miércoles, 14 de mayo de 2014

Medios y crisis Ucrania: Dime que piensas y te dire con que medio te informas

 
07 Mayo 2014

El pasado 3 de mayo la Organización de las Naciones Unidas (ONU) celebró el Día Internacional de la Libertad de Prensa, proclamada en 1993 por la Asamblea General, en sintonía con el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. El sitio oficial de la Unesco explicaba así que este día debía servir «como una oportunidad de reflexión para los medios profesionales sobre cuestiones ligadas a la libertad de la prensa y la déontología». Con el fin de conmemorar tan importante fecha, Reporteros Sin Fronteras publicaba su lista de los «100 héroes» que «ponen sus ideales al servicio del bien común». Por su parte, el director de RSF, Christophe Deloire, se paseaba por los medios franceses criticando la censura en países tan desconocidos y reconditos como Vietnam o Eritrea.

Aunque lejos del suelo que me vio nacer (la argentinidad no desaparece ni con todos los quesos y croissants que la tierra gala pueda ofrecer) no pude evitar pensar en la realidad de mi propio país. La crispación, la Kris-pasión, la grieta, los ultra, los tibios, los zurditos, los golpistas, las cámaras ocultas no tan ocultas, los periodistas independientes no tan independientes, los intelectuales militantes, los no-hablo-de-política, los medios-k, la corpo, y un largo etcétera. Alguna vez escuché por ahí que la realidad tiene tantas versiones como personas hay en el mundo. Algo sí es seguro, la violencia mediática y el grado de «diversidad» en las versiones periodísticas alcanzan hoy en la Argentina una envergadura estrepitosa. Pero ¡tranquilos! a no tomar el primer avión hacia el norte pensando que allá (o mejor dicho, acá) las cosas son diferentes. Para prueba basta un botón... o un país al borde de la guerra civil.

En estos días que corren, el tema más importante al pasearse por el espectro mediático europeo es sin lugar a dudas: la crisis ucraniana. Mucho más cercano que los lejanos Mali o Siria, este país eslavo es además el territorio por el cual pasa buena parte del gas ruso que alimenta los hogares y las fábricas de Europa Occidental. Para la Unión Europea, Ucrania representa así no sólo un interés geopolítico (llevar la influencia occidental a dos pasos del Kremlin), sino también una necesidad de asegurar la ruta energética. Es así que este (hasta ayer) desconocido país, se transformó en el trofeo mas preciado para Bruselas y Moscú.

La prensa occidental y el demonio ruso

El reconocido intelectual americano Noam Chomsky dijo una vez que «la propaganda es a la democracia lo que la violencia es a la dictadura». Conscientes de esto, los medios de comunicación, de uno y otro lado del conflicto no tardaron en reagrupar a sus periodistas, especialistas, analistas, y todos los «istas»... afines a la tésis propia, por supuesto. Así las cosas, y en una entrevista en el famoso canal galo de noticias BFM TV, el periodista preguntaba a la especialista en Ucrania, Irina Dmytrychyn, «¿esta violencia le sirve a Moscú porque legitima una potencial intervención del Kremlin?». Como era de esperarse, Irina tomaría partido por el gobierno interino, pro-europeo, defendiendo la intervención de las fuerzas armadas. «Ucrania no puede quedarse sin hacer nada, las autoridades deben actuar para restaurar el orden, no tenían otra elección que actuar», afirmaba así. [1]

Por su parte, el sitio Mediapart (paladín del periodismo de investigación francófono) publicaba, con fecha del 30 de abril, una entrevista a otro especialista ucraniano en que aseguraba que «Putín es el fascismo disfrazado de discurso antifascista»[2]. Para sumar misticismo a la figura del líder ruso y poner un poco más de pimienta a este enfrentamiento de bloques al estilo Guerra Fría, Le Nouvel Observateur publicaba el mismo día un artículo titulado «El Rasputín de Putín»[3], asegurando que en las sombras de la Plaza Roja se encontraría agazapado el «ultra-nacionalista» Alexander Duguin. Este «poeta de un fascismo pan-eslavo» sería el «consejero secreto del Kremlin». Bajo la influencia de este personaje el objetivo de Moscú sería entonces «anexar una parte de Ucrania y reconstruir el Imperio Ruso». Amante de los adjetivos, propio de una riqueza idiomática que caracteriza a la lengua de Molière, el medio galo no escatimó en calificativos para este reconocido intelectual que posee una cátedra de sociología en la universidad de Lomonossov en Moscú: extremista, propagandista del régimen, intelectual ultranacionalista, etc.

Así las cosas, todo Jean-Pierre que se limite a satisfacer sus ansias de información dentro del paisaje mediádico local será testigo de una catarata de calificativos hacia los manifestantes pro-rusos, los cuales serían: separatistas, insurgentes y unos violentos que no representan el sentimiento de la mayoría de la población del este ucraniano. Por su parte, Kiev, un gobierno debilitado frente a la «amenaza roja», trataría de poner orden en un despliegue militar bautizado como «operacion antiterrorista».

