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domingo, 3 de febrero de 2019

El poder es violencia


Por LEV TOLSTOI

Los reformadores hacen más o menos como los tártaros de Crimea, que quitaban a sus prisioneros los grilletes y las cadenas, pero solamente después de haberles despellejado las plantas de los pies y espolvoreado las heridas con astillas muy menudas. (…) No se inutiliza un instrumento de servidumbre hasta que no hay otro preparado, y es importante saber que nunca faltan tan terribles instrumentos. La esclavitud moderna es la consecuencia de nuestras leyes sobre la tierra, los impuestos y la propiedad. Unos tratan de rebajar los impuestos que pesan sobre los trabajadores y que sean los ricos quienes soporten las mayores cargas fiscales. Otros proponen abolir toda la propiedad privada para la tierra, y ya se han hecho experimentos en esta dirección en Nueva Zelanda. Por fin, los socialistas, con el objetivo de socializar los medios de producción, como medidas transitorias, gravar la renta y las herencias y restringir los derechos de los capitalistas y patronos.

Pero si el propósito final es abolir la esclavitud moderna, parece que para conseguirlo debiera pedirse la abolición pura y simple de las leyes que la favorecen. Al examinar con alguna atención las reformas propuestas, cualquiera se convence sin esfuerzo de que todas esas reformas, todos los proyectos prácticos inmediatamente realizables, y todas las concepciones teóricas que tienden a mejorar la suerte de los trabajadores se limitan a sustituir las leyes existentes por nuevas disposiciones legislativas que, una vez más, modificarán la forma de esclavitud pero no la harán desaparecer. (…) En su forma primera, la esclavitud no era otra cosa que un medio para obligar a los hombres a trabajar. Después de haber revestido diversos aspectos, que la disimulaban más o menos —propiedad de la tierra, impuestos, propiedad de los bienes de consumo y de los medios de producción—, la esclavitud vuelve a su antigua forma apenas modificada: la obligación de trabajar del modo y en la actividad que otros deciden. Resulta por tanto evidente que la supresión de una de las tres causas de la esclavitud mencionados no hará desaparecer la esclavitud, sino que tan sólo cambiará su forma, como ocurrió en otro tiempo en Rusia. (…) En este sentido, es preciso convenir que la esclavitud no depende exclusivamente de los tres principios en los cuales se apoya hoy por hoy la legislación moderna, sino de la posibilidad misma de legislar, de ejercer el poder, que se han atribuido algunos hombres para redactar leyes útiles a sus intereses, y deducir así que la esclavitud existirá mientras exista ese mismo poder. (…) En otras época, fue útil a los que gobernaban tener esclavos de quien disponer libremente, (…) hoy están interesados en mantener el actual sistema de repartición y división del trabajo, y hacen leyes para obligar a los hombres a someterse a las exigencias de esta organización. La causa fundamental de la esclavitud radica pues en la existencia misma de cualquier ley.


La causa de la desdichada condición de la clase trabajadora es la esclavitud. La causa de la esclavitud es la existencia de leyes. Las leyes se apoyan en la violencia organizada. Por lo tanto, no se podrá remediar la condición de los trabajadores sino destruyendo la violencia organizada. Pero la violencia organizada es inseparable del gobierno: es el gobierno. ¿Y podemos vivir sin gobierno? «¡Será el caos, la anarquía, la pérdida de todos los resultados de la civilización, la vuelta de todos los hombres a la barbarie primitiva!» gritan. (…) Supongamos que mil ladrillos están colocados unos sobre otros, formando una estrecha columna de centenares de metros de alto. Si tocáis uno solo de esos ladrillos, los demás se derrumbarán y romperán. Pero que no se pueda quitar un solo ladrillo o darle el menor golpe sin que toda la columna se desmorone no prueba de ningún modo que sea razonable dejar todos esos ladrillos apilados de esa manera tan estúpida y peligrosa. Por el contrario, prueba que es preciso poner fin a un arreglo que no ofrece seguridad.

La esclavitud de los hombres es consecuencia de las leyes. Las leyes fueron establecidas por los gobiernos. Para liberar a los hombres no hay más que un medio: la destrucción de los gobiernos. ¿Cómo derribar los gobiernos? (…) Los conquistadores realizaban sus acciones a costa de esfuerzos personales; eran activos, valientes y crueles. Los gobernantes consiguen su objeto mediante la astucia y la mentira. Por ello, en otras épocas, para realizar la violencia de los hombres armados, debían armarse los hombres y oponer a la violencia armada otra violencia igualmente armada. Pero hoy que el pueblo está amenazado no sólo por la simple violencia, sino por la astucia que sirve a aquélla de eficaz auxiliar; es preciso, para destruir la violencia, desenmascararla y hacer patentes las mentiras en las que se apoya.

«Estas ideas generales, justas o injustas, son inaplicables». Esto me contestan los hombres que se hallan cómodos en su posición, y que no creen posible ni deseable cambiarla en lo más mínimo. «En todo caso», añaden, «debería usted decir lo que es preciso hacer, y cómo convendría organizar la sociedad». (…) ¿Qué es preciso hacer? La respuesta es muy sencilla, muy clara, y todo hombre puede aplicarla, pero no es la que esperaban los individuos de la clase acomodada, absolutamente convencidos de que están llamados no a corregirse a sí mismos (pues piensan que no pueden ser mejores), sino a instruir y a organizar a los otros hombres; ni como la esperaban los trabajadores, persuadidos de que los responsables de su miseria son los capitalistas, y que les bastará, para ser siempre dichosos, tomar y poner al alcance de todos los bienes de lujo de los cuales los capitalistas son los únicos que hoy disfrutan. Esta contestación es muy sencilla y fácilmente aplicable, porque impulsa a cada uno de nosotros a hacer obrar a la única persona sobre la cual tenemos un poder realmente legítimo y cierto, es decir, uno mismo, y que se resume en estas palabras: todo hombre que quiera mejorar no solamente su propia situación, sino también la de sus semejantes, deberá dejar de cometer los actos que son causa de su esclavitud y la de los demás hombres. Deberá, en primer lugar, dejar de participar, ni voluntaria ni obligatoriamente, en la acción de los gobiernos, y por lo tanto, no aceptar jamás las funciones de soldado, ni de capitán, ni de ministro, ni de recaudador de impuesto, ni de alcalde, ni de jurado, ni de gobernador, ni de parlamentario, pues todas ellas se ejercen con apoyo de la violencia. En segundo lugar, no debe pagar al os gobiernos ni los impuestos directos ni los indirectos, ni recibir dinero del estado en forma de sueldo, pensiones o recompensas, ni pedir jamás un servicio a los establecimientos sostenidos por el Estado (…) Y en tercer lugar, no deberá solicitar jamás que la violencia de los gobiernos le garantice la propiedad de una tierra ni de un bien cualquiera. (…)

