sábado, 12 de octubre de 2013

La lucha contra el Estado

¡Libertad o Muerte!
Majnó.


El hecho de que el Estado moderno sea una forma organizativa autoritaria sustentada en la arbitrariedad y la violencia sobre la vida social de los trabajadores es independiente de que sea «burgués» o «proletario». Descansa sobre el centralismo opresivo, surgido de la violencia directa de una minoría sobre una mayoría. Los resortes del Estado para imponer y fortalecer la legalidad de su sistema no son sólo las armas y el dinero, sino también potentes armas de manipulación psicológica. Con la ayuda de tales armas, un reducido grupo de políticos ejerce su represión psicológica sobre toda la sociedad y, en particular, sobre las masas laboriosas, condicionándolas para que desvíen su atención de la esclavitud instituida por el Estado.

Por eso debemos tener claro que si queremos combatir la violencia organizada del Estado moderno debemos adoptar armas poderosas, adecuadas a la magnitud de la tarea.

Hasta ahora, los métodos de intervención social usados por la clase trabajadora revolucionaria frente al poder de los opresores y explotadores (el Estado y el capital) en conformidad con las ideas libertarias, fueron insuficientes para llevarla a la victoria.

Ha pasado alguna vez que los trabajadores han vencido al capital, pero la victoria les ha sido arrebatada porque algún poder estatal ha surgido, uniendo los intereses del capital privado y del capitalismo de Estado para triunfar sobre los trabajadores.

La experiencia de la Revolución rusa ha expuesto claramente nuestros defectos en este sentido. No debemos olvidarlo, sino ponernos a identificar cuáles han sido esas deficiencias.

Debemos reconocer que nuestra lucha frente al Estado durante la Revolución rusa tuvo gran relevancia, a pesar de nuestra desorganización: tuvo gran relevancia en la medida en que contribuyó a destruir todo lo que concierne a esa odiosa institución.

Pero, por el contrario, nuestra lucha fue insignificante en lo tocante a la construcción de la sociedad libre de los trabajadores y de sus estructuras, que habrían permitido que prosperara fuera del alcance del Estado y de sus instituciones opresoras.

El hecho de que los comunistas libertarios o anarcosindicalistas no supiéramos anticipar las secuelas de la Revolución rusa y que falláramos en desarrollar al tiempo nuevas formas de vida social, llevó a muchos de nuestros grupos y organizaciones a vacilar en cuanto a la estrategia revolucionaria a adoptar.

Si queremos en lo futuro evitar caer de nuevo en los mismos errores cuando se presente una situación revolucionaria y para mantener la cohesión y la coherencia interna de nuestra línea organizativa, debemos en primer lugar agrupar todas nuestras fuerzas en una organización activa y seguidamente definir nuestra concepción constructiva económica, social, local y territorial, perfilándola al detalle (soviets libres) y, muy especialmente, describir con amplitud su misión revolucionaria básica en la lucha contra el Estado. La vida contemporánea y la Revolución rusa lo requieren.

Aquellos que hayan estado involucrados de verdad en las filas obreras y campesinas, participando activamente en las victorias y las derrotas de su campaña, sin lugar a dudas llegarán a nuestras mismas conclusiones, y muy especialmente en que la lucha contra el Estado debe mantenerse hasta que éste haya sido erradicado: deberán ser conscientes también de que el papel más importante en esa tarea es el de las fuerzas armadas revolucionarias.

Es esencial que la acción de éstas esté coordinada con el conjunto social y económico, así como que la población trabajadora se autoorganice desde los primeros días de la revolución de modo que pueda mantenerse fuera del alcance de todas las estructuras estatistas.

Desde este mismo momento, los anarquistas deben centrar su atención en este aspecto de la revolución. Tienen que estar convencidos de que si las fuerzas armadas revolucionarias están organizadas, sea en grandes unidades o en pequeños destacamentos locales, no pueden sino derrotar a los titulares y defensores del Estado y por ello crear las condiciones necesarias para que el pueblo laborioso desarrolle la revolución, de modo que se corte todo lazo con el pasado y se comience a examinar hasta el menor detalle el proceso de construcción de unas nuevas relaciones socioeconómicas.

