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sábado, 6 de junio de 2026

Una crítica anarquista al posmodernismo y al post-anarquismo

 

Por CHIMPANCÉS DEL FUTURO

El siglo XX que empezó como un torbellino revolucionario acabó con un descalabro de las ideas emancipadoras, desde el anarquismo hasta el socialismo, que se vieron «derrotadas» por un capitalismo que irá mutando y transformándose en función de sus necesidades. La dominación capitalista recupera antiguas luchas «revolucionarias», sociales, económicas, ecológicas…, absorbiendo muchas de estas ideas emancipadoras y colocándolas en su programa.

Por un lado la incapacidad de los movimientos revolucionarios de ver y analizar estas nuevas reestructuraciones capitalistas y por otro lado el capitalismo con sus interminables guerras y conflictos de dominación y desestabilización de territorios enteros o en su vertiente comunista, con sus inmensos sumideros de miseria moral y material, representados por los gulags, dieron lugar a la desestabilización de los movimientos revolucionarios que habían colocado contra las cuerdas al capitalismo en diferentes momentos del siglo XX. Consiguiendo poner cadenas a todas las ansias de libertad y emancipación provocando una desbandada generalizada de los movimientos revolucionarios que concurrieron posteriormente en las ideas de la posmodernidad.

Ante la caída de y crisis de estos movimientos revolucionarios parece que muchos encontraron una salida: el repliegue en la subjetividad del individuo y la huida hacia el mercado como garantizador de una felicidad sustentada en la privatización de la vida (la destrucción de la comunidad) y en el hiperconsumo propios de la de la posmodernidad. Destacar especialmente el hiperconsumo de identidades.

Así las ideas de la posmodernidad que hoy fagocitan por completo a la izquierda y en gran medida a los movimientos anarquistas y revolucionarios son producto del desencantamiento con la Política, las ideologías y con los movimientos sociales y revolucionarios. Unas ideas posmodernas que ponen en el centro al individuo, y gracias a las redes sociales al individuo descarnado y atomizado, alejando las posibilidades de una lucha revolucionaria que ponga en el centro, no a las identidades sino a la comunidad, a lo colectivo que emprenda de nuevo la lucha de clases, buscando la tensión, la confrontación y el conflicto que proyecten el derrumbe de lo establecido.

Decretado el estado de felicidad permanente (lema de Mayo-68)

La caída del muro de Berlín, la sociedad de masas, el ocio, el hiperconsumo, el desencantamiento con las ideas revolucionarias, el repliegue individual, el fin de la Guerra Fría..., todo ello da lugar a la aparición de la posmodernidad. Durante la segunda mitad del siglo pasado poco a poco fue permeando la idea de que todo es interpretable y relativo, que las categorías que explicaban el mundo hasta hace dos días deben actualizarse, reinventarse, redefinirse. Que determinadas categorías sociales como Poder, Estado, capitalismo, movimientos revolucionarios habían quedado desfasadas y que debían ser disueltas en la túrmix de la historia. A partir de la posmodernidad sólo serán relevantes y dignas de atención aquellas cuestiones que proporcionan bienestar a ese Sujeto desencantado, para quién la aspiración a la felicidad individual (o la visibilización de sus problemas propios) constituirá en adelante un sustituto funcional de aquellas ideas revolucionarias que hasta poco tenían un valor principal. La posmodernidad convierte la búsqueda del bienestar subjetivo en un imperativo moral. Ese bienestar supone una privatización de la vida que es un rasgo estructural de la posmodernidad, el individuo se refugia en sí mismo en un proceso de aislamiento progresivo, de esta manera, a falta de un entorno próximo, de una comunidad, es el Estado quién ocupa su lugar. El Estado ya no es el enemigo a batir, sino el refugio al que acudir a exponer y visibilizar sus problemas. La pérdida de aquellos proyectos colectivos que alumbraban «un mundo nuevo» será «recompensada» con el individualismo , representado por un individuo desencantado que buscará nuevas fuentes de satisfacción en una sociedad que le ofrece nuevas formas, vía mercado, que le promete un horizonte de esperanza sobre la base de materializar sus anhelados deseos.

Poco a poco el mundo de las ideas va desmoronándose en la posmodernidad. Ya no hay religiones o ideas revolucionarias a las que asirse, todo adquiere un carácter evanescente, cool, superficial, efímero. Ya no hay lugar para grandes proyectos revolucionarios en la posmodernidad, ya que todo tiene un carácter relativo, transitorio, provisional….Todo parece cuestionable, opcional, relativo. Así la libertad ya no es un proyecto colectivo sino que ahora se asienta en el centro de la experiencia individual y todo lo que afecta al individuo, desde el nacimiento hasta la muerte, adquiere significación política: la elección de los hijos, la forma de alimentarse, la orientación sexual, la salud, la forma de consumo etc. todo es opinable y convertido en una mercancía capaz de satisfacer los deseos de los individuos. Así las cuestiones que afectan a las condiciones estructurales de la vida social, de las condiciones de vida y de la política se alejan del centro del combate y se repliegan a lo individual.

