uno de los mensajes presentes en uno de los semanarios anarquistas más difundidos en España, Tierra y Libertad. La ciencia es la clave, el único método para encontrar respuestas a los misterios de la vida: cada vez que demuestra algo o hace nuevos descubrimientos, la figura de Dios se aleja y sus partidarios, sobre todo los curas, se pierden en un mundo carente de racionalidad, en donde evitan discusiones y atribuyen maledicencias a sus enemigos.

Estrechamente ligado a estas consideraciones, un segundo tema afrontado en estos años por el semanario anarquista es el relativo a la enseñanza laica. En el verano de 1933 las Cortes aprueban la Ley de Congregaciones, que deberá excluir al clero de la educación nacional. El periódico anarquista recuerda con frecuencia cómo el clero había enseñado hasta ahora a dividir el mundo en dos partes, a vivir en el temor de pecar, en el sentimiento de culpa, en la venganza, en la represión sexual (sobre todo en lo referente a las mujeres), a preferir la Sagrada Escritura al conocimiento científico.

Camillo Berneri, en un texto dedicado a la presunta libertad de la religión católica, describe cómo «ha hecho los más grandes esfuerzos para enseñorearse de la escuela pública: para darle el marchamo de los propios principios, para conducirla hacia sus propios fines. Los concordatos de la Santa Sede referidos al tema escolar demuestran la constante tendencia a remarcar las condiciones de subordinación, tanto de la escuela pública como de la privada, a la Iglesia».

Otro gran argumento tratado en Tierra y Libertad es el referido a las relaciones de la Iglesia con el fascismo. El contexto internacional (la victoria de los nazis en 1933 en Alemania) y el nacional (la subida al poder en España de una coalición de centro-derecha con nostalgia monárquica, y la creación de la Falange un mes antes) explican el por qué a partir de 1934 Tierra y Libertad publique cada vez más artículos sobre el tema.

Berneri escribe una larga serie de análisis que van desde las relaciones entre el Vaticano y las dictaduras fascistas (del canciller austriaco Dollfuss a Mussolini, pasando por Hitler) al comportamiento reaccionario de Pío XI, explicando por qué la Iglesia ha sido dirigida hacia la defensa de los poderes fuertes y absolutos respecto a los liberales y democráticos: «De Constantino a Felipe II de España, la Iglesia ha glorificado a los peores criminales cuando han servido a su poder (…) Cuando se ha planteado la cuestión de las garantías políticas entre el poder y la libertad, cuando se ha tratado de elaborar un sistema de instituciones permanentes que mantuvieran de hecho la libertad al resguardo de las invasiones del poder. En general la Iglesia se ha puesto del lado del despotismo: el liberalismo y la democracia han sido siempre para la Iglesia regímenes a los que oponerse. La Iglesia es, por su naturaleza, teocrática. Cuando los gobiernos están dispuestos a negarle el brazo secular, exalta la monarquía absoluta, la autoridad imperial, la dictadura».

Para la Iglesia es preferible alinearse con hombres fuertes —aunque sean moralmente despreciables— antes que confiar en regímenes políticos liberales o democráticos favorables a la secularización del Estado. Y en esta línea, Pío XI define a Mussolini como «el hombre de la providencia» con ocasión del Pacto de Letrán, de la misma manera que lo fue Napoleón III en 1851 para su predecesor Pío IX. De esta forma se explica el apoyo favorable a los hombres más representativos de la derecha española (Gil-Robles, Calvo Sotelo y los herederos del trono español).