El Estado será, sin embargo, capaz de de aferrarse a algunos enclaves locales e intentará interponer variados obstáculos en el camino de la nueva vida de los trabajadores, entorpeciendo el crecimiento y el desarrollo armónico de las nuevas relaciones basadas en la emancipación integral del ser humano.

La liquidación total y definitiva del Estado sólo puede producirse en la medida en que la lucha de los trabajadores se desarrolle en los parámetros más libertarios posibles, determinando los trabajadores por sí mismos las estructuras de su acción social. Estas estructuras deberán asumir la forma de órganos de autogestión económica y social, al modo de los soviets libres «antiautoritarios». Los trabajadores revolucionarios y, de éstos, los más avanzados (los anarquistas) deben analizar la naturaleza y la estructura de estos soviets y especificar para el futuro sus funciones revolucionarias. Y tener presente, sobre todo, que la evolución positiva y el desarrollo del anarquismo en las filas de aquéllos que deben liquidar el Estado por sí mismos a fin de construir una sociedad libre, dependerá de ello.

Dielo Truda, nº 17.
(Octubre de 1926.)

viernes, 11 de octubre de 2013

La CNT ante la nueva Reforma de las Pensiones

5-9-2013

En el contexto actual el pensamiento en colmena nos lleva a la crítica simplista de los recortes en las pensiones «públicas», desde el punto de vista de la defensa de las mismas, frente a las privadas. El debate no está siendo bien enfocado, ya que no se trata de una dicotomía entre pensiones públicas o privadas, sino entre que el control sobre nuestra vejez lo tenga el Estado o las empresas privadas. Este marco de protestas reduccionista lo están poniendo los grupos políticos de izquierdas, defensores del papel Estatal como modo de conservar sus privilegios. Es necesaria la memoria histórica para comprender esa tercera vía que ninguno de ellos quiere ni tan siquiera mencionar, donde los propios trabajadores organizados gestionemos la salud y las necesidades colectivas sociales.

Mucha gente se está echando las manos a la cabeza por lo que supone la nueva Reforma de las Pensiones. Somos muchos los que vemos alejarse la hora de la jubilación, y somos muchos también los que ni siquiera la vemos como una posibilidad remota. También sabemos que las cuantías que recibamos van a reducirse y que se va a beneficiar al negocio privado de las pensiones. En realidad es algo que se podía intuir, ya que no es la primera, ni seguramente será la última Reforma de las Pensiones.

Las modificaciones de 1985, 1997, 2002, 2006 y 2011 han llevado una línea clara: retrasar la edad de jubilación, fomentar que la gente siga trabajando después de la misma y apoyar el negocio redondo de la Pensiones Privadas, a través de desgravaciones fiscales. Aunque en estos años se han creado pensiones de miseria, muy similares a la caridad cristiana, pero a través de la contribución obligatoria vía impuestos, en general la situación ha ido a peor. La clave del por qué éstos recortes en las condiciones sociales es la nula fuerza de la clase trabajadora, totalmente desmovilizada, para enfrentarlos.

CLAVES HISTÓRICAS PARA COMPRENDER LA SITUACIÓN ACTUAL:

El Sistema Público de Pensiones no es un invento de hace dos días. Si en Europa se implanta el sistema de Seguridad Social Bismarckiano a mediados del siglo XIX, en España no es hasta el año 1908 cuando se crea el Instituto Nacional de Previsión, que pretendía diseñar un modelo de pensión de vejez, en un régimen de afiliación libre, subvencionado por el Estado y dependiente del mismo. Desde ese momento, el modelo fue evolucionando y ampliando servicios, a costa de ampliar las aportaciones patronales y de los obreros, en un principio libremente, pero más tarde de manera obligatoria. La clase trabajadora en general desconfió de esta medida.