Las ideas posmodernas no deben asimilarse a una estricta despolitización, son inseparables de un entusiasmo relacional particular, como lo demuestra la proliferación de asociaciones, grupos de asistencia y grupos reformistas. El Individuo posmoderno no es un individualista asocial sino que busca ramificaciones y conexiones en colectivos con intereses miniaturizados, hiperespecializados que no buscan el conflicto con el Estado, ni con el Capitalismo. Buscan gente con sus mismos deseos identitarios: colectivos de «racializados», grupos de veganos, asociaciones de «discas», grupos transfeministas lugares donde emprender la solidaridad de microgrupo, fragmentando las luchas políticas y/o revolucionarias. Forman diversidad de grupos que ya no buscan crear esos momentos de tensión o conflicto que nos puedan llevar a la revuelta generalizada. Así en la posmodernidad el Individuo ha sustituido a aquella clase peligrosa que a base de bombas, veneno, cuchillos, libros, panfletos…, hacía temblar los cimientos de la burguesía. Una burguesía que ahora ofrece toda una cultura y consumo liberal a todos aquellos que se disfrazan de revolucionarios.

A la carta: elige tú rebelión

El espectáculo ha transformado la lucha. Numerosos movimientos involucrados en inciertas luchas ya no buscan el proyectarse para derrumbar lo existente, para criticar la dominación o para planificar luchas a largo plazo que hagan tambalear el sistema. Nos encontramos en la época técnica la cual prioriza lo visual, no sólo se prioriza este sentido sino que al mismo tiempo se nos priva del resto, es un signo de la sociedad científica la privación sensorial. Por ello vivimos en la «era de la visibilización» donde las luchas deben hacerse visibles ya no para ser difundidas como una propaganda que llegue a las conciencias de la mayor parte de la población sino para mostrar la existencia de la amalgama de sujetos que conforman la ´rebelión liberal´ ,aquellos que, no pretenden derrumbar el Estado o el Capitalismo. Simplemente buscan, en la mayoría de las ocasiones, autorreafirmarse y mostrarse al mundo como si de un escaparate comercial se tratase.

En este punto adquiere especial importancia la personalización, es decir, la posibilidad de una amplia carta, como si de un restaurante se tratase, donde elegir tu propia «rebelión». Podríamos llamarlo algo así como «elige tú propia aventura», «construye tu viaje». El capitalismo ofrece este consumo hiper-individualizado con la multiplicación de elecciones que ofrecen cada vez más opciones y elecciones a medida, una especie de autoservicio de una existencia a la carta que consiste en proponer para cada persona diferentes opciones, en substituir la normatividad, la autoridad y la sujeción uniforme por la libre elección, la homogeneidad por la diversidad, la austeridad por la realización de deseos. Así el capitalismo te vende una 'rebelión' en un formato simple. La idea es básica: que la población siga consumiendo y trabajando pero sin estar sujeto a antiguas normas autoritarias y coacciones, ahora eres 'libre' de conseguir tus deseos (los que el capitalismo te ha empaquetado con papel de regalo). Así esta forma de vida capitalista se ha introducido en los espacios refractarios dedicados ahora más, en muchas ocasiones, a las realizaciones personales, narcisistas, hedonistas y de identidad, que a la destrucción de lo existente. La rebelión ahora se disfraza de Identidad, puedes elegir la que tú desees (el Estado español ya reconoce 37 identidades de género, puedes elegir la que quieras). El mundo se ha convertido en el supermercado de la identidad. Existen también diferentes identidades relacionadas con la alimentación que pretenden ser también rebeldes. Lo normativo ahora es no ser normativo. Puedes ir más allá y dejar de ser humano: cablearte, colocarte diferentes chips, ponerte un exoesqueleto y llenar tú cuerpo de prótesis para transformarte en un transhumano, todo es moldeable, todo es una opción que consumir en el posmodernismo. Incluso ciertas 'feministas' como Butler, Preciado o Haraway optan por convertirnos en ciborgs ello con la excusa de poder reinventarnos en lo que queramos y que ya no existan ni hombres ni mujeres. Nosotros como refractarios y amantes de la libertad nos oponemos tajantemente a semejante aberración. La sociedad, disuelta su rigidez autoritaria, se ha convertido en abierta, plural, que tiene en cuenta los deseos de los individuos y aumenta su libertad en función de las motivaciones individuales, la vida flexible en la era del consumo. La izquierda ha comprado este modelo de sociedad y nos lo vende como algo rebelde. Así los movimientos sociales, la izquierda y algunos anarquistas han caído en la trampa donde la 'lucha' es remitida a un consumo de objetos y de signos artificiales que provoca una paralización de la revuelta y atomización de lo social. Aquí vemos la destrucción cool de lo social y las luchas por un proceso de aislamiento que se administra ya no por la fuerza bruta o la cuadricula reglamentaria sino por el hedonismo, el deseo, la visibilización y el consumo.

Para nosotros las diferentes formas de explotación y dominación no son un problema en sí mismo sino que constituyen una cuestión adyacente a la cuestión social. Los discursos políticos que reducen la explotación y la dominación a diferentes ámbitos evitan ver la raíz de los problemas comunes a todos los explotados, estos discursos (poscoloniales, neofeministas, neoecologistas…) parecen entregarse a la única salida plausible: la fragmentación social en función de criterios étnicos, raciales, de género, de alimentación etc… Esta fragmentación social da lugar a la creación de diferentes grupos en los que surgen diferentes conflictos y tensiones entre sí olvidando el verdadero enemigo a batir: la reproducción social capitalista, el mundo mediado por mercancías y tecnología, el trabajo asalariado. Sobre ese suelo movedizo desaparecen las maneras de pensar lo común, así como un abordaje al capitalismo. Por un lado vemos como se produce una recomposición de la lucha en términos étnicos, culturales, sexuales, etc. y por otro vemos que los análisis y la práctica críticos con la explotación económica o la reproducción social han dejado de estar a la orden del día. Las luchas fragmentarias no quieren destruir lo existente, ni mucho menos provocar ciertas tensiones y conflictos que nos puedan llevar a una revuelta generalizada. El objetivo de estas luchas izquierdistas es hacer cambiar en bien la mirada sobre la gente. En efecto querer visibilizar, querer cambiar la percepción que se tiene de los otros, comprender el funcionamiento de su «comunidad» no implica necesariamente modificar la situación de explotación en la que se encuentra.