La prensa rusa y el imperialismo europeo

Sin embargo, estamos en el siglo XXI. El siglo de las comunicaciones. Es así que, gracias a un invento capitalista (Internet) el europeo occidental de a pie puede, fácilmente y con un click, saltar la valla informativa de Bruselas y llegar al corazón mismo de la version rusa de los hechos. Para ello, ¡¿Qué mejor que RussiaToday?! «Varias áreas del este y el sur de Ucrania no reconocieron la legitimidad del Gobierno autoproclamado de Kiev y con protestas multitudinarias reivindicaron la federalización del país. Para aplacar las protestas en la región, el nuevo Gobierno envió al Ejército. La operación especial de Kiev llevó a duros enfrentamientos contra las autodefensas de la región y se registraron los primeros muertos y heridos»[4], resume este medio eslavo cercano al Kremlin. A esto, un periodista de nuestras pampas, Martín Andrés Rodriguez, declaraba días atrás en la versión hispana de RT que «Estados Unidos y la Unión Europea deberían solicitarle al gobierno de Ucrania que detenga estas acciones tan violentas contra los manifestantes»[5]. Por su parte, el trasandino Pablo Jofré Leal, subiría la apuesta calificando las acciones del ejercito ucraniano de «crímenes contra la humanidad», y a los partidarios del gobierno de Kiev de «ultraderechistas» y «ultranacionalistas». [6]

Un famoso proverbio del mundo del periodismo asegura que «la primera víctima de una guerra es la verdad». Si es así, entonces tal vez vivamos en una suerte de guerra permanente al estilo orweliano, dónde la información es masacrada una y otra vez por aquellos que se juraron protejerla. ¿Son los manifestantes pro-rusos grupúsculos de separatistas violentos protegidos por un ultranacionalista autócrata obsesionado por recontruir el Imperio Ruso o simples ciudadanos buscando la federalización y el reconocimiento político de la diversidad lingüística y cultural en un país plurinacional? ¿Está Kiev manejada por líderes fascistas, marionetas de los occidentales, que someten a la minoría rusa o por el contrario, es un gobierno que busca la democratización y la modernización de este pequeño país eslavo? Tal vez nunca lo sabremos. Tal vez el autor de 1984 inspiró a nuestros líderes mundiales al asegurar que «la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es una fortaleza».

¡Ah! Se me olvidaba… ¡Feliz Día Internacional de la Prensa!

Leonardo Plasencia








martes, 13 de mayo de 2014

El ecologismo no debe caer en la trampa animalista

 

Hace siete años, cuando entre unos cuantos lanzamos al espacio de la prensa la sección de Ciencias del finado diario Público, nos sobrevoló peligrosamente la intención de que nos cargáramos a la espalda las noticias sobre animalismo, como parte de la información de Medio Ambiente. A tal despropósito nos opusimos en bloque. El animalismo, el de temperatura templada, es algo plenamente respetable, pero no es ecologismo, ni mucho menos ecología. Como fenómeno social, su lugar debía estar entre el resto de asuntos de sociedad, como educación, sanidad o igualdad. En lo que respecta al animalismo febril, el que antepone la declaración de derechos del cangrejo a la conservación de los ecosistemas, en una sección de Ciencias el único enfoque válido podía ser el de denuncia... del animalismo. Finalmente se impuso la cordura, y el animalismo se fue a la sección de sociedad.

Compadecerse del sufrimiento de un animal es una emoción loable, y batallar contra el ahorcamiento de galgos y el ahogamiento de cachorros es una causa noble. La preocupación por los animales criados en la sociedad humana y abandonados por la sociedad humana dignifica a la sociedad humana. Pero nada de esto tiene que ver con la conservación medioambiental. El movimiento ecologista moderno nació en la naturaleza y en la ciencia, llevando el medio ambiente a la cultura urbana a través de pioneros como Rachel Carson, Paul Ralph Ehrlich, Aldo Leopold y otros, pensadores y naturalistas con zapatos científicos que lograron colar el desajuste entre población, progreso y sostenibilidad ambiental (en términos actuales) en el debate político y social de los países desarrollados. En cambio, el movimiento contemporáneo por los derechos de los animales es un producto netamente urbano, impulsado desde ámbitos filosóficos y jurídicos, nacido de la humanización de las relaciones entre las personas y sus mascotas, y extendido al conflicto más general entre el ser humano y el resto de las especies que coinciden con nosotros en esta roca mojada que llamamos Tierra.

Animalismo y ecologismo son cosas diferentes, causas diferentes con orígenes y fines diferentes, y a menudo mutuamente excluyentes, por mucho que se hayan mezclado en un mistificador batiburrillo debido, supongo, a varias causas. Entre estas, destaca el esfuerzo de ciertos movimientos por aunarlos en lo que consideran un espacio ideológico común, una corriente que se cuelga de la creciente adopción de militancias partidistas por parte de las organizaciones ecologistas. Pero tratar de fundir ecologismo y animalismo por el hecho de que ambos tienen algo que ver con los animales es una aberración semejante a aunar a bebedores y abstemios porque todas las bebidas contienen agua. Y como voy a explicar, esto tiene un efecto devastador sobre el ecologismo, ya que contamina lo que debería ser una causa transversal, convirtiéndola en un arma arrojadiza más para alimentar un eterno clima de frentismo político desde una ilusión de permanente clandestinidad. Y la ciencia (la ecología que nutre, o debería nutrir, el ecologismo) no puede dejarse engatusar por esta trampa.

Como ejemplo de los perjuicios de esta contaminación, voy al origen de los tiempos de la biología actual: la publicación de El origen de las especies de Darwin. En el momento en que un sector ideológico, el de las Iglesias cristianas, interpretó aquella teoría científica como un ataque directo a los fundamentos de su institución, se desató una postura cerril destinada no ya a negar, sino a desconocer deliberadamente cualquier evidencia científica. Pero por mucho que se pueda achacar a las Iglesias de entonces (y a algunas de ahora) una actitud hostil hacia el descubrimiento científico, la ciencia pierde su inocencia y su credibilidad cada vez que un postulado científico es enarbolado como ariete ideológico. La ciencia [el método científico] es inocente, y mantener esta inocencia es esencial si se pretende que sus descubrimientos influyan de forma coherente en el rumbo del progreso social independientemente de gobiernos, corrientes, ideologías o coyunturas políticas. Personajes como el excéntrico excientífico Richard Dawkins, reconvertido en feroz apóstol del ateísmo, hacen un flaco favor a la ciencia al convertirla en una opción ideológicamente excluyente y, por tanto, en algo opinable, que puede tomarse o dejarse.