Ahora bien, no podemos dejar de lado el contexto en el que se daban estas supuestas mejoras a la clase trabajadora, que era precisamente un momento de alta conflictividad social, y sobre todo de gran organización obrera, que, aunque insuficientes, mantenía sistemas de solidaridad para mantener a los trabajadores en casos de vejez, accidentes u otros eventos inesperados. Los gremios, las casas de socorro, las mutuas obreras, las bolsas de trabajo y finalmente los sindicatos, daban solución en gran parte a lo que conocemos como Seguridad Social, y de ahí su nombre, «social» que no «estatal». En realidad, el Estado y la Patronal quitaron el control de la solidaridad a los obreros que perdían así la capacidad de decisión sobre su pensión, a cambio de financiar ellos mismos su propia paga de vejez: Patrón y Estado obtenían el dinero de las cuotas que ingresaban a costa del esfuerzo de los trabajadores. De hecho sistemas de pensiones estatales comenzaron sin cotización directa del trabajador ya que al fin y al cabo lo que aporte tanto el Estado como la patronal es riqueza enajenada a los trabajadores.

¿Y AHORA QUÉ?

Es evidente que el Estado tiene herramientas suficientes para que la caja común de las pensiones no se rompa. Es evidente también que la única manera de que el Estado no desmantele las pensiones es que haya una respuesta social suficientemente potente como para mantener el sistema de pensiones. Pero desde CNT entendemos que es más importante ir a la raíz del problema para poder llegar a una solución.

En primer lugar, hay que ser conscientes, como hemos comentado, que el Sistema de Pensiones se sustenta a través del esfuerzo diario de la clase obrera. La dotación económica de la caja común parte: de las cotizaciones empresariales, cada vez más bajas y que salen directamente de la explotación de los trabajadores; de los impuestos, cada vez más injustos, que nos roba cada día el Estado; más las cotizaciones forzosas de los trabajadores a la Seguridad Social.

En segundo lugar, visto que el problema es la explotación de la clase obrera por quienes ostentan el Poder, hay que comprender que la única lucha que nos llevará a cambiar las cosas, será la que esté libre de injerencias de los políticos, que sólo buscan encaramarse al Poder. Por tanto, no debemos hacer seguidismo de las consignas de Partidos y Sindicatos Oficiales, no debemos dejarnos llevar como ovejas al matadero electoral, sino que tenemos que generar planteamientos propios, que salgan del marco de propuestas establecido, que sólo nos lleva al callejón sin salida de cambiarlo todo para que nada cambie.

En esta línea, desde la CNT siempre nos hemos opuesto a la intervención del Estado en la solución de los problemas de la clase trabajadora, porque precisamente es uno de los causantes de nuestros males. Nos oponemos también por coherencia a la intervención del Estado en los cuidados de nuestra vejez. Sin embargo mientras no recompongamos un movimiento obrero capaz de tomar el control y proporcionar una cobertura social a todas las personas, nos tocará defender lo que tenemos contra los recortes en las condiciones laborales y de vida, en este caso las pensiones.

NO HAY FUTURO SIN PRESENTE

No podemos olvidarnos de reconstruir herramientas que nos permitan tener una vejez segura, que dependan sólo de nosotros/as mismos/as, es decir, de los/as trabajadores/as libremente asociados. El pacto de apoyo mutuo y solidaridad que nos une a las personas que formamos la CNT, debe ser la base para un futuro de pensiones de control obrero. Un sistema basado en la solidaridad, el apoyo mutuo y la libre federación de comunidades libres. Mientras parte de la lucha está en tomar el control social de los sistemas públicos de protección social, apostando por su autogestión y democratización por parte de los propios trabajadores, usuarios y la colectividad en general.

Es la lucha la que nos da lo que la ley nos quita, y en última instancia es destruir por completo el sistema establecido para cambiarlo por otro que nos valga, lo que nos permitiría pasar la tercera edad con tranquilidad y buena salud.