Es decir visibilizar o intentar que se cambie la percepción sobre ciertos grupos (sexuales, étnicos…) no es una lucha revolucionaria, es el izquierdismo haciendo su labor de recuperación de las luchas y llevando la voz cantante de hacia dónde deben ir estas. Así el multiculturalismo y la defensa pública de las minorías corren el riesgo de ser los mejores garantes de un orden capitalista que produce la gran diferencia estructural: aquella que opone a los ricos y los pobres. La guerra de clases queda olvidada de todas estas luchas fragmentarias. Como dice Walter Benn Michaels que «la diversidad no es un medio de instaurar la igualdad; es un medio de gestión de la desigualdad, nada tiene de radical en el plano político, poner de manifiesto o glorificar la diversidad […] no es otra cosa hoy que nuestra manera de aceptar la desigualdad». Lo único que se borra con la diversidad y estas luchas fragmentarias es la diferencia entre las clases. El enemigo a batir ya no es la sociedad de clases ahora se pretende la inclusión de todos en ella, un sociedad de clases diversa.

La ideología izquierdista ha calado hondo en ciertas ideas refractarias y anarquistas han conseguido fragmentar las luchas y colar parte de su programa en los proyectos anárquicos llevándolos a una paralización y luchas internas estériles sin precedentes, una vez apartados ciertos «viejos temas» como el Estado, el Capital, las mercancías, el trabajo asalariado…, los izquierdistas han tenido el campo abierto para una reorganización de la «agenda» política en términos de lucha contra el poder de las normas, en vez de la lucha contra un sistema capitalista que produce la alienación, la miseria, la pobreza, y el ecocidio. Esta lucha se convierte en superficial ya no se trata de operar una crítica o un ataque contra nuestros enemigos sino ahora lo que se pretende es «deconstruir» el pensamiento, las ideas y los postulados del adversario.

Una pequeña critica al post-anarquismo

Insistimos las ideas izquierdistas se han colado en la anarquía y a veces su lógica impregna los pensamientos de muchos anarquistas Ideas provenientes de la «izquierda radical», de algunos bastardos como Foucault, Deleuze y Guattari pero también de nuevas feministas como Butler o Haraway o de los discursos poscoloniales. Uno de los primeros que uso el término post anarquismo fue Hakim Bey famoso por su libro T.A.Z. (Zonas Temporalmente Autónomas) este autor fue un posmoderno que utilizo la anarquía para dar rienda suelta a sus desvaríos, entre otras «lindezas» observaba que el poder nunca es más que pura «simulación» o que «la pornografía y la diversión popular como vehículos de una reeducación radical» jamás entenderemos como este autor ha tenido tanto «éxito» en ciertos ambientes anarquistas , quizás su lenguaje radical/situacionista, quizás que presentaba algo nuevo nunca lo sabremos. Se carga una base del pensamiento anarquista como es el «poder» que conlleva la explotación y dominación de los ricos y los pobres, también Foucault decía que el poder era algo «abstracto» y así se fue conformando el post anarquismo. Para estos autores que se esconden bajo la falacia del post anarquismo porque para ellos todo es moldeable y fluido y pretenden hasta redefinir el anarquismo que para ellos no habrá de representar la aspiración revolucionaria sino la descomposición de lo social, bajo la máscara de una espectacular rebelión individual. Intentando de esta manera desestabilizar todo aquello sobre lo cual descansa el anarquismo clásico. Pretender llevar su modelo de mundo maleable, fluido y moldeable al anarquismo. En este «rediseño» del anarquismo encontramos estupideces como la de la canadiense, profesora de universidad, Sandra Jeppesen quien afirma: «El anarquismo no es un movimiento blanco, […] el anarquismo no es un movimiento de monogamia heterosexual bigenerado […] el anarquismo no involucra al obrero […] el anarquismo es crear acontecimientos», aunque no tenga gracia se nos escapa una sonrisa al escuchar semejante estupidez. ¿El anarquismo no involucra al obrero? Se debe admitir que, a menos que lisa y llanamente se borre el pasado y se encierre uno en la mera inmediatez, es extraño y erróneo afirmar eso a propósito de un movimiento que nació en 1872 a partir de una escisión de la Asociación Internacional de los Trabajadores de la que habían sido excluidos Bakunin y Guillaume.

Quieren destruir la anarquía pero no lo consentiremos somos tercos como nuestros compañeros decimonónicos atacando con todo a quienes pretendían destruirlos. Hoy el enemigo ataca desde la izquierda. Nosotros nos preguntamos a quién se dirige ese anarquismo que no es «para el obrero». El postanarquismo reduce la acción política a la subversión de la identidad, su pensamiento deconstruccionista vuelve imposible concebir la crítica en términos de alienación o explotación, encontrándonos en asambleas y lugares donde prima «el pronombre de cada uno», «su identidad sexual» o «lo que come» a la realización de proyectos, que con su praxis y critica, hagan tambalear este mundo que nos condena a la miseria. Un ejemplo claro lo vemos con el feminismo, por un lado nos encontramos con las feministas radicales aquellas que luchan contra el sistema patriarcal y los mecanismos opresivos y por otro lado el neofeminismo/queer que buscan exclusivamente la desestabilización de las normas desplegando su política en un vacío social, exacerbando el eslogan «lo personal es político» hasta disolver la política en la reinvención de la sexualidad. En estos discursos del llamado post-anarquismo desaparece toda crítica a la vida mutilada por las mercancías, el trabajo asalariado o la tecnología.

