sábado, 10 de octubre de 2015

Ante las intervenciones militares en Oriente y el drama migratorio

 

La Federación Anarquista Ibérica (FAI) en 2013 emitió un comunicado contra la inminente intervención imperialista en Siria. Hoy vemos cómo este país está inmerso en una guerra civil sin cuartel a tres bandas. En este terreno de juego, otra vez se confrontan los intereses imperialistas de las potencias occidentales, Arabia Saudí y Rusia. En medio está el pueblo que, aterrorizado ante la miseria de la guerra, huye como puede en busca de una vida mejor.

Y no son los únicos; la intervención imperialista en Libia contra el dictador Gadafi, promovida por la UE y EE UU, lejos de acabar con el terror dictatorial, ha dejado al pueblo libio en la más absoluta miseria en otra guerra civil a varias bandas. Como consecuencia, otro drama migratorio hacia Europa sin precedentes.

La pobreza, la miseria y las guerras en las que los europeos mantienen sumidas a sus antiguas colonias del centro y sur de África, tienen como consecuencia que cada año miles de personas intenten cruzar el Estrecho de Gibraltar. Así, la Europa que se vanagloria de la caída del muro de Berlín, la libre circulación y la integración, levanta muros contra la inmigración en el Norte de África (Ceuta y Melilla) o en las fronteras de Hungría y Grecia, y en Calais desaloja campos de inmigrantes que intentan cruzar al Reino Unido. Fuera de Europa, otros muros, como el de la frontera de EE UU con México o el de Israel-Palestina, dividen al mundo en la paradoja de la que se nutren Occidente, Rusia y China a base de mantener en la miseria al Sur y Oriente.

La lucha por los intereses económicos, energéticos y armamentísticos mantiene al mundo en vilo en una política internacional de guerra total que permite el sostenimiento de las sociedades postindustriales, a costa de mantener en la miseria a los pueblos, con ayuda de la religión, el fanatismo, el nacionalismo, el miedo y el hambre.

Ante el caos que están produciendo Europa y EE UU en Oriente Medio, saludamos al pueblo kurdo, por un lado por promocionar el federalismo y la autogestión para emanciparse, y por otro lado por la dureza de tener que defenderse tanto de los ataques de Estados como Turquía, como de los de ISIS.

Contra la guerra, solidaridad entre los pueblos.
Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases.

FAI

lunes, 28 de septiembre de 2015

La crisis humanitaria desembarca en Europa


15 septiembre 2015

«¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?»
(El niño yuntero, MIGUEL HERNÁNDEZ.)

Se me empañan los ojos cada vez que veo la foto del cuerpo sin vida de Aylan Kurdi, el pequeño ahogado en las aguas del Egeo cuando su familia intentaba llegar a Grecia desde Turquía. En sus facciones, borrosas en la imagen, desdibujadas sobre la arena, no puedo evitar ver las de mi propia hija, apenas medio año menor que ese minúsculo niño. Afortunadamente, ella juega ahora alegre en la terraza. En cambio, el otro ha perecido sepultado por las olas de la guerra, que persiguen implacablemente a sus víctimas más allá de las fronteras y a través de los continentes. Sin culpa alguna, su frágil inocencia inerme se ha convertido en icono de los miles y miles de pequeños masacrados en una, muchas, guerras inhumanas, cuyos padecimientos no han alcanzado tanta repercusión mediática, vaya a saber por qué. No por falta de merecerla, desde luego. En este diminuto cuerpo exangüe habitan todos los bebés decapitados por las bombas de barril o las niñas que agonizan entre convulsiones por el gas mostaza. También los subsaharianos desaparecidos entre las olas en la costa de Libia, las adolescentes esclavizadas por los yihadistas del DAESH (Estado Islámico) y los jóvenes afganos sin futuro en un país arrasado. No es de extrañar que tan pesada carga asfixiase tan pequeña vida.

Entre lágrimas, casi sin poder hablar, el padre del pequeño que pereció junto a su hermano mayor y la madre de ambos, dijo que esperaba que por lo menos este terrible suceso sirviese para remover conciencias. Es un triste consuelo haberlo conseguido. Porque lo cierto es que no ha sido hasta que los cadáveres han empezado a llegar a las costas europeas, entre las balsas hinchables de refugiados con mejor fortuna, que se ha empezado a hablar de crisis humanitaria, a pesar de que ésta llevaba ya casi un lustro instalada en los campos de desplazados. Según datos de ACNUR (la agencia de la ONU para la atención a los refugiados) más de cuatro millones de sirios han huido de la guerra a Líbano, Jordania, Turquía y otros países limítrofes. Y eso sin contar los, al menos, 7.600.000 desplazados internos. El caso del Líbano, que con menos de cuatro millones y medio de habitantes, acoge a más de un millón de refugiados, debería ser suficiente para sacar los colores a tanto político europeo afanado en reducir la cuota que le corresponde a su país.

Lo que es peor, diversas agencias humanitarias pasaron meses avisando de que sus reservas para atender a esta marea humana se estaban agotando. Hasta que al final, ante la escasez de donaciones, gubernamentales y privadas, tuvieron que suspender de manera gradual desde principios de año la asistencia alimentaria a los desplazados. Este empeoramiento de las ya de por sí precarias condiciones en los campos de refugiados, ha puesto en marcha el éxodo que ahora llega a las costas europeas.

Pero aunque señalar con un dedo acusador a los políticos y ciudadanos occidentales pueda ser tentador (y sencillo), lo cierto es que estos no son sino una parte más de una ecuación muy compleja. En lo medios y en las redes sociales árabes se ha criticado mucho el significativo rechazo de los países del Golfo a recibir refugiados, a pesar del destacado papel que sus gobiernos han tenido en la guerra, apoyando cada uno a su facción armada islamista favorita. A pesar de que su desahogada economía les permitiría acoger a decenas de miles de sirios en condiciones más que dignas, se han negado a hacerlo, poniendo todo tipo de impedimentos a su entrada y asentamiento.

Por otra parte, si el régimen de El-Assad no ha colapsado todavía, en el frente militar y en el diplomático internacional, es gracias a sus aliados: Rusia e Irán, éste último a través de la milicia libanesa, Hezbolá. Es indudable que esta actuación prolonga la guerra, por ejemplo cuando el gobierno ruso aumenta su apoyo militar al régimen en vista de sus reveses de los últimos meses. Cuando se habla de intervención extranjera en Siria se pasa por alto que ésta existe desde hace mucho.

Sí, desde luego los países occidentales tienen su responsabilidad en la situación de Oriente Medio, pero el discurso antiimperialista monotemático de una parte de la izquierda está tan acabado como la guerra fría que le daba sentido. Las olas que hundieron el bote del pequeño Aylan no venían sólo del oeste.