La ciencia no es infalible, ni establece verdades absolutas, ni demuestra nada, sino que mantiene constantemente la posibilidad de refutación, algo clave en el método científico. Pero esto no significa que sea opinable, al menos sin utilizar los mismos instrumentos que la ciencia emplea. Los resultados científicos, sobre todo cuando se acumulan repetidamente en apoyo de una hipótesis concreta, ofrecen un sustento a una comprensión de la realidad que supera con mucho el grado de verdad ofrecido por cualquier razonamiento filosófico o político. La ciencia es refutable, pero solo por la ciencia.

Como ocurrió con el conflicto por el darwinismo, en las últimas décadas otro asunto científico se ha convertido en bandera ideológica: el cambio climático. Igual que en el ejemplo de Dawkins, el hecho de que organizaciones ecologistas hayan asumido una filiación política partidista, ligando la causa ecologista (avalada por una realidad científicamente objetiva) a un paquete ideológico integrado, al mismo nivel, por otras causas subjetivas de lo más variopintas, transmite el mensaje erróneo de que el cambio climático es algo opinable. Esto ofrece la oportunidad a los sectores más conservadores de sostener un escepticismo que carece de todo fundamento científico, pero que en cambio es propagandísticamente muy sólido, lo que convierte en absurdo juego de esgrima política algo que debería ser una prioridad mundial para todos los gobiernos de cualquier color.


Creo que así se comprende de dónde nace la equivocada fusión de animalismo y ecologismo en la percepción popular. Pero al tratarse de una causa ideológica y subjetiva, la aproximación del animalismo y su colonización de ciertas organizaciones ambientalistas dañan la credibilidad de la ecología, la ciencia que sustenta el ecologismo. Denunciar que las ballenas dejarán de existir si persiste el ritmo de destrucción de los ecosistemas marinos no es opinable ni subjetivo. Defender que es lícito agredir a los trabajadores de los buques balleneros y poner en riesgo su seguridad sí lo es, por más que su trabajo pueda resultar incluso más antipático que el de los telepelmazos de Jazztel, que probablemente tampoco han encontrado otro medio más digno de ganarse la vida sin molestar.

Llegamos así al más allá del animalismo, mi favorito, donde este movimiento pierde toda su respetabilidad. Entre la posmodernidad y la seudocultura New Age, en las últimas décadas ha venido creciendo un animalismo extremista caracterizado por la misantropía y la autoexculpación. Los extremistas del animalismo introducen el concepto de especismo o discriminación de especies, pero los criterios sobre a qué especies colocar al mismo nivel son, obviamente, de una subjetividad brutal. ¿Cuál es la frontera? ¿La capacidad de experimentar dolor, como algunos proponen? Los nociceptores, o receptores de dolor de las neuronas sensoriales, están presentes desde el ser humano hasta los invertebrados como los insectos, e incluso se han documentado en el Caenorhabditis elegans, un gusano nematodo de un milímetro de longitud. Dado que es probable que al menos algunos parásitos multicelulares de los humanos posean estos receptores, desde el animalismo extremo podría razonablemente llegar a discutirse qué vida vale más: la de la persona enferma o la de sus parásitos.

Al mismo tiempo, los animalistas extremos suelen abrazar opciones —como el veganismo— con las que se consideran autoexculpados de aquello que vilipendian, una actitud vana y pueril que comparten con cierto falso ecologismo. Es obvia la contradicción entre el uso de cualquier medicamento y la oposición a la experimentación con animales. Pero hay otros ejemplos más sutiles: estos movimientos suelen hacer un uso intensivo de los medios digitales. Y a no ser que carguen sus móviles, portátiles y tablets exclusivamente a base de fuerza de voluntad, ningún usuario puede considerarse inocente del cambio climático, ya que hoy las tecnologías de la información consumen el 10% de la energía de todo el mundo, un 50% más que el sector global de la aviación y un total equivalente al que en 1985 se dedicaba a la iluminación del planeta. Así que no basta con viajar en bicicleta: la única opción congruente en su caso sería renunciar también al uso de la tecnología.

Por razones como las anteriores, el animalismo extremista resulta ridículo por la ramplonería y el escaso calado intelectual de sus planteamientos, basados en poco más que una instántanea reacción pavloviana de vómito cada vez que se aborda la complicadísima relación del ser humano con la naturaleza, y en una constante acusación a todos los estúpidos que habitaron este mundo antes que ellos y que se equivocaron tanto para contribuir con su ensayo y error a que ellos, hoy, sean tan listos. A estos les recomiendo vivamente que, en coherencia con sus postulados, visiten este enlace y se apunten al Movimiento para la Extinción Voluntaria de la Humanidad, una iniciativa que habría divertido enormemente al mismísimo Darwin, puesto que extinguirá únicamente la parte de la humanidad que está de acuerdo con dicha extinción, eliminando así sus genes del conjunto general.

domingo, 11 de mayo de 2014

Chomsky: EE.UU. sigue dominando al mundo por medio de «violencia y arrogancia»


Pese a que los medios promueven que China es una amenaza, el país que sigue dominando el mundo a través de «violencia y arrogancia» es EE.UU., mientras Europa se somete a Bruselas y al Bundesbank, afirma el célebre pensador político Noam Chomsky.

