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jueves, 11 de mayo de 2017

Berneri y la revolución en España


Por CLAUDIO STRAMBI

El 19 de julio de hace ochenta y un años, los obreros y los campesinos españoles, con las armas en la mano, y después de haber salvado la República del golpe militar franquista, se lanzaron decididos a la realización de un mundo nuevo sin explotadores ni explotados. En Cataluña, Aragón y Levante, orientados por las organizaciones anarquistas, se apoderaron de los medios de producción y distribución, tejiendo la urdimbre de una posible sociedad comunista libertaria.

Los trabajadores, organizados en milicias populares por los sindicatos CNT (libertario) y UGT (socialista), combatieron contra un ejército mucho mejor armado y apoyado por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. Ninguna ayuda llegó a las fuerzas progresistas por parte de las democracias francesa o británica, mientras la Rusia de Stalin enviaba ayuda con cuentagotas, retardada, haciéndola pagar a precio de oro, y solo a las fuerzas que defendían la propiedad capitalista y la democracia burguesa. El sueño de una sociedad liberada fue triturado entre las garras de acero de la guerra.

Muy pronto llegaron los compromisos: para conseguir las armas que faltaban, las organizaciones libertarias se vieron empujadas a entrar en el gobierno regional de Cataluña primero, y después en el nacional español. La partida resultó cada vez más complicada, las organizaciones libertarias parecían haber olvidado su razón de ser, mientras que la arrogancia totalitaria de los «consejeros» soviéticos se imponía cada vez más. Mucho antes que por el fascismo, el 'corto verano de la anarquía' fue suprimido por la coalición democrático-estalinista que tuvo en el PSUC (el partido comunista catalán) su Noske español (1).

Durante las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, cuando las fuerzas de la contrarrevolución estalinista desataron el ataque a la revolución libertaria, se entabló en las barricadas la batalla decisiva: CNT, FAI y POUM (comunistas de izquierda) por un lado, y estalinistas, republicanos y catalanistas por otro. Los segundos vencieron por el amplio apoyo de la URSS, pero también por las incertidumbres y los evidentes límites políticos del movimiento libertario español. Así, en la noche del 5 al 6 de mayo, Camillo Berneri y su amigo Francesco Barbieri fueron asesinados a sangre fría por sicarios estalinistas, añadiéndose así a las quinientas víctimas de esas jornadas.

La Revolución española representó un punto y aparte en la historia mundial: una vez derrotada la guerra social en España, el nazi-fascismo desencadenó la Segunda Guerra Mundial, mientras que para el anarquismo internacional nada fue como antes tras esa derrota: solo con el Mayo del 68 primero y, después, con los recientes movimientos internacionales, la hipótesis libertaria ha recomenzado una nueva andadura.

La figura de Berneri en este contexto es decisiva y, al mismo tiempo, simbólica: decisiva por el papel crítico que representa en esos tormentosos y dramáticos sucesos españoles; simbólica porque la supresión física de su límpida inteligencia ha coincidido con el declive temporal de una historia larga y gloriosa.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la figura de Berneri en general y su específico pensamiento y acción en España fueron remodelados en función de una neo-ortodoxia libertaria carente de horizontes políticos. La personalidad de Berneri fue cicateramente manipulada trazando líneas rectas donde en realidad había curvas y contracurvas, contradicciones relevantes y no pocos puntos controvertidos.

Tras la caída del Muro de Berlín, cuando el anarquismo llamó otra vez la atención del gran público, también la figura de Berneri saltó a un primer plano y fue objeto de un renovado interés historiográfico. Con los años se ha ido afirmando un variado sustrato intelectual, que ha intentado de alguna forma redibujar la figura de Berneri, conduciéndolo poco a poco desde su militancia anarquista revolucionaria hasta los límites de un hombre «fuera de lugar», de un «intelectual fronterizo», de una inteligencia atormentada que se agitaba entre un anarquismo liberal, un liberal-socialismo y algo indefinido, tendenciosamente fuera de una rígida lógica de pertenencia, o en busca de un partido que nunca ha llegado a nacer.

No cabe la menor duda de que el recorrido intelectual de Camillo Berneri ha sido muy rico, fascinante, contradictorio, retorcido y controvertido: fue un hombre que llegó a sufrir las sugerencias del marxista Angelo y del reformista Prampolini, de los clásicos Malatesta y Kropotkin, pero también de Salvemini, Gobetti, De Viti de Marco, de toda la escuela liberal italiana (de la que procede su discutible convergencia hasta cierto punto teorizada entre colectivismo y liberalismo).

Un hombre, el «nuestro», en el que encontramos al mejor Bakunin, al mejor Marx y, a contraluz, a Gramsci; pero en el que encontramos también al Proudhon más arcaico, de donde deriva, en parte, la horrenda postura berneriana sobre la cuestión femenina. Por otro lado, posee la considerable fuerza «risorgimentale» de Mazzini, de Cattaneo, de Ferrari y, si continuamos, encontraremos el sólido anarquismo septentrional de Rudolf Rocker, el marxismo antideterminista del sindicalista revolucionario Enrico Leone. Si seguimos profundizando, encontramos su pasión por la democracia radical de los revolucionarios franceses de 1789 y por la tolerancia liberal de Voltaire. Encontramos también una viva simpatía política por el consejismo obrero y por Rosa Luxemburgo (2), pero también el más absoluto rechazo al determinismo marxista del que estaba empapada la comunista germano-polaca. En filosofía, encontramos sin duda a Kant, al matemático-filósofo convencionalista Poincaré e incluso a Einstein y al excura Ardigò. Por no hablar de cierta simpatías evangélicas ¡y muchas más!