No cabe duda de que la magnitud de la crisis y la tragedia nos obliga a replantearnos muchas certezas que han dado forma a los discursos en los países europeos, tanto el oficial como el crítico. Políticos y medios de comunicación se han esforzado siempre por introducir una falaz distinción entre inmigrantes económicos y refugiados. Esta puede parecer especialmente relevante en este caso, pero precisamente lo que hace el éxodo sirio es derribar sus premisas. La mayoría de los refugiados que llegan ahora a Europa no huyen directamente de las zonas de combate (eso ya lo hicieron hace años), sino de campos de desplazados o de países vecinos en los que las condiciones de vida se han vuelto insoportables. Y lo hacen en compañía de afganos e iraquíes en la ruta del este y de subsaharianos en la del centro del Mediterráneo, desde Libia. Todos ellos dejan detrás de sí continentes arrasados por conflictos interminables y por la miseria más absoluta, factores que se alimentan siempre entre sí y que no se pueden separar del modo nítido que querrían los oficiales de inmigración. Considerar a unos refugiados y a otros inmigrantes económicos ilegales carece de todo fundamento.

Pero también la noción de derechos humanos sobre la que se ha construido el discurso crítico, liberal o de izquierdas, hace aguas. De la manera más evidente, porque estos parecían no existir antes de que los refugiados llegaran a millares, derribando las barreras en las fronteras y consiguiendo con los cadáveres de sus hijos un triste e indeseado hueco en los medios de comunicación. Pero esto lo que pone en evidencia es la falsedad de la noción en sí. Los derechos humanos, tan caros a los liberales y a la izquierda bienpensante, no existen más que como cristalizaciones momentáneas de la lucha de los desposeídos por el reconocimiento y la supervivencia, por abolir las injusticias y las discriminaciones de que son víctimas. Los derechos no existen hasta que se conquistan.

Por eso la cadena de los miles de niños yunteros que se ahogan en nuestras costas o malviven en campos de refugiados sólo se puede romper con el martillo del corazón de quienes también hemos sido niños yunteros. De todas nosotras. No sólo porque en el caso más concreto español se tenga relativamente reciente la desoladora experiencia de la Guerra Civil y el exilio, con el legado de desarraigo y honda tristeza que comparten todos los derrotados del mundo. Sino porque la lucha de los refugiados es una barricada en la que podemos converger todos. En los países europeos somos millones de desposeídos, trabajadoras afectadas por reformas laborales, por los recortes, por las políticas de austeridad. Cuando nos defendemos de la agresiones de la case política y de los dirigentes económicos, luchando para conquistar de nuevo los derechos perdidos en el naufragio de la crisis, son también los de los refugiados los que ganamos, como futuros compañeros de tajo. Cuando la movilización en la calle derrota al racismo y a la xenofobia, cuando obliga a los gobiernos a abrir las fronteras y a recibir desplazados, son nuestros derechos los que defendemos, al afirmar nuestra libertad colectiva frente al estado y los fascismos de nuevo cuño.

El director de ACNUR ha dicho que esta crisis humanitaria no se puede resolver con medidas humanitarias (es decir, más ayudas), sino políticas. Tiene razón. Porque política es la lucha por la paz, la libertad y la igualdad, mediante movilización, acción directa y solidaridad. Cuando los dirigentes de todo el planeta participan en la masacre de los desposeídos, sea con bombas o ahogándolos en las olas del mar, es el momento de unirnos para evitarlo. Tal vez así encontremos salida a este atroz sinsentido. Tal vez así germine este pequeño grano de avena sembrado en una playa turca.

Miguel Pérez
Secretaría de Acción Social/Exteriores.

sábado, 19 de septiembre de 2015

La OTAN y los refugiados: la mano que mece la cuna

 
Por ÁNGELES MAESTRO
(7 septiembre 2015)

Un pueblo o una clase carece de identidad, y por lo tanto de capacidad de obrar, si no sabe quiénes son sus enemigos. Y esta conciencia colectiva es histórica porque se nutre de la memoria de la lucha de generaciones anteriores y es concreta porque da cuenta de las relaciones sociales en cada lugar y en cada periodo determinado.

Este axioma fundamental, consustancial a la lucha de clases, es el que se ha borrado de los discursos de las formaciones que se mueven en la órbita de Podemos, incluyendo a IU. Y cuando hablamos de la guerra imperialista como la expresión más brutal de la lucha de clases el resultado es patético.

Esa identidad de clase y de pueblo es la que permite establecer los vínculos entre los sucesos que las clases dominantes se aprestan a ocultar. Por ejemplo, la relación entre las maniobras militares de la OTAN que se iniciarán el mes que viene, financiadas con nuestros impuestos, y que se desarrollarán en territorio del Estado español y la llamada crisis de los refugiados.

Esa conciencia es la que ayuda a comprender que se trata de la misma OTAN que destruyó Libia, el país que tenía el Índice de Desarrollo Humano más elevado de toda África. La misma que financió y pertrechó a los talibanes para derrocar al único presidente de toda la historia de Afganistán que sacó durante un breve periodo a su país de la Edad Media. Los mismos estados miembros que destruyeron a Iraq, el país árabe más desarrollado.

Los mismos jefes y jefas de Gobierno de países de la UE, de cualquier color político, que junto al de EEUU, premio Nobel de la Paz, financian, entrenan y arman a los mismos mercenarios y criminales que simultáneamente califican de terroristas y que dicen perseguir. Y las bombas que dicen lanzar sobre el Estado Islámico o Daesh caen en realidad sobre la resistencia kurda, siria o libanesa. En este infame equipo de gobernantes europeos hay que incluir al gobierno de Syriza-Anel que durante su corto mandato permitió que Grecia participara en todas las maniobras y misiones organizadas por la OTAN, estrechó la colaboración militar con Israel, puso a disposición de EEUU y la OTAN la isla de Kárpatos para convertirla en una gran base militar para la aviación, votó a favor de la prolongación de las sanciones de la UE contra Rusia, etc.

Porque, precisamente, la consecuencia de esas intervenciones y alianzas militares criminales es la huida desesperada de miles y miles de personas en búsqueda de asilo. En el Mediterráneo se juntan con las que huyen de otras guerras menos renombradas pero que sistemáticamente son provocadas por las mismas potencias europeas o estadounidenses que saquean sus países, desestabilizan gobiernos o asesinan presidentes poco colaboradores en la venta a precios de saldo de sus riquezas.