No sabemos, ni podemos prever ni determinar, según hacen nuestros pretendidos hombres de ciencia, cómo tendrá lugar este debilitamiento de los gobiernos y esa liberación de los hombres. No sabemos cuáles serán las formas de la vida social en los diversos momentos. (…) Sé que todos estamos tan fuertemente sometidos a la violencia que nos es muy difícil vencerla, pero haré, sin embargo, todo cuanto pueda para no favorecerla, para no ser su cómplice, y me esforzaré en no aprovecharme jamás de lo que fue adquirido o está defendido por la violencia.

No tengo sino una vida, ¿y por qué en esta vida tan corta me convertiría, contra la voz de mi conciencia, en colaborador de vuestros horribles crímenes?

No quiero ser y no será más lo que era.

Lo que saldrá de todo esto lo ignoro, pero creo que no puedo engendrar nada malo si obro siempre como mi conciencia me ordena.

(1900)

lunes, 1 de octubre de 2018

¡El caos!


El Caos cumple, dentro del Orden Social, funciones importantes. La primera consiste en que, fuera del Orden Social, está el Caos. —¿En qué quedamos, maestro?: ¿dentro o fuera? —Bueno, entendámonos: en realidad, la idea del Caos está dentro del Orden, porque es aquí donde se habla del Caos; pero, en esa idea, la realidad del Caos está fuera, porque, si no, a ver cómo se habría constituido este Orden sobre el Caos. ¿Está claro? —Lo que está claro es que es un lío de cuidao. Pero venga, de verdad de la buena: ¿ha habido caos antes de esto? ¿Hay caos por ahí fuera? Fuera de este Orden, por definición, nadie puede asomarse para ver lo que hay: porque si lo que se ve es orden, es que no está fuera; y si no ve orden, no ve nada, porque nuestros ojos no están hechos para ver mas que ideas. ¿Antes de esto?: nadie había para que nos dijera lo que había. Y, sin embargo, los políticos, los Padres de la Patria, los ideólogos, los sabelotodo, tienen que estar a cada paso amenazando con el Caos, y adoctrinando así a su gente, a sus mujeres, a sus niños: «Hay que acatar la Ley, por más que sea dura; o también infringirla, pero pagando la pena que corresponda según ley. Hay que situarse en este mundo, y cumplir, en la medida que uno pueda, con sus obligaciones laborales, y domésticas y ciudadanas; y progresar uno —eso sí— en su situación (es una aspiración legítima), y procurar crear para los suyos las mejores condiciones de desarrollo. Pero tu libertad termina —ya lo sabes— en donde empieza la libertad de tu vecino. Ya sé que estas recomendaciones son poco originales y brillantes, para los anhelos vagos y desordenados que uno siente, según dice, de vivir; pero también se puede vivir dentro de las normas: siempre quedan los fines de semana y las vacaciones y tu jardincito delante de la casa para igualar el césped. Y, además, sobre todo, que si nos pusiéramos todos a no reconocer derechos ni deberes, a despreciar las instituciones y las normas, a vivir cada cual según le viniera en gana, ¿qué iba a ser de nosotros, de toda la Sociedad?: sería el desorden de todos los egoísmos desatados, sería la ley de la Jungla; volveríamos a la Edad Media, a la Edad de Piedra, volveríamos al Caos, del que tanto trabajo y disciplina ha costado salir, y construir esta Sociedad, más o menos buena, más o menos perfecta, pero que te ampara y te sustenta, y que siempre será mejor que volver al Caos.» ¡Uf! Es una maravilla y un consuelo que todavía sigan naciendo niños que no acaban de sentirse convencidos por razones tan sensatas y se quedan rezongando por lo bajo.

—Es natural: ellos no han visto el Caos. —¿Y ustedes sí, señores míos? ¿Se refieren ustedes a la guerra civil española?, ¿a los años del estraperlo?, ¿a los asfixiaderos de judíos en Alemania?, ¿a las matanzas atómicas en el Japón?, ¿a los pudrideros de niños en Indochina?, ¿a los holocaustos de automovilistas todos los fines de semana? No sabíamos que esas cosas estuvieran antes y fuera de este Orden. —Bueno, eso son deficiencias de la máquina, errores en el camino, sacrificios que hay que pagar en aras de lo esencial, que es el mantenimiento (y el progresivo perfeccionamiento) de un Orden Social y de una Autoridad íntegra y justa. —Y eso ¿para qué? —Pues para no caer en la anarquía, en el caos, en el exterminio de los unos por los otros. —Porque usted cree que, si faltase el Orden y la Autoridad... ¿eh? —¡No cabe la menor duda!

«El hombre es lobo para el hombre.» Tal es la fe que funda y justifica el Estado. Sobre ese dictamen una cosa hay cierta: que a los fundadores del Orden, a sus detentadores y a sus defensores, les es absolutamente necesario: necesario creer en él, necesario que se crea en él; si no, están perdidos. Esto es verdad. En cuanto a la verdad del dictamen mismo, eso ya... ¿Quién ha visto a los hombres antes de que fueran hombres, esto es, de que estuvieran socialmente organizados, que tuvieran sus instituciones y autoridades, sus leyes más o menos escritas, y sus hogares y sus dioses? ¿Quién ha visto a los hombres cuando eran lobos? Bastante lobos se ve que son de cuando en cuando ahora, dentro de este Orden. Pero ¿fuera?, ¿antes?