El «espectro anarquista» actual parece incapaz de deshacerse de todo este cocktail posmodernista e izquierdista que moldea la forma de actuar, pensar y sentir en nuestros ambientes. Así vemos como cada vez el pensamiento en los movimientos anarquistas queda cada vez más encorsetado y homogeneizado, con pocas posibilidades de hacer una crítica al pensamiento único post-anarquista que se está extendiendo como la pólvora. Estos movimientos post-anarquistas están conformados, muchas veces, por personas autoritarias que bajo el disfraz de una ideología «amable» hacen imposible el debate o profundizar en ciertos aspectos e incluso hacerles cualquier crítica, porque rápidamente serás expulsado de su «gran hermano». Pretender fragmentar el anarquismo categorizando a las personas en base a sus privilegios, capacidades…, culpabilizando a la otra parte de capacitista, privilegiado… Darle a esto un discurso rebelde no es más que una pantomima que no tiene ningún sentido revolucionario. El anarquismo mediante el apoyo mutuo y la solidaridad solventa los problemas de capacidades o privilegios sin la necesidad de establecer categorías sociales, convertir a parte de la población en victimas es parte del discurso capitalista absorbido por aquellos que dicen enfrentarse a él. Volver a mirar de frente al enemigo, mirar sin miedo al abismo abre posibilidades de insurrección, crear categorías y fragmentar al movimiento revolucionario sólo permite perpetuar lo existente. La anarquía aquí sirve como vehículo para la tiranía. Es demasiado fácil culpar a un ambiente lleno de escrúpulos y paralizado por la ansiedad ante la idea de prohibir o imponer algo, haciéndose pasar por «víctimas», «representantes de los dominados», «oprimidos», «discriminados» de las minorías. En el fondo, estos activistas, apoyados y celebrados por las universidades, las editoriales, el mundo del espectáculo y los medios de comunicación, son los agentes ideológicos de la tecnocracia transhumanista empeñados en destruir todas las formas de defensa de una humanidad libre en una naturaleza salvaje.

KAOS EN LA RED (octubre 2025)

viernes, 27 de marzo de 2026

¿Están borrando al anarquismo?

Por XAVIER DIEZ

En los últimos años, la irrupción del pensamiento alucinógeno de la intelectualidad de las izquierdas, están desnaturalizando a la filosofía clásica del anarquismo y su componente racionalista.

Un paseo por Manhattan

Agosto de 2019. Habiéndose enterado de que estaba en Nueva York, el periodista y buen amigo Andreu Barnils me llamó para quedar con él y pasar un día juntos. Barnils, que pasa todos los veranos en la ciudad con su familia americana, conoce bien mis investigaciones sobre el movimiento libertario y mi curiosidad por todo lo relacionado con la historia del anarquismo. Por ello, me propuso visitar una de las principales librerías del Lower East Side de Manhattan, especializada en todo lo relacionado con el anarquismo.

Sin embargo, al empezar a pasearnos por los estantes, al hojear algunos de los libros expuestos, empezó a emerger un cierto sentimiento de decepción. En muy poco tiempo, el establecimiento, sin cambiar de nombre ni de carácter agitador, había cambiado radicalmente de orientación. Apenas unos pocos clásicos reeditados, algún volumen de Noam Chomsky —no precisamente los más interesantes— y poca cosa más. El resto, diría que entre el 80 y el 90% de la oferta, eran libros sobre gordofobia, orgullo LGTBIQ+ (juraría que me dejo alguna letra), crianza trans, islamofeminismo (defensa del velo incluida), antirracismo (básicamente, racismo antiblanco), pensamiento decolonial (más de medio siglo después de la descolonización), mucha sexualidad poco convencional, exaltación de las virtudes del veganismo y toneladas de páginas que, básicamente, versaban sobre lo que podríamos definir como ombliguismo.

O, si me permiten una versión menos coloquial, una especie de teología del yo: visiones periféricas del mundo, exaltación del victimismo y criminalización de la discreción, así como de la vida y apariencia convencionales. No se podía hallar nada de Bakunin, de Kropotkin, poco de Proudhon, mientras que en las zonas privilegiadas abundaban textos de Judith Butler, Kimberlé Crenshaw, Frantz Fanon, Ibram X. Kendi y otros que, en los últimos años, he ido conociendo y analizando. También mucho Marx —el más periférico, el de los papeles de juventud que él mismo repudió— y algo de Freud.

El auge del wokismo y la interseccionalidad

Como soy una persona curiosa, fue quizá la primera vez que empecé a familiarizarme con las teorías de la nueva izquierda. Todo aquello que ha quedado bajo la denominación, con ansias denigratorias, de wokismo —término surgido entre activistas afroamericanos hace casi un siglo— y que hoy acaba designando toda esta inmensa fragmentación de luchas particulares que dominan los espacios académicos y el activismo de izquierdas.

Así, por ejemplo, empecé a introducirme en la teoría de la interseccionalidad, que básicamente consiste en establecer una interminable taxonomía de categorías a partir de la dialéctica discriminación/privilegio. Así, ser mujer puntúa más que ser hombre; ser racializada, todavía más; ser trans, musulmana, gorda o poseer cualquier otra característica da el «premio gordo» (sic). En cambio, apenas se habla de elementos como la cuestión de la clase social, la posición que ocupa un individuo en la producción o su acceso a los recursos materiales.

