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sábado, 30 de julio de 2016

Medios franceses homenajean a Federica Montseny, la primera mujer ministra de Europa


RADIOCABLE.COM
19 julio, 2016

Su figura ha sido en gran medida «olvidada por la Historia», incluso en España, pero en Francia un documental, emitido este 18 de julio paradójicamente coincidiendo con el 80 aniversario del golpe, y varios artículos están poniendo de relieve la vida y trayectoria de Federica Montseny. Se resalta que fue la primera mujer en ser ministra en Europa y que aprobó la primera ley del aborto, además de otras medidas en favor de la igualdad de género y los más desfavorecidos. También se subraya cómo la «modernidad de sus ideas» ha llegado a influir a las nuevas generaciones, incluida Ada Colau.
France 3 homenajea a Federica Montseny, la indomable, en un documental. En la noche de este 18 de julio cuando se cumplen 80 años del golpe que inició la Guerra Civil, la TV gala ha emitido un documental de Jean Michel Rodrigo en el que se homenajea a Federica Montseny y la modernidad de sus ideas. Se resalta que fue una figura intelectual, feminista y libertaria, que llegó a ser ministra de Sanidad e intentó imponer en España, en plena Guerra Civil, la primera ley que autorizaba el aborto. Detalla como la ruptura definitiva entre comunistas y anarquista la obliga a salir del gobierno y más tarde exiliarse a Francia. Recuerda que en este país fue perseguida y juzgada por el régimen de Vichy, aunque no fue extraditada por estar embarazada.

La Croix enfatiza que fue la primera mujer ministra en Europa. Recuerda que se cumplen 80 años de la nominación de Federica Montseny «escritora, editora, figura vanguardista de los movimientos libertarios y feministas y la primera que ocupó cargo de ministra en Europa en la Segunda República española». Explica que Montseny fue una figura principal de la CNT y del anarco-sindicalismo español y que pese a ser en principio «refractaria» a la política, aceptó entrar en el gobierno como ministra para democratizar el acceso a la salud de los más pobres y favorecer la igualdad entre los sexos. Añade que tras exiliarse se instaló en Toulouse, convirtiéndose en «heroína de la resistencia y símbolo para las nuevas generaciones».

L´Humanité apunta que Montseny fue la «madre del aborto» en España. Apunta que ha sido «olvidada por la historia», pero Federica Montseny llegó a ser la primera mujer ministro en España y Europa y se propuso en 1936 legalizar el aborto, aprobando de hecho la primera ley al respecto. Añade también que la figura de Montseny es una referencia para Ada Colau que reivindica su memoria y apunta a ciertos paralelismos con la propia trayectoria de la actual alcaldesa de Barcelona, al provenir Montseny del movimiento libertario y Colau, del social.

Advertencia: Por respeto a la ley L.P.I. española, radiocable.com ni reproduce textualmente ni publica links a los textos externos que han llamado la atención de nuestro equipo. Si desea conocer la literalidad del artículo acuda directamente al medio referido.

viernes, 1 de agosto de 2014

Nazis en la Eurocámara


 MONCHO ALPUENTE

Los más interesados por Europa resultaron ser los euroescépticos, los nacionalistas excluyentes, racistas y xenófobos. La Unión Europea se mantiene cohesionada por los elementos que quieren disgregarla y los grandes partidos jurásicos se hunden en el fango acosados por pequeñas pero aguerridas formaciones alternativas, hijas del 15M y de la utopía. Los amos del cotarro europeo que llevaron a la ruina a sus vasallos del sur que siempre fueron sus esclavos más sumisos.