¿Y que ha pasado con las organizaciones y dirigentes de la supuesta izquierda que saben perfectamente todo eso? Yo acuso de complicidad dolosa a quienes no han tenido el valor de enfrentarse a la propaganda de guerra que demoniza sistemáticamente a los dirigentes del país atacado antes de destruirlo. La diana de esta propaganda, el objetivo somos nosotros, nuestra capacidad para saber quienes somos como clase, como pueblo, para enfrentar a nuestros enemigos y descubrir que quienes pagan salarios de miseria por jornadas de trabajo interminables son los mismos culpables directos de la muerte de los miles de Aylanes de todo el mundo.

Lo que temen es que comprendamos eso, que millones de trabajadoras y trabajadores de los países miembros de la OTAN entendamos las bases del sistema que mece esta cuna mortal y actuemos en consecuencia. Quizás la imagen más elocuente sea la del que ha sido hasta haces pocos meses Secretario General de la OTAN (2009–2014), Anders Fogh Rasmussen, y responsable directo de los ataques a Libia, a Afganistán, a Siria, etc., contratado como consultor del banco estadounidense Goldman Sachs. Sobre todo si sabemos que se trata del mismo banco que tras la destrucción de Libia se apropió de 1.300 millones de dólares del Estado Libio y participó, con otros bancos europeos y de EEUU, en el expolio de sus fondos soberanos congelados por las potencias agresoras al comienzo del ataque.[1]

Por ello produce una infinita vergüenza ajena observar cómo la llamada crisis de los refugiados con sus dramáticas imágenes de sufrimiento ha servido para que se haya desatado una carrera entre los nuevos alcaldes y alcaldesas «rebeldes» —como se autodenominan— para ver quién destina más recursos, para atender a más personas y mostrar mejor su solidaridad. Todo eso mientras los Centros de Internamiento de Emigrantes (CIES) están repletos, la policía municipal va a la caza de los del top-manta, prosiguen los desahucios de los pobres (de cualquier nacionalidad), etc.

Y sobre todo, lo hacen ahora, después de que sus organizaciones permanecieran calladas e inactivas mientras se aniquilaban los países de los que proceden las personas refugiadas. Algunas de ellas, con sus intelectuales orgánicos, no sólo asistían impasibles al desmoronamiento del potente movimiento contra la guerra surgido ante la invasión de Iraq, sino que apoyaban directamente a los «rebeldes» pertrechados por la OTAN. Prestaban así un ¿impagable? apoyo a uno de los objetivos fundamentales del poder, identificado perfectamente desde la creación de la OTAN en 1949: neutralizar al enemigo interno.[2]

Porque ¿cómo debemos calificar a dirigentes que miraron para otro lado mientras la OTAN, la UE, EEUU y sus mercenarios locales devastaban los países de los que proceden los refugiados —o incluso justificaron los ataques imperialistas desde posiciones de supuesta izquierda— y que ahora se desgarran las vestiduras ante las imágenes terribles de su dolor?

Atahualpa Yupanki en un poema memorable decía: «¿Qué dios ayuda a los pobres?, tal vez si o tal vez no; lo que es seguro es que almuerza en la mesa del patrón». Quizás sus palabras fuertes y su «humanitarismo» ocupen las pantallas y los titulares de los medios de comunicación porque cumplen la valiosísima función de impedir que la inmensa mayoría comprenda las causas e identifique con nombres y apellidos a los criminales y a sus cómplices.

Porque, precisamente, comprender las raíces y las dimensiones de la guerra global en la que estamos inmersos es la condición indispensable para ser capaces de responder eficazmente a la barbarie como clase y como pueblos.


[1] Manlio Danucci (2015) Goldman Sachs – OTAN Corp. http://www.voltairenet.org/article188504.html
[2] El senador norteamericano Arthur Vanderberg lo proclamaba abiertamente: «La OTAN debe servir ante todo a la finalidad concreta de asegurar una defensa adecuada contra la subversión interna».

martes, 8 de septiembre de 2015

Revueltas campesinas y origen del anarquismo andaluz


Por CARLOS ALBO RODRÍGUEZ

«En Andalucía, los habitantes son en su inmensa mayoría simples labriegos que solamente tienen temporal y precaria ocupación y viven el resto del año sumidos en la miseria y la inacción por falta de trabajo remunerador. Sus mujeres e hijos no encuentran tampoco trabajo y todos ellos, amontonados en las ciudades o los pueblos grandes, viven de la caridad pública (…) en un estado miserable de hambre, lo cual no se corresponde a la fertilidad del suelo, y no es, desde luego, motivado por su pereza» (CAMPOMANES, Cartas político económicas, c. III).

Mucho se ha escrito y discutido sobre la existencia o no de una organización terrorista anarquizante en la Andalucía del XIX, conocida popularmente como la Mano Negra. Supuestamente, la susodicha es la responsable de la inestabilidad política en el sur de España durante todo el mencionado siglo, plagando de atentados el campo y la ciudad andaluza decimonónica. No dedicaré por tanto más tiempo a dicha discusión, sino a realizar un relato de los hechos a la misma atribuidos y a su contexto más próximo.

Así, podríamos comenzar por establecer los orígenes ideológicos de los movimientos campesinos andaluces. Para ello, resulta imprescindible nombrar a aquel que votase, allá por 1823, la destitución en Cortes de Fernando VII, don Joaquín Abreu, quién más tarde, en 1831, habría conocido en Francia a Carlos Fourier, un utopista que influyó de manera decisiva en su pensamiento. A su regreso a España, Abreu se dedicó a la difusión de sus ideas en El Eco de Madrid, y en su entorno más cercano, en la ciudad de Cádiz.

No se puede descartar su influencia en los acontecimientos que se sucederán entre finales de los años treinta y mediados de los cincuenta en la provincias de Cádiz, Sevilla y Huelva, donde de forma aislada pero sucesiva se producen levantamientos violentos, ocupaciones de tierras y reparto de las mismas, así como de ganado, todos ellos abortados, en ocasiones con la intervención del ejército. Resulta complicado, por su dispersión y falta de uniformidad, establecer patrones comunes o causas directas que los provocasen, sin embargo sí parece haber sido determinantes la desamortización de Mendizábal y la sublevación de La Granja. También, las leyes agrarias de Carlos III podrían estar detrás del descontento del campesinado andaluz.

Más tarde tendría lugar la última gran desamortización, la de Madoz, en mayo de 1854, a lo que seguiría meses más tarde el levantamiento originario de la revolución liberal, que daría origen al conocido como bienio progresista. Inmediatamente se producen las primeras detenciones de las que tenemos constancia en relación con los sucesos de las dos décadas anteriores, acusados de formar parte de una asociación secreta y de subversión del orden social establecido.