Secretariado Permanente del Comité Confederal de CNT-AIT


martes, 1 de octubre de 2013

La FAI contra la guerra en Siria

(Septiembre 2013)

Desde la Federación Anarquista Ibérica (FAI) nos oponemos y condenamos de forma tajante la intervención militar en Siria, así como cualquier tipo de intervención militar que se realice en el mundo.

El pueblo sirio tomó parte en las revueltas de la denominada Primavera Árabe, levantándose contra la dictadura y la opresión del régimen. Las luchas intestinas por el control político, religioso y económico de la zona entre Arabia Saudí e Irán, así como de EEUU-Israel y Rusia, han llevado a una guerra totalmente sectaria y sin cuartel, en la que la víctima directa de este genocidio es el pueblo.

Condenamos la estrategia de EEUU de crear confusión, manipular a través de todos los medios de comunicación a su servicio, y mentir para legitimar la intervención imperialista, tal y como hizo en su día en Afganistán, Iraq o Vietnam, y hará en un futuro.

Además, mostramos todo nuestro asco y repulsión hacia todos los partidos y sindicatos españoles que, declarándose de izquierdas, apoyan los genocidios como los existentes actualmente en Siria (por su Gobierno o por la intervención imperialista), así como cualquier intervención militar que desemboque en carnicerías humanas.

Nos solidarizamos con todos los pueblos y todos los trabajadores de los países árabes, que luchan a diario contra la opresión de los gobiernos, los Estados, las religiones, y sufren la represión de los mismos y de todos aquellos gobiernos títeres de intereses rusos o estadounidenses, que solo buscan defender sus intereses espurios frente al interés de los trabajadores y la libertad de los pueblos.

Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases

FAI


sábado, 28 de septiembre de 2013

El gobierno pide que abandonen España los observadores de la OSCE que querían supervisar el «Jaque al Rey»



El Gobierno ha invitado a marcharse de España a seis miembros de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) que habían llegado a España para evaluar el derecho de reunión y manifestación en nuestro país con motivo de la marcha Jaque al rey. La OSCE ha emitido una dura nota de queja en la que ve con preocupación «las intenciones que puedan tener las autoridades» españolas al haber dado «este giro radical de manera sorprendente».

El ministerio de [Asuntos] Exteriores les comunicó esta mañana que considera anticonstitucional la manifestación y que lo mejor era que se fueran. Los seis observadores, entre los que está el subdirector de Derechos Humanos de la OSCE, Omar Fisher, pretendían reunirse con representantes de los ministerios de Exteriores e Interior, con la Defensora del Pueblo, la Delegación del Gobierno y los convocantes del Jaque al rey.

El propósito era evaluarnos después de las últimas actuaciones policiales durante protestas de este tipo. Fisher llegó ayer a la capital acompañado de Irina Urumova, asesora en derechos humanos de la institución y otros cuatro expertos: Aleksandra Dloubak, Bartlomiej Lipinski, Marcin Jezulin y Yevgenia Aretisova.

Pasadas las nueve de la noche, la OSCE publicaba en su web una nota en la que mostró su decepción por la decisión de las autoridades españolas. «Como cualquier miembro de la OSCE, España se ha comprometido a garantizar el derecho de reunión y el trabajo de los observadores es crítico para asegurar que se respeta la libertad», dijo el director de la Oficina para las Instituciones Democráticas y los Derechos Humanos, Janez Lenarčič, para quien resulta «sorprendente este giro radical» teniendo en cuenta que «nuestra oficina siempre ha tenido una buena cooperación con España».

martes, 24 de septiembre de 2013

La socialdemocracia según Cappelletti

[Por si algunos todavía no tienen claro el significado de la palabra «socialdemócrata» y no sepan usarlo como es debido, el pensador anarquista argentino (ya fallecido) Ángel J. Cappelletti se lo aclara en un texto escrito hace más de 25 años (todavía no había caído el Muro de Berlín) titulado: «Estalinismo, reformismo, autogestión». Publicado en Ensayos Libertarios (Ed. Madre Tierra, 1994):]

(…) La versión marxista-leninista del socialismo ha entrado en crisis; su estructura teórica ya no se tiene en pie; su praxis se ha demostrado definitivamente inconducente, puesto que, en lugar de producir una sociedad donde la producción esté en manos de los productores, ha creado una gigantesca maquinaria burocrática que funciona contra los intereses del proletariado y del pueblo.