El internacionalismo de la Unión europea va por clases, no hay fronteras para el capital ni para los capitalistas, corren los flujos financieros y se corta el paso a los inmigrantes. Los neofascistas triplican sus apoyos ondeando la bandera de la intolerancia, murallas de odio y barricadas contra el enemigo exterior o, lo que es lo mismo contra los pobres del mundo, contra los parias de la Tierra

Por Bruselas y Estrasburgo se pasean los hombres de gris, gestores poderosos, celosos burócratas que no saben de personas sino de cifras, de cifras que ellos mismos manipulan, maquillan o sencillamente inventan para seguir manteniendo en pie el tinglado de su farsa caduca. En Bruselas y Estrasburgo ya se apoltronan los nuevos centuriones de la ultraderecha que han conseguido vender a un electorado sumiso y desorientado que la amenaza son los otros, los vecinos de abajo, empobrecidos y humillados por las viejas potencias coloniales que ahora les rechazan y persiguen.

Con Alemania al frente del Imperio y los nazis entrando otra vez en París de la mano de Marine Le Pen, con los ultranacionalismos a flor de piel, el panorama europeo se ensombrece, un poco más en el crepúsculo.

JUNIO 2014

viernes, 6 de junio de 2014

Aniversario en la vieja Europa

Por RAFAEL POCH

Muchos creen que John Wayne y el soldado Ryan salvaron a Europa del fascismo, que Angloamérica salvó al viejo continente, poco menos que en solitario, y que el desembarco en Normandía fue la gran acción decisiva. No fue así.

Ni el curso de la guerra, ni la derrota del fascismo, se decidieron allá. Los principales héroes no fueron John Wayne ni el soldado Ryan, sino gente de apellido eslavo que murió por un país que ya no existe. Los escenarios realmente decisivos fueron; Moscú, Leningrado (S. Petersburgo), Stalingrado (Volgogrado) y Kursk.

En el frente del Este, el Tercer Reich perdió 10 millones de soldados y oficiales muertos, heridos y desaparecidos, 48.000 blindados y vehículos de asalto, 167.000 sistemas de artillería. 607 divisiones fueron destruidas. Todo ello representa el 75% de las pérdidas totales alemanas en la Segunda Guerra Mundial.

La diferencia en la escala militar es aplastante. En Normandía se registraron 10.000 muertos aliados, 4.300 de ellos británicos y canadienses y 6.000 americanos. En las grandes batallas del este, los muertos se contaban en centenares de miles. En la batalla de Moscú participaron unos 3 millones de soldados y 2.000 tanques. La URSS utilizó allí la mitad de su ejército, Alemania una tercera parte. En El Alemein, una batalla importante del otro frente, los alemanes disponían entre 60.000 y 70.000 soldados.

La escala del sufrimiento humano también es incomparable. La geopolítica de Hitler no tenía prevista la existencia de un estado ruso en Europa y en su escala racista los eslavos estaban muy abajo. La guerra en el este era a vida o muerte, muy diferente a la del oeste. Las ciudades y los pueblos eran destruidos, frecuentemente con sus habitantes. Murieron uno de cada cuatro habitantes de Bielorrusia, uno de cada tres de Leningrado, Pskov y Smolensk.

La batalla de Stalingrado entre agosto de 1942
y febrero de 1943, supuso la primera de
las grandes derrotas del III Reich.

El esfuerzo angloamericano en el continente no empezó hasta que, en 1943, quedó claro que la URSS había parado el embate y que la derrota de Alemania era inevitable. Con otra actitud seguramente se hubieran evitado muchos muertos. Pero, ¿habría habido «segundo frente» si las cosas le hubieran ido bien a Hitler en el este?

Desde la firma del acuerdo británico-soviético sobre acciones militares comunes contra Alemania de julio de 1941, Stalin pedía la apertura de un «segundo frente» en Europa, es decir un desembarco aliado que aliviara la presión soportada por la URSS. La respuesta se demoró mucho.

El invierno de 1941, con los alemanes a las puertas de Moscú, fue crítico. Aquel año la URSS sufrió la mitad de las bajas militares de toda la guerra, 9 millones entre muertos, heridos y presos (dos terceras partes de los 27,6 millones de muertos soviéticos en la guerra fueron civiles), pero sólo recibió el 2% del total de los suministros que sus compañeros de coalición le enviaron durante toda la guerra.