«Leo en estos días editoriales locos que nos devuelven a los tiempos de la Guerra Fría. ¿Cómo se pueden comparar las recientes acciones de Putin en Crimea con los acontecimientos en Hungría, Checoslovaquia y Afganistán?», se indigna el célebre lingüista en una entrevista con la revista semanal L'espresso, dedicada al papel de EE.UU., China, Corea del Norte y la UE.

«¿Qué derecho tiene Occidente, que atacó e invadió Irak, que bombardeó Afganistán, que fue un testigo pasivo —si es que no provocó de manera activa— de la desmembración de Yugoslavia y que reconoció Kosovo, a protestar, indignarse e incluso imponer sanciones contra Rusia por lo que está sucediendo en Crimea, donde yo no tengo constancia de que se hayan producido masacres, limpiezas étnicas ni violencia?», se pregunta. ¿Por qué EE.UU. sigue considerando a todo el mundo como «territorios sometidos» que pueden y hasta deben controlar y modificar según sus propios intereses?, sigue.

EE.UU. sigue siendo la primera potencia del mundo, una posición que alcanzaron después de la Segunda Guerra Mundial y que siguen manteniéndolo con «inmutable violencia y arrogancia», y China no puede considerarse como un competidor capaz de disputarle este liderazgo, cree Chomsky. China no cuenta como potencia militar equiparable, ya que no tiene bases militares ni aliados por todo el mundo, sus gastos militares no son comparables con los de EE.UU. y «no pretende imponer su modelo socioeconómico», explica. En cambio, los gastos militares de EE.UU. son «más o menos equivalentes a los del resto del mundo en su conjunto».

A pesar de ello el mundo está obsesionado por el temor a China, principalmente debido a las prácticas mediáticas que, en busca de noticias bomba, solo son capaces de «alimentar estereotipos en vez de investigar y analizar acontecimientos reales». No obstante, según un sondeo, el país que representa una mayor amenaza para el mundo, según el 70% de los europeos encuestados, es EE.UU., seguido de Pakistán, la India y China, que se sitúa en el cuarto lugar con apenas el 10% de votos, afirma Chomsky. Gracias a su experiencia histórica, «los europeos saben diferenciar la amenaza real de una falsa», concluye.

Algunos conflictos en el mundo han sido reactivados por EE.UU. no solo de manera activa, sino también pasiva. En 1994 EE.UU. y Corea de Norte estaban a punto de acordar la firma de un tratado de paz, pero el entonces líder estadounidense, Bill Clinton, prefirió olvidarse del país asiático para dedicarse al conflicto palestino-israelí, mientras que George Bush tampoco hizo nada para que avanzara el acuerdo, cuenta Chomsky. «Fue EE.UU. el que violó los acuerdos y, de esta manera, provocó la carrera de armamentos nucleares», a pesar de que la prensa mundial echa toda la culpa a Corea del Norte, concluye.

Si EE.UU. quiere de verdad mejorar sus relaciones con Corea del Norte tiene que volver a las negociaciones directas y convencer a Corea del Sur para que articule una política de apertura y diálogo con su vecino de norte «a través de intercambios culturales y económicos», y tal vez dejar de organizar dos veces al año ejercicios militares a gran escala «en las narices de Pionyang», asegura el lingüista.

Por su parte, Europa se encuentra sometida al dictado del Bundesbank y de los funcionarios de Bruselas, y eso ya es estar lejos de la democracia. Los ciudadanos europeos contemplan cómo «se reducen, si no es que se eliminan, sus derechos». Ahora ya no importa quién gana las elecciones, ya que si uno no se somete a Bruselas será «crucificado» y «expulsado del escenario político europeo», como pasó con el ex primer ministro griego Georgios Papandreu, concluye Chomsky. 

sábado, 10 de mayo de 2014

La CNT también lleva a la Generalitat ante los tribunales

 

El sindicato reclama su documentación histórica, que Cataluña ha entregado a un grupo escindido en 1996


La Confederación Nacional del Trabajo, el histórico sindicato CNT, ha decidido acudir también a los tribunales ante lo que considera ilegalidades en el proceso de restitución documental del Archivo. En concreto, ha presentado un recurso ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, reclamando la titularidad de los documentos enviados desde Salamanca a la Generalitat, incautados en su día a la CNT.

Estos documentos, en su mayoría carnets de afiliación y tarjetas personales, fueron entregados por el Ministerio de Cultura a la Generalitat en el proceso de restitución a particulares y organismos con sede, residencia o delegación en Cataluña, tal y como marca la ley. Según el texto, una vez recibidos por la administración catalana, esta debería transferirlos a sus legítimos propietarios o sus herederos.

Sin embargo, según el recurso de la CNT, la Generalitat ha reconocido como titular de estos papeles a la agrupación CNT-Joaquín Costa, un grupo escindido de la CNT y creado como colectivo independiente en el año 1996.

La administración catalana firmaba un convenio con esta agrupación por el que, reconociendo que ella sería la legítima propietaria de los miles de documentos enviados desde Salamanca, estos no lleguen a los particulares sino que permanezcan en el Archivo Nacional de Cataluña.

Este paso se producía precisamente después del escrito remitido por el Secretario Permanente del Comité Confederal de la CNT en diciembre de 2011, en el que exigía el reconocimiento de la titularidad de la documentación incautada en su día por las tropas franquistas a la CNT y lamentaba que la Ley de Restitución tuviera «un marcado carácter político partidista, llegando a ser casi prevaricadora, al favorecer al Gobierno catalán para recuperar toda la documentación que se encontrara en su territorio cuando acabó la Guerra Civil».

La CNT denunciaba en su día el «afán usurpador» de la Generalitat con documentación que considera de su propiedad, lo que calificaba como «perversión política, una indignidad histórica y el mantenimiento de una injusticia innombrable con los que fueron víctimas de la dictadura franquista».