El espacio que cada uno ocupa en la dinámica discriminación/privilegio implica que a las víctimas se les debe compensar, mientras que a los privilegiados se les debe desposeer. Esto podría sonar bien, pero en cuanto miramos la letra pequeña, supone, en la práctica, que la persona trans, gorda, vegana y racializada puede ser, por ejemplo, la CEO de una empresa tecnológica al más puro estilo Elon Musk, mientras que el hombre blanco, de mediana edad y heterosexual, en realidad sea un precario dependiente del Walmart (una versión aún más cutre del Mercadona, donde los sindicatos están prohibidos).

¿Qué sucede, entonces? Nada: en una relación fundamentada en el resentimiento acumulado secularmente, a la víctima se le debe premiar, y al opresor blanco, se le debe castigar. No se tienen en cuenta ni méritos ni deméritos, ni pensamientos ni acciones. No se valora en función del hacer o tener, sino del «ser». En otras palabras, el retorno a una especie de determinismo feudal donde la responsabilidad está asociada a la condición, nunca a la acción.

Cultura de la cancelación y resentimiento

Una vez, un colega norteamericano, profesor jubilado de universidad, me explicó que esta técnica «interseccional» ha servido para deshacerse de competidores en los departamentos académicos. Componentes de la burguesía afroamericana echando a colegas suyos blancos y maduros, a base de crear un clima de intimidación en lo que se conoce como «cultura de la cancelación».

Graduadas en estudios de Antropología Cultural que, ocupando espacios estratégicos en las facultades, cierran departamentos de historia, de literatura, de filosofía, porque no son «suficientemente inclusivos», o explican cosas (como la historia de la esclavitud, las obras de Shakespeare con la mentalidad del siglo XVII) que incomodan a algunos estudiantes. Se crea así una cultura del resentimiento y el miedo en la que la objetividad es siempre censurable, porque importan más los sentimientos que la realidad.

Decepción y desplazamiento del anarquismo

Como Barnils, salí algo decepcionado de la librería. Era el mismo espacio, probablemente una clientela similar, un ambiente contracultural equivalente, pero un concepto radicalmente diferente. Poco más tarde, empecé a preocuparme, puesto que esta tendencia de sustituir el anarquismo (u otras corrientes tradicionales de izquierda) por un conjunto de teorías... ¿cómo decirlo sin ofender a nadie?... ¿psicodélicas?, empezaba a trasladarse a Europa en menos tiempo del imaginado.

Los mismos libros, los mismos autores, las mismas ideas fueron apropiándose del catálogo de las editoriales militantes, de las ferias del libro anarquista y de las librerías de vocación social de nuestro país. Y el proceso empezaba a ser similar, con actores parecidos, objetivos semejantes y una misma hostilidad hacia el viejo mundo. No solamente contra los hombres blancos heterosexuales de mediana edad, como es mi caso, sino respecto a otros señores blancos, heterosexuales de mediana edad como Bakunin, Trotski, Tolstoi, Proudhon, Mella, Montseny padre, Seguí o tantos otros nombres que pusieron las bases al discurso, en términos de Gian Pietro Berti, más genuinamente liberal de las ideas filosóficas.

Aproximación intelectual y marginalidad

Confieso que me aproximé al anarquismo, ya hace más de treinta años, desde una perspectiva intelectual. Efectivamente, el movimiento libertario siempre me ha resultado muy atrayente, básicamente por buena parte de sus postulados filosóficos, y por cómo eran capaces de dar respuesta a los desafíos políticos y sociales derivados de su tiempo.

Pero, habiéndome educado de la manera más convencional posible, es decir, desde la Universidad, a la salida de mi carrera de Filosofía y Letras era claramente consciente de mi más absoluta ignorancia sobre el tema. Normal, si tenemos en cuenta que las instituciones académicas en general, y unos profesores que tuve, de mayoritaria adscripción marxista en particular, no les interesaba explicar una de las más trascendentales escuelas filosóficas de la contemporaneidad, que generalmente rompía con el relato oficial y el oficioso.

Investigación y tesis doctoral

Así que no tuve más remedio que ponerme a estudiar por mi cuenta. Y, para ello, nada mejor que elaborar una tesis doctoral. Una tesis representa algo así como unos cuantos años de soledad. Estás con un tema complejo que debes desenredar, debes ser paciente, indagar, descubrir, impregnarte, no solamente de unas lecturas, sino de una atmósfera y una forma de pensar. Y, ciertamente, las teorías libertarias, a partir de sus continuidades filosóficas y propuestas políticas, son un marco necesario para poder analizar un tema en particular.

El anarquismo individualista y sus tensiones

Y curiosamente, me dediqué a investigar una corriente, en aquellos momentos poco conocida y coetáneamente considerada marginal, dentro del campo libertario. Se trataba del anarquismo individualista, un movimiento que precisamente abordaba cuestiones como las que podía hallar en aquella biblioteca del sur de Manhattan.

Así, cuestiones como la libertad sexual, los conceptos plurales de feminismo, el eclecticismo filosófico, el amor libre, el vegetarianismo, el naturismo, el eugenismo y tantas otras cosas que, visto en perspectiva, actúan como precedentes de las corrientes culturales que dominan hoy la mayoría de las izquierdas.

Era un discurso a contracorriente, fundamentado en la emancipación, no tanto de la sociedad en general como de los convencionalismos morales. Arrancando desde sociedades librepensadoras de finales del siglo XIX, el movimiento arraigó muy especialmente en Francia y en Estados Unidos durante el primer cuarto del siglo XX, y tuvo su reflejo especialmente en Cataluña y el País Valenciano.

