Mostrando entradas con la etiqueta autoritarismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autoritarismo. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de enero de 2021

¡Muera la autoridad!

  Por RICARDO FLORES MAGÓN

Me explico que el burgués ponga el grito en el cielo cuando escucha este grito salvador: ¡muera la Autoridad! El burgués tiene razón, porque si desapareciera la Autoridad, en el mismo sepulcro caerían los privilegios del Capital para no levantarse más. La Autoridad es necesaria para perpetuar la desigualdad social, que garantiza al rico vivir en el ocio y condena al pobre al rudo trabajo y a la abyecta miseria. El burgués, pues, necesita que haya Autoridad, pues de lo contrario, tendría que tomar el arado, la garlopa o el martillo para ganarse su subsistencia y la de su familia.

Pero el pobre, ¿para qué necesita la Autoridad? La Autoridad nunca ha sido buena con él; la Autoridad ha sido para el desheredado la madrastra huraña, castigadora y malvada, castradora de voluntades. Todavía no sé qué en algún país del mundo haya sido la Autoridad el escudo o el ángel guardián de los pobres, y eso es así, porque no puede servir a dos amos al mismo tiempo: al rico y al pobre. La Autoridad fue instituida para cuidar los bienes materiales de la clase rica que se veían amenazados por los hambrientos.

Los que no tenemos un terrón donde reclinar la cabeza, no necesitamos la Autoridad. Por el contrario, la detestamos porque ella arrebata de nuestras filas a los más vigorosos de nuestros hermanos, para amontonarlos en los cuarteles y hacerlos empuñar las armas en favor de la burguesía, y en seguida nos cobra contribuciones para mantener esos soldados y todo ese enjambre de funcionarios grandes y chicos que forman lo que se llama: Gobierno.

Somos nosotros, los desheredados, los que no tenemos nada que nos roben, los que estamos obligados a pagar los gastos que origina el mantenimiento de la Autoridad, cuando lo justo sería que esos gastos fueran pagados por los beneficiados, que son los burgueses.

El soldado con el arma al brazo, el gendarme con el garrote en la mano, el rural con el sable desenvainado, ¿han servido alguna vez para proteger al débil? ¿Se ha dado el caso de que el soldado, el gendarme o el rural se hayan interpuesto entre el amo y el trabajador para evitar que el primero chupase el sudor del segundo? ¿Cuándo el pobre no puede pagar la renta del suelo o de la casa, han volado alguna vez en su auxilio el soldado, el gendarme o el rural para evitar el que sea puesto de patitas en la calle o el ser expulsado de la ingrata tierra que regó con su sudor? Y si indignados por la injusticia social que nos obliga a poner al servicio de los ricos la fuerza de nuestros músculos y la luz de nuestro cerebro, conspiramos y nos rebelamos, ¿se pone la Autoridad de nuestra parte, esto es, de parte de los débiles, de las víctimas de la voracidad capitalista? ¿No la vemos siempre con sus soldados, sus gendarmes y sus rurales repartir la muerte entre los pobres que se rebelan por un reparto más equitativo del pan?

Me explico que el burgués ponga el grito en el cielo cuando escucha este grito salvador: ¡muera la Autoridad! Pero no me explico que el pobre, el desarrapado, el trabajador se encabrite y eche espumarajos de rabia cuando se le da este amistoso consejo: no elijas autoridades; gobiérnate por ti mismo.

Ricardo Flores Magón detenido en EEUU.

Mirbeau dijo una gran verdad cuando exclamó:

 «De todos los animales, el más estúpido es el hombre, porque al menos los animales no eligen al carnicero que ha de degollarlos.»

Y los hombres hasta nos matamos en favor de quien ha de pasarnos a cuchillo cuando esté en el poder. ¡Así somos de estúpidos!

Demos nuestra libertad, demos nuestra tranquilidad, demos nuestra sangre; pero no para elegir verdugos, sino para acabar con ellos, para acabar con los burgueses, para fundar la Sociedad Libre de todos para uno y uno para todos.

No elevemos al poder ni a Vázquez Gómez ni a nadie. Seamos tan dignos como los animales que no eligen al carnicero que ha de degollarlos. Tomemos la tierra, la maquinaria de producción, los medios de transportación, las casas y las provisiones; concertémonos fraternalmente para la producción y el consumo en común y levantemos la frente, mexicanos, orgullosos de haber sabido resolver el Problema Social.

REGENERACIÓN
(23 de marzo de 1912)

lunes, 13 de noviembre de 2017

De la utopía a la distopía

«Utopia/Dystopia»
por Dylan Glynn (2010).