De todo esto, sin embargo, este intelectual genial y controvertido, ecléctico y problemático, entusiasmante y censurable, concreto y soñador, fue esencialmente y sobre todo un militante anarquista de primera línea. Alguien que cuando pensaba que era necesario atentar contra la vida de los hombres del fascismo no ejercía de intelectual, lo intentaba él directamente, eso sí, con resultados nada brillantes (3). Berneri fue el anarquista más expulsado de Europa, no porque fuera un intelectual, sino porque era un organizador incansable, preparado para el sacrificio extremo.

Berneri consiguió el dificilísimo logro de interrelacionar el disperso anarquismo italiano del exilio y reunirlo en el importantísimo convenio de Sartrouville en octubre de 1935. También él dirigió a los anarquistas hacia una ponderada alianza con Giustizia e Libertà, hasta la formación, en agosto de 1936, de la Primera Columna Italiana de combatientes antifascistas en España.

Era sordo y enfermizo, pero quiso combatir en el frente de Aragón, participando con valor en la gloriosa batalla de Monte Pelado. Hasta que sus compañeros, amorosamente, lo «echaron» enviándolo a Barcelona, donde sería más útil con su obra de dirección política. Él fue quien denunció, sin temor a la muerte, los crímenes de Stalin que se estaban cometiendo en ese momento: se asesinaba a los mismos jerarcas bolcheviques que a su vez tenían las manos manchadas con la sangre de otros revolucionarios. Y fue él quien defendió, sin peros, al pequeño partido comunista de izquierda (POUM) de los acerados ataques moscovitas, reivindicando la alianza de los anarquistas con ese partido.

En este punto, casi un siglo después, sobre lo que habría hecho Berneri si no hubiera sido asesinado en España, se puede decir o dejar entender cuanto queramos, ya que los muertos no resucitan y el tiempo no vuelve atrás. Pero, como no se puede preguntar a la vida más que a la muerte, es evidente que la aventura española quedará para siempre como la última película sobre la vida de Camillo Berneri, una película en la que se concentran no pocas ambigüedades y descuidos.


En la estela de la oleada cultural que siguió a la caída del régimen «feudal-comunista» del Este europeo, a muchos gusta contar a Berneri entre las víctimas del comunismo. En efecto, los hechos lo confirman: materialmente lo asesinaron hombres que se declaraban comunistas a las órdenes de un partido que se consideraba comunista. Pero, por otra parte, él en España no fue adversario del comunismo, si por comunismo se entiende un sistema igualitario de reorganización de la vida económica y social. La realidad es exactamente lo contrario.

Los estalinistas en España, es decir, los asesinos de Berneri, estaban aliados con los republicanos y con los catalanistas, y eran violentamente contrarios a la colectivización de fábricas, tierras y servicios. Así, cuando tras los sucesos de mayo del 37 se impusieron a los anarquistas y al POUM, rápidamente se apresuraron a restituir a los antiguos propietarios muchas de las tierras aragonesas que habían sido expropiadas y colectivizadas por los campesinos. Berneri, como los demás anarquistas, era partidario decidido de la colectivización de fábricas, tierras y servicios.

No obstante, es cierto que él era un táctico y recomendaba cautela hacia la pequeña propiedad, en relación siempre con las exigencias de la guerra, de las que no se podía prescindir.

Pero la hoja de ruta que proponía era inequívoca. «Para nosotros, la lucha está entablada entre el fascismo y el comunismo libertario», dice en una entrevista. Y en un artículo publicado en Guerra di Classe denunciaba: «El Comité Ejecutivo del Partido Comunista de España ha declarado recientemente que en la lucha actual está por la defensa de la democracia y la salvaguardia de la propiedad privada. Se nota en el aire hedor a Noske». No pasaron ni cinco meses desde ese momento para que los Noske españoles entraran en acción e hicieran de Camillo Berneri el Rosa Luxemburgo de la Revolución española.

Pero para quien tenga dudas sobre cómo Berneri prefiguró el progreso social de España, reproducimos un fragmento de su artículo «La masacre de los intelectuales»: «En un país en el que el analfabetismo representa el sesenta por ciento del proletariado rural, solo el socialismo puede fundar escuelas en los pueblos (…). En un país en el que la industrialización está dando los primeros pasos, la cultura técnica no se puede desarrollar rápidamente más que con una condición: que toda la vida económica adquiera un ritmo acelerado, amplias miras, una modernización de los planes y de las unidades de desarrollo, condiciones estas que solo una economía colectivista puede lograr». ¡Qué extraño liberal!

Estrechamente ligada a la cuestión del comunismo está la del humanismo y el análisis de clase en el anarquismo. Desde hace décadas, hay quien intenta describir a Berneri como alguien que habría intentado extrapolar el anarquismo del recinto del movimiento obrero y socialista, hacia un terreno aclasista, interclasista y abstractamente universalista. Sobre esta vía, la componente neo-berneriana «de derechas» está constreñida a enfrentarse súbitamente con una cuestión conceptual: Berneri en España, es decir, en el último capítulo de su vida, dirige un periódico que se llamaba precisamente Guerra di Classe. Alguno, sin despeinarse, ha llegado a escribir que este es un hecho irrelevante, puramente formal, porque Berneri siempre se orientaba en sus ideas hacia otra dirección. Leamos el editorial que redactó para el primer número de Guerra di Classe en Barcelona, el 9 de octubre de 1936: «Guerra di Classe es un título de actualidad desde hace milenios, y lo seguirá siendo por muchos siglos todavía. Es una guerra de clases en la que estamos inmersos, y en ella 'vivimos' y la reconocemos y afirmamos como tal. Guerra civil y revolución social no son en España sino los dos aspectos de una realidad única: un país en marcha hacia un nuevo orden político y económico, sin dictadura y contra el espíritu dictatorial, constituirá la premisa y las condiciones de desarrollo del colectivismo libertario» (4).