Los documentos desclasificados de los archivos soviéticos están llenos de declaraciones de aliados occidentales que abundaban en la inconveniencia de apresurarse. ¿Por qué no dejar que las dos fieras se devoraran entre sí?

Visto desde Moscú, los angloamericanos desembarcaban en los lugares más alejados y menos relevantes para aliviar la presión sufrida por la URSS; primero en el norte de África (noviembre de 1942), luego en Sicilia (julio del 43), a continuación dos veces en Italia continental (en septiembre del 43 y en enero del 44), y sólo a menos de un año del fin de la guerra (en junio del 44) en Normandía.

Para entonces, el ejército soviético ya hacía 6 meses que había llegado a la frontera polaca de preguerra. Las democracias debían darse prisa si querían tomar alguna posición en Europa y evitar que «los rusos» volvieran a llegar a París, como habían hecho en el pasado.

Una manifiesta desconfianza presidió la alianza antifascista soviético-occidental desde sus mismos inicios. Sus motivos eran muchos y diversos. De parte occidental se acepta, por ejemplo, que el pacto germano-soviético de 1939 evidenció el parentesco entre nazismo y estalinismo. De las vergüenzas de las democracias, de su actitud ante el fascismo en vísperas de la guerra y de sus parentescos imperiales con Hitler y Mussolini, apenas se habla. Seguramente a causa de su manifiesta actualidad.

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, aquellos políticos democráticos de Europa y América que luego «salvarían a Europa» mantenían un idilio con Hitler y Mussolini. Estados Unidos había apoyado al dictador italiano desde su llegada al poder en 1922. Sus desmanes se comprendían, porque conjuraban la amenaza bolchevique. Las inversiones americanas en Italia y en la Alemania fascista no disminuían, sino aumentaban, en los años treinta.

«Hitler ha prestado grandes servicios no solo a Alemania, sino a toda Europa Occidental, al cerrar el paso al comunismo (…) por eso es legítimo ver en Alemania un muro de contención occidental del bolchevismo», decía en 1938 el Secretario de exteriores británico, Lord Halifax.

Sobre la base común de aquella «contemporanización», Londres y Berlín podían llegar a un «entendimiento». Halifax estaba dispuesto a conceder a Alemania todo lo que pidiera; «Danzig, Austria y Checoslovaquia», con tal de que esas anexiones se llevaran a cabo, «de forma pacífica y evolutiva».

Los principios de aquella Europa se habían retratado igualmente en su actitud ante la República Española.

La idea de que los proyectos de Hitler eran asumibles, que todo el mundo podía integrarse en ellos, y que la amenaza estaba en otra parte, era común en los gobiernos de la Europa de finales de los 30. Con Neville Chamberlain como jefe de gobierno en Londres y Edouard Daladier en París, las democracias calificaban de «paz con honor» la entrega de Checoslovaquia al Reich practicada por la Conferencia de Munich.

El ministro de exteriores polaco, Jozef Beck, prometía apoyar la reclamación nazi sobre Austria y tener en cuenta los intereses del Reich ante un «eventual ataque (polaco) contra Lituania». El embajador polaco en París, Lukaszewicz, explicaba a sus colegas norteamericanos que lo que estaba en juego en Europa era una lucha entre el nazismo y el bolchevismo, en cuyo campo incluía a «agentes de Moscú» como el Presidente checoslovaco, Edvard Benes. «Alemania y Polonia pondrán a los rusos en fuga en tres meses», decía el embajador, en vísperas de que la agresión contra su propio país marcara el inicio «oficial» de la Segunda Guerra Mundial.

Para entonces, aquella guerra tenía ya ocho años de historia en el mundo. El mundo de los dominios imperiales de Asia y África, donde la guerra, el atropello, la invasión y el racismo, no contaban, mientras no colisionaran con los propios intereses.

