Mostrando entradas con la etiqueta Fermín Salvochea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fermín Salvochea. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de julio de 2015

Fermín Salvochea (y III)

Por RUDOLF ROCKER


VII
El movimiento cantonalista y sus
consecuencias - Barcos ingleses y prusianos
en ayuda de la reacción - Prisión en La Gomera -
Sus estudios y su evolución filosófica -
Indulto rechazado - La fuga

El 9 de febrero de 1873 el rey Amadeo renunció al trono y pocos días después fue proclamada la I República española. La lucha sangrienta de la Comuna de París había producido gran impresión en España y se presentía que iban a ocurrir grandes acontecimientos. Por eso Amadeo prefirió renunciar. Pero el pueblo tampoco estaba conforme con la república centralista y debido a eso los hombres del nuevo gobierno se vieron obligados a proclamar la república federativa el 8 de junio de 1873. Para pacificar a los descontentos se eligió para la presidencia del ministerio al conocido proudhoniano Pi y Margall; pero el 3 de julio, al establecerse la nueva Constitución, los federalistas se dieron cuenta de que se trataba de engañarlos. Pi y Margall, el único hombre honesto y resuelto del nuevo gobierno, renunció a su cargo por no querer traicionar sus principios. Entre el 5 y el 13 de julio se sublevaron numerosas ciudades proclamándose como comunas independientes.

No puede ser, desde luego, el objeto de nuestro trabajo ofrecer un cuadro de ese movimiento complicado, que sólo concluyó el 11 de enero de 1874 con la represión sangrienta de la comuna de Cartagena. Esta ciudad heroica estuvo sitiada durante seis meses por el ejército español y por buques de guerra prusianos e ingleses antes de que se consiguiera someterla.

Salvochea se adhirió inmediatamente al movimiento federalista y fue elegido presidente del comité administrativo de la comuna de Cádiz. Pero su situación era difícil a causa de que había múltiples tendencias en el movimiento mismo. A principios de agosto llegó a las puertas de Cádiz el general Pavía al mando de un ejército. Salvochea y sus amigos defendieron la entrada de la ciudad, pero los buques de guerra británicos del puerto de Cádiz se pusieron del lado de las tropas del gobierno, terminando con ello toda tentativa de defensa interior.

Salvochea se hallaba en un lugar seguro cuando los soldados del general Pavía entraron en la ciudad. Le hubiera sido muy fácil llegar en bote hasta Gibraltar, pero al saber que muchos de sus amigos habían sido arrestados él mismo se entregó en manos del enemigo a fin de compartir la suerte de sus camaradas.

El consejo de guerra de Sevilla, lo condenó a reclusión perpetua en una de las colonias penales de África. Su noble amigo Pablo Laso se presentó voluntariamente ante el tribunal con la intención de acompañar a Salvochea en su encierro. En marzo de 1874 ambos fueron enviados al presidio de La Gomera. Salvochea soportó su destino con la mayor calma. Su familia le ayudaba con dinero, pero él compartía hasta el último céntimo con los desdichados presos y con los habitantes pobres de la colonia que lo veneraban como a un santo. Salvochea era el espíritu bueno de la isla, amigo y hermano de todo el mundo; su consuelo influía sobre todos evitando la desesperación. En 1876, fue trasladado a Ceuta, pero de allí fue nuevamente llevado a La Gomera. Durante los ocho años que pasara en las colonias penales, Salvochea estudió la medicina teórica y práctica, dedicando todos sus esfuerzos a los moradores de La Gomera. Pero él mismo cumplió también una notable evolución intelectual en su cautiverio. Estando aún en España había tomado una participación entusiasta en el movimiento obrero español y fue uno de los primeros miembros de la Internacional en ese país; pero fue en la reclusión donde halló el tiempo necesario para ocuparse de las ideas y aspiraciones de la federación española de la Asociación Internacional de Trabajadores; comprendió poco a poco que la república federativa no era más que el último escalón en la evolución libertaria y los escritos de Bakunin y de otros pensadores avanzados lo llevaron finalmente al anarquismo, que propagó con la mayor energía hasta el último momento de su vida.

En 1875, la madre de Salvochea trató de obtener el indulto de su hijo. Gracias a la ayuda de varios amigos influyentes logró el consentimiento de Cánovas del Castillo; pero cuando Salvochea tuvo noticia de esta gestión escribió a su madre una carta apasionada en la cual le prohibía hacer esfuerzo alguno en favor de su indulto, declarando que prefería morir en la prisión antes que aceptar un favor de sus enemigos más acérrimos. En 1883 la Municipalidad de Cádiz hizo una nueva tentativa en este sentido, con todo éxito, y el Tribunal Supremo resolvió conceder la amnistía a Salvochea. Pero no habían contado con el férreo carácter del gran revolucionario. Cuando el gobernador de la colonia penal le leyó su indulto, Salvochea rompió el documento en presencia suya, declarando que para él sólo existían dos maneras de ser libertado: o bien por su propia fuerza o por medio de una amnistía general para los presos políticos. Es de imaginar la impresión que produjo su actitud. Renunció Salvochea a la libertad y continuó en la prisión. Pero nueve meses más tarde consiguió huir de La Gomera. Logró alcanzar un pequeño velero árabe con el cual llegó a Gibraltar. Después de una corta permanencia en Lisboa y en Orán se estableció en Tánger, residiendo allí hasta 1886, cuando, en virtud de la muerte de Alfonso XII, pudo volver a España, donde fue recibido con un entusiasmo indescriptible.


VIII
1881 - Primer congreso público de
los anarquistas españoles - El proceso
de La Mano Negra - Proceso y condena
de Salvochea - Penurias de su prisión -
Intento de suicidio - Amnistía -
Muerte de Salvochea

Volvió Salvochea en un momento oportuno. De 1874 a 1881 el movimiento anarquista en España atravesó un período espantoso. Las bárbaras leyes de excepción impidieron toda propaganda pública. Centenares de compañeros padecían en las cárceles y sin embargo el movimiento subsistía en las organizaciones secretas. Se editaban periódicos clandestinos, como por ejemplo El Orden, Las Represalias, La Revolución Popular, El Movimiento, etc. Sólo en 1881 terminó ese período aciago y ese mismo año se celebró el primer congreso público de los anarquistas españoles. De 1881 a 1892 el movimiento tomó un considerable incremento, estando Salvochea siempre a la vanguardia de sus camaradas. En 1886, es decir, poco tiempo después de volver a Cádiz, fundó un periódico anarquista, El Socialismo, y llevó a cabo una enérgica propaganda en Andalucía. En todas las aldeas se organizaron los labriegos y el anarquismo hizo un progreso enorme en la provincia entera. El gobierno contemplaba con terror ese movimiento. Trató de suprimir el periódico por medio de una serie de procesos, pero sólo consiguió fortificar la propaganda anárquica. Durante la aparición del periódico, de 1886 a 1891, Salvochea fue arrestado y condenando numerosas veces, pero su defensa enérgica ante los jueces producía gran impresión, infundiendo cada proceso más vigor al movimiento.

Entonces el Gobierno se valió de otro recurso. Ya a principios de 1880 había difundido la noticia de que existía en Andalucía una sociedad conspiradora, La Mano Negra, compuesta de asesinos y ladrones e influida por los principios anarquistas. La prensa reaccionaria repitió tantas veces esta invención que finalmente todo el mundo la creyó y millares de personas fueron detenidas y a menudo condenadas por ser miembros de la presunta Mano Negra. En el fondo, la policía tenía la intención de disolver en esta forma la poderosa Asociación de los labriegos españoles. El 1 de mayo de 1890, Salvochea organizó una grandiosa demostración revolucionaria en toda Andalucía, que produjo una impresión soberbia sobre los trabajadores de España. Al año siguiente, en la misma fecha, se verificó una manifestación análoga, aunque el gobierno había arrestado días antes a Salvochea y a otros compañeros. Poco después del 1 de mayo estallaron dos explosiones en la ciudad. A consecuencia de una murió un obrero y de la otra cuatro jóvenes. La prensa reaccionaria, desde luego, sospechó de los anarquistas. El Socialismo declaró inmediatamente que aquello era una estratagema de la policía, pero poco después un ejército de pesquisas y vigilantes invadió la redacción del periódico, «descubriendo» allí dos bombas que ellos mismos, claro está, habían preparado. El resultado fue que detuvieron a gran número de camaradas; Salvochea tuvo la misma suerte algunas semanas después.