Berneri no contrapone nunca la dimensión humanista a la clasista del anarquismo; al contrario, da a cada una el lugar que le corresponde. En una polémica con los bordiguistas, Berneri escribe que «el anarquismo es clasista por contingencia histórica y humanista por esencia filosófica». En una de sus obras clásicas escribe después: «El revolucionario humanista es consciente de la función evolutiva del proletariado, está con el proletariado porque es una clase oprimida, explotada, desposeída, pero no cae en la ingenuidad populista de atribuir al proletariado todas las virtudes y a la burguesía todos los vicios, e incluye a la misma burguesía en su sueño de emancipación humana. Piotr Kropotkin decía: "Trabajando para abolir la división entre amos y esclavos, trabajamos por la felicidad de unos y otros, por la felicidad de la humanidad (…) el anarquismo se ha afirmado neta y constantemente en todas partes como corriente socialista y como movimiento proletario. Pero el humanismo se ha afirmado en el anarquismo como preocupación individualista de garantizar el desarrollo de la personalidad y como comprensión, en el anhelo de emancipación social de todas las clases, de todas las categorías, es decir, de toda la humanidad. Todos los hombres necesitan ser redimidos por otros y por sí mismos. El proletariado ha sido, es y será más que nunca el factor histórico de esta emancipación universal"».

Por mucho que la prosa berneriana sea agradabilísima de leer, estamos prácticamente «descubriendo el agua caliente» del anarquismo: distinción y conexión entre aspiración ética y necesidad histórica. Evidentemente, el «agua caliente» ya estaba descubierta y para muchos todavía es un concepto difícil de comprender. Cuando se intenta diseñar un Berneri que gira hacia la dimensión universalista del anarquismo, habría que recordar que si hay un punto firme en la personalidad de Berneri, es precisamente estar imbuido constantemente de un anarquismo que sea «un gran factor de historia».

Pero en lo relativo al Berneri español, hay otro aspecto político extremadamente significativo que, no por casualidad, se tiende a olvidar. Nos referimos a la indicación de Berneri sobre la ampliación del conflicto español hacia el mundo árabe de las colonias francesas, inglesas y españolas. Con esas indicaciones apuntaba explícitamente a aflojar el dogal opresivo que fascismos, democracias y estalinismo apretaban al cuello de la revolución española. Berneri era muy consciente de que el triunfo de la revolución, de ser posible, se produciría gracias a la victoria en el plano internacional; pero, por otro lado, tenía poca confianza en la capacidad insurreccional del proletariado francés, sobre el que algunos cifraban sus esperanzas. Entonces, ¿qué hacer?

Ya el 24 de octubre de 1936 escribía: «La base de operaciones del ejército fascista es Marruecos. Es preciso intensificar la propaganda a favor de la autonomía marroquí, sobre todo en el sector de influencia panislámica. Es necesario imponer al Gobierno de Madrid declaraciones de su voluntad de abandonar Marruecos, así como proteger la autonomía marroquí. Francia ve con preocupación la posibilidad de repercusiones insurreccionales en África septentrional y en Siria, e Inglaterra ve reforzada la agitación autonómica egipcia y de los árabes de Palestina. Hay que aprovechar tales preocupaciones, con una política que amenace con desencadenar la revuelta del mundo islámico. Para tal política es necesario invertir dinero y urge enviar emisarios, agitadores y organizadores a todos los centros de la emigración árabe». Estas cosas continuó diciéndolas hasta el día en que fue asesinado.

Sí, de alguna manera se puede decir que Berneri había intuido, con mucha anticipación, el emerger de la cuestión árabe, y en particular de una cuestión palestina. Ese mismo intelectual anarquista que escribió bellísimas páginas contra el antisemitismo en «El judío antisemita» fue el mismo que, en un pionero y olvidado artículo de noviembre de 1929, «La Palestina ensangrentada», escribe sin ambages: «¿De parte de quién está la razón? De la parte de los árabes». El artículo comenta los gravísimos y sanguinarios enfrentamientos que se estaban produciendo en aquel momento entre los colonos judíos y la población palestina. Berneri denuncia los efectos desastrosos de la famosa Declaración de Balfour para una patria judía en Palestina (5) y la colonización financiada por el capital inglés, desarrollada tras la partición de Oriente Medio llevada a cabo por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial. Esta colonización hebrea de Palestina, financiada por el capitalismo británico, se había superpuesto e incluso había sustituido a la inocua emigración de prófugos judíos en Palestina que pacíficamente se dio durante décadas, sin dar lugar al más mínimo conflicto.

Por lo demás, Berneri desde 1921 había tenido una atención particular por las luchas anticoloniales, y había estudiado sus posibles conexiones con las luchas revolucionarias del proletariado. Por ello no fue casualidad que en España identificara enseguida en las agitaciones del mundo árabe una de las palancas sobre las que se podría apoyar la revolución española.