La segunda versión del socialismo en nuestro tiempo corresponde a la llamada «socialdemocracia». Al disolverse la Primera Internacional, muchos marxistas se dedicaron a la lucha política dentro de los estados burgueses, y fundaron partidos cuya meta era la conquista del poder mediante el voto. El raciocinio, aparentemente inobjetable, pero en realidad sumamente ingenuo, era el siguiente: Si los obreros toman conciencia de sus intereses de clase, votarán por los partidos socialistas. Es así que los obreros constituyen la mayoría de la población (en los países industrializados). Luego, con sus votos el socialismo conquistará el poder político. Se trataba, pues, de sustituir el fusil revolucionario por el voto, la barricada por la campaña electoral. En definitiva, se renunciaba a la lucha de clases y se la suplantaba por la pacífica colaboración al amparo de la legalidad democrático-burguesa. Nacen de tal modo los partidos socialistas que tienen una ideología profundamente revisionista. Rechazan la idea de la dictadura del proletariado y evitan así el abismo del Estado burocrático y totalitario, pero al mismo tiempo se hunden poco a poco en los fétidos pantanos del capitalismo burgués. El policlasismo se convierte en compromiso sustantivo; la colaboración en renuncia a todo cambio de estructuras. Los partidos socialdemócratas rechazan explícitamente el leninismo y, a veces, inclusive el marxismo. En 1959, el más poderoso de todos ellos, el de Alemania Federal, declaró su condición de partido no-marxista. Pero, aun cuando no mediaran análogas declaraciones, ¿quién podría decir que hay algo de marxista en miembros prominentes de la Internacional Socialista como el Partido Socialista Obrero Español o la Acción Democrática Venezolana? La cuestión es: ¿podría decirse aún que hay en ellos algo de socialista? La socialdemocracia de nuestros días tiene su profeta en E. Bernstein, pero éste, a quien sus contemporáneos consideran como el prototipo de la moderación y de la tibieza, parece un ultrarrevolucionario cuando se le compara con Felipe González, con Carlos Andrés Pérez o con F. Mitterrand.

Congresos Extraordinarios en los que el SPD y el PSOE
optan por abandonar las tesis marxistas en 1959 y 1979.

Un análisis ideológico de los programas y, sobre todo, de la praxis de los partidos miembros de la Internacional Socialista conducirá inexorablemente a la conclusión de que hay allí un uso equívoco de la palabra «socialismo». Se trata, en realidad, de partidos liberales que, en determinadas circunstancias (aunque no siempre), se niegan a aceptar una economía de pleno laissez faire, pero que en ningún caso consentirían en sustituir las estructuras básicas del capitalismo. Socialdemocracia equivale casi a liberalismo social. De hecho el electorado de los partidos socialdemócratas se recluta principal, aunque no exclusivamente, en la clase media. En algunos países, como Venezuela, siguen teniendo una fuerte base popular pero, al mismo tiempo, un efectivo apoyo (y no sólo moral) de parte del capitalismo comercial y financiero. La fortuna electoral de los partidos socialdemócratas se basa en la falta de alternativas válidas de izquierda: los partidos comunistas están desprestigiados y en casi todas partes han entrado en una profunda crisis ideológica; los demás partidos (como la democracia cristiana) se ubican, en cualquier caso, a la derecha de la socialdemocracia. En materia internacional, los partidos y gobiernos socialdemócratas asumen una actitud crítica frente a la Unión Soviética y el llamado «bloque comunista». Lo lamentable es que esa actitud no se extienda a los Estados Unidos y las llamadas «democracias» occidentales, sino que, por el contrario, acaben casi siempre secundando sus actuaciones. (…)

ÁNGEL J. CAPPELLETTI
Caracas, 1987.