Lo que es las especulaciones de la Ciencia, cuanto más honradas menos van a decirnos sobre el asunto. Tomemos lo de los monos: seamos primos más o menos lejanos de las especies de simios que por ahí malamente sobreviven. Se deduce que algún aire de familia deberíamos tener con ellos. Bien, y ¿qué hay con los monos? Ni siquiera se distinguen por ser muy feroces para con otros animales (son todos —hay que confesarlo— menos animales de presa que, por ejemplo, los tigres o los tiburones o los hombres), y desde luego en el trato entre ellos mismos, si pecan de algo, es de fraternales y sobones, dados a instituciones tan eróticas y cooperativas como la de espulgarse mutuamente, y no por cierto a la de liquidarse los unos a los otros; como tampoco, por cierto, lo suelen hacer los lobos. ¿Querría decir aquel dictamen «Hombre para hombre como lobo para cordero»?

Cierto que ya, en cuestión de monos, recuerdo haber leído hace años un libro divulgativo de un señor Robert Ardrey, americano, titulado African Genésis, a Personal Investigation into the Animal Origins and Nature of Man, donde descubre que, si bien descendemos del mono, es de una rama especial, que eran precisamente depredadores y sabían manejar la porra, como primer atributo de humanidad. Para que se vea a dónde pueden llegar los esfuerzos de la Ciencia por sostener la idea de que, por Naturaleza, somos más bien malos y no se nos puede dejar sueltos.

Y por parte de los etnógrafos, que podían hacernos ver lo que pasa en sociedades más salvajes y más cercanas, como antaño se decía, al estado natural, dejando ya a Malinowsky y a Cristóbal Colón, con la inolvidable aparición de los mansos indios del Caribe y los felices trobriandros del Pacífico, lo más que podían descubrir más tarde los ojos lúcidos y cándidos de Margaret Mead era, en alguna de sus islas, a unas pocas leguas apenas de distancia, un pueblo feroz, constituido sobre la guerra, la disciplina y la dureza, y otro pueblo muy poco constituido, entregado a la dulzura, la despreocupación y los amoríos. Así, ejemplarmente, la Ciencia nos enseña que no puede enseñarnos nada sobre nuestra Naturaleza, nada que apoye o que contradiga la creencia de que somos por naturaleza egoístas y desenfrenados y que, por tanto, Ley, Justicia, Administración, Vigilancia y Número de Identidad es lo que nos conviene y necesitamos.

Que conste, por otra parte, que la misma falta de razón tenemos para creer que los hombres seamos intrínsecamente buenos, como los chimpancés, y para tener una fe positiva en que, si nos libráramos de toda autoridad y freno, nos portaríamos como mansos, sociables y bien avenidos. No: lo único limpio y razonable es la falta de una fe y de la otra, de optimismo como de pesimismo. Un pesimismo negro y profundo es el fundamento de cualquier fascismo, que, convencido de que los hombres, dejados sueltos, no son capaces de otra cosa que de destrozarse y recaer en las tinieblas de la Jungla, se lanza a salvarlos, movido por un Futuro luminoso, estableciendo el Orden total y perfecto, del que ya no quepa escape ni resquicio. Y el fascismo —ya se sabe— no es más que el espejo grotesco de la vulgaridad, y cualquier socialismo, cualquier -ismo, cualquier fe en la organización y el perfeccionamiento de la organización está sostenido en el mismo dogma implícito del pesimismo sobre la naturaleza de los hombres. Pero a ese pesimismo no puede responderle ningún optimismo, que sería el reverso del mismo dogma, y por tanto igual, sino la falta de optimismo y pesimismo, el no saber que los hombres tengan naturaleza alguna.

Nadie ha visto, ni puede verlo, el esquema entero de la Historia, a la manera que San Agustín y Orosio, y otros más tarde, han creído verlo: haría falta ser el Ojo de la Providencia y estar en el mirador del Juicio Final, empezando por creer que hay tal Ojo y tal Juicio; lo cual no se sabe. Si no lo hubiere, el que lucha contra el Orden Establecido estará sencillamente haciendo por disipar los restos de un engaño y un fantasma sanguinolento; si lo hubiere, el que lucha contra el Orden habrá estado a su manera colaborando a la construcción del Orden. Pero en cualquier caso, el que se meta en ello debe saber que está jugándoselas a un juego de cuyo resultado nada sabe. Y hasta puede ser muy bien que las formas del combate, sin que él se dé cuenta, hayan cambiado, según la conveniencia táctica de los tiempos, hasta parecer volverse del revés: que en otros tiempos la lucha consistiera en defendernos de la Naturaleza hostil y la Barbaria, y en estos tiempos consista en defendernos de la organización vencedora de la naturaleza y la barbarie; y que, parodiando lo que dicen Ellos, los que antaño jugaban a asolar las murallas de las ciudades, sean los mismos que ahora juegan a construir murallas de bloques suburbanos en torno a los restos de las ciudades.

Por lo pronto, rapaz (y a esto es a lo que tienes que atenerte), el único caos que conoces es este en que te encuentras envuelto y consumido cada día: un caos ciertamente conseguido por vía de organización y de organización de la organización: el caos de los semáforos y las señalizaciones; el caos de los horarios y los cambios de horario; el caos de la Economía, de las progresivas escaladas de precios y salarios, de las inflaciones, devaluaciones y sobresaltos del Dinero; el caos de la planificación, de los planes de edificación de bloques, de los planes de estudios cambiantes a velocidad progresivamente acelerada. Y cada nuevo funcionario que, movido por la mejor buena fe -pongamos-, intenta con nuevos planes, nuevos formularios y remodelaciones, acudir a los defectos de la organización y perfeccionarla está de hecho contribuyendo al aumento del caos organizativo. Eso es, rapaz, hoy por hoy, el Caos. No será un mar de olas y turbiones, sino de papeles, cifras, organismos, siglas de Empresas y de Partidos, planes, constituciones; pero es igual: es en ése en el que te estás ahogando.

9 diciembre 1978


domingo, 29 de enero de 2017

Si es violento no es anarquismo


El autor sostiene que «en puridad, la violencia es injustificable desde teorías anarquistas, porque toda violencia supone el ejercicio del poder y es precisamente el ejercicio del poder contra lo que lucha el anarquismo».