Más que «intelectual fronterizo», Camillo Berneri fue sobre todo un combatiente revolucionario. Fue un hombre atormentado y contradictorio, pero que sabía siempre dónde estaba su lugar en la batalla. Fue un blasfemo, un hereje de la anarquía y a veces fue incluso sabihondo, presuntuoso y antipático. Pero fue un hombre que, cuando el destino lo llamó, supo usar tanto «la pluma» como «la pistola» para defender la España revolucionaria, el comunismo libertario, el futuro de anarquía. Lo conmemoraremos en Florencia, en Via Volta 13, donde vivió en su juventud.

Nº 346 – mayo 2017


NOTAS:
 (1) Gustav Noske (1868-1946). Tras haber formado parte del movimiento sindical, se inscribe en el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y en 1906 es elegido diputado para el Parlamento. Después de la revolución democrática-socialista de noviembre de 1918, con la que termina la Primera Guerra Mundial, Noske se convierte en ministro de Defensa del gobierno socialdemócrata y no se contiene a la hora de alabar la acción de los grupos paramilitares ultranacionalistas (en particular los Freikorps) para frenar la difusión de las tendencias revolucionarias y consejistas de la República de Weimar. Noske será el responsable directo de la sangrienta represión de los sucesos espartaquistas de enero de 1919 y del salvaje asesinato de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Gustav Landauer y tantos otros.
 (2) Véase el artículo de Berneri, «El sovietismo en la Revolución alemana», publicado en Tiempos Nuevos de Barcelona, septiembre de 1934.
 (3) En 1929, Berneri atravesó la frontera entre Francia y Bélgica con la intención de ir a Bruselas, a la Sociedad de Naciones, y atentar contra Alfredo Rocco, ministro fascista, impulsor del famoso código que lleva su nombre, todavía en vigor. En realidad, apenas pasada la frontera fue detenido por la traición de un infiltrado llamado Menapace.
 (4) Se puede leer el editorial completo en castellano en el libro Guerra de clases en España, 1936-1937 (Barcelona 1977) junto a una amplia selección de escritos de Berneri.
 (5) Inglaterra ocupa Palestina en 1917 e impone su protectorado. Con la Declaración de Balfour, ministro británico de Asuntos Exteriores, Inglaterra comienza a apoyar y a financiar la colonización sionista, que se venía produciendo desde los años ochenta del siglo XIX. Emigración espontánea y pacífica de millares de judíos desesperados que huían de los pogromos de Rusia y Polonia, y se transforma, gracias al imperialismo británico, en una tragedia que todavía hoy está lejos de finalizar.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Aquel vuelo desde el cuarto piso

 

Por MASSIMO ORTALLI

Cuando Giuseppe Pinelli, anarquista milanés cuarentón, cae al suelo desde el cuarto piso de la Comisaría Central de Milán, el engranaje se atasca. La planeada estrategia que comenzó con las bombas en la Feria en abril de 1969, y continuó con los atentados del 12 de diciembre del mismo año, se detiene miserablemente ante la imprevisible y obstinada resistencia de un modesto ferroviario que lo ha entendido todo. Que ha intuido la tragedia que se proyecta para el país y para el movimiento anarquista si también él capitula. Pinelli rechaza meterse en ese juego, aunque este parezca imparable, y se interpone a los planes criminales del poder. Comienza así a desencadenarse el más grande y engañoso montaje jamás urdido antes en la historia de la joven de la República italiana; y para hacerle pagar esta responsabilidad, el anarquista es arrojado por la ventana por un hatajo de policías frustrados ante la imposibilidad de satisfacer los designios de sus amos.

Aquel día, con aquella muerte, cambia la historia del país. Los estragos de Milán, de hecho, ya no serán la obra de unos anarquistas sedientos de sangre sino el proyecto reaccionario de una parte considerable del aparato del poder, y de ahora en adelante se llamarán con toda propiedad Estragos de Estado. Se abre un nuevo periodo, comienzan los años setenta, años de lucha, de gran tensión y de grandes errores, años de dramas personales y colectivos que señalan la existencia de una generación entera, pero también años de gran generosidad e inteligencia política. Entre otras historias de esa época, citaremos la de Franco Serantini, joven anarquista de Pisa muerto tras ser detenido por la policía en una jornada de lucha antifascista. Y oportunamente se pone de relieve cómo un hilo rojo señala el recorrido vital de los compañeros y de las historias de entonces.

Una época absolutamente irrepetible

En un contexto tan vivaz y dinámico, también el ambiente intelectual se moviliza y participa en la etapa de cambios con un esfuerzo a menudo de gran eficacia. Y naturalmente, el suceso de Piazza Fontana se convierte en uno de los focos de la reflexión. Fueron muchas las intervenciones de intelectuales, periodistas y escritores que aportaron su contribución al extraordinario trabajo de contrainformación que caracterizó a aquellos años, así como fueron también muchos los artistas que se inspiraron, más o menos directamente, en los hechos. Si en el ámbito cinematográfico no se pueden olvidar Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha, de Elio Petri (1969), o Sacco y Vanzetti, de Giuliano Montaldo (1971), que empieza con el histórico encuadre del anarquista Salsedo cayendo desde el rascacielos de la policía de Nueva York, en el ámbito teatral nace la que, según creo, es la obra maestra de Dario Fo: Muerte accidental de un anarquista.