Tras este escrito, la Generalitat negoció el reconocimiento de la titularidad al grupo Joaquín Costa, en una decisión que la CNT ha llevado a los tribunales, pero que también ha tenido episodios similares —siempre a cambio del mantenimiento de los originales en el Archivo Nacional del Cataluña— con la entrega de documentación del Partido Comunista de España al PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) o los cerca de 60.000 papeles del CADCI (Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Industria) a una entidad refundada y cuya continuidad ha sido negada reiteradamente en los tribunales a la hora de serle restituidos los bienes inmuebles del colectivo primitivo incautados durante la guerra.

martes, 6 de mayo de 2014

El rol que desempeña el fascismo hoy en Ucrania



Por RAFAEL POCH*

Los grupos de extrema derecha fueron la fuerza de choque del movimiento popular civil que arrancó en el Maidán de Kíev con apoyo occidental. Esos grupos formaron el grueso de la fuerza paramilitar que primero complicó e impidió que la protesta fuera disuelta por los antidisturbios y luego hizo posible el cambio de régimen auspiciado por Estados Unidos y la UE, derrocando a un presidente electo, corrupto y desprestigiado, y colocando en su lugar a otro gobierno oligárquico, prooccidental y con gran influencia de la extrema derecha. Por lo menos una quincena del centenar de muertos registrados en Kiev en enero y febrero fueron policías, algunos de ellos a manos de elementos armados de extrema derecha.

El nacionalismo de extrema derecha de esos grupos con una considerable tradición y base social en Ucrania Occidental, en la región de Galitzia, pero muy rechazados en el resto del país siempre fue, históricamente, apoyado por Occidente. Desde los años veinte las organizaciones de choque del nacionalismo ucraniano en Galitzia (la UVO fundada en 1920, la OUN en 1929) estuvieron a sueldo del Abwehr, el espionaje militar alemán, que las orientaba al principio contra Polonia y luego contra la URSS, según su conveniencia. La historia del nacionalismo ucraniano en Galitzia es compleja en sus circunstancias, pero su colaboracionismo con los nazis es un hecho, pese a que en algún momento también lucharon contra ellos (además de contra la Armia Krajowa polaca y, sobre todo, contra el NKVD de Stalin y el Ejército soviético). Concluida la guerra, el Ejército Insurgente Ucraniano de Stepan Bandera (UPA, fundado en 1943 durante la ocupación nazi), se convirtió en un instrumento de la CIA que estuvo armando y lanzando paracaidistas sobre Ucrania en acciones de sabotaje hasta bien entrados los años cincuenta. El cuartel general del UPA estuvo en Munich, donde en 1959 el KGB logró asesinar a Bandera… En términos generales podemos decir que hoy esa tradición continúa: Dos meses antes del inicio del Maidán, Polonia formó a un grupo de 86 activistas del grupo neonazi «Pravy Sektor», camuflados como estudiantes, en una instalación policial, según reveló recientemente la revista polaca Nie. El National Endowment for Democracy (NED), en la órbita de la CIA, ha financiado estos últimos años 65 proyectos en Ucrania. La propia señora Nuland explicó a principios de año que Estados Unidos se había gastado 5000 millones de dólares para promocionar el cambio de régimen en Kiev. Alemania invitó en febrero a la plana mayor de la oposición polaca a la Conferencia de Seguridad de Munich, el cónclave atlantista en el que sus ministros anunciaron una política exterior más activa con un intervencionismo militar exterior sin complejos... Es mucho lo que no sabemos, incluido en materia de los francotiradores que el 20 de febrero, víspera del cambio de régimen, masacraron a policías y manifestantes en Kiev, pero la tendencia general de la actuación occidental y del apoyo a esos elementos ha sido clara.

Lo que estamos viendo estos días es un verdadero espectáculo: aquellos ministros y primeros ministros de Polonia, Estados Unidos, Alemania y los países bálticos que en 47 ocasiones hicieron acto de presencia en el Maidán animando a los rebeldes contra un gobierno electo («el mundo libre está con ustedes», resumió el senador McCain) y condenando la violencia de los antidisturbios, son los mismos que aplauden ahora la «operación antiterrorista» contra los que no aceptan al nuevo gobierno atlantista y se rebelan o protestan en el Este y Sur de Ucrania. El gobierno anterior fue criticado y amenazado por usar la fuerza antidisturbios, pero estos están usando al ejército. El mismo viernes 2 de mayo en que en Odesa morían abrasadas y asfixiadas más de 40 personas, incluidas mujeres y un diputado, en el incendio de un edificio a manos de los partidarios del gobierno de Kíev, Obama y Merkel amenazaban a Putin con más sanciones sin decir nada al respecto, mientras los medios de comunicación occidentales miraban hacia otro lado, sin evocar apenas el suceso o informando de que el edificio (en el que se habían refugiado activistas de la oposición después de que su cercano campamento hubiera sido arrasado) «se incendió». Estoy convencido de que ambos bandos (en marzo conocí personalmente a sus actores en las calles de Odesa) son por igual capaces de tal barbaridad. Aquí no se trata de hacer juicios morales contra uno u otro bando, sino del derecho a una información decente. Creo que a partir de ahora este tipo de indecencias va a ser crónica en nuestros medios de comunicación...