En 1931 los japoneses se habían apoderado de un trozo de China mayor que Francia. En 1933 y 1935 habían expandido su invasión a otras tres provincias chinas, practicando su guerra química y bacteriológica con experimentos en la población civil.

En 1935 Italia invadía Abisinia, con el Mariscal Badoglio utilizando gas mostaza contra la población civil.

En julio de 1939 el gobierno británico declaraba, «reconocer por completo la situación actual en China».

Ni Londres ni Washington protestaron o se opusieron al ataque japonés contra Mongolia, retaguardia de la URSS, a partir de mayo de 1939 y que, en la batalla de Jaljyn Gol, produjo más muertos que toda la campaña de la invasión alemana de Francia.

No pasaba nada y el encargado de la «India Office», Leopold Amery, explicaba por qué con toda claridad, al defender la agresión japonesa contra China en la Cámara de los Comunes; «si condenamos lo que Japón ha hecho en China, tendremos que condenar igualmente lo que Inglaterra hizo en Egipto y la India».

En un libro escrito en una prisión británica entre abril y septiembre de 1944, coincidiendo con el desembarco de Normandía, Nehru, fundador de la nueva India explicaba así la situación: «Tras algunas de aquellas democracias había imperios en los que no había democracia alguna y donde reinaba el mismo tipo de autoritarismo (racista) que se asocia con el fascismo, así que era natural que aquellas democracias occidentales sintieran algún tipo de unión ideológica con el fascismo, por mucho que les disgustara algunas de sus expresiones más vulgares y brutales».

«La política británica había sido casi ininterrumpidamente profascista y pronazi», recapitulaba Nehru en su celda del Fuerte de Ahmadnagar, pero todo se acabó, cuando se vio que aquel «aliado natural», aquel pariente, se volvía contra los intereses occidentales.

«Se hizo cada vez más obvio que, pese al deseo de calmar a Hitler, éste se estaba convirtiendo en el poder dominante en Europa, desmontando por completo el antiguo equilibrio y amenazando los intereses vitales del Imperio Británico».

El resultado fue una alianza forjada sobre las circunstancias y la estupidez de Hitler, quien, si hubiera atacado primero a la URSS en lugar de atacar a Polonia, habría sido aplaudido por las democracias. Esta idea fue expresada al final de la guerra por el propio Hitler en un texto poco conocido.

En febrero de 1945, Martin Bormann recogió varios monólogos de Hitler que tienen valor de testamento político. Dos meses antes del final, Hitler coincidía en ellos, con la tónica de los políticos británicos y americanos de antes de la guerra, al reflexionar sobre los errores que habían conducido a la derrota.

La campaña contra Rusia era «inevitable», decía. Su problema era haberla desencadenado en un momento poco adecuado. La guerra en dos frentes había sido un error, reconocía, pero la responsabilidad última era de americanos y británicos, con quienes habría sido posible llegar a un acuerdo.

«La guerra contra América es una tragedia». «Ilógica y carente de todo fundamento». Sólo la «conspiración judía contra Alemania» la había hecho posible.

Cargada de delirios, su mirada al futuro, contenía un pronóstico del mundo bipolar que se avecinaba: «Con la derrota del Reich y la aparición de los nacionalismos asiáticos, africanos y puede que sudamericanos, sólo quedarán en el mundo dos potencias capaces de confrontarse; Estados Unidos y la Rusia soviética. Las leyes de la historia y de la geografía, las empujarán hacia una prueba de fuerza, sea militar o económica e ideológica».

El aparato de propaganda y relaciones públicas más formidable de la historia ha fabricado su leyenda sin apenas fisuras. Hollywood, la industria mediática en manos de magnates, los sistemas de alimentación oficial de esa industria y, por supuesto, el ejército de conformistas bien pagados encargado de transmitirla, han escrito la versión más conveniente. La historia es suya. Llegamos así al discurso de George Bush en la celebración del aniversario del desembarco.