Sucesos análogos ocurrieron también en Jerez de la Frontera, una de las ciudades más revolucionarias de Andalucía. En agosto de 1891 fueron arrestados allí 157 anarquistas, acusados de pertenecer a La Mano Negra. Es claro que esas infamias de la reacción provocaron un odio encarnizado entre los labriegos y campesinos. Viendo pisoteados sus derechos más elementales, algunos centenares de ellos resolvieron libertar por la fuerza a sus camaradas encarcelados en Jerez. La noche del 8 de enero de 1892, 500 labriegos y artesanos penetraron en la ciudad de Jerez al grito de «¡Viva la revolución social! ¡Viva la anarquía!» Fueron muertos dos terratenientes; al principio los soldados se asustaron y de este modo los rebeldes lograron poner en práctica parte de su plan. Al amanecer, los revolucionarios se tuvieron que retirar después de una lucha sangrienta con la fuerza armada. La venganza de la burguesía fue terrible. El 18 de febrero de 1892 los anarquistas Lamela, Valenzuela, Bisiqui y El Lebrijano fueron ajusticiados. Murieron heróicamente, saludando a la muerte con el grito de «¡Viva la anarquía!». Y ellos resultaron los más felices; otros diez y siete compañeros fueron condenados a diez, doce, quince y veinte años de presidio y algunos aun a perpetuidad. Entre los acusados estaba también Salvochea. El gobierno lo acusaba de haber organizado la sublevación de Jerez, estando encerrado en la cárcel de Cádiz. En esta última ciudad no hubo ningún juez que se hiciese cargo del proceso. En consecuencia Salvochea fue puesto a disposición de un consejo de guerra, el cual lo condenó a doce años de presidio.

La actitud de Salvochea ante sus jueces fue valiente. Bien sabía que iba a ser condenado, costara lo que costara. Véase su diálogo con el juez: «Está usted obligado a contestar la verdad a todas las preguntas que le voy a formular». Salvochea: «Este proceso no es más que una comedia vergonzosa y yo estoy condenado ya antes de presentarme ante ustedes; por lo tanto no tengo nada que contestar». El juez: «La ley establece que el acusado que renuncia a responder a las preguntas que le plantea el juez reconoce su culpabilidad». Salvochea: «Estoy resuelto a asumir la responsabilidad de mi silencio». El juez: «Pero debe usted respetarme como juez». Salvochea: «Para mí todos los hombres son iguales. Yo no reconozco superiores y no tengo por qué respetarle». El juez le formuló todavía una docena de preguntas, pero Salvochea guardó silencio.

Salvochea fue transportado a la cárcel de Valladolid, donde debía cumplir su condena. Al principio se le tuvo aislado completamente del mundo exterior y ni siquiera se le permitía escribir cartas. Sólo el 7 de noviembre de 1893, cuando estaba ya gravemente enfermo en el hospital de la prisión, se permitió que algunos íntimos amigos suyos lo visitaran. Su estado era de lo más espantoso que imaginarse pueda. El primer domingo después de haber llegado a la cárcel de Valladolid, el director le exigió que asistiese a misa. Salvochea se negó, diciendo que era ateo. «No importa —replicó el director— usted irá a la iglesia o de lo contrario lo encerraré en una celda subterránea». «Prefiero la celda» —contestó Salvochea—. Fue alojado en una cueva horrible, en un agujero oscuro, húmedo y frío. Pasaron algunos meses; Salvochea enfermó a causa de la humedad y sintió que sus fuerzas le iban abandonando de día en día. No podía esperar salvación alguna, porque España atravesaba entonces un período reaccionario. En este estado resolvió suicidarse, para poner fin a sus dolores. Con una vaina rota se produjo dos heridas profundas en las venas del cuello y en un costado. Luego se tendió en el suelo y perdió el conocimiento. Pero debido al horrible frío que reinaba en la celda su sangre se congeló en las venas y esta fue su salvación.

Habiéndolo encontrado en tan espantoso estado el director se acobardó. Lo trasladó al hospital y poco a poco fue reponiéndose. Al recobrar la salud el director le ofreció un puesto de escribiente en la prisión, pero Salvochea se resistió a aceptar, diciendo que no quería ser un sirviente del Estado, ni siquiera en esa forma. El 21 de agosto de 1898 fue trasladado a la cárcel de Burgos. Allí su situación era mejor. Tradujo una obra de astronomía de Flammarion, produciendo algunos otros trabajos de carácter literario. Por fin, en 1899, cuando los prisioneros de Montjuich fueron libertados, gracias al vasto movimiento de protesta, se abrieron también para Salvochea las puertas de la prisión. Se dirigió a Cádiz donde el pueblo lo acogió con señalado júbilo. Su espíritu seguía siendo siempre el mismo, pero su salud, sobre todo la vista, sufría mucho a causa de los largos años de encierro.

Salvochea se mostró activo hasta el final de sus días. Sacrificó sus bienes y su sangre, toda su fortuna, por el ideal en que creía y llegó a ser tan pobre como el proletario más indigente. Escribió numerosos artículos para la prensa anarquista de España y editó también algunos folletos. Su último trabajo literario ha sido una excelente traducción de Campos, fábricas y talleres de Kropotkin, que se publicó primeramente en La Revista Blanca y luego en libro.


IX
Sepelio de Salvochea

Esta es, brevemente narrada, la biografía de Fermín Salvochea, héroe y luchador. Su muerte causó un mar de lágrimas y su sepelio dio lugar a una manifestación enorme, en la que participaron cerca de 50.000 personas. De todos los pueblos y aldeas afluyeron los pobres y desheredados para despedirse del extinto. Centenares de mujeres besaban los labios fríos que antes llamaran con tanta frecuencia a la lucha por el pan y la libertad. Yal ser depositado en la fosa el cadáver del inolvidable camarada, millares de bocas exclamaron: «¡Viva la anarquía!»

Salvochea ha muerto, pero un movimiento que cuenta en sus filas con semejantes hombres es invencible.

(1945)


sábado, 4 de julio de 2015

Fermín Salvochea (II)

Por RUDOLF ROCKER


IV
Breve esbozo de la historia social española
de mediados del pasado siglo

En 1864 Salvochea abandonó Londres para regresar a Cádiz. En aquel entonces se iniciaba en Andalucía un vigoroso movimiento revolucionario. Rafael Guillén y Ramón de Cala, dos hombres valientes y socialistas convencidos, se consagraron con mucha energía y entusiasmo a organizar los elementos republicanos y demócratas de la provincia. El movimiento republicano en Andalucía ha tenido siempre un marcado carácter socialista y la mayor parte de sus apóstoles y propagandistas fueron partidarios del socialismo.

La propaganda socialista se inició en España después de la revolución de 1840. En aquella época Joaquín Abreu desarrollaba en Andalucía una propaganda vigorosa y llena de éxito en favor de las ideas de Charles Fourier. Explicaba sus ideas en la prensa radical de Cádiz, ideas que hallaron bien pronto un eco en los periódicos de otras ciudades. Para conocer el desenvolvimiento que ha tenido ese movimiento basta recordar el hecho de que Abreu logró en un breve plazo, de cuatro a cinco millones de pesetas para fundar una colonia fourierista en los alrededores de Jerez de la Frontera. Pero el gobierno impidió la realización de ese proyecto, persiguiendo a los propagandistas socialistas. De éstos, los más conocidos fueron Pedro Ugarte, Manuel Sagrario y Faustino Alonso; más tarde se agregaron José Barterolo, Pedro Bohórquez y finalmente Guillén y De Cala, a quienes ya hemos mencionado.