  * Extracto de la entrevista «La guerra en Ucrania es la última aportación del Imperio del Caos a la crisis» hecha por Enric Llopis para REBELIÓN a Rafael Poch, periodista internacional de LA VANGUARDIA.

lunes, 5 de mayo de 2014

Ante las elecciones europeas



Las elecciones europeas se están llevando a cabo en un contexto de aumento de la austeridad. Todos los días nos vemos sometidos a los efectos de la crisis provocada por la transformación capitalista global. Los gobiernos, los Estados y las estructuras supranacionales, como la Comunidad Europea, niegan derechos y atacan condiciones de vida, adquiridos en años de lucha, con el fin de apuntalar el capitalismo y garantizar que las empresas y los bancos no paguen el precio de una situación que ellos mismos han creado. Algunos de los problemas que afrontamos son:

 — El desempleo, debido esencialmente a la privatización y la externalización.
 — La privatización de los servicios sociales básicos, con la consecuencia de una oferta garantizada sólo a los pocos que se lo puede permitir, y una baja calidad de los servicios.
 — La atomización social, en la que todos están obligados a ser responsables, a crear competencia entre los individuos en la lucha diaria por la existencia.
 — Los puestos de trabajo y otros aspectos de la vida son cada vez más precarios; todos los días se niegan derechos.
 — La consecuencia de este modelo social es el regreso de la familia patriarcal, que impone a las mujeres un papel subordinado en la sociedad.
 — La inmigración se utiliza como una reserva de trabajadores a los que explotar y esclavizar en el beneficio de los jefes.
 — Los métodos despiadados de producción que causan devastación en nuestras vidas y el medio ambiente.
 — Una sociedad basada en la deuda, en la que las condiciones de nuestra existencia son propiedad de los bancos.
 — La burocratización de la sociedad que garantiza la continuidad de las instituciones políticas y los intereses económicos de los ricos a expensas de la clase obrera.

Es en este contexto en el que se nos pide participar en la farsa llamada a sí misma democracia. Las únicas opciones que se nos presentan son los que van a continuar las políticas que benefician a corporaciones, instituciones financieras y los políticos. Uno de los principales debates reside en la función de la propia Unión Europea (UE). Algunos la ven como una forma de resolver la crisis y mantener la unidad entre las personas. Otros argumentan que deberíamos limitarnos a nuestras fronteras con el fin de recuperar el control de nuestras propias economías y las instituciones políticas. Sin embargo, cualquiera de estas soluciones contribuirá únicamente a reforzar el poder de los que nos oprimen.

La Unión Europea

La UE ha significado otra capa de poder sobre las poblaciones. Su principal objetivo es servir a las necesidades de las empresas e instituciones financieras, por lo que es un obstáculo para la emancipación de la clase obrera. La mayoría de las leyes a las que la gente está sometida procede ahora del Parlamento Europeo en lugar de los Estados individuales. La UE no tiene que respetar las condiciones locales y en su lugar impone su propia visión de Europa basándose en las necesidades del capital. La gran mayoría de las regulaciones ha consistido en aumentar el poder del capital sobre las personas. Muy pocas políticas se han dirigido a mejorar las condiciones sociales de las poblaciones europeas. Ya hemos visto la forma en que la UE ha dirigido el ataque contra el pueblo griego y la incursión del capital occidental en los activos de Europa del Este. Cualquier intento por parte de la gente para resistir a la invasión de este súper Estado ha sido firmemente impedido por los Estados individuales. Por ejemplo, el Estado puede negarse a permitir que la gente vote sobre si desean o no permanecer en la UE o, si se lo permiten, la presión es tal que el país seguirá la UE. Este fue el caso de Irlanda, Francia y los Países Bajos. Además, la UE ha creado una Europa-fortaleza, cerrando sus fronteras al resto del mundo, y tratando de convertirse en una de las policías oficiales del mundo.

¿Salirse de la UE?

Dado el tipo de problemas que nos ha creado la Unión Europea, se podría pensar que la respuesta es salir de ella. Sin embargo, la idea de que la clase obrera estaría mejor fuera de la UE, gobernado por su propio Estado, es una ilusión peligrosa. Es especialmente peligroso por el hecho de que esta es la posición de los partidos de extrema derecha que no están ni remotamente interesados en resistir al poder del Estado. Por el contrario, su objetivo sería instalar un régimen aún más autoritario, con más represión.

En primer lugar, el capitalismo es global. El poder de las corporaciones y de los bancos internacionales, la principal causa de los problemas que enfrentamos, no va a desaparecer si un país se retira de la UE. Los procesos globales inherentes al trabajo, al movimiento de la producción y al dinero a través de fronteras, motivados por la búsqueda de beneficios, continuarán. Las instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial seguirán teniendo la facultad de imponer austeridad y políticas en contra de los intereses de las poblaciones locales. Las necesidades humanas se llevarán a un segundo plano; no importa si el país se encuentra dentro o fuera de la UE.

En segundo lugar, el cierre de las fronteras nacionales, un movimiento impulsado por la ideología xenófoba de la extrema derecha, tendrá graves consecuencias para el espíritu de cooperación y solidaridad entre la clase obrera de Europa. La gente común tiene un historial de apoyo entre sí, independientemente de su origen nacional. Esta tradición se verá afectada si la gente antepone lo que parece ser su propio interés a la ayuda mutua. Tal vez no dé lugar a una guerra real, pero ya ha dado lugar a una mentalidad de competencia y conflicto que solo socavará la eficacia de una clase obrera europea unida. Una clase obrera dividida beneficiará a aquellos que han causado los problemas a los que nos estamos enfrentando en primer lugar, como la austeridad y las medidas represivas.

Muchos de los que apoyan la retirada de la UE parecen pensar que podemos volver a una especie de edad de oro de la prosperidad. Sin embargo, esta es otra ilusión; esa edad de oro nunca existió. Se olvidan de que su propio Estado nunca ha sido su amigo; que siempre ha sido un instrumento para imponer los intereses de una pequeña minoría sobre la mayoría. Todos los Estados operan quitando el poder a la gente. No importa si el Estado está a pocos o a miles de kilómetros de distancia; siempre estará fuera de nuestro control, actuando según sus propios intereses.