De hecho, La Revista Blanca de la familia Montseny fue una de las que informaron y dieron voz a estas tendencias. Sin embargo, desde la corriente principal —un anarcosindicalismo hegemónico a partir de la creación de la CNT— se emitieron bastantes críticas y hubo numerosas tensiones entre individualistas y sindicalistas. Unos acusaban a otros de ensimismarse con cuestiones accesorias a las luchas del proletariado, y otros acusaban a los unos de resultar excesivamente conservadores, incluso carcas.

Max Nettlau y la dispersión de tendencias

Fue, sin embargo, la lectura de la obra de Max Nettlau, historiador austriaco del movimiento libertario, considerado «el Herodoto de la anarquía», quien me ofreció una crítica más sólida y coherente contra este espacio filosófico.

Nettlau, precisamente un amigo muy querido de la familia Montseny, habitual invitado de la calle Escornalbou y colaborador habitual en La Revista Blanca, en su obra La anarquía a través de los tiempos, dedicó un interesante capítulo al anarquismo francés de principios del siglo XX en que advertía del peligro de esta corriente a partir del concepto «dispersión de tendencias»

Para este historiador, buena parte del declive del anarquismo en Francia, probablemente el país con mayor peso del movimiento durante el siglo XX tenía que ver con el abrazo respecto a estas tendencias. Y fue así como, a pesar de sus inicios en París, el anarcosindicalismo acabó perdiendo la batalla con el marxismo, y finalmente el comunismo acabó apropiándose de la CGT.

Contracultura, revolución sexual y alienación

En mi tesis ya expliqué la fortaleza e influencia de este conjunto de ideas, especialmente hasta la década de los años 30, las cuales fundamentaron la eclosión de la contracultura y los movimientos emancipadores respecto a cuestiones relacionadas con la revolución sexual que enraizaron fuertemente en Occidente a partir de mayo de 1968.

En cierta manera, y no es una crítica, puesto que la liberación de las costumbres y la fuerza del individualismo consiguieron romper con determinadas rigideces morales tan opresivas como la sociedad de clases, todo este conjunto de ideas modeló claramente nuestra contemporaneidad, nuestra manera de pensar y actuar vigentes, en las que las libertades personales implicaban un mundo de menores ataduras personales y el dogmatismo reinante entre una parte substancial del movimiento obrero.

Todo progreso, sin embargo, suele poseer dos caras. La mayoría de la gente pudo tener un mayor control de sus vidas y vivirlas con mayor plenitud. Pero, a su vez, la plaga del individualismo, junto con una sociedad de consumo con gran capacidad de alienación, actuó como disolvente respecto a los lazos sociales y la comunidad.

Wokismo, alienación y pérdida de raíces

En esta era de wokismo, en la que la reivindicación de las minorías parece desplazar al interés común, estamos dando pasos hacia adelante, aunque no tenemos demasiado claro en qué dirección. O quizá sí: en dirección al ombligo de cada uno de nosotros.

El individualismo es emancipador cuando se libera de determinadas rigideces y homogeneidades, aunque también puede ser opresor cuando nos convertimos en siervos de nuestros propios caprichos u obsesiones. Y, sobre todo, puede generar una peligrosa alienación. La alienación del yo respecto al «nosotros». Peor aún: nos aliena respecto a un pasado compartido y a una tradición que es la que nos permite disponer de raíces con lo que nos hermana.

Reflexión final: entre la estética y la ética

Tengo la sensación, cada vez que acudo —cada vez menos— a actos relacionados con el movimiento libertario, de quedar fuera de lugar, de ser contemplado como un anacronismo al observar a jóvenes militantes seducidos más por una estética que por una ética genuinamente anarquista.

Se ven muchas más banderas libertarias que hace tres décadas, cuando éramos media docena de historiadores dedicados a investigar el pasado anarquista. Me siento como un pulpo en un garaje al oír hablar a algunos militantes de la importancia de acabar con la opresión de las personas «de peso no normativo», al denunciar la gordofobia como elemento fundamental de las opresiones contemporáneas, o considerar a los férreos partidarios del movimiento LGTBIQX+ como el elemento central de la existencia.

¡Como si tuviera alguna relevancia la condición física o las preferencias sexuales de cualquier persona!, cosa que, por lo menos para mí, no la tiene. Percibo, preocupado, cómo tantas personas enarbolan enfervorizadamente las banderas rojinegras, ante militantes que desconocen a Bakunin o Kropotkin, o que desautorizan a Proudhon por ser un heteropatriarcal opresor.

Me molesta profundamente esta época de eslóganes vacíos sin análisis ni pensamiento. Creo que esto fue lo que le pasó por la cabeza a Federica Montseny cuando fue invitada, como ponente, a las Jornadas Libertarias de Montjuic en 1977, cuando, efectivamente, había muchos jóvenes con muchas ganas de revolución, aunque sin tener ideas claras y demasiada confusión sobre lo que representaban aquellas banderas que inundaban aquel espacio tan lleno de esperanzas, posteriormente defraudadas.

Epílogo: responsabilidad con el pasado

En cierta manera, estamos viviendo una especie de Revolución Cultural maoísta, con su punto de histeria e irracionalidad dispuesta a romper con el pasado. Y es justo lo que los adversarios del socialismo emancipador anhelaban: sin raíces, cualquier disidencia es frágil y voluble.