En 1864, Fernando Garrido, el famoso historiador y socialista español, que conoció en Cádiz las doctrinas de Fourier, fundó el primer periódico socialista de España, La Atracción, que apareció en Madrid. La publicación no vivió mucho tiempo pero gracias a ella se formó en la capital un círculo socialista que editó más tarde otro órgano, La Organización del Trabajo. Hombres como el heroico Sixto Cámara, que cayó luego en la lucha por la república social, Juan Sala, Francisco Ochando y después el fogoso Cervera eran las figuras principales del círculo socialista de Madrid. Cervera ha sido el fundador de la primera escuela libre socialista de España, pero cuando ya contaba con más de 500 alumnos el ministro Morillo sofocó esa brillante empresa, diciendo que «en España no necesitamos hombres capaces de pensar, sino bestias de trabajo».

En Barcelona el primer movimiento socialista fue influido por el comunismo icariano de Étienne Cabet. En 1847 el comunista Monterreal fundó La Fraternidad, primer periódico comunista de la capital catalana, en el cual publicó la obra de Cabet Viaje a Icaria. Ya en 1840 el obrero Munst había organizado en Barcelona un sindicato de tejeros con 200 miembros, echando así la base del futuro movimiento sindicalista.

Desde 1850 se desarrolló en Cataluña una activa propaganda por las ideas de Proudhon, que venció poco a poco a todas las otras tendencias. Ramón de la Sagra y el famoso Pi y Margall tradujeron las obras del teórico francés y bien pronto nació en Barcelona y en otras ciudades catalanas un vasto movimiento mutualista y sindical. Este movimiento pasó a Andalucía, aunque no ha tenido allí la misma importancia que en Cataluña. En 1853, el gobierno español intentó ahogar totalmente ese pacífico movimiento; pero la ley contra las asociaciones obreras no fue más que letra muerta. En 1854 se creó una federación de todas las corporaciones obreras de Cataluña, contando con 90.000 socios. En 1855, el general Zapatero quiso sofocar ese movimiento por medio de la fuerza. Fueron clausurados los locales de las corporaciones y reducidos a prisión los propagandistas más conocidos. Al principio los obreros se mantuvieron tranquilos, pero de pronto 50.000 proletarios pertenecientes a todos los gremios abandonaron el trabajo, el 2 de julio de 1855, en las fábricas de Barcelona, Sans, Cornellá, Reus, Badalona y otras ciudades, declarando la huelga general en defensa de sus derechos. Nadie esperaba semejante hecho; la excitación general era enorme y el gobernador de Barcelona lanzó una proclama a los obreros prometiéndoles reconocer sus exigencias si volvían al trabajo. Los obreros consintieron. Durante los primeros momentos se habló mucho, efectivamente, de reformas sociales, pero al mismo tiempo se adoptaban con todo sigilo las medidas más bajas contra la organización de los trabajadores, hasta que finalmente fueron proclamadas, en 1861, las conocidas leyes de excepción contra el proletariado de Cataluña. Desde entonces los obreros españoles renunciaron a toda esperanza en una táctica pacífica y en los llamados derechos legales.

En Andalucía, bajo el gobierno de Narváez, la reacción había destruido desde hacía tiempo la fe en el progreso pacífico. Hay pocos lugares en el mundo donde se haya vertido tanta sangre como en ese país maravilloso. Andalucía ha sido siempre la región de las conspiraciones y de las revueltas, porque más que cualquier otra provincia de España ha sufrido bajo el yugo terrible de la reacción. Millares de hombres y mujeres valientes anegaron con su sangre la tierra de Andalucía, miles de sus habitantes perecieron en las cárceles de las colonias penales, mas la reacción nunca fue capaz de sofocar el espíritu rebelde que late en el corazón del pueblo andaluz.

Las sublevaciones de Málaga, Utrera y de la provincia de Sevilla en 1857 fueron reprimidas de un modo sangriento. Centenares de rebeldes fueron fusilados o recluidos. Sólo en Sevilla se asesinaron 95, meses después de haber sido sofocado el levantamiento.

En 1861 se produjo una gran sublevación bajo la jefatura del republicano socialista Pérez del Álamo. Este levantamiento tuvo las mejores probabilidades de obtener un éxito. Fue preparado durante mucho tiempo y no menos de 30.000 hombres se unieron a los rebeldes cuando entraron en la ciudad de Loja; pero la incapacidad militar de los dirigentes fue el mayor obstáculo para la empresa. Después de algunas luchas sangrientas los revolucionarios fueron vencidos. El gobierno reaccionario se vengó horriblemente: más de 200 hombres fueron fusilados por orden de los Consejos de Guerra, la mayor parte de ellos sin proceso. Centenares de personas fueron enviadas a presidio, la reacción prohibía toda manifestación de libertad y sólo en 1864, precisamente cuando Salvochea regresaba de Londres, la situación general de Andalucía era algo mejor. Creemos que esta somera revista histórica ha sido necesaria porque ella ofrece al lector un pequeño cuadro de la situación bajo la cual se ha desarrollado la acción de Salvochea.


V
De Londres a Cádiz - La comuna revolucionaria
de Cádiz - La República traicionada por
los republicanos timoratos y politiqueros -
Defensa de Cádiz - Entereza ante la derrota

Fermín Salvochea volvió a Inglaterra hecho un comunista y ateo. En su patria se convirtió en revolucionario y republicano. Claro está, en defensor de una república comunista. Con todo el apasionamiento entusiasta de su noble carácter se entregó al movimiento revolucionario conspirador. Tuvo una participación activísima en las empresas más arriesgadas y su valor personal, su espíritu de sacrificio, lo convirtieron poco a poco en uno de los dirigentes más capaces y de mayor influencia en el movimiento republicano. Salvochea era rico, sumamente rico; se decía que su padre poseía una fortuna de tres millones de pesetas; pero Fermín vivía modestamente y se valía de su riqueza como fondo para la causa revolucionaria.

Las casamatas de San Sebastián y Santa Catalina, cerca de Cádiz, era en aquel entonces el albergue de los presos políticos de toda España. Los revolucionarios que debían ser recluidos en las colonias penales de Fernando Poo o de Manila quedaban encerrados durante algún tiempo en las prisiones de Cádiz, antes de que fuesen enviados a su destino. Salvochea los visitaba a todos y tenía para cada cual un buen consejo y alguna ayuda.

En 1866 Salvochea y sus amigos organizaron una empresa grandiosa. Se esperaba que los artilleros encarcelados, que habían tomado parte en la sublevación de Madrid, serían enviados a la prisión de San Sebastián para transportarlos luego a Manila. Pero por lo visto el gobierno se mostró receloso porque cambió repentinamente de opinión.

En 1867 la reina Isabel volvió a poner el mando en manos del odiado verdugo Narváez y el país desdichado sintió las consecuencias de una terrible reacción. Ya en junio de 1868 habían estallado algunas revueltas aisladas en Cataluña y Andalucía, pero fueron inmediatamente reprimidas en sangre. Salvochea tuvo una participación destacada en el levantamiento militar del regimiento Cantabria; dicho levantamiento fue el preludio de la revolución de septiembre de 1868. Ésta comenzó el 18 de septiembre en Cádiz, propagándose cual un incendio por toda Andalucía. El día 28, el ejército real fue batido por los insurgentes y el 29 la comuna de Madrid proclamó la destitución de la dinastía borbónica.