La alternativa anarquista

Los anarquistas rechazamos las dos opciones que se nos presentan: apoyar a la UE mediante el voto en las elecciones europeas, o hacer campaña para la retirada. Esto es debido a nuestra crítica básica de lo que representa el Estado. La Unión Europea, al igual que todos los Estados grandes o pequeños, se basa en ceder el poder a una minoría, que lo utilizará a favor de los intereses de la élite empresarial y financiera. Además, el internacionalismo que la UE representa es la unidad de esta élite contra la clase obrera europea. Nosotros proponemos tanto un método alternativo de organizar la sociedad como un internacionalismo alternativo que se extienda por todo el planeta.

Los anarquistas se oponen a la idea del arriba y abajo aprobada por el Estado y los partidos de izquierda. Tenemos que promover formas no jerárquicas de organización y métodos de organización. La futura organización de la sociedad que deseamos será de abajo hacia arriba sobre la base de grupos federados y coordinados a nivel internacional, independientemente de cualquier estructura estatal actual, sea nacional o de ámbito europeo. Esto incluirá todos los aspectos de la vida económica y social, tales como la producción, distribución y consumo de bienes y la prestación de servicios como la sanidad y la educación. Tenemos que tomar el control de nuestra propia educación, de tal manera que contribuya a promover nuestra emancipación de las ideologías autoritarias como la religión, el nacionalismo y el culto al líder.

Con el fin de lograr este objetivo de transformación política, económica, social y cultural global necesitamos aprovechar y fortalecer las redes internacionales y coordinaciones que ya tenemos. Tenemos que tomar medidas concretas allí donde vivimos y trabajamos, pero contribuyendo a una estrategia global. La elaboración de una estrategia de este tipo para luchar con éxito contra las fuerzas globales de la opresión y la explotación no es una tarea fácil. Sin embargo, es una necesidad y hay una serie de pasos que podemos establecer. Estos pasos pueden ser tomados por todos los que queramos crear una nueva sociedad, independientemente del país en que vivamos. Los ataques son siempre similares, por lo que podemos adoptar una estrategia común que se adapte a las condiciones locales.

 — Tenemos que luchar contra las fronteras, que actúan como un filtro humano, y dejar que el capital fluya por ellas. Nuestra propuesta consiste en suprimir todas las fronteras dentro de los países y entre los países que limitan la libre circulación de personas.
 — Unidos en la lucha contra los bancos por el rechazo universal a pagar deudas.
 — Desobediencia civil en contra de todas las leyes represivas que nos arrebatan nuestros derechos humanos.
 — Fortalecer y ampliar las luchas actuales contra la creciente precariedad de las condiciones de vida y de trabajo.
 — Resistir a todos los intentos de dividirnos según la raza, el sexo o la edad.
 — Coordinar las luchas contra los empleadores comunes a través de las fronteras.
 — Resistir a la privatización de los servicios públicos.
 — Promover redes alternativas de producción y distribución.
 — Extender la solidaridad internacional para los que están siendo criminalizados como resultado de las luchas sociales.

La lucha contra la austeridad y las soluciones propuestas por los políticos, tanto a favor como en contra de la UE, no va a funcionar y, en todo caso, hará que las cosas empeoren. Quieren que validemos sus acciones, poniendo una X en un pedazo de papel, lo que les da el poder de actuar en nuestro nombre. Sin embargo, sabemos que no nos van a representar y seguirán apoyando a los ricos y las poderosas instituciones económicas del capitalismo, que están haciendo de nuestra vida una miseria. La única manera de resistir a los ataques, así como de comenzar a hacernos con el control de nuestras vidas y de nuestra sociedad, es la construcción de movimientos y redes que desafíen las fronteras, que hemos de controlar al margen de los políticos y las instituciones del Estado.

Mayo 2014

jueves, 1 de mayo de 2014

El trabajo no dignifica


(26-abril-2013)

Mientras las mayorías festejan el «día del trabajador» o peor aún el «día del trabajo», algunos seguimos convencidos de la necesidad de librarnos de éste. Es decir, de liberarnos de la forma que ha adquirido la actividad humana bajo el capitalismo. Esta forma, que no quiere ni podría garantizar las más mínimas necesidades, vuelve al hombre mercancía y lo obliga a relacionarse con el resto de las personas y las cosas a través de mercancías, persiguiendo no la satisfacción de las necesidades y deseos humanos, sino las necesidades del Capital.

No estamos diciendo nada nuevo. La crítica del trabajo, en actos como en palabras, es vieja como el trabajo mismo. Cuando expresamos todo esto, lo hacemos desde una visión global de la sociedad, porque son condiciones globales las que permiten este sistema de explotación, por más que cada uno lo experimente de manera particular con su patrón individual. Y esas condiciones globales son las de una sociedad separada en clases, en íntima relación con la propiedad privada y con un Estado guardián de las condiciones dominantes.

Es desde el Capital que se busca reforzar la idea de los hechos aislados sin aparente relación, y con ello la idea del individuo libre con posibilidades de ascender socialmente, haciéndonos trabajar más y más duro. Las respuestas más frecuentes a la crítica del trabajo parten, justamente, desde esas condiciones: «pero si yo trabajo sin patrón», «yo disfruto mi trabajo», «mi patrón es bueno y hace las cosas bien», «mi sindicato me defiende», «mi trabajo me permite ayudar a la gente», etc., etc.