«Curiosamente se llaman antifascistas, pero su forma de actuar es fascista», decía la semana pasada Javier Garisoain, secretario general de Comunión Tradicionalista Carlista, comentando el ataque que este 20N se produjo en el local que la asociación conservadora estudiantil Foro Universitario Francisco de Vitoria tiene en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. La investigación policial sigue abierta y todavía no se conoce a qué grupo pertenecían los asaltantes que destrozaron el local y agredieron a varios estudiantes. Minutos antes, a las 14:00 horas, había arrancado desde el metro de Ciudad Universitaria una marcha en la que participaron, entre otros, miembros del Bloque Antifascista de Estudiantes (BAE) y del Bloque Anarquista. Las informaciones e imágenes sobre la agresión han podido verse en infinidad de medios de distinto signo político.

En la web del BAE se desmarcan así del ataque: «El cortejo del BAE, respetando la decisión de la asamblea de la Facultad de Derecho de no entrar dentro del edificio, decidió permanecer en el exterior con la pancarta, coreando consignas antifascistas, mientras que parte de la manifestación entraba en la facultad».

No se sabe si los asaltantes pertenecen (o dicen pertenecer) al Bloque Anarquista o a cualquier otra organización que se autocalifique de 'anarquista'. Lo que sí es un hecho es que llevamos meses leyendo informaciones sobre grupos 'anarquistas' violentos. Hace unos días se informaba de la detención de cinco supuestos miembros de la Federación Anarquista Informal / Frente Revolucionario Internacional (FAI / FRI) por la bomba que estalló en la Basílica del Pilar en Zaragoza en octubre. En abril trascendía a los medios un informe de la policía en el que daba por hecho que el anarquismo implica violencia. En él se podía leer que la crisis actual «es el caldo de cultivo idóneo para considerar que estamos en un periodo expansivo de las actividades anarquistas». La policía, haciendo gala de una ignorancia suprema sobre ideologías políticas, da por hecho que las «actividades anarquistas» son violentas. ¿Son violentas las bibliotecas populares? ¿Las concentraciones? ¿Los comedores veganos? ¿Las asambleas? ¿Los grupos de debate? ¿Los de autoconsumo?

El anarquismo no es esencialmente violento. De hecho creo que la violencia es contraria al anarquismo. El tema de la violencia es una vieja cuestión de debate (no resuelta) entre las organizaciones de esta ideología. Existen importantes teóricos del anarquismo que siempre rechazaron la violencia: «Ni Godwin ni Proudhon la propiciaron nunca: el primero como hijo de la Ilustración, confiaba en la educación y en la persuasión racional; el segundo, consideraba que una nueva organización de la producción y del cambio bastaría para acabar con las clases sociales y con el gobierno propiamente dicho. Más aún, algunos anarquistas, como Tolstoi, eran tan radicalmente pacifistas que hacían consistir su cristianismo, coincidente con su visión anárquica, en la no resistencia al mal. Para ellos, toda violencia engendra violencia y poder, y no se puede combatir el mal con el mal», escribía Ángel Capelleti en Las doctrinas anarquistas (editado por la Federación Ibérica de Juventudes Anarquistas).

En puridad, la violencia es injustificable desde teorías anarquistas, porque toda violencia supone el ejercicio del poder y es precisamente el ejercicio del poder contra lo que lucha el anarquismo. Los anarcopacifistas lo entendieron perfectamente. Esta rama del anarquismo se inspira en las teorías de Henry David Thoreau, el citado Tolstoi y en Mahatma Ghandi y aboga por la resistencia pacífica como la forma más efectiva de desobediencia civil. Es también la única opción coherente con la esencia de la teoría anarquista. En la historia hay infinidad de ejemplos de logros conquistados mediante la resistencia pacífica, desde la Huelga de los Plebeyos, en el siglo V antes de nuestra era, la lucha contra el Colonialismo o la caída de la dictadura en Portugal, con la Revolución de los Claveles en 1974.

Es evidente que hay otros autores (Bakunin, Koprotkin, Malatesta) que se autoproclaman anarquistas y que han justificado la violencia o, usando el eufemismo clásico, la 'acción directa'. Los atentados que han propiciado sus teorías no han hecho más que dar argumentos a los grupos conservadores y a los de extrema derecha, así como a la represión estatal. No hace falta haber leído mucho para saber que el Estado administra como nadie la violencia, tiene todos los medios a su alcance para ejercerla y que intentar combatir al Estado con métodos violentos no sólo es inútil, es que además es estúpido. También denota una alarmante falta de formación y, lo que es peor, de imaginación.

La emancipación humana (ese frágil e inacabable proceso) pasa únicamente por el afán constante de controlar un instinto natural que es el que alimenta al ultracapitalismo y a las estructuras que lo sirven. Ese instinto natural no eso otro que la violencia. La violencia es siempre, y en todo contexto, reaccionaria, es una expresión del poder, al que sirve. El recurso a la violencia es un fracaso humano, aunque a veces se recurra a ella con la supuesta intención de evitar un daño mayor o de lograr un beneficio superior.

No sé a qué grupo se adscriben los individuos que el otro día asaltaron ese local estudiantil, pero su acción no se diferencia en nada de la de los miembros de La Falange que atacaron la sede de la Generalitat de Cataluña el pasado 11 de septiembre. Por una vez, y sin que sirva de precedente, tengo que dar la razón a Garisoain cuando dijo eso de «curiosamente se llaman antifascistas, pero su forma de actuar es fascista».

LA MAREA
26 noviembre 2013

viernes, 8 de agosto de 2014

Los anarquistas


Los anarquistas son como las chinches, viven agazapados en las costuras de la sociedad, son prácticamenter invisibles hasta que un día, mejor una noche, abandonan sus madrigueras y atacan a los indefensos humanos que están a su alcance, saltan de los colchones y con sus picaduras soliviantan el merecido descanso de los trabajadores.