En 1857, se constata un nuevo levantamiento en la provincia de Sevilla, éste mejor documentado que los anteriores. Unos ciento cincuenta trabajadores entran a plena luz del día en El Arahal y Utrera de forma simultánea, tomando por sorpresa a la Guardia Civil hasta tal punto que accedieron sin violencia al archivo municipal, que destruyeron en parte, así como el de alguna escribanía. Estos hechos, condenados por los partidos políticos, que no alcanzaban a darles explicación, según parece, eran vox populi, y fueron inmediatamente denunciados y perseguidos por el Ejército y la Guardia Civil, dando caza a la mayoría de los partícipes en la serranía de Ronda. Todos ellos fueron condenados a muerte por el Consejo de Guerra, siendo fusilados sus líderes de acuerdo con el fallo. No sucedería así con aquellos que fueron detenidos más tarde, sentenciados en la misma medida por el tribunal, pero que gracias al clamor popular y a la intercesión de los partidos que reclamaron clemencia a la Reina, vieron como la pena de muerte les fue conmutada. Más tarde, la autoría intelectual sería atribuida a una organización, supuestamente comunista, descubierta en el Arahal.

Como vemos, hasta ahora toda la actividad registrada aquí se halla circunscrita a Andalucía occidental, si bien no se limita a ella. Sí lo hace, sin embargo, al área localizada al sur del río Guadalquivir. Esto responde a las características geográfico-climáticas que hacen de esta zona el entorno agrario por excelencia de la región, frente a un norte minero y pecuario altamente despoblado. Así, observamos cómo cerca de Antequera se subleva el albéitar de la localidad, a consecuencia de una condena dictada sobre el mismo por el alcalde de la ciudad en relación a un movimiento popular sedicioso, otra vez en verano, como ya sucediese en El Arahal y Utrera. Parte junto con algunos seguidores a la provincia de Córdoba, donde lo encontramos días más tarde rindiendo al cuartel de la Guardia Civil y reclamando suministros. Tras reunir un importante grupo, toma la localidad de Loja, donde subleva al pueblo y planta cara al Ejército, resistiendo por cuatro días, tras lo que decreta abandonar la ciudad y huir. Detenido y condenado a muerte, es indultado por el Ministro de Gobernación. Al ser preguntado por la motivación de sus acciones, este contestó que lo hacía «contra la monarquía» y por «la democracia».

Con la sublevación de la leva en 1868 y una nueva revolución, conocida esta como La Gloriosa, se suceden desde el mismo día siguiente los alzamientos campesinos y la toma de tierras adquiridas por la burguesía tras las sucesivas amortizaciones en la provincia de Cádiz primero, Huelva y Sevilla después, y, de forma más excepcional, Málaga y Córdoba, aconteciendo en numerosas ocasiones en las mismas localidades que en el segundo cuarto del siglo. La reacción de los terratenientes no se hizo esperar, negándose a desempeñar cargos públicos y manifestando su enemistad con la Revolución; a ello siguió la del Gobierno, enviando al Ejército en defensa de los propietarios, que desalojaron a los campesinos de las tierras ocupadas y disolvieron las milicias que había participado en la consecución de la Revolución, a las que desarmaron no sin resistencia.

De esta forma quedaron sofocadas las diferentes revueltas que, sin embargo, volverían el año próximo a la provincia Cádiz, una vez más en verano, tras conocerse la continuidad de la monarquía, si bien en una nueva dinastía, por la decisión tomada en las Cortes constituyentes. El mismo general Prim afirma la coordinación y gran madurez de los insurrectos, a quienes reconoce como «gente del campo» armada, frente a la desorganización de la anterior revuelta y la participación en ella de parte del proletariado urbano, al menos del gaditano. Esta sucesión de contratiempos y desengaños pudo llevar al pueblo andaluz a renegar de los cauces políticos establecidos, siendo fundamental para allanar el camino a la entrada del anarquismo.

Además, en 1868 el italiano Giuseppe Fanelli ya había hecho su aparición en España, sembrando el germen de lo que aquí sería el anarquismo. Sus ideas no tardaron en impregnar la mente de quienes las habían escuchado, creyéndose iluminados por una verdad absoluta. En poco tiempo, estas llegaron a Andalucía, donde surgieron nuevos grupos en Arahal, Lora del Río y Arcos de la Frontera, a los que siguieron otros en la provincia de Cádiz y en las pequeñas poblaciones del bajo Guadalquivir. La idea era llevada de pueblo en pueblo por voluntarios que se ofrecían para transmitirla. Hacían reuniones, escuelas nocturnas para enseñar a leer, propaganda antirreligiosa, se fomentaba la comida vegetariana y la abstención alcohólica, llegándose en ocasiones a prohibir el tabaco.

A raíz de la expulsión de Bakunin y sus simpatizantes de la Internacional, éstos decidieron reunirse quince días después en Saint-Imier, en el cantón del Jura suizo. Allí asistieron los delegados españoles González Morago y Farga Pellicer, quienes volvieron entusiasmados y se apresuraron a convocar un Congreso Regional que habría de celebrarse el 26 de diciembre de 1872 en el teatro Moratín de Córdoba, al cual asistieron 54 delegados representando a los miembros de 236 federaciones locales y 516 sindicatos. Las conclusiones de Saint-Imier fueron aprobadas por unanimidad, dando lugar a la primera organización puramente anarquista en España, declarándose las secciones locales y sindicales «soberanamente independientes», perfectamente libres de renunciar cuando gustasen a su adhesión a la Federación.

Pero en este mismo periodo, los bandoleros, héroes populares hasta entonces, se vuelven ahora contra los propios campesinos. Ante la venta de las tierras comunales, la presión de los mismos era creciente, una situación a la que había que ponerle freno. Así, entre 1868 y 1873, cada vez que un bandolero era detenido, los caciques forzaban su liberación para ponerlos a trabajar a sus órdenes, actuando como represores de aquellos que protestaban, generando un percance terrible contra los intereses de los mismos.

Como contraprestación al cambio de bando de los bandoleros, a partir de 1870 comienzan a unirse con las organizaciones obreras pequeños arrendatarios y aparceros, que a menudo se veían obligados a buscar trabajo asalariado para complementar sus ingresos, viéndose en una situación similar a la de los jornaleros, quienes habían protagonizado hasta entonces sus protestas, rechazando el trabajo a destajo y pidiendo el aumento del salario. Esta asociación fortaleció notablemente la lucha campesina. Sin embargo, muchos de ellos se veían obligados a buscar trabajo fuera de sus municipios, por lo que se veían distanciados de los intereses de los jornaleros. En Córdoba, en muchas asociaciones campesinas se modificó la definición de trabajador para que pudiesen participar pequeños empresarios empobrecidos, limitándose el acceso a aquellos que poseyeran menos de dos o tres hectáreas de tierra, quedando el resto excluido.