Salvochea fue elegido miembro de la comuna revolucionaria de Cádiz y segundo comandante del segundo batallón de voluntarios. Fueron muchos los que quisieron incorporarse a él, pero Salvochea eligió únicamente a los republicanos y a los comunistas.

Toda España saludó con el mayor júbilo la caída de la odiada dinastía y durante un instante pareció que se iban a realizar millares de esperanzas. Pero los hombres del gobierno provisional de Madrid no eran más que monárquicos liberales y adversarios del ideal republicano. Gracias a la actitud vergonzosa del republicanismo burgués, Castelar y sus amigos, los miembros del nuevo gobierno, los señores Prim, Zorrilla, Sagasta, etc., adquirieron valor y se pronunciaron abiertamente contra la República. Salvochea y sus amigos comprendieron el peligro, sabían que el gobierno flamante se vengaría de los republicanos en la primera oportunidad. Con el propósito de prepararse para la lucha los revolucionarios andaluces convocaron para los primeros días de diciembre de 1868 una gran asamblea en Álava. Salvochea seleccionó los elementos fieles de Cádiz, recomendándoles que no depusieran en modo alguno las armas. El 5 de diciembre apareció, inesperadamente, ante los muros de Cádiz, una sección de artillería exigiendo, en nombre del gobierno, que la milicia revolucionaria hiciera entrega de sus armas en el término de tres horas. Aún no había transcurrido este plazo cuando comenzó el tiroteo. Algunos revolucionarios cayeron muertos y otros heridos.

Inmediatamente Salvochea se colocó al frente de los rebeldes y organizó la defensa militar de la ciudad. La lucha duró tres días; la artillería hizo esfuerzos desesperados por conquistar la plaza sin resultado alguno. Salvochea luchó como un león, estaba en todos los sitios de mayor peligro y su valor heroico infundió a los rebeldes una fuerza increíble.

Al cuarto día los embajadores de la ciudad solicitaron un armisticio, que fue aceptado por ambas partes. Pero el gobierno «liberal» se apresuró a enviar contra los valerosos insurrectos un ejército al mando del general Caballero de Rodas. Salvochea mantuvo su posición hasta el 11 de diciembre; pero a medida que el general se iba acercando, sin encontrar resistencia, comprendió Salvochea que el pequeño núcleo de revolucionarios mal armado no estaba en condiciones de oponerse a un ejército y que toda resistencia sólo ocasionaría una matanza, sin ninguna probabilidad de éxito. En consecuencia disolvió la milicia revolucionaria enviándola a otro lugar y quedándose él solo. Se fue tranquilamente al casino militar para esperar allí al general Caballero de Rodas. El coronel Pazos, jefe del tercer regimiento de artillería, lo fue a ver para pedirle que salvara su vida, abandonando Cádiz, porque el general ordenaría, con toda seguridad, que fuese fusilado. Salvochea no aceptó. El coronel le ofreció su ayuda personal, pero Salvochea se mantuvo firme en su decisión. Sabía que el gobierno lo consideraba como culpable principal y en caso de no ser hallado por De Rodas la ciudad entera debería sufrir por su causa y eso habría sido para él peor que la muerte. Su carácter noble no le permitió pensar en su propia salvación; estaba dispuesto a afrontar toda la responsabilidad y resuelto a morir por sus hechos. Esta actitud admirable impresionó profundamente hasta a sus enemigos y el general De Rodas, no queriendo ser el verdugo de semejante hombre, lo envió en calidad de prisionero de guerra a la fortaleza de San Sebastián.

Empero el pueblo de Cádiz supo apreciar este carácter elevado y pocos meses después Salvochea era elegido por gran mayoría representante de Cádiz en las Cortes. El gobierno provisional había declarado anteriormente que no reconocería esa elección y el parlamento «revolucionario», en efecto, apoyó esta actitud. Diríase que esos extraños «revolucionarios» querían demostrar que Salvochea no cuadraba en su compañía; en este sentido tenían razón, pues el verdadero sitio del gran rebelde era la barricada y no el parlamento.


VI
Amnistía - Movimiento federalista de Cataluña -
Derrotados - París - Vuelta a Cádiz -
Salvochea alcalde de Cádiz

En febrero de 1869 se reunió el nuevo parlamento y una de sus primeras resoluciones fue la de conceder la amnistía a los presos políticos, que todo el pueblo requería enérgicamente. Algunos días después Salvochea y muchos otros abandonaron las casamatas de San Sebastián y Santa Catalina. Salvochea reanudó en seguida sus trabajos, fomentando en Andalucía una agitación vigorosa a favor de un nuevo levantamiento republicano, porque era aquel el único modo de salvar las consecuencias de la revolución del 68.

El 1 de junio de 1869 las Cortes adoptaron una resolución monárquica, por 214 votos contra 56, decidiendo buscar en Europa un rey adecuado para el trono español. Emilio Castelar y otros republicanos burgueses se limitaron a protestar débilmente en lugar de recurrir a la única solución que les quedaba: la sublevación. Pero esos comediantes republicanos no querían saber nada de tales medios y prefirieron traicionar la República y la revolución de 1868. En el mes de septiembre estalló en Cataluña el levantamiento federalista. Salvochea y sus amigos resolvieron en el acto apoyar a los rebeldes agitando la bandera de la revuelta en su provincia. El 30 de septiembre, Salvochea a la cabeza de 600 hombres, marchaba de Cádiz a Medina para reunirse allí con los revolucionarios de Jerez y de Ubrique. Aun cuando aquéllos sabían que las perspectivas de triunfar no eran muy brillantes, decidieron iniciar la campaña, costara lo que costara. Sabían que el levantamiento era el último recurso para defender su libertad y, hombres resueltos, estaban decididos a morir antes que someterse sin intentar la defensa.

Salvochea fue perseguido inmediatamente por las tropas del gobierno. No lejos de Alcalá de los Gazules se llevaron a cabo los primeros encuentros sangrientos. Los militares eran cien veces más fuertes que los revolucionarios mal armados; pero éstos lucharon con notable heroísmo y en pocos días presentaron tres batallas encarnizadas. Rafael de Guillén fue hecho prisionero y los soldados lo asesinaron en una forma salvaje, por orden del coronel Luque. Cristóbal Bohórquez, el defensor incansable y heroico de la libertad e igualdad sociales, cayó en el campo de batalla. Salvochea luchó como un héroe; sabía que su causa estaba perdida, pero su valor era inquebrantable. Finalmente, después que el ejército hubo conquistado los sitios estratégicos más importantes y después de haber recibido los rebeldes la noticia de que no había sido posible promover un levantamiento en Málaga y en Sevilla, los revolucionarios dispersaron sus filas para salvarse aisladamente. Sometiéndose a varios peligros, Salvochea y otros lograron llegar a Gibraltar. De allí pasó a París, donde frecuentó los círculos avanzados que se agrupaban en torno de La Revue, Le Rapell y otros periódicos radicales. De París Salvochea partió para Londres, de donde pudo regresar a España gracias a la amnistía de 1871. En Cádiz el pueblo lo acogió con indescriptible entusiasmo y ese mismo año fue elegido alcalde.

Como alcalde de Cádiz, Salvochea trabajó mucho por el embellecimiento de la ciudad, convirtiéndola en una de las más hermosas de España. Estableció también algunas reformas útiles en la administración política. Pero no duró mucho tiempo en su cargo porque en julio de 1873 estalló en España la revolución cantonalista y Salvochea fue uno de los primeros en tomar el fusil en la mano para la conquista de la igualdad económica y la autonomía local.

viernes, 3 de julio de 2015

Fermín Salvochea (I)

Por RUDOLF ROCKER

«Has de saber, hijo mío, que hay que estar
entusiasmado para realizar una gran empresa.»
SAINT-SIMON

I
El paisaje y el medio

¡Cádiz! Evoca este nombre múltiples recuerdos históricos porque son contados los lugares del mundo que han tenido un pasado tan romántico y grandioso como la vetusta ciudad andaluza a orillas del Atlántico. Fue fundada por los antiguos fenicios, vinieron luego los cartagineses y después los romanos.