Una Iglesia autoritaria, reaccionaria, fascista. Una Iglesia que colabora con la política colonial mussoliniana en Etiopía. Como ejemplo, en una viñeta podemos ver dos curas gordos con máscara de gas leyendo la Biblia; hojeando las páginas del libro sagrado, comentan: «En la Biblia no hay escrito No asfixiarás». Se trata de la referencia a una práctica ya utilizada por los italianos en Libia. Combatieron a los rebeldes con el apoyo de armas químicas como el gas (específicamente el gas mostaza o iperita) arrojado sobre los poblados. Otra viñeta nos muestra a Pío XI con una lengua de Menelik en la boca y a sus pies decenas de cuerpos sin vida. El comentario está dedicado por entero al aparente pacifismo de la Iglesia, tal como lo enseñó Jesús: «El Cristo redentor, el Cristo de "Amaos los unos a los otros", es utilizado por la Iglesia para santificar la guerra. La Iglesia en todos los países toma postura a favor del Estado nacional e incita a la muchedumbre de creyentes sin voluntad a la matanza colectiva. Pero la Iglesia, a su vez, está movida por los grandes capitales que permiten la organización de la guerra».

¿Cómo se explica esta actitud de la prensa anarquista frente a la religión? ¿Cómo, a diferencia de otros periódicos políticos, no encontramos en ningún caso incitación a la violencia, ni contra personas ni contra edificios? La respuesta estriba en el hecho de que el anarquismo, a diferencia de los otros partidos o movimientos anticlericales, no pone en evidencia simplemente la inmoralidad del clero y no ve a la Iglesia sólo como un obstáculo para los propios objetivos políticos, sino que propone otra moral, otra ética.

De hecho, en España, la misma doctrina anarquista presenta, según varios estudiosos, semejanzas con algunas doctrinas cristianas de la Edad Media. Así, los primeros teóricos y militantes del anarquismo como el propio Bakunin (en Italia y en Suiza), Kropotkin (en Rusia) y el ingeniero italiano Giuseppe Fanelli (enviado por Bakunin a España) se parecían a los religiosos esparcidos para la difusión de la «buena nueva». Trasladándose de ciudad en ciudad, pidiendo hospitalidad a los «hermanos obreros», eran llamados «apóstoles de la Idea» y su objetivo primordial era reunir a los trabajadores y educarlos en la lucha contra los patronos. En algunos casos, en la propaganda libertaria se utiliza incluso el modelo cristiano como método de referencia: un buen ejemplo es El Evangelio del Obrero, de Nicolás Alonso Marselau (uno de los primeros seguidores de Bakunin desde los congresos de los años 60), publicado en 1889. El texto recorre las parábolas del Evangelio en clave contemporánea, donde el obrero recuerda muy de cerca a Jesucristo.

En el congreso fundacional de la Confederación Nacional del Trabajo (1910) se declara que «la emancipación material (…) sólo puede llegar como resultado de la emancipación moral». No se trata de la mera afiliación a un sindicato, sino de una «conversión» a una vida en la que los principios morales e ideológicos prevalezcan sobre el resto. No es raro por ello encontrar en este periodo (y en los siguientes) campesinos y obreros «conscientes»: algunos no sólo empiezan a informarse constantemente con la lectura de diarios y semanarios, sino que también leen las obras publicadas por la Escuela Moderna de Ferrer; otros acaban con los vicios que parecen burgueses, como el tabaco, el alcohol, los juegos de azar y la asistencia a burdeles. Se oponen a las peleas de gallos y a las corridas de toros, demuestran una sensibilidad fuera de lo común por la ecología y a menudo adoptan estilos de vida cercanos al naturismo, incluso al vegetarianismo. El matrimonio y el bautismo son prácticas a evitar, pero la monogamia y la fidelidad a la propia compañera o compañero no se pone en discusión: se cree en el amor libre pero no en el libertinaje. Muchos de ellos se convierten en moralistas intransigentes, para quienes toda acción es buena o mala y no se admiten caminos intermedios.

El anarquismo se basa en un profundo racionalismo, en un fuerte principio como el de los más acérrimos partidarios del mensaje bíblico. A través de dos décadas se construyó una especie de «religión política» que apuntaba no sólo a una nueva forma de organización política sino también a llenar el espacio ya ocupado por la religión reinante.