Por FRANCESCO MANCINI

Entre los años 1989 y 1991, con el hundimiento del bloque soviético, se ha determinado un cambio de era en el equilibrio y perspectivas del capitalismo moderno y de la humanidad entera que, tras más de setenta años, ponía fin a otro cambio de era: el nacimiento de la Unión Soviética.

Se concluía, de forma poco gloriosa y poco digna, un experimento sociopolítico y económico que, al menos al principio, había suscitado expectativas y esperanzas en la clase trabajadora del mundo entero.

No fueron pocos los que pensaron, o se ilusionaron, que se estaba dando vida a la realización de una utopía: una sociedad de libres, iguales y solidarios, de trabajadores y para los trabajadores, autoproclamada socialista o, forzando el pensamiento de Karl Marx, del que se reclamaban los constructores de la nueva realidad, incluso comunista.

No obstante, los motivos de duda no faltaron, desde el principio.

Si de hecho fueron sin duda numerosas, complejas e intrincadas las causas de la Revolución de Octubre y del nacimiento de la Unión Soviética, por otro lado sin lugar a dudas se situó en el origen de tales acontecimientos el apoyo determinante que el imperialismo alemán prestó a las fuerzas revolucionarias.

Admitiendo sin ningún género de dudas que la Alemania imperial no pudiera albergar, por mínima que fuera, simpatía por las ideas socialistas y comunistas de Lenin, Trotski y compañía, está acreditado que la decisión de financiar y armar a los bolcheviques fue el fruto de un cálculo oportunista y fuertemente obligado, puede que incluso desesperado, del Imperio alemán, que de todas formas se mostró perdedor.

En cualquier caso, de la revolución soviética y su continuación en el segundo conflicto mundial y la llamada 'guerra fría', se origina un ordenamiento mundial bipolar en bloques contrapuestos que, de alguna forma, operó para relativa ventaja de las clases bajas. Entre el bloque occidental, o mejor dicho el estadounidense, y el oriental, o mejor dicho el soviético, se establece una especie de competición cuyo objetivo era, a fin de cuentas, el control de las respectivas clases trabajadoras. Estas podían ser, y eran, explotadas, engañadas, reprimidas en cada uno de los dos bloques, pero hasta cierto límite, no tanto como para correr el riesgo de que se alinearan con la parte contraria.

De hecho, los trabajadores aprovechaban de ambas partes una especie de rédito de posición, que comportaba condiciones verdaderamente muy limitadas y nada óptimas en bienestar y seguridad, pero incomparablemente mejores de las que se han creado con la desaparición del bloque oriental.

Por parte de los vencedores de la denominada 'guerra fría', los derrotados, además de ser objeto de toda suerte de juicios negativos, incluso de orden moral, fueron presentados como portadores de ideologías políticas, sociales y económicas insostenibles y sin posibilidades de aguantar hasta un cierto límite el choque con la dura realidad.

En resumen, prevalece la tesis de que el adversario o, mejor dicho, el enemigo, había perdido porque era portador de conceptos utópicos fuera de la realidad, mientras que lo que se define como capitalismo moderno o régimen de mercado o sistema de empresa resultó triunfador por ser expresión de realismo, racionalidad y eficiencia.

Y, sin embargo, bastaría un mínimo de reflexión para darse cuenta de cómo la Historia ha demostrado ampliamente cuán ficticias son estas reconstrucciones y estas presuntas calidades.

Parece, no obstante, que el asunto no haya sido tomado en consideración, ni siquiera por el venir a menos de una cierta alternativa realista y de un posible término de parangón con el sistema socioeconómico y político vigente.

La Unión Soviética, con su misma existencia constituía a pesar de todos sus límites y defectos, la prueba viviente de la posibilidad efectiva de soluciones organizativas diferentes.

Su desaparición ha comportado para los trabajadores la ausencia de un posible objetivo o referencia política alternativa adecuada a la gravedad de la situación. También, por parte de los mismos que apoyan el capitalismo moderno, la admisión de que se trataba de un pésimo sistema socioeconómico. Un argumento considerado decisivo en su favor ya que, sin embargo, los otros sistemas han demostrado ser peores y, en cualquier caso, perdedores.

El otro argumento es que el beneficio, la empresa, la acumulación y la concentración de la riqueza y del capital presentan innumerables problemas y contradicciones en su funcionamiento, pero constituyen un estímulo potente al desarrollo y progreso de lo que hasta ahora no ha sido posible identificar un posible sustituto capaz de igualar, y menos aún, de superar las prestaciones.

Y todo ello para demostrar cuán fácilmente, como en un relato de Poe, incluso lo que es evidente escapa a la atención y se sustrae a la percepción, por lo que uno se da cuenta inadecuadamente de que también en gran medida el capitalismo moderno ha de considerarse una utopía, con tales y tantos pesados caracteres negativos que ha de caracterizarse como distopía.