Ella ha presenciado las luchas sangrientas entre cristianos y mahometanos y ha reunido en sí la civilización europea y la cultura del Oriente. En sus edificios vivieron sabios árabes, escolásticos judíos y monjes cristianos, influyendo sobre el estado mental de sus habitantes.

Cuando los árabes fueron expulsados de Andalucía por los soldados de Fernando el Católico, llegaron los cruzados ingleses y descansaron en Cádiz antes de seguir viaje para conquistar el Sagrado Sepulcro en la Tierra Santa. Después del descubrimiento de América, Cádiz se convirtió en una de las ciudades más ricas de Europa y la arquitectura maravillosa de sus edificios nos refiere hoy todavía la historia de ese período magnífico.

¡Y cuántas luchas, cuántas sublevaciones y revueltas ha presenciado esa ciudad! Centenares de veces se han alzado sus moradores en defensa de la libertad, demostrando así la exactitud del dicho español: «La tierra andaluza es la tierra de la libertad». Cádiz y Barcelona han sido siempre los dos focos de la vida revolucionaria en España y son también actualmente los centros principales del movimiento anarquista de ese país.

Es Cádiz una ciudad admirable, una de las más hermosas del mundo. Rocas inmensas caen sobre el mar profundo y encima de ellas se levantan pequeñas casas níveas con diminutas torrecillas que se reflejan en las olas azules.


II
El hombre

En una de esas casas blancas, bien arriba, en una buhardilla, vivía un anciano. La instalación de la pieza era pobre, demasiado pobre: una cama, una mesita, una silla, algunos viejos periódicos y libros era todo lo que poseía el anciano. Pero quien arrojaba una mirada a través de la pequeña ventana notaba inmediatamente que el anciano era más rico de lo que parecía; afuera se extendía el océano azul, un panorama maravilloso: cielo y agua y las blancas velas de las embarcaciones que se mecían sobre las ondas juguetonas. Por el mar, precisamente, vivía el anciano en esa casita, porque amaba el océano, las olas ruidosas y la lejanía infinita. Todas las mañanas, al levantarse de su lecho, su primera mirada caía sobre el mar y de noche, antes de acostarse, sus ojos semicegados volvían a buscar las olas enfurecidas, como si quisiese encargarles alguna misión. Porque ese anciano era un profeta, uno de los contados hombres que estuvieron en la montaña sagrada, vislumbrando desde allí el país de nuestros hijos. Y por eso su alma era tan honda, tan tranquila y augusta, igual que el mar en un hermoso día de verano.

Y cuando llegaba la primavera y el mar comenzaba a rugir y a hervir, cuando las olas salvajes se levantaban cual montañas gigantescas besando a las nubes, el anciano soñaba en la gran tormenta de los pueblos, cuando los pobres y los humildes, los bastardos de la sociedad, se levantaran con las armas en las manos para romper las cadenas de la tiranía milenaria.

Era el 28 de septiembre de 1907. En la habitación del anciano reinaba la tranquilidad absoluta porque en la cama yacía un muerto. Había fallecido inesperadamente, sin haber estado enfermo, sin sufrir.

Pero mirad lo que ocurrió afuera. Con la velocidad del rayo difundióse la noticia de la muerte del anciano. Y en toda Cádiz, en Andalucía entera, en toda España sólo se hablaba de él. «¡Ha muerto!» Por doquier se oían estas dos palabras que encarnaban el hondo dolor de un pueblo. Cada cual sentía la pérdida; en las minas, en los campos, en las escuelas y en las universidades, en todas partes la noticia produjo la impresión de una pesadilla que cuesta creer al principio, pero que finalmente es necesario reconocer.

¿Cuándo se ha visto en España tantas lágrimas, tanto dolor, tanta tristeza sincera, tanto amor y fidelidad cariñosa? ¡Qué no darían nuestros reyes si pudiesen adquirir aunque fuera la décima parte de esa popularidad! Atravesando España, en todas sus ciudades y aldeas se encontrarían millares y millares de personas que ignoraban los nombres de los ministros de entonces, pero no habría uno solo que no supiese el nombre de aquel anciano, Fermín Salvochea. Este nombre encarnaba una idea, un programa, un mundo de esperanzas, de anhelos y necesidades.

¡Fermín Salvochea! En los palacios se pronunciaba este nombre con labios trémulos, pero en la casilla de los pobres y de los explotados resonaba como una declaración de guerra a la sociedad capitalista, como la promesa de un porvenir mejor. Existen pocos hombres que hayan conquistado tanto amor y tanta simpatía entre las grandes multitudes de un pueblo como Fermín Salvochea y son menos todavía los que han merecido ese amor con tanto derecho como el gran rebelde español. Salvochea ha sido uno de los caracteres más puros e idealistas en la historia del movimiento revolucionario, grande por sus ideas, grande por sus acciones, un hombre que encarnaba el apasionamiento revolucionario y el valor heroico de un Blanqui y el amor indescriptible y la consagración de Louise Michel. La poderosa personalidad de este hombre admirable hasta llegó a suscitar la estima y el respeto de sus adversarios más empedernidos y siempre que se pronunciaba su nombre, el de Fermín Salvochea, no había lugar para los aspectos bajos y pequeños de la vida.

La biografía del gran anarquista español produce la impresión de una novela fantástica y recuerda la vida tormentosa de Mijail Bakunin. Salvochea tuvo una participación activa en el movimiento revolucionario de España en los últimos cincuenta años y su nombre está estrechamente unido a los acontecimientos revolucionarios más significativos de ese período. Los que conocen la historia de ese movimiento en España saben cuán fecundo es en rasgos grandiosos y heroicos y cuántos son los que sacrificaron sus bienes y su sangre por sus convicciones libertarias, por sus ideales revolucionarios; y en esa serie histórica de luchadores valerosos el nombre de Fermín Salvochea es uno de los más brillantes, un nombre para las generaciones venideras, un nombre que no será olvidado jamás.


III
Antecedentes - La familia - Su juventud -
Londres - Sociólogos e internacionalistas

Fermín Salvochea y Álvarez nació en Cádiz el día primero de marzo de 1842. Su padre era un comerciante de fortuna, heredero de una de esas familias de negociantes que tan importante papel han desempeñado en la vieja ciudad mercantil. Claro está que Fermín recibió una educación cuidadosa. Su padre, siguiendo una arraigada tradición de familia, tenía la intención de hacer de él un hábil comerciante a fin de poder entregarle más adelante sus negocios.

La primera juventud de Fermín fue pacífica y dichosa en todo sentido. Se distinguía por su inteligencia extraordinaria y por las cualidades valerosas y caballerescas de su carácter, que dejaba entrever desde su infancia. Su madre, mujer admirable, le refería en su niñez las leyendas y tradiciones de la ciudad de Cádiz, tan ricas y fantásticas como un capítulo de Las mil y una noches y el pequeño Fermín la escuchaba leyendo las palabras en sus labios. Esas historias románticas ejercieron profunda influencia sobre el muchacho y a menudo recordaba, en medio de su vida tormentosa, aquellas horas felices.