Todo esto, naturalmente, no es suficiente para explicar la violencia anticlerical en la Guerra Civil que, por otra parte, no tiene como únicos protagonistas a los militantes anarquistas. Queda una de las razones principales; muchos, erróneamente, encuentran una justificación a la violencia anticlerical por el claro llamamiento del golpe nacional a la defensa de la religión católica. Pero el famoso término de Cruzada, enunciado por el cardenal de Toledo, Isidro Gomá, se difunde tras unas semanas de guerra, mientras que la violencia contra el clero comienza inmediatamente (en Barcelona, por ejemplo, el mismo 19 de julio). El conflicto se había iniciado antes, cuando el anarquismo empieza a difundirse cada vez más en la sociedad española y, a la vez, la Iglesia busca salvar su propia «supremacía» cultural y civil cerrándose en posiciones cada vez menos tolerantes. Esto se ve también en la estrecha colaboración entre el clero y el ejército franquista. Las masacres de civiles sospechosos en muchos pueblos eran guiadas por las informaciones proporcionadas por los párrocos. Las barbaridades de la guerra representan la explosión de un conflicto ya larvado en el seno de la sociedad española.

viernes, 6 de abril de 2012

El ímpetu anticlerical

Y sigo cuestionando y criticando a Félix Rodrigo Mora, y a sus serviles acólitos, esta vez con el tema del anticlericalismo. Nos da a entender que el anticlericalismo es de origen burgués, y que fue impuesto al pueblo, a las clases trabajadoras, para mejor dominarlas y explotarlas dentro del capitalismo. Como si el anticlericalismo surgiese en el siglo XIX, o, poco antes, con los ilustrados del XVIII. Seguro que nunca habrá oído hablar de la Reforma protestante, que además de antipapista, era anticlerical. O de El libro del buen amor del Arcipreste de Hita, del siglo XIV, o El Lazarillo de Tormes, del siglo XVI, donde también hay críticas al clero católico y sus excesos. El historiador, y también sacerdote, Juan María Laboa, en un número para Cuadernos Historia 16, el 220, titulado «La Iglesia y la II República» nos cuenta que el anticlericalismo español tenía dos variantes, una la elitista (a la que se refiere Rodrigo Mora) y otra más popular, que poco tiene que ver con la anterior, del que os pongo unos extractos:

En efecto, desde comienzos del siglo XIX pasado el sentimiento anticlerical fue extendiéndose e impregnando las diversas capas de nuestra sociedad. Este anticlericalismo fue nutriéndose de diversas fuentes, y ha ido manifestándose con virulencia, de palabra y obra, hasta nuestros días, pero sobre todo hasta el final de la Guerra Civil.

A partir del Diccionario crítico-burlesco, editado durante las Cortes de Cádiz, la vena literaria y política anticlerical no ha dejado de exteriorizarse en España. La represión de Fernando VII alimentó su radicalización, el Trienio Constitucional le ofreció amplio cauce, las diversas vicisitudes políticas decimonónicas ayudaron a mantenerla o aumentarla, la Revolución de 1868 constituyó un escaparate nacional de su variedad y de su fuerza, y a lo largo de la Restauración el Partido Liberal se alimentó en gran parte de una política anticlerical, a menudo más de palabra que de hechos, pero siempre eficaz. El número de periódicos y revistas caracterizados por su talante rabiosamente anticlerical era abundante y su influjo fue importante y duradero. La capacidad de la gente de creer cualquier clase de bulos anticlericales, por inverosímiles que fuesen, resultó sorprendente. En 1834 se propaló la especie de que los frailes habían envenenado las fuentes, y cien años más tarde se habló de caramelos envenenados por religiosas. En 1936 en ambientes de la izquierda se dijo y se creyó que los conventos de religiosos y las torres de las iglesias encerraban armas, generosamente utilizadas por los frailes y curas contra los obreros y republicanos en general.

Existía, ciertamente, un rechazo intelectual. Es verdad que en todos los países católicos, la herencia de la Ilustración iba acompañada de una oposición frontal entre la Iglesia y una parte de la nueva cultura que se presentaba agresiva, renovadora y creativa, pero en la mayoría de estos países el catolicismo ofrecía a su vez una amplia gama de manifestaciones, desde las más conservadoras hasta las llamadas católico-liberales, es decir, más abiertas y dialogantes. En España, por el contrario, el talante cultural católico se ha manifestado el siglo previo a la República monolíticamente conservador y cerrado, sin ninguna posibilidad de diálogo con las corrientes más liberales.