Los libertarios de hace un siglo eran capaces de construir un discurso sólido, de generar ideas fuertes a base de debates sustantivos. Creo que tenemos responsabilidad respecto al pasado, que es la mejor manera de ejercer responsabilidad ante el futuro


Fuente:
 
 

martes, 13 de diciembre de 2016

Santiago Alba Rico se lamenta de la expulsión de los terroristas de Alepo

LaRepublica.es
7 diciembre 2016

Uno de los fundadores de Podemos y habitual columnista de la izquierda trotskista española, Santiago Alba Rico, ha vuelto a posicionarse públicamente del lado del imperialismo en Siria, como ya hiciera en anteriores ocasiones.

En el día de hoy se conocía la noticia, de que el Ejército Árabe Sirio, con la ayuda de Rusia, tomaba gran parte de la zona este de Alepo, expulsando a los terroristas del Estado Islámico y sus diferentes facciones de su feudo sirio, y evacuando a los civiles que han vivido bajo el yugo de este grupo terrorista durante meses.

Sin embargo, Alba Rico ha lamentado en la red social Twitter este acontecimiento: «En el hueco que dejó al huir nuestra conciencia cabe holgadamente Alepo. Qué digo: el agujero es tan grande que cabe toda Siria» ha asegurado Rico.

No es la primera vez que el «filósofo» de Podemos se posiciona políticamente del mismo modo. Recordemos que sobre la invasión a Libia llegó a asegurar: «La intervención de la OTAN en Libia salvó vidas», «No es la OTAN quien está bombardeando a los libios sino Gadafi», o «No creo, sinceramente, que la OTAN vaya a invadir Libia»; justo dos semanas después de estas palabras, la OTAN ya estaba bombardeando Libia.

Sobre el golpe de estado neonazi en Kiev, Rico afirmaba: «En Ucrania no ha habido un golpe de estado ultraderechista; hubo una rebelión, un movimiento muy amplio y espontáneo de los ciudadanos indignados», y calificó a los grupos de extrema derecha que asaltaron las instituciones y expulsaron a Yakunovich como «heroicos».

En un artículo publicado en Rebelion.org, titulado «Podemos en Ucrania», publicado el cuatro de marzo de 2014, llegó a afirmar que «EEUU nunca ha intervenido tan poco, lleva diez años sin intervenir militarmente en ningún sitio».

Tampoco pasaron desapercibidas sus críticas hacia el Eurodiputado de Izquierda Unida Javier Couso: «Que Couso se reúna con el asesino gobierno sirio me parece tan repugnante como si se hubiese reunido con los asesinos de su hermano» aseguró. Estas palabras no estuvieron ausentes de crítica y fueron calificadas como «repugnantes» por el actor Willy Toledo. «¿Puede haber un sinvergüenza mayor que Santiago Alba Rico?» dijo el Secretario General del PCPV Javier Parra; e incluso el propio ex Secretario General del PCE Paco Frutos, afirmó sobre Alba Rico que «está cada vez más claro que Santiago Alba Rico es ayudante de la CIA, dentro de unos años sabremos porqué y por cuánto, de momento sigue con su tarea de enfangar y destruir la conciencia de la izquierda».

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domingo, 18 de noviembre de 2012

El caso SOKAL: La verdad de las mentiras


¿No entiendes el lenguaje de algunos filósofos? No pasa nada. A veces, ellos tampoco. Esta es la historia del físico norteamericano Alan Sokal que, harto de tanta impostura, decidió combatirla con sus mismos tics.

Filosofía Hoy


En mayo de 1996, un profesor de física estadounidense, Alan Sokal, cansado del abuso que científicos sociales y humanistas hacían de las ciencias naturales, decidió escribir un artículo paródico y enviarlo a la revista de estudios culturales Social Text. Redactó su trabajo filosófico-científico en un estilo incomprensible, muy propio de algunos textos posmodernos que él pretendía combatir, y lo tituló Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravitación cuántica. Plagado de citas absurdas, aunque auténticas, de intelectuales franceses y estadounidenses y sazonado de sinsentidos, el artículo fue publicado, entre alabanzas a su autor.

Posteriormente, éste decidió revelar su argucia en otra revista, Lingua Franca, manifestando que su intención era desenmascarar el uso inadecuado e inexacto de la terminología científica y las extrapolaciones abusivas de las ciencias naturales a las ciencias humanas con el fin de denunciar los estragos intelectuales causados por la posmodernidad.

En 1997 Alan Sokal y Jean Bricmont, un físico belga, ampliaron la crítica en un libro, Imposturas intelectuales, que ponía nombre y apellidos a los representantes de esa corriente posmoderna que, instalada en un relativismo cognitivo, abandonaba el camino racionalista de la Ilustración al considerar a la ciencia como una narración, un mito o, simplemente, una construcción social.

Los impostores desenmascarados

Imposturas intelectuales está plagado de actores principales (Jacques Lacan, Bruno Latour, Jean Baudrillard, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Paul Virilio) y secundarios de reconocida trayectoria en el coro de la epistemología del siglo XX (Popper, Quine, Kuhn, Feyerabend). El libro sostiene que el relativismo posmoderno se nutre a base de oscurecer y abusar de conceptos que proceden de las ciencias físico-matemáticas y que, según Sokal, se plasman en hablar sobre teorías científicas de las que solo se tiene una vaga idea e incorporar a las ciencias humanas o sociales nociones propias de las ciencias naturales sin justificación experimental o conceptual. Además, muchos autores exhiben una erudición superficial utilizando términos científicos de manera incongruente. Para el autor de Imposturas intelectuales, no hay nada vergonzoso en la ignorancia, pero sí en la arrogancia con la que determinados intelectuales tratan de profundizar sin pasar de la superficie o usando la ambigüedad como refugio.