Al cumplir los quince años su padre lo envió a Inglaterra para que perfeccionase sus conocimientos del idioma inglés y continuara sus estudios comerciales. Fue este el primer acontecimiento importante en la vida de Salvochea. En Inglaterra descubrióse ante él un nuevo mundo. El carácter severo y puritano de la vida británica con sus formas rígidas y convencionales y sus impresiones prosaicas, produjeron una influencia profunda en el joven. La diferencia era demasiado notoria: el hermoso cielo azul de Andalucía, Cádiz con sus blancas casas, sus palmeras y sus habitantes rebosantes de temperamento y de pronto Londres con su neblina, sus edificios negros, el humo de las chimeneas, las calles frías e inhospitalarias. Al principio Salvochea se sentía como un prisionero en el nuevo ambiente, pero su carácter enérgico venció rápidamente el primer influjo desagradable de Inglaterra. Se dedicó a estudiar a los hombres y descubrió que el inglés seco y frío posee al mismo tiempo un instinto de independencia individual notablemente desarrollado y un sentimiento de libertad personal que es raro encontrar en otros países.

Los cinco años que Fermín pasó en Londres y en Liverpool fueron para él un período de gran desarrollo intelectual. Dedicó todos sus momentos libres al estudio de la literatura radical inglesa. Primero fueron los trabajos de Thomas Paine los que produjeron una influencia poderosa sobre él; más tarde estuvo en contacto personal con Charles Bredlow y sus amigos. La propaganda ateísta en Inglaterra tropezaba con grandes dificultades en esa época, pero Bredlow y sus compañeros luchaban con la mayor energía en favor de sus convicciones, tratando de destruir el concepto medieval del teísmo que impera aun hoy día en vastos círculos de la sociedad inglesa.

El joven Salvochea acogió con entusiasmo la nueva doctrina y se convirtió en ateo. Para el español el ateísmo desempeña, en general, un papel más importante que en las demás naciones. Es la condición primordial de todo movimiento libertario, el primer paso de todo libre progreso individual. España es el país clásico del clericalismo católico, el país de la Inquisición, que ha sido casi totalmente arruinado por el dominio oscurantista de la Iglesia. He ahí la razón por qué Salvochea ha sido toda su vida un propagandista radical e incansable del ateísmo.

Pero Salvochea conoció en Inglaterra otro ideal, que ejerció una gran influencia sobre su actuación posterior. Cuando llegó a Londres, vivía aún Robert Owen, el célebre comunista inglés. Sus ideas no sólo influían poderosamente sobre la clase obrera británica, sino también sobre los elementos idealistas de la pequeña burguesía inglesa. Salvochea estudió las obras de Owen y de otros escritores comunistas. Los hechos sociales aparecieron de pronto a sus ojos bajo otra faz; prodújose una revolución en su mentalidad y poco a poco empezó a comprender todo el significado del gran problema social. La brillante crítica de la propiedad privada formulada por Owen descubrió repentinamente ante él todos los males sociales y al propio tiempo desarrollose en él el grandioso ideal de la igualdad social y económica, como el único capaz de crear una vida armónica en la sociedad humana. Salvochea se hizo comunista y siguió siéndolo hasta el último día de su vida. Muchos años más tarde, en una ocasión especial, él mismo analizó su evolución revolucionaria recordando su «período inglés» con estas palabras características:

«Ciertos libros ejercen en determinados momentos una influencia poderosa sobre el desarrollo de un hombre: Se sabe que el primer libro que leyó Ravachol fue la novela El judío errante de Eugenio Sue. La influencia de este libro no se extinguió jamás en él, según su propia declaración. Lo mismo puedo decir de mí; viviendo en Inglaterra leí por vez primera a Thomas Paine. Sus escritos me convirtieron en internacionalista y hasta hoy día me hallo todavía bajo su influencia. "Mi patria es el mundo, todos los hombres son mis hermanos y mi religión consiste en hacer el bien." Estas palabras produjeron una impresión inolvidable en mí; yo buscaba en cada palabra un sentido profundo y ellas se han grabado en mi mente para siempre. Más tarde conocí a Robert Owen, quien me enseñó el ideal sublime del comunismo, y a Bredlow, que me hizo conocer los puntos de vista del ateísmo. Todo lo demás se desarrolló en mí por cuenta propia.»


sábado, 20 de junio de 2015

Breve biografía de Fermín Salvochea

Por José Luis Gutiérrez Molina, historiador

Extraído de ferminsalvochea56.blogspot.com

A los 100 años de la muerte de Fermín Salvochea. Vigencia de un propagandista por el hecho


"Salvochea no eran sus artículos periodísticos que, incluso,sus seguidores nunca habían leído. Ni tampoco era los Libros ni los ensayos eruditos. Era el ejemplo, su vida de sacrificios para que el pueblo tuviera justicia, un apostolado... Eso importaba más que su programa"
DIEGO ABAD DE SANTILLÁN, Ayer, hoy, mañana


Retrato de Fermín Salvochea.

Juventud y primeras influencias (1842-1864)


Salvochea es uno de los anarquistas que pueden considerarse “burgueses desclasados”. Su padre era exportador de vinos a la Gran Bretaña. Un tráfico que, durante su infancia, estaba en pleno auge y fue la causa por la que, quinceañero, marchó a Inglaterra para aprender la lengua de sus clientes e iniciarse en los secretos del negocio. Su madre, Pilar Álvarez Benito, era prima de Mendizábal, presidente de Gobierno y autor de la desamortización eclesiástica de 1835.

El niño Fermín estudió en el prestigioso colegio de San Felipe Neri hasta 1858. En esa fecha su vida experimentó un gran cambio al marchar a Inglaterra. Fueron seis años de aprendizajes.

Quizás no en la dirección esperada por su familia. Entre Liverpool y Londres descubrió a personas e ideas que, según propia confesión, le influyeron grandemente. Uno fue Thomas Paine, difusor de los principios de la Revolución Francesa y “hombre de acción”, pudo darle a Salvochea el gusto por la acción y el internacionalismo. De origen inglés, fue diputado francés y uno de los impulsores de la independencia de los Estados Unidos. Sus palabras “mi patria, es el mundo; mi religión, hacer el bien y mi familia, la humanidad” tuvieron una gran ascendencia en el joven gaditano.

Otro fue Robert Owen. De él posiblemente conoció los principios comunistas que inspiraron sus experiencias comunitarias, sus ataques a la propiedad privada y al matrimonio. Charles Bradlaugh le hizo ateo. Predicador anglicano terminó por cuestionar los dogmas eclesiásticos. Durante los años en que Salvochea estuvo en Inglaterra, Bradlaugh publicó una serie de folletos en los que rechazo la existencia de Dios. Su influencia se puede rastrear en el anticlericalismo y los contactos con círculos libre-pensadores que mantuvo Salvochea.

“Lo demás vino solo”. Cuando regresó a Cádiz estaba impregnado de los grandes principios que guiarían su actuación:

Republicanismo,
Igualitarismo comunitario,
Ateísmo,
Internacionalismo.


De conspirador a presidiario (1864-1873)

La actividad pública de Salvochea comenzó poco antes del Sexenio Revolucionario. El periodo que va de la sublevación de Prim, Topete y Serrano en Cádiz, en septiembre de 1868, a la restauración de la monarquía borbónica en 1875. Salvochea fue uno de los “demócratas”, con conciencia social, que pensaban que el nuevo régimen no sólo debía satisfacer las demandas burguesas sino también mejorar las condiciones de vida de las clases populares.

Hacía años que España vivía un caldo de cultivo propicio para las conspiraciones contra Isabel II. En Cádiz, unos grupos se articulaban en torno a las ideas de Fernando Garrido, que se definía como “republicano socialista”. De ellos saldrían los creadores del Centro Obrero Federal de 1870. Otros hacían causa con Rafael Guillén Martínez, José Bartorelo y Ramón Cala. Seguidores de Charles Fourier cuyo pensamiento se había difundido desde los años treinta en la provincia. Por sus calles circulaban periódicos como el madrileño La Democracia, del republicano Emilio Castelar, y El Demócrata Andaluz de Roque Barcia. En éste parece que Salvochea publicó, en 1866, su primer artículo protestando por las medidas represivas del general Narváez. Ahí se formaron los militantes del republicanismo gaditano. Tras los fracasos del general Prim en enero de 1866 y de la sublevación del cuartel de San Gil en Madrid en junio, los opositores a Isabel II unieron sus fuerzas.