La Generación del 98 inculpó al catolicismo de la decadencia española. Laín Entralgo habla de la común e individual disidencia del catolicismo ortodoxo de todos ellos [1]. La Institución Libre de Enseñanza, por su parte, que consiguió, en alguna medida, despertar de su modorra a una cultura demasiado convencional y conformista chocó desde el primer momento con la Iglesia. Se ha escrito que en cierto sentido, el Krausismo representa la verdadera incorporación de los presupuestos ideológicos de la Ilustración en nuestro panorama cultural y social [2], y se conoce suficientemente el talante y la postura que la Institución tenía ante la Iglesia católica española. Los institucionistas Azaña, Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos, Álvaro de Albornoz y tantos otros buscaban y querían una república laica y racional, moderada, culta y feliz, en la cual la Iglesia de puro redimensionada quedaba absolutamente marginada.


Para Azaña la España católica ya no existía: la Iglesia ya no era motor e impulsor de la nación: su influjo era retardatario, un freno para el progreso, que no admitía el empuje liberal que arrastraba España desde el siglo XIX, ni admitía disidencias en el pensamiento ni pulcritud moral fuera de sus fronteras… Mi anticlericalismo, recalca, no es odio teológico, es una actitud de la razón. Con él estarían de acuerdo buena parte de los intelectuales del momento, quienes consideraban que el catolicismo era el principal responsable del escaso desarrollo político, económico, científico e intelectual del país. La Iglesia, para ellos, significaba inmovilismo.

Para los anarquistas, la religión tradicional constituía una barrera tan importante como el capitalismo, en su marcha hacia una nueva moral y una nueva cultura. Hicieron, pues, del anticlericalismo el frontispicio indispensable de la revolución, mientras que los socialistas lo veían como un factor concomitante natural, que no exigía tanta atención.

En los textos anarquistas no sólo aparece la Iglesia formando con el Estado y el Capital la maligna trilogía de dominadores, sino que, alguna vez, adquiere la importancia que se la describe como la verdadera clave de toda dominación. Puede asegurarse, teniendo en cuenta la poderosa influencia que siempre ha ejercido la gente negra, que la causa principal de toda guerra es una maniobra clerical [3].

Los anarquistas integraba la propaganda antirreligiosa en el primer plano de su activismo político: a Dios hay que matarlo en la imaginación, escribía M. Lores [4]. Los best-sellers del anarquismo español fueron los escritos en los que se atacaba a la religión, superando las Doce pruebas de la inexistencia de Dios, de Sebastián Faure, todos los récords en cuanto a cifras de tirada: la edición de 1917 alcanzó 600.000 ejemplares.

El anticlericalismo anarquista tuvo un carácter obsesivo y virulento. Gerald Brenan llega a decir que el anarquismo era la Reforma protestante española, Álvarez Junco que en esa función moral, en esa, si se nos permite la expresión, «competición por la clientela», residía el secreto de la implacable pugna anticlerical del anarquismo [5].

Otro tanto debemos afirmar de cuanto los socialistas pensaban y defendían a propósito de la Iglesia. El anticlericalismo primitivo de Prieto, el talante revolucionario de Largo Caballero y de otros exponentes destacados no proclamaban, ciertamente, la aniquilación del catolicismo, pero expresaban con claridad su rechazo de cuanto tuviere algo que ver con la Iglesia. Por otra parte, no cabe duda, de que el anticlericalismo constituía un ingrediente decisivo de la mayoría de los partidos republicanos [6]. La intensificación de la política anticlerical de los socialistas fue en gran medida consecuencia, según Payne, de la dictadura, que parecía demostrar que el papel de la Iglesia en el sistema capitalista era mayor que el que los marxistas españoles le habían atribuido. Siguió asimismo la expansión del Partido Socialista y de los sindicatos afectos a él en organizaciones mucho más amplias, en las que entraron partidarios más heterogéneos y también analfabetos, entre los cuales el anticlericalismo radical era popular. Agréguese a esto la reanudación de la propaganda anticlerical después de 1930, que por sí sola explica en parte el creciente odio [7]. Pocas semanas después de la victoria del Frente Popular declaraba Álvarez Vayo, quien llegaría a ser ministro de Estado durante la guerra, que durante las primeras semanas el Gobierno ha procedido con lentitud, por lo que ha sido necesario quemar «La Nación» y alguna iglesia de Madrid para acelerar el ritmo hacia el cumplimiento del pacto electoral.