¿Por qué se ha llegado a esta situación? La suplantación del pensamiento racionalista moderno por parte de los planteamientos posmodernos ha elevado la tensión entre las «dos culturas» impregnando a las humanidades y ciencias sociales de creencias subjetivas y discursos oscuros. Es preciso, añade Sokal, saber de qué hablamos cuando hablamos de ciencias naturales y diferenciar lo oscuro de lo profundo, desconfiando de los argumentos de autoridad y, fundamentalmente, no ser autómatas subsidiarios de las ciencias naturales, utilizando conceptos como metáforas.

Así que en Imposturas Intelectuales, el físico estadounidense va haciendo crítica del posmodernismo a través de la «topología psicoanalítica» de Lacan, los abusos de los conceptos matemáticos de Kristeva o del barniz verbal con el que Baudrillard trata de dar apariencia de profundidad a observaciones superficiales sobre sociología o historia. El libro finaliza con el artículo comentado que apareció en Social Text con ese título sólo correctamente reproducible por Groucho Marx o Cantinflas.

Para Sokal, las especulaciones del discurso posmoderno sobre la mecánica cuántica representan la tensión esencial de su denuncia: la confusión del sentido técnico de algunos términos y el gusto por la interpretación subjetiva, con respecto a Heisenberg y Bohr, que se refleja de forma definitiva en esa terriblemente conocida afirmación: «Como dice Einstein en su teoría de la relatividad, todo es relativo». El hecho de que la teoría cuántica esté cargada filosóficamente y que lleve de forma natural a la consideración del papel que juega en la sociedad el nacimiento de una teoría, transporta a algunos hasta el limbo del Tao de la física a hombros de variables ocultas (Bohm, Nicolescu).

Y un apunte final sobre el plano argumentativo. Hemos dicho que Sokal había construido su artículo a partir de saltos ilógicos y de frases sintácticamente correctas. Pues bien, ese relativismo tiene mucho que ver con las razones que llevaron a que una parodia con un título ampuloso fuese tomada por un riguroso estudio académico. Su publicación demuestra la negligencia de los responsables que dieron luz verde a un artículo sin consultar a otros expertos, como reconoció posteriormente el coeditor de Social Text, porque procedía de un «aliado con las credenciales adecuadas». En opinión del propio autor el artículo fue aceptado porque «sonaba bien» y «favorecía las concepciones ideológicas de los editores».

Pero la publicación se relaciona, asimismo, con lo convincente que ha de ser (o la ausencia de convicción, en este caso) una buena argumentación. Y es cierto que en el reconocimiento de la buena argumentación, la bondad y la eficacia no siempre se corresponden.

A las imposturas denunciadas por Sokal respondieron los aludidos con una publicación coordinada por Baudouin Jurdant titulada Imposturas Científicas: Los malentendidos del Caso Sokal. Ahí, un numeroso grupo de investigadores franceses se preguntan si Sokal y Bricmont han leído lo que critican, acusándoles de poner en peligro los inestables equilibrios que gestionan las relaciones entre las ciencias de la naturaleza y las humanas. En la Introducción, Jurdant cuestiona el uso que Sokal y Bricmont hacen del concepto «sentido común» para legitimar la existencia de una realidad objetiva independiente de todo ser humano, y denuncia que la crítica de Sokal y Bricmont es, a menudo, caricaturesca y grosera.

Una polémica actual

Casi diez años después, en el año 2008, Alan Sokal publicó Más allá de las imposturas intelectuales: Ciencia, filosofía y cultura, con el fin de denunciar el auge de la desinformación y de la pseudociencia, y defender la argumentación racional y lógica frente al pensamiento basado en los tópicos, la tradición y la superstición. En este libro aborda las implicaciones que se derivaron de su pequeño «experimento» y la sorpresa que le provocó el revuelo levantado. Desde su autorreconocida condición de impenitente hombre de izquierdas, Sokal manifiesta una razón expresamente política que le animó a escribir su artículo: combatir la moda del discurso posmoderno, que es contrario a los valores de la izquierda, y una rémora para su futuro, que no es ningún lugar tranquilo. Entiende Sokal que existe un asalto a la razón y a la ciencia por parte de una derecha política y por la alianza entre grandes empresas que tratan de eludir normativas ambientales y de seguridad, por un lado, e integristas religiosos que tratan de imponer sus dogmas en la política educativa y sanitaria, por otro.

Las implicaciones de esta polémica trascienden el ámbito académico y se sitúan en un territorio social y político de gran actualidad, porque buena parte del debate gira en torno al problema de la importancia de la ciencia en la sociedad: cuánta ciencia deberíamos saber y qué consecuencias tiene ignorarla o despreciarla. Y si evaluamos la trascendencia social del pensamiento científico en relación con los resultados alcanzados por la ciencia y la tecnología, la realidad no resulta muy alentadora: seguimos creyendo en las abducciones extraterrestres, en el horóscopo o en las teorías que se sirven de la física cuántica para demostrar la existencia de Dios y la resurrección de los muertos.

Las reacciones al caso Sokal, como afirma Jorge Wangensberg, son un mar de tinta en el que burbujea de todo «(...) pero, sobre todo, risa, mucha risa, una risa muy sana porque, a la postre, se trata, ni más ni menos, que de la risa de la ciencia riéndose de sí misma, una risa que tanto ha faltado ¡y sigue faltando! en tantas ideologías y tantísimas creencias de la historia de la civilización. En ciencia por lo menos, ya nada volverá a ser exactamente igual que antes del caso Sokal», aunque nada es igual que antes, salvo la permanencia de las imposturas y los obstáculos que impiden abrirse paso al pensamiento racional.

Luis A. Iglesias Huelga
Profesor de Filosofía en el IES Escultor Daniel de Logroño