No se trata del mero hecho, de constatación banal, de que la versión moderna, globalizada y financiarizada del capitalismo no se ha desembarazado de los aspectos bárbaros y feroces de sus comienzos y de la fase de acumulación originaria. Ni siquiera el esclavismo, la servidumbre de la gleba y el tráfico de carne humana han desparecido; solo han cambiado de forma, objetivos, territorios y sectores de actividad, pero todavía se mantienen vivitos y coleando.

Por otro lado, permanecen inmutables los abusos, las destrucciones, las incongruencias, las contradicciones, la irracionalidad y la ineficacia que en todo tiempo ha caracterizado la estructura y funcionamiento de las varias formas del capitalismo.

Incluso ante macroscópicos fenómenos de globalización y predominio de las finanzas sobre la actividad productiva, permanecen y se multiplican Estados, fronteras, barreras aduaneras, monedas nacionales, banderas, ejércitos, guerras y, obviamente, producción y tráfico de armas.

Por un lado se teoriza, cosa que, por lo demás, no se puede hacer sin observar la estrecha interconexión e independencia de pueblos y economías a nivel planetario, como para dar lugar a un único gran sistema global capaz de funcionar mejor solo en ausencia de conflictos en su interior.

Por otro lado, se debe admitir que todo esto no ha impedido mínimamente que proliferen y se enquisten los conflictos creados, costeados y armados por intereses financieros, aunque formalmente disfrazados de nacionalismo, religión o incluso de choque de civilizaciones.

El capitalismo moderno como utopía negativa

También el capitalismo es portador de una utopía, pero calificable, y por muchos calificada, como negativa, es decir, una distopía.

Lo es, en particular, en la forma asumida a resultas de su triunfo, de su subida al poder en la versión del capitalismo moderno.

En qué consiste tal utopía y la misma legitimidad del uso del término en referencia al capitalismo moderno constituyen, al menos en parte y en medida variable, materia controvertida y fruto de posiciones ideológicas.

La misma definición de capitalismo, como es sabido, es materia de opiniones, divisiones y contraposiciones. No son pocos ni de importancia secundaria los historiadores de la Economía y los economista que, como Fernand Braudel, Luigi Einaudi o Carlo Cipolla, han considerado ambigua tal determinación y suprimible o que, como Karl Marx, han rechazado totalmente la utilización del término por resultar vago, acientífico y precursor de confusión.

Se puede incluso intentar definirlo como un sistema socioeconómico basado en la empresa y el beneficio, y en el que los medios de producción son objeto de propiedad individual o colectiva, privada, pública o mixta.

Obviamente, la definición adoptada no es la única ni, verosímilmente, la mejor posible y, a riesgo de equívocos, comporta implícitamente que la propiedad estatal o incluso pública de los medios sea calificada como capitalismo de Estado y no como socialismo ni, mucho menos, como comunismo.

El carácter utópico, o mejor dicho distópico, del capitalismo moderno se puede identificar en el hecho de que se basa en una tendencia a expandirse indefinidamente, a poder ser al infinito, tanto como para sufrir una crisis cada vez que esa tendencia se detiene o invierte.

La materia objeto de tal expansión puede consistir, según las preferencias, en la acumulación de riqueza, en su centralización, en el volumen de negocios, en los niveles de beneficios y rentas, en los valores monetarios, en el gasto de bienes de consumo, en las inversiones, en la creación de medios de producción u otros.

Cualquier opción parecería confinada en el reino de lo opinable y del condicionamiento político e ideológico salvo por un aspecto. En cualquier caso, el sistema socioeconómico que se denomina, o se califica, como capitalista existe en la realidad y no es simplemente soñado o imaginado, como en general sucede cuando se hace uso del término utopía.

Son, por tanto, evidentes, medibles y calculadas tendencias, efectos más o menos deseados y perseguidos, y resultados calificados como éxitos o fracasos, expansiones o crisis del sistema efectivo en funcionamiento.

Hay que subrayar que en gran parte de los relativos datos estadísticos y contables no se dan grandes divergencias de opinión, y es a ellos a los que se hace referencia.

No es materia opinable sino realidad aceptada oficial y universalmente, la tendencia actual a la cada vez más acentuada acumulación y concentración de la riqueza en un porcentaje exiguo e irrisorio de la población mundial, constituido por las clases negociantes y financieras, y por los ricos y superricos.

Por eso es indiscutible que tal tendencia no ha parado sino que ha acelerado su expansión con la gran crisis iniciada en 2008.

Tal aceleración —y esto tampoco es puesto en duda por nadie— es producida en parte por las políticas llevadas a cabo por los gobiernos de los más importantes países desarrollados o emergentes, a favor del gran capital y, en particular, de las clases financieras y de los bancos de negocios.