El problema nacional y la guerra

[Viendo la actitud reciente de la Internacional Socialista, que solamente se limitaba a condenar el uso de armas químicas —por una parte y no la otra— en la guerra civil siria. Y se pone así de parte de las potencias occidentales que algo tienen que ver en el conflicto, y no olvidemos la intención de intervenir militarmente por la parte del presidente socialista francés, me da que en el pasado (pero antes de la Primera Guerra Mundial de 1914-1918) estos 'socialistas' eran algo más coherentes... Como salió en este texto para HISTORIA 16.]
CARLOS FORCADELL ÁLVAREZ

Los elementos doctrinales acordados en las magnas tribunas del socialismo internacional que eran los congresos no dejaban lugar a dudas: el proletariado debía rechazar como ajena a sus propios intereses cualquier confrontación bélica entre las naciones.

Las guerras están causadas por los antagonismos económicos que provoca el modo de producción (Londres, 1896); la guerra desaparecerá con la supresión de la dominación de clases: la caída del capitalismo significará la paz general (Zurich, 1893). El Congreso de Ámsterdam de 1904 tributa una enorme y emotiva ovación a Plejanov y Katayama, cuando se abrazan en representación de sus respectivos proletariados enfrentados en la guerra ruso-japonesa.

Katayama y Plejanov en el Congreso de 1904,
detrás de ellos está Rosa Luxemburg.
Entrado el siglo XX el ambiente de tensión internacional hace que el tema de la guerra pase a ocupar un puesto relevante en las deliberaciones de los congresos. En el de Stuttgart (1907) se aprueba una resolución de carácter radical en la que se afirma:

Las guerras entre estados capitalistas son, en general, las consecuencias de su concurrencia en el mercado mundial… Pertenecen, pues, las guerras a la esencia del capitalismo y no cesarán más que por la supresión del sistema capitalista.

Si una guerra amenaza estallar, es un deber de la clase obrera de los países afectados… el hacer todos los esfuerzos para impedirla por todos los medios que les parezcan los más apropiados y que varían naturalmente según el estado de la lucha de clases y la situación política general.

Por tanto, el congreso va más allá de los análisis y propone formas concretas de actuación. La minoría de izquierda, entre la que se encuentra Lenin y Rosa Luxemburg, desea dejar bien clara la alternativa revolucionaria y presenta la siguiente enmienda, que es aceptada:

En el caso de que la guerra estalle, hay el deber de hacerla cesar inmediatamente, de utilizar con todas las fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra para agitar a las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista...

«La Segunda Internacional»
Cuadernos de Historia 16, nº 75 (1985)

viernes, 20 de septiembre de 2013

La fe en el progreso

ANSELMO LORENZO

La fe en el progreso, que no es credulidad en un dogma impuesto por una Iglesia ni el servil acatamiento a una superioridad jerárquica, sino aquella de quien dice San Pablo: «Es, pues, la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven» (Hebreos, XI,1), nos evidencia que sin una paralización en el movimiento progresivo de la humanidad, que sería su muerte, la evolución incesante que viene efectuándose traerá en su día por la revolución la libertad y la dignidad del último paria, el proletariado; y esto, no por la vana declaración cristiana de que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria, ni por el no menos estéril reconocimiento democrático de que todos somos iguales ante la ley, sino porque de hecho y de derecho y de una manera perdurable entrarán los desheredados todos en la posesión y disfrute del patrimonio universal, consistente en los bienes que la naturaleza ofrece espontáneamente a la humanidad para la satisfacción de sus necesidades, y en los producidos por la observación, el estudio y el trabajo de las generaciones precedentes.

Firmes en esta fe, si por la cortedad del plazo de nuestra existencia no lográsemos la dicha de verlo realizado, al menos consuélanos la esperanza de que de nosotros pueda decirse lo que dijo el apóstol acerca de los héroes del Antiguo Testamento:

«Conforme a la fe murieron sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y saludándolas.»

La Revista Blanca, nº 1
(1-JULIO-1898)