En realidad, muchos españoles estaban de acuerdo con Unamuno cuando escribía que para el pueblo español ser católico se reduce a ser bautizado, a casarse por la Iglesia y ser enterrado religiosamente (…). Este pueblo no profesa ya la fe católica (…) practican no en virtud de sentimiento religioso, sino de resentimientos políticos (…). Para ellos, la religión no es algo para consolar al pueblo (…) sino aquello que dicen ser un freno para contener las masas, un método para conservar el orden de sus negocios [8].

Obviamente, en esta época y en algunos ambientes, el anticlericalismo estaba relacionado con un desconocimiento de la doctrina y con una falta de práctica sorprendente y escandalosa en un país que se consideraba católico en su inmensa mayoría. En uno de los escasos, si no único, libro dedicado a lo que podría ser considerado sociología religiosa, el P. Peiró refiere que en Madrid, en la parroquia de San Ramón de Vallecas, de 80.000 almas, el 7 por 100 cumple con el precepto de oír misa (en este porcentaje se cuentan 3.000 niños); el 6 por 100 cumple con Pascua; el 10 por 100 muere sin sacramentos; el 25 por 100 no se bautiza; el 40 por 100 de los que se casan no saben el Padrenuestro y el 90 por 100 de los niños que asisten a las escuelas parroquiales, pasada la edad escolar, ni confiesan ni van a misa. Evidentemente, ésta no era la media española, pero no deja de ser significativo [9], sobre todo porque estos números y porcentajes podían repetirse en otras ciudades y en otras regiones.

Para Peiró, la clase trabajadora había apostatado de la religión. Las otras clases, por influencia del ambiente, por atavismo, por interés, se conservaban fieles a la religión. Es decir, de alguna manera, según esta interpretación, la religión se habría convertido en cuestión de clases. Y, así, los obreros consideraban que pertenecía a las clases burguesas, odiándola con el mismo sentimiento que tenían hacia esas clases reputadas como enemigas.

La virulencia mortal del anticlericalismo español se derivaba, pues, de su dimensión dual: el anticlericalismo cultural y político de los republicanos o de izquierdas, pertenecientes en su mayoría a la clase media, y el total anticlericalismo de los movimientos revolucionarios de masas.

Juan María Laboa
(Sacerdote e Historiador. Universidad de Comillas)

NOTAS:

[1] P. Laín Entralgo, España como problema, Madrid, 1962, p. 424.
[2] José L. Abellán, Historia crítica del pensamiento español, vol. I, Madrid, 1984, p. 436.
[3] José Álvarez Junco, La ideología política del anarquismo español, 1868-1910, Madrid, 1976, p. 211.
[4] M. Lores, Creencia y Ciencia, La Coruña, 1905, p. 13.
[5] José Álvarez Junco, op. cit. p. 214. Las siguientes líneas de su revista El Chornaler sintetizan todo lo que el clericalismo representa para la mente libertaria: ¡Guerra al fanatismo! ¡Guerra a la farsa! ¡Guerra a las mentiras! ¡Guerra al pillaje y a la ignorancia! (…) ¡Guerra a ese ejército infame y superfluo que es la discordia del género humano y el origen de todos los males! ¡Guerra a los embusteros que dicen «el quinto, no matar», y han asesinado a sus hermanos indefensos! ¡Guerra a la barbarie! ¡Guerra a los enemigos del progreso, de la luz y de la Ilustración! ¡Guerra a la burguesía de sotana! (El Chornaler, nº 20).
[6] E. Malefakis, Reforma agraria y revolución campesina en al España del siglo XX, Barcelona, 1972.
[7] Stanley G. Payne, El catolicismo español, Barcelona, 1984, pp. 192-193.
[8] A. Jutglar, Ideologías y clases en la España contemporánea, II (1874-1931), Madrid, 1969, p. 158.
[9] P. Peiró, El problema religioso-social de España, Madrid, 1935.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Regreso de la conferencia