Tales políticas, presentadas como medidas anticrisis, han favorecido y exaltado la tendencia al aumento de las desigualdades, ya de por sí parejas al funcionamiento de las instituciones financieras y de negocios del capitalismo moderno.

Otra causa del incremento de las desigualdades en la distribución de la renta y de la riqueza acumulada y concentrada, es el aumento cada vez más anormal y económicamente injustificado de los sueldos de los ejecutivos y consejeros de las grandes empresas financieras y de negocios respecto a la remuneración media del trabajador dependiente.

Por otro lado, supersueldos y demás emolumentos de los consejeros delegados y directivos de alto rango siguen siendo formalmente registrados como rentas del trabajo, cuando en realidad deberían ser considerados sin lugar a dudas como parte de los beneficios.

Otra utopía implícita en el capitalismo moderno es la tendencia al incremento sin límites de los valores monetarios, efecto del modo de ser y de operar de las instituciones monetarias, financieras y de crédito, tanto nacionales como internacionales.

Al comienzo de la gran crisis se tomó conciencia de que gran parte de la vulnerabilidad de los sistemas financieros nacionales y mundiales era debida a la anormalidad del desarrollo de las variables financieras, es decir, al incremento y empeoramiento cualitativo fuera de control de los valores financieros y crediticios, convertidos en múltiplos de dos cifras del Producto Interior Bruto mundial. Rápidamente, tras el inicio de la gran regresión, su valor registró un consistente repliegue, para volver con bastante velocidad a las dimensiones precrisis de los productos crediticios y financieros más o menos derivados, más o menos tóxicos, más o menos opacos y enigmáticos en los contenidos y en los efectos.

A pesar del enorme riesgo que esta montaña de valores y productos financieros comporta, no ha existido una tentativa real y ni siquiera una intención verdadera de establecer reglas y praxis para un eficaz redimensionamiento de tal fenómeno.

Análogamente, no se toma tampoco en consideración el problema del agotamiento de recursos derivado de la proliferación de empresas industriales y de servicios, con la creación de una capacidad productiva total muy por encima de la demanda global.

El solo objetivo de tal multiplicación de iniciativas es aprovechar las oportunidades de mayores beneficios ofrecidas por las normativas complacientes en materia medioambiental, laboral, fiscal, incentivos y apoyos públicos y medidas y maniobras monetarias, crediticias y cambiarias tendentes a violar o eludir sistemáticamente las reglas de la competencia y de la corrección comercial.

Nº 351/352 - octubre/noviembre 2017

lunes, 12 de junio de 2017

Los intereses del anarquismo


Por ANATOL GORELIK*

Entre los intereses del anarquismo y los intereses de las agrupaciones anarquistas, a veces resulta un abismo profundo e infranqueable.

Los intereses de las agrupaciones se reducen a menudo a luchas internas, rozamientos personales, discusiones de problemas sin importancia y divergencias mezquinas por intereses secundarios de personas o agrupaciones. O a una lucha con otras agrupaciones por la prepotencia y la dirección, llegando a veces hasta un odio mutuo y una lucha fratricida la más absurda y la más estúpida.

Los intereses del anarquismo están por encima de los intereses mezquinos, temporarios y pasajeros; por encima de las aspiraciones, pasiones, peleas, choques, rencillas y discusiones personales o de grupos. Todo su interés se concentra en la propaganda más eficaz y más amplia de las ideas anarquistas, en las aspiraciones y necesidades pananarquistas, poniendo los intereses panhumanos por encima de los intereses del movimiento. Porque el anarquismo quiere bienestar y libertad para los seres humanos vivos, para todos las personas sin excepción. El anarquismo no es una finalidad para los anarquistas, sino un medio para la creación de una humanidad libre y de bienestar.

Por eso, todos los que realmente tienen interés y quieren sinceramente trabajar en los intereses del anarquismo, deben pensar y actuar no como miembros de tal o cual agrupación, de tal o cual colectividad, sino como anarquistas, como personalidades libres de todo prejuicio y prejuzgamiento, y que pongan los intereses básicos del anarquismo por encima de los intereses pasajeros de personas y de grupos. Porque una idea —cualquier idea— debe servir para el bien del hombre y de la humanidad, y no el hombre debe servir a la idea, por maravillosa, elevada y noble que esta idea sea.

Y si alguien, por alguna aberración, deseara colocar los intereses personales o de las agrupaciones por encima de los intereses de la idea de la anarquía, este hombre, inevitablemente, se convertiría en el enemigo más terrible de sus propias ideas y en el destructor de la obra en nombre de la cual actúa y trabaja.