Dario Fo es lo suficientemente conocido para que no me extienda relatando sus méritos, por lo que me limitaré aquí a recordar en breves trazos la trama del texto y la importancia que tiene debido a que su hilarante mofa del poder contribuyó a convertir en patrimonio común la percepción del engaño que se estaba tejiendo. La paradoja del artista, alegremente surrealista, supo dar la vuelta al sentido trágico de cuanto había sucedido, y de este precioso resultado se valieron no solo los compañeros del movimiento sino también una infinidad de otras personas, decididamente lejos de cualquier forma de implicación o participación. Una auténtica obra maestra, fruto de una época absolutamente irrepetible, a la vez una gran obra de arte y una gran intervención política. Su éxito fue enorme, y el espectáculo recorrió toda Italia en funciones multitudinarias, en los grandes teatros, en las primeras carpas-teatro o en los polideportivos, y a menudo, muy a menudo, incluso los espacios más grandes resultaban insuficientes para contener a todo aquel público que quería «reírse» del Estrago de Estado.

El equívoco, el absurdo, la ironía

Todo nace de una idea teatralmente genial, la de confiar a un «loco» maníaco del disfraz la tarea de desmontar, pieza a pieza, las innumerables versiones que la policía milanesa ha proporcionado para justificar su comportamiento. El protagonista, usando una lógica aparentemente delirante, hace creer que quiere ayudar al jefe de policía y a su corte en evidente crisis de credibilidad y, fingiendo ser primero un policía, después un juez, luego un agente secreto y un periodista, reconstruye el drama de la muerte de Pinelli a través de una serie incansable e hilarante de divertidísimos gags. Jugando con el equívoco, el absurdo y la ironía, su lógica, absolutamente loca y sin embargo apabullante, reconstruye pieza a pieza la terrible verdad de aquellos días de diciembre, haciendo aparecer, en la creciente incomodidad de la «autoridad» todavía enganchada en los hilos de su marionetista, la obscena desnudez de la razón de Estado, tanto criminal como ineficazmente perseguida.

Hay para todos, verdaderamente para todos, en esta obra maestra del teatro político, y ninguno de los muchos responsables, por infame o cobarde, grande o pequeño que sea, se salva del irrefrenable y burlón ímpetu del autor. Recuerdo, entre otras, una escena famosa, la de los «tres zapatos de Pinelli». Es seguramente el ejemplo más completo de cómo Dario Fo ha conseguido transformar las grotescas afirmaciones de los policías responsables de aquella trágica muerte en un crescendo de irresistible sarcasmo. Y revelar que lo surrealista no era el comportamiento del «loco» que andaba disfrazado por la Comisaria Central de Milán, sino las mentiras inventadas, con gran esfuerzo, por un Poder acorralado. Tres zapatos, eso es, y «¡una carcajada los sepultará!».

Tierra y Libertad
Nº 340 - Noviembre 2016

lunes, 31 de octubre de 2011

El anarquismo en los consejos de fábrica italianos

Por Daniel Guérin
Capítulo III, parte III de Anarquismo


Siguiendo el ejemplo de lo sucedido en Rusia, inmediatamente después de la primera guerra mundial, los anarquistas italianos caminaron por un tiempo del brazo con los partidarios del poder de los soviets. La revolución soviética había tenido profunda repercusión entre los trabajadores italianos, especialmente entre los metalúrgicos del Norte de la península, que estaban a la vanguardia del movimiento obrero. El 20 de febrero de 1919, la Federación Italiana de Obreros Metalúrgicos (FIOM) obtuvo la firma de un acuerdo por el cual se establecía que en las empresas se designaran comisiones internas efectivas. Luego, mediante una serie de huelgas con ocupación de los establecimientos, la federación intentó transformar dichos organismos de representación obrera en consejos de fábrica que propenderían a dirigir las empresas.

La última de esas huelgas, producida a fines de agosto de 1920, tuvo por origen un cierre patronal. Los metalúrgicos decidieron unánimemente continuar la producción por sus propios medios. Prácticamente inútiles fueron sus intentos de obtener, mediante la persuasión, primero, y la fuerza, después, la colaboración de los ingenieros y del personal superior. Así librados a su suerte, tuvieron que crear comités obreros, técnicos y administrativos, que tomaron la dirección de las empresas. De esta manera se avanzó bastante en el proceso de autogestión. En los primeros tiempos, las fábricas autoadministradas contaron con el apoyo de los bancos. Y cuando éstos se lo retiraron, los obreros emitieron su propia moneda para pagar los salarios. Se estableció una autodisciplina muy estricta, se prohibió el consumo de bebidas alcohólicas y se organizó la autodefensa con patrullas armadas. Las empresas áutoadministradas anudaron fuertes vínculos solidarios. Los metales y la hulla pasaron a ser propiedad común y repartíanse equitativamente.

Pero una vez alcanzada esta etapa era preciso ampliar ei movimiento o batirse en retirada. El ala reformista de los sindicatos optó por un compromiso con la parte patronal. Después de ocupar y administrar las fábricas durante algo más de tres semanas, los trabajadores tuvieron que evacuarlas tras recibir la promesa -no cumplida- de que se pondría un control obrero. En vano clamó el ala revolucionaria -socialistas de izquierda y anarquistas- que aquel paso significaba una traición.

Antonio Gramsci

Dicha ala izquierda poseía una teoría, un órgano y un portavoz. El primer número del semanario L'Ordine Nuovo apareció en Turín el 19 de mayo de 1919. Su director era el socialista de izquierda Antonio Gramsci, a quien secundaban un profesor de filosofía de la Universidad de Turín, de ideas anarquistas, que firmaba con el seudónimo de Carlo Petri, y todo un núcleo de libertaríos turineses. En las fábricas, el grupo de L'Ordine Nuovo contaba principalmente con el apoyo de dos anarcosindicalistas militantes del gremio metalúrgico: Pietro Ferrero y Maurizio Garino. Socialistas y libertaríos firmaron conjuntamente el manifiesto de L'Ordine Nuovo, acordando que los consejos de fábrica debían considerarse como órganos adaptados para la futura dirección comunista de las fábricas y de la sociedad.