Los anarquistas son una plaga, están por todas partes pero solo se detectan cuando pican con voracidad salvaje. Su vecino de arriba puede ser un anarquista, cuidado con los anarquistas. Los anarquistas dice el jefe superior de Policía están preparando un gran atentado aunque ellos no lo sepan. El jefe superior está bien informado porque su ministro de lo Anterior tiene línea directa con el Espíritu Santo desde que este se le apareció en un casino de Las Vegas y le atrajo de nuevo al redil diciéndole: «De que te vale ganar al black-jack si pierdes tu alma». Los anarquistas no tienen alma porque son, ante todo, unos desalmados que no respetan nada, ni la propiedad privada, ni a Dios ni al Rey, ni a la. Virgen Y hasta ahí podíamos llegar, los artefactos pirotécnicos que colocaron los anarquistas del comando Mateo Morral han despertado de su letargo a los nuevos inquisidores y a sus centuriones, el anarquismo vuelve a estar ahí, entre los radicales, los indignados, los insumisos, los republicanos, los antisistema, los del 15-M, forman parte de todas las mareas y son más difíciles de detectar que los yihadistas, por ejemplo, porque a veces no llevan barba y nunca lucen turbante. Los anarquistas prefieren el desorden a la injusticia y saben que ha llegado el tiempo de desordenar a conciencia el tinglado de la antigua farsa que se tambalea y a la que quieren seguir apuntalando los grandes partidos. Los anarquistas dan mucho miedo a las gentes de orden y de gobierno, los anarquistas siempre están ahí para cuando los gobernantes necesiten amedrentar a sus súbditos. ¡Que viene la mano negra!. O nosotros o el caos… pues el caos, porque a ustedes ya les conocemos y cada día va a ser más difícil que nos vendan su burra. Rebuznan, luego cabalgamos.

Periódico CNT nº 413 - Julio 2014


sábado, 5 de julio de 2014

La guerra, ¿naturaleza o cultura?


Por AUGUSTO GAYUBAS

«… si esta mirada pudiese abarcar el amontonamiento de los cadáveres mutilados y la sangre
que baña la tierra, sin una lágrima de pena, sin un remordimiento, se preguntaría si toda
aquella carnicería es acaso obra de un destino ciego, inexorable, que condena a los hombres
desde su origen a un común matadero, o una gran locura que sojuzga al género humano…»

Pietro Gori, Guerra a la guerra (1903)

En abril de 1918, días antes de ser encarcelado por las autoridades británicas a raíz de su activismo pacifista, el filósofo y matemático Bertrand Russell concluyó la escritura de un pequeño libro sobre las doctrinas y movimientos revolucionarios del cambio de siglo, que llevó por título Proposed Roads to Freedom (en castellano, Los caminos de la libertad). Allí, al tiempo que reconocía la viabilidad de construir «caminos de libertad» que desafiaran al orden social imperante, recuperando algunos de los principios esgrimidos por anarquistas y sindicalistas revolucionarios, criticaba la postura (atribuida de manera simplista a algunos de aquéllos) según la cual la guerra sería un mero producto de la dominación estatal y de la explotación capitalista, por lo cual bastaría con eliminar tanto la una como la otra para garantizar un mundo de paz.

De acuerdo con Russell, la guerra precedía tanto al capitalismo como a la opresión estatal. En este punto, acaso los estudios antropológicos del siglo XX, las indagaciones arqueológicas más actuales e incluso los relatos de viajeros de las centurias pasadas que anotaron sus observaciones sobre sociedades que estaban más o menos sustraídas a la influencia de la dominación occidental, darían la razón al filósofo. Sin embargo, el argumento de Russell daba un paso en falso al fundamentar su apreciación en la idea de que la guerra estaba inscrita en «los instintos fundamentales de la naturaleza humana». En efecto, para Russell no sólo «hubo guerras antes de que el capitalismo existiera», sino que la violencia bélica característica de los seres humanos sería en un punto equiparable a los comportamientos animales, lo cual lo llevó a considerar atinado, en una reflexión sobre la guerra, señalar que «la lucha es habitual entre los animales». En suma, para Russell «el hombre es por naturaleza un competidor, un ser adquisitivo y más o menos belicoso».

Este tipo de aproximación, que leída en el marco de la antigua discusión entre hobbesianos («el hombre es un lobo para el hombre») y russonianos («el hombre es bueno por naturaleza») estaría añadiendo un fundamento animal a la imagen de la guerra de todos contra todos elaborada por Hobbes, sería en algún punto rebatido —aunque no en un diálogo directo— por los trabajos de Piotr Kropotkin. En una obra publicada póstumamente, este pensador anarquista referiría como «falsos» los principios esgrimidos tanto por las miradas hobbesianas como por las russonianas y afirmaría, tomando como ejemplos las observaciones que circulaban en su época, que el «hombre primitivo no es, en modo alguno, ni un ideal de virtud ni un tigre»[1]. Por otro lado, insistiría sobre su tesis de que entre las especies animales, la lucha por la existencia enunciada por Darwin no apuntaba al exterminio de los menos adaptados en el seno de una especie (como, según Kropotkin, habían malinterpretado los darwinistas sociales en su aplicación del evolucionismo darwiniano al estudio de las sociedades humanas), sino a «la lucha contra los elementos hostiles de la naturaleza o bien contra las demás especies animales, la cual se efectúa en grupos unidos y mediante la ayuda mutua»[2]. En este sentido, ni siquiera una lectura evolucionista que apuntara al fundamento animal del ser humano debía conducir necesariamente a la proposición de un instinto agresivo que explicara en última instancia la guerra.

Llamativamente, en los años sesenta las impresiones de Russell hallarían su versión científica en la obra de autores como el etólogo Konrad Lorenz y los antropólogos Lionel Tiger y André Leroi-Gourhan. La hipótesis preponderante de este tipo de teorías partía de homologar la guerra con la cacería, no solamente en el sentido de destacar ciertas similitudes en los procedimientos característicos de ambas prácticas, sino en suponer una motivación común nacida de una presunta agresividad innata del Homo sapiens y de sus ancestros.

El antecedente inmediato de estas hipótesis se halla en las reflexiones, por un lado, del anatomista Raymond Dart (quien interpretó los primeros fósiles descubiertos del género Australopithecus —uno de los ancestros del Homo sapiens, extinto hace unos dos millones de años— como correspondientes a una especie de cazadores asesinos y caníbales que empleaban armas para cazar individuos de otras especies y de la suya propia, y cuya temprana presencia debía probar la existencia de un «impulso homicida» característico de los homínidos), y por el otro, del ensayista Robert Ardrey (quien popularizó desde principios de la década del sesenta una suerte de renacimiento del «mito del primate asesino» —que a principios del siglo XX proponía un origen de la guerra previo a la aparición del Homo sapiens— postulando, en la línea de Dart, la existencia de un supuesto instinto homicida común al hombre y a sus ancestros).