La influencia personal de uno u otro anarquista, de tal o cual agrupación, puede tener y tiene su valor y su importancia, juega y debe jugar un papel importante en el desarrollo, la propagación y divulgación de la idea. Pero esta influencia es solamente parcial y relativamente reducida. Porque cada actividad social se compone de la actividad de todos los hombres que participan en ella.

Pero no siempre activar quiere decir hacer algo útil para el hombre y para la humanidad. Muy a menudo resulta que la actividad de una persona o de un grupo, bien que se denominen anarquistas, se desvía, pierde la esencia básica de la idea y se reduce a su contradicción o negación completa. Lo que sucedió a principios de la guerra de 1914, lo que sucedía después de la conflagración mundial y lo que sucede ahora debería servir de una enseñanza y de un escarmiento para los anarquistas. El peligro más grande para el anarquismo es la desviación de personas que se acreditaron como anarquistas activos y capacitados. Porque hasta sucede que anarquistas y grupos enteros son arrastrados por la influencia de acontecimientos del momento o por intereses pasajeros, olvidándose a veces completamente de los intereses anarquistas y humanos.

Especialmente se difundieron tales fenómenos en los últimos años, cuando la reacción empezó a levantar la cabeza y el conservadurismo tomó de nuevo las riendas de la vida humana y social en sus manos. Se ha llegado hasta provocar a todo el movimiento anarquista con el deseo de arrastrarlo por caminos dudosos y entregarlo al servicio de una causa autoritaria y antianárquica. El iniciador de esta provocación, al fin, terminó con descubrir su esencia verdadera y pasarse con todo su bagaje sindicalista y autoritario al comunismo marxista. Porque para él más razón tenían Marx y Lenin que Kropotkin, Malatesta o Max Nettlau. El peligro del 'plataformismo' ha pasado. Pero hay todavía no pocos que siguen con el canto de sirenas de la bondad de la autoridad en las manos de la vanguardia del proletariado y de la nobleza de la autoridad al servicio de los sindicalistas y de los anarquistas.

El movimiento anarquista ya ha sufrido bastante por culpa de estas sirenas del autoritarismo, «de la dirección anarquista de la revolución social», del «todo el poder a los soviets», del «todo el poder a los sindicatos obreros», de los defensores de «la dictadura del proletariado», del «comunalismo», etcétera, y es ya tiempo de poner coto a todas estas desviaciones y dedicarse a la obra constructiva en la propaganda de las ideas y a la preparación de las mentes y de los espíritus para una reconstrucción social sobre bases de la anarquía, donde serán ausentes el autoritarismo, la violencia y la coerción.

Evitar completamente tales fenómenos en el movimiento anarquista, no es tan fácil. Siempre se encontrarán gentes que buscarán en el campo de la actividad anarquista un ambiente propicio para la expansión y el engrandecimiento de su persona, o tratarán de imponer con medios no anárquicos sus deseos y su voluntad.

Pero reducir tales fenómenos al mínimo es posible y debe hacerse.

Para eso es necesario que los intereses de la humanidad y de la anarquía se pongan en la base de toda actividad anarquista, y, lo que es todavía más importante, que el ideal anarquista sea la fuerza que dirija toda la actividad anarquista.

Entonces todas las posibles divergencias y diferencias en las opiniones y en los conceptos serán de poca importancia. Se podrá discutir en algún problema, discutir todas las posibles cuestiones y opiniones, sin que se incurra en personalismos, o que las relaciones entre los anarquistas dejen de ser de compañeros de ideas, tolerantes y amigables.

Sus aspiraciones comunes y las ideas que les unen les ligarán tan estrechamente, que ninguna fuerza les podrá desunir o deshacer su compañerismo y amistad.

En tales condiciones de relación entre los anarquistas, cada uno podrá pensar a su manera de entender, y propagar las ideas de acuerdo con su temperamento y preparación, pero siempre de acuerdo con los principios básicos del anarquismo.

Entonces las posibles diferencias de interpretación no serán peligrosas, sino, al contrario, muy útiles. Las posibles discusiones harán pensar y meditar sobre los problemas en estudio, y haciéndose todo esto de una manera tolerante y amigable, serán de una gran utilidad para los que tomen parte en ellas. Y cada problema será estudiado detenida y seriamente, y meditado profunda y anárquicamente.

Todas las posibles divergencias y choques personales perderán entonces su gravedad e importancia, y poco a poco desaparecerán casi por completo, ocupando su lugar el estudio de las ideas y de la vida y la discusión de los métodos y de las actividades.