L'Ordine Nuovo tendía, en efecto, a sustituir la estructura del sindicalismo tradicional por la de los consejos de fábrica. Ello no significa que fuera absolutamente hostil a los sindicatos, en los cuales veía las sólidas vértebras del gran cuerpo proletario, Simplemente criticaba, a la manera del Malatesta de 1907, la decadencia de aquel movimiento sindical burocrático y reformista que se había hecho parte integrante de la sociedad capitalista; además, señalaba la incapacidad orgánica de los sindicatos para cumplir el papel de instrumentos de la revolución proletaria.

En cambio, L'Ordine Nuovo estimaba que el consejo de fábrica reunía todas las virtudes. Era el órgano destinado a unificar a la clase obrera, el único capaz de elevar a los trabajadores por encima del estrecho círculo de cada gremio, de ligar a los no organizados con los organizados. Incluía en el activo de los consejos la formación de una psicología del productor, la preparación del trabajador para la autogestión. Gracias a ellos, hasta el más modesto de los obreros podía descubrir que la conquista de la fábrica no era un imposible, que estaba al alcance de su mano. Los consejos eran considerados como una prefiguración de la sociedad socialista.

Los anarquistas italianos, más realistas y menos verbosos que Antonio Gramsci, ironizaban a veces sobre los excesos taumatúrgicos de la predicación en favor de los consejos de fábrica. Aunque reconocían los méritos de éstos, no los exageraban. Asi como Gramsci, no sin razón, denunciaba el reformismo de los sindicatos, los anarcosindicalistas hacían notar que, en un período no revolucionario. también los consejos de fábrica corrían el riesgo de degenerar en organismos de colaboración con las clases dirigentes. Los libertarios más apegados al sindicalismo encontraban asimismo injusto que L'Ordine Nuovo condenara por igual el sindicalismo reformista y el revolucionario practicado por su central, la Unión Sindical Italiana.

La interpretación contradictoria y equívoca del prototipo de consejo de fábrica, el soviet, propuesta por L'Ordine Nuovo era sobre todo motivo de cierta inquietud para los anarquistas. Por cierto que Gramsci usaba a menudo el epíteto libertario y había disputado con Angelo Tasca, autoritario inveterado que defendía un concepto antidemocrático de la dictadura del proletariado y que reducía los consejos de fábrica a simples instrumentos del Partido Comunista y acusaba de proudhoniano al pensamiento gramscista. Pero Gramsci no estaba tan al corriente de lo que sucedía como para ver la diferencia entre los soviets libres de los primeros meses de la Revolución y los soviets domesticados por el Estado bolchevique. De ahí la ambigüedad de las fórmulas que empleaba. El consejo de fábrica era, a sus ojos, el modelo del Estado proletario que, según anunciaba, se incorporaría a un sistema mundial: la Internacional Comunista. Creía poder conciliar el bolcheviquismo con el debilitamiento del Estado y una concepción democrática de la dictadura del proletariado.

Camilo Berneri

Los anarquistas italianos saludaron el nacimiento de los soviets rusos con un entusiasmo falto de espíritu crítico. Uno de ellos, Camillo Berneri, publicó el 19 de junio de 1919 un articulo intitulado La Autodemocracia, en el cual saludaba al régimen bolchevique como el ensayo más práctico y en mayor escala de democracia integral y como la antítesis del socialismo de Estado centralizador. Un año después, en el Congreso de la Unión Anarquista Italiana, Maurizio Garino utilizaría un lenguaje muy distinto: los soviets implantados en Rusia por los bolcheviques diferían sustancialmente de la autogestión obrera concebida por los anarquistas. Constituían la base de un nuevo Estado, inevitablemente centralizador y autoritario.

Luego, los anarquistas italianos y los amigos de Gramsci tomarían por caminos divergentes. Los segundos, que siempre habían sostenido que el partido socialista, al igual que el sindicato, estaba integrado en el sistema burgués, por lo cual no era indispensable ni recomendable adherirse a él, hicieron una excepción con los grupos comunistas que militaban en el partido socialista y que, después de la escisión de Liorna del 21 de enero de 1921, formaron el Partido Comunista Italiano, incorporado a la Internacional Comunista.

En lo que atañe a los libertarios italianos, tuvieron que abandonar algunas de sus ilusiones y recordar las advertencias de Malatesta, quien, en una carta escrita desde Londres en el verano de 1919, los había puesto en guardia contra un nuevo gobierno que acaba de instalarse (en Rusia) por encima de la Revolución, para frenarla y someterla a los fines particulares de un partido (...) mejor dicho, de los jefes de un partido. El viejo revolucionario afirmó proféticamente que se trataba de una dictadura con sus decretos, sus sanciones penales, sus agentes ejecutivos, y, sobre todo, su fuerza armada, que también sirve para defender a la Revolución contra sus enemigos externos, pero que mañana servirá para imponer a los trabajadores la voluntad de los dictadores, detener la Revolución, consolidar los nuevos intereses establecidos y defender contra la masa a una nueva clase privilegiada. No cabe duda de que Lenin, Trotski y sus compañeros son revolucionarios sinceros, pero también es cierto que preparan los planteles gubernativos que sus sucesores utilizarán para sacar provecho de la revolución y matarla. Ellos serán las primeras víctimas de sus propios métodos.