Entre tantas críticas que se hicieron a estas reflexiones, que en definitiva veían en la agresión el motor de la evolución, se destaca una serie de constataciones en el orden de la evidencia, en particular: a) la imposibilidad de sostener con testimonios que el Australopithecus pudo haber construido armas o herramientas; b) la conclusión —tras un minucioso examen— de que las heridas presentes en algunos de los fósiles de este género no se debían a un patrón de «agresión» intraespecífica (entre individuos de la misma especie) ni de canibalismo sino a mordeduras de hienas y leopardos —redundando, por lo tanto, en la percepción de estos homínidos como presa y no como predadores—; y c) la consideración según la cual, dado que el Homo erectus habría sido carroñero, difícilmente el Australopithecus, ancestro de aquél, hubiera practicado la cacería.

De todos modos, lo cierto es que el enunciado central de este tipo de miradas (la proposición de un instinto agresivo del hombre expresado tanto en la cacería como en la guerra) fue retomado y recubierto de un barniz científico a lo largo de la década del sesenta.

A finales de aquella década y durante la siguiente, diversos estudiosos se ocuparon de apuntar las falencias de este tipo de hipótesis, tanto en su versión silvestre (Dart, Ardrey) como en su versión científica (Lorenz, Tiger, Leroi-Gourhan). Los argumentos fueron contundentes.

Por un lado, se advirtió que no cualquier forma de lucha —y mucho menos cualquier forma de agresión— supone una práctica de guerra («la lucha entre dos hombres no es guerra» —escribe el antropólogo Keith Otterbein— salvo cuando expresa el enfrentamiento entre comunidades políticas autónomas), con lo cual la especificidad de la guerra no puede comprenderse con arreglo a una mera capacidad para la agresión[3].

Por otro lado, se señaló que la inferencia de un instinto agresivo a partir de la equiparación de la guerra con la cacería supondría pensar en la existencia de un impulso adquisitivo que haría de la guerra una cacería de hombres (según la clásica formulación de Leroi-Gourhan), escenario que sólo se podría sostener si las guerras tuvieran el único objetivo de obtener carne humana u otros insumos para la subsistencia. Esta situación no sólo es inexistente en los contextos mayoritarios de guerra sin prácticas de canibalismo, sino también entre sociedades que practican la antropofagia, en la medida en que esta última tiene un sentido estrictamente ritual.

Y por último, se remarcó el sencillo hecho de que «no hay evidencia fisiológica de que los humanos posean un instinto agresivo»[4].

De un modo similar se ha discutido la hipótesis del primatólogo Richard Wrangham y el escritor Dale Peterson, cuyo punto de partida consiste en considerar que las similitudes perceptibles entre el hombre y el chimpancé en la actualidad tendrían su origen en un ancestro común[5]. Este ancestro es pensado por los autores a imagen del chimpancé moderno, lo cual los conduce a aventurar que los comportamientos típicos de este último (entre ellos, comportamientos definidos como violentos) serían característicos de aquél. En consecuencia, la hipótesis de los autores es que la violencia intergrupal y el asesinato intraespecífico son tan antiguos como el chimpancé ancestral, y que, por lo tanto, la agresión es una herencia biológica. En última instancia, el asesinato intraespecífico, así como el desarrollo de la habilidad para cazar, serían el resultado de un «deseo de matar» inherente a humanos y chimpancés.

Más allá de la dificultad que supone postular una equivalencia absoluta entre los chimpancés ancestrales y los modernos (pues median entre ellos millones de años de evolución), los fundamentos biológicos de los comportamientos considerados «agresivos» de los chimpancés han sido puestos en duda: por un lado, porque se han registrado relativamente pocas situaciones de asesinato entre chimpancés, y por el otro, porque allí donde éstas fueron testimoniadas se ha constatado un importante impacto de la actividad humana sobre el hábitat, lo cual disminuye la posibilidad de pensar en una motivación heredada[6].

En suma, como sostiene Richard Sipes, «ciertamente los Homo sapiens tienen una aptitud para la agresión violenta y el asesinato intraespecíficos [del mismo modo, diremos, que para la cooperación y las relaciones pacíficas], dado que en ocasiones se involucran en ellos», pero la tendencia a la violencia y a la guerra por parte de un grupo de personas no parece poder explicarse en función de «los genes de los hombres individuales» sino más bien de las disposiciones culturales de la sociedad[7]. Si nos concentramos en el problema de la guerra, parece acertado señalar que tanto las dificultades inherentes a las lecturas biológicas apuntadas en los párrafos precedentes como la constatación histórica y etnográfica de que «la intensidad y la frecuencia de la guerra son muy variables» en distintos contextos sociales[8], son material suficiente para proponer que la guerra (en términos del antropólogo Pierre Clastres) «señala hacia la cultura, no hacia la naturaleza»[9].

(Nº 294 - Enero 2014)


NOTAS:
[1] Piotr Kropotkin, Origen y evolución de la moral, Biblioteca Virtual Antorcha, 2003 [1924], p.59.
[2] Ibídem, p.199.
[3] Keith F. Otterbein, How War Began, Texas A&M University Press, College Station 2004, p. 27.
[4] Ibídem.
[5] Richard W. Wrangham y Dale Peterson, Machos demoníacos. Sobre los orígenes de la violencia humana, Ada Korn, Buenos Aires 1998 [1996].
[6] Al respecto, véase Robert W. Sussman, «Why the Legend of the Killer Ape Never Dies. The Enduring Power of Cultural Beliefs to Distort Our View of Human Nature», en D. P. Fry (ed.), War, Peace, and Human Nature. The Convergence of Evolutionary and Cultural Views, Oxford University Press, Nueva York 2013, p.97-111.
[7] Richard G. Sipes, «War, Sports and Aggression: An Empirical Test of Two Rival Theories», American Anthropologist 73, 1973, p.79-80.
[8] Marvin Harris, Caníbales y reyes. Los orígenes de la cultura, Salvat, Barcelona 1986 [1977], p.43.
[9] Pierre Clastres, Arqueología de la violencia: la guerra en las sociedades primitivas, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2004 [1977], p.23.

domingo, 10 de febrero de 2013

La bomba 'anarquista' de Mateo Morral

El atentado contra Alfonso XIII.
El 31 de mayo de 1906, Madrid celebra en medio del regocijo y la fastuosidad la unión entre dos grandes familias reinantes en Europa. Alfonso XIII, rey de España, acaba de desposar a Victoria de Battenberg, nieta de la reina Victoria. La ceremonia se verá impregnada de sangre. Estalla una bomba en la Calle Mayor. Mueren veintiséis personas y ciento siete son heridas.