Muchos anarquistas plantean ahora seriamente la cuestión de la resurrección, elevación y ennoblecimiento del movimiento anarquista, que en realidad ha sufrido más de las rencillas, disputas y choques irracionales internos, que por causas exteriores. Bien que éstos han asestado también no pocos golpes al movimiento anarquista. Pero fueron las luchas fratricidas que alejaron muchas fuerzas buenas y útiles, y no pocas fuerzas activas y de un idealismo firme y definido. Porque a menudo esta lucha personal o de agrupaciones se ponía por encima de la lucha por la realización del ideal anarquista.

Estas disputas y choques trajeron al anarquismo un mal enorme, y es imprescindiblemente necesario encontrar una salida de esta situación anormal. Cada anarquista sincero y honesto lo entiende y lo siente, y aspira a sanar y curar el movimiento de este mal traído de los partidos políticos, en los cuales la lucha por la dirección es una cosa normal e inevitable. Porque cada movimiento en su vida interna refleja desde ya las ideas y practica los principios que propaga. Así que en su movimiento autoritario es normal que exista autoridad y dirección. Pero en un movimiento anarquista y libertario, esto es imposible y anormal, porque contradice con los principios básicos de las ideas que se propagan.

Todos los anarquistas buscan y quieren encontrar un medio para poner fin a estos fenómenos en las filas anarquistas, para así poder empezar una nueva era de respeto, tolerancia y colaboración íntima entre los que aspiran a la realización del ideal de la anarquía, de la libertad y del bienestar para todos los hombres. Y lo conseguirán si tienen bastante buena voluntad, dedicación y persistencia en la obra del esclarecimiento de los principios libertarios del anarquismo y en la unificación de todos los elementos que sinceramente quieren trabajar para el bien de las ideas y de la humanidad entera. Lo conseguirán dedicándose enteramente a la obra constructiva de la propagación y divulgación de las ideas; dejando, a los que lo quieran, pelearse y discutir, sin prestarles atención alguna.

Entonces los que realmente están carnalmente interesados en la realización de las ideas y su aplicación a la vida, se adherirán libre y voluntariamente a esta obra sana y útil, creando un vacío alrededor de los que se cubren con el manto de la anarquía o se sirven de ella para sus propios fines o intereses, por más respetables que sean. Engrosando nuevamente las filas anarcolibertarias todos los hombres de pensamientos libertarios y sentimientos nobles, y atrayendo a sus filas a todos los que sienten el dolor universal de la humanidad crucificada por el autoritarismo, la expoliación y exterminación mutua de los hombres, y que quieren y aspiran a una humanidad más noble, más justa y más progresiva, desean ver al hombre —al rey de la naturaleza— disfrutar de su vida, desarrollar la cultura humana, vivir una vida llena y desbordante de alegría y de bienestar, y trabajar y labrar un futuro más progresivo, más glorioso, más fecundo y más armonioso todavía; llegando a crear una personalidad humana más hermosa, más justa, más bella, más noble y más integralmente desarrollada, que en el bienestar de los demás buscaría su propio bienestar, y en la libertad ajena su propia libertad.

Exterminar de un golpe todos los males del movimiento anarquista, sería difícil y casi imposible. Pero eliminarlos poco a poco, es posible y necesario.

Para eso es necesario que todos los que son conscientes de todo el mal que existe ahora en el movimiento anarquista, se nieguen terminantemente a tomar parte en cualquier discusión, disputa o choque, ni dar importancia o tomar en cuenta los ataques maldosos personales de los que se creen sacerdotes del anarquismo, y menos todavía los que son dirigidos por algún malvado, enfermizo u ofuscado.

León Tolstoi tiene un cuento sobre dos campesinos que apurados se dirigían por sus asuntos y que, encontrándose en un paso sobre un riachuelo, no querían dejarse paso uno al otro, alegando cada uno que él es quien más apuro tiene. Así seguían discutiendo un largo rato en medio del paso, hasta que un tercero les aconsejó que quien tiene realmente más apuro ceda el paso al otro que es nada más que un testarudo. Porque quien no tiene apuro real en llegar a alguna parte, no le importa perder su tiempo y el tiempo ajeno en discusiones sin sentido e innecesarias. Solamente el que realmente tiene apuro en hacer eso es el más indicado a dejar paso al otro y no desea entretenerse en estúpidas peleas y luchas fratricidas y perjudiciales para la obra común.

Algo parecido a esto pasa ahora en el movimiento anarquista. Porque la mayoría de las discusiones y disputas en realidad no tienen importancia alguna y son de un interés muy relativo. Cada uno quiere imponerse a los demás, les quiere convencer por lo bueno o por lo malo y obligarles a seguir el camino que él cree bueno. Y como nadie quiere ceder en sus ambiciones, discuten y se pelean sin fin desmoralizando así al movimiento y desacreditando las ideas. Porque una idea que no es capaz de hacer más tolerantes, más morales y más nobles a los que la profesan, no puede servir para el bien de la humanidad y del hombre, y tampoco para la reconstrucción de la vida humana y social sobre bases nuevas y mejores.