Fue entonces cuando Salvochea comenzó a ayudar a los encarcelados o a quienes pasaban por la ciudad para embarcar hacia el destierro. Una intervención que terminó por tener un importante papel en la red de apoyo del levantamiento de septiembre de 1868. Una conspiración apoyada por los demócratas gaditanos que encabezaron la Junta Provincial Revolucionaria en la que participaron personalidades como el jerezano Ramón de Cala, el físico Eduardo Benot y el agrónomo Francisco Lizáur. El joven Salvochea ocupó la jefatura de uno de los dos batallones de “Voluntarios de la Libertad” creados por el nuevo cabildo gaditano.

Poco tardaron los demócratas gaditanos en comprender que sus objetivos no iban a ser asumidos por el nuevo gobierno. Así que decidieron actuar. A fines de septiembre la Junta gaditana, entre otras medidas, suprimió los monopolios del tabaco y la sal, consideró el tráfico con las Antillas como de cabotaje y redujo los aranceles aduaneros. Unas medida que Madrid suspendió creando un gran malestar. Si los intereses de la burguesía gaditana no eran satisfechos, menos aún lo fueron los de las clases populares. Ni se suprimieron los consumos ni se democratizó el servicio militar. Por eso, cuando se ordenó, en diciembre, el desarme de los Voluntarios la situación estalló. Las milicias gaditanas se negaron a entregar las armas y los enfrentamientos comenzaron. Un ejército, al mando del general Caballero de Rodas, se dirigió hacia Cádiz que fue ocupada.

Salvochea reivindicó la responsabilidad de los enfrentamientosy fue encarcelado. Su fama se extendió hasta el punto de que, para que fuera puesto en libertad, fue elegido, en enero de 1869, diputado. Sin embargo, no pudo ocupar el escaño. Se le retiró el acta y no recobró la libertad hasta una amnistía otorgada en mayo. Fueron estos meses durante los que se acentuó su desconfianza en el Estado. No fue, el único, otros militantes republicanos también terminarían en un federalismo impregnado de reivindicaciones populares como la devolución de los bienes comunales arrebatados a los municipios.

Cuando los federales catalanes se sublevaron en octubre, los de la provincia de Cádiz se les unieron. Un grupo armado, con Salvochea al frente, se dirigió a Medina y Paterna en donde se unió al de Cristóbal Bohórquez. Mientras las Cortes autorizaban el procesamiento militar de los diputados implicados, se produjo el enfrentamiento final que terminó con su derrota. Algunos, entre los que estaba Salvochea, se refugiaron en Gibraltar. Del Peñón se dirigió a Francia y se instaló en París. En España fue juzgado en rebeldía y condenado. Comenzaba su primer exilio y sus contactos con los revolucionarios europeos.

En junio de 1870 una amnistía posibilitó su regreso a Cádiz donde continuó militando en el Partido Federal pero, también, comenzó a hacerlo en la Internacional obrera. Tras la proclamación de la I República en febrero de 1873, el 12 de julio Cartagena proclamó el Cantón. El 19 se constituyó el Comité de Salud Pública en Cádiz. Lo encabezó Salvochea y participaron republicanos y obreros. En las semanas en que controlaron la ciudad insistieron en la supresión de impuestos, el desestanco del tabaco, la incautación de edificios religiosos, la separación Iglesia-Estado, la abolición de las quintas y la formación de cuerpos voluntarios. El 30 de julio una columna mandada por el general Pavía ocupó Sevilla y se dirigió a Cádiz. El 3 de agosto los cónsules se hicieron cargo de la ciudad y formaron, con distintas personalidades conservadoras, una Junta Provisional. Al día siguiente fue arriada la bandera roja del Cantón. Salvochea compareció ante un consejo de guerra que le condenó a veinte años de cárcel que, después, el Supremo, transformó en prisión perpetua.

Hasta 1882, cuando se fugó, permaneció en los penales africanos de La Gomera, El Hacho y las islas Chafarinas. Sus estancias en prisión, ésta y la posterior, fueron momentos claves para la construcción de la leyenda de Salvochea. Sus casi dieciocho años encarcelado se convirtieron en una muestra del coste de la acción individual. De nuevo se instaló en París, aunque pronto marchó a Londres y, ya en otoño, en la localidad fronteriza portuguesa de Vila Real de San Antonio.

En 1883 viajó a Orán y Tánger en donde permaneció hasta 1885. Tras la muerte de Alfonso XII y la nueva amnistía decretada volvió a Cádiz. Salvochea ya se proclamaba anarquista.

El anarquista

En 1886 los federales decidieron participar en las primeras elecciones convocadas por la Reina Regente. Se dirigieron a Salvochea para que fuera su candidato. Sin embargo el ex alcalde que, desde su regreso a la ciudad en 1885, se había mantenido alejado de la política, no aceptó. No esperaba nada de la política y pensaba que el único camino, para la emancipación de los trabajadores, era la transformación de la propiedad privada en colectiva e impedir así la explotación de clase. Seguramente, durante los largos años de prisión en que había terminado la última aventura política, había llegado a deducciones. Su encuentro en 1871 con la Internacional le abrió al compromiso social. La ruptura con el federalismo no parece sino el fin de un camino.

El pensamiento de Salvochea se configuró en torno a una serie de principios. En primer lugar, el antiparlamentarismo. En enero de 1891, con motivo de las primeras elecciones con sufragio universal masculino, aseguraba que no esperaba nada de los parlamentos, ni siquiera de uno republicano, como ya había quedado demostrado en los Estados Unidos y Europa. La única esperanza era una revoluciónsocial que terminara con la explotación, la esclavitud y los privilegios y levantara otra nueva sociedad inspirada en el Comunismo, la Anarquía y la Fraternidad. En segundo lugar el antimilitarismo. El ejército era la piedra angular del edificio capitalista. Una cuestión a la que dedicó su folleto, el único que escribió, La contribución de sangre publicado en 1901. En tercer lugar el anticlericalismo como quedó patente por los cambios que, durante su mandato municipal, realizó de nombres de calles y escuelas y prohibición de la enseñanza religiosa en las escuelas municipales. Después en la creación de asociaciones librepensadoras y sus denuncias sobre la presión de los religiosos en las cárceles.

A su regreso a Cádiz comenzó a editar El Socialismo que se publicó hasta 1891. No se definió como comunista, seguidor de Kropotkin como era él, o colectivista bakuninista, acogió artículos de los minoritarios marxistas. Buscaba la conjunción de las fuerzas revolucionarias. En él aparecieron textos de Lafargue y Réclus, manifiestos anarcocomunistas y colectivistas, circulares de la FTRE y folletos de Kropotkin. Lo subtituló “periódico anarquista” y pretendió la reorganización del movimiento obrero gaditano y ser instrumento de agitación ideológica.Incluso Antonio Santander, presidente del Círculo de Hierros y, posteriormente, impresor y uno de los creadores delsocialismo gaditano.

Salvochea se adhirió con entusiasmo a la convocatoria de huelga mundial por las ocho horas. Organizó el primer 1º de Mayo celebrado en Cádiz. Intervino en el mitin que cerró la marcha y defendió que fuera acompañada de una huelga general indefinida. Todas estas actividades le hicieron peligroso ante las autoridades. Era un elemento que había que callar.

A fines de abril de 1891 por un artículo publicado en El Socialismo fue detenido. Ya no saldría de la cárcel hasta 1899. En diciembre fue absuelto, pero en marzo de 1892 fue condenado a 2 meses de arresto por desacato al juez. En febrero de 1893 también quedó libre de una acusación de fabricación y posesión de explosivos. Para entonces ya estaba acusado de ser unos de los inductores del llamado “Asalto a Jerez” de enero de 1892. Un motín originado por la entrada, en una de las capitales de latifundismo andaluz, de varios cientos de campesinos que terminó con el ajusticiamiento de cuatro de ellos. Salvochea fue acusado de transmitir las órdenes desde cárcel. El juicio tuvo lugar a fines de noviembre de 1893. Fue condenado a 12 años. De nuevo volvía a los presidios.