Luigi Fabbri

Dos años más tarde, en un congreso reunido en Ancona entre el 2 y el 4 de noviembre de 1921, la Unión Anarquista Italiana se negó a reconocer al gobierno ruso como representante de la Revolución; en cambio, lo denunció como el mayor enemigo de la Revolución, el opresor y explotador del proletariado, en cuyo nombre pretende ejercer el poder. Aquel mismo año, el escritor libertario Luigi Fabbri concluía: El estudio crítico de la Revolución Rusa tiene enorme importancia (...) porque puede servir de guía a los revolucionarios occidentales para que eviten en lo posible los errores que la experiencia rusa ha puesto al descubierto.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Futurismo y anarquismo

[No estoy muy versado en vanguardias artísticas, y menos del pasado, y soy de los que han creído que el llamado Futurismo estaba relacionado con el fascismo (el Partido Futurista formó parte del Partido Nacional Fascista). Pero ahora reconozco que no es así, veo que en Rusia existió unos llamados anarcofuturistas, como se pone en esta entrada del Blog Radiación Transparente. Y, también, en la misma Italia, como nos cuentan en Los de Abajo a la Izquierda, lo cual expongó completamente entero, pues... a veces nos da a reflejar lo ignorantes que podemos a llegar a ser.]

El Futurismo nació antes de la Primera Guerra Mundial en 1909, cuando aún estaba muy lejos el advenimiento del fascismo en Italia: en este período dentro del movimiento anarquista, es decir durante los primeros años del siglo XX, había tantos seguidores de Max Stirner como de Friedrich Nietzsche, los cuales —coherentes con los dictados de sus mentores ideológicos— fueron atraídos por el Futurismo. Por consiguiente, el Futurismo es un movimiento artístico en el que influyeron los dos teóricos individualistas. Por supuesto, su lucha contra el tradicionalismo (que idealiza un pasado mejor), su potencial subversivo, el gusto por la violencia, la indignación por lo «burgués» y lo «institucionalizado», estaban más cerca de los dictados ideológicos de Nietzsche y Stirner, que luego formarían la «parcela» del Movimiento Futurista denominado en lo sucesivo como «anarco-futurismo». La adhesión de una parte de los anarquistas al Futurismo fue con el objeto de oponerse al marinettismo, aunque Filippo Tommaso Marinetti intentó atraerse a los anarquistas solidarizándose con Giovanni Gobernato «Cromatico», que estaba encarcelado, con un escrito solidario que apestaba a nacionalismo (Marinetti también se solidarizó con Errico Malatesta en 1920). El movimiento anarquista vio claramente, durante el juicio de Giovanni Gobernato «Cromatico», a quienes se subordinaron Marinetti y otras importantes figuras del Futurismo (los reconocidos posteriormente por el régimen fascista. Renzo Novatore y «Cromatico», por supuesto, no lo fueron).