Con la llegada de la I República, Sevilla, Cádiz, Jerez y Málaga se declaran independientes. Del mismo modo hicieron, aunque sin éxito, Córdoba y Jaén. Los cantonalistas compartían muchos puntos con los anarquistas, como el anticlericalismo, manifestado en Sevilla con la conversión de la catedral en un café. Sin embargo, estos no tuvieron suficientes apoyos y, en el mes de julio, el general Pavía entró en Sevilla con un puñado de tropas, y con una mezcla de tacto y de firmeza restableció el orden en Andalucía.

Tras el fracaso de la I República, el 10 de enero de 1874, se decretó la disolución «por motivos de seguridad» de la Asociación Internacional de Trabajadores en España. Esto devolvió a la clandestinidad a los asociados, que crearon pequeñas sociedades secretas. En Jerez, la muerte de perros de guardia se extendió por la zona para que estos no pudieran ladrar a su paso, camino de las secretas reuniones nocturnas. Este periodo acabó en 1881 con la llegada al poder del gobierno liberal de Sagasta, legalizando los sindicatos y las organizaciones obreras. Al año siguiente, en 1882, se celebró un nuevo congreso en Sevilla, ante la perspectiva de pasar a la legalidad, limitando la lucha al debido uso de la huelga. Sin embargo, se presentaba un problema. La huelga, para realizarse efectivamente, necesitaba de un fondo económico para subsistir, algo que muchos campesinos andaluces no se podían permitir. Se buscó una forma de conciliación, pero un grupo autodenominado 'los desheredados', compuesto por varias secciones de Jerez y Arcos de la Frontera, abandonó la Federación en defensa de la lucha violenta. Además, a esta situación había que añadir la particularidad de la huelga en el campo en época de cosecha, ya que no supondría quedarse sin comer unas horas o días, sino probablemente el resto del año.

En esa época, en la cárcel de Jerez había más de cuatrocientos presos por asesinato o asociación ilícita en relación con los sucesos del campo, escogidos según parece arbitrariamente de entre los miles de militantes con que contaban las más de ciento cincuenta federaciones. Condenados por pertenencia a una organización secreta, por haber participado de sus acciones o de su presunto jurado popular, muchos fueron ajusticiados y otros muchos perecieron allí. La represión fue grande, pero hasta final de siglo se tiene constancia de nuevos levantamientos, como el de Jerez de 1891, motivado por la huelga de Barcelona, en la que en nombre de la revolución social los campesinos en armas tomaros la ciudad durante algunas horas, hasta que fueran desalojados con gran violencia por la policía y condenados a trabajos forzosos.

23 abril 2015


Bibliografía

– DÍAZ DEL MORAL, Juan. Historia de las agitaciones campesinas andaluzas: Córdoba. Alianza, 1967. Madrid
– MALEFAKIS, Edward. Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX. Ariel, 1972. Barcelona
– BERNALDO DE QUIRÓS, Constancio. El espartaquismo agrario andaluz. Turner, 1971. Madrid
– BERNAL, Antonio Miguel. La propiedad de la tierra y las luchas agrarias andaluzas. Ariel, 1977. Sevilla
– KAPLAN, Temma. Orígenes sociales del anarquismo en Andalucía: capitalismo agrario y lucha de clases en la provincia de Cádiz, 1868-1903. Crítica, 1977. Barcelona
– BRENAN, Gerald. El laberinto español: antecedentes sociales y políticos de la Guerra Civil. Ruedo Ibérico, 1970. París

jueves, 3 de septiembre de 2015

II Encuentro Anarquista del Libro y del Fanzine en Valladolid


Hola a todas y a todos.

Otro año más, las personas que formamos la asamblea del encuentro anarquista del libro y el fanzine de Valladolid decidimos volver a juntarnos para llevar a la calle y a los espacios comunes las diferentes temáticas y cuestiones en torno a la edición, distribución y debate de material de lectura de carácter libertario.

Un año más, apostamos por la difusión de las ideas antiautoritarias a través del papel, a través de la distribución anticomercial y la filosofía del hazlo tu mismx, y por ello, hemos decidido continuar con la segunda edición de este encuentro para el próximo mes de octubre.

¿Por qué un encuentro?

Creemos en la necesidad de llevar a cabo el encuentro. Nuestra intención no es que simplemente se presenten unos textos para ser consumidos pasivamente, sino que queremos darle especial importancia al hecho de encontrarnos, de que personas y colectivos con inquietudes antiautoritarias, venidos de diferentes lugares, confluyamos, por unos días, poniendo en común ideas, luchas, expectativas y proyectos.

¿Por qué anarquista?

Nuestra intención es que se cree un espacio donde poder relacionarnos de una forma sana y viva, es decir, de acuerdo con las ideas anarquistas y antiautoritarias. Por ello, la organización y la gestión del encuentro serán acordes con estas ideas. Esto, claro está, no quiere decir que todos los libros, fanzines, proyectos, etc. que se vayan a presentar, sean, ni tengan porque considerarse anarquistas, ni mucho menos las personas que nos vamos a encontrar.

¿Porque del libro y del fanzine?

La comunicación escrita nos parece muy importante para plasmar, difundir y contrastar pensamientos e ideas que nos sirvan para formarnos y avanzar políticamente, tanto en lo individual como en lo colectivo. Hemos querido incluir el fanzine en el nombre del encuentro ya que nos parece interesante hacer hincapié en la importancia del contenido de las publicaciones independientemente de su formato, siendo conscientes de que muchas veces damos menos valor a los textos editados en formatos menos llamativos por este simple hecho. Es un pequeño guiño a la ruptura de esta lógica.

Las personas encargadas de dar vida y gestionar este encuentro lo hacemos con las ganas, la ilusión y la necesidad de:

—Dotar un espacio donde las distintas editoriales que se mueven en el entorno antiautoritario y anticapitalista puedan promocionar las últimas novedades de sus catálogos en Valladolid.

—Facilitar un lugar de encuentro para personas interesadas en las distintas temáticas que vamos a tratar en la programación, como vía para promover la creación de contactos, promoción de redes etc.

—Acercar el ideario anarquista a las personas de Valladolid a través de todos los medios culturales que podemos ofrecer: los libros, los fanzines, los periódicos, las revistas, el teatro, los cortometrajes o la música.

—Promover la formación de las personas de una forma integral de cara a mejorar tanto como personas como organizaciones, con la finalidad de lograr a través de ello el mayor bienestar posible en cuanto a lo personal y la facilitación de unas condiciones que nos permitan acercarnos a una revolución social que consideramos como imprescindible para que el bienestar no sea sólo personal, sino social.

Programa:

miércoles, 5 de agosto de 2015

La propiedad sigue siendo un robo


A 150 AÑOS DE LA MUERTE DE PROUDHON
TIERRA Y LIBERTAD
(Nº 325 - Agosto 2015.)