En septiembre salió de Cádiz hacia prisión de Valladolid donde el 15 de octubre de 1893 intentó suicidarse. Durante los años siguientes se realizaron diversas gestiones para su indulto y peticiones para que lo trasladaran a El Puerto de Santa María. Sin embargo continuó en prisiones alejadas de Cádiz, en las de Valencia y Burgos. Finalmente, en abril 1899, fue indultado.

A su regreso a la capital gaditana fue recibido por unas 5.000 personas. Restableció sus relaciones con el nuevo obrerismo local. Conoció a valores del anarquismo como el estudiante de medicina Pedro Vallina y al trabajador del astillero Juan. Sus casi dieciocho años encarcelado se convirtieron en una muestra del coste de la acción individual.

Hacia mediados de 1901 Salvochea se trasladó a Madrid donde vivió de sus trabajos en un gimnasio, ejercer de representante de la casa de vinos de Agustín Blázquez y escribir en la prensa burguesa, como El Heraldo, El Progreso, El Liberal y El País, y la ácrata que editaba la familia Urales, como La Revista Blanca y Tierra y Libertad.

Frecuentó el Casino Federal madrileño y a la tertulia “Gente Vieja”, formada por militantes republicanos del Sexenio. Su círculo de amistades lo formaban políticos como Benot, Esquerdo y Pi y Margall, anarquistas como Apolo, Vallina y Francisco Salazar, y literatos como Fernández Shaw y Sawa. Tampoco perdió el contacto con el nuevo movimiento obrero que se estaba gestando y que culminaría con la creación de la CNT. Asistió a alguno de los congresos de la FSORRE y participó en las acciones de los grupos anarquistas del momento. Como las del entierro de Pi y Margall, la huelga de solidaridad con Barcelona, el atentado contra el policía Portas, el verdugo de Montjuich, o el llamado complot de “La Coronación”.

Posiblemente por estas acciones terminó regresando a Cádiz. Aunque la razón oficial fue que lo hizo, a finales de noviembre de 1902, por la enfermedad de su madre. Ahora se incorporó a la comisión pro-Escuela laica, a las tertulias de Justo Tovía y Benito Cuesta y Paúl y Picardo en calle Cristóbal Colón nº 21 y continuó frecuentando el Círculo de Hierros y Metales y el Centro de Extramuros. Incluso, todavía, viviría un último, aunque breve, exilio por un delito de prensa. Posiblemente por una hoja distribuida durante la huelga de panaderos de febrero de 1903.

Salvochea murió el viernes 27 de septiembre de 1907 y fue enterrado el domingo 29 en medio de una gran manifestación y bajo una intensa lluvia. Comenzaba una nueva vida, la de la leyenda y el mito.



Entierro de Fermín Salvochea, ídolo del proletariado andaluz.

El Mito

Rápidamente Salvochea se convirtió en un mito. era uno de los hombres más populares de Andalucía, Los republicanos, que no olvidaban que Salvochea es un militante representativo del anarquismo decimonónico andaluz, fueron los primeros interesados en hacer de él un ídolo. Ramón León Máinez, publicó un artículo en el que exaltó al “glorioso visionario”, “al apóstol vencido”, “al hombre injustamente perseguido, de carácter noble”. Vicente Blasco Ibáñez estuvo entre los que más hicieron para forjar la imagen de Salvochea “apóstol”. Lo dibujó como “un santo laico”, austero, librepensador, querido por todos, en su novela La bodega. El entonces diputado republicano pretendía ayudar, con esa representación, a desplazar al anarquismo del mundo obrero.

También para los anarquistas se convirtió en una leyenda. Frente al retrato de los republicanos apareció el ácrata de su amigo y discípulo, Pedro Vallina. Le mostraban como un “héroe moderno” que luchaba por la causa del pueblo, denunciaba la perversidad de la propiedad, el simulacro de la justicia burguesa, las virtudes del comunismo igualitario y la necesidad de la igualdad económica para establecer la fraternidad entre los hombres.

También lo hizo el alemán Rudolf Rocker. Ambos pusieron el acento tanto en el aspecto humano como en el revolucionario que ligan. Los elementosque configuran el mito y la leyenda de Salvochea se han configurado en torno a la idea de que “era un Quijote de carne y hueso”. Sus casi dieciocho años de prisión eran una muestra del coste de la acción individual. Una acción que impregnó toda su vida y sintetizaba las virtudes del revolucionario.

Otro elemento es su amplia aceptación en diferentes círculos. Sean burgueses, republicanos o anarquistas. El pueblo gaditano lo ha hecho suyo y mira a su figura como un elemento identificativo cuya expresiones son las coplas de carnaval e, incluso, la santería.

Más allá de estas mistificaciones Salvochea es un militante representativo del anarquismo decimonónico andaluz. Cree que el capitalismo no es muy diferente a una sociedad caníbal. De forma más refinada e hipócrita, el capitalista devora al trabajador. Sólo cuando la humanidad sea capaz de comprenderlo las cosas cambiarán. Entonces la acción transcenderá al individuo. Desde esta perspectiva se puede establecer una conexión entre Salvochea y la revolución española del verano de 1936.

Cuando, junto a la oposición al golpe fascista y el cambio de las relaciones de producción también nacieron unas nuevas relaciones personales. La ética del revolucionario es más importante que la definición del modelo de sociedad que pretende crear.

De un tiempo a esta parte, ha surgido una corriente que, considerando muertas y enterradas las ideas ácratas, han comenzado una tímida recuperación de lo que consideran válido de ellas. Fija su atención en hechos, personas y entidades que arriman a su “ascua”. Así ocurre con la figura, la obra y la significación de Salvochea. Unos hacen hincapié en su radical republicanismo federal. Otros destacan su figura de hombre “bueno”, de la persona que se arruinó, la que nunca descargó sus responsabilidades en otros y acompañaba, a pesar de su ateismo, a su madre a la puerta de la iglesia.

Sin embargo, apenas se nombra su militancia anarquista. Que su irreligiosidad es radical, no sólo librepensadora. “Mi religión es practicar el bien” escribió. Que frente a las patrias de campanario, al patrioterismo tan al uso, Salvochea nos habla del internacionalismo, de que el mundo es la patria de los hombres. Que su antimilitarismo no es sólo la oposición a la contribución obligatoria de sangre, tanto teórica como práctica, sino a la existencia de cualquier tipo de ejército. Que su compromiso con el mundo obrero iba mucho más allá de apoyar sus reivindicaciones laborales. En definitiva que es el hombre, en toda su complejidad, quien protagonizará el cambio social. Por eso pudo escribir que si se mirasen al microscopio las joyas que luce la burguesía se verían que, en ellas, están los glóbulos rojos que faltaban en la sangre de los trabajadores.





Alguna bibliografía:

-Brey, Gérard y otros (1987), Un anarchiste entre la légende et l’histoire. Fermin Salvochea, Paris, Presses Universitaires de Vincennes.
-Mariscal Carlos, Eugenio (1997), Fermín Salvochea en las letras del carnaval, Cádiz, Aula del Carnaval.
-Maurice, Jacques (1990), El anarquismo andaluz. Campesinos y sindicalistas (1868-1936), Barcelona, Crítica.
-Puelles, Fernando de (1984), Fermín Salvochea. República y anarquismo, Sevilla, Ed. Autor.
-Vallina, Pedro (1958), Crónica de un revolucionario con trazos de la vida de Fermín Salvochea, París, Ediciones Solidaridad Obrera.