Este atentado no lleva la firma anarquista, pero traerá graves consecuencias para el movimiento. Su autor es Mateo Morral. Acaba de llegar procedente de Barcelona. Ninguna organización obrera le ha dado la idea, ninguna le ha concedido su patrocinio, ni siquiera su apoyo. Morral ha actuado solo. Su acto es, a la vez, feroz, romántico y desesperado. Y aunque después del atentado acude a refugiarse en casa de unos amigos de extrema izquierda, éstos pertenecen a medios anticlericales y no a medios anarquistas. Gracias a su protección puede escapar por unos días del alcance de la policía, pero al final es descubierto; mas, viéndose acorralado, se suicida.

Este suicidio no detiene la acción de la justicia. Se inicia un proceso que va a sacar a la luz la figura de un hombre destinado a hacerse muy pronto célebre por toda Europa: se trata de Francisco Ferrer. La razón de su arresto se debe a que Ferrer dirige en Barcelona una escuela bastante singular: la Escuela Moderna, cuyo bibliotecario era precisamente Mateo Morral. 

[…]

Morral, el terrorista de la calle Mayor, estaba empleado en esta escuela. Otra coincidencia es que una mujer está íntimamente ligada a este episodio: Morral sostenía unos sentimientos muy vivos por Soledad Villafranca, colaboradora y amiga de Ferrer. Y tenemos razones suficientes para pensar que Morral cometió su atentado simplemente por desesperación, cuando comprendió claramente que Soledad no respondería a su amor.

Durante el juicio, Ferrer es absuelto por falta de pruebas; sin embargo, el atentado no quedará impune; estos hechos anteriormente citados contribuyeron a agravar la represión antianarquista, aunque el anarquismo nada tuvo que ver con este acto demencial, más romántico que político. El gobierno quiso limitar severamente el derecho de asociación, así como la libertad de prensa, mas ante la oposición de numerosos sectores de la opinión pública, tuvo que suspender su proyecto.

En Barcelona, la tradición terrorista estaba más arraigada que en Madrid. Durante los años 1906 y 1907, la ciudad catalana permanece fiel a sus costumbres: se desencadena una verdadera epidemia de atentados. Las organizaciones obreras proclaman densamente su inocencia: afirman que nada tienen que ver con tales violencias. Hay que creerles.

En esta época, la mayor parte de bombas son arrojadas por un tal Juan Rull, persona decididamente sospechosa. Pertenece a los medios izquierdistas, pero no a la izquierda anarquista. Juan Rull abandona toda justificación ideológica. Ha comprendido que puede aprovechar el terrorismo en beneficio propio y emprende un siniestro proyecto de chantaje. Se trata de arrancar cierta suma de dinero a la policía bajo una amenaza: si no lo obtiene, hará estallar una bomba en la ciudad. La situación se mantiene hasta que un día se nombra un nuevo gobernador que rehúsa acceder a los deseos de Rull. Éste no tiene escrúpulos: cuatro bombas estallan en las Ramblas. El gobernador pierde los estribos y toma e nuevo contacto con Rull, quien exige una cantidad tan considerable que la policía no tiene más remedio que terminar de una vez por todas con este juego tan atroz e insensato. Después de una importante operación, Rull y sus cómplices son arrestados y condenados a muerte. Son ejecutados en Montjuich en agosto de 1908. El episodio nos demuestra cuán fácil resulta culpar al anarquismo de aquellos crímenes de cuya inocencia no hay ninguna duda, y hasta qué punto los métodos de la policía eran discutibles.

Por el contrario, los métodos seguidos por el anarquismo durante este periodo muestran claramente su intención de eliminar todas estas iniciativas individuales. El movimiento busca amoldarse a unas estructuras: en agosto de 1907 se constituye una nueva organización a través de una federación de sociedades obreras, implantadas ya a nivel local, se trata de Solidaridad Obrera. Ésta constituirá la célula inicial, el núcleo, de donde más adelante surgirá la CNT, es decir la central sindical anarquista que, partiendo de Barcelona, se extenderá por toda España.

Gilles Lapouge y Jean Bécarud
Los anarquistas españoles
 
ANAGRAMA, 1972,

sábado, 9 de febrero de 2013

¿Necesidad de una violencia revolucionaria anarquista?

Detención de Ravachol
RODERICK KEDWARD

¿Era la cooperación la mejor arma para luchar contra esta imagen de la explotación? Este remedio parecía a muchos anarquistas demasiado intelectual y utópico; encontraban una solución más adecuada cuando, en contradicción con su natural moderado, clamaban por «la revolución permanente por medio de la palabra hablada y escrita; el puñal, el rifle, la dinamita… Todo medio ilegal es bueno para nosotros». Kropotkin no era en absoluto violento, pero no pudo apartarse de la tradición revolucionaria del anarquismo por mucho que prefiriera una solución más pacífica. Su pregón para la revolución fue, sin embargo, más celebrado que su llamada a la cooperación.

En Europa y América los anarquistas habían descubierto las posibilidades de la violencia, sin necesidad de que se lo indicara Kropotkin, ni cualquier otro teórico. La violencia se convirtió, a finales del siglo XIX, en la más espontánea y dramática de las respuestas anarquistas: la sociedad tenía que transformarse con asesinatos, bombas y acciones terroristas individuales. Para la opinión pública, anarquía se convirtió rápidamente en sinónimo de violencia y las palabras del presidente Theodore Roosevelt en 1901 resumen la reputación ganada por los anarquistas en dos décadas de terror: «El anarquismo es un crimen contra la Humanidad y todos los hombres deberían formar un frente común contra los anarquistas».