Proudhon nació el 15 de enero de 1809, en Besançon (Francia), la misma ciudad en donde vieron la luz Charles Fourier y Victor Hugo, y murió en Passy a los 56 años de edad. Por ser hijo de familia humilde tuvo que dedicarse a trabajar desde su más temprana infancia, oficiando de pastor y otros menesteres de la vida campesina. A los 18 años entró en una imprenta, en la que pronto se hizo cajista y luego corrector. Como siempre había acusado una inteligencia excepcional y un singular cariño por los libros, su nuevo trabajo fue para él una universidad. Con motivo de que en dicha imprenta se imprimió una edición de la Biblia, se le despertó la curiosidad de saber latín. Luego aprendió el griego y el hebreo sobre los mismos textos teológicos para entrar más tarde, con energía y pasión únicas, en el estudio de las graves cuestiones económicas y sociales, en las que tanto había de brillar.

También por una edición de El nuevo orden industrial, Proudhon entró en conocimiento de la obra de su conciudadano Fourier, el cual, a pesar de sus excentricidades intelectuales, no dejó de tener ideas luminosas y anticipaciones ideológicas de verdadero precursor. Como su pasión por el saber era incontenible, pronto adquirió amplísimos conocimientos de todas las ramas del saber humano, pero especialmente de filosofía y economía. De ahí que, aun siendo autodidacta, resultó uno de los hombres que más han escrito, a pesar de que murió en plena madurez. Basta decir que sus obras fueron extensas y numerosas, y que sólo su correspondencia enriqueció y nutrió catorce voluminosos tomos, que al decir de algunos biógrafos es donde está contenido lo más selecto de su fino espíritu y lo más agudo de su ingenio.

Casa natal de Proudhon.

Después de leer a Adam Smith y a otros clásicos de la Economía Política y estudiar la dialéctica hegeliana, arriba al socialismo demostrando escandalosamente «que la propiedad es un robo». Sus tres Memorias sobre el tema de la propiedad, que luego sirvieron como fundamento del socialismo, le originaron persecuciones, procesos, destierros e incluso la suspensión de la beca Suard, que representaba su medio de vida, y que por sus méritos propios obtuvo de la Academia de Besançon. Que sus libros resultaron tremendamente ruidosos en aquella época nos lo prueba el hecho de que, antes de publicar la primera de las Memorias mencionadas, y consciente de cómo sería acogida por los académicos, le decía en carta a un amigo: «He aquí cuál será el título de mi nueva obra, sobre el cual deseo que conserves el secreto: ¿Qué es la propiedad? Es el robo o Teoría de la igualdad política, civil e industrial. La dedicaré a la Academia de Besançon. Este título es atroz; pero no les dejaré medio para que puedan morderme; soy un demostrador, expongo hechos; actualmente ya no se castiga por decir verdades sin herir a nadie, aunque sean molestas. Pero si el título es alarmante, la obra lo es mucho más. Si tengo un editor hábil y que se mueva verás pronto al público sumido en la consternación. Toma la proposición que sirve de frontispicio a mi carta y figúrate verla probada por razón matemática, lo que es mucho más decisivo para los hombres de hoy que por pruebas morales y metafísicas».

Por éstas y otras causas, toda su vida fue azarosa y llena de privaciones económicas, dada su integridad moral, rectitud de carácter e inconformismo con la sociedad burguesa y el misticismo religioso. Era, pues, un indomable que con singular entereza renunciaba a los bienes que le podía proporcionar la adaptación al medio político y social de su época. Para él, por encima de todas las comodidades estaban la razón, la justicia y la verdad.

Proudhon, como precursor del socialismo, precedió a Marx. Mucho antes de que el economista y filósofo alemán entrase en conocimiento de la idea socialista, nuestro hombre había estudiado a Saint-Simon, Owen y Godwin, amén de las utopías que se lanzaran como anticipaciones de lo que debiera ser la sociedad organizada sobre bases de mayor justicia y equidad. Por eso se le consideraba como el escritor más denso de ideas renovadoras; el más avanzado de la época y el que más a fondo removiera la conciencia social de su tiempo. La fuerza activa y fecunda de su concepción consistió en hacer del socialismo un movimiento cuyo porvenir estará seguro con las actividades y desarrollo de la clase obrera y de la producción en su conjunto, cuyas instituciones van abriendo cauce e iluminando un nuevo ordenamiento de la sociedad regida por ese principio moral de la justicia y por las esencias federalistas que concibió él antes que nadie.


Fue un pensador profundo y genial; nos lo prueba el hecho de que sobre su vida y su obra se ha escrito mucho. Su cultura era tan rica que le permitió escribir páginas abordando temas de toda índole: sobre la idea de Dios, sobre la propiedad, la dialéctica, la justicia, la certidumbre, la moral, las costumbres, etc.; pero especialmente sobre economía política, a la que atribuyó tanto función metafísica como práctica. Por eso el 4 de junio de 1847 respondía a objeciones de su amigo Bergman: «Persisto en creer que las cuestiones acerca de Dios, del destino humano, de las ideas, de la certidumbre, en una palabra, que todas las altas cuestiones de la filosofía forman parte integrante de la ciencia económica, que no es, después de todo, más que su realización exterior».

Karl Marx fue un admirador de Proudhon, y probablemente debe su evolución —del hegelianismo al socialismo— a los escritos del pensador francés. Nos lo demuestra claramente —antes de escribir su violenta crítica titulada Miseria de la Filosofía— al reconocer con Engels, en La Sagrada Familia, que ellos encontraron en la obra de Proudhon sobre la propiedad un progreso científico «que revoluciona la economía política y por vez primera hace realmente posible una verdadera ciencia de la economía política»; además, llegaron a declarar paladinamente que nuestro pensador no sólo escribía en interés del proletariado, sino que él mismo era proletario y que su obra era «un manifiesto científico del proletariado francés», de «importancia histórica». Pero todo esto lo dijeron me dio año antes de que comenzaran a redactar la polémica contenida en su agria Miseria de la Filosofía. Es cierto que cuando Marx publicó este libro polémico ya Proudhon había publicado su Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria, pero esta obra no constituía una modificación sustancial de su pensamiento, sino la evolución de sus interpretaciones, que le condujeron directamente a convertirse en precursor del socialismo antiautoritario.