El día 'D' (6 de junio de 1944),
el desembarco de Normandía.

Reivindicando lo único positivo que la intervención militar extranjera de Estados Unidos tiene en su haber en más de medio siglo, el Presidente vende su actual cruzada.

Obteniendo la merecida gratitud que los franceses, italianos, belgas y holandeses le deben al soldado Ryan, pretende mantener el vasallaje europeo ante la larga lista de crímenes impunes cometidos por el militarismo americano desde entonces.

El hombre que, según las encuestas, encarna la guerra y promueve la desestabilización global, para la mayoría de los europeos, habla hoy en Normandía de moral, de libertad y de principios, y recibe el tributo y el aplauso de los dirigentes de la «vieja Europa».

La generosidad y el heroísmo de los 10.000 caídos en aquellas playas francesas sirve, así, para reivindicar su «guerra contra el terrorismo», la destrucción de los frágiles rudimentos del derecho internacional y del control de armamentos, la agresión preventiva o «humanitaria», el armamentismo y la banalización del uso del arma nuclear en guerras convencionales. Es el momento de recordar quien era el máximo representante de esas mismas tendencias en el mundo de hace 60 años.

La guerra no la ganó el soldado Ryan en Normandía, pero un indigno peligroso reivindica su gloria.

DIARIO DE PEKÍN
(Blog desde 2002 a 2008)
04/06/2004

lunes, 2 de junio de 2014

Ferias y mercados

 

MONCHO ALPUENTE

La autodenominada Unión Europea nunca pasó de ser el Mercado Común como se conocía en un principio, una simple corporación de mercaderes sin fronteras y con coartadas para sus rapiñas. Luego vino el primer eufemismo; Comunidad Económica Europea, fuera lo de mercado para borrar pìstas y cubrir huellas.

Ahora es la UE, Unión Europea, la economía desapareció de la denominación de origen cuando más presente estaba que era la economía de mercado la única razón por la que se mantenía vivo el ente, la entidad y al fin y al cabo la identidad europea. Mercado libre para las mercancías, no para las ideas, ni para las personas. Entre Bruselas y Estrasburgo, bajo la tutela de la poderosa economía alemana, la UE es un avispero de intereses encontrados, un conjunto de átomos rabiosos, unidos por el afán de lucro y el poder omnímodo.

Nadie mejor que el ministro Arias Cañete, veterano en estas lides, para representar su fingido papel de simpático bufón, generoso colega que paga las consumiciones del bar e invita a jamón ibérico a los autocomplacientes burócratas de esa lucrativa organización que paga buenos sueldos y mejores dietas por formar parte de esta comparsa nómada, de esa asamblea en la que todas las decisiones están tomadas por los que pueden tomarlas antes de que se produzcan debates amañados y consensos ya pactados.

Arias Cañete es un parásito de lujo, un ministro de alimentación sobrealimentado que desmiente con su orondo perfil que en España se esté pasando hambre, siempre que unos se conformen con los yogures caducados y otros se nutran de jamón de pata negra y jamón de Jabugo. Arias Cañete, es agricultor, ganadero, bodeguero y como hobby inconfesable (ni siquiera llegó a declararlo ante el Parlamento) vende petróleo en alta mar con una flota de buques cisterna, gracias a una graciosa concesión del Estado. Y todo esto sin perder el buen color de sus mofletes que contrastan con su nívea barba de Papá Noel, de fraile glotón y tragaldabas insaciable. En la sonrisa de Cañete se refleja la autosatisfacción de nuestros ricos, la corrupción da sus frutos y abona España con un sustrato en el que muchos se pudren para que otros, los menos, prosperen, para que los de arriba suban cada vez más alto y los de abajo se hundan cada vez más en el abismo.


sábado, 19 de abril de 2014

«La UE es el Cuarto Reich, el sueño de Hitler»



Cómo ganó Hitler la Segunda Guerra Mundial dice que una moneda única, un mercado común e incluso el nombre Estados Unidos de Europa son conceptos que idearon los nazis.