Tanto en estas palabras como en la opinión pública, los anarquistas que mataron al presidente de Francia, Carnot, a la emperatriz Isabel de Austria, a policías de todos los países, al presidente de Estados Unidos, McKinley, a espectadores de teatro, clientes de café y otros, fueron los responsables de iniciar una era de violencia. Los anarquistas replicaron a esta imputación acusando al gobierno, a la iglesia, al capital y a la propiedad privada de gobernar por medio de la violencia, e insistieron en que su violencia no era más que ejercer el derecho a la autodefensa. La historia, replicaban, era una sucesión ostentosa de violencias sancionadas por la autoridad. Cantaban en son de burla:

¡Adelante soldados cristianos! Vuestro deber es claro.
Asesinad a vuestros vecinos cristianos o sed asesinados por ellos.
De los púlpitos brotan líquidos fuertes y efervescentes.
Dios desde lo alto os incita a robar, violar y matar.
Vuestros actos son bendecidos por el Cordero de las alturas.
Amad al Espíritu Santo, y asesinad, rezad y morid.

El tono agresivo de esta parodia tipificaba un clima de violencia. No hay duda de que un anarquista como Ravachol, cuyas bombas aterrorizaban París en 1892, creía que sus acciones eran defensivas, pero se unieron a una espiral de violencia pública y privada que dio mayor poder a la policía, al ejército y al gobierno y que no minó en absoluto la autoridad. Como medios para alcanzar la sociedad ideal fueron discutidos acaloradamente por los propios anarquistas, y los terroristas fueron considerados figuras marginales, aisladas, en la frontera de los movimientos anarquistas.

Pero no sorprende que la violencia ocupara continuamente los titulares de los periódicos y, como consecuencia, no se hizo justicia a las demás posiciones anarquistas surgidas en el curso del siglo…

Los anarquistas:
Asombro del mundo de su tiempo

Ediciones Nauta, Barcelona, 1970.

viernes, 8 de febrero de 2013

Oportuno lavado de cara de la Monarquía y la Iglesia gracias a un misterioso grupo anarquista


La prensa  «burguesa» de la época refleja
el montaje paraestatal conocido como Caso Scala.

Por Tomasso della Macchina

Qué casualidad. Ahora que la Iglesia (por el caso de la monja roba-niños) y la Monarquía (por las corruptelas de tan ínclita familia) están en sus horas más bajas de popularidad aparece un misterioso grupo anarquista insurreccionalista y pone una bomba (que, también casualmente, no explota) en la Catedral de la Almudena de Madrid, bomba, que según el Comando Insurreccionalista Mateo Morral (¡qué original nombre!), estaba destinada a combatir a estas dos sacrosantas instituciones.

Pero el asunto del insurreccionalismo es tan viejo como oscuro: ya en los 90 ciertas acciones armadas descerebradas convenientemente difundidas por los medios contribuyeron a dar mala imagen al grueso del anarquismo organizado (especialmente de la CNT). Por suerte, la mayor parte del Movimiento Libertario se desmarcó de dichas acciones y expresó su sospecha de que pudieran ser obra de la infiltración y la manipulación de gente poco formada o sencillamente desquiciada. Si no nos falla la memoria, la USI, la sección italiana de la AIT, ya en aquel tiempo expresó sus dudas sobre la verdadera naturaleza de estos grupos, muy abundantes en Italia. De hecho, los observadores más avispados y de mayor edad recordarán cómo en los 70 había grupos «comunistas» que, como las Brigadas Rojas, actuaban con inusitada violencia porque dentro había agentes del servicio secreto y de las fuerzas del orden de la República Italiana (curiosamente según los informes de la USI, los integrantes de estos grupos insurreccionalistas de los 90 ya habían militado en bandas armadas «marxistas-leninistas» en los 80). Era parte de lo que se llamó la Operación Gladio y su cometido era fabricar una excusa para que el orden imperante pudiera aplastar toda forma de disidencia tildándola de «terrorista». Quien sea tan ingenuo para creer que estas cosas no las hace un Estado que se autocalifica de «democrático» puede leer el texto Sobre el terrorismo y el Estado del situacionista Gianfranco Sanguinetti aquí:


Ahora que ya no hay ETA y que Al-Qaeda está muy entretenida en hacer el salvaje en zonas estratégicas (petróleo, gas, uranio...) del planeta (Siria, Mali, Nigeria, el Cáucaso, etc.) hay que tener un enemigo a mano para lavar la cara a la injusticia social y seguir con el expolio capitalista. Y todo ello con el conveniente apoyo de la prensa que sin duda sabe de estos montajes y publica sin cambiar una sola coma de la versión policial (¿es éste el cuarto poder crítico con los abusos de los estados?). En fin, nada nuevo bajo el sol.

jueves, 7 de febrero de 2013

¿Es la agresividad causa de las guerras?


Kirsti M. J. Lagerspetz
Departamento de Psicología, Universidad Abo Akademi

1. Una creencia generalizada es la de que las guerras son inevitables, pues se deben a la agresividad de nuestra especie.

2. La agresividad es una emoción que se tiene que estudiar por la psicología de la personalidad y por la psicoterapia.

3. Las personas involucradas en las guerras no son particularmente agresivas, los soldados, los civiles, etc.

4. La propaganda más bien pinta al enemigo como agresivo y despierta el sentimiento del MIEDO mismo que prevalece en los involucrados en un conflicto, más que la agresión.

5. Los soldados van al frente por obedecer. La obediencia y la sugestionabilidad son rasgos de personalidad, más necesarios para la guerra que la agresividad. Importantes prerrequisitos son, desde luego, el idealismo y el altruismo, incluso para sacrificarse en beneficio de otros.

6. Cierto grado de inteligencia es también necesario para planear y ejecutar la guerra. Se necesita de un sistema de comunicación y un lenguaje para ponerse de acuerdo.

7. Cuando se entrevista a los trabajadores de las fábricas de armas, éstos dicen que ellos son trabajadores que necesitan su empleo y que no deciden acerca del uso que se les dé a las armas.

8. Sólo por mencionar algunos factores, la autoaserción y el miedo al rechazo por sus representados, son dos variables psicológicas involucradas como motivaciones en los líderes bélicos.

9. Así pues, la agresividad no es suficiente explicación psicológica de la guerra. Hemos mencionado otros factores como el miedo, la sugestionabilidad, la obediencia, la socialización, el altruismo, el cumplimiento del deber, la ambición, la autoaserción, la inteligencia, el lenguaje, el temor al rechazo, el deseo de ganar, la búsqueda de seguridad (miedo al desempleo).