Sin embargo, sépase que Marx, cuando estuvo en Francia, se pasó noches enteras discutiendo con Proudhon, y que más tarde invitó a éste a colaborar en una «correspondencia» que sirviera para «un intercambio de ideas y para una crítica imparcial», porque —escribe Marx— «creemos todos que, por lo que respecta a Francia, no podríamos encontrar mejor corresponsal que usted». Proudhon contestó lo siguiente: «Busquemos conjuntamente, si usted lo desea, las leyes de la sociedad y el modo cómo se realizan, pero, por el amor de Dios, una vez que hayamos escombrado todos esos dogmatismos a priori, no pensemos en cargar al pueblo con doctrinas por nuestra parte. No incurramos en el error de su compatriota, Martín Lutero, que, después de haber derrocado la teología católica, sin perder tiempo se dedicó con gran derroche de excomuniones y anatemas a fundar una teología protestante... Por el hecho de que estemos al frente de un movimiento, no nos convirtamos en jefes de una nueva intolerancia, no nos comportemos como apóstoles de una nueva religión, aunque esa religión fuera la de la lógica, la de la razón». Aquí se trata, como muy bien dice Martin Buber, «esencialmente del modo de proceder político, pero muchas manifestaciones de Proudhon atestiguan que también veía la meta bajo la luz de la libertad y la diversidad». Y el mismo Buber añade que cincuenta años después de aquella carta, Kropotkin resume la idea fundamental del objetivo en estas frases: «El desarrollo máximo de la individualidad deberá ir unido al máximo desarrollo de la asociación voluntaria en todos sus aspectos, en todos los grados posibles y para los fines más variados: una asociación en cambio constante que lleve en sí misma los elementos de su duración y adopte las formas que en todo momento correspondan mejor a las aspiraciones de todos». Es exactamente lo que quería Proudhon en la madurez de su pensamiento.

Es muy posible que Proudhon viese en la carta que le envió Marx, como también en las conversaciones particulares que habían tenido, al hombre que acariciaba el sueño de llegar a ser un redentor mediante la elaboración de una doctrina despótica y centralista que el filósofo francés no compartió. Pero aunque algunos han argüido que la finalidad del pensamiento de Marx no difiere mucho del «utopismo» proudhoniano, no es menos cierto que nuestro hombre no creía en el centralismo, ni tampoco en el salto posrevolucionario vislumbrado por Marx, sino que juzgó que era preciso crear desde ahora el ambiente necesario al cambio que se operará mediante el triunfo de la revolución. Es decir, Proudhon abogaba por una continuidad dentro de la cual la revolución significa solamente el cumplimiento la liberación y ampliación de una realidad que, en lo posible, se ha desarrollado ya.


Enfocándola desde otro ángulo, esta diferencia aún se puede aclarar más, pero como el espacio es limitado nos vemos obligados a dar de lado a más razonamientos para poder tomar nota de algunas ideas esbozadas por Proudhon respecto al socialismo, y que son esenciales para una justa interpretación de sus aportaciones.

En 1844 escribió Proudhon en una carta: «Cuando las contradicciones de la comunidad y de la democracia, una vez descubiertas, corran la suerte de las utopías de Saint-Simon y Fourier, entonces el socialismo, que no es otra cosa que la economía política, se apoderará de la sociedad y la empujará con poder irresistible a su ulterior destino... El socialismo no tiene aún conciencia de sí mismo; en la actualidad se denomina comunismo».

Y hablando del predominio del principio económico sobre el de la religión y del gobierno, dice: «Este principio es el que con el nombre de socialismo removerá a Europa con una nueva revolución, la cual, después de haber constituido la república federativa de los Estados civilizados, organizará la unidad y solidaridad de la especie humana en toda la superficie del globo terrestre». Y después de afirmar que una genuina reforma de la sociedad sólo puede lograrse partiendo de una modificación radical de las relaciones entre el orden social y el político, y de que no se trata de sustituir una constitución política por otra, en vez de la organización política impuesta a la sociedad autoritariamente, es preciso que aparezca una que provenga de la sociedad misma, dice: «La causa primera de todos los desórdenes que afligen a la sociedad, de la opresión de los ciudadanos y de la ruina de las naciones, consiste en la centralización exclusiva y jerárquica de los poderes públicos (...); es preciso acabar cuanto antes con ese enorme parasitismo». Y luego: «Desde la Reforma, y en particular desde la Revolución francesa, un nuevo espíritu ilumina al mundo. La libertad se ha enfrentado al Estado, y desde que se universalizó la idea de libertad se comprendió que no es meramente cuestión del individuo, sino que debe existir asimismo en el grupo».

También, declarándose contra las doctrinas dogmáticas y centralistas, advierte: «Al pueblo le gustan las ideas sencillas, y tiene razón. Desgraciadamente, esa sencillez que busca sólo puede hallarse en las cosas elementales, indisolubles, de principios opuestos y de fuerzas antagónicas. Organismo significa complicación, pluralidad significa contradicción, antagonismo, independencia. El sistema centralista puede ser muy hermoso por su grandeza, simplicidad y desarrollo; sólo le falta una cosa: en él el hombre ya no se pertenece a sí mismo, en él no se siente, en él no vive, en él no es tenido en cuenta».

Mas, como se sabe, el ideal verdadero de Proudhon es la anarquía, o sea, la ausencia de gobierno, el contrato libre en sustitución de la autoridad. Lo demuestra brillantemente cuando afirma: «Habiéndose cambiado la sociedad de adentro afuera, todas las relaciones quedan trastornadas. Ayer andábamos cabeza abajo, hoy la erguimos, y todo ello sin que se haya causado interrupción en nuestra vida. Sin que hayamos perdido nuestra personalidad, cambiamos de existencia. Tal es la revolución en el siglo XIX.

»¿No es, en efecto, la idea capital y decisiva de esta revolución: 'No más autoridad', ni en la Iglesia, ni en el Estado, ni en la tierra, ni en el dinero?

»Ahora bien, no más autoridad quiere decir lo que no se ha visto nunca, lo que nunca se ha comprendido: el acuerdo del interés de cada uno con el interés de todos; la identidad de la soberanía colectiva y de la soberanía individual.

»¡No más autoridad!, es decir, además, el contrato libre en lugar de la ley absolutista; la transacción voluntaria en lugar del arbitraje del Estado; la justicia equitativa y recíproca en lugar de la justicia soberana y distributiva; la moral racional en lugar de la moral revelada; el equilibrio de las fuerzas sustituyendo al equilibrio de los poderes; la unidad económica en lugar de la centralización política. Una vez más, ¿no es esto lo que me atreveré a llamar una conversión completa, una vuelta sobre sí mismo, una revolución?»

Dibujo hecho en su lecho de muerte.