Por eso los que realmente están interesados en la divulgación y propagación de las ideas anarquistas entre las masas humanas, que dejen de prestar oídos a los que buscan discusiones y peleas, que sigan su camino hacia los fines deseados y aspirados, sin tomar en cuenta para nada a los que buscan en el movimiento anarquista la manera de convertirse en directores y definidores de las ideas y de los métodos anarquistas.

Lo único que debe preocupar a los anarquistas libertarios es la lucha con los males existentes y la divulgación y la propagación de las ideas. Que trabajen asiduamente en la profundización de las ideas y la preparación del campo individual y social para la posible reconstrucción social sobre bases de ayuda mutua, solidaridad y amor. Dejando a los que no tienen capacidad para una obra útil y provechosa, que se peleen, discutan e insulten a los que no concuerdan con ellos, a los que no quieren reconocer su autoridad infalible.

Entonces se formará inevitablemente un vano alrededor de los peleadores, y no les quedará otra cosa que hacer que irse del movimiento y buscar un campo más propicio para esta su actividad, o reconocer sus errores y dedicarse a la lucha con los males existentes y a la propaganda de las ideas.

Ceder se debe y se puede, pero únicamente en lo que puede hacer daño al movimiento anarquista. No ocuparse de insultos y ataques personales: no contestar a insinuaciones malévolas y no intervenir en discusiones sobre problemas que no tienen importancia básica.

Pero se debe estar sereno y firme en lo que respecta a los principios básicos del anarquismo. En tales casos, se debe y es preciso discutir y defenderlos, dejando a cada individuo y a cada agrupación el derecho de tener sus propias opiniones, conceptos y métodos de propaganda de las ideas y de la realización de éstas en la vida.

No importa que alguien se equivoque a veces, o entienda las ideas de una tranca diferente. Ni tampoco que a veces use métodos que no concuerden completamente con los conceptos establecidos y generalmente practicados. Porque dentro del movimiento anarquista cada hombre debe tener la libertad de pensar, discutir y practicar todos sus conceptos. Solamente así los hombres aprenderán a tener sus propias iniciativas y responsabilidades y activar independientemente sus ideas.

También es necesario que las ideas se acepten, se asimilen y se practiquen libremente. Que nadie tenga el derecho de obligar a los demás a pensar y actuar contra su propia convicción y voluntad. Porque solamente las ideas libremente aceptadas y asimiladas podrán convertirse en ideas propias del individuo y le podrán servir de estímulo y de guía en su actividad y su vida social. Lo contrario sería una contradicción flagrante con los principios básicos de la libertad y de la anarquía.

En los partidos políticos, que están construidos según el modelo de la sociedad existente, que está basada sobre los principios de la autoridad y de la jerarquía, al hombre le es permitido pensar, pero se le prohíbe expresar lo que piensa y menos todavía experimentar y practicar sus ideas y opiniones que no concuerdan con las de sus jefes.

En nuestras agrupaciones anarquistas, que existen hoy en día, al hombre se le permite pensar y expresar libremente lo que piensa. Pero se le permite actuar solamente en concordancia con lo que opina la mayoría de la agrupación u organización a la cual pertenece. Lo que muy a menudo significa que debe actuar contra sus propias convicciones. Esto crea a menudo situaciones muy desagradables y lleva a rencillas, peleas y choques. El individuo, en tales organizaciones, se ve muchas veces en situaciones delicadas, se ve obligado a actuar en contra de sus propias convicciones, o ser consecuente y romper con los compañeros, a los cuales le une la idea común y conceptos concordantes en muchos otros problemas y cuestiones.

El anarquismo reconoce un derecho igual para todos los seres humanos de practicar todas las formas de expresión del pensamiento humano: pensar, expresarse y practicar lo que piensa y opina. El derecho para cada uno de participar o no participar en lo que hacen los demás, de acuerdo con sus propias convicciones. Pero no acepta ningún derecho para nadie imponer nada, que no sea aceptado libremente. Porque un paraíso impuesto se convertirá en un infierno.

Lo que es de muchísima importancia en el movimiento anarquista, es el respeto mutuo entre los seres humanos, la tolerancia, la solidaridad y el amor. Que los anarquistas busquen uno en el otro lo que les es común, lo que los une, y no lo que les separe en sus aspiraciones a una vida mejor, más bella y más hermosa, y a una humanidad más justa, más sana y más noble. Que traten de sacar enseñanzas de aquello en que no concuerdan, estudiando a fondo, cambiando opiniones y discutiendo amigable y anárquicamente los problemas que se interpretan diferentemente. Pero que eviten y rechacen todas las discusiones de carácter personal y todos los ataques maliciosos e hirientes, dejando sin atención las insinuaciones malévolas y provocaciones a las cuales recurren siempre los ignorantes y los faltos de conciencia.