Por Pierre-Joseph Proudhon

Gustave Courbet, el artista de las violentas paradojas, acaba de realizar una obra cuyo escándalo habría borrado todos aquellos de los que se ha hecho culpable desde hace quince años, si el gobierno no se hubiese preocupado de poner orden en el asunto excluyendo pura y simplemente de la exposición (1863) esta pintura temeraria. Por disposición superior, el Regreso de la conferencia no ha figurado en el Palacio de la Industria ni entre los admitidos, ni entre los excluidos. Con este motivo, los adversarios del autor no han perdido la ocasión de manifestar que esta pequeña persecución era precisamente lo que él buscaba. «Courbet, dicen, utiliza su último truco. Después de haber irritado al público con sus rebuscadas fealdades, ha recurrido ahora a la inconveniencia de los temas. A fuerza de cinismo, no podía dejar de encontrar atractivo un golpe de Estado: único medio que le quedaba para que se siguiese hablando de él. Ahora, que los extranjeros entre los que va a difundir su obra maestra le testimonian en florines, guineas y dólares su indiscreta curiosidad, es todo lo que pide. Que sepan únicamente que este pretendido maestro pintor, fundador equivoco de una escuela sin discípulos que jamás ha sabido formular su principio, ese injuriador del arte, está juzgado; ya no tiene nada que enseñar a los papanatas; ya no le quedan más sorpresas ni más charlatanismo…». Y el público —que no entiende nada de estas querellas de artistas—, mediocre aficionado a la pintura, pero muy engolosinado con el escándalo, abre los ojos de par en par.

Imagínense, en un ancho camino, al pie de un roble bendito, frente a una santa imagen, bajo la mirada sardónica del moderno campesino, una escena de borrachos todos ellos pertenecientes a la clase más respetable de la sociedad, al sacerdocio: el sacrilegio uniéndose a la embriaguez, la blasfemia cayendo en el sacrilegio; los siete pecados capitales, la hipocresía a la cabeza, desfilando con hábito eclesiástico; un vaho libidinoso circulando a través de los grupos; finalmente, mediante un último y vigoroso contraste, toda esta pequeña orgía de la vida clerical se desarrolla en medio de un paisaje a la vez encantador y grandioso, como si el hombre, en su más elevada dignidad, sólo existiese para manchar con su indeleble corrupción a la inocente naturaleza: he aquí, en pocas líneas, lo que se ha atrevido a representar Courbet. ¡Y si solamente se hubiese contentado, para desahogar su inspiración, con algunos pies cuadrados de lienzo! Pero no; ha construido un inmenso artilugio, una vasta composición, como si se hubiese tratado de Cristo en el Calvario, de Alejandro Magno entrando en Babilonia, o del Juramento del Juego de la Pelota.

De esta forma, cuando este chiste pictórico apareció ante el jurado, se produjo un clamor justiciero; la autoridad decidió su exclusión. Pero Courbet recrimina: más que nunca, acusa a sus colegas, en masa, de desconocer el pensamiento íntimo y la elevada misión del arte, de depravarlo, de prostituirlo con su idealismo; y es preciso confesar que la decadencia señalada hoy por todos los aficionados y críticos da al proscrito al menos una apariencia de razón. ¿Quién está equivocado, el pretendido realista Courbet, o sus detractores, campeones del ideal? ¿Quién juzgará este proceso, en el que el propio arte, con todo lo que constituye y con todo lo que de él depende, está puesto sobre el tapete?

Sobre el principio del arte y su destino social (1865).