La verdad es que se escapa del trabajo como de la peste, y pocos pueden ocultar la expresión de su cara a la salida del yugo. Excepto algunas excepciones donde la alienación social es tan fuerte que se prefiere el trabajo al resto de la poca vida que queda —situación también generada por este mundo basado en el trabajo— la realidad es la miseria en la que vivimos la mayoría de los proletarios del mundo, empleados o no. Miseria material, pero también moral, afectiva, social. La realidad son las terribles condiciones de trabajo, las tareas sumamente alienantes, asquerosas y repetitivas que nos vemos obligados a realizar. La realidad es que no decidimos que producir, ni disponemos de lo que producimos. Sean gigantescas empresas públicas o privadas, o pequeños productores, siempre se trata de unidades de producción aisladas, unidas únicamente por el intercambio mercantil, basándose en la obtención de la mayor ganancia posible.

Como vemos, el trabajo tiene un lugar central en la sociedad capitalista. Es central para el Capital porque de él depende su desarrollo, a la vez que es central para el proletariado porque de él depende nuestra supervivencia. He aquí donde surge todo el dilema en torno al trabajo. El Capital hará todo lo posible por defenderlo y el proletariado se encuentra acorralado: lo que le permite a duras penas sobrevivir niega a la vez su plenitud, niega una verdadera actividad humana ligada a sus necesidades y las de los otros, niega la revolución, niega la comunidad humana.

La defensa más común del trabajo asalariado como la mejor forma alcanzada por el hombre de organizar la producción, es la exacerbación progresista de las «virtudes» del capitalismo moderno. Pero se oculta, por ignorancia o por conveniencia, que el supuesto bienestar de una porción de seres humanos existe a condición de que la gran mayoría no puede acceder ni a soñar con ese paraíso artificial que nos muestran como la meta de nuestras vidas. Países «desarrollados» que aún viven de sus colonias, tecnología de punta basada en el trabajo infantil y la muerte en el Congo, autos último modelo corriendo con combustible manchado con sangre, y otros preciosos ejemplos de la democracia occidental.

Mientras quieren convencernos de las virtudes del trabajo asalariado y que si trabajamos duro podremos disfrutarlas, parecieran olvidar las incesantes guerras, la contaminación, los accidentes laborales, los suicidios, los problemas psíquicos y físicos, la explotación infantil y un largo etcétera. Se dirá que todos estos son «detalles» a eliminar, sin embargo son parte constitutiva del mundo del trabajo asalariado, de su normalidad, y sin estos elementos no sería lo que es.

La defensa del trabajo no tiene fronteras ideológicas, sutil como el orgullo de ser trabajador o extrema como un campo de trabajo nazi o estalinista, se adapta, según sea más conveniente, a las necesidades de cada tiempo y lugar para mantener funcionando la maquinaria capitalista. «El corazón a Dios, las manos al trabajo» nos dirán los curas prometiendo salvación a cambio del sacrificio asalariado, «el trabajo dignifica» nos dirán los sindicalistas y políticos de izquierda a derecha apelando a la asquerosa moral burguesa. Que quienes viven de nuestro sudor sean los portavoces del Capital no nos sorprende, pero que en muchos casos sean los mismos proletarios quienes lo defienden es lo que nos demuestra la debilidad de nuestra clase. Por eso insistimos que toda lucha que no busque criticar nuestro lugar como trabajadores contiene el peligro de defenderlo, siendo el sindicalismo uno de nuestros peores enemigos. Cuando nos dicen que nos atengamos a lo «que es posible conseguir ahora», que aceptemos «los acuerdos que logramos alcanzar», en realidad nos están diciendo que aceptemos la ideología dominante, que no vayamos a la raíz de nuestros problemas, que sigamos buscando parches.

En este sentido, desde los inicios de las luchas revolucionarias —que necesariamente debían llegar a posicionarse contra el trabajo asalariado— los políticos y sindicalistas se esforzaron por imponer a los proletarios más decididos el programa de las reformas, de canalizar las reivindicaciones obreras hacia las vías capitalistas, prometiendo una «revolución» basada en la suma de meras reformas y luchas parciales. Así, las instituciones siempre enemigas del proletariado comenzaron a ser «propias», surgiendo sindicatos denominados «clasistas» o «revolucionarios», gobiernos y estados «obreros» y demás trampas burguesas. Fracaso tras fracaso, cediendo cada vez más terreno, terminaron en vergonzosos politiqueos, apoyando crítica o acríticamente a los políticos y sindicatos más progresistas, implementando la receta democrática del mal menor. De una forma u otra, para explotadores y opresores, nunca es momento de enfrentar al trabajo, a los sindicatos, al Estado, a la propiedad privada... Luchando siempre contra los efectos, las reformas son meros paliativos que no curan la enfermedad capitalista ni llevan en su germen la cura de ninguna enfermedad.

Es necesario comprender entonces, que las consignas como «derecho al trabajo» o «pleno empleo» son reaccionarias y utópicas. Hay que comprender la exigencia de un empleo como la exigencia de la necesidad de alimentarnos, de vestirnos, de reproducirnos... pero reivindicar «trabajo para todos», en el seno del sistema capitalista, es hacer creer que eso es posible, es ilusionar con un absurdo y es negar el carácter catastrófico del capitalismo, su descontrol sobre el movimiento que él mismo engendra.

Por estas y tantas razones es necesario seguir afirmando la lucha contra el trabajo. Porque si el trabajo fuese algo bueno los ricos se lo hubiesen guardado para ellos y no pagarían para que lo hagamos.

¡Por un 1° de Mayo internacionalista, anti-capitalista y revolucionario!

Sin partidos ni sindicatos: ¡Lucha de clases sin intermediarios!

¡Por una revolución que destruya el trabajo que nos reduce a simples mercancías!

¡Por el comunismo en anarquía, siempre!