En la tienda digital Amazon Kindle se ha puesto a la venta un polémico libro titulado La Unión Europea: la verdad sobre el Cuarto Reich. Cómo ganó Hitler la Segunda Guerra Mundial. Los autores, Daniel J. Beddowes y Falvio Cipollini., presentan en la obra sus innovadoras opiniones sobre los orígenes de la UE y su función.

Los escritores se preguntan «¿Qué es la UE, a quién beneficia realmente? La respuesta es, sin duda alguna, a Alemania».

Analizando el resultado de la Segunda Guerra Mundial, aseguran que «aunque creemos que la ganamos, en realidad perdimos». «Consideramos que es obvio que actualmente vivimos en el Cuarto Reich».

Los autores llegan a afirmar que «los que apoyan la idea de la UE apoyan la política de los nazis».

En el capítulo titulado «La UE fue creada por los nazis», afirman que Walther Funk, presidente del Reichsbank y ministro de Economía del Reich, predijo la aparición de una unión económica europea. Hay que destacar que Funk fue uno de los principales consejeros de Hitler.

Según el libro, «los nazis querían eliminar la confusión que suponía una Europa compuesta de pequeñas naciones y su plan era muy simple, el sueño de Hitler era la UE».

Beddowes y Cipollini subrayan que «los aliados adoptaron la principal idea de Hitler», que incluía planes económicos para la creación de una unión basada en la federación.

Destacan que el primer ministro conservador británico, Edward Heath, en 1973 recibió 35.000 libras cuando el Reino Unido entró en la Comunidad Económica Europea y el ministro de propaganda de la Alemania nacionalsocialista, Joseph Goebbels, estaba orgulloso de que la cadena BBC apoyara la idea de la UE.

«No podemos encontrar ninguna diferencia entre el proyecto de Hitler de unos Estados Unidos de Europa con Alemania al timón y la Unión Europea actual», manifiestan los autores. 


domingo, 21 de octubre de 2012

La broma más abyecta del año


Con quince líneas es suficiente. La rabia estalla en venas y arterias.

Mientras las desigualdades sociales alcanzan límites nunca imaginados en la mayoría de los países que forman la Unión Europea. Mientras el desempleo superan cifras nunca conocidas ni siquiera conjeturadas. Mientras las clases trabajadoras pierden uno tras otro derechos que han costado décadas conseguir tras esfuerzos inenarrables. En el mismo momento en que países como Portugal, Grecia, Irlanda o España son intervenidos de facto, ven mermada su supuesta soberanía y destrozada su democracia y sus ya demediados Estados de bienestar son arrojados al basurero de los trastes inútiles e ineficaces de la Historia, en el mismo momento en que una desalmada y antihumanista cosmovisión neoliberal pone sus botas de mando, corrupción y desvergüenza en todas las ciudades del continente de Erasmo, Bruno, Thomas Münzer, Servet, Galileo, Robespierre y De Las Casas, en ese mismo momento, decía, el Nobel de la Paz de 2012 ha sido concedido a la Unión Europea. ¡Los grandes banqueros de la Unión, las grandes fortunas europeas, los grandes diseñadores de este mundo de impiedad y desvergüenza, están abriendo sus botellas de champagne mientras ríen satisfechos por su poder inconmensurable! ¡El Nobel a los pies de sus caballos! Como con Kissinger, como con Obama. 

¿De qué paz hablan realmente? De esta: la troika que dirige la vida y destino de centenares de millones de ciudadanos y ciudadanas ha pedido y exigido desalojar islas griegas con poca población, sus pobladores pueden alojarse en cualquier otro lugar. No les importan un pimiento. Es para ahorrar costes al Estado. 

¿Premio de Paz ante actos institucionales violentos de esta magnitud?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor
mediante una licencia de Creative Commons,
respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.