Pero Proudhon demostró ser un gran visionario cuando ya a mediados del siglo antepasado predijo para Europa sistemas parecidos al fascismo y al estalinismo. La amenaza para el futuro es, dice, «una democracia compacta con apariencia de estar fundada en la dictadura de las masas, pero en la que las masas no tendrán más poder que el necesario para asegurar la general servidumbre de acuerdo con los siguientes preceptos tomados del antiguo absolutismo: indivisibilidad del poder público, centralización agotadora, destrucción sistemática de todo pensamiento individual, corporativo y regional (que se considerará perturbador), policía inquisitorial (…) No nos engañemos. Europa está enferma de ideas y de orden; está entrando en una era de fuerza bruta y desprecio de principios. (…) Después empezará la gran guerra entre las seis grandes potencias (...) Habrá una carnicería, y la debilidad que seguirá a esos baños de sangre será terrible. No viviremos para ver la obra de la nueva época; lucharemos en las tinieblas; debemos prepararnos para aguantar esa vida sin entristecernos demasiado, cumpliendo nuestro deber. Ayudémonos unos a otros, llamémonos en las tinieblas, y practiquemos la justicia siempre que haya ocasión. (…) La civilización está hoy en las garras de una crisis a la que sólo puede encontrarse otra parecida en la historia: la crisis que trajeron consigo los comienzos del cristianismo. Todas las tradiciones están agotadas, todos los credos, abolidos; pero el nuevo programa todavía no está listo, con lo que quiero decir que todavía no entró en la conciencia de las masas. De ahí lo que yo llamo disolución. Es el momento más cruel en la vida de las sociedades (…) No me hago ilusiones y no espero despertar una mañana para ver la resurrección de la libertad en nuestro país, como por arte de magia (...) No, no; podredumbre durante un tiempo cuyo fin no puedo precisar y que no durará menos de una o dos generaciones: eso es lo que nos ha tocado en suerte (...). Sólo veré lo malo, moriré en medio de las tinieblas».

He ahí, pues, trazada a grandes rasgos la figura genial del más grande creador del anarquismo.

J. P. V.

sábado, 1 de agosto de 2015

La pobreza del pensamiento islámico hoy

   [Como complemento a los artículos de los compañeros del Colectivo Amor y Rabia sobre el ateísmo en el mundo musulmán...]

Ibn Rawandi.

Por TARIQ ALÍ

Ibn Hazm, Ibn Sina (Avicena) e Ibn Rusd (Averroes) son exponentes de determinadas corrientes de pensamiento semioficiales que se desarrollaron en los primeros quinientos años del islam. Los dos últimos, en particular, arremetieron contra las restricciones de la ortodoxia religiosa; mas, al igual que Galileo siglos después, no optaron por el martirio sino por continuar en vida y proseguir sus investigaciones. Hubo otros pensadores mucho más explícitos que pusieron en cuestión toda la estructura del islam.

El hereje de Bagdad Ibn Rawandi escribió en el siglo IX varios libros donde cuestionaba los principios básicos de las tres grandes religiones monoteístas. Ibn Rawandi fue mucho más radical que la secta mutazilí a la que había pertenecido. Los mutazilíes creían posible combinar el racionalismo y la fe en un solo dios. Algunos rechazaron la Revelación e insistieron en que el Corán no era un libro revelado sino creado por el hombre. Otros criticaron duramente la calidad de su composición, su falta de elocuencia y la «impureza» de su lenguaje. A su juicio, las obligaciones para con Dios eran dictadas exclusivamente por la razón. Los mutazilíes más extremistas censuraban la impiedad del Profeta y que hubiera tenido demasiadas mujeres.

La secta mutazilí empleaba argumentos racionalistas para explicar el mundo, combinando fragmentos de la filosofía griega con especulaciones basadas en sus propios estudios y observaciones. El Corán era ajeno a este proyecto. Los pensadores mutazilíes crearon teorías para explicar el mundo físico: consideraban que los cuerpos eran conglomerados de átomos; establecieron una distinción entre sustancia y accidente; todos los fenómenos eran explicables mediante la inmanencia de los átomos que constituían los cuerpos. Los mutazilíes consagraron muchos esfuerzos al intento de comprender la ubicación de los cuerpos y el movimiento en el universo. ¿Estaba inmóvil la Tierra? Y, en tal caso, ¿por qué? ¿Qué naturaleza poseía el fuego? ¿Había un vacío en el centro del universo?

Es de señalar que, en la primera mitad del siglo IX, esta secta detentó el poder estatal durante treinta años. Tres califas sucesivos, a partir de al-Mamun, obligaron a aceptar a los funcionarios estatales, a los teólogos y a los cadíes que el Corán era una obra humana y no un texto revelado. Los califas ordenaron que se flagelase en público a los teólogos que se negaban a romper con la ortodoxia coránica. Este periodo, en el que se hicieron demostraciones tan poco atractivas del poder de la razón, no tardó en llegar a su fin. Los mutazilíes huyeron a otras regiones del mundo islámico, donde, conscientes de los peligros inherentes a su filosofía, adoptaron una postura más cautelosa.

Es tentador tratar de imaginar qué habría ocurrido si hubiesen permanecido en el poder. Parece evidente que, si sus ideas hubieran evolucionado más, habrían terminado por poner en tela de juicio la propia existencia de Dios. La comparación con los pensadores islámicos del siglo XX, cuyas obras se enseñan en los principales seminarios y escuelas religiosas de El Cairo y Qom, revela que los pensadores del siglo IX eran más avanzados en todos los aspectos. La pobreza del pensamiento islámico contemporáneo contrasta con la riqueza de la que gozó en los siglos IX y X. Pero los imanes que imparten enseñanzas orales en las escuelas-mezquitas de las ciudades de Europa occidental y de Norteamérica probablemente ni siquiera estarían dispuestos a reconocer la existencia de los mutazilíes. Esta mermada perspectiva es una de las tragedias del islam «moderno».

No es de extrañar que en el fértil ambiente intelectual de mediados del siglo IX apareciera una voz crítica como la de Ibn Rawandi. Este pensador hizo reflexiones muy cáusticas acerca de los profetas, incluido Mahoma, las profecías y los milagros. Ibn Rawandi sostenía que los dogmas religiosos siempre eran inferiores a la razón porque sólo ésta permitía alcanzar la integridad y la superioridad moral. La ferocidad de sus ataques sorprendió tanto a los teólogos islámicos como a los judíos, y unos y otros lo censuraron implacablemente. Ibn Rawandi respondió demostrando que los milagros no eran más que trucos de magia. Lejos de excluir a su propia religión de las críticas, argumentó que la Revelación de la que emanaba el Corán era a todas luces una impostura. En su opinión, el Corán no era una obra revelada ni tampoco original. Repetitiva y poco convincente, distaba mucho de ser una obra maestra. Ibn Rawandi fue creyente en la primera etapa de su vida y terminó siendo ateo. Es de suponer que recorrió un camino duro y solitario. No se ha conservado absolutamente nada de su obra original. Lo que sabemos de él y de sus escritos nos ha llegado a través de los textos de los críticos musulmanes y judíos que consagraron tomos y tomos a refutar sus herejías.

El choque de los fundamentalismos
(2002)