Volviendo a la época de la fundación del Manifiesto Futurista y, a continuación, diversos miembros destacados del movimiento como Lucini, Carlo Carrà, Buzzi, Ceccardi buscaban contactos con el mundo que había alrededor del anarquismo, lo que les unía no eran los métodos de expresión, que podían ser de los mas dispares, pero sí algunas ideas «filosóficas» de fondo. El llamado anarco-individualismo sale en la misma época que Vir, una revista anarquista publicada en Florencia en los años 1907 y 1908 y con esta ideología tienen contactos varios intelectuales entre los que se encontraban Giovanni Papini. Al pintor Umberto Boccioni, sensible al pensamiento anarquista, se le puede considerar como continuador del simbolismo de Edvard Munch y el divisionismo de Giuseppe Pellizza por Volpedo. Desde otro punto de vista, Le roi Bombance [El rey Francachela] la obra simbolista de Marinetti, está ambientada en los ambientes socialistas y anarquistas. Roi Bombance es esencialmente un drama satírico escrito por Marinetti en 1905, representado en 1909, que sería un fracaso y con críticas muy duras. Carlo Carrà tendrá con Leda Rafanelli una relación breve pero intensa en la que se basará el libro de Alberto Ciampi de 1989: Leda Rafanelli, Carlo Carrà: un romanzo, arte e politica in un incontro [Leda Rafanelli, Carlo Carra: Romance, arte y política en un encuentro] (el arquitecto Alberto Ciampi es uno de los mayores conocedores sobre la conexión del Futurismo con el anarquismo, igual que el francés Michel Antony). Pero cuando Carlo Carrà era compañero de Leda Rafanelli no sería lo suficientemente coherente con la militancia antifascista de la época, aunque durante el tiempo que estuvo cercano a la ideología anarquista contribuyó con sus diseños en varios periódicos de influencia anarquista como Sciarpa Nera [Bufanda Negra], La Rivolta [La Insurreción], La Barricata [La Barricada], entre algunos ejemplos, y también colabora con otras publicaciones anarquistas. Durante el tiempo que existe Vir habrá en sus páginas encuentros e intercambios de puntos de vista entre anarquistas y futuristas, entre ellos Monanni, Sem Benelli, Giovanni Papini. Desde sus posiciones, ¿cómo podían los anarquistas unirse al Movimiento Futurista?, para ello en 1912 se publicó claramente en La Barricata el manifiesto de Renzo Provinciali titulado Anarchia e Futurismo [Anarquía y Futurismo], La Barricata la editaban en Parma Leda Rafanelli y Carlo Carrà. En el manifiesto Anarchia e Futurismo Renzo Provinciali, y cómo era de prever, atacaba duramente a Marinetti:
«De hecho, los nacionalistas y los monárquicos comprendieron al principio que el Futurismo contrastaba estridentemente con sus ideas y por eso, aún hoy, siempre seremos adversarios. A pesar de las calurosas y fascinantes demostraciones marinettianas, que tienden a seducir y atraer admiradores, todos adocenados por su Futurismo, todos estos señores que se han quedado helados, indiferentes a los berridos de Marinetti, desde su comodidad, sin preocuparse por una miserable súplica o favor o el un muy deseado aplauso. En efecto, ¿cómo un monárquico, un burgués cualquiera, frío y cínico a lo que es la libertad, el socialismo, la anarquía, la rebelión, podrá excitar a las multitudes trabajadoras polifónicas por la revuelta? Y lo que es la escuela, ¿qué mejor forma para relacionarla con el Futurismo que con un programa de violencia y de acción, de rebeldía y de orgullo?»
La revista en la que se desarrolla y se aclara la relación entre el Futurismo y los anarquistas es La Barricata. Se informó a través del manifiesto Anarchia e Futurismo el esfuerzo de la militancia por unir al movimiento artístico con el político. En este caso tuvo gran interés un grupo significativo de universitarios futuristas de izquierda de Parma, donde se publicaba La Barricata y algo parecido en Milán hacen con Demolizione [Demolición] por el año 1910. De Ottavio Dinale que lo encontraremos escribiendo para el Popolo d’Italia [Pueblo de Italia] de Benito Mussolini en unos tiempos en que el fascismo no ha mostrado su verdadero rostro represor de la clase obrera, es decir, en la época del Manifiesto del Fascio Revolucionario de Acción Intervencionista, se unió a gente de izquierdas que tiempo después pasaran a la lucha antifascista. Otras revistas de la época, alrededor de los años diez, que nos pueden ilustrar y servir como medio de análisis y comparación entre los futuristas y los anarquistas es 'Rovente [Caliente] de Illari y Soggetti, publicado sucesivamente en Pavía (1919-1920); La Testa di Ferro [La Cabeza de Hierro] de Mario Carli, en el que escriben Renzo Novatore y Auro d'Arcola (o Tintino Rasi); en Pistoya La Tempra [Entereza] que publicó entre los años 1914 y 1916, mediante la introducción de la Dichiarazione [Declaración] estaría disponible también para los anarco-futuristas. El pintor Attilio Vella se une al movimiento futurista y al anarquista; y el ácrata Cesare Cavanna es también un conocido tipógrafo futurista. Un elemento distintivo tanto del movimiento anarquista como del futurista es que lo subversivo, en el futurismo, se convertirá en «La Subversión Lingüística», es decir, la palabra se convierte en «acción directa» o «violencia», como en la obra de Filippo Tommaso Marinetti Bellezza [Belleza]. Tal elemento «subversivo» es utilizado en Parma por el grupo encabezado por Renzo Provinciali, estudiantes de izquierda vinculados al Círculo Libertario de Estudios Sociales en 1911. Para algunos autores este elemento está bien definido como en Il canto dei reclusi [La canción de los reclusos] de Buzzi, Sette scaricatori di carbone [7 descargadores de carbón] de Cavacchioli, Monumento alla fiamma [Monumento a la llama] de Cangiullo. También en periódicos libertarios como La Folla [La Multitud], Il Proletario Anarchico [El Obrero Anarquista], Iconoclasta! [¡Iconoclasta!], Fede [Fe], Vita [Vida], Il Proletario [El Proletario], Vertice [Cima], el lenguaje utilizado propone la palabra como un «elemento subversivo» con su característica acción directa, incluso en los textos de carácter social. Las relaciones entre el Futurismo y los anarquistas fueron estrechas y ocultadas durante muchos años, ya que el fascismo fagocitó a sus figuras más significativas o percibidas como tales; cuya consecuencia lógica fue incluir a todo el Movimiento Futurista dentro del fascismo sin profundizar en su trayectoria histórica…

De gran interés son los experimentos tipográficos para la preparación de las obras teatrales del dramaturgo Virgilio Gozzoli en Pistoya, que se publicaban en artículos dedicados al único número de esta obra desde 1911 hasta 1915. Otras obras como Parole in libertà [Palabras en libertad], así como la publicación editada por Virgilio Gozzoli que repite en L'Italia Futurista [La Italia Futurista] y en La Folgore Futurista [El Rayo Futurista]. Los primeros anarquistas de la posguerra están cada vez más alejados de Marinetti, de hecho Renzo Provinciali ya había hecho un análisis de Marinetti y el marinettismo en el Manifiesto, en el que da a entender cómo este movimiento tarde o temprano terminaría esclavizado al Capital y, peor aún, a la reacción o al fascismo, aunque en la época del Manifiesto el fascismo no había surgido todavía. El «Programa Político» de Marinetti, publicado en 1923, tuvo la oposición de la izquierda libertaria, principalmente por Pietro Illari y Vinicio Paladini. El grupo de La Spezia que siempre gravitó en torno al Libertario de Pasquale Binazzi, Renzo Novatore, Tintino Persio Rasi (Auro d'Arcola), Giovanni Governato y Renzo Provinciali de Parma, seguirán un proceso «futurista» relativamente con paralelismos respecto al movimiento de Marinetti, pero sin ningun trato con él, y mucho menos con el fascismo, como hizo la mayor parte de los personajes citados, la no cooperación derivará en la militancia antifascista. Cuando el Futurismo italiano apoya a Mussolini y lo ayuda en su llegada al Poder, los anarquistas abandonarán el Movimiento definitivamente.

Fuente: Wikipedia en italiano (Traducción libre de El Aullido).