Solamente entonces, cuando el compañerismo entre los anarquistas tendrá un valor real y positivo, cuando la tolerancia y el respeto mutuos tomarán cuerpo tangible y cada uno los sentirá como una parte de su consciencia y de su alma, el movimiento anarquista tomará la dirección verdadera, será útil para sus participantes y podrá dar los frutos deseados y necesarios.

Porque sembrando vientos se puede recoger únicamente tempestades, y sembrando chismerías y discordias se podrá recoger solamente peleas y disgustos.

Pero cuando se implantará entre los anarquistas la concordia y una verdadera unificación libertaria en la obra común de siembra de ideas y de plantación de principios básicos de una sociedad nueva, más libre, más justa y más solidaria, entonces todos los esfuerzos estarán dirigidos y dedicados a la lucha con los males existentes y a la implantación y afirmación en las conciencias de los hombres de los conceptos anarquista-libertarios sobre las formas y bases de convivencia social y las relaciones individuales.

Todos los anarquistas concuerdan en que es necesario unificar a los anarquistas libertarios en su lucha común contra el orden existente y en su aspiración de conquistar un futuro nuevo y mejor. Pero esto no se podrá conseguir si no se elimina la lucha fratricida entre compañeros y los choques por intereses personales o de grupos, que tanto corroen en los últimos tiempos el movimiento anarquista, si los intereses del anarquismo y de la humanidad no se convierten en la base de la actividad de los anarquistas, y si entre los libertarios no se afirma la tolerancia y el respeto a cada personalidad humana.

Por encima de los intereses de los grupos y de los individuos deben estar los intereses del anarquismo, y el respeto y el amor a cada ser humano deben reemplazar el desprecio y el odio existentes en la sociedad de hoy si realmente se desea que el anarquismo siga siendo un movimiento libertario y sirva honesta y desinteresadamente a los intereses del hombre y de la humanidad toda.

Para conseguir este fin es necesario que todos los que sinceramente sienten todo el mal que aqueja al movimiento anarquista, se unan, creen una base sólida para relaciones nuevas y más libertarias y practiquen la tolerancia, el respeto mutuo y la solidaridad, sirviendo así de ejemplos palpables de cómo un anarquista debe portarse y desenvolverse en el movimiento social. Deben acostumbrarse y acostumbrar a los demás a discutir ideas y tácticas y evitar choques personales y discusiones sobre cuestiones secundarias y de menor importancia.

Entonces los anarquistas podrán dedicarse al estudio de la vida y de las ideas, elaborar y practicar diferentes formas de divulgación y realización de las ideas y, unidos y con paso firme, seguir hacia la meta deseada y aspirada. Podrán dedicar sus fuerzas y sus energías a la lucha con los males existentes, a derrumbar los órdenes autoritarios e injustos existentes y a trabajar para preparar y afianzar bases para convivencias libres, de bienestar, de ayuda mutua y de amor para todos los hombres, sobre la tierra toda. Para que la anarquía reemplace al autoritarismo, la ayuda mutua a la coerción, la solidaridad a la violencia, el bienestar general al hambre y la miseria, y la tolerancia y el respeto a cada ser humano al odio y el exterminio. A la creación de una sociedad humana donde la experimentación y la práctica libertarias reemplazarán a las costumbres rígidas, los prejuicios y el fatalismo materialista o espiritualista; a la creación de una sociedad donde los hombres, todos los hombres, serán hermanos y amigos y trabajarán en bien de toda la humanidad y del progreso humano. A la formación de una personalidad humana integral, moral y espiritualmente desarrollada y más elevada, porque la personalidad es la riqueza más grande y más hermosa de la sociedad y la base esencial de toda actividad y de toda unión social. Porque sin la personalidad humana no es posible la existencia de la sociedad. Y la existencia de la sociedad humana es solamente útil y se justifica para la elevación moral, espiritual e intelectual de la personalidad humana y para el mejoramiento de su bienestar.

Por eso es justamente que la anarquía aspira a sintetizar la vida social, convirtiéndola en un complemento de la vida de los individuos y a crear convivencias, para que las sociedades sirvan para el bien del individuo y para el progreso de la humanidad.


  *Artículo de Anatol Gorelik para LA REVISTA BLANCA, número 340, del 26 de julio de 1935, republicado en el último TIERRA Y LIBERTAD de la FAI (nº